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Miguel Antonio Barriola

I – María inseparable de Cristo

Cuando Urbano IV encargó a Santo Tomás de Aquino la composición del Oficio y Misa para la Festividad del Corpus Christi (1264), en el himno de Vísperas, el Santo Doctor une íntimamente este misterio con la Virgen María:

“Pange lingua gloriosi
corporis mysterium
Sanguinisque pretiosi
quem in mundi praetium
Fructus ventri generosi
Rex effudit gentium” [1]

Otro de los himnos más hermosos al cuerpo eucarístico de Cristo, el “Ave verum[2], comienza y termina con el recuerdo de María, como un abrazo materno a este sublime sacramento, tal como lo fue en la vida del Verbo encarnado: Belén y el Gólgota:

“Ave verum corpus Natum de Maria Virgine…
O Jesu dulcis, o Jesu pie, o Jesu Fili Mariae”

Tal insistencia entre María y la Eucaristía no se debe sólo a un impulso devocional, sino también a una necesidad teológica. El nacimiento del Hijo de Dios de María había sido en tiempo de los Padres el argumento principal contra el docetismo[3], que negaba la realidad del cuerpo de Cristo. Así Tertuliano se preguntaba:[4] “¿Por qué decimos que Cristo es hombre, sino porque nació de María, que es una criatura humana?”

Algo similar sucedió, cuando Berengario de Tours (†1088), anticipándose a algunos protestantes[5], veía en la Eucaristía un puro símbolo. En el texto del juramento que le exigió el Sínodo Romano de 1079, leemos que el pan y el vino, “después de la consagración, son el verdadero cuerpo de Cristo, nacido de María Virgen, que pendió de la cruz, ofrecido por la salvación del mundo y que está sentado a la derecha del Padre.” [6]

María existió exclusivamente en función de Cristo, su Hijo. Ella fue quien ancló a Dios en la tierra y la humanidad; la que, con su divina y humanísima maternidad, hizo para siempre de Dios el Emmanuel, el “Dios con nosotros”.

Tiene razón San Ireneo al enseñar que quien no entiende la encarnación, tampoco puede entender la Eucaristía.[7]

Es, pues, imposible amar la Eucaristía sin amar y ser agradecidos con la que donó a Cristo la carne humana, que Él, a su vez, nos regala en este sacramento. No tendríamos la Eucaristía, si no hubiera existido María.

Con el típico lenguaje alusivo de la era de las persecuciones (fines del Siglo II), este lazo entre las dos realidades era ya claro a los cristianos de la primerísima hora. La famosa inscripción del obispo Abercio de Hierápolis[8] habla de un “pez[9] de agua corriente, grandísimo y purísimo, pescado por una virgen inmaculada”, que la Iglesia por todas partes da de comer a los amigos.[10] Por eso, un prefacio de Adviento (II/A) así ora: “Del seno virginal de la Hija de Sión ha germinado aquel que nos nutre con el pan de los ángeles”. Y Santa Catalina de Siena veía los dos misterios maravillosamente enlazados, cuando rogaba: “María, seas bendita entre todas las mujeres, por los siglos de los siglos, porque nos has hecho participar de tu harina”.[11]

La Mesa de la Palabra

Así, a la luz de la Anunciación se ilumina poderosamente el sentido de la liturgia de la Palabra. La Virgen fue y es el “corazón” que escucha (Lucas 2,19.51), que revuelve en su interior los mensajes divinos, aunque a veces no los comprende de inmediato: “Ellos (María y José) no entendieron lo que les decía… Su madre conservaba estas cosas en su corazón” (Lucas 2,50-51).[12]

Pero también ella es el “ambón” que nos comunica la Palabra de la vida, como lo percibimos en la Visitación, con su estupendo cántico del Magnificat. Ella es el libro santo en el que está escrito el Verbo de Dios y también la matriz del sacerdocio de Cristo y de la Iglesia. Así cuando el autor de Hebreos, el máximo teólogo del Sacerdocio de Cristo, en 10,5-7, tomando y corrigiendo levemente el Salmo 40,7-9, recuerda: “Tú no has querido sacrificio ni holocausto, en cambio me has dado un cuerpo… para hacer, Dios, tu voluntad”, está implícitamente apuntando a María, “gran seminario” del Supremo Sacerdote.

Lo intuyó también muy vivamente la ya citada Santa Catalina de Siena: “¡Oh María, dulcísimo amor mío, en ti está escrito el Verbo del cual tenemos la doctrina de la vida; tú eres la mesa que nos ofrece la doctrina”.

La Anunciación es el dechado de la escucha activa, para nada superficial: no comprende de entrada (Lucas 1,29), pregunta (v. 33), se va introduciendo poco a poco en la propuesta divina. Se necesita tiempo para captar la voz que viene del cielo, para sentirla haciendo eco en las fibras más íntimas del alma.

Liturgia del sacrificio

Pasando a la liturgia del Corpus Christi, presente bajo los accidentes de pan y vino y reservado después en el templo, María, al aceptar la maternidad divina, llega a ser el primer sagrario del pan de vida. Sobre ella se concentran los signos antiguos de la presencia de Dios: “El Espíritu… te cubrirá con su sombra” (Lucas 1,35: episkiásei soi, usando el verbo especializado en los LXX para indicar la presencia de la Nube-YHWH, tanto sobre la tienda-tabernáculo: Exodo 13,22; 19,16; 24,16, como en la consagración del templo de Salomón: 1Reyes 8,10). La encarnación fue una preparación de la víctima para el sacrificio de la cruz. El cuerpo “entregado por nosotros” y la sangre “derramada por todos para la remisión de los pecados”, los recibió Jesús de su Madre. El Verbo encarnado y crucificado “es carne y sangre de su Madre”, exclamaba el Beato Juan Pablo II[13]. Ella es la mujer que dijo: “He aquí la servidora”, la del Fiat, del Amén. Siempre, aun cuando una espada le atraviese el corazón (Lucas 2,34-35). Lo proclama muy justamente el séptimo prefacio de las Misas de María Santísima: “Es ella la Virgen cooperadora y ministra del nuevo pacto de Salvación, que ofrece a Ti el cordero sin mancha, destinado a la cruz por nuestra redención… Así, ¡oh Padre!, por disposición tuya, un solo amor asocia al Hijo y la madre, un solo dolor los une, una sola voluntad los empuja a agradarte, único y sumo bien”.

Y como compendia felizmente el Cardenal Angelo Amato: “Sabemos ahora que en esta economía sacramental, desde su inicio, está María: ‘Hagan lo que Él les diga’ (Juan 21,5).[14] Esta economía sacramental se funda en otro ‘Hagan’: ‘Hagan esto en memoria mía’ (Lucas 22,19). Un hacer misterioso y omnipotente que realiza lo que dice: hacer realmente presente el cuerpo y la sangre de Cristo, como alimento del alma, como sacrificio de alabanza, como recreación del hombre en Dios”.[15]

Es verdad que la celebración tiene siempre y por encima de todo el encuentro transfigurador con Cristo. Pero esto no excluye, al contrario implica, la comunión de todos los santos que viven en Él, entre los cuales descuella María: “En comunión con toda la Iglesia, recordamos y veneramos ante todo a la gloriosa y siempre virgen María, Madre de Nuestro Señor Jesucristo”.[16]

Por eso, al prepararnos para cada Eucaristía, deberíamos tener presente el consejo de San Ambrosio: “Que se encuentre en cada uno el alma de María, para glorificar al Señor… Si, según la carne, una sola es la madre de Cristo, según la fe Cristo es fruto de todas las almas,[17] pues cada uno, de hecho, con tal que se conserve sin mancha y libre de pecado, acoge en sí la Palabra de Dios”.[18]

María y la Eucaristía según Juan Pablo II

Paso ahora la palabra al Beato Juan Pablo II, que siempre, al hablar de María, encuentra felices expresiones, fruto de su íntegra entrega a la mediación de la Madre del Salvador (Totus tuus).[19]

En su encíclica Ecclesia de Eucharistia (2003), ofrece una jugosa reflexión titulada “En la escuela de María, Mujer ‘eucarística’” (nn. 53-58).

“Si queremos descubrir en toda su riqueza –nos enseña– la relación íntima que liga a la Iglesia con la Eucaristía, no podemos olvidar a María, madre y modelo de la Iglesia. En la Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae, señalando a la Virgen Santísima como Maestra en la contemplación del rostro de Cristo, también he insertado entre los misterios de la luz la institución de la Eucaristía. En efecto, María nos puede guiar hacia este Santísimo Sacramento, porque tiene con él una profunda relación.

A primera vista, el Evangelio calla sobre este tema. En el relato de la institución, la tarde del Jueves Santo, no se habla de María. Se sabe, en cambio, que Ella estaba presente entre los Apóstoles ‘unánimes en la oración’ (Hech 1,14), en la primera comunidad reunida después de la Ascensión en espera de Pentecostés. Esta presencia suya por cierto que no podía faltar en las celebraciones eucarísticas entre los fieles de la primera generación cristiana, asiduos ‘en la fracción del pan’ (Hechos 2,42).

Pero, más allá de su participación en el Banquete eucarístico, la relación de María con la Eucaristía puede ser delineada indirectamente a partir de su actitud interior. María es ‘mujer eucarística’ con toda su vida. La Iglesia, mirando a María como a su modelo, está llamada a imitarla también en su propia relación con este Misterio santísimo.

Mysterium fidei! Si la Eucaristía es misterio de fe, que supera tanto a nuestra inteligencia, que nos obliga al más puro abandono a la palabra de Dios, nadie como María puede servirnos de sostén y guía en semejante actitud. Cuando repetimos el gesto de Cristo en la Última Cena, al cumplir su mandato: ‘¡Hagan esto en memoria mía!’, acogemos al mismo tiempo la invitación de María a obedecerlo sin dudas: ‘Hagan lo que Él les diga’ (Juan 2,5). Con la premura materna, atestiguada en las bodas de Caná, María parece decirnos: ‘No tengan titubeos, confíense en la palabra de mi Hijo; Él, que fue capaz de cambiar el agua en vino, es igualmente capaz de hacer del pan y del vino su cuerpo y su sangre, entregando a los creyentes en este misterio la memoria viva de su Pascua, para hacerse de tal modo ‘pan de vida’’.

En cierto sentido, María ha ejercitado su fe eucarística todavía antes de que la Eucaristía fuese instituida, por el hecho mismo de haber ofrecido su seno virginal para la encarnación del Verbo de Dios. La Eucaristía, al remitirnos a la pasión y la resurrección, se pone al mismo tiempo en continuidad con la Encarnación. María concibió en la Anunciación al Hijo divino en la verdad también física del cuerpo y la sangre, anticipando en sí lo que, en cierta medida, se realiza sacramentalmente en cada creyente que recibe, en el signo del pan y del vino, el cuerpo y la sangre del Señor.

Hay, por lo tanto una analogía profunda entre el fiat pronunciado por María a las palabras del Ángel y el amén que cada fiel pronuncia cuando recibe el cuerpo del Señor.[20] Se le pidió a María creer que aquel que ella concebía ‘por obra del Espíritu Santo’ era el ‘Hijo de Dios’ (cf. Lucas 1,30-35). En continuidad con la fe de la Virgen, en el Misterio eucarístico se nos pide que creamos que aquel mismo Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María, se hace presente con su ser humano-divino entero en los signos del pan y del vino.

Feliz la que ha creído’ (Lucas 1,45): María también ha anticipado, en el misterio de la Encarnación, la fe eucarística de la Iglesia. Cuando, en la Visitación, lleva en su seno al Verbo hecho carne, ella se hace, en alguna manera, ‘tabernáculo’ –el primer ‘tabernáculo’ de la historia– donde el Hijo de Dios, todavía invisible a los ojos de los hombres, se concede a la adoración de Isabel, casi ‘irradiando’ su luz a través de los ojos y la voz de María. ¿Y la mirada extasiada de María contemplando el rostro de Cristo apenas nacido y al estrecharlo entre sus brazos, no es acaso el inalcanzable modelo de amor, en el que debe inspirarse cada comunión eucarística nuestra?[21]

María hizo suya, con toda la vida junto a Cristo, y no sólo sobre el Calvario, la dimensión sacrificial de la Eucaristía. Cuando llevó al niño Jesús al templo de Jerusalén ‘para ofrecerlo al Señor’ (Lucas 2,22), sintió que el anciano Simeón le anunciaba que aquel Niño debería ser ‘signo de contradicción’ y que una ‘espada’ atravesaría también su alma (Lucas 2,34-35). Así era preanunciado el drama del Hijo crucificado y de aquella manera era prefigurado el stabat mater de la Virgen a los pies de la Cruz. Preparándose día a día para el Calvario, María vive una especie de ‘Eucaristía anticipada’, se diría una ‘comunión espiritual’ de deseo y de ofrecimiento, que tendrá su cumplimiento en la unión con el Hijo en la pasión y se expresará después, en el período postpascual, en su participación a la celebración eucarística, presidida por los Apóstoles, como ‘memorial’ de la pasión.

¿Cómo imaginar los sentimientos de María, al escuchar de boca de Pedro, Juan, Santiago y los otros Apóstoles las palabras de la Última Cena: ‘Esto es mi cuerpo dado en sacrificio por ustedes’? (Lucas 22,19) ¡Aquel cuerpo dado en sacrificio y representado en los signos sacramentales era el mismo cuerpo concebido en su seno! Recibir la Eucaristía debía significar para María casi un volver a acoger en el seno aquel corazón que había latido al unísono con el suyo y un revivir aquello que había experimentado en primera persona bajo la cruz.

‘Hagan esto en memoria mía’ (Lucas 22,19). En el ‘memorial’ del Calvario está presente todo lo que Cristo ha cumplido en su pasión y en su muerte. Por lo tanto no falta lo que Cristo ha cumplido también hacia la Madre en favor nuestro. De hecho a ella entrega al discípulo predilecto y, en él, entrega a cada uno de nosotros: ‘¡He ahí a tu hijo!’ Igualmente nos dice a cada uno de nosotros: ‘¡He ahí a tu Madre!’ (cf. Juan 19,25-27).

Vivir en la Eucaristía el memorial de la muerte de Cristo implica también recibir continuamente este don. Significa tomar con nosotros –a ejemplo de Juan– a aquella que cada vez nos es dada como Madre. Significa asumir al mismo tiempo el compromiso de conformarnos con Cristo, poniéndonos en la escuela de la Madre y dejándonos acompañar por ella. María está presente, con la Iglesia y como Madre de la Iglesia, en cada una de nuestras Celebraciones eucarísticas. Si Iglesia y Eucaristía son un binomio inseparable, otro tanto se ha de decir del binomio María y Eucaristía. También por esto el recuerdo de María en la Celebración eucarística es unánime, desde la antigüedad, en las Iglesias de Oriente y de Occidente.

En la Eucaristía la Iglesia se une plenamente a Cristo y a su sacrificio, haciendo suyo el espíritu de María. Es verdad que se puede profundizar releyendo el Magnificat en perspectiva eucarística. La Eucaristía, de hecho, como el cántico de María, es ante todo alabanza y acción de gracias. Cuando María exclama ‘Mi alma engrandece al Señor y mi espíritu exulta en Dios mi salvador’, ella lleva en su seno a Jesús. Alaba al Padre ‘por’ Jesús, pero lo alaba también ‘en’ Jesús y ‘con’ Jesús.[22] Y ésta es precisamente la verdadera ‘actitud eucarística’.

Al mismo tiempo María hace memoria de las maravillas obradas por Dios en la historia de la salvación, según la promesa hecha a los padres (cf. Lucas 1,5), anunciando la maravilla que las supera a todas, la Encarnación redentora.[23] En el Magnificat, finalmente, está presente la tensión escatológica de la Eucaristía. Cada vez que el Hijo de Dios se presenta a nosotros en la ‘pobreza’ de los signos sacramentales, pan y vino, se pone en el mundo el germen de aquella historia nueva en la que los poderosos ‘son derribados de los tronos’ y son ‘elevados los humildes’ (cf. Lucas 1,52). María canta aquellos ‘cielos nuevos’ y aquella ‘tierra nueva’ que en la Eucaristía encuentran su anticipación y en cierto sentido su ‘proyecto’ programático. Si el Magnificat expresa la espiritualidad de María, nada nos puede ayudar tanto como esta espiritualidad para vivir el misterio eucarístico. La Eucaristía nos es dada para que nuestra vida, como la de María, sea toda ella un magnificat”.


[1] “Publica, lengua y canta
el misterio del cuerpo glorioso
y de la sangre santa
que dio por mi reposo
el fruto de aquel vientre generoso”

La traducción de La Liturgia de las Horas para los Fieles, México / Bilbao 2007, 378, manteniendo el sentido fundamental, no es literal.

[2] Que goza de una hermosa melodía gregoriana y también fue magníficamente musicalizado por W. A. Mozart. H. De Lubac lo atribuye también a Santo Tomás (Corpus Mysticum. L’ Eucaristia e la Chiesa nel Medioevo, Milano 1982, 166). Pero es asunto discutido. Por lo general el autor que se cita más a menudo es el Papa Inocencio IV (+ 1254). Ver: R. Cantalamessa, El Ave verum, en su obra: Esto es mi Cuerpo – La Eucaristía a la luz del Adorote Devote y del Ave verum, Bogotá 2007, 175, n. 1.

[3] De dokéin (trad. parecer), dado que estos herejes, llevados por una equivocada concepción de la trascendencia de Dios, no podían admitir que Dios tuviera carne humana, hubiera nacido, sufrido. Para ellos todo eso fue sólo “apariencia”.

[4] De carne Christi, V, 6.

[5] No a Lutero, que admitía la presencia real de Cristo en la Eucaristía, si bien no la explicaba por medio de la transubstanciación. Sí respecto a Zwinglio (y otros), que veía en este sacramento una mero recuerdo simbólico.

[6] En: Denzinger-Hunnermann, 700.

[7] Adversus haereses, V, 2, 3.

[8] Que viajó por todas las Iglesias de Oriente y Occidente.

[9] I X TH U S (trad. pez), eran las iniciales de: Iesus Xristós Theoú Uiós Sotér (trad. Jesús Cristo de Dios Hijo Salvador).

[10] K. Kirch, Enchiridion Fontium Historiae Ecclesiasticae Antiquae, Friburgi Brisgoviae (1914), 155.

[11] Oración 11.

[12] Notemos, de paso, cómo “la escucha” no es para nada una actitud “pasiva”, como a veces se inculca en ciertas tácticas pedagógicas. Como si todos (en la liturgia, en las clases, tuvieran que “intervenir de algún modo espectacular”, para que la docencia y el correlativo aprendizaje sean “activos”. Viene bien, para el caso, repasar las agudas meditaciones de Albino Luciani-Juan Pablo I, en su impagable libro: Ilustrísimos Señores, BAC, Madrid 1978, 245-246. En un imaginario diálogo con Quintiliano (gran maestro de retórica del siglo I de nuestra era; nacido en España –Calahorra– pero que actuó en Roma con gran aprecio de Vespasiano), después de haber apreciado el método “activo”, también razonaba así: “Esto, sin embargo, no excluye, sino que supone la enseñanza del maestro. De hecho: -la dependencia es algo natural en la mente, la cual no crea la verdad, sino que sólo debe inclinarse ante ella, venga de donde venga; -si no nos aprovechamos de las enseñanzas de otros, perderemos mucho tiempo buscando verdades ya adquiridas; -no es posible lograr siempre descubrimientos ya realizados; -por último, la docilidad es también una virtud útil… No se crea que, porque se escuche a un profesor, hay que estar en plan puramente pasivo o receptivo. Los alumnos que sean verdaderos discípulos de la verdad no son como escudillas esperando recibir ‘las alubias’ que el maestro les eche, dándoles bien el cazo de su erudición. Dante, Leonardo y Galileo, cuando estaban al pie de la cátedra, no se contentaban solamente con ‘sentarse’ y Santo Tomás demuestra que quiere que los alumnos estén bien ‘de pie’ cuando dice: el maestro se limita a ‘moverse’, a estimular al discípulo, y el discípulo sólo cuando sabe responder a este estímulo –durante o después de la exposición del maestro– alcanza un verdadero aprendizaje. Por otra parte, ¿qué es mejor? ¿Ser discípulo de las grandes ideas o autores originales de ideas mediocres?” (ibid., 246-248).

[13] Redemptoris Mater, 20.

[14] Acotamos: se trata de las últimas palabras que nos constan transmitidas de María.

[15] María y la Trinidad, Salamanca 2000 (ed. original: 1999).

[16] Canon Romano.

[17] Se está refiriendo a Marcos 3,33-35, cuando María busca a su Hijo en la vida pública, respondiendo éste que “su madre y hermanos” son los que hacen la voluntad de su Padre. Podemos, pues, ser “madre de Cristo”.

[18] Expositio in Evangelium Lucae, II, 26.

[19] Algunos conceptos reiterarán lo ya expuesto anteriormente. Pero la “repetición” es un buen ejercicio espiritual, como lo aconsejaba San Ignacio de Loyola, porque ayuda a grabar más fuertemente las verdades en el alma.

[20] Intercalamos que, según se puede observar, habría que insistir en este signo exterior litúrgico, ya que, muy frecuentemente, más de uno ni lo dice, o se lo suele expresar a la disparada. En cambio, debería tratarse de una solemne y convencida declaración de fe.

[21] Interrumpo la cita porque hace recordar, a quienes vivimos rituales preconciliares, una hermosa acción de gracias que se proponía a los sacerdotes para después de la Misa: Oratio ad Beatam Mariam Virginem (ver: Missale Romanum, Romae-Tornaci-Parisiis, Desclée & Socii, 1948, cxxix).

“¡Oh María, virgen y madre Santísima, acabo de recibir a tu dilectísimo Hijo, al que concebiste, nació de ti, le diste de mamar y estrechaste con suavísimos abrazos. Aquel, con cuya vista te deleitabas y te llenabas de toda delicia, al mismo, humildemente y con amor, te lo presento y ofrezco, para que lo abraces con tus brazos, lo ames con tu corazón y lo ofrezcas a la Santísima Trinidad, en el supremo culto de latría, para tu mismo honor y gloria y por mis necesidades y las de todo el mundo. Te pido, pues, Madre piadosísima, que ruegues por el perdón de todos mis pecados y (me alcances) la gracia abundante para servirlo más fielmente de ahora en adelante y, por fin, la gracia final, para que, junto contigo, lo pueda alabar por todos los siglos de los siglos”.

[22] No es difícil descubrir la alusión a la gran doxología final del canon de la Misa.

[23] Tal referencia a “Israel, Abraham y su descendencia”, es igualmente una alusión a la “liturgia de la palabra”, en la que se repasan con frecuencia (sobre todo en Adviento y Cuaresma) las preparaciones de Dios a la llegada final a nuestra historia de su Hijo e Hijo de María.