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Daniel Iglesias Grèzes

Imaginemos que dos personas se conocen en un contexto profesional, académico, comercial u otro semejante y que intercambian las direcciones de sus casillas personales de correo electrónico. Luego no se vuelven a ver. Años después, una de ellas envía a la otra un mensaje invitándola a contribuir a una causa humanitaria. El receptor del mensaje reacciona airadamente, acusando al remitente de haber violado su privacidad.

Esta anécdota, en apariencia minúscula, ofrece un punto de partida para reflexionar sobre dos formas antagónicas de concebir las relaciones humanas, formas que provienen respectivamente de la antropología individualista y la antropología cristiana.

El individualista, cuando entrega a otra persona su dirección de correo, supone que ella está firmando implícitamente un contrato invisible con una cláusula que establece: “sólo para uso profesional” (o académico, o comercial, etc.; según el contexto en que ambos se hayan conocido). Si explicitara completamente su pensamiento, el individualista diría a la otra persona más o menos lo siguiente: “No pienses que me interesa tener contigo ninguna clase de relación humana profunda. Si alguna vez llegas a escribirme, límitate a temas estrictamente profesionales (o académicos, etc.). Si no lo haces, te trataré como a un abusador y un spammer.”

En cambio el cristiano da al mismo acto un significado sumamente distinto, que tal vez podría ser expresado con palabras como éstas: “Nos hemos conocido dentro de un contexto limitado, pero no por eso nuestra relación interpersonal está condenada a ser meramente funcional o utilitaria. Por mi parte estoy abierto a un posible desarrollo ulterior de nuestra relación, que eventualmente podría culminar en una auténtica amistad. Más allá de eso, ambos estamos llamados a ser hermanos dentro de la única familia de los hijos de Dios, por lo que desde ya te trataré fraternalmente. Si alguna vez te parece conveniente u oportuno escribirme sobre un asunto personal, hazlo con confianza. En principio consideraré tus ideas o propuestas con benevolencia y, en caso de que no esté de acuerdo contigo, te lo haré saber amablemente. Y si alguna vez me necesitas y me escribes pidiendo ayuda, no te prometo que te ayudaré, pero si que trataré de hacerlo, dentro de mis limitadas posibilidades.”

Veamos otro ejemplo imaginario. Un sacerdote, profesor de teología moral en una facultad eclesiástica, en la primera clase del año, dice a sus nuevos alumnos: “No crean que voy a ser su director espiritual. Nuestra relación va a ser de tipo académico, entre profesor y alumnos.” Si no reprimiera parte de su pensamiento, podría agregar: “Me pagan para que les enseñe teología moral, no para que les dé consejos de orden moral o espiritual. Si quieren esa clase de consejos, vayan a hablar con sus respectivos párrocos”.

Evidentemente el individualismo ha contaminado en alguna medida el pensamiento de este sacerdote. Desde el punto de vista de la Iglesia, una clase en una facultad eclesiástica es un tipo particular de comunidad cristiana. A pesar de las peculiaridades de esa comunidad, lo que une a sus miembros (alumnos y profesores) no son sólo algunos intereses académicos comunes, sino la comunión eclesial, que implica una unión interpersonal profundísima en la fe, la esperanza y la caridad. Esos profesores y alumnos deben preocuparse los unos por los otros y ayudarse mutuamente, en la medida de sus posibilidades, más allá de sus funciones estrictamente académicas; porque son personas y cristianos mucho antes de ser profesores o alumnos.

En “El hobbit” de J. R. R. Tolkien (una novela muy disfrutable y de gran perfección literaria), el personaje principal (el hobbit Bilbo Baggins) lleva una vida muy tranquila y satisfecha, alejada de cualquier clase de aventura. Sin embargo, un encuentro inesperado con el mago Gandalf y con un grupo de enanos previamente desconocidos para él lo impulsa (de un modo imprevisible) a salir de su casa, ponerse en camino e internarse en una peligrosa aventura. En el transcurso de la misma, Bilbo, quien en apariencia era el prototipo de la mediocridad, crece como persona, revela talentos insospechados y se convierte en una especie de héroe. Posteriormente él comentará que salir de tu casa es peligroso, porque el camino que pasa por la puerta de tu casa sigue y sigue, y tú no sabes de antemano adonde te llevará.

Los hobbits llevaban una vida muy apacible en su pequeño país (la Comarca), sin tener más que una vaga conciencia de los terribles peligros que amenazaban a la Tierra Media (su región del mundo) más allá de sus fronteras. La inesperada valentía de Bilbo y una serie de acontecimientos providenciales hicieron que los hobbits pasaran a desempeñar un rol muy importante y positivo en la historia de la Tierra Media, que es una prolongada guerra entre el bien y el mal.

Análogamente, saludar a alguien por primera vez, con espíritu cristiano, es una aventura arriesgada, porque uno nunca sabe donde terminará esa relación que tuvo un comienzo tan modesto. Difícilmente tendremos oportunidad en nuestras vidas de realizar grandes actos de heroísmo (desde el punto de vista mundano), pero cada día podemos vivir heroicamente nuestras vidas aparentemente (y sólo aparentemente) pequeñas.

Los enanos de Tolkien hacen gala de un lenguaje muy educado, aunque tienden a ser más generosos en sus palabras que en sus acciones. Cuando se presentan por primera vez ante alguien, invariablemente dicen su propio nombre (por ejemplo, Balin) y enseguida agregan “at your service” (“a tu/su servicio”). Se trata de un saludo muy hermoso. Nuestras propias tradiciones lingüísticas han cambiado, pero todavía de vez en cuando escuchamos expresiones semejantes, que tienen mucho del espíritu cristiano descrito más arriba.

El individualista, si acaso llega a decir algo parecido a este saludo “enanil”, lo considera como un mero acto de urbanidad, una formalidad casi vacía de contenido. El servicio que tiene en mente es quizás un servicio comercial con una adecuada retribución. Su ideología es un eco lejano del diabólico non serviam (“no serviré”).

En cambio el cristiano debe tomarse ese saludo en serio: “Es bueno que existas y que yo te haya conocido. Te serviré, es decir buscaré tu verdadero bien, porque eres no sólo un congénere, sino mi compañero en esta gran aventura de la vida, que es un camino que, si uno supera sus obstáculos y peligros, termina en el Cielo.”