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Carlos Caso-Rosendi

Como introducción a este artículo sobre Nuestra Señora me gustaría citar un breve párrafo del apologista anglicano C. S. Lewis. En él, el célebre autor, nacido en el Ulster de la más pura cepa de la Iglesia de Inglaterra, nos da una lección de moderación y equilibrio en este asunto de tratar las diferencias entre católicos y protestantes, especialmente en lo que toca al tratamiento de esta persona excepcional: la mujer que dio a luz al Hombre-Dios, Jesús, el salvador del mundo.

“… no hay controversia entre los cristianos que necesite ser más delicadamente tratada que ésta. Las creencias católicas sobre este tema se sostienen no sólo con el fervor inherente a toda creencia religiosa sincera sino (muy naturalmente) con la, por así decirlo, caballerosa sensibilidad que un hombre experimenta cuando el honor de su madre o de su amada están en cuestión. Por eso es muy difícil diferir de ellos sin aparecérseles como un grosero además de un hereje. Por el contrario, las opuestas creencias protestantes en lo que a este tema se refiere inspiran sentimientos que van hasta las mismas raíces del monoteísmo por excelencia. A los protestantes radicales les parece que la distinción entre Creador y criatura (por sana que ésta sea) se ve amenazada: que el politeísmo ha vuelto a resurgir. Por lo tanto es difícil disentir con ellos de modo que uno no parezca algo peor incluso que un hereje: un idólatra, o un pagano…” (Mero Cristianismo, Harper Collins Publishers, New York 2006, p. 11. Citada en: Carlos Caso-Rosendi, Arca de Gracia — Nuestra Señora en las Sagradas Escrituras, cap. XIII).

Una cosa que a veces olvidamos es la seriedad de los cargos que ciertos protestantes hacen con respecto al honor especial (hyperdulia) que los cristianos católicos otorgan a la Madre de Dios. Este honor especial es interpretado por los protestantes como un retorno a las costumbres paganas, como lo fueran las prácticas de adoración de la Bona Dea entre los romanos.

Si algo así estuviera ocurriendo en la Iglesia Católica, eso sería una seria violación de los mandamientos. Así que primero tenemos que dejar bien claro que el respeto especial con que los católicos honran a María no es de ninguna manera la misma adoración que merecidamente recibe el Todopoderoso, el Creador de María. No hay ninguna brecha entre el honor que se da a la criatura y el que se debe al Creador, aun cuando Dios mismo llenó a María de gracia, según lo declaran los evangelios desde el mismo principio.

Esa característica de la gracia completa se expresa en el segundo capítulo de Lucas y es un ángel el que nos da la información. Esa expresión se vuelve a usar para otra persona en el primer capítulo del Evangelio Según San Juan:

“Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.” (Juan 1, 14)

Aquí las Escrituras nos comprueban esa maravillosa simetría que revela el especial papel de María en la historia de la salvación de la raza humana. Dos seres llenos de gracia, uno por la magnífica realidad de la Encarnación, Jesucristo, la Palabra que viene y habita entre los hombres dándonos a conocer la plenitud del tesoro de la gracia que ha recibido del Padre. El segundo ser que resulta ser lleno de gracia es María, que recibe los favores de Dios en su humilde persona y se somete completamente a ellos, pues el Verbo Encarnado debe ser recibido y entrar al mundo por una puerta acorde a su divina dignidad.

Con eso se completa simétricamente la contraparte, la respuesta de Dios a la alevosa entrada del mal en el mundo: una mujer escucha las palabras de un ángel malo y prepara el camino para la desobediencia del hombre en el pecado original. Pero ahora, en la plenitud de los tiempos, una mujer igualmente inocente escucha la invitación de un ángel santo y la acepta, preparando el camino para que de ella nazca la salvación y la restauración de la humanidad a la obediencia en el amor de Dios. Esa persona única es María.

Indicios de la singularidad de María

Nuestro lector se pregunta por qué la Biblia dice tan poco de María. Con esto casi expresa una frase católica que solía repetirse mucho cuando el latín se hablaba en la Iglesia con más frecuencia que las lenguas vernáculas: “de Maria nunquam satis”, lo que puede ser traducido como “de María nunca se dice demasiado”. Y es cierto que la Biblia, aunque dice mucho de María, no lo hace de una manera directa y hay que esforzarse un poco para penetrar en las Escrituras y hallar los muchos indicios de la singularidad y peculiaridad de esta mujer única en toda la historia de la salvación.

Comencemos por la ya famosa visita del ángel a Nazaret:

Lucas 1, 26-29 — Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen prometida a un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.” Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo.

Analicemos lo que las Escrituras dicen aquí y tratemos de ponernos en la situación exacta. Las Escrituras asumen que tenemos entendimiento (Marcos 7,17-18), que hemos orado a Dios por la luz del Espíritu Santo para sacar del buen tesoro de la riqueza de Dios cosas buenas (Mateo 12,35). No podemos ponernos en la persona del ángel, pero sí como humanos sabemos lo suficiente como para ponernos en el lugar de María, una jovencita judía, obviamente piadosa.

Evidencia de familiaridad con los ángeles

Primero veamos el trato que da al ángel. Yo no sé cuántos entre vosotros habéis recibido visitas angelicales visibles; yo no he tenido nunca el gusto de recibir una. Pero si la memoria no me falla, al leer las Escrituras, todas las apariciones de ángeles producen algún temor sobrenatural entre los presentes. En muchas ocasiones los mensajeros celestiales deben decir “no temáis”, porque la aparición de la pureza celestial inspira temor en los humanos imperfectos.

Lo que primero me llama la atención es la naturalidad de María ante el evento. Un ángel del cielo la saluda y ella discurre que el saludo es “inusual”. Esto indica prima facie que no era la primera vez que un ángel se le aparecía. A mi juicio, esto evidencia que María mantuvo un trato frecuente con seres angelicales antes de la Anunciación relatada por Lucas. ¿Sería esa familiaridad la consecuencia de una pureza superlativa, pureza que nosotros humanos comunes descendientes de Eva hemos perdido? Es muy probable. Adán oía la voz de Dios en el jardín… (Génesis 3,8-10), pero ya al tiempo de Samuel los humanos deben ser entrenados para oír lo que tan naturalmente escuchaban nuestros primeros padres (1 Samuel 3,1-21).

En esto vemos en el ángel un cambio, que María advierte (“¿Qué clase de saludo es éste?”). Tenga un poco de paciencia el lector y asumamos por un momento —aunque solamente tengamos una evidencia indirecta— que María compara este saludo con otros encuentros anteriores, pues de otro modo ¿cómo podría juzgarlo “inusual”? Si se nos aparece un ángel, eso por sí mismo es “inusual” y el saludo inusual no sería sorprendente en una situación inusual. Es sólo dentro del marco de una situación más o menos corriente que el saludo podría llamar la atención. Para comparar —jocosamente— digamos que estoy en mi casa y desciende en mi patio un vehículo espacial y desciende de él un enanito verde con antenas y tres ojos y me dice: “¡Saludos, terrícola!” ¡No creo que nadie en este pobre planeta, visto en esa situación, se pusiera a discurrir sobre la inusualidad del saludo! ¿Se entiende ahora lo que quiero decir?

La vida temprana de una santa princesa

Entonces, asumimos con cierta confianza que María había tenido contacto con ángeles en su cercana infancia antes de los quince o dieciséis años que probablemente tenía al tiempo de la Anunciación por Gabriel. Pero por la Escritura deducimos también que nunca hasta entonces un ángel la había llamado kejaritomene, “llena de gracia”. Luego daré más detalles, pero pongámonos ahora en el oficio del ángel y de otros ángeles que deben haber estado a cargo de la protección de María. ¿Por qué? Porque como en todas las cortes del mundo, las princesas tienen guardaespaldas y no van a ningún lado sin escoltas. Dios no es menos cuidadoso que Rainiero de Mónaco. Y María, desde su nacimiento, en la presciencia de Dios, fue mucho más preciosa que la princesa Carolina cuando tenía esa edad. Los ángeles la cuidaban y —si ella era realmente inmaculada como fueron Adán y Eva antes de pecar— su capacidad de ver ángeles no debería sorprender a nadie.

Imagino entonces a la pequeña princesa, con total desconocimiento de su destino (como todas las princesitas niñas que sólo piensan en muñecas, flores y lazos de colores como todas las pequeñas de su edad) jugando bajo la cuidadosa mirada de sus guardianes y pensando en su simplicidad que todas las niñas pueden contemplar lo mismo que ella ve.

Sin embargo, al llegar al tiempo de los juegos con otras niñitas de la aldea, María debe haber notado que lo que ella veía y oía era algo que solamente ella podía ver y oír. Eso debe haber agudizado en ella la necesidad de reflexionar en su mente infantil sobre el mundo espiritual. Aleccionada por los santos ángeles, la princesita fue aprendiendo los secretos de la vida y a los quince o dieciséis ya sabía lo suficiente como para poder consagrar su virginidad a Dios, sabiendo muy bien cómo era que los niños vienen al mundo.

Decidida ella a mantenerse virgen de por vida, debe entonces haber surgido entre los mayores, el tema de qué hacer con María, pues María es pobre y carece de la dote necesaria para casarse con un levita y poder dedicarse al Templo. Ahí entra en la escena el bueno de José.

¿Qué hacemos con la niña?

José es un carpintero, no un carpintero fino, sino un tekton, la clase de “mecánico” que arregla arados, arneses, cercas y corrales. Curiosamente, la clase de trabajador que un día producirá el xilon, la Cruz donde morirá Jesús. Nuestro buen José es mayor que María, es quizás un hombre de muy pocas palabras, muy devoto. Como su antecesor José, el hijo de Jacob, tiene sueños y ha aprendido a obedecer lo que Dios le dicta en sus sueños (Génesis 37,2-11; Mateo 1,20; 2,12; 2,19). José, por lo poco que sabemos, es probablemente célibe. Es posible que se haya dedicado como nazareo a Dios, permaneciendo virgen. También es posible que no fuera capaz de hablar o que tuviera un habla muy limitada. Observemos que la Escritura no registra una sola frase de este hombre tan importante, padre putativo del Mesías. José es un hombre manso y obediente, sencillo y trabajador, un hombre puro y fuerte en alma y cuerpo.

Los responsables por el futuro de María deben haber juzgado que, entre los hombres de la aldea, José era el mejor partido para María por su pureza y su buena disposición y por ser de la misma tribu de María. La niña que había ya hecho votos de virginidad a Dios, no podía casarse con un hombre cualquiera que necesitara procrear descendientes. Por lo tanto se la prometieron a José. El recio carpintero tendría quien le cocinara y guardara su casa de por vida, alguien que hablaría por él y lo ayudaría en su pequeño negocio. Pero los planes humanos no iban a salir tan redondos…

¿De dónde vendrá ese niño?

El destino de María empieza a manifestarse con la visita de ese ángel que la saluda de manera “inusual”.

Lucas 1, 30-33 — El ángel le dijo: “No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin.”

Hasta aquí, todo muy claro. María sabe que tiene el favor de Dios y que Dios ha decidido que ella quede encinta (aún no sabe cómo). Sabe que el niño será de Dios y el ángel le dice lo que ella seguramente ya sospechaba: ¡El niño es el largamente esperado Mesías! María se da cuenta que ella —¡sí, ella! la joven más pobre de su parentela— ¡va a ser la gebirah, la madre del Rey Eterno de Israel! ¡Cuántas veces en la sinagoga había escuchado las palabras del rollo de Isaías, sin siquiera sospechar que era ella la bendita mujer de la que hablaba el profeta! ¡Más feliz que Sara, que Lea y Raquel, María, la pequeña María de Nazareth!

Isaías 62, 1-5 — Por amor a Sión no me callaré, por amor a Jerusalén no descansaré, hasta que irrumpa su justicia como una luz radiante y su salvación, como una antorcha encendida. Las naciones contemplarán tu justicia y todos los reyes verán tu gloria; y tú serás llamada con un nombre nuevo, puesto por la boca del Señor. Serás una espléndida corona en la mano del Señor, una diadema real en las palmas de tu Dios. No te dirán más “¡Abandonada!”, sino que te llamarán “Mi deleite”, y a tu tierra “Desposada”. Porque el Señor pone en ti su deleite y tu tierra tendrá un esposo. Como un joven se casa con una virgen, así te desposará el que te reconstruye; y como la esposa es la alegría de su esposo, así serás tú la alegría de tu Dios.

Y aquí María, con la rapidez mental que caracteriza a las mujeres de su raza, le pregunta respetuosamente al ángel:

Lucas 1, 34 — […] “¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?”

Transcribo aquí un párrafo del libro Arca de Gracia con algunas reflexiones sobre este pasaje.

“Esta pregunta de María nos revela muchas cosas. Ya Lucas nos había referido antes que María estaba prometida en matrimonio a un hombre llamado José. Ahora bien, si María esperaba tener relaciones conyugales con su futuro esposo, ella nunca habría hecho esa pregunta. Simplemente habría asumido que ella y José iban a ser los padres del Mesías después de haberse casado. Sin embargo, ella pide respetuosamente al ángel que le explique cómo es que este bebé va a nacer. La única manera razonable de explicar esa pregunta es concluir que María había consagrado su virginidad a Dios y no esperaba tener relaciones conyugales con su futuro esposo. La práctica de consagrar la virginidad a Dios se encuentra bien fundamentada en la cultura judía de esa época. Hay algunos precedentes bíblicos, como por ejemplo, la hija del juez Jefté (Jueces 11,34-40) y la profetisa Ana que se consagró a Dios cuando quedó viuda siendo muy joven (Lucas 2,36-37; 1 Corintios 7,23-40). Para ser un testimonio perfecto y eterno del poder de Dios, la virginidad de María tiene que ser eterna. Su voto de permanecer Virgen por toda la vida se puede deducir claramente de la pregunta que ella hizo a su mensajero angelical.” (Carlos Caso-Rosendi, Arca de Gracia—Nuestra Señora en las Sagradas Escrituras, cap. I).

La respuesta del ángel no es menos interesante:

Lucas 1, 35-37 — El Ángel le respondió: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios”.

El ángel usa la palabra episkiasei para describir cómo el Espíritu Santo se acercaría a María. Esa palabra es la misma que se usa en el Éxodo para describir a los “querubines cubrientes” que extendían sus alas sobre el asiento de misericordia del Arca de la Alianza y también en Éxodo 40, 34-35. Al lector entrenado en las Escrituras no se le escaparán dos cosas:

  1. El Arca de la Alianza contenía varias cosas que representaban diversos aspectos de Jesús, el Mesías. Las tablas de la Ley que Jesús cumplió fielmente. La escudilla con el maná preservado milagrosamente y que representa a Jesús como “pan del cielo”. El báculo que había florecido y dado fruto para testimonio del Sumo Sacerdocio de Aarón, símbolo prefigurativo de Cristo como Sumo Sacerdote y Buen Pastor.
  2. La misteriosa mujer que ve el apóstol Juan con el Arca de la Alianza en los cielos, en su visión de Apocalipsis 11,19-12,6.

María, como el Arca de la Alianza, contiene en su seno a Jesús, así como el Arca contenía las representaciones proféticas de Jesús. Esa misma Arca aparece en los cielos en la visión de Juan, pero ahora es una mujer que da a luz “un Hijo varón, el que ha de regir a todas las naciones con cetro de hierro; y su hijo fue arrebatado hasta Dios y hasta su trono.” Ese hijo varón es el Mesías resucitado “arrebatado a Dios y a su trono” luego de triunfar sobre el mal en el Calvario y ahora seguramente destinado a regir al mundo “con cetro de hierro” (Salmo 2,7-9).

Todas las generaciones me bendecirán

María comprende inmediatamente la maravilla de su singularidad. Ella será la madre del Rey Eterno de Israel, o sea la Reina Eterna de Israel y lo expresa inspirada por el Espíritu Santo en el Magnificat, que no salió de la pluma de Lucas, sino del corazón de María. ¡Que no se diga jamás que no han quedado palabras de María en la Escritura!

Lucas 1, 46-55 — María dijo entonces: “Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi salvador, porque Él miró con bondad la pequeñez de tu servidora. En adelante todas las generaciones me llamarán feliz, porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas. ¡Su Nombre es santo! Su misericordia se extiende de generación en generación sobre aquellos que lo temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón. Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías. Socorrió a Israel, su servidor, acordándose de su misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y de su descendencia para siempre”.

En esto hay ecos de los Salmos (Salmos 45,6-17) y de la canción de Hanna (1 Samuel 2,1-10). Hanna es una figura profética de María pues tiene un hijo, Samuel, a quien dedica a Dios (1 Samuel 1,24-28; cf. Lucas 2, 21-24). Curiosamente, al tiempo de su petición, Hanna es acusada de estar ebria con el vino del Pentecostés (1 Samuel 1,12-17) así como María y los cristianos en el primer Pentecostés de la Iglesia son acusados de lo mismo (Hechos 2,13).

Y ahora que venimos al Pentecostés, el principio de la Iglesia y de su misión, pongámonos otra vez en los zapatos (o más bien en las sandalias) de aquellos hombres y mujeres, los ciento veinte de los que hablan los Hechos, entre los cuales estaba María (Hechos 1,14).