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Néstor Martínez Valls

Comentario del Pbro. Eduardo Ojeda, “¿Qué hay más allá de la muerte?”, en: Revista Umbrales, editada por los Sacerdotes del Corazón de Jesús (Dehonianos) 211, Setiembre 2011, Montevideo, Uruguay.

Dice en ese artículo el P. Ojeda:

“Hay que tener en cuenta que para los cristianos el ser humano es uno solo, un sujeto encarnado. Su Cuerpo y su Espíritu no son independientes, sino que integran un todo. La Biblia emplea la palabra “Alma” para referirse a esto, cuando estamos vivos somos un “Alma”, una unidad de Cuerpo y Espíritu.[1] Cuando morimos esta unidad se disgrega. El Espíritu, dice la Escritura, no permanece en nosotros para siempre, ya que somos mortales. El Espíritu vuelve a Dios y el Cuerpo vuelve al polvo del que fue tomado.”

Como podemos ver, esto es exactamente lo contrario de lo que enseña el Catecismo de la Iglesia Católica:

363. A menudo, el término alma designa en la Sagrada Escritura la vida humana[2] o toda la persona humana.[3] Pero designa también lo que hay de más íntimo en el hombre[4] y de más valor en él,[5] aquello por lo que es particularmente imagen de Dios: “alma” significa el principio espiritual en el hombre.”

O sea, que para la Iglesia el alma no es “la unidad del cuerpo y el espíritu”, sino “el principio espiritual en el hombre”.

En efecto, toda esta parte del Catecismo lleva el título Corpore et anima unius, “Uno en cuerpo y alma”, expresión que aparece luego en la cita que se hace de Gaudium et Spes 14,1.

Esta forma de hablar no tendría sentido si el alma incluye al cuerpo, como plantea el autor. Véase por ejemplo:

364. El cuerpo del hombre participa de la dignidad de la “imagen de Dios”: es cuerpo humano precisamente porque está animado por el alma espiritual, y es toda la persona humana la que está destinada a ser, en el Cuerpo de Cristo, el Templo del Espíritu.”[6]

… donde es claro que “alma” y “cuerpo” son dos principios distintos de la unidad que es el ser humano, en vez de ser el “alma”, como dice el autor, esa unidad completa misma.

Por otra parte, si “cuando morimos, esa unidad se disgrega”, y esa unidad es el “alma”, entonces hay que afirmar, contra el Catecismo, no la “inmortalidad”, sino la “mortalidad” del “alma” humana.

Véase por ejemplo:

366. La Iglesia enseña que cada alma espiritual es directamente creada por Dios[7] –no es “producida” por los padres–, y que es inmortal:[8] no perece cuando se separa del cuerpo en la muerte, y se unirá de nuevo al cuerpo en la resurrección final.”

Aquí, además de enseñar la inmortalidad del alma, ya habla el Catecismo de la muerte como “separación del alma y el cuerpo”, lo cual habrá que tener en cuenta al analizar otras expresiones del autor.

Para más claridad:

997. ¿Qué es resucitar? En la muerte, separación del alma y el cuerpo, el cuerpo del hombre cae en la corrupción, mientras que su alma va al encuentro con Dios, en espera de reunirse con su cuerpo glorificado. Dios en su omnipotencia dará definitivamente a nuestros cuerpos la vida incorruptible uniéndolos a nuestras almas, por la virtud de la Resurrección de Jesús.”

Por otra parte, la creación directa por Dios de cada alma espiritual, la cual no es producida por los padres, difícilmente se entiende si partimos de que “alma” significa “la unidad de cuerpo y espíritu”, como sostiene el P. Ojeda.

Más aún, la misma distinción que el autor establece entre “alma” y “espíritu” en el hombre es contraria a la enseñanza de la Iglesia:

Continúa el Catecismo:

367. A veces se acostumbra a distinguir entre alma y espíritu. Así S. Pablo ruega para que nuestro “ser entero, el espíritu, el alma y el cuerpo” sea conservado sin mancha hasta la venida del Señor.[9] La Iglesia enseña que esta distinción no introduce una dualidad en el alma.[10] “Espíritu” significa que el hombre está ordenado desde su creación a su fin sobrenatural,[11] y que su alma es capaz de ser elevada gratuitamente a la comunión con Dios.”[12]

Si “esta distinción no introduce una dualidad en el alma”, entonces no es posible que el alma sea “la unidad del cuerpo y el espíritu”, como dice el autor, porque ahí sí habría una distinción real, y por tanto, una dualidad, entre el alma y el espíritu, como entre el todo y una de sus partes.

Continúa el artículo:

“No es la sola supervivencia del espíritu inmaterial que habita nuestro cuerpo, la que nos espera después de la muerte. Esta forma de pensar es espiritualista y platónica, pero no es cristiana. No somos ángeles sin cuerpo material, somos seres humanos, sujetos encarnados y no podemos existir sin un cuerpo, aunque éste será transfigurado por la gloria del Señor y resucitado como el suyo”.

Este último párrafo contradice frontalmente los textos arriba citados del Catecismo, donde se enseña la doctrina tradicional de la muerte como separación del alma y el cuerpo, lo cual implica lógicamente que “el espíritu inmaterial” que no “habita” en el cuerpo, sino que es “forma” del cuerpo, como enseña la Iglesia, sobrevive, efectivamente, tras la muerte, sin el cuerpo, con el cual se reunirá solamente en la Resurrección del último día.

El fiel católico puede confiar tranquilamente en que esta enseñanza bimilenaria de la Iglesia no es platónica, sino cristiana.

Por otra parte, esta negación de la enseñanza de la Iglesia por parte del autor es coherente con lo que citábamos al principio.

En efecto, si el cuerpo y el espíritu del hombre no son independientes, es claro que el espíritu humano, es decir (para la Iglesia) el alma humana, no puede existir separado del cuerpo, como acabamos de ver que también sostiene el autor.

Lo que no se entiende es que luego diga que el “espíritu”, que para él no es el alma, tras la muerte y la destrucción del cuerpo “vuelve a Dios”, lo cual implica obviamente que con la muerte el “espíritu” se separa del cuerpo y sigue existiendo separado del cuerpo.

¿Cómo puede separarse del cuerpo y “volver a Dios” algo que “no es independiente” del cuerpo, que “no puede existir sin un cuerpo”, y cuya “sola supervivencia después de la muerte” sería una afirmación platónica pero no cristiana?

En definitiva: ¿habría sido tan difícil exponer sencillamente la clarísima doctrina católica contenida en el Catecismo?

Si el espíritu, como sostiene el autor, no puede existir separado del cuerpo, entonces, o bien la muerte es la destrucción total de la persona, en el sentido de que todo lo que la constituye deja de existir, y entonces, la Resurrección es la nueva creación ex nihilo al menos del “espíritu” humano, que podría luego animar de nuevo a la materia, o bien, hay que afirmar la “resurrección en la muerte”, como hacen algunos teólogos actuales, notoriamente el fallecido R. P. Ruiz de la Peña SJ.

Ambas doctrinas son contrarias a la enseñanza de la Iglesia, como se puede ver por los textos ya citados del Catecismo, que afirman claramente la existencia del “alma separada” del cuerpo tras la muerte y antes de la Resurrección, con lo cual niegan tanto la destrucción total de la persona al morir como la “resurrección en la muerte” que sostienen Ruiz de la Peña y otros.

Ahora bien, el P. Ojeda dice por un lado que

“No es la resurrección un hacer al hombre de nuevo, de la nada, como fue en la primera creación realizada por Dios”.

Y por otro lado, sostiene que

“La Iglesia enseña que tras la muerte de cada uno, habrá un juicio personal de Dios. Luego de éste, al fin de los tiempos se dará la Resurrección de los muertos, en donde habrá un juicio universal. Esto (…) alude a algo que aún no ha ocurrido, sino que será al fin de los tiempos cuando el Señor Jesús venga a juzgar a los vivos y a los muertos”.

Ambas afirmaciones pueden entenderse en total sintonía con el Magisterio eclesiástico al que hacíamos referencia, pero entonces, implican necesariamente la doctrina tradicional del “alma separada” del cuerpo después de la muerte y antes de la Resurrección.

¿Cómo puede entonces el autor a la vez hacer estas afirmaciones y negar la posibilidad que el “espíritu” exista separado del cuerpo?

Sobre todo, volvemos a preguntar: ¿cómo puede sostener todo eso, a la vez que también dice que el espíritu, tras la muerte, “vuelve a Dios”?

Sigue diciendo el P. Ojeda:

“Lo que nos revela el texto sagrado, entre otras cosas, es que el ser humano con sus acciones al pecar llama a la muerte y la atrae hacia él. No se trata aquí sólo de la muerte biológica, realidad ineludible que tiene que ver con el ciclo natural, sino una muerte que significa la aniquilación total, consecuencia de la separación de Dios. El destino de quien se aparta de Dios no es sólo la muerte física, sino la muerte definitiva, la imposibilidad de comunión con Él y el rechazo de la vida eterna a la que Dios desde el comienzo del mundo predestinó a sus creaturas.”[13]

Aquí no queda claro si se toma en serio la palabra “aniquilación” referida a la condenación eterna. Obviamente, el término no ayuda a la claridad de la comprensión del lector. Más abajo, en la misma cita, parece afirmarse la permanencia del condenado en el ser. ¿Por qué hablar entonces de “aniquilación”?

Agrega el autor:

“Según el biblista Carlos Mesters el famoso “Jardín del Edén” no es algo del pasado sino una descripción de nuestro futuro. La armonía con la naturaleza, la paz y el diálogo íntimo con Dios que en este relato disfrutan Adán y Eva, no es un hecho que haya ocurrido alguna vez, sino un anuncio de lo que seremos al fin de nuestra historia.[14]

Véase lo que dice el Catecismo:

374. El primer hombre fue no solamente creado bueno, sino también constituido en la amistad con su creador y en armonía consigo mismo y con la creación en torno a él; amistad y armonía tales que no serán superadas más que por la gloria de la nueva creación en Cristo.”

375. La Iglesia, interpretando de manera auténtica el simbolismo del lenguaje bíblico a la luz del Nuevo Testamento y de la Tradición, enseña que nuestros primeros padres Adán y Eva fueron constituidos en un estado “de santidad y de justicia original.”[15] Esta gracia de la santidad original era una “participación de la vida divina.”[16]

376. Por la irradiación de esta gracia, todas las dimensiones de la vida del hombre estaban fortalecidas. Mientras permaneciese en la intimidad divina, el hombre no debía ni morir[17] ni sufrir.[18] La armonía interior de la persona humana, la armonía entre el hombre y la mujer, y, por último, la armonía entre la primera pareja y toda la creación constituía el estado llamado ‘justicia original.’”

¿Qué sentido tiene referirse a la “autoridad” de Carlos Mesters en vez de trasmitir lo que la Iglesia enseña sobre el tema?

Sigue el P. Ojeda:

“¿Existe el Infierno? Sí, al menos como una posibilidad real. Hay quien dice que no puede existir, puesto que un Dios misericordioso no podría condenar a sus hijos más queridos, hechos a su imagen, a una suerte tan horrible como la desdicha y la muerte eterna.”

Y ahí quedamos: hay quien lo dice, y no se dice si quien lo dice está o no en lo correcto. Por la forma en que se lo plantea, además, el lector no puede sacar otra impresión sino que habría que ser muy “guapo” para afirmar que puede haber de hecho condenados en el Infierno. Sobre esto, véase lo que sigue inmediatamente.

Dice el autor:

“Es notoria la afirmación en el Evangelio según San Mateo[19] de que el infierno “ha sido preparado para el demonio y sus ángeles”: no es voluntad de Dios el infierno; Dios desea que todo ser humano se salve y llegue a la vida eterna en comunión con Él.”

No menos notorio es que la frase completa dice “Apártense de mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles”, y no se le dice al diablo ni a sus ángeles, sino a los hombres que en el Juicio final estarán “a la izquierda” del Juez, a los “cabritos” de esa parábola.

Y el texto evangélico no habla de una mera “posibilidad”, pues el tiempo verbal es futuro, no subjuntivo: “Dirá a los de la izquierda”.

No entendemos tampoco por qué la traducción trae “demonio” en vez de “diablo”, cuando el griego dice “diabolo” y siempre se tradujo correctamente de ese modo.

“No es voluntad de Dios el infierno”. De esta afirmación sólo puede sacarse la conclusión de que la condenación eterna no es justa. Porque si es justa, obviamente es una obra de la justicia divina, y entonces, es voluntad de Dios.

¿Puede haber alguna justicia que no tenga en Dios su último origen y razón de ser?

¿El infierno sería entonces una especie de accidente lamentable que el Omnipotente contemplaría azorado sin poder hacer nada al respecto?

Véase el Catecismo:

1035. La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, “el fuego eterno.”[20] La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios, en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira.

El Catecismo habla de “penas”, y entonces, implícitamente, de “justicia” divina que castiga, sí, al pecador que muere sin arrepentirse de su pecado. Por tanto, el infierno sí que es voluntad de Dios.

El pecador no tiene potestad para juzgarse ni para penalizarse a sí mismo. Sin duda que deberá reconocer que los motivos de su condena son justos, pero el Juez no es él, sino Dios, como lo dice por todas partes la Escritura, también en el Nuevo Testamento.

Sin duda, es un Juez misericordioso, pero no podemos decir que sea Juez sólo de los que se salvan y no también de los que se condenan, sin negar, o que sea Juez de todos los hombres, o que exista la posibilidad real de la condenación para algunos seres humanos.

Y si es Juez de los que eventualmente se condenen, entonces es claro que es Él el que ha de dictar la sentencia de condenación.

Y tiene que ser una verdadera sentencia, no la mera constatación del uso que el pecador ha hecho de su libertad. Porque el Juez no es un mero testigo de lo que le ocurre al que es juzgado, o de lo que éste hace, sino el encargado, justamente, de dar sentencia absolutoria o condenatoria.

Así lo dice el lenguaje para nada meramente constatativo de la parábola llamada del Juicio Final: “Apártense de mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles”.

Eso no quiere decir que Dios predestine a nadie al infierno, pero sí que predestina las penas del infierno para los que mueren sin arrepentirse de sus pecados mortales, de modo que en ellos brilla la Justicia divina, como en los que se salvan brilla la Misericordia.

Continúa el autor:

“Seremos plenamente, como dice Pablo, “Hijos de Dios”, estaremos dentro de la Trinidad divina”.

Quitando la imagen local, la expresión no es correcta. “Dentro” de la Trinidad están solamente las Personas divinas, las Relaciones mutuas Subsistentes. Nosotros nunca llegaremos a ser Relaciones Subsistentes y por tanto nunca estaremos propiamente “dentro” de ese mutuo referirse que constituye precisamente a las Relaciones Subsistentes, es decir, las Personas divinas, como tales, y que es el que da razón, precisamente, de esa especie de Interioridad divina exclusiva de Dios mismo.

Finalmente, dice:

“El purgatorio es aquella posibilidad que le da el Padre Dios a aquellas personas que tienen en su vida actos contrarios a su voluntad, pero que no suponen un rechazo categórico y total del Señor.

Pero esta constatación no constituye un sufrimiento insoportable, sino que está unida a la alegría de saber que ya han sido salvados y que el Padre les ofrece la posibilidad de reconciliarse con Él, aún después de la muerte”.

Véase lo que dice el Catecismo:

1030. Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo.

En la doctrina católica el Purgatorio no es una posibilidad de salvación, sino que es la certeza de la salvación ya realizada, pero que todavía no puede manifestarse plenamente. El autor lo dice, por otra parte, pero entonces, esa expresión “posibilidad de salvación” es por lo menos poco clara.

El que está en el Purgatorio no tiene necesidad aún de “reconciliarse” con Dios. El Catecismo habla de “los que mueren en la gracia y amistad de Dios”. Si no estuviese ya reconciliado con Dios no estaría en el Purgatorio, sino en el Infierno.

La actitud del hombre tras la muerte es totalmente pasiva, en el sentido de que simplemente recibe las consecuencias de sus activas opciones temporales. No hay más tiempo de conversión, cambio, mérito, reconciliación, etc. Todo esto estuvo, o no estuvo, en la vida terrena, al momento de la muerte.

Dice el Catecismo: “1013. La muerte es el fin de la peregrinación terrena del hombre, del tiempo de gracia y de misericordia que Dios le ofrece para realizar su vida terrena según el designio divino y para decidir su último destino. Cuando ha tenido fin ‘el único curso de nuestra vida terrena,’[21] ya no volveremos a otras vidas terrenas. ‘Está establecido que los hombres mueran una sola vez.’[22] No hay ‘reencarnación’ después de la muerte.”

El Catecismo, como vimos, dice que los que están en el Purgatorio “sufren” las penas purificadoras. El alma humana padece las penas debidas por sus pecados veniales, y la pena temporal que pueda haber quedado por sus pecados mortales ya perdonados antes de morir en lo relativo a la pena eterna. Todo eso en medio de la feliz certeza de la salvación definitiva que se ha de manifestar más adelante.

La traducción de “pecado venial” por “acto contrario a la voluntad divina” y de “pecado mortal” por “rechazo categórico y total al Señor” no es afortunada. Para el pecado mortal no hace falta llegar a las alturas (o mejor las bajezas) del pecado satánico. No es necesario plantearse nada menos que el rechazo categórico y total del Señor. Alcanza con hacer deliberadamente lo que se sabe que está prohibido por la ley moral, en materia grave.

Normalmente, el que comete adulterio o roba en gran escala no está planteándose algo tan teológico como el rechazo categórico y total del Señor; más aún, le gustaría poder tener ambas cosas, su pecado y la amistad con Dios.

Por eso mismo, el pecado venial queda igualmente magnificado. Un “acto contrario a la voluntad divina” puede ser un asesinato o cualquier otra cosa. Y ese asesinato puede que se cometa no para expresar el rechazo categórico y total al Señor, sino por dinero, por ejemplo.

Con lo cual se corre el riesgo de que verdaderos pecados mortales pasen a ser clasificados como “veniales” o en todo caso como que no impiden el pasaje feliz, dentro de lo doloroso que es según la Revelación, al Purgatorio y con él a la salvación eterna, nada menos.

Terminamos expresando el deseo de que la inmensa riqueza doctrinal del Catecismo de la Iglesia Católica sea aprovechada por todos los que tienen en la Iglesia la misión de predicar el Evangelio y enseñar la doctrina cristiana.


[1] Génesis 2,27.

[2] Cf. Mateo 16,25-26; Juan 15,13.

[3] Cf. Hechos 2,41.

[4] Cf. Mateo 26,38; Juan 12,27.

[5] Cf. Mateo 10,28; 2Macabeos 6,30.

[6] Cf. 1Corintios 6,19-20; 15,44-45.

[7] Cf. Pío XII, Enc. Humani generis, 1950: Denzinger-Schönmetzer 3896; Pablo VI, SPF 8.

[8] Cf. Cc. de Letrán V, año 1513: Denzinger-Schönmetzer 1440.

[9] 1 Tesalonicences 5,23.

[10] Cc. de Constantinopla IV, año 870: Denzinger-Schönmetzer 657.

[11] Cc. Vaticano I: Denzinger-Schönmetzer 3005; Cf. Gaudium et Spes 22,5.

[12] Cf. Pío XII, Humani generis, año 1950: Denzinger-Schönmetzer 3891.

[13] Sabiduría 1,13-16; 2,1-24.

[14] Génesis 2-3, Romanos 5,12-21.

[15] Cc. de Trento: Denzinger-Schönmetzer 1511.

[16] Lumen Gentium, 2.

[17] Cf. Gn 2,17; 3,19.

[18] Cf. Gn 3,16.

[19] Mateo 25,41.

[20] Cf. Denzinger-Schönmetzer 76; 409; 411; 801; 858; 1002; 1351; 1575; Solemne Profesión de Fe, 12.

[21] Lumen Gentium, 48.

[22] Hebreos 9, 27.