juventud-catolica

Miguel Antonio Barriola

El 17 de agosto tuvo comienzo el gigantesco encuentro internacional de jóvenes católicos, para una nueva Jornada Mundial de la Juventud.[1]

Mucho se ha venido opinando al respecto y nosotros, como actuales o futuros pastores del rebaño de Cristo, cuya esperanza, como en toda vida, está colocada en las nuevas generaciones, tenemos que capacitarnos, para acercar y hacer aceptable el Evangelio a una edad estupenda, pero no menos problemática en la sociedad y en la Iglesia.

Aclarando el panorama

Se han difundido muchas objeciones a este tipo de manifestaciones multitudinarias, frente a las cuales hemos de estar atentos.

Algunos han descalificado su carácter de “pueblada”, porque argumentan que Jesús se opuso a toda publicidad religiosa: “Cuando oren, no sean como los hipócritas, que gustan de orar en las sinagogas y en las esquinas de las avenidas, bien plantados, para ser vistos de los hombres. En verdad les digo que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí en lo escondido. Y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará.”[2]

A lo cual habría que replicar: el mismo Jesús frecuentaba la sinagoga y el templo.[3] Además, en este pasaje, no condena la oración comunitaria y pública, sino la ostentación mojigata de los fariseos. De hecho, el mismo Cristo ha querido salvarnos en comunidad, recomendando, por lo mismo, y claramente también la oración en común: “Les aseguro asimismo, que si dos o tres de ustedes se ponen de acuerdo en la tierra, para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre, que está en los cielos. Porque, donde estén dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.”[4] Así, cuando nos enseñó expresamente, cómo teníamos que orar, formuló en plural las peticiones del “Padre nuestro”. Igualmente, cuando se preparaban a la venida del Espíritu Santo, “todos ellos perseveraban en la oración con un mismo espíritu.”[5]

Está bien, podría conceder alguno, pero “dos o tres” y el grupo primitivo de la Iglesia jerosolimitana no equivalen a la masa de más de un millón de manifestantes.

Aquí, sería bueno no olvidar las multitudes de Pentecostés, que siguieron agolpándose ante los primeros discursos de Pedro y después de Pablo. En fin, una cosa no se opone a la otra y una vez más ha de imponerse das katholische “und” (trad. el “y” católico), como escribía H. U. von Balthasar. Lo personal y privado es insustituible, porque, de lo contrario se corre el riesgo del gregarismo, de ser arrastrado por la correntada del gentío: “¿A dónde va Vicente? Donde va la gente”. Sin embargo, la persona no es una isla o la “mónada” de Leibnitz” (“non habet fenestras” trad. no tiene ventanas) y es también reconfortante comprobar que tanta gente, de diferentes culturas y países, con todo, sienten y viven motivos, más que fuertes, para congregarse y atestiguar ante el mundo una fe común y adhesión a valores irrenunciables.

Más todavía, si toda esa muchedumbre consta prevalentemente de jóvenes. Cosa que desmiente la difundida opinión de que la juventud está perdida en pos de un hedonismo inmediato y atolondrado.

Otros objetan: “¿Qué puede decir un viejo de 84 años a muchachos en la flor de la edad?”

Ante tal postura, se ha de reaccionar con la sabiduría del sentido común, refrendada también por la Palabra de Dios: “¡Qué hermosa es la sabiduría de los ancianos, la reflexión y el consejo de la gente respetable! Corona de los ancianos es una rica experiencia y su orgullo el temor del Señor.”[6]

Ahora bien, en el caso concreto de Benedicto XVI, no se trata de un “viejo reblandecido”, sino de una larga vida en diálogo constante con Dios, la teología y el pensamiento esparcido por todo el orbe.[7] Nadie, que no sea un terco y cerril anticatólico, podrá negar su sabiduría, experiencia y lecciones de vida, desde su juventud difícil en tiempos nazis.[8]

El encuentro tan patente y mutuamente enriquecedor entre el Pastor supremo y sus ovejas más promisorias, también es un consuelo para el mismo Papa y todos los obispos, capellanes, asesores, que se toman a cargo el difícil empeño de orientar a los jóvenes de la complicada actualidad.

Jóvenes, no dioses

Es muy dañino idolatrar a los jóvenes, adularlos a pura demagogia, haciéndoles creer que se pueden llevar el mundo por delante.

El joven bien encaminado jamás caerá en la ilusión de pensar que todo comienza con él, que antes de la computación no hubo nada provechoso, que todo se resuelve con sus “tribus urbanas”, en desconexión total y salvaje de toda norma.

Así es cómo estamos viendo los resultados de tantas leyes y disposiciones que no han tenido otro objetivo que halagar a la juventud. En Londres, los desmanes que ha habido en estos meses pasados (julio-agosto de 2011), tuvieron como protagonistas a jóvenes descontrolados, entre los cuales había muchos de 8 a 13 años. Ante semejante descalabro, el Primer Ministro, Cameron, confesó que Gran Bretaña se estaba yendo barranca abajo, en una total desorientación moral.

Se ha envalentonado a los muchachos, dictando leyes por las cuales los hijos pueden llamar a juicio sus propios padres, si les pareciera que son demasiado severos para con ellos. La familia monoparental, o sea: uno solo de los progenitores (casi siempre la madre) se encarga del o los hijos. Pero… teniendo que trabajar el o la titular del grupo, los menores son dejados a su arbitrio y capricho, abandonando a la deriva a cantidad de adolescentes y jóvenes.

Una vez más se comprueba la sagacidad perenne de una visión tan antigua como la del Eclesiástico 30,8: “Un caballo sin domar se vuelve reacio y un hijo consentido se vuelve insolente. Malcría a tu hijo y te hará temblar… educa a tu hijo y fórmalo bien, para que no tengas que soportar su desvergüenza”.

Por otro lado, la pésima conducta de una juventud dislocada ya también fue elencada por Sabiduría 2,6-10: “Vengan y disfrutemos de los bienes presentes, gocémonos de las criaturas con el ardor de la juventud. Embriaguémonos con vinos exquisitos y perfumes, que no se nos escape ninguna flor primaveral; coronémonos con capullos de rosas antes que se marchiten; que ninguno de nosotros falte a nuestra orgía, dejemos por todas partes señales de nuestra euforia… no respetemos al anciano encanecido por los años.”


Mocedades bienvenidas

Al contrario, todos los jóvenes que, conscientes de sus bríos, vigor y posibilidades de futuro, se dejan conducir y enseñar por padres y madres, maestros, párrocos, el Papa, son como la fuerte correntada de un río, al que se le ponen represas, no con el fin de ahogar todo ese potencial, sino para encauzarlo, engendrando luz, energía, aprovechamiento de un gran número de ciudades.

Además, el contacto con pasadas generaciones vuelve a las nuevas desinteresadas, no sólo buscadoras del propio gusto o conveniencia. Al respecto, recuerdo un espacio de la TV alemana. Visitaban un geriátrico. Los ancianos respondían a las preguntas del periodista: “Tenemos de todo, calefacción en invierno, refrigeración en verano, los medicamentos necesarios, los mejores médicos. Pero… nuestros hijos no nos visitan”.

Una juventud que se aleja de la propia egolatría, al revés, va realizando la hermosa comprobación de Cicerón, en su maravilloso diálogo Cato maior seu De Senectute: “Levior fit senectus eorum, qui a juventute coluntur et diliguntur.”[9]

¿Eterna juventud?

No faltan espíritus satíricos, que han afirmado que la juventud es una enfermedad que se cura con el tiempo. Hay algo de verdad en ello, pero también hay que estar atentos a un atávico impulso, que aflora en muchos, a lo largo de las edades, con pretensiones de perenne lozanía. Tintura de cabellos, implantes de melenas, operaciones faciales… en fin… tantas ancianas con bastón y… la cabellera rubia, cuando no de color rojo. Autoengaños costosos, que alimentan sueños fatuos y superficiales totalmente.

Al respecto, ya nos hacía poner pies en la tierra la certera y profunda visión del recién citado Cicerón, al criticar la actitud de un famoso campeón olímpico de Grecia:[10] “¿Qué voz puede ser más despreciable que la de Milón de Crotona? Siendo ya viejo y viendo a los atletas, que se ejercitaban en las carreras, se dice que, mirando a sus miembros, llorando dijo: Pero, éstos ya están muertos.[11] ¡En realidad, no tanto éstos, cuanto más bien tú mismo, charlatán!”[12]

Al contrario, nos encontramos muchas veces con personas de mucha edad, que, pese a ello, son jóvenes de espíritu.[13] No por acudir a parches, cosméticos o ilusorias apariencias corporales, sino porque han sabido conservar las disposiciones características de la juventud. No se han resignado a aislarse en sus achaques, siguen trabajando todo lo que les permite la salud, por más que muchas veces la sientan quebrantada.

Y tenemos ejemplos notorios de esta valiente, a la vez que realista actitud, tanto en Juan Pablo II, iniciador de estas Jornadas mundiales, como en quien lo ha sucedido en la Cátedra de Pedro.

El beato Juan Pablo II atrajo a multitudes de jóvenes precisamente en los últimos años de su largo pontificado. No necesitó recordar sus épocas de aguerrido atleta, sino que, con los balazos de Ali Agca encima, que tanto lo disminuyeron, así como con un Parkinson evidente, jamás se declaró “jubilado”, en pensión.

Recuerdo personalmente cómo, después de una audiencia que diera a los miembros de la Pontificia Comisión Bíblica, todos nos admiramos, al pasar por un corredor, donde se apiñaba otra gran cantidad de gente, a la que debía atender enseguida de habernos recibido a nosotros.

No disimulaba sus evidentes limitaciones, pero tampoco apagaba su fogosidad vital y evangélica, que lo tuvo al pie del cañón hasta que ya el Señor de la vida le indicó, que “otros lo ceñirían.”[14]

Tampoco el ya octogenario Benedicto XVI se rinde.

Es sabida su inclinación al estudio desde su más remota juventud.[15] Pero no iba en pos de palmas académicas. Su dedicación intelectual era su pastoral, aunque con desprendimiento total.

Se comparó muy justamente con San Agustín,[16] ante su forzada elección, primero como presbítero y después como obispo,[17] ya que, como se ha adelantado, su inclinación personal iba hacia la investigación intelectual. Sólo que no para obtener diplomas o aplausos, sino para servir al pueblo de Dios. Por lo cual, al ser elegido como obispo de München, explicando los símbolos de su escudo episcopal, nos brinda estas reflexiones de “espíritu joven”, que no se encapsula en preferencias personales, sino que siempre está dispuesto al servicio, por más que no cuadre con sus inclinaciones y tenga que enfrentar campos de acción inesperados:

“El Salmista[18] encuentra la respuesta en el estar ante Dios, que le permite entender que la riqueza y el éxito material son finalmente irrelevantes y reconocer qué es lo verdaderamente necesario y portador de salvación: “Ut jumentum factus sum apud te et ego semper tecum”. Las modernas traducciones dicen lo siguiente: “Cuando mi corazón se exacerbaba… estúpido de mí, no comprendía; una bestia era ante ti. Pero a mí, que estoy siempre contigo…” Agustín interpretó de forma algo distinta la expresión “bestia”. El término latino “jumentum” designaba sobre todo a los animales de tiro, que son utilizados por los campesinos para trabajar la tierra; y en éstos ve él una imagen de sí mismo, bajo el cargo de su servicio episcopal: “un animal de tiro está ante ti, para ti y, precisamente por eso, estoy contigo”. Había elegido la vida del hombre de estudio y Dios lo había destinado a hacer de “animal de tiro”, el bravo buey que tira del carro de Dios en este mundo. Cuántas veces se rebeló contra las menudencias que se encontraba llevando sobre las espaldas y le impedían la gran labor que sentía como su vocación más profunda. Pero precisamente aquí el salmo le ayuda a salir de toda amargura: sí, es cierto, me he convertido en un animal de tiro, una bestia de carga, pero precisamente de este modo estoy contigo, te sirvo, me tienes en tus manos… Entretanto yo he llevado mi equipaje a Roma y desde hace ya varios años camino con mi carga por las calles de la Ciudad Eterna. Cuándo seré puesto en libertad no lo sé, pero sé que también para mí sirve que “Me he convertido en una bestia de carga y, precisamente así, estoy contigo”.[19]

Después de su episcopado y de haber sido llamado a la prefectura de la Congregación para la Doctrina de la Fe, tuvo todavía que aceptar la carga del Supremo pontificado, renovando bríos, con una energía juvenil, que bien ha sabido conjugar con sus 84 años de vida.

Juventud sin ocaso

La juventud, pues, para quienes se saben de paso y que no tienen aquí “morada permanente,”[20] no se reduce a una vistosa musculatura, hermosura física, vigor y fuerza arrolladores. Para el creyente, consciente de que la vida no termina con la muerte, la juventud es ante todo interior. “Ya hemos visto que, si bien nuestra capacidad[21] ha crecido, no lo ha hecho también nuestra grandeza y nuestra potencia moral y humana. A través de las grandes tribulaciones de la época reconocemos cada vez más que debemos encontrar de nuevo un equilibrio interior y que también necesitamos crecimiento espiritual. También en los muchos encuentros con los grandes jefes de Estado veo una fuerte conciencia de que, sin la fuerza de la autoridad religiosa, el mundo no puede funcionar”.[22]

No es exagerado, entonces, ver una vez más, refloreciendo en nuestros días la visión del antiguo profeta, rejuvenecida en Pentecostés: “Derramaré mi Espíritu sobre todos los hombres y profetizarán sus hijos y sus hijas; los jóvenes verán visiones y los ancianos tendrán sueños proféticos.”[23] “Jóvenes y ancianos”, no ya opuestos entre sí, sino conjugados en el mismo Espíritu, que sabe unir “lo viejo y lo nuevo.”[24]

Concluyendo: estas jornadas no son luz de bengala, amontonamiento pasajero, que después pasa al olvido en la monotonía cotidiana. Aportan renovación y juventud, que no pasa con el tiempo, “edax rerum.[25] En tales eventos se sigue sembrando la eternamente siempre lozana Palabra de Cristo, que permanecerá, por más que “pasen el cielo y la tierra.”[26]


[1] Al día siguiente llegaría el Papa Benedicto XVI. Ofrecimos estas consideraciones en el día previo al arribo pontificio a Madrid.

[2] Mateo 6,5-6.

[3] Lucas 4,16ss; Mateo 4,23; 9,35; Juan 18,20.

[4] Mateo 18,19-20.

[5] Hechos1,4.

[6] Eclesiástico 25,5-6.

[7] Recuérdese al respecto que, como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, estuvo en contacto con los obispos del mundo entero. De modo que conocía minuciosamente los problemas doctrinales, que surgieron tan numerosos en la época postconciliar. Y… siguen apareciendo…

[8] Como el beato Juan Pablo II (iniciador de estos encuentros juveniles, tan revitalizadores), que pasó sus años mozos tanto bajo el nacionalsocialismo alemán, como después, sufriendo al comunismo.

[9] trad. “Catón el mayor o Acerca de la Vejez” || trad. “se vuelve más leve la ancianidad de aquellos que son honrados y queridos por la juventud” ibid, VII, 26.

[10] Milón de Crotona (510 a. C.). Ganó 32 olimpíadas. En una ocasión ingresó al estadio corriendo y llevando sobre sus hombros un buey de 4 años. Finalmente lo mató con un solo puñetazo.

[11] (at hi quidem mortui iam sunt)

[12] De Senectute, IX, 27. “Non vero tam isti quam tu ipse, nugator!”

[13] “Soy un joven de 83 años”, dijo en una de estas Jornadas Mundiales de la Juventud el beato Juan Pablo II.

[14] Juan 21,18.

[15] “Me sentía llamado a una vida de estudio y no había tenido nunca en mente nada distinto” (J. Ratzinger, Mi vida – Recuerdos (1927-1977), Madrid;1997; 127.

[16] Su primera gran publicación teológica fue precisamente: Volk und Haus Gottes in Augustins Lehre von der Kirche, München (1954). Ed. italiana: Popolo e Casa di Dio in Sant’ Agostino, Milano (2005).

[17] Valerio, el obispo de Hipona, griego, que hablaba un latín poco cuidado y a veces no muy inteligible, vio en el joven Agustín a su posible sucesor y lo presentó al pueblo como tal. El joven convertido anhelaba más bien la vida monacal, para entregarse a profundizar en la Palabra de Dios. Entre lágrimas, pues, forzado por el pueblo, recibió el sacramento del orden.

[18] Tiene en cuenta el Salmo 73(72), 22-23: “Yo era un necio y no comprendía, era como un animal ante ti. Pero yo estoy siempre contigo, tú me has tomado de la mano derecha”.

[19] Mi vida, 132-133.

[20] Hebreos 13,14.

[21] Técnica, científica.

[22] Benedicto XV, Luz del mundo – El Papa, la Iglesia y los signos de los tiempos – Una conversación con Peter Seewald, Barcelona (2010) 146.

[23] Hechos 2,17; citando a Joel 3,1-5.

[24] Mateo 13,52.

[25] Ovidio, Metamorphoses, XV, 234. || [tiempo] devorador de las cosas.

[26] Marcos 13,31.