que-creemos
Daniel Iglesias Grèzes

Los católicos creemos que existe una verdad religiosa, que esa verdad reside en la religión católica, y que todo hombre está moralmente obligado a buscar esa verdad y, al encontrarla, a adherirse plenamente a ella: “En primer lugar, profesa el sagrado Concilio que Dios manifestó al género humano el camino por el que, sirviéndole, pueden los hombres salvarse y ser felices en Cristo. Creemos que esta única y verdadera religión subsiste en la Iglesia Católica y Apostólica, a la cual el Señor Jesús confió la misión de difundirla a todos los hombres, diciendo a los Apóstoles: “Id, pues, y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado.”[1] Por su parte, todos los hombres están obligados a buscar la verdad, sobre todo en lo que se refiere a Dios y a su Iglesia, y, una vez conocida, a abrazarla y practicarla.”[2]

La búsqueda de la verdad

Aristóteles comienza su Metafísica diciendo que todo hombre busca naturalmente conocer la verdad. La inteligencia humana tiende naturalmente a la verdad, está hecha para conocerla.

Dios mismo es la Verdad fontal y fundamental que todos necesitamos y que la mayoría busca, aunque sea oscuramente y a tientas. Esta Verdad tiene consecuencias decisivas en nuestras vidas.

A menudo afirmaciones como éstas son desestimadas hoy en día como “lecturas religiosas de la realidad”. Esa desestimación proviene comúnmente de una ideología relativista. En una palabra, “relativista” es quien sostiene que “En este mundo traidor, / nada es verdad ni mentira. / Todo es según el color / del cristal con que se mira.” (Ramón de Campoamor, Humoradas). Si la verdad depende del tipo de lectura que se haga de la realidad, entonces se puede decir que la verdad es relativa y que cada uno tiene su verdad.

Generalmente los ateos piensan que los seres humanos somos una especie de accidente cósmico destinado a existir brevemente y desaparecer, por lo cual algunos de ellos se inclinan a buscar el mayor placer o disfrute posible en esta vida. Por el contrario, el cristiano cree en la vida eterna, lo cual le hace ver todas las realidades de esta vida desde la perspectiva de la eternidad.

Si en definitiva la verdad no se puede conocer, ¿cómo saber qué actitud tomar ante la vida? ¿Será que la fe es una opción libre pero irracional, emotiva o sentimental? ¿Qué lleva entonces a tantas personas (inclusive a grandes intelectuales) a creer en Dios? En este libro he tratado de dar respuesta a estas interrogantes. Aquí trataré de sintetizar algunos aspectos básicos de la respuesta católica.

La filosofía es una ciencia que tiene cierto grado de autonomía respecto a la teología, pero la fe cristiana tiene consecuencias muy precisas en filosofía. Dicho de otro modo, hay filosofías incompatibles con la fe cristiana. Hoy el mayor enemigo de la fe cristiana es la filosofía relativista, que ha impregnado la mentalidad de no pocos cristianos. El relativismo (filosófico, moral, religioso o cultural) es la versión moderna del escepticismo. La filosofía escéptica se manifestó por primera vez en la antigua Grecia. Gorgias, uno de los sofistas, resumió la doctrina escéptica en los siguientes tres principios: la verdad no existe; o, si existe, no puede ser conocida; o, si puede ser conocida, no puede ser comunicada a otros. En definitiva, el escepticismo y el relativismo niegan la capacidad de la razón humana para conocer y expresar la verdad.

La filosofía cristiana sólo puede ser realista. El realismo es la filosofía que sostiene que existe una realidad objetiva, independiente del sujeto, y que el ser humano puede conocer la verdad de lo real. La verdad es la correspondencia o adecuación entre el pensamiento y la realidad. Si mi pensamiento coincide con la realidad objetiva, es verdadero; si no, es falso. O sea, la verdad es absoluta o no es verdad. El realismo es la filosofía del sentido común de la humanidad. Todos somos espontáneamente realistas. Aristóteles subrayó que el escepticismo es sostenido teóricamente, pero es totalmente impracticable. Nadie es capaz de vivir escépticamente. Cualquier comunicación interhumana es una negación práctica del escepticismo. Con fuerte ironía, Aristóteles sostuvo que los escépticos, para ser coherentes, deberían convertirse en vegetales.

El hombre puede conocer la verdad y de hecho la conoce muchas veces. Pero no hay que confundir verdad absoluta (universalmente válida) con verdad total. La mente humana no puede llegar a conocer la totalidad de la verdad, pero sí aspectos parciales de la realidad, verdades parciales, interrelacionadas entre sí en forma coherente, no contradictoria.

Esta afirmación general se aplica también a la verdad religiosa y a la verdad de la existencia de Dios. Es verdad que Dios existe. Es falso que no exista. No hay una verdad para el gusto de cada uno. Cada uno tiene sus propias creencias u opiniones, pero cada una de ellas sólo puede ser verdadera o falsa (para todos). Es un gran error pensar que cada uno tiene “su verdad” y que la “verdad” de los ateos es que Dios no existe. La verdad es una sola y debe ser absoluta, independiente de lo que cada uno piense. Dios no existe o deja de existir porque creamos o no en El, así como la Tierra no deja de ser “redonda” porque alguien crea que es plana. Obviamente, con esto no niego que los ateos puedan ser personas de buena voluntad.

Es un dogma de fe católica, definido por el Concilio Vaticano I y reafirmado por el Concilio Vaticano II, que el hombre, mediante la sola luz natural de la razón, puede conocer la existencia de Dios. O sea, existen pruebas racionales (filosóficas) de la existencia de Dios. He intentado presentar algunas de ellas en este libro.

El pluralismo y la verdad

El mundo actual es indudablemente pluralista. Comparando las distintas sociedades que lo integran y las distintas personas que integran cada sociedad, se constata que hay una gran pluralidad de culturas, lenguajes, tradiciones, mentalidades, costumbres, ideas y opiniones. Este pluralismo moderno, que en principio puede tomarse como un signo de libertad, es sin embargo vivido con frecuencia cada vez mayor con una actitud relativista. Para muchas personas, la verdad y el error, el bien y el mal, se han convertido en conceptos totalmente relativos. El propio pluralismo se considera como una prueba de la inexistencia de la verdad y el bien objetivos. En su forma radical, el relativismo es absurdo, pues afirma como verdad absoluta que no existen verdades absolutas. Así impide la verdadera comunicación interpersonal, el verdadero diálogo. Unido al individualismo, el relativismo tiene las siguientes consecuencias negativas: por una parte, cada uno tiene “su verdad”. Se da igual valor a todas las opiniones y puntos de vista. Por otra parte, cada uno busca la felicidad a su manera. Todas las formas de buscarla se consideran igualmente válidas.

En el ámbito religioso, el relativismo da lugar al indiferentismo. Se niega la existencia de una única religión verdadera. Muchos (incluso cristianos) reducen la religión a una exploración de lo divino por parte del hombre. Todas las religiones son consideradas como esfuerzos igualmente válidos del hombre para conocer a Dios. El cristianismo es visto sólo como una parte de esa continua exploración que abarca todas las religiones. El relativismo es una de las causas principales de la gran crisis religiosa y moral que están sufriendo las naciones de Occidente, la cual se manifiesta por ejemplo en el descenso del porcentaje de niños bautizados y de los practicantes asiduos en las principales Iglesias cristianas.

Como ya adelantamos, este relativismo está en total contradicción con la fe cristiana. El cristianismo no es un producto de la inquietud religiosa del hombre. En Jesucristo, Dios mismo viene al encuentro del hombre, le revela su Misterio y le comunica su Vida. Jesús es la “luz verdadera que ilumina a todo hombre.”[3] El nos ha revelado la verdad sobre el bien del hombre y se ha presentado a Sí mismo diciendo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.”[4]

El bien de la persona consiste en estar en la Verdad y en realizar la Verdad; es reconocer a Dios como único Señor y obedecerlo, cumpliendo los mandamientos del amor a Dios y del amor al prójimo. No hay oposición entre la conciencia y la verdad, ni entre la libertad y la ley moral. Las normas morales, universales e inmutables, están al servicio de la persona y de la sociedad.

El Nuevo Testamento une salvación y verdad, cuyo conocimiento libera y, por consiguiente, salva. Como nos dice San Pablo: “Dios, nuestro Salvador,… quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad. Porque hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también, que se entregó a sí mismo como rescate por todos.”[5]

La verdad cristiana, antes que una doctrina, es un acontecimiento de salvación: el encuentro con Cristo. El problema del hombre se esclarece a la luz de la experiencia del encuentro con Cristo, que todo lo renueva. El cristiano es el hombre que ha tenido esa experiencia y ha recibido el don del Espíritu, que lo impulsa a seguir a Cristo y a dar testimonio de El ante el mundo.

La experiencia de Cristo no es sólo personal, sino también eclesial. El depósito de la fe revelada por Cristo es custodiado por la Iglesia católica y apostólica. El Papa y los Obispos en comunión con él enseñan la verdad revelada con la autoridad de Cristo y la asistencia del Espíritu Santo. Al pronunciarse de manera clara sobre las principales cuestiones doctrinales y morales, la Iglesia Católica brinda al mundo un servicio que éste necesita con urgencia: el servicio de la verdad.

“Por treinta, cuarenta, cincuenta años, he resistido con lo mejor de mis fuerzas al espíritu del liberalismo religioso… es la doctrina de que no hay ninguna verdad positiva en religión, sino que un credo es tan bueno como otro, y ésta es la enseñanza que va ganando fuerza día a día. Es incompatible con cualquier reconocimiento de alguna religión como ‘verdadera.’” [6]

El don de la fe

Desgraciadamente, hoy no son pocas las personas (algunas de ellas bautizadas) que tienen dudas sobre la existencia de Dios. Mentirían si dicen que creen en Dios, pero tampoco pueden definirse como ateos. Quizás algunas experiencias de vida les hacen pensar en la Divina Providencia y sentir que Alguien los acompaña; pero se sienten confundidos e incapaces de sustentar racionalmente la fe en la existencia de Dios. Si tuviesen que apostar sobre esta cuestión, tal vez apostarían por la existencia de Dios, pero no tienen certeza de ella. Incluso piensan que sería magnífico que Dios existiera, porque se podría tener esperanza en un futuro mejor, en que el bien inevitablemente triunfará, en que todo (incluso las dificultades) tiene un propósito, en que después de la muerte nos reencontraremos con nuestros seres queridos difuntos, etc. Pero no es correcto creer en Dios sólo porque es reconfortante.

Las personas que piensan de esta forma, aunque hayan sido bautizadas en la Iglesia Católica, hoy no pueden llamarse católicas, porque no tienen fe. Algunas perdieron la fe leyendo a autores racionalistas. En otras (he conocido más de un caso) influyó mucho la serie de televisión “Cosmos”. Esta serie, más allá de su valor de divulgación científica, estaba muy contaminada por la filosofía materialista de Carl Sagan. Basta recordar la frase inicial de la serie, que compendia la ideología que la inspiró: “El cosmos es todo lo que hay, ha habido o habrá”. En otras palabras, esto significa simplemente que Dios no existe, nunca ha existido y jamás existirá. Partiendo de este principio (que no tiene base científica alguna), “Cosmos” se convirtió en una obra maestra de propaganda atea. Carl Sagan cometió la deshonestidad de presentar su falsa filosofía disfrazada con los prestigiosos vestidos de la ciencia experimental.

Los no creyentes de los que hablamos aquí (quienes están en estado de búsqueda sincera de la verdad religiosa) a menudo se sienten cercanos a la religión católica y la aprecian mucho por distintas razones, por ejemplo por presentar la racionalidad de la fe. A veces comparten y defienden (incluso públicamente) en gran parte las enseñanzas morales de la Iglesia Católica, pero sienten que no pueden creer en sus dogmas y sacramentos. A pesar de esto les agrada escuchar la predicación del mensaje de Cristo sobre el amor, el perdón, etc. Piensan que hacer el bien, perdonar las ofensas, no matar, ser fiel en el matrimonio y muchas otras normas morales cristianas son razonables e indiscutibles. Están más allá de cualquier duda y se sustentan en el sentido común, diga lo que diga la Biblia sobre ellas. Pero los dogmas de la fe cristiana requieren creer que la Biblia es Palabra de Dios y ahí es donde empiezan sus problemas. Los dogmas se apoyan en muchos casos en la validez de la Biblia y eso es para ellos una materia opinable.

Según el “principio de tercero excluido”, las cosas son o no son. Entre el ser y el no ser no hay una tercera posibilidad, un punto intermedio. Este principio, enunciado en la Antigüedad por Aristóteles y conocido –explícita o implícitamente– por todos los seres humanos por sentido común, es válido tanto con respecto a la realidad (o sea, es un principio ontológico) como con respecto al pensamiento (o sea, es un principio lógico). Por lo tanto, se es creyente o no creyente; se cree en Dios o no se cree en Dios. Es imposible que haya otra alternativa. No es lo mismo no creer que Dios existe que creer que Dios no existe. Entre los no creyentes caben distintas posturas ante el problema religioso: ateísmo, agnosticismo, indiferencia religiosa, búsqueda de la Verdad, etc. Las personas de las que hablamos aquí aún no creen en Dios, aunque sienten deseos de creer en El.

Consideremos nuevamente, de un modo abreviado, la cuestión de fondo. El hecho de la existencia del mundo puede ser confrontado con la hipótesis monoteísta y con la hipótesis atea (la hipótesis panteísta puede ser descartada por ser auto-contradictoria). La hipótesis atea no explica nada y convierte todo en un gigantesco absurdo. La hipótesis monoteísta lo explica todo y todo lo ilumina con gran esplendor. ¿Cuál de las dos hipótesis debería elegir un ser racional?

Las pruebas clásicas (metafísicas) de la existencia de Dios son sutiles precisamente porque esa existencia, aunque no es un hecho evidente, es algo bastante simple de apreciar, algo al alcance de cualquier inteligencia común. El ser relativo del mundo supone un Ser Absoluto que llamamos “Dios”. Las cosas más sencillas son a menudo las más difíciles de explicar y demostrar. Por eso se han escrito tantos libros sobre las pruebas de la existencia de Dios. Uno muy recomendable es “Dios”, de R. Garrigou-Lagrange, un gran filósofo católico de principios del siglo XX.

John Henry Newman (un gran teólogo del siglo XIX) escribió con mucho acierto que dificultad y duda son cosas inconmensurables entre sí y que mil dificultades no hacen una sola duda. El cristiano puede experimentar mil dificultades intelectuales para fundamentar, comprender y explicar el sentido de su fe; pero él no duda de su fe. Fe y duda son actitudes incompatibles entre sí. El que cree no duda, y el que duda no cree.

  1. K. Chesterton (otro notable pensador católico) escribió que cuando un cristiano se encuentra con alguien que duda acerca de las verdades religiosas, el mejor camino para guiarlo hacia la fe no es decirle que deje de dudar, sino que siga dudando más y más, hasta que quizás, por ventura, comience a dudar de sí mismo. El racionalista tiende a hacer de su propia razón un ídolo, un falso dios. El creyente, en cambio, sabe que la razón humana, precioso don de Dios, es infinitamente menos poderosa que la inteligencia de Dios, fuente de toda verdad. Reconocer humildemente los límites de la propia razón es muy importante para aceptar que podemos conocer de verdad cosas que no podemos comprender totalmente, ni demostrar a la manera de un teorema matemático; cosas como el amor de un padre, de una esposa o de un hijo; cosas como el amor de Dios por nosotros.

Si tú, lector, perteneces a esa categoría de no creyentes “en búsqueda de la Sabiduría”, quizás puedan ayudarte los dos consejos que expondré enseguida. Según creo recordar, el primero lo encontré en un libro de Joseph Ratzinger (el actual Papa Benedicto XVI) y el segundo en el célebre libro “Pensamientos” de Blaise Pascal, gran matemático, físico y pensador católico.

A los no creyentes que tienen inquietudes religiosas y buscan la verdad acerca de Dios, pero sienten que no pueden creer en El, el Cardenal Ratzinger les propuso que adopten esta máxima: vivir como si Dios existiera (“etsi Deus daretur”). Es exactamente lo contrario de lo que proponían los filósofos racionalistas de los siglos XVII y XVIII: organizar la sociedad y sus leyes “etsi Deus non daretur”, como si Dios no existiera.

A la persona que quisiera ser creyente, pero se siente incapaz de llegar a serlo, Pascal le propuso que frecuente a personas creyentes y trate de imitarlas. Aprenderá por contagio u ósmosis cómo vivir una vida de fe.

Lo que más te cuesta aceptar de la religión cristiana no es la moral, sino el dogma. Sin embargo, el dogma cristiano es algo perfectamente razonable. Ser dogmático (es decir, creer en la Palabra de Dios revelada a los hombres) es dejar que sea Dios el que diga la primera y la última palabra en mi vida. Es aceptar que Dios es Dios. Que El te conceda abrirte a Su Verdad.

Vivir como si Dios existiera supone mucho más que aceptar y cumplir el orden moral objetivo accesible a la sola razón natural. Implica también reconocer a Dios como fin último de nuestra existencia y hablar con El en la oración. Para el cristiano, supone también tratar de escuchar a Dios por medio de la lectura de la Biblia, y tratar de conocer, amar y seguir a Jesucristo, la Palabra de Dios hecha carne para nuestra salvación.

Jesús en persona es la autorrevelación de Dios al hombre. El mismo es el máximo signo de credibilidad del cristianismo. En última instancia, es El quien hace creíbles a la Iglesia y a la Biblia, no al revés. Entonces, trata de relacionarte con Jesús, el Camino, la Verdad y la Vida. Quizás no puedas rezar aún como el padre de aquel muchacho endemoniado: “Señor, yo creo, pero aumenta mi fe.”[7] Pero, aunque parezca paradójico, puedes pedir a Jesús el don de la fe; puedes pedirle que se manifieste en tu vida como tu Señor y Salvador.

Jesucristo dijo: “Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá;”[8] y también: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.”[9] El Señor no negará el don de la fe a quien lo busca con corazón puro y sincero.

Proponer la fe

En esta sección presentaré una breve reflexión acerca de la transmisión de la fe. La fe no debe ser presupuesta ni impuesta, sino propuesta.

En primer lugar, la fe no debe ser presupuesta. En la actual situación del mundo occidental, que se ha alejado de sus raíces cristianas, es menos acertado que nunca presuponer que todas las personas que se acercan a la Iglesia –por ejemplo para pedir los sacramentos– gozan de una fe madura y firme. Se ha vuelto evidente la necesidad de llevar a cabo una evangelización nueva: nueva en sus métodos y en su expresión; y sobre todo nueva en su ardor.

Muchas familias compuestas por bautizados no cumplen su misión de transmitir la fe de generación en generación. La Iglesia, tomando en cuenta esa realidad, mientras trata de transformar las familias en verdaderas iglesias domésticas, debe suplir la falta de una verdadera educación cristiana en tantas familias por medio de un redoblado esfuerzo de evangelización y catequesis en las parroquias, los colegios, los movimientos y todas las comunidades cristianas. La catequesis familiar, en la cual las familias son a la vez objeto y sujeto de evangelización, parece un instrumento muy adecuado en la situación presente.

En segundo lugar, la fe no debe ser impuesta. Los hombres están obligados a buscar la verdad y a adherirse a ella tan pronto como la conocen, pero la verdad obliga sólo en conciencia y se impone en virtud de su fuerza intrínseca. La Divina Revelación da a conocer la dignidad de la persona humana y muestra el respeto de Dios por la libertad humana. Dios llama a los hombres a conocerlo, amarlo y vivir en comunión con El. Ese llamado requiere una respuesta libre.

En el pasado los cristianos sucumbieron a veces a la tentación de querer imponer la fe por la fuerza. Sin llegar a ese extremo, a menudo se era cristiano por mera tradición o costumbre, debido a la presión ejercida por la sociedad cristiana. Hoy se busca más intensamente que antes que cada cristiano asuma su fe como un compromiso personal con Cristo.

Por último, la fe debe ser propuesta. No hemos recibido el precioso don de la fe para guardarlo en forma avara, sino para compartirlo con nuestros hermanos. En una Iglesia que es por naturaleza misionera, cada cristiano debe ser un testigo creíble de Cristo resucitado. Desde el último Concilio Ecuménico se han renovado los esfuerzos para incrementar la participación de los fieles laicos en la vida y en la misión de la Iglesia. Pero aún queda mucho camino por recorrer antes de que cada cristiano asuma el rol que le corresponde en la Iglesia y en el mundo.

La fe no puede transmitirse mediante meros razonamientos ni tampoco mediante meras obras, sin un anuncio explícito de la Buena Noticia cristiana. Sólo puede transmitirse “por contagio”, mediante el encuentro con personas que viven una relación de confianza y de amor con Cristo vivo. Que El nos conceda ser buenos “pescadores de hombres” para su Reino; y que fortalezca nuestra fe, al tiempo que nos impulsa a proponerla a los demás con alegría.[10]


[1] Mateo 28,19-20.

[2] Concilio Vaticano II, Declaración Dignitatis Humanae sobre la libertad religiosa, n. 1b.

[3] Juan 1,9.

[4] Juan 14,6.

[5] 1 Timoteo 2,3-6.

[6] John Henry Newman, Alocución en Roma con motivo de la recepción del capelo cardenalicio, 12 de mayo de 1879.

[7] cf. Marcos 9,24.

[8] Mateo 7,7-8.

[9] Mateo 5,8.

[10] Daniel Iglesias Grèzes, Epílogo de En el principio era el Logos. Apologética católica en diálogo con los no creyentes.