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Carlos Caso-Rosendi

La identidad pública de la Madre de Jesús

Algunos se preguntan, como nuestro lector: si María era tan importante en la Iglesia primitiva ¿Cómo es que no se muestra su papel preponderante de alguna manera en los escritos de los apóstoles? Nuevamente nos va ayudar ponernos en el lugar de los protagonistas. Pero primero, un recuento de las ideas de los seguidores de Jesús al tiempo de la Asunción.

Hechos 1,3-14 — Después de su Pasión, Jesús se manifestó a ellos dándoles numerosas pruebas de que vivía, y durante cuarenta días se les apareció y les habló del Reino de Dios. En una ocasión, mientras estaba comiendo con ellos, les recomendó que no se alejaran de Jerusalén y esperaran la promesa del Padre: “La promesa, les dijo, que yo os he anunciado. Porque Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo, dentro de pocos días”. Los que estaban reunidos le preguntaron: “Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?”. […] Cuando llegaron a la ciudad, subieron a la sala donde solían reunirse. Eran Pedro, Juan, Santiago, Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé, Mateo, Santiago, hijo de Alfeo, Simón el Zelote y Judas, hijo de Santiago. Todos ellos, íntimamente unidos, se dedicaban a la oración, en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos.

Vamos a meternos en la mente de los apóstoles al tiempo de la Ascensión. Han visto a Cristo resucitado, se han dado cuenta de que hay una gran misión que está a punto de empezar. Sin embargo, no saben aún que el Reino de Israel que Cristo ha venido a manifestar es un reino espiritual. La pregunta “Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?” demuestra que aún esperan un cambio político. Como buenos judíos saben que el Mesías está destinado a reinar sobre Israel y el mundo, y también saben que la Reina del Reino de Dios, la gebirah, la Gran Dama es María, la Madre de Jesús. De eso no hay duda alguna. La protegerán con sus propias vidas si es necesario, y como corresponde a una Reina, le ha sido dado un paje real, San Juan, que ahora debe cuidar de ella como si fuera su propia madre natural.[1]

La Iglesia comienza a crecer en un ambiente hostil. Algunos de los apóstoles son azotados y uno de los diáconos, Esteban, es apedreado hasta la muerte por la chusma farisea. Saulo de Tarso persigue a los cristianos en varias comunidades esparcidas entre Judea y Siria. No son tiempos tranquilos para la Iglesia. El Rey está de viaje y la Reina está a cargo de los fieles. Hay que protegerla.

Yo creo que es por eso que los apóstoles no escriben demasiado sobre María. Tienen esperanzas de que Cristo vuelva pronto y saben que María, el Arca de la Nueva Alianza, señalada por Dios para traer al Mesías al mundo está entre ellos de la misma manera que el Arca de la Alianza moraba en medio del antiguo Israel. Así como sucede en nuestros días con las reinas de diversos países, los cristianos dispersos por el mundo cuidaron de María porque ella era su secreto y los secretos no se escriben en papeles que los legionarios del Emperador o los esbirros de la sinagoga puedan capturar. María es tesoro de la Iglesia, única y preciosa, es guardada con el mismo celo con que antiguamente se guardaban el Arca y la Reina de Israel.

La asunción de María a los cielos

“Las Sagradas Escrituras suponen que tenemos entendimiento… después que Cristo expiró en la Cruz… viniendo al sepulcro y resucitado apareció a su bendita Madre en cuerpo y alma… Primero apareció a la Virgen María, lo cual, aunque no se diga en la Escritura, se tiene por dicho al decir que se apareció a tantos otros, porque la Escritura supone que tenemos entendimiento, como está escrito: ‘¿También vosotros estáis sin entendimiento?’”[2]

Cuando gente mal informada cuestiona el dogma de la Asunción de María a los cielos, lo hacen creyendo que no hay evidencia bíblica de ese evento. En la Biblia hay un relato de la Ascensión de Jesús pero no se hace mención alguna de la Asunción de la Virgen María. ¿Cómo sabe la Iglesia de la Asunción de María a los cielos?

Hechos 1,1-12 — En mi primer libro, querido Teófilo, me referí a todo lo que hizo y enseñó Jesús, desde el comienzo, hasta el día en que subió al cielo, después de haber dado, por medio del Espíritu Santo, sus últimas instrucciones a los apóstoles que había elegido. Después de su Pasión, Jesús se manifestó a ellos dándoles numerosas pruebas de que vivía, y durante cuarenta días se les apareció y les habló del Reino de Dios. En una ocasión, mientras estaba comiendo con ellos, les recomendó que no se alejaran de Jerusalén y esperaran la promesa del Padre: “La promesa, les dijo, que yo os he anunciado. Porque Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo, dentro de pocos días”. Los que estaban reunidos le preguntaron: “Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?” Él les respondió: “No os corresponde a vosotros conocer el tiempo y el momento que el Padre ha establecido con su propia autoridad. Pero recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra”. Dicho esto, los Apóstoles lo vieron elevarse, y una nube lo ocultó de la vista de ellos. Como permanecían con la mirada puesta en el cielo mientras Jesús subía, se les aparecieron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: “Hombres de Galilea, ¿por qué seguís mirando al cielo? Este Jesús que os ha sido quitado y fue elevado al cielo, vendrá de la misma manera que lo habéis visto partir”. Los apóstoles regresaron entonces del Monte de los Olivos a Jerusalén: la distancia entre ambos sitios es la que está permitida recorrer en día sábado.

Leyendo cuidadosamente este párrafo los creyentes cristianos establecen que Jesús ascendió a los cielos en presencia de unas quinientas personas. Esto fue seguido inmediatamente por la aparición de dos ángeles. Las tradiciones locales hasta indican el lugar donde esto sucedió.

A través de la historia y hasta nuestros días, ha habido muchos cuestionamientos a la resurrección de Jesús. Los escépticos siempre han propuesto razonamientos alternativos. El más común y antiguo es que el cuerpo de Jesús fue tomado por los discípulos, que lo escondieron para “falsificar” una resurrección y hacer que el impostor pareciera ser el Mesías.[3] Al principio, algunos de los discípulos de Jesús encontrando la tumba vacía, pensaron que sus enemigos habían sustraído el cuerpo del Señor.[4]

La evidencia histórica que hoy tenemos muestra muy claramente que los integrantes de ese pequeño grupo de creyentes judíos evangelizaron el mundo, aun al costo de sus vidas. Ésa es difícilmente la conducta de unos mentirosos que falsifican una resurrección para comenzar una religión falsa. Todos menos uno de los apóstoles sufrieron el martirio. Es difícil creer que haya gente que sea capaz de llegar al punto de sufrir torturas horribles y morir para perpetuar un fraude. Hay una sola manera razonable de explicar los eventos que siguieron a la muerte de Cristo: la resurrección ocurrió. Luego, los discípulos llevaron el fuego del Evangelio de Jesús a cada rincón del la tierra, porque tenían pruebas más que suficientes de que su Señor había resucitado.

Así explicamos la resurrección de Jesús pero todavía no tenemos ningún reporte de qué pasó con María. En realidad tenemos un reporte indirecto: el cuerpo de María no está en ningún lado. Ahora no tenemos una tumba vacía —¡Tenemos dos!

Es bien conocido por los historiadores en general, que los cristianos guardaban con amor y reverencia las reliquias de los santos. Partes del cuerpo, huesos, cabello y efectos personales de los santos mártires fueron cuidadosamente preservados y atesorados por siglos. Conocemos dónde están las sepulturas de la mayoría de los apóstoles. También sabemos donde están los sepulcros de algunos de los mártires del primer y segundo siglo.

¿Es posible que, de alguna manera, los cristianos de la primera hora fueran negligentes en registrar dónde quedó enterrada María? Otra vez estamos frente a una evidencia indirecta de que María tuvo un destino diferente al de todos los otros santos del cristianismo primitivo.

En la Biblia se registran otras asunciones celestiales. Henoc y Elías fueron asumidos a los cielos.[5] En Mateo 27,52-53 se relata cómo los cuerpos de los santos dejaron sus sepulturas después de la muerte de Cristo. Estas resurrecciones tempranas prefiguraron la resurrección de todos aquellos que, hasta hoy, mueren fieles a la Nueva Alianza de Cristo. La Asunción de María no es nada más que el creer fielmente que Dios le dio la gracia de ser resucitada al igual que otros en el pasado. —¡La Biblia promete eso aun a nosotros los pecadores!

Romanos 8,10-17 — Pero si Cristo vive en vosotros, aunque el cuerpo esté sometido a la muerte a causa del pecado, el espíritu vive a causa de la justicia. Y si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús habita en vosotros, el que resucitó a Cristo Jesús también dará vida a vuestros cuerpos mortales, por medio del mismo Espíritu que habita en vosotros. Hermanos, nosotros no somos deudores de la carne, para vivir de una manera carnal. Si vosotros vivís según la carne, moriréis. Al contrario, si hacéis morir las obras de la carne por medio del Espíritu, entonces viviréis. Todos los que son conducidos por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y vosotros no habéis recibido un espíritu de esclavos para volver a caer en el temor, sino el espíritu de hijos adoptivos, que nos hace llamar a Dios ¡Abbá, Padre! El mismo espíritu se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Si somos hijos, también somos herederos, herederos de Dios y coherederos de Cristo, porque sufrimos con él para ser glorificados con él.

Aquí el apóstol San Pablo nos promete a nosotros, pecadores, que aquellos que sufren con Cristo serán glorificados con Él. ¿No sería extraño que la mujer que aceptó sufrir con Cristo –la Madre de Dolores– recibiera un tratamiento diferente de parte de Dios?[6] Está perfectamente claro que aquella que consagró su vida para servir singularmente a Dios, para ser la Madre del Mesías, recibió un tratamiento especial, como muchos otros santos hombres y mujeres de tiempos antiguos.

1 Corintios 3,7-14 — Ni el que planta ni el que riega valen algo, sino Dios, que hace crecer. No hay ninguna diferencia entre el que planta y el que riega; sin embargo, cada uno recibirá su salario de acuerdo con el trabajo que haya realizado. Porque nosotros somos cooperadores de Dios, y vosotros sois el campo de Dios, el edificio de Dios. Según la gracia que Dios me ha dado, yo puse los cimientos como lo hace un buen arquitecto, y otro edifica encima. Que cada cual se fije bien de qué manera construye. El fundamento ya está puesto y nadie puede poner otro, porque el fundamento es Jesucristo. Sobre él se puede edificar con oro, plata, piedras preciosas, madera, pasto o paja: la obra de cada uno aparecerá tal como es, porque el Día del Juicio, que se revelará por medio del fuego, la pondrá de manifiesto; y el fuego probará la calidad de la obra de cada uno. Si la obra construida sobre el fundamento resiste la prueba, el que la hizo recibirá la recompensa.

Si estamos de acuerdo con la enseñanza de San Pablo, no tenemos más que considerar el papel de María en la historia de la salvación para concluir que su recompensa tenía que ser tan singular como su misión.

Muchos confunden el Nuevo Testamento con una crónica que debe incluir todo lo que ocurrió en la Iglesia. Ese concepto es erróneo. Por ejemplo, el Evangelio de Juan declara que no todas las acciones de Jesús están incluidas en los Evangelios[7] y muchos creen que hay evidencias de una “carta severa” de San Pablo a los corintios, que se ha perdido (2 Corintios 2,4). Sería irrazonable concluir que María no fue asumida a los cielos porque el Nuevo Testamento no lo menciona. Debemos recordar que no todas las doctrinas cristianas están expresadas explícitamente en la Biblia.

¿Contradice a la Biblia la Asunción de María? No, para nada. De hecho, el dogma es necesario para confirmar algunas profecías que deben cumplirse.

Si creemos que Jesús resucitó, debemos creer que toda autoridad le fue dada en los cielos y en la tierra.[8] Jesús es el Mesías, glorificado a la diestra de Dios el Padre. ¿Dejaría de dar a su madre el honor y la gloria que le corresponden? ¿Dejaría de honrar a María, violando así el Cuarto Mandamiento?[9] Es imposible concluir que Jesús no amó a su madre lo suficiente como para preservarla de la muerte y la corrupción[10] — ¡Ni siquiera un pecador dejaría que su propia madre decayera y se corrompiera, si estuviera en su poder evitarlo. ¡Cuánto más haría el Hijo de Dios con su madre!

Por eso decimos que las Sagradas Escrituras necesitan del dogma de la Asunción de María. Para que Jesús sea el Mesías, Él debe honrar a su madre perfectamente tanto como le sea posible. Si María hubiera sufrido el destino común a todos los mortales, entonces Jesús habría dejado de cumplir la Ley Mosaica. Eso es simplemente inconcebible. Él no va a negar a María lo que Dios dio a Henoc, Elías y otros hombres y mujeres santos de tiempos antiguos.[11]

Por eso, podemos estar seguros de que el cuerpo de María no conoció la corrupción y fue elevado al cielo. Pero, ¿qué pasó con ella una vez que llegó a los cielos?

En otros capítulos de esta obra hemos explicado cómo María fue prefigurada en la gebirah, la Reina Madre de Israel, quien se sentaba en el trono al lado del Rey. Es bien evidente que Jesús es el Rey Eterno de Israel y que María es la Reina Eterna de Israel. Sabemos que fue coronada porque el apóstol San Pablo enseñó que todos aquellos que viven una vida recta en Cristo, reciben la corona de gloria en los cielos. San Pedro nos dice que cuando el Buen Pastor se manifieste, todos recibiremos nuestra corona.[12] El apóstol Santiago enseña lo mismo en Santiago 1,12. Jesús enseñó lo mismo.[13]

Con todo este testimonio de Jesús y de los apóstoles, ¿tendremos alguna duda de que la mujer que San Juan vio en los cielos es otra que la Virgen María?

Apocalipsis 12,1-5 — Y apareció en el cielo un gran signo: una mujer revestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas en su cabeza. Estaba embarazada y gritaba de dolor porque iba a dar a luz. Y apareció en el cielo otro signo: un enorme dragón rojo como el fuego, con siete cabezas y diez cuernos, y en cada cabeza tenía una diadema. Su cola arrastraba una tercera parte de las estrellas del cielo, y las precipitó sobre la tierra. El dragón se puso delante de la mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo en cuanto naciera. La mujer tuvo un hijo varón que debía regir a todas las naciones con un cetro de hierro. Pero el hijo fue elevado hasta Dios y hasta su trono.

Esta visión confirma la coronación de María a todos los creyentes. También se la muestra dando a luz un hijo que regirá a las naciones; el Mesías, el Cristo, es elevado a Dios y a su Trono. En Apocalipsis 12,17 se nos dice que ella tiene otra descendencia. Sus hijos espirituales forman la Iglesia de aquellos “quienes guardan los mandamientos de Dios y dan testimonio de Jesús.” Por eso es que María no sólo es la Gloria de su pueblo Israel, ella también es la Reina de la Iglesia y la Reina del Cielo, porque su hijo es Rey de Reyes y Señor de Señores.[14]

¿Cómo es que “eso” no está en la Biblia?

La pregunta ha surgido muchas veces. ¿Por qué es que la Biblia no habla de…? y como consecuencia, algunos exigen que nos olvidemos de todo lo que la Biblia no menciona explícitamente.

Comencemos por afirmar que la Biblia no promete en ninguna de sus páginas un detalle pormenorizado de los hechos históricos con fotos, mapas y notas al pie. La Biblia no es un libro histórico, aunque contiene datos históricos en algunos pasajes. Tampoco pretende ser un álbum de recuerdos de todo lo que hizo un personaje importante. El personaje más importante de la Biblia, para los cristianos, es Jesús. De la vida y obra de Jesús dice el apóstol Juan:

Juan 21,24-25 — Este mismo discípulo es el que da testimonio de estas cosas y el que las ha escrito, y sabemos que su testimonio es verdadero. Jesús hizo también muchas otras cosas. Si se las relatara detalladamente, pienso que no bastaría todo el mundo para contener los libros que se escribirían.

Lo que el apóstol nos explica aquí es simple: el Evangelio está escrito para revelar, no para registrar. La Biblia no es un documento histórico destinado a guardar la memoria del pueblo de Dios. Ocasionalmente libros como los de Reyes o las Crónicas, guardan registros cronológicos, pero no todos los escritores de la Biblia fueron inspirados para actuar así.

Finalmente el testimonio de la Iglesia, que es un testimonio vivo, sirve de referencia para aquellos que quieren encontrarlo todo explícitamente mencionado en la Biblia. Por ejemplo la Biblia no condena específicamente cosas como el lesbianismo o el aborto, sin embargo ambas prácticas han sido condenadas por la amplia mayoría de los judíos y cristianos de todos los tiempos (con algunas excepciones recientes entre grupos más identificados con las políticas liberales). Muchas cosas sobreviven dentro de la Iglesia que no están detalladas en la Biblia, como por ejemplo la liturgia de la Santa Misa y las palabras que son comunes a tantos diferentes ritos en Roma, en Rusia, en Siria o en Egipto y que tienen evidentemente un origen común y apostólico. Entre los judíos la liturgia de la Sinagoga o el uso del Yom Kippur, sobreviven sin que se halle en la Escritura un detalle exhaustivo de todas las minucias de cada celebración.

Es que el centro de la adoración de Dios es la Iglesia y la Biblia es un don de Dios que viene por medio de la Iglesia. Cuando la gente trata de usar la Biblia para “formar” una Iglesia comete un error con las mejores intenciones. Como si se pudiera reconstruir el automóvil usando como guía el manual que guardamos en la guantera.

En el caso de las objeciones “bíblicas” a la Virgen María siempre se encuentran fallas y omisiones que los objetores han dejado de lado por desconocer los idiomas originales de las Escrituras, y por ignorar los problemas que surgen al traducir idiomas de la Edad de Hierro a las formas e idiomas modernos.

Algunas objeciones contienen errores de concepto o fallas históricas. Otras, como algunas que hemos analizado aquí, surgen de una lectura superficial de las Escrituras que no está meditada y medida en las circunstancias humanas e históricas que complementan al texto.

Nuestro amable lector nos pregunta por qué la Biblia es tan circunspecta al hablar de María, pero para quienes leen la Biblia con atención, desde Génesis 3,15 hasta Apocalipsis 12,15 pasando por los muchos tipos proféticos como Ana, Sara, Judit, Ester, Rut, Débora, Jael y las muchas alusiones proféticas de Isaías, los Salmos, el Cantar de los Cantares y tantos otros… parecería que en las Escrituras no se habla de otra cosa que de esa mujer secreta que dará a luz al Mesías y marcará el comienzo de una nueva era… y es que la Biblia está llena de alusiones a María como una casa de familia está siempre llena de los recuerdos de una madre.

Sin embargo, por mucho que las Escrituras digan… “de Maria nunquam satis”. Siempre podremos hallar más.


[1] Juan 19,27.

[2] San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, n. 219.

[3] Mateo 27,62-66.

[4] Juan 20,1-2.

[5] Hebreos 11,5; 2 Reyes 2,11.

[6] Ver Lucas 2,34-35.

[7] Juan 21,25.

[8] Mateo 28,16-20.

[9] Vea Gálatas 4,4.

[10] Comparar con el Salmo 16,10.

[11] Génesis 5,24; Hebreos 11,5; 2 Reyes 2,11-12; 1 Macabeos 2,50-64.

[12] 1 Pedro 5,4.

[13] Apocalipsis 2,10.

[14] Apocalipsis 5,12; 19,16; Filipenses 2,9-11.