nubecita

Miguel Antonio Barriola

Impresiones sobre la reciente Jornada Mundial de la Juventud en Madrid

Uno de los acontecimientos que más ha conmovido de la pasada Jornada Mundial de la Juventud ha sido la Adoración nocturna al Santísimo Sacramento en el Aeródromo de “Cuatro Vientos” de Madrid. En medio de la misma se desató una feroz tormenta, que podría haber desencadenado una desbandada caótica, transformando aquella multitud de más de un millón de personas en un calamitoso “sálvese quien pueda”.

Sin embargo, el Papa, el primero, permaneció inmóvil ante el Señor Sacramentado y lo mismo hizo todo aquel inmenso gentío de jóvenes.

Fue una muestra evidente de que todos aquellos chicos y chicas estaban animados de algo más que un afán de pasarla bien, en unos días de mero turismo con tinte religioso. Al contrario, comprobaron cómo fueron para afianzar su fe en Cristo, y a Cristo no se lo encuentra sólo en el Tabor, sino también en el Calvario.

Más todavía asombró la reacción original y muy ingeniosa de muchos, que con humor inventivo comenzaron a vocear: “Em-pápa-te”, “Em-pápa-te”.

Benedicto XVI calibró muy justamente esta valentía notable de toda aquella muchachada cuando comentó, allí mismo: “Vuestra fuerza es mayor que la lluvia. Conservad la llama de la luz que Dios ha encendido en vuestros corazones. Procurad que no se apague, aunque vengan más lluvias… Dios saca bien de todo”.[1] Y, en verdad, el Señor se ha mostrado una vez más gran experto en escribir derecho con renglones torcidos. Los jóvenes, en medio del barro y la incomodidad, observaron un silencio impresionante, según esta apreciación de una asistente: “La lluvia y el viento han sido una escuela para la vida, acerca de cómo afrontamos las vicisitudes de la existencia”.

Este episodio fue como el fogueo del espíritu con el que vivía toda aquella nutrida concurrencia. No se buscaba la diversión superficial, de modo que si algo saliera imprevisto o contrario a las expectativas, se rompiera todo, como pasa tan frecuentemente con hinchas futboleros.

El director ejecutivo de la Jornada, Yago De La Cierva, da en el clavo al respecto. Le preguntan: “Quizá uno de los momentos más delicados fue la Vigilia de oración el sábado, cuando la tormenta repentina hizo que el Papa tuviera que detenerse y varias carpas fueron dañadas o cayeron. ¿Temieron en algún momento que el acto tuviera que suspenderse?” –“Viví esos momentos –responde– muy cerca del Papa y la verdad, lo único que nos preocupó es que no sabíamos cómo proteger al Papa de la lluvia, porque llegaba horizontal… De hecho, se le preguntó… si quería retirarse y en dos ocasiones dijo que no, que quería continuar, por lo que se redujo el acto, ya que no se sabe nunca cuánto puede durar una tormenta y se dejó la parte central: la Adoración Eucarística. El mismo Papa comentó luego que se había alegrado, porque así quedaba más claro lo esencial: la presencia de Jesús sacramentado entre nosotros y la adoración personal, en silencio. Y me atrevo a añadir que también quedó más clara la personalidad del Papa y la de los jóvenes: nadie se fue, sino que afrontaron esa lluvia con alegría y capacidad de sacrificio. No habían venido a pasar un buen rato y esa molestia era claramente prevista por Dios, por lo que la asumieron con gusto… Pero hay que confiar en la Providencia: al final, todo tiene sentido”.[2]


Invitación a profundizar

Me ha parecido que este acontecimiento algo tenebroso, dentro de aquellos días tan brillantes,[3] merecen una pausa de reflexión, porque este misterio del mal acompaña a la humanidad desde los orígenes y lo seguirá haciendo, hasta que se cumpla la profecía apocalíptica: “Él secará todas las lágrimas y no habrá más muerte, ni pena, ni queja, ni dolor, porque todo lo de antes pasó.”[4]

De la mano de C. S. Lewis

Vemos cómo coinciden las perspectivas tanto del Papa como de algunos testigos presentes en aquel imprevisto acontecimiento: “Dios saca bien de todo”. “Escuela para la vida… cómo afrontar las vicisitudes”. En la Providencia divina, “al final todo tiene sentido”.

Nos pueden ayudar a penetrar en estos hondos misterios, sobre todo, cuando nos tocan en carne propia, las siguientes consideraciones de C. S. Lewis,[5] este “Chesterton anglicano”,[6] que ha pensado, escrito y sobre todo experimentado arduamente estas borrascas, que, si se las sabe capear con la brújula de la fe, nos hacen llegar a buen puerto.

“Si la primera y más ordinaria operación del dolor destroza la ilusión de que todo marcha bien, la segunda despedaza la ilusión de que aquello que tenemos, fuere bueno o malo en sí mismo, es nuestro y es suficiente para nosotros. Tanto usted como yo hemos notado cuán difícil es dirigir el pensamiento hacia Dios cuando todo nos marcha bien. “Tenemos todo lo que necesitamos” es una frase terrible cuando ese “todo” no incluye a Dios. Tomamos a Dios como una interrupción. Como en alguna parte expresa San Agustín, “Dios quiere darnos algo, pero no puede debido a que ya tenemos las manos llenas: no hay lugar para que Él pueda poner algo más”. O para citar a un amigo mío: “Consideramos a Dios como el aviador considera a su paracaídas: lo tiene ahí para casos de emergencia, pero él espera no tener que usarlo jamás”. Ahora bien, Dios es quien nos ha hecho y, por lo tanto, sabe qué es lo que somos y también sabe que nuestra felicidad reside en Él. Sin embargo, no buscaremos en Él esa felicidad mientras que Él nos deje otro recurso que ofrezca alguna posibilidad de buscarla.

Mientras eso que llamamos “nuestra propia vida” continúe siendo agradable, no se la entregaremos a Él. ¿Qué otra cosa puede Dios realizar a favor nuestro sino hacer que “nuestra propia vida” nos resulte menos agradable eliminando así las posibles fuentes de falsa felicidad? Es aquí precisamente –donde la providencia de Dios parece a primera vista ser de lo más cruel– donde la humildad divina y la condescendencia de lo Excelso merecen mayor alabanza. Quedamos perplejos al ver la desgracia cayendo sobre gente honesta, inofensiva, digna: sobre madres de familia capaces y laboriosas o sobre pequeños comerciantes o artesanos que han llevado una vida sobria y de rudo trabajo para tener una modesta porción de felicidad a la cual tienen pleno derecho. ¿Cómo puedo yo decir con suficiente ternura lo que es necesario decir ahora? No importa que yo sepa que a ojos de cada lector hostil me voy a volver como el responsable personal de todos los sufrimientos que estoy tratando de explicar… Pero lo que sí importa muchísimo es que yo no deje aislado de la verdad a nadie… Dios, quien hizo a esas dignas gentes, puede realmente tener razón al pensar que la modesta prosperidad de ellos y la felicidad de sus hijos no son suficientes para hacer de ellos seres bienaventurados; que todo eso se les escapará de las manos al final y que si no han aprendido a conocerlo a Él serán unos desdichados. Por lo tanto, Dios los inquieta y los turba, advirtiéndoles anticipadamente acerca de una insuficiencia que un día tendrán forzosamente que descubrir. La vida de ellos y de sus familias se interpone entre ellos y el reconocimiento de su necesidad; Dios hace esa vida menos dulce para ellos. A esto lo llamo humildad divina, porque es muy poca cosa arriar nuestra bandera ante Dios cuando el buque se está hundiendo bajo nuestros pies; poca cosa es apelar a Él como último recurso, ofrecerle “nuestro todo” cuando ya no vale la pena mantenerlo. Si Dios fuera orgulloso difícilmente nos aceptaría en tales términos. Pero Él no es orgulloso, Él se humilla para conquistar, Él nos aceptará aun cuando le hayamos mostrado que preferimos cualquier cosa antes que a Él y que vamos a Él porque ya no queda “nada mejor” a donde recurrir… Difícilmente podrá considerarse como una cortesía nuestra hacia Dios que lo elijamos a Él como alternativa del infierno. Y aun esto Él lo acepta. La ilusión de autosuficiencia que padece la criatura tiene –para beneficio de la propia criatura– que ser destruida. Y mediante padecimientos o mediante temor a padecimientos aquí en el mundo, mediante el temor al fuego eterno, Dios la destruye “sin preocuparse del deterioro de la propia gloria”. Aquellos a quienes les gustaría que el Dios de la Biblia fuese más puramente ético, no saben lo que piden. Si Dios fuese kantiano[7] y, por tanto, no nos aceptara hasta que fuésemos a Él impulsados por los más puros y mejores motivos, ¿quién podría ser salvo? Y esa ilusión de autosuficiencia puede alcanzar su más alto grado en algunas personas muy honestas, bondadosas y sobrias. Por consiguiente, la desgracia tiene que caer sobre los tales.

Los peligros de una aparente autosuficiencia explican por qué nuestro Señor considera los vicios de los débiles y de los disipados con tanta mayor indulgencia que los vicios de quienes llevan una vida de éxito mundanal. Las prostitutas no corren peligro alguno de hallar su vida presente tan satisfactoria como para no recurrir a Dios. En cambio, el orgulloso, el avaro, el justo según su propia opinión sí corren ese peligro”.

Dificultad clásica

Concretizándola en un célebre episodio bíblico, Lewis plantea la inevitable pregunta: “ “Si Dios es omnisciente tendría que haber sabido lo que Abraham iba a hacer sin someterlo a ninguna clase de experimentos; ¿por qué entonces, esta tortura innecesaria?” Pero, como San Agustín subraya[8], no importa lo que Dios supiera, Abraham de todos modos no sabía que su obediencia podría soportar tal mandato hasta que el propio acontecimiento se lo enseñó: la obediencia que él no sabía que elegiría, no podía decirse que ya la hubiera elegido. La realidad de la obediencia de Abraham era el acto mismo; y lo que Dios sabía que Abraham “obedecería” era la concreta obediencia de Abraham sobre la cumbre de aquella montaña en aquel preciso momento. Decir que Dios “no necesitaba haber hecho el experimento” es decir que debido a que Dios sabe, la cosa sabida por Dios no es necesario que exista”.[9]

“Del dicho al hecho…”

Con todo, una cosa es disertar sobre el mal y el dolor y otra muy distinta padecerlo. Aquí como nunca se verifica el refrán tan realista: “Del dicho al hecho hay un gran trecho”. Por eso, ayuda mucho la honestidad del mismo Lewis: “Todos los argumentos en justificación del sufrimiento provocan amargo resentimiento contra el autor de los mismos. A ustedes les agradará saber cómo me comporto yo mismo cuando estoy experimentando dolor y no cuando estoy escribiendo libros acerca de ese tema… Soy cobarde… Si yo hubiese conocido alguna manera de escapar de todo eso hubiera sido capaz de atravesar inmundas cloacas para alcanzarlo. Pero ¿qué provecho hay en que yo les cuente mis sentimientos? Ustedes ya los conocen: son los mismos que los suyos. No estoy argumentando que el dolor no es doloroso… El dolor duele… Eso es lo que la palabra significa. Solamente estoy tratando de mostrar que la vieja doctrina cristiana de “ser perfeccionado a través del sufrimiento”[10] no es increíble. Pero demostrar que es apetitosa es algo que está más allá de mis propósitos”[11] … Mi propia experiencia podría ser expresada más o menos así: estoy progresando en la senda de la vida conforme a mi satisfecha, caída e impía condición, absorto en alegres encuentros con mis amigos para el mañana; o en un poco de trabajo que halaga mi vanidad hoy, una fiesta o un nuevo libro, cuando, de pronto, siento una estocada de dolor abdominal que me amenaza con grave enfermedad, o un gran titular en los periódicos que nos amenaza a todos con destrucción, hace desmoronar todo el castillo de naipes. Al principio me siento abrumado y toda mi pequeña felicidad parece como un montón de juguetes rotos. Después, lenta y desganadamente, poquito a poquito, trato de ponerme a mí mismo dentro del marco mental en el cual debería haber estado en todo momento. Me hago recordar a mí mismo que todos esos juguetes nunca fueron hechos con el propósito de que se adueñasen de mi corazón, que mi verdadero bien reside en otro mundo y que mi único y verdadero tesoro está en Cristo. Y quizá, por la gracia de Dios, tengo éxito en ello, durante uno o dos días me convierto en una criatura que conscientemente depende de Dios y que obtiene su fortaleza de las fuentes correctas. Pero en el momento en que aquella amenaza se desvanece, toda mi naturaleza salta nuevamente hacia los juguetes, y aún estoy ansioso –Dios me perdone– de borrar de mi mente aquello que fue lo único que me sostuvo durante la amenaza porque ahora eso aparece relacionado con la miseria de aquellos pocos días. De tal modo, la terrible necesidad de la tribulación aparece del todo clara. Dios me ha poseído durante cuarenta y ocho horas y esto a fuerza de sacarme todo lo demás. Que envaine Él la espada por un momento y me comportaré como un cachorrito cuando su odiado baño ha concluido: me sacudiré para sacarme todo lo que pueda y saldré corriendo a readquirir mi cómoda suciedad, si no en el más próximo montón de estiércol, por lo menos en el lecho de flores más cercano. Y por eso las tribulaciones no pueden cesar hasta que Dios o bien nos vea rehechos o bien compruebe que ahora ya no hay esperanza de rehacernos”.[12]

Necesaria “fortaleza”

Así, entonces, si por una parte las adversidades nos recuerdan que no somos el centro del universo, nos toca a nosotros ubicarnos en la verdad. Es decir, nunca olvidar que, ante nuestros porrazos, Dios es como la mamá, que siempre nos levanta. La cercanía de Dios, experimentada ante todo como amor, es el mayor consuelo y la fuente del vigor más válido para el ser humano, en cualquier desgracia, por grande que sea. Por eso, hemos de afianzarnos en las “virtudes teologales”, que no sólo nos introducen en un mundo luminoso (el mismo Dios: theo-logales), sino que asimismo nos rodean de nubarrones. La “fe” lleva entre sus atributos que es “oscura”; nunca satisfará del todo a nuestras ansias de racionalidad (por más que sea “razonable”). La Esperanza aparece por primera vez en Romanos 5,3-5 en un contexto cargado de sombras: “Más aún, nos gloriamos hasta de las mismas tribulaciones, porque sabemos que la tribulación produce la constancia; la constancia la virtud probada; la virtud probada, la esperanza. Y la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado”. De modo que, por nosotros solos, seríamos incapaces de alimentar esa esperanza, si no fuéramos vitaminizados por el Espíritu Santo.

Y “el amor”, que, para el cristiano no se vive sólo cuando todo es “caricias y sonrisas”, sino que también ha de darse cuando toca “soportarse mutuamente en el amor.”[13]

Con todo, junto con tales fundamentales virtudes sobrenaturales, hemos de fomentar asimismo la “fortaleza”, que, ante las situaciones adversas, adquiere una función muy importante y un relieve del todo especial. Así se explica que los santos no hayan temido a la muerte, antes bien, hayan ansiado incluso pasar por ese inevitable trance, para estar con Dios, “pues para mí la vida es Cristo y la muerte una ganancia”[14] “¡Oh si el corazón suspirase por aquella gloria inefable; si llorásemos con gemidos nuestra peregrinación, si no amásemos el mundo, si continuamente[15] con alma pura suspirásemos por aquel que nos ha llamado!”.[16]

“Vivo sin vivir en mí,

que tan alta vida espero,

que muero porque no muero”.[17]

Para llegar a tal sublime heroicidad, se ha de pasar antes por “oscuras quebradas”, afirmando con no menor convicción: “Ningún mal temeré, porque Tú estás conmigo.”[18] Así lo explicó San Agustín: “Las aflicciones y tribulaciones, que a veces sufrimos, sirven de advertencia y corrección. La Sagrada Escritura, en efecto, no promete paz, seguridad y tranquilidad; el Evangelio anuncia, por el contrario, tribulaciones y pruebas; pero quien permanezca fiel hasta el fin, se salvará[19]. ¿Qué ha tenido jamás de bueno esta vida, comenzando con el primer hombre hasta el momento en que se hizo culpable de muerte, cuando recibió la maldición de la que nos ha librado Cristo el Señor? No hay que murmurar, pues, hermanos, como murmuraron algunos –son palabras del Apóstol– y perecieron (mordidos) por las serpientes… Si has sido ya liberado de la maldición, si has creído ya en el Hijo de Dios, si has sido instruido ya en las Sagradas Escrituras, me extraña que tú tengas por bueno el tiempo en el cual vivió Adán… Desde el tiempo de Adán hasta el día de hoy: cansancio y sudor y espinas.”[20]

Per Crucem ad Lucem

Hemos partido de un hecho concreto donde, literalmente, se tuvo que poner “al mal tiempo buena cara”. Situaciones parecidas, con percances más o menos graves de salud, cataclismo o males físicos, económicos y, sobre todo, resultados del pecado propio o ajeno, acompañarán siempre nuestro peregrinar por este “valle de lágrimas”. Hemos de aprender de los santos para no quedar abrumados por el peso de la cruz y, al revés, que ésta se convierta, para nosotros y quienes nos encomienda el Supremo Pastor, en senda segura hacia la luz.


[1] Las citas y comentarios están tomadas, sin detalle de fecha, de las siguientes páginas católicas españolas: Religión en Libertad y Infocatolica

[2] En otro comentario, el Pbro. Pedro Trevijano recuerda cómo se descompuso el autobús lleno de jóvenes que regresaban a sus lugares de origen. Ante una dificultad más, se mantuvieron con buen humor, al punto que el chofer, le comentó al sacerdote: “Son muy buenos chavales.” Hoy, 25 de agosto, en las entrevistas que publican las ya citadas páginas españolas a diferentes personajes (obispos, sobre todo), también todos resaltan lo extraordinariamente llamativa que fue aquella adoración nocturna, tan probada, al tiempo que tan fructuosa.

[3] Acusados de “triunfalismo” hasta por “católicos” que se las dan de progresistas…

[4] Apocalipsis 21,4.

[5] Célebre pensador anglicano, embebido de San Agustín y Santo Tomás de Aquino. Nació en Irlanda (1989) y falleció en Oxford (1963). Son conocidas y recomendables sus: Cartas del Diablo a su sobrino, Madrid (1978 /ed. original: 1961). A su ingenio e imaginación se deben asimismo las siete Crónicas de Narnia (1950-1956), de las que se han producido varios films.

[6] Tomadas de: El problema del dolor – Un análisis compasivo y realista del problema intelectual que suscita el sufrimiento humano, Miami (1977), 95-97.

[7] Se refiere a la concepción kantiana del “acto moral genuino”: no se lo ha de realizar por el premio que pueda alcanzar, sino desinteresadamente, buscando el bien por el bien.

[8] De Civitate Dei, XVI, p. 32.

[9] El problema del dolor…, pp. 100-101.

[10] Hebreos 2,10.

[11] El problema del dolor…, pp.103-104. Al respecto se nos ocurre añadir el recuerdo de la tremenda, a la vez que dulce respuesta del beato Honorio Carracedo, joven de 19 años, de la congregación pasionista, fusilado por “los rojos” de la guerra civil española (a partir de 1936). Cuando le preguntaron: “¿Sufres?”, contestó: “No se preocupen, soy pasionista” (Ver: “Beato Honorio Carracedo Ramos, C. P.” en: V. Carcel Orti, Mártires españoles del Siglo XX, Madrid (1995) 201.

[12] El problema del dolor…, pp. 104-105. Lewis nos narra, con impresionante sinceridad, todo lo que sufrió con la pérdida de su amada Helen Joy Davidson Gresham, en su obra: Una pena en observación, Barcelona (1994). De esta publicación se tomó el tema para el notable film, personificado por Anthony Hopkins y Debra Winger. Seleccionamos de tal escrito este enjundioso párrafo: “Dios no ha estado ensayando un experimento sobre mi fe o mi amor con vistas a poner en claro su calidad. Esa calidad ya la conocía Él. Era yo quien no la conocía. En este juicio Dios nos obliga a ocupar al mismo tiempo el banquillo de los acusados, el escaño de los testigos y el tribunal. Él siempre supo que mi templo era un castillo de naipes. Su única manera de metérmelo en la cabeza era desbaratarlo” (p. 74).

[13] Efesios 4,2.

[14] Filipenses 1,21.

[15] Enraizando en nosotros tal convicción de fe y no de vez en cuando (agregamos).

[16] San Agustín, In Johannis Evangelium, XL, 10.

[17] Santa Teresa de Jesús, “Poesías”, en: Obras Completas, Madrid (1951) 711.

[18] Salmos 23:22,4.

[19] Nos permitimos interrumpir, para recordar la paradójica “bienaventuranza” de Juan el Bautista. Cuando, desde una más que injusta prisión, decretada por un déspota libertino, mandó preguntar a Jesús si era el que había de venir o se tenía que esperar a otro (Mateo 11,3-6), la respuesta del interrogado consistió en un despliegue de portentosas liberaciones de lepra, ceguera, etc. Pero…el Señor no movió un dedo para sacar del calabozo y de la muerte a su precursor, que así lo precedió también en la pena capital. “Feliz aquel para quien yo no sea motivo de escándalo”. Ese “yo” divino-humano bastaba para la auténtica felicidad.

[20] Sermo Caillou – Saint Yves, II, 92; PLS, 441-552.