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Miguel Antonio Barriola

I – No quedarse en palabras

La vida cristiana comenzó con la inserción de nuestro ser en la intimidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Muchos saludos iniciales de la Eucaristía auguran a la asamblea, con San Pablo: “La gracia de Nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo.”[1] Tenemos en la Misa la gran doxología, con la que culmina el Canon: “Por Cristo…, a Ti Dios, Padre omnipotente, todo honor y gloria, en la unidad del Espíritu Santo”.

Con todo, en nuestra vida espiritual ¿qué papel juegan estas misteriosas, pero imprescindibles personas divinas? Muchos sacerdotes recuerdan su acercamiento teológico a este fundamental tratado, como un “galimatías”:[2] naturaleza y personas, procesiones, relaciones, propiedades, misiones… parecen conceptos rebuscados y tan poco “pastorales”. En unas jornadas para el clero, en una arquidiócesis argentina, el expositor invitado aseguraba, que Santo Tomás ya estaba pasado de moda. Nada menos que uno de los teólogos que más y mejor ha profundizado en esta sublime realidad de la fe.

No fue así para el primer teólogo del Nuevo Testamento, San Pablo, quien hace aflorar continuamente en sus escritos la presencia vital de la Trinidad.

Es verdad que el mensaje nuclear de sus cartas es “cristológico” y marcadamente pascual: la muerte redentora y la resurrección gloriosa y glorificante de Cristo. Sin embargo, esta concentración en Cristo no le impide una mirada profunda y abarcante, para desmenuzar y comprender en la mayor plenitud, concedida al hombre, el mismo tesoro de Cristo salvador universal.

II – Trinidad omnipresente en Pablo

La referencia a la Trinidad toma en su pluma casi siempre un tono de alabanza, como en los dos primeros espléndidos capítulos de Efesios, rebosantes totalmente de gratitud: “Bendito sea Dios, el Padre de Nuestro Señor Jesucristo… En El ustedes han sido marcados con un sello por el Espíritu Santo.”[3]

A veces, el recurso a la Trinidad se inserta en un contexto exhortativo: “Por eso doblo mis rodillas ante el Padre, de quien procede toda paternidad en el cielo y en la tierra. Que El se digne fortificarlos por medio de su Espíritu… para que crezca en ustedes el hombre interior. Que Cristo habite en sus corazones por la fe.”[4]

Y cuando le urge presentar en toda su riqueza el misterio de Cristo, en contextos altamente doctrinales, o sea, al correr su mente hacia el corazón de su propio mensaje evangélico (muerte y resurrección del Señor), lo presenta engarzado dentro de la acción salvífica trinitaria, tal como lo muestra el solemne comienzo de su carta a los Romanos:[5] “Carta de Pablo… elegido para anunciar el Evangelio de Dios, que había prometido por medio de sus profetas en las Sagradas Escrituras, acerca de su Hijo, Jesucristo, nuestro Señor, nacido de la estirpe de David, según la carne, y constituido Hijo con poder según el Espíritu Santificador, por su resurrección de entre los muertos”.

El análisis de las fórmulas trinitarias en el epistolario paulino podría prolongarse hasta el infinito, con lo cual se comprueba que la fe y vida trinitarias no son, ni mucho menos, algo secundario en su enseñanza.

III – Algunos textos más significativos

Siguen ahora sólo algunas pinceladas de este grandioso cuadro, esperando que cada uno lo complete con su estudio y oración.

En su primer escrito, desde Corinto, el más antiguo documento de todo el nuevo Testamento, anterior a los mismos Evangelios, la 1Tesalonicenses 1,1-5, empleando una fórmula bastante original e instructiva, combina la presencia de las tres divinas personas con la trilogía de las virtudes teologales.

Comienza el Apóstol dando gracias, partiendo de su contexto vital de oración: “En todo momento damos gracias a Dios… recordándolos sin cesar en nuestras oraciones”.[6] Pero lo más sorprendente es el hecho que en la primera página que escribe –el inicio de todo el NT, como ya se notó– Pablo dirige inmediatamente su pensamiento al misterio trinitario, haciendo brotar de él toda la densidad y la singularidad de la vida cristiana. Eleva a Dios Padre su agradecimiento. En este coloquio íntimo y personal de Pablo, es posible advertir un triple movimiento:

– Vertical se podría llamar al primero. Pablo piensa espontáneamente en Dios, como fuente de amor misericordioso y salvífico, como manantial de aquella predilección que nos hace pertenecer indisolublemente a El.

– Horizontal es el segundo, porque pasa el Apóstol de la fe muy activa de sus destinatarios, a su amor muy comprometido y a su esperanza firmemente anclada en Jesucristo.[7]

– Profundidad caracteriza al tercero, con una perspectiva autobiográfica y misionera. Porque, por un lado, recuerda Pablo las modalidades con que anunció el Evangelio y, por otro, no puede menos de recalcar, que esa proclamación fue realizada con la fuerza y la ayuda del Espíritu Santo.

Es interesante resaltar que el pensamiento de Dios Padre lleva consigo la referencia a la fe de los tesalonicenses convertidos al Evangelio e, indisolublemente, al amor: una fe eficaz y un amor comprometido, para subrayar que no se trata de actitudes intimistas y aislantes, sino de dos virtudes que implican a toda la persona humana que, una vez interpelada por Dios y comprometida con El, necesariamente tendrá que traducir su vinculación con el Señor en opciones históricas, en gestos humanizantes, acciones para el bien del prójimo.[8]

La virtud de la esperanza va íntimamente vinculada y orientada a Jesucristo, el Señor, dado que es clara la referencia escatológica, típica de las dos Cartas a los Tesalonicenses.[9] Pero, una vez más: no una esperanza utópica, ni alienante, sino un aguardar concretamente al Señor resucitado, que ya ha inaugurado en nosotros la plenitud de la revelación y de la liberación, pidiendo a cada uno de los creyentes que anticipen en el tiempo y el espacio los signos de un bien futuro, dándole así significado a la historia.

La referencia al Espíritu Santo va ligada al anuncio del Evangelio, con lo que nos está indicando que éste no debe reducirse a un amasijo de palabras, sino que sólo puede concebirse y ser vivido como un servicio, el mejor que se puede ofrecer a la humanidad.[10]

Por eso, justamente, porque es proclamación de la Palabra de Dios, tiene por sí misma eficacia propia:[11] “no palabra meramente humana, sino –como lo es realmente– Palabra de Dios, que actúa en ustedes, los que creen”). Se realiza “con poder y con el Espíritu Santo,”[12] verdad ampliamente documentada por la vida y el ministerio apostólico de Pablo, teniendo que verse renovada en la vida y el apostolado de los creyentes.

Examinémonos, pues, a la luz de esta vivencia trinitaria paulina: “Creo”. Pero, ¿en qué pensamos cuando decimos esto? ¿En una verdad abstracta, objeto de un examen, pero que no me interesa, ni me satisface? ¿Una revelación teórica, que no acaba de penetrar en mí? ¿Una doctrina perfecta, pero que me deja indiferente?

¡Ojalá pudiéramos orar con toda convicción: “Creo en Ti sólo, Señor, porque eres para mí Padre Amoroso, Hijo misericordioso, Espíritu generoso”.

¿Y qué esperamos? ¿En qué ponemos nuestras ansias, cuando decimos que esperamos? ¿Un mañana incierto, que no me sacude, ni me dinamiza, ni me orienta?

También con esta virtud tan significativa e importante, aspiremos a decir: “Espero sólo en Ti, Señor, porque eres para mí Padre omnipotente, Hijo omnisciente y Espíritu omnipresente, fuerza que actúa en la Iglesia”.

¿Y el amor, Palabra y realidad tan manoseadas? ¿Amo a un Dios lejano, que no me toca ni me afecta? ¿Al “Dios de los filósofos”,[13] que no me convierte ni me conmueve? Pidamos igualmente aquí: amar al Señor, porque es Padre maravilloso, Hijo compasivo y Espíritu que sella el amor del Padre y del Hijo, infundiéndolo en nuestros corazones.

IV – Riqueza concentrada

Dicho lo anterior, sobre la presencia constante del Dios uno y trino en la doctrina y existencia paulinas, sin duda que su texto más importante sobre la fe trinitaria, su ingreso en la historia y la vida espiritual es Gálatas 4,4-7.

Pablo en toda esta carta quiere mostrar a los cristianos provenientes del judaísmo la novedad inaudita de la Nueva Alianza en Cristo. Porque los judaizantes, admitiendo a Jesucristo, sostenían que todavía estaba en vigencia la ley de Moisés, que fuera promulgada por el mismo Dios. Sin ella, les parecía que algo faltaba a los cristianos.

Sólo que ya Jeremías[14] y unos 50 años después Ezequiel[15] habían anunciado, por parte del mismo Dios, una “Alianza nueva”,[16] que además, sería “eterna”[17] y, por lo mismo última e imposible de mejorar por alguna otra ulterior.

Ahora bien, ni Jeremías ni Ezequiel habían indicado cómo se llevaría a cabo esa novedad del pacto final, la inyección del Espíritu en el interior mismo, en el corazón de cada uno de los creyentes.

Esto lo concretizó el envío, por parte del Padre, de su Hijo Jesucristo y, como enseña en todas sus cartas, aquí Pablo lo compendia con gran fuerza y riqueza.

Repasemos algunos detalles: “Al llegar la plenitud (pléroma) de los tiempos”. No se trata sólo de una “fecha señalada de antemano”, sino de la transformación del “tiempo” en anticipo de la eternidad. Ya no estamos ante el voraz dios Jrónos, que se engullía a los propios hijos que engendraba,[18] sino en su transfiguración: tiempo de maduración sin caducidad.

“Envió” (exapésteilen), indica la preexistencia y por tanto la divinidad del Hijo enviado.[19]

“Nacido de mujer”. Se ha de notar que Pablo usa “ginómenon” (trad. hecho de, de la raíz: gínomai) y no (gennómenon: nacido, de: gennáomai), con lo cual se está insinuando el proceso virginal de la encarnación, ya que gennán indica el nacer de una concepción habitual.[20]

Es la única vez que Pablo alude a la Madre de Cristo y ni siquiera la llama por su nombre. Aquí se comprueba cómo no vale tanto la cantidad, cuando la calidad de los pasajes en que aparece María. De hecho Pedro, por ejemplo, es más evocado en el Nuevo Testamento que María. En esta misma carta, se alude a él repetidas veces.[21] Pero el lugar en que aparece María es un quicio trascendental de revelación, teología e historia. Ella hace de gozne entre el cielo y la tierra, entre el Padre y los que estaban “esclavizados bajo la ley.”[22] Viene a ser como el gran “transformador”, que adapta el “alto voltaje de la eternidad” a la historia, pero sin que ésta diluya lo divino de su Hijo.

De ahí la feliz definición del P. Horacio Bojorge: “María no es el Evangelio. No hay ningún evangelio de María. Pero, sin María tampoco hay Evangelio”.[23]

Todo ello, “para darnos la adopción filial”. No una filiación meramente legal, jurídica, sino real, como lo confirma enseguida: “Y la prueba de que ustedes son hijos es que Dios envió a sus corazones al Espíritu de su Hijo, que grita (krázon): Abbá, Padre” (v. 6). Aquí nos encontramos con el cumplimiento de las profecías de Jeremías y Ezequiel, tan novedosas, pero todavía oscuras, respecto al modo concreto de su realización. Por eso el pasaje nos brinda un título más para llamar a María “Foederis arca”.[24]

Es de señalar asimismo que la expresión “Espíritu de su Hijo”[25] es única en toda la Biblia:[26] el Espíritu está en relación al mismo tiempo con Dios y con el Hijo, indicando un parentesco íntimo entre los tres y extendiendo esa relación hasta nosotros. Es por eso que gritará desde nuestro interior: “Abbá”.

Lo aclarará en Romanos 8,14:[27] “Todos los que son conducidos por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y ustedes no han recibido un Espíritu de esclavos, para volver a caer en el temor, sino el Espíritu de hijos adoptivos, en el cual gritamos (krázomen) ¡Abbá!, es decir: ¡Padre! El mismo Espíritu se une a nuestro espíritu, para dar testimonio de que somos hijos de Dios”.

¿Por qué dirá que “grita” y nosotros “gritamos” con El? ¿No se suele representar al Espíritu Santo como una delicada palomita, imagen tan alejada de estos clamores?

Recordemos que de los tres únicos lugares en todo el Nuevo Testamento donde aparece este apelativo a Dios (Abbá), el tercero está en Marcos 14,36, cuando se narra la “agónica” plegaria de Jesús en Getsemaní. Y, si confrontamos con la descripción que hace de la misma Hebreos 5,7, observaremos que también allí, no se trata de una serena meditación, sino de una lucha dramática: “Dirigió durante su vida terrena súplicas y plegarias con fuertes gritos (méta kráuges isjýras) y lágrimas, a Aquel que podía salvarlo de la muerte. Y fue escuchado por su humilde sumisión”.

Podríamos quedar algo pasmados, al leer que “fue escuchado”. Porque lo que solicitaba, era “ser librado de la muerte”, pero ese concreto pedido no fue atendido por el Padre. Lo escuchó en mayor profundidad, porque lo liberó de la muerte, habiendo pasado por ella y así, “alcanzó la perfección, llegando a ser causa de salvación eterna para todos los que le obedecen.”[28]

La función del Espíritu es la de ser “hodegós[29] y “Parakletós”.[30] Ahora bien, el que “grita al lado de”, es el que nos precede en el camino.[31] Su grandioso papel y estos “gritos” son agigantados en esta espléndida visión paulina: “Sabemos que la creación entera, hasta el presente, gime y sufre dolores de parto. Y no sólo ella. También nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente anhelando que se realice la redención de nuestro cuerpo.”[32]

Este mismo aspecto de “lucha”, que tuvo la oración de Getsemaní, emerge en la súplica apostólica de Pablo: “Luchen conmigo con sus oraciones.”[33]

En consecuencia: nunca hemos de abandonar la oración con la excusa de que estamos en aridez, distraídos o abrumados por miles de problemas, porque precisamente para esa lucha es concedido el Espíritu Santo: “El mismo Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque no sabemos orar como es debido; pero el Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables. Y el que sondea los corazones conoce el deseo del Espíritu y sabe que su intercesión a favor de los santos está de acuerdo con la voluntad divina.”[34]

Dejar la oración, pues, por poco fervorosa que nos parezca, es desconectarnos del Espíritu, que se une precisamente a nuestra agonía y nos sostiene.

La Trinidad, entonces, siendo tan fundamental, el corazón mismo de nuestra fe, lo que nos distingue de los otros dos monoteísmos (Israel y el Islam), no debería quedar recluida a un difícil tratado teológico o a la mera repetición de fórmulas trinitarias, al fin de cada Salmo, al comenzar la Misa, o en el rico ritual de toda la liturgia, sino que ha de sernos familiar en lo personal, haciendo juego con nuestra devoción y fervor, y animando toda la oración y la vida espiritual.

María, elegida por el Padre para Madre de su Hijo eterno, habitada por el Espíritu a fin de concebir al Mesías Redentor, sea también para la Iglesia y cada uno de nosotros la conexión santa que nos vuelva hijos en el Hijo, llamando sin cansancio “Abbá”, bajo el impulso del Espíritu.


[1] 2Corintios   13,13.

[2] Así, lamentablemente, se expresó en meses pasados, el ex franciscano y sacerdote vasco: Arregui, que actuaba en el santuario de Nuestra Señora de Arantzazu.

[3] Efesios 1,3.13.

[4] Efesios 3,14-17.

[5] Romanos 1,1-4.

[6] De pasada, notemos la continuidad e intensidad de la oración del Apóstol: “en todo momento” y “sin cesar”. Sus viajes, trabajos, preocupaciones, no interrumpían su constante diálogo con Dios.

[7] También el hecho nos llama la atención sobre el carácter de la vida cristiana, que no se pierde en elucubraciones y, si no baja a la existencia concreta, para cambiarla en Cristo, se queda a mitad de camino. Es lo que reprochará a los corintios, que se perdían en discusiones de prestigio personal (“Yo de Pablo, yo de Cefas, yo de Apolo” – ibid., 1,12–). O andaban en pos del prestigio por los carismas más en boga o vistosos (Caps. 12-14). De ahí la fuerte advertencia: “La ciencia infla, el amor edifica” (ibid., 8,1).

[8] No menos es de resaltar todo el peso e importancia, que este pasaje brinda al apostolado de los laicos en la Evangelización: “Ustedes (tesalonicenses) llegaron a ser un modelo para todos los creyentes de Macedonia y Acaya… de tal modo que no es necesario que yo hable de ello” (ibid., vv. 7-8).

[9] Fuera de los mismos destinatarios, el tema de fondo, que mancomuna a estas dos cartas, ronda en torno a las dudas que albergaban los tesalonicenses respecto a la Parusía o última venida de Cristo.

[10] 1Tesalonicenses 2,5-9.

[11] 1Tesalonicenses 2,13-14.

[12] 1Tesalonicenses 1,4.

[13] Admitido hasta por Voltaire. Pero dejándolo sin cuidado…

[14] Jeremías 31,31ss.

[15] Ezequiel 36,26ss.

[16] Observando que, con mucho tino, la traducción griega (los LXX), emplearon el adjetivo “kainé”, en lugar de “néa”. Porque el segundo indica algo más, una alianza después de otras: la pactada con Abraham, en el Sinaí, con David… En cambio “kainé” indica una novedad, no sólo en cantidad, sino en calidad, una perfección. También es de notar una profundización introducida por Ezequiel (36, 27). En lugar de “pondré mi ley en sus corazones ” (Jeremías 31,33), el profeta del exilio puntualiza: “Infundiré mi Espíritu en sus corazones” (Ezequiel 36,27).

[17] En la liturgia eucarística católica, al reproducir las palabras de la consagración del cáliz, junto al adjetivo “nueva”, que califica a la alianza en la sangre de Cristo, campea también otro, a saber: “eterna”, que no figura en la presentación de Mateo y Marcos, ni en la de Pablo y Lucas. ¿De dónde ha sido tomado? Seguramente de Hebreos 13,20: “El gran pastor de las ovejas (Jesucristo) por la sangre de una Alianza eterna”.

[18] El tremendo “mito griego” (tan viva y pavorosamente representado por Goya) indicaba lo que diría también Ovidio: “Tempus edax rerum” (Metamorphoses, XV, 234): el tiempo, que todo lo devora.

[19] Así como la oración al pedir la Sabiduría, que eternamente convive con Dios: “Exapésteilen autén ex hágion ouranón kai apo thrónou dóxes soú pémpson autén” (trad. Mándala desde los santos cielos y desde el trono de tu gloria envíala).

[20] Aspecto confirmado, en el mismo capítulo, ya que cuando Pablo se refiera al “nacimiento” de Ismael e Isaac (milagroso este último, pero no virginal), volverá a usar el verbo normalmente empleado para referirse al “dar a luz” común y corriente: “Pero el de la esclava nació (gegénnetai) según la carne” (ibid., v. 23).

[21] ibid. 1,18; 2,9.11-14.

[22] ibid. v. 5.

[23] La Figura de María a través de los evangelistas, Buenos Aires (1975), 90.

[24] Ya Lucas, implícitamente así la presentaba, cuando Isabel, al recibir la visita de su parienta, la saluda con palabras similares a las que exclamó David, ante la proximidad del Arca de la Alianza su casa: “¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme?” (“¿Cómo va a entrar en mi casa el Arca del Señor?” –2Samuel 6,9–).

[25] ibid. v. 6.

[26] Tanto que M. J. Lagrange, llega a decir: “Por lo tanto, el Espíritu enviado también en cierta manera pertenece igualmente a este Hijo. La teología católica se apoya con razón en esos textos, para establecer que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo” (Saint Paul – Épitre aux Galates, Paris 1950, 1ª.ed.: 1925, 104). Se refiere al “Filioque”, que ocasionó una de las diferencias con los cristianos ortodoxos, que prefieren profesar que el Espíritu Santo “procedit a Patre per Filium”.

[27] Es sabido que Gálatas puede ser considerada casi como un borrador de Romanos.

[28] ibid., v. 9.

[29] Guía en el camino: Juan 16,13.

[30] ibid., v. 7.

[31] Es notable que las Sociedades Bíblicas, en su plan de traducir la Biblia a todos los idiomas conocidos, aún a los más ignorados de tribus africanas o de otras tierras, al realizar la versión de esta palabra “Paráclito”, escogieron el término con que en una población de África se designa al que va adelante en las caravanas, que se internan en la jungla, para encontrar alimentos. Va “gritando”: “¡Adelante!”. O bien: “¡Cuidado, peligro!”.

[32] Romanos 8,22-23.

[33] Romanos 15,30.

[34] Romanos 8,26-27.