planeta-privilegiado

Daniel Iglesias Grèzes

Comentario de: Guillermo Gonzalez and Jay W. Richards, The Privileged Planet. How our place in the cosmos is designed for discovery, Regnery Publishing Inc., Washington DC, 2004.

Los autores del libro son dos: Guillermo González, Ph. D. en astronomía, y Jay W. Richards, Ph. D. en filosofía y teología. González es un prestigioso astrónomo, que ha publicado más de 60 artículos científicos revisados por sus pares. Richards, Vicepresidente del Discovery Institute, ha publicado varios libros sobre temas científicos, filosóficos y teológicos.

En las dos primeras Secciones del libro,[1] los autores, recurriendo a muchísimas evidencias científicas, algunas de ellas recientes, demuestran que nuestro ambiente local (centrado en la superficie terrestre y el tiempo presente) es excepcional y probablemente rarísimo, tanto con respecto a su habitabilidad como con respecto a su mensurabilidad. Más aún, esas evidencias sugieren que en nuestro universo esas dos propiedades (habitabilidad y mensurabilidad) están unidas, de modo que los lugares altamente improbables que están mejor equipados para la existencia de observadores inteligentes también proveen las mejores condiciones globales para la investigación científica del universo. En la Sección 3[2] los autores exploran las implicaciones de los resultados alcanzados en las Secc. 1 y 2.

El principio copernicano

La mayoría de los científicos contemporáneos asume como un postulado básico el llamado “principio copernicano”. En resumen, este principio establece que los seres humanos no ocupamos un lugar privilegiado en el cosmos. Este libro excepcional, de gran erudición científica, es una minuciosa refutación del principio copernicano.

Los autores distinguen dos principios diferentes: el principio cosmológico, que es un principio de uniformidad del universo, y el principio copernicano, que es un principio de mediocridad, referido a nuestra ubicación o importancia dentro del universo.

Según González y Richards, el principio cosmológico establece que a escalas muy grandes el universo es homogéneo e isótropo, es decir que la materia está distribuida de un modo parejo y que el universo luce igual en todas las direcciones. Esta hipótesis permitió a Einstein aplicar la relatividad general al universo en su conjunto.

Por su parte, el principio copernicano circula en dos variantes muy relacionadas entre sí. La variante modesta dice que deberíamos asumir que no hay nada especial o excepcional en el lugar o el tiempo que ocupamos en el cosmos. Esta forma del principio copernicano, aunque hasta hace poco podía parecer bastante plausible desde el punto de vista científico, hoy se encuentra gravemente amenazada por las múltiples evidencias científicas que aduce el libro comentado. Por otra parte, la variante audaz del principio copernicano dice que los seres humanos no estamos aquí por un propósito, que el cosmos no fue diseñado con nosotros en mente y que nuestro status metafísico es tan insignificante como nuestra ubicación astronómica.

El principio copernicano, en sus dos variantes, está fuertemente influido por la interpretación naturalista de la “revolución copernicana”. Como veremos enseguida, esa interpretación asume que el desarrollo de la ciencia completó lo que Copérnico había iniciado, quitando sucesivamente a la Tierra, el Sol, el Sistema Solar y la Vía Láctea, no sólo del centro geométrico del universo, sino también de su “centro metafísico”, por así decir. La obra de González y Richards es una concienzuda crítica del principio copernicano en sus dos variantes y también de la pertinencia de dicha interpretación desde el punto de vista histórico.

La revolución copernicana

En el Capítulo 11 los autores presentan una “historia revisionista” de la “revolución copernicana”. Proponen la siguiente cita de un artículo de Nathan Myrhvold como un ejemplo típico de la “historia oficial”:

“Tolomeo (siglo II) fue el primero y el más audaz en una larga sucesión de doctores que sostuvieron la primacía de los seres humanos. El universo entero –postuló– rota alrededor de nosotros, con la Tierra situada en el centro del mismo Cielo. Cualquier consultor de marketing les dirá que el posicionamiento lo es todo, y que el centro del universo es difícil de superar. Un astrónomo polaco llamado Copérnico (1473-1543) groseramente señaló: Lo siento, terrícolas, nosotros giramos alrededor del Sol, no viceversa… Giordano Bruno, una especie de Carl Sagan del siglo XVI, popularizó esos conceptos… diciendo, entre otras cosas, que “existen innumerables soles. Innumerables tierras giran alrededor de esos soles. Seres vivos habitan estos mundos”… El crimen de Bruno, como el de Galileo, fue el de socavar el carácter único de nuestro planeta, y así amenazar a las dictaduras religiosas de su época… Con el tiempo, los avances de la astronomía han reforzado implacablemente la completa insignificancia de la Tierra en una escala celestial.”[3]

Los autores comentan que Myrhvold se ha tragado el estereotipo entero; y a continuación   proceden a demoler esa “historia oficial”, difundida por los pensadores naturalistas. En particular, los autores niegan la falsa creencia de que Copérnico fue perseguido por la Iglesia, subrayan que Bruno no fue un científico y que su lamentable ejecución se debió a sus doctrinas teológicas heréticas, no a su defensa del heliocentrismo, y refutan la interpretación simplista del caso Galileo como un enfrentamiento entre la ciencia y la superstición religiosa.

Los autores muestran que en la cosmovisión del cristianismo antiguo y medieval la Tierra no era en modo alguno el lugar principal del universo sino, al contrario, su lugar menos noble, una especie de sumidero del cosmos. En La Divina Comedia (que ejemplifica la cosmología pre-copernicana), Dante Alighieri coloca en el centro de la Tierra, que a su vez es el centro geométrico del universo, nada menos que el punto más bajo del Infierno, donde está ubicado Satanás. En esa cosmología, el lugar más importante del universo era el más alejado del centro: el cielo empíreo, la morada de Dios y de todos los elegidos.[4]

Los autores destacan que, contrariamente a lo que sostiene el estereotipo criticado, la revolución copernicana –iniciada por Copérnico y completada por Kepler y Newton– “ennobleció” a la Tierra en vez de denigrarla, al demostrar que la Tierra es regida por las mismas leyes que la porción más valorada del universo: la de los planetas y estrellas. Las leyes de Newton rigen tanto la mecánica terrestre como la mecánica celeste. Además Copérnico “ennobleció” el lugar central del cosmos, expresando cierta reverencia por el Sol:

“En el medio de todo se sienta el Sol en su trono. En éste, el más bello de los templos, ¿podríamos ubicar esta luminaria en una mejor posición que aquella desde la cual puede iluminar de inmediato la totalidad? Él es justamente llamado la Lámpara, la Mente y el Gobernador del Universo: Hermes Trismegisto lo llama el dios visible. La Electra de Sófocles lo llama todo-vidente. Así que el Sol se sienta como en un trono real gobernando a sus hijos los planetas, que giran alrededor de él.”[5]

Como se ve, Copérnico inauguró la tendencia moderna a dar una gran importancia metafísica al centro geométrico del universo. En esta línea de pensamiento, alejar a la Tierra de ese lugar central equivale a restarle importancia. Esta asociación entre “centro geométrico” y “centro metafísico” del universo no tiene asidero en la teología cristiana.

Mi única objeción al Capítulo 11 es que González y Richards omiten mencionar varios hechos que reforzarían su crítica de la visión estereotipada de la revolución copernicana. Me refiero a hechos como los siguientes:

Copérnico era un sacerdote católico.

Los jueces eclesiásticos que sancionaron a Galileo no le exigieron que aceptara el geocentrismo, sino que enseñara el heliocentrismo como una hipótesis, no como una verdad demostrada. La única prueba científica del heliocentrismo que adujo Galileo en su juicio era falsa, e incluso ridícula. La prueba teórica (matemática) del heliocentrismo fue proporcionada por Newton, medio siglo más tarde; y la primera prueba empírica del heliocentrismo se produjo un siglo después del caso Galileo.

La interpretación naturalista de la revolución copernicana como una derrota del antropocentrismo se da de bruces contra el hecho evidentísimo de que, en la historia de las ideas, los siglos XVII y XVIII (desde Descartes hasta Kant) representan un “giro antropocéntrico”, contrario al anterior pensamiento teocéntrico.

El principio copernicano en astronomía

El Capítulo 12 del libro plantea una refutación del principio copernicano en astronomía, en seis pasos sucesivos.

Primer paso. No es cierto que la Tierra sea un planeta ordinario. Las propiedades excepcionales de la Tierra que contribuyen a su habitabilidad son, entre otras muchas, las siguientes:

La Tierra tiene una órbita de poca excentricidad (o sea, casi circular).

Está dentro de la Zona Circunestelar Habitable del Sistema Solar.

Está suficientemente cerca del borde interno de la Zona Circunestelar Habitable para permitir una alta concentración de oxígeno y una baja concentración de dióxido de carbono en su atmósfera.

Tiene una Luna grande y un período de rotación planetaria correcto que contribuyen a evitar variaciones caóticas en su oblicuidad.

Está dentro del rango correcto de masa planetaria.

Tiene una concentración adecuada de azufre en su núcleo.

Tiene una cantidad correcta de agua en su corteza.

Tiene una tectónica de placas que evita que toda la superficie terrestre sea un solo gran océano y ayuda a mantener temperaturas adecuadas en esa superficie.

La Tierra tiene también muchas características que contribuyen a hacer de ella una magnífica plataforma para la investigación científica del universo. Entre otras características de esta clase, los autores destacan las siguientes:

La Tierra permite gozar de eclipses solares totales e incluso de eclipses solares perfectos.[6]

Incluye docenas de fenómenos naturales que actúan como registros de datos de gran precisión, que permiten estudiar el pasado de nuestro planeta: anillos concéntricos en los troncos de los árboles, depósitos de hielo en las regiones polares, sedimentos marinos orgánicos o inorgánicos, etc.[7]

Tiene un magnetismo planetario que permite medir la deriva de los continentes.[8]

Tiene una atmósfera transparente.[9]

Segundo paso. No es cierto que el Sol sea una estrella ordinaria. El Sol cumple de un modo excelente las dos funciones principales de una estrella con respecto a la habitabilidad: como fuente de la mayoría de los elementos químicos y como fuente estable de energía. Las propiedades excepcionales del Sol que contribuyen a la habitabilidad de la Tierra son, entre otras, las siguientes:

El Sol está dentro del rango de masa más favorable a la habitabilidad (es una estrella enana de tipo espectral G relativamente muy luminosa). Las estrellas con más de 1,5 veces la masa del Sol probablemente no son adecuadas para soportar vida compleja, porque su luminosidad cambia de modo relativamente rápido y pasan relativamente poco tiempo en la secuencia principal, antes de convertirse en gigantes. Cerca del extremo opuesto de la escala, la mayoría de las estrellas son enanas rojas. Éstas, por muchas razones, tienen poca probabilidad de soportar vida compleja.

El Sol ha sido una estrella de la secuencia principal durante unos 4.500 millones de años.

Tercer paso. No es cierto que el Sistema Solar sea ordinario y que debamos esperar que otros sistemas solares sean muy similares al nuestro. Las propiedades del Sistema Solar   que contribuyen a la habitabilidad de la Tierra son, entre otras, las siguientes:

El Sistema Solar tiene ocho planetas en órbitas casi circulares y muy estables (Plutón no es un planeta propiamente dicho).

Tiene cuatro planetas terrestres (Mercurio, Venus, la Tierra y Marte) en su parte interna y cuatro planetas gaseosos gigantes (Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno) en su parte externa. Ambos grupos están separados por un cinturón de asteroides. Los demás planetas (especialmente Júpiter y Venus) y la Luna protegen a la Tierra reduciendo significativamente el número de asteroides y cometas que la golpean. Esto ha evitado la esterilización de la Tierra, es decir la desaparición de todos los seres vivos que la habitan.

Cuarto paso. No es cierto que las distintas configuraciones de los sistemas planetarios y las variables como el número y el tipo de planetas y de lunas tengan poca influencia en la habitabilidad de dichos sistemas.

Este paso podría fusionarse con el anterior, porque no es más que su contracara. Si las órbitas de los planetas de nuestro Sistema Solar fueran más excéntricas o menos estables, podrían ocurrir muchas cosas desfavorables para la habitabilidad de la Tierra (por ejemplo, resonancias entre los planetas gigantes). Y si la configuración del sistema planetario fuera muy diferente, probablemente un planeta habitado estaría sometido a muchos impactos grandes de asteroides y cometas.

Quinto paso. No es cierto que el lugar que nuestro Sistema Solar ocupa dentro de la Vía Láctea tenga poca importancia con respecto a la habitabilidad y la mensurabilidad. Las propiedades de ese lugar que contribuyen a la habitabilidad de la Tierra son, entre otras, las siguientes:

El Sistema Solar está dentro de la Zona Galáctica Habitable.

Está cerca del círculo de co-rotación de la Vía Láctea.

Tiene una órbita galáctica de baja excentricidad.

Está fuera de los brazos espirales de la Vía Láctea.

Está expuesto a un número relativamente bajo de eventos de radiación transitoria.

Sexto paso. No es cierto que la Vía Láctea sea una galaxia ordinaria. Alrededor del 98% de las galaxias del universo local son menos luminosas –y así, en general, más pobres en metal– que la Vía Láctea. La metalicidad es una propiedad fundamental de las estrellas y galaxias. Los astrónomos llaman “metales” a todos los elementos químicos más pesados que el helio. En líneas muy generales, se puede decir que el hidrógeno y el helio surgieron en el Big Bang, mientras que los demás elementos (los “metales”) son sintetizados dentro de las estrellas. Los “metales” representan una fracción pequeña de la masa total del universo pero constituyen casi toda la masa de los planetas terrestres y gran parte de la masa de los seres vivos. Por ejemplo, la bacteria E. coli necesita 17 elementos (hidrógeno y 16 “metales”); mientras que el cuerpo humano necesita 27 elementos (los mismos que esa bacteria más diez “metales” adicionales). En definitiva, la menor metalicidad de la gran mayoría de las galaxias podría implicar que galaxias enteras estén desprovistas de planetas terrestres.

Por otra parte, el hecho de que el Sistema Solar esté ubicado en la Vía Láctea (una galaxia espiral), y no en una galaxia vieja, pequeña, elíptica o irregular, favorece la detección y medición de la radiación cósmica de fondo de microondas y, por ende, el estudio del Big Bang, el origen del universo.

Batiéndose en retirada, al “principio copernicano” le queda un solo lugar donde refugiarse: el universo en su conjunto. Pero, como veremos, también allí está gravemente amenazado por las recientes evidencias científicas.

La búsqueda de inteligencia extraterrestre

El Capítulo 14 del libro trata sobre la Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre (SETI, por sus siglas en inglés, Search for Extraterrestrial Intelligence) y sus implicancias en relación con el principio copernicano.

Los autores sostienen que las características que hacen habitable a la Tierra son altamente improbables, pero no necesariamente únicas. El debate actual acerca de este punto se refiere a cuántos factores se necesitan para obtener un planeta habitable y, por ende, a cuán comunes o poco comunes son los planetas habitables.

La Figura 14.2 del libro representa gráficamente las distintas posturas en este debate. En el extremo izquierdo está la postura de que ninguna propiedad de la Tierra o del universo es necesaria para la habitabilidad. En el extremo derecho está la postura de que todas las propiedades de la Tierra y del universo son necesarias para la habitabilidad. Hoy nadie sostiene seriamente ninguna de esas dos posiciones extremas. En el centro de la escala figura la postura de Kepler, H. G. Wells y Percival Lowell. Algo hacia la derecha figura el programa SETI. Más a la derecha figura el libro Rare Earth de Don Brownlee y Peter Ward. Más cerca del extremo derecho se encuentra The Privileged Planet. Se trata pues de una cuestión de grado; pero no debemos subestimar la importancia de las diferencias entre las distintas visiones en disputa.

La famosa Ecuación de Drake, propuesta por el radio-astrónomo Francis Drake en 1961, permite comprender mejor las distintas posiciones en este debate. Dicha ecuación establece lo siguiente.

N = la cantidad total de civilizaciones tecnológicas capaces de radio-comunicaciones en la Vía Láctea en un momento dado, es igual al producto de los siguientes siete factores:
Ng = cantidad total de estrellas en la Vía Láctea.
fp = fracción de estrellas con sistemas planetarios.
ne = cantidad promedio de planetas habitables por sistema planetario.
fl = fracción de planetas habitables en los que la vida emerge de materia orgánica o de precursores orgánicos.
fi = fracción de estos planetas en los cuales la vida evoluciona hasta producir seres inteligentes.
fc = fracción de estos últimos planetas en los cuales se desarrolla una tecnología de comunicaciones suficiente.
fL = fracción de la vida promedio de un planeta durante la cual subsiste una civilización avanzada.

Existen críticas jocosas a la Ecuación de Drake. Bernard Oliver (un partidario del programa SETI) dice que esa ecuación es “una forma de comprimir una gran cantidad de ignorancia en un espacio pequeño”. Y Bruce Jakosky ha dicho que “la Ecuación de Drake es sólo una forma matemática de decir: ¿quién sabe?”

En los años sesenta del siglo pasado Carl Sagan, en sintonía con “el espíritu de la época”, estimó que podría haber un millón de planetas con civilizaciones en la Vía Láctea. Hoy esa clase de estimaciones parecen irrealmente optimistas.

En el Apéndice A del libro los autores presentan su propia versión revisada de la Ecuación de Drake. Ellos subrayan que ese apéndice no forma parte del núcleo de su argumento, sino que es más bien un desarrollo ulterior. De todos modos me parece muy interesante.

En la versión de González y Richards, los siete factores de Drake dan lugar a 21 factores (Ng y veinte factores limitantes). Los autores proponen una estimación de los primeros trece de esos veinte factores. Aún dejando de lado los últimos siete factores limitantes (que incluyen los factores fl y fi, sumamente discutibles desde un punto de vista filosófico), González y Richards obtienen una cantidad estimada de 0,01 planetas habitables en la Vía Láctea.

Mi interpretación de este resultado es la siguiente. Los autores no se pronuncian sobre si es posible o no que la vida surja espontáneamente de la materia inerte ni sobre si es posible o no que la mera evolución biológica produzca por sí misma vida inteligente. Más bien parecen seguir el juego de los naturalistas y derrotarlos en su propio terreno. Aun suponiendo que esas dos hipótesis naturalistas tan controvertidas sean ciertas, si dejamos todo librado al azar, la probabilidad de que un planeta de la Vía Láctea sea habitable es muy baja.

Más aún, González y Richards dicen que, aunque se incluyera en este cálculo a las otras galaxias del universo observable, no está claro si eso mejoraría significativamente las chances. El peso de los otros siete factores limitantes (incluyendo los factores críticos fl y fi) podría sobrepasar el aporte de las galaxias adicionales.[10]

Vale la pena señalar que los autores eluden durante todo el libro las cuestiones teológicas y se mantienen firmemente dentro del ámbito científico y filosófico. Además, dentro del ámbito científico ellos evitan sumergirse en las cuestiones biológicas, tratando sobre todo cuestiones referidas a la física, la química, la astronomía y la cosmología.

González y Richards confiesan que antes, como la mayoría, creían en la existencia de vida extraterrestre, pero que ahora, aunque no la descartan, son mucho más escépticos al respecto. Ellos incluso sostienen, contra la opinión más extendida, que si encontráramos una civilización extraterrestre, ello favorecería el argumento del diseño inteligente en lugar de perjudicarlo. La vida inteligente parece requerir una combinación de tantos factores altamente improbables que la existencia de dos planetas con civilizaciones, en lugar de uno, sería un indicio más fuerte aún del diseño inteligente del cosmos.

El principio copernicano en cosmología y en física

Hemos visto que el principio copernicano (que afirma la mediocridad de nuestra ubicación o importancia dentro del universo), aplicado a la astronomía, enfrenta graves y crecientes dificultades científicas. Pero dicho principio es aplicado también a la cosmología y a la física. En el Capítulo 13 del libro, González y Richards parten del hecho de que en esos otros dos ámbitos el principio copernicano está amenazado por dos de los principales avances científicos del siglo XX: los descubrimientos de que el universo tiene una edad finita y está finamente sintonizado para la vida. Posteriormente los autores muestran la fragilidad de los intentos de salvar al principio copernicano recurriendo al principio antrópico.

El principio copernicano en cosmología implica que el universo es infinito tanto en el espacio como en el tiempo.

Esta hipótesis se mantuvo vigente hasta que en la década de 1920 Edwin Hubble descubrió el corrimiento hacia el rojo en el espectro de las galaxias y dedujo la expansión del universo. Este descubrimiento condujo al desarrollo de la cosmología del Big Bang. Dado que esta cosmología sugiere con fuerza que el universo debe el comienzo de su existencia a una causa externa a él, los partidarios del principio copernicano han tratado de encontrar modelos cosmológicos alternativos, que preserven la hipótesis del universo “eterno” y sin comienzo.

En ese sentido, los dos modelos principales fueron el del “universo en estado estacionario” y el del “universo oscilante”. Ambos fueron descartados debido a ulteriores descubrimientos científicos. El abandono del modelo de estado estacionario fue causado por el descubrimiento de la radiación cósmica de fondo de microondas y del poder explicatorio del Big Bang en relación con la núcleo-síntesis de los elementos livianos.

En cuanto al modelo del universo oscilante, se ha vuelto insostenible debido a las siguientes tres objeciones graves (por lo menos):

(1) la energía disponible para hacer el trabajo de expansión y contracción del universo decrecería con cada ciclo sucesivo; así, si el universo hubiera existido por un tiempo infinito, ya debería haber alcanzado un estado de equilibrio.

(2) Las mediciones más recientes sugieren que la masa total del universo es mucho menor que la requerida para producir una contracción gravitatoria.

(3) La expansión del universo no sólo no se está enlenteciendo (lo que podría sugerir una futura contracción), sino que, según las evidencias más recientes, se está acelerando.

El principio copernicano en física implica que las leyes de la física no están arregladas especialmente para la existencia de vida compleja o inteligente.

Este principio ha sido desmentido por el descubrimiento de que las constantes físicas fundamentales exhiben una sintonía finísima que hace posible la existencia de la vida y de la vida inteligente.[11] Si cualquiera de esas decenas de constantes fuera significativamente mayor o menor, el resultado sería, o bien un universo ordenado pero incompatible con la existencia de observadores como nosotros, o bien (con mucha mayor frecuencia) un universo caótico o desordenado.

Los autores ilustran esto con una “parábola”: un sabio y poderoso extraterrestre (Q) ha encontrado una “máquina creadora de universos” con una gran cantidad de perillas, cada una de las cuales controla una constante física fundamental. Q ha manipulado los controles durante largos años, sin encontrar ninguna combinación útil, salvo la de nuestro propio universo. La impresión de diseño es abrumadora.

Hay dos formas principales de eludir esa impresión. Una de ellas es apelar a una (futura y posible) gran teoría unificada, que relacionaría todas las fuerzas físicas fundamentales. Esto equivaldría a sustituir todas las perillas de la “máquina creadora de universos” por una sola perilla. Pero también esta única perilla exhibiría un ajuste finísimo que requeriría una explicación.

El principio antrópico

El otro camino para evitar la impresión de diseño del universo con sintonía fina está basado en el llamado “principio antrópico”. Hay dos versiones principales de este principio: el Principio Antrópico Débil (PAD) y el Principio Antrópico Fuerte (PAF).

El Principio Antrópico Débil afirma que podemos esperar observar condiciones necesarias para nuestra existencia como observadores. Esto es una verdad evidente, pero no explica las propiedades altamente improbables de la Tierra, del Sol, del Sistema Solar y de la Vía Láctea. Se suele decir que esas propiedades se deben a un “efecto de selección”. El principio copernicano explicaría los aspectos en los que nuestro entorno es ordinario, mientras que el PAD explicaría los aspectos en que es extraordinario. Usar los dos principios juntos es un poco como el cuento del jefe de estación de ferrocarril que dijo que todos los trenes estaban en hora. Cuando los pasajeros se quejaron de que sus trenes estaban atrasados, el jefe respondió: “En realidad, lo que quise decir es que todos los trenes están en hora, excepto cuando no lo están”. En verdad, el PAD no puede aportar mucho para salvar al principio copernicano.

El Principio Antrópico Fuerte aplica el mismo razonamiento al universo en su conjunto. Afirma que podemos esperar encontrarnos en un universo compatible con nuestra propia existencia. También el PAF es una verdad evidente; pero tampoco el PAF, por sí mismo, explica por qué el universo existe y tiene una sintonía fina. No es sorprendente que observemos un universo habitable, sino que un universo habitable y habitado exista y que, hasta donde sabemos, sea el único que existe.

El multiverso

En este punto, a los defensores del naturalismo no les queda otra opción que recurrir a la hipótesis de los universos múltiples o infinitos: el “multiverso”. Los astrónomos Fred Adams y Greg Laughlin lo expresan claramente:

“La aparente coincidencia de que el universo tiene las propiedades especiales requeridas para permitir la vida parece súbitamente mucho menos milagrosa si adoptamos el punto de vista de que nuestro universo, la región del espacio-tiempo a la que estamos conectados, no es sino uno de incontables otros universos. En otras palabras, nuestro universo no es sino una pequeña parte de un multiverso, un gran conjunto de universos, cada uno con sus propias variantes de las leyes físicas. En este caso, la colección entera de universos sería una muestra completa de las muchas variantes diferentes posibles de las leyes de la física… Con el concepto de multiverso en su lugar, la próxima batalla de la revolución copernicana es empujada sobre nosotros. Así como nuestro planeta no tiene un status especial dentro de nuestro Sistema Solar, y como nuestro Sistema Solar no tiene una ubicación especial dentro del universo, nuestro universo no tiene un status especial dentro del vasto mélange cósmico de universos que comprende nuestro multiverso.”[12]

El “efecto selección” explicaría por qué estamos en este universo finamente ajustado para la vida, y no en otro. Por supuesto, no hay ninguna evidencia científica de esos otros universos. Yo agrego que esta hipótesis es tan poco científica como la hipótesis de que hay un universo dentro de cada quark de nuestro propio universo. Por otra parte, no es para nada claro que un conjunto infinito actual de universos (o de cualquier otro objeto) pueda existir. Pero además, tampoco la hipótesis del multiverso salva al principio copernicano.

Si los múltiples universos no tienen relación causal entre sí, entonces ellos no explican por qué nuestro universo existe y tiene las sorprendentes propiedades que tiene. Y si los múltiples universos tienen una relación causal entre sí, no se logra más que hacer retroceder el problema un nivel. En ese caso habría que explicar por qué la misma “máquina creadora de universos” exhibe un ajuste fino. Por último, también el multiverso entero necesita una explicación. No basta postularlo.

Conclusión

La conclusión de los autores es clara: el principio copernicano ha fracasado. Cuando podemos ponerlo a prueba contra la evidencia, tiende a fallar; y tenderá a fallar cada vez más cuando conozcamos más a fondo las propiedades de nuestro universo que condicionan su habitabilidad y mensurabilidad. Y cuando ese principio no falla, es porque se retira a una posición en la que es virtualmente inverificable.

La actual evidencia científica apunta en una dirección muy problemática para el principio copernicano: hacia un universo único, en expansión, finamente sintonizado, con un pasado finito, y que ha cambiado profundamente a lo largo del tiempo. No sólo ocupamos un lugar excepcional dentro de ese universo, sino también un momento especial en la historia cósmica. Aunque nosotros y nuestro ambiente no seamos literalmente el centro físico del universo, somos especiales en otros sentidos, mucho más significativos. En cierto sentido, estamos colocados en el “centro”del universo, no en un sentido espacial trivial, sino con respecto a la habitabilidad y la mensurabilidad.

A partir de estas consideraciones, y aplicando la teoría de la complejidad especificada de William Dembski, los autores concluyen que nuestro universo exhibe claros indicios de diseño inteligente.[13] Finalmente, ellos responden catorce objeciones a su tesis.[14] En resumen, se trata de una obra sumamente instructiva y recomendable.[15]


[1] Capítulos 1-10.

[2] Capítulos 11-16.

[3] p. 222.

[4] Cf. Figuras 11.2 y 11.3.

[5] pp. 233-234.

[6] Véase el Capítulo 1.

[7] Véase el Capítulo 2.

[8] Véase el Capítulo 3.

[9] Véase el Capítulo 4.

[10] Cf. pp. 289-290; 342.

[11] Véase el Capítulo 10.

[12] pp. 268-270.

[13] Cf. Capítulo 15.

[14] Cf. Capítulo 16.

[15] El autor ha traducido los textos citados.