cristo-13.png

Martín García

Hipertrofia de la “vocación emblemática” del canto. Es curioso el estatus de la música litúrgica en Uruguay. Por momentos parece sumida en el abandono, perdida entre las cuentas pendientes de la posconciliaridad. Sin embargo, llaman la atención las discusiones apasionadas que genera. ¿Cómo puede ser que una cuestión aparentemente relegada sea motivo de discusión inflamada a veces hasta el encono?

En efecto, al abordar el tema de la música litúrgica, especialmente si se habla de celebraciones, comunidades o personas concretas, uno tiene la sensación de estar atacando las más profundas convicciones ajenas. A mi entender, esto se debe a la hipertrofia de la “vocación emblemática” del canto litúrgico, es decir, de su capacidad para reflejar y reforzar la identidad espiritual y la vida de fe del individuo o de una comunidad.

El gran canto litúrgico siempre ha poseído esa cualidad, aunque contrapesada por otras de más excelso rango: santidad, bondad de formas y universalidad, según las enumeró con agudeza San Pío X en el Motu Proprio Tra le sollecitudini de 1903. El debilitamiento –o el abandono– de las cualidades nombradas por el Papa santo abre la puerta a “valores” sustitutivos que, afectando letra y música, hipertrofian la vocación emblemática del canto. Esos valores son:

La sentimentalidad privada. En las últimas décadas el canto litúrgico se ha convertido en depósito e imperio de la sentimentalidad de la asamblea. Hablar de canto litúrgico de una comunidad es, pues, hablar de los sentimientos de la comunidad que lo produce.

Primacía del ethos sobre el logos. En el canto litúrgico en uso se invierte el orden de primacía descrito por Romano Guardini. La alta estima por el “hacer” humano, con sus múltiples ramificaciones de orden moral, se plasma en el canto principalmente de dos maneras: en primer lugar en las letras, notablemente en las de los cantos de Ofertorio, con una sobrevaloración de la actividad humana que a veces llega a otorgar la iniciativa al hombre y no a Dios.[1] En segundo lugar, el canto litúrgico constituye en sí un ámbito de actividad humana: tocar un instrumento o cantar requiere dedicación y estudio; cualquiera puede apreciar el esfuerzo y la concentración de los cantantes o músicos en la misa, etc. El canto litúrgico, embebido en la sentimentalidad privada de los que lo realizan, e impulsado por la propia tendencia autosuficiente del arte musical, se transforma así en ámbito de exaltación del “hacer” humano.

El “Tú” de Dios desplazado por el “nosotros” de la asamblea. Parece más un síntoma que una causa de fondo, pero se trata de una característica tan extendida que merece una categoría propia. El “nosotros” exaltado, bueno y merecedor de la gracia de Dios era aún raro al menos hasta mediados de la década de 1950, aún en los fervorosos himnos de asociaciones y movimientos católicos con fuerte militancia. Sin embargo, para la década siguiente ya está plenamente instalado no ya en himnos de grupos eclesiales, sino en cantos de uso litúrgico. La sustitución del sujeto de los cantos es relevante por cuanto marca una distancia importante con la oración litúrgica de la Iglesia.

Estima apriorística por la novedad. En varios ámbitos de la cultura popular y “culta” se otorga a lo novedoso un gran valor. Lo novedoso llama la atención, despierta la curiosidad y puede atraer a la gente. Lo saben los publicistas, los malos artistas y no pocos católicos comprensiblemente ávidos por llenar de gente su parroquia. No pocos eclesiásticos concuerdan con la máxima periodística de que “a la Iglesia le hace falta marketing”. Esta entronización de la novedad conduce al indiscriminado ejercicio de la creatividad. En la liturgia, cierto afán creativo –íntimamente relacionado con el aprecio por el febril “hacer” humano– conduce a menudo a la noción de que la liturgia es algo que debemos crear nosotros cada vez. Esto da lugar a un relativismo litúrgico que tiene como única medida el gusto personal y que conduce a las más llamativas y variadas manifestaciones: desde la ambientación de un salmo responsorial con un palo de lluvia,[2] al esperpéntico acompañamiento instrumental de la Plegaria Eucarística, a la implementación de pantomimas y gestos en los cantos, a un interminable etcétera. Con el gusto personal como rasero, nada de malo tendrán las novedades mientras haya alguien a quien le gusten.

Aprecio acrítico por expresiones culturales populares. No conviene aquí detenerse en la forma en que las manifestaciones musicales populares adquieren un blindaje a la crítica hacia finales del siglo XX, pero el lector podrá comprobar el grado de incorrección política que ha adquirido la crítica a ciertas expresiones musicales populares. Tampoco es posible abordar en detalle los complejos medios por los cuales las élites intelectuales se valieron de músicas populares para difundir y desarrollar ideas sociopolíticas de vanguardia. El aprecio acrítico funciona como un anestésico sobre la sensibilidad de los fieles, aletargando su capacidad para discernir cantos adecuados de aquellos que no lo son. Curiosamente, aquellas personas que no acostumbran ir a la Iglesia son las primeras en notar la grotesca inadecuación y la banalidad de algunos cantos. Un ejemplo que ronda la ridiculez lo provee la música para las letanías (bastante difundida) presuntamente compuesta para la venida del Papa Juan Pablo II a Uruguay; su sección final parece una parodia de algún éxito del Club del Clan.[3] Este aprecio acrítico por la música y la cultura popular va de la mano con la triste costumbre pastoral de “aprovechar” la misa para promover tal o cual cultura nativa.[4]

Los “valores” mencionados en este artículo hacen eclosión a finales de los sesenta y son omnipresentes en la cultura actual. Cuando adquieren preeminencia en el canto litúrgico, las consecuencias pueden ser graves: cuando se exalta a la comunidad, ya no es la Iglesia quien celebra. Más aún: ya no es el misterio de Cristo lo que se celebra. Urge pues una reforma concienzuda del canto litúrgico que lo depure de elementos que exaltan a la criatura y eclipsan a Aquel por quien todo fue hecho.

Más sobre el “nosotros” en el nuevo canto litúrgico

Hemos visto que el “Tú” de Dios es muchas veces reemplazado como sujeto del canto por un “nosotros” exaltado. Este “nosotros” es a menudo presentado como meritorio, hacedor, sin mayor necesidad de purificación. La participación de los fieles en el Sacrificio de Cristo aparece desdibujada y la Eucaristía resulta ser un premio que los fieles merecen.

Observemos el texto de algunos cantos de uso corriente contenidos en el cancionero de Ediciones Dehonianas.[5] El canto “Éste es el momento” [6] dice en su segunda estrofa:

Pan de nuestra tierra, pan de nuestras manos,
pan de nuestra juventud, pan que hoy te entregamos,
juntos como hermanos en señal de gratitud,
vino de la tierra, buena y generosa,
vino que ofrecemos hoy.
Lleva nuestras luchas, lleva nuestras penas,
lleva nuestra sed de amor.[7]

Este sujeto que se presenta casi como “ofrenda digna” no parece tener mayor necesidad de conversión. La exaltación de la juventud es también sintomática: el nuevo canto litúrgico surge junto con la explosión de una cultura popular juvenil y con cierta opinión de que es necesario “enganchar” al grupo objetivo ensalzándolo (los jóvenes, las mujeres, los obreros, los latinoamericanos, etc.).

Un ejemplo tan perfecto como deplorable de lo que se acaba de afirmar es el canto “Joven que luchas.”[8] Su música recuerda a ciertos cantantes populares juveniles argentinos de la década del sesenta. Más allá de que, musicalmente, la canción habla a un joven que hoy tiene por lo menos cincuenta y cinco años, impactan tres aspectos del texto: la torpe alabanza publicitaria al joven; un triunfalismo que no se observa ni en los aguerridos himnos de la Acción Católica; un sentido funcional y moralista que no tiene relación con la fe de la Iglesia. He aquí las dos primeras estrofas y el estribillo:

Joven que luchas siguiendo
el camino a la verdad,
constructor de la justicia
y obrero de la paz.
Unidos en la esperanza
de construir nuestro altar,
con la fe puesta en Cristo
llegaremos a triunfar.
Ven joven, hoy te esperamos,
que muy útil serás.
Nuestro lema es muy sencillo:
verdad, justicia y paz.
Por el bien de nuestra patria,
de toda la humanidad,
construyamos para todos
un mundo de amor y paz.

Veamos en tercer lugar el canto “Junto a Ti.”[9] Vuelve a aparecer el “nosotros” como sujeto, así como el énfasis en el trabajo humano. De nuevo el texto es facundo para referirse al hombre y parco para referirse a Dios. La primera estrofa del canto dice así:

Junto a Ti, al caer de la tarde,
y cansados de nuestra labor,
te ofrecemos con todos los hombres
el trabajo, el descanso, el amor.

El énfasis en las penas cotidianas y el trabajo esforzado es también un elemento común de muchos cantos. Y si bien la presencia de estos elementos es entendible, no es justificable su primacía. Con la exaltación del hacer humano y la funcionalidad del joven que vimos en los cantos citados se invierte la primacía del logos sobre el ethos de que hablaba Romano Guardini:

“Lo que [los espíritus de pronunciada tendencia moral] echan de menos en la liturgia es que no ofrezca la formulación de una vida ética en relación inmediata con la vida cotidiana y real. La liturgia tiene –según ellos– la gran deficiencia de no suministrar al hombre, en sus luchas y aspiraciones de cada día, ningún estímulo inmediatamente transformable en acción, ninguna idea ni elemento primario utilizable. Ella se caracteriza por cierta reserva, por cierto retraimiento en la vida; se distancia del mundo y se recluye en el santuario del templo, para desplegarse dentro de su recinto con toda su pompa y lejos del tráfago del mundo.”[10]

Según esta visión, el nuevo canto litúrgico podría considerarse un triunfo de estos “espíritus de pronunciada tendencia moral.” Para Guardini, la respuesta espiritual de la Iglesia a la “perentoria necesidad” de la vida cotidiana se da por medio de las oraciones y formas de piedad populares. Es a través de éstas que el alma es arrastrada a “conclusiones prácticas y eficientes. La liturgia en cambio se propone de modo preferente crear la disposición característica y fundamental para la vida cristiana”.[11] En los cantos que observamos, no ya la piedad popular sino más bien la piedad privada (con su correspondiente sensibilidad privada), ha predominado sobre la sensibilidad litúrgica. Un “yo” sentimental, expresado como un “nosotros”, se manifiesta en lugar de la Iglesia, y a veces llega a poner al hombre en el lugar de Cristo.[12]


[1] El canto “Después de preparar la tierra”, por ejemplo, salvo por una mención a las Bodas de Caná en la tercera estrofa, bien podría ser utilizado como propaganda del Centro de Industriales Panaderos: “Después de preparar la tierra y de sembrar,/se ha recogido el trigo bajo el sol estival./Ha sido necesario blanca harina hacer:/es trabajo del hombre que ha hecho este pan. Éste es el pan que presentamos hoy,/el pan de nuestra vida, el pan de nuestro amor./Pan de nuestra tierra, del gozo y del dolor,/nuestro esfuerzo en hacer nuestro mundo mejor.”

[2] Palo de lluvia o palo de agua: instrumento indígena de percusión que imita el sonido del agua cayendo.

[3] Programa argentino de televisión en los años sesenta en que se difundía música beat en español.

[4] Piénsese, por ejemplo, en la consuetudinaria afirmación de la cultura aborigen en las misas papales en Australia.

[5] Cancionero Religioso Popular del Santuario Nacional de la Gruta de Lourdes, Ediciones Dehonianas, Uruguay 2005. Cabe destacar que este cancionero, de amplia difusión, lejos de ofrecer una idea criteriosa del canto litúrgico, es más bien una recopilación de lo que se canta en las parroquias, un reflejo del “estado de situación” más que una guía para el culto del Pueblo de Dios. El efecto aparente, tal vez no deseado, es que la Iglesia montevideana aprueba y hace suyos todos los cantos que aparecen en el libro.

[6] Nro. 333. No se indica el autor. Vale indicar que la transcripción musical del canto es errónea.

[7] La primera estrofa menciona explícitamente la Consagración y la Comunión, aunque con una forma de expresión más bien pedestre.

[8] Nro. 233. No figura el autor.

[9] Nro. 182 del Cancionero “dehoniano”. Anónimo, figura como “Negro Spiritual”. La música es la misma del canto “Si en el surco”.

[10] Romano Guardini, El Espíritu de la Liturgia, Centre de Pastoral Litúrgica, Barcelona 1999, traducción del original de 1918, p. 89.

[11] Ibid., p. 90. Sin embargo, Guardini no desconoce los frutos de la liturgia en el orden moral: “Su ideal consiste en conquistar al hombre para situarle en el orden justo y en la relación esencial con su Dios, para que por medio de la adoración y del homenaje del culto tributado a Dios, por la fe y el amor, por la penitencia y el sacrificio, adquiera la rectitud interior, de suerte que en el momento que tenga que decidirse a obrar o se presente el cumplimiento de un deber, obre en conformidad con ese estado de espíritu, es decir, con rectitud y justicia”. Asimismo, el Catecismo de la Iglesia Católica afirma: “La vida moral, como el conjunto de la vida cristiana, tiene su fuente y su cumbre en el Sacrificio Eucarístico” (n. 2031).

[12] El autor es director de orquesta. Nacido en Montevideo en 1976. Licenciado en dirección orquestal por la Escuela Universitaria de Música (UdelaR) y Master en dicha disciplina por la Universidad del Norte de Colorado (EE.UU.). En la actualidad es director de orquesta del Ballet Nacional del Sodre y profesor de dirección orquestal en la Escuela Universitaria de Música. En noviembre de 2010 la Fundación Lolita Rubial lo distinguió con el prestigioso Premio Morosoli.