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Miguel Antonio Barriola

Un santo poco conocido a quien nos recuerda otro de los resultados de la reciente Jornada Mundial de la Juventud, celebrada en Madrid el mes de setiembre de 2011, con la resolución tomada por Benedicto XVI de proclamar a San Juan de Ávila como Doctor de la Iglesia.

Llama la atención el extraño silencio, que durante siglos ha pesado en la Iglesia, sobre un santo que, sin embargo, ha sido fuente tan fecunda de renovación, tanto en España como en todo el mundo católico, a través de sus advertencias enviadas al Concilio de Trento.

Pero, seguramente, no le afectaría esto en nada a su personalidad, incansable en el trabajo, a la vez que en modo alguno ambiciosa de ostentación, como veremos.

Sólo fue redescubierto en 1936 por el gran historiador alemán de la Iglesia, Hubert Jedin, en sus estudios sobre el Tridentino.[1]

¿A qué se debió semejante postergación? Se ocultaron sus obras y seguramente, además de las sospechas ya indicadas de su “erasmismo”, asomaban asimismo sus pretendidos apoyos a los “alumbrados”.[2] Por todo esto se vio sometido a un proceso inquisitorial, debiendo padecer las cárceles de dicha severa institución.

Tales inconvenientes retrasaron su beatificación, llevada a cabo sólo el 3 de abril de 1894 por León XIII. Sólo 84 años después, el 31 de mayo de1978, fue canonizado por Pablo VI.[3]

Creo que estamos ante el caso muy notable de un grandísimo servidor de Dios que, en su vida y en largos tiempos posteriores a su muerte, ha sido como el grano de trigo, que muere y da mucho fruto, sin halagos personales, que, por otra parte, nunca buscó.

Guía de grandes santos       

Baste para comprobarlo, repasar simplemente el nutrido conjunto de santos y personalidades descollantes, que le deben casi todo a Juan de Ávila. Fue el más consultado de toda España en el segundo tercio del siglo XVI.

Fray Luis de Granada, gran predicador dominico, que escribió la vida de nuestro santo, fue destinatario de varias de sus cartas y se aconsejaba frecuentemente con él. Este gran personaje religioso español dejó constancia de la obra pacificadora de Juan de Ávila en la ciudad de Baeza:[4] “Lo que no había podido hasta entonces el brazo del rey, lo pudo el de este pobre clérigo, ayudado de Dios”.[5]

San Pedro de Alcántara conoció a Juan de Ávila precisamente en Baeza. Lo consultaba con frecuencia, recibiendo de él la aprobación de su espíritu de penitencia y de la obra reformadora de los franciscanos bajo su conducción.

San Juan de Dios, fundador de la orden hospitalaria, se convirtió en Granada, oyendo la predicación de este sacerdote del clero secular.

San Francisco de Borja, ex Duque de Gandía, al retirarse del mundo,[6] fue acompañado también por Ávila en sus pasos hacia la Compañía de Jesús, recién fundada.

San Juan de Ribera, arzobispo de Valencia, era dirigido por Juan de Ávila, cuyas obras compraba no bien se publicaban.

Santo Tomás de Villanueva, arzobispo también de Valencia, quien expresó este juicio sobre Juan de Ávila: “Desde San Pablo acá, no ha habido otro predicador de Cristo que más conversiones consiguiera”. [7]

San Ignacio de Loyola lo admiraba tanto que llegó a decir: “Quisiera el santo Padre Ávila venirse con nosotros, que aquí le trujéramos en hombros, como el arca del Testamento.” [8]

Con todo, a quien más se ha de resaltar, en cuanto a las influencias en vida de otros santos, es a Santa Teresa de Jesús.

En el momento más difícil de su vida[9] acudió al Padre Ávila, para pedirle luz y ayuda. Cuando decidió que sus carmelitas descalzas vivieran en absoluta pobreza, sin renta alguna, fue el ya mentado San Pedro de Alcántara, quien intervino en su favor con una memorable carta, con la que aprobaba los deseos de austeridad de la Santa.

Pero más adelante se trató de una encrucijada más complicada. El propio espíritu de la Santa andaba sometido a prueba. Las visiones y revelaciones espirituales que recibía suscitaron la sospecha y oposición de personas de nota, tanto que la duda había prendido en la propia Teresa.

Guiaba a la Santa el gran teólogo dominico D. Báñez. Pero en este asunto otro consejero, Francisco de Toledo, la orientó a que consultara a Juan de Ávila. Acudió así a la reconocida autoridad del Maestro de tantos otros santos contemporáneos. Éste supo comprender desde el primer momento, que el dedo de Dios estaba en las experiencias interiores de la reformadora carmelita, también de Ávila. La carta que le escribió a Teresa el 12 de septiembre de 1568, es un monumento de sabiduría sobrenatural: “A la muy reverenda Madre mía y mi Señora Teresa de Jesús”. Muy consolada quedó la Santa y, cuando, un año más tarde, recibe en Toledo la noticia de su muerte, no podrá contener las lágrimas. A quien le preguntaba la razón de su llanto, respondió: “Lloro porque pierde la Iglesia de Dios una gran columna y muchas almas un gran amparo, que tenían en él, que la mía, aun con estar tan lejos, le tenía por esta causa obligación”.[10]

Ha sido también notable su influjo posterior, sobre todo en la teología y espiritualidad sacerdotal del clero diocesano. San Francisco de Sales,[11] el Cardenal P. Bérulle (1575-1629), insigne teólogo del sacerdocio ministerial en Francia, tal como lo testimonia Bourgoiny: “Yo recuerdo haber oído decir a nuestro veneradísimo Padre, que esta reforma (del clero) había sido la única meta, que se había propuesto el Padre Juan de Ávila, predicador apostólico; añadiendo después que si Juan de Ávila hubiera vivido en nuestros días, él (Bérulle) habría ido a postrarse a sus pies y lo habría escogido por maestro y director de su obra reformadora, porque le tenía en singular veneración”.[12]

Predicador convocante y… humilde

Acerca de su riqueza en este aspecto, podemos detenernos en su misión y carisma de predicador. Toda Andalucía se sentía atraída por su palabra. Tanto que no daban abasto los templos, viéndose necesitado a predicar en las plazas y calles. Hasta en los techos de las casas se apiñaba la gente para oírlo.

No hablaba para lucirse, ni para satisfacer la curiosidad de sus oyentes.

Así, después de haber sufrido el calabozo inquisitorial casi todo un año (1531), habiendo sido declarado inocente, no bien volvió a subir al púlpito, fue ovacionado por su auditoria con trompetas y aclamaciones. Entonces comentó: “Más daño y tentación me han causado las chirimías y los aplausos, que las humillaciones de la cárcel”.[13]

Predicaba para desprender a sus hermanos del lastre de sus pecados, lo cual no era tanto asunto de inteligencia sofisticada, cuanto cuestión de corazón misericordioso. Por eso, no se detenía en sutiles disquisiciones teológicas o en innecesarias y complicadas exégesis escriturísticas, sino que iba derecho a la limpieza del espíritu. De ahí que sus oyentes no salían admirados de su oratoria, sino arrepentidos, pensando en sí mismos y en la necesidad de cambiar de vida.

Además la autoridad que le daban no sólo sus palabras, sino su vida misma, le permitía aconsejar y hasta reprender a ciertos magnates que escandalizaban al pueblo. Criticaba el lujo de los nobles, los abusos de ciertos señores contra los pobres.

Dada su inclinación a la Sagrada Escritura y sobre todo a San Pablo,[14] confeccionaba sus sermones con relativamente poco tiempo. Pero aconsejaba a sus discípulos insistir más en la oración que en el estudio, para prepararse a predicar con fruto. A uno que le preguntó qué había que hacer para predicar como es debido, le respondió: “Amar mucho a Dios”.[15] Y cuando, cierto día, después de un sermón suyo, estando a la mesa con Fray Luis de Granada y comentando este gran orador sagrado, que había el santo empleado todos los recursos que preceptúa la sana retórica, replicó sencillamente: “No me cuido de eso para nada”.[16]

Todo esto le atrajo no poca envidia, experimentando lo que Santa Teresa llamaba “la persecución de los buenos”:[17] “Es cosa usada (por el Señor), viéndolo Él y callando, que desde el principio del mundo nunca faltó bondad que padeciese y malicia que persiguiese. Ésta es la piedra de toque que distingue al siervo leal del fingido”.[18]

Ello no aminoró su amor a la Iglesia. Como lo destacó Pablo VI el 31 de mayo de 1970: “aún   cuando algún ministro de la misma fue demasiado severo con él”.

Su influjo en la creación de los seminarios

Sólo que, para lograr predicadores y ministros sacerdotales de este temple, era necesario formarlos. Observaba en su tiempo (y es aplicable a los nuestros): “Podemos creer que los azotes que a la Iglesia vienen, principalmente son por los pecados de sus eclesiásticos, que la carnicería de ánimos que vemos morir, es por la maldad o negligencia de los eclesiásticos, que la causa de este mal es estar en la Iglesia hombres indignos y haber entrado por la puerta falsa. Ciérrese esta mala entrada y cesarán sus malos efectos”.[19] Porque “el Santo Cuerpo Místico de Cristo, que son las ánimas de los fieles, es malamente despedazado y deturpado por culpa de los malos ministros, tornándose lobos los que habían de ser pastores; haciendo carnicería en las almas los que habían de vivificarlas”.[20]

Para prevenir semejantes desvíos, propuso al Concilio de Trento la sabia medida de los años preparatorios a la ordenación, dedicados a la formación de los futuros ministros. “El árbol –escribía a los padres conciliares– que ha de subir derecho, es menester, desde chiquito encaminallo y enderezallo, para que lo sea. El caballo y la mula, para que tomen paso, primero están bajo la mano del imponedor (trad. domador)… En todos los oficios humanos el buen oficial no nace hecho, sino hase de hacer. Médico, abogado, carpintero, zapatero y todos los oficios tienen su año y años de noviciado. ¿Qué razón hay, que no tenga su tiempo diputado para que aprenda el arte, que después ha de ejercitar, aprender y donde el fruto con mucho colmo responde a la diligencia y trabajo del que la aprende?”[21]

Alertaba asimismo contra una tentación, permanentemente amenazante en la respuesta a la vocación: la solapada búsqueda de un “cursus honorum”, el “far carriera”. Hay que seleccionar, pues, a los candidatos, sin olvidar luego que como muchos de los Colegios han de “tener cátedras o prebendas o dignidad, podría que muchos pasen allí por codicia desde yntereses, por tanto, además de procurar que los que vayan allí sean gente temerosa de Dios, se ha de procurar poner tales reglas de vida, que sólo los virtuosos las puedan sufrir”.[22]

Entregó sus “Memoriales” para los obispos de Trento al Arzobispo de Granada, Don Pedro Guerrero. Fueron leídos sus consejos en las sesiones públicas y recibidos con aplausos. “El humilde arzobispo dixo ser del Padre Maestro Ávila”.[23]

En plena consonancia con la teología paulina acerca de la ley, que es insuficiente si el Espíritu Santo no la imprime en el interior del corazón,[24] razonaba como sigue: “El camino usado por muchos para reformación de costumbres caídas, suele ser hacer buenas leyes y mandar que se guarden so graves penas… Pero no es suficiente; hace falta formar a los llamados al sacerdocio de tal manera que cumplan estas leyes. Mas como no haia fundamento de virtud en los súbditos, para cumplir estas buenas leyes, y por eso les son cargosas, han por fuerza de buscar malicias para contaminarlas y disimuladamente huir de ellas o advertidamente quebrantarlas”.[25] “Este modo de proveer es semejante al de la vieja ley que mandaba lo que había que hacer y castigaba al transgresor de ello; mas no ayudaba a los súbditos a hacerlos amadores de lo que ella mandaba, para que no hubiesen de menester castigo… Y esto torno a afirmar, que todas las leyes posibles, a hacerse, no serán bastantes para el remedio del hombre, pues que la de Dios no lo fue. Si quiere, pues, el Sacro Concilio que se cumplan unas buenas leyes, y las pasadas, tome trabajo, aunque sea grande, para hacer que los eclesiásticos sean tales, que mueva en ellos la gracia de la virtud de Jesucristo: lo qual alcanzado, fácilmente cumplirán lo mandado; y aún harán más por amor que la ley manda por fuerza”.[26]

Una obra digna de ser estudiada y vivida

En resumen, este antiguo Doctor de la Iglesia, por más que se le otorgue este título sólo tan tardíamente, fue gran conmovedor de conciencias y ciudades. Convirtió a nobles varones y mujeres, fue consejero seguro de grandísimos santos, pero tales magníficos logros no lo volvieron engreído. Hizo todo lo posible para reformar la Iglesia tan decaída por aquellos tiempos, pero no en el estilo de Lutero, cortándole la cabeza, en lugar de aportar una aspirina. Como acertadamente dijo Pablo VI, en la homilía de la canonización: “No fue un crítico contestatario, como hoy se dice”. Corrigió sin creerse la instancia inapelable, sin que su fama se le subiera a la cabeza. Y, para terminar, con un toque de humor. Se cuenta, que, observando el talante apresurado y poco sacro con que otro sacerdote estaba celebrando la Eucaristía, después de la consagración se le acercó y le susurró: “Hermano trátelo bien, que es Hijo de buena Madre”.[27]

 


[1] En dicho año anunció Jedin la publicación del segundo de los “Memoriales” de Juan de Ávila al Tridentino, en el volumen segundo del tomo XIII publicado por la Görresgesellschaft: Concilium Tridentinum, hasta que lo editó C. Abad en 1945. M. Bataillon, que había ofrecido una obra sobre el influjo de Erasmo en España (Erasme et Espagne, Paris 1939), fue criticado por haber olvidado mencionar a Juan de Ávila, quien recomendaba al gran filólogo holandés (aunque con reservas), para una mejor comprensión de la Sagrada Escritura: “Y también puede mirar las Paraphrasis de Erasmo, con condición que se lean en algunas partes con cautela” (Obras completas del Santo Maestro Juan de Ávila, L. Sala Balust, F. M. Hernández, Madrid 1970, Vol. V, 749-750). Ante tal observación, al reeditar su estudio en 1950 (México), Bataillon se preguntaba: “¿Pero quién conocía al Beato Juan de Ávila en 1936?”

[2] Ciertos personajes religiosos, que se creían favorecidos por una luz especial del Espíritu Santo. Así, recomendaba el santo algunas obras de Francisco de Osuna, si bien, asimismo, con los debidos reparos: “Libros que son más recomendados para esto: los Abecedarios Espirituales, la segunda parte y la quinta, que es de la oración. La tercera parte no la dejen leer comúnmente, que les hará mal, que va por vía de quitar todo pensamiento y esto no conviene a todos” (Carta 1ª, Ibid., 26).

[3] Quien esto escribe tuvo la dicha de participar de tan significativa ceremonia.

[4] Se daban allí viejos odios entre dos familias (como los “Montecchi” y los “Cappuletti” en la Verona de “Romeo y Julieta” shakespeareana): los Benavides y Carvajales.

[5] Citado en: Santo Maestro Juan de Ávila – Apóstol de Andalucía, a cargo de N. González Ruiz y J. L. Gutiérrez García, Madrid (1961) 41.

[6] Después del impacto que le causó la vista del cadáver de la reina Isabel, la esposa de Carlos V, famosa por su belleza.

[7] Citado por González Ruiz, Santo Maestro…, 73.

[8] Ibid., 75.

[9] Precisamente, cuando iba a publicar su autobiografía: Vida, que sometió a la revisión de Juan de Ávila.

[10] Citada en: N. González Ruiz, ibid., 88-89. También influyó en la conversión de muchas damas y personalidades de la nobleza, en las varias ciudades por donde ejerció su apostolado.

[11] Ver: Mgr. A. M. Charue, Le Clergé Diocésain, tel qu’un évêque le voit et le souhaite, Tournai (1960) 32.

[12] Citado por: F. Sánchez Bella, La Reforma del clero en S. Juan de Ávila, Madrid 1981, 94.

[13] Citado en: N. Gonzáles Ruiz, ibid., 27.

[14] Produjo lecciones sobre Gálatas y la Ia. de San Juan (Ver: Obras Completas, IV, Madrid 1970).

[15] Citado en: N. González Ruiz, ibid., 58.

[16] Ibid., 58. Hace recordar a San Agustín (otro gran retórico), comentando a San Pablo: “Lo mismo que no afirmamos que el Apóstol haya corrido tras los preceptos de la elocuencia, así tampoco negamos que la elocuencia haya ido en pos de su sabiduría” (De doctrina christiana, IV, 7, BAC, Madrid 1957, 274).

[17] Ver: J. Ma. Javierre, Teresa de Jesús, Salamanca (1982) 287.

[18] Ver: J. Ma. Javierre, Teresa de Jesús, Salamanca (1982) 287.

[19] Memorial I° al Concilio de Trento, citado en: F. Sánchez Bella, ibid., 105.

[20] Tratado del Sacerdocio, p. 157, citado por F. Sánchez Bella, ibid., 105.

[21] Memorial I°, p. 19, citado por F. Sánchez Bella, ibid., 152.

[22] Memorial II°, p. 119, citado por F. Sánchez Bella, ibid., 106.

[23] En: L. Muñoz, Vida, Lib. III, cap. 11, pp. 170b-171a. Citado por F. Sánchez Bella, ibid., 88.

[24] Según los vaticinios de la “Nueva Alianza” de Jeremías 31,31-34; Ezequiel 36,26-31 y Romanos 8,1-4.

[25] Memorial I°, p. 5, citado por F. Sánchez Bella, ibid., 91-92.

[26] Memorial I°, pp. 5 y 8, citado por F. Sánchez Bella, ibid., pp. 92-93.

[27] Ver: N. González Ruiz, ibid., 84.