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Néstor Martínez Valls

Los partidarios de la legalización del aborto insisten en que el embrión es vida humana pero no es todavía persona.

Si esto es verdad, entonces tiene que haber después de la concepción un instante en el que comienza a existir un nuevo sujeto, una nueva cosa, distinta de la que surge con la concepción.

Tiene que ser un nuevo sujeto, una nueva cosa, como se dice en filosofía, una nueva sustancia, porque la persona es eso, un sujeto, una sustancia, algo que existe en sí mismo y no solamente como parte o propiedad de otra cosa.

Y tiene que surgir en un instante, no en forma sucesiva, porque un sujeto, una sustancia, no puede “ir empezando a existir”: en un instante cualquiera, o no existe, o ya existe como sujeto, sustancia, que existe en sí y no en otro.

No puede “ir empezando a existir”, porque eso seria ya existir, por un lado, y no existir, por otro, lo cual es contradictorio.

Ahora bien, desde el punto de vista empírico, no hay nada después de la concepción que sea el surgimiento de un nuevo sujeto o sustancia distinto del que fue concebido.

Hay una total continuidad en el desarrollo desde la concepción en adelante, y continuando luego del nacimiento, lo cual implica la continuidad del sujeto que se desarrolla.

Todo desarrollo es la explicitación de algo que estaba latente, potencialmente dado, en forma previa, y por tanto, implica una necesaria continuidad con un estado anterior. Y los estados no existen en sí mismos, como las sustancias, sino que existen en sujetos sustanciales que son los que van pasando de un estado a otro. No existe la alegría o la tristeza, sino la persona alegre o la persona triste. La serie sucesiva ininterrumpida de estados, por tanto, sin solución de continuidad, implica la continuidad del mismo sujeto de esos estados, a lo largo de todo el desarrollo.

Tampoco es posible que un sujeto sustancial, como es el niño recién nacido, sea el resultado de la mera transformación gradual de algo que era parte del cuerpo de la madre. Una parte del cuerpo de alguien puede desarrollarse todo lo que se quiera, pero seguirá siendo siempre parte de ese organismo. Una mano puede crecer todo lo que se quiera, pero nunca se convertirá por eso en un individuo autónomo.

Por tanto, si el proceso de desarrollo en que consiste el embarazo culmina en el nacimiento de un individuo sustancial distinto de la madre, es que ese individuo ha debido existir como tal con anterioridad lógica respecto de ese proceso mismo, es decir, como sujeto, precisamente, del mismo.

Y ese sujeto ha comenzado a existir con la concepción, no con la anidación en la pared del útero. Para que algo se ubique en alguna parte tiene que existir previamente. La ubicación en un lugar determinado no puede ser el comienzo de la existencia de lo que así se ubica. Sería como decir que el inquilino comienza a existir cuando entra en la pensión.

Así que desde el punto de vista empírico no hay ninguna razón para negar el comienzo de la persona con la concepción, más aún, todas las razones apuntan a ello. Si el punto de vista empírico, entonces, fuese el único posible, no podría caber duda alguna acerca de que la persona humana comienza a existir con la concepción.

La única dificultad está en que, tratándose del ser humano, el punto de vista empírico no es el único punto de vista a tener en cuenta.

En efecto, el ser humano es humano por el alma espiritual, que es creada e infundida por Dios en el cuerpo humano, una vez dada la concepción.

Pero como es espiritual, inmaterial, el alma humana no puede ser una consecuencia de la interacción mutua del óvulo y el espermatozoide, que son materiales, sino que es un don de Dios Creador.

Por aquí entonces, y sólo por aquí, se puede pensar al menos la hipótesis lógicamente no contradictoria, de que Dios crease e infundiese el alma humana no en la misma concepción, sino en un momento posterior.

De hecho, eso es lo que sostuvo Santo Tomás de Aquino en el siglo XIII, siguiendo la biología de Aristóteles, que en esa época era la autoridad científica en estas materias.

En esa hipótesis, a pesar de la continuidad empírica ininterrumpida que se observa desde la concepción en adelante, se podría tal vez pensar, metafísicamente hablando, en el surgimiento de un nuevo sujeto sustancial en un momento posterior a la concepción, por el cambio de la forma sustancial que animaba al sujeto concebido. En efecto, el alma humana espiritual es la forma sustancial del cuerpo, según Aristóteles y Santo Tomás.

Dicha solución de continuidad no sería empíricamente observable, como de hecho no lo es, porque el alma y la forma sustancial en general son de orden metafísico, inteligible, no empírico ni sensible.

Ésta es la razón por la cual no se puede decir, estrictamente hablando, que la ciencia demuestra la existencia de la persona humana desde la concepción. La persona humana es tal por el alma espiritual, que queda por fuera de los confines de una ciencia empírica como es la biología.

Esta es la razón, también, por la cual los partidarios del aborto son “tomistas” solamente en este punto, y nos dicen a los “pro-vida” que Santo Tomás de Aquino enseñó la “animación retardada” y que desde ese punto de vista el aborto, antes de la infusión del alma espiritual, no sería homicidio, porque no estaría en juego aún la vida de una persona humana.

Uno de los problemas con esta argumentación de los partidarios de la despenalización del aborto es que la inmensa mayoría de ellos son ateos y materialistas, y por tanto, de ningún modo existe, en su sistema de pensamiento, la posibilidad de que el alma humana espiritual sea infundida por Dios en el hombre con posterioridad a la concepción, simplemente porque para ellos no hay alma espiritual.

En una filosofía atea y materialista, el argumento de la continuidad, que hemos expuesto al comienzo, se impone absolutamente y hay que admitir que, sea lo que sea la persona humana, existe desde la concepción.

En una filosofía que quiere atenerse solamente al dato empírico y rechaza la metafísica, hay que admitir obligatoriamente que la persona humana comienza a existir con la concepción.

Sin duda que en una filosofía atea y materialista el mismo concepto de “persona” queda finalmente vaciado de sentido. Pero aquí nos interesa señalar solamente que si un partidario de esta filosofía acepta (inconsecuentemente) que el ser humano es “persona”, entonces debe aceptar que lo es desde la concepción.

¿Qué pasa entonces en una filosofía teísta y creacionista, como es la que tiene que profesar un cristiano que quiera pensar coherentemente con su fe?

En esta filosofía no se puede tener certeza absoluta, desde el punto de vista científico biológico, de que la persona humana comienza a existir con la concepción. Porque el punto decisivo al respecto, en esta filosofía, es la creación-infusión del alma espiritual, que queda por fuera de la ciencia biológica.

Pero por la misma razón, el teísta y espiritualista tampoco puede tener certeza absoluta, basado en la ciencia biológica, de que la persona humana comienza a existir en algún momento posterior a la concepción, por lo ya dicho, porque el alma espiritual no es objeto de la ciencia empírica.

Desde el punto de vista teológico, no hay, a nuestro juicio, pasajes claros de la Escritura que diriman la cuestión, y es un hecho que tampoco se ha dado hasta el presente definición dogmática alguna del Magisterio de la Iglesia.

Filosóficamente hablando, las razones se inclinan, a nuestro juicio, por la creación-infusión del alma espiritual en el mismo instante de la concepción.

En efecto, sabemos hoy día por la ciencia genética, que no existía en el siglo XIII, que desde la concepción está ya presente el código genético completo de la especie humana, el mismo que está en todas las células del organismo adulto salvo, precisamente, las células reproductivas que son el óvulo y el espermatozoide, que tienen cada uno solamente 23 de los 46 cromosomas de la especie.

Y no sólo eso, sino que ese código genético que existe desde la concepción es el que determina las características hereditarias individuales del nuevo ser, que lo distinguen claramente de su madre; para poner un solo ejemplo, el sexo, que puede ser masculino.

Ahora bien, si el alma espiritual es la forma sustancial del ser humano, y es por tanto la que hace “humana” a la materia del cuerpo del hombre, y si la materia del fruto de la concepción ya tiene las características biológicas propias de la especie humana, entonces es lógico pensar que ya está allí presente el alma espiritual, y por tanto, la persona humana.

Más aún, si se tiene en cuenta la unión sustancial, y no solamente accidental, entre el alma y el cuerpo. Alma y cuerpo no son dos sustancias, sino una única sustancia: cuando decimos “alma”, estamos hablando del principio interno, metafísico, inmaterial, que vivifica y humaniza esa materia, cuando decimos “cuerpo”, estamos hablando del todo, el compuesto de alma y materia, que tiene al alma espiritual como principio interno vivificante, humanizante y personalizante.

Sobre esta base, es ciertamente chocante pensar en un cuerpo humano que existe sin poseer aún el alma espiritual. En la filosofía de la “animación retardada” que imperaba en tiempos de Santo Tomás de Aquino, parece que una consecuencia lógica es que el cuerpo, antes de recibir el alma espiritual, no es todavía humano en sentido propio. Pero parece claro que una consecuencia de esa tesis es que la materia del cuerpo, en ese caso, no debería ser la materia propia de un cuerpo humano viviente, es decir, no debería tener los 46 cromosomas propios de la especie humana, como sabemos ahora que los tiene, y como no se sabía en tiempos de Santo Tomás.

De lo contrario estaríamos diciendo que la configuración genética de la materia humana es en el fondo independiente de la forma sustancial del organismo humano, lo cual es menos comprensible en la filosofía tomista.

En definitiva, resumamos con algunas conclusiones:

En una filosofía materialista la única opción lógica posible es que la persona humana comienza a existir con la concepción.

En una filosofía espiritualista, no se puede demostrar apodícticamente ni que la persona humana comienza a existir con la concepción, ni que no lo hace.

Sin embargo, los argumentos filosóficos más fuertes, dentro de esta perspectiva, apuntan al comienzo de la existencia de la persona humana en la misma concepción, que por tanto es la tesis más probable.

Incluso quien esté en la duda, es claro que deberá inclinarse por el respeto del derecho a la vida de la persona humana que posiblemente, y aún probablemente, ya existe.