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Néstor Martínez Valls

La pasada sesión del Senado en la que se aprobó el proyecto de ley de aborto tuvo varias características salientes que la convierten en fuente casi inagotable de inspiración para el cronista sensible al valor de la vida humana.

La estricta justicia nos exige destacar ante todo, sin dudar, el hallazgo histórico de la Senadora Constanza Moreira, que, sacudiéndose el yugo de las opiniones recibidas y canonizadas por el costumbrismo de la inmensa mayoría de los especialistas en el Nuevo Testamento y la Historia Eclesiástica, derribó la creencia común de que la frase “Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”, tiene por autor literario al primer Evangelista,[1] el cual a su vez la atribuye al mismo Jesucristo, Nuestro Señor.

Con el gesto audaz de todos los que abren nuevos senderos al conocimiento sin parar mientes en los prejuicios tradicionales, la Senadora señaló a San Agustín, del siglo IV D.C., como el verdadero autor de la frase. Descontamos desde ya el desconcierto que a estas horas debe reinar entre los escrituristas y patrólogos de todo el mundo ante esta revelación inaudita de una compatriota, que enorgullece a la cultura nacional.

Uno se siente reconfortado, aún como creyente, cuando ve que la crítica de su fe y de la institución eclesiástica a la que se honra en pertenecer, está a cargo de personas realmente informadas y que no manifiestan ninguna ajenidad respecto del patrimonio cultural básico y elemental de nuestras sociedades occidentales.

Pero, indudable como ha sido su triunfo, no le ha sido fácil a la Senadora alcanzar el primer puesto, teniendo como competidores nada menos que al Dr. Gallo y al Senador Agazzi.

El primero, enfrascado en la resolución de lo que según él es el conflicto entre el derecho del hijo a la vida y el derecho de la madre a quitar la vida al hijo, fue llevado por la estricta lógica a postular la existencia de una entidad en cierto modo dual, que podríamos llamar el “complejo materno-infantil”, si no fuese por las resonancias hospitalarias o edilicias de la expresión. No se trata de eso, sino que la idea, profunda y sutil sin duda, parece ser que ni la madre ni el hijo existen en realidad, sino que en su lugar se debe reconocer una especie de simbiosis de identidades de fronteras lábiles y difusas, un complejo ontológico que tal vez se podría ilustrar con el ejemplo de la película “Matrix” o algo así.

La conclusión obvia de esta audaz concepción metafísica del Dr. Gallo es que ni la madre tiene derecho a quitar la vida al hijo, ni el hijo tiene derecho a la vida, sino todo lo contrario.

El enfoque auténticamente científico del tema no podía faltar y fue el Senador Agazzi el encargado de ponerlo sobre el tapete. La vida es un continuo, y un continuo en continuo, valga la redundancia, movimiento. La identidad no es algo que en un momento no esté dado, y al momento siguiente sí lo esté. Es de todo punto indispensable que haya muchos momentos intermedios, en los cuales la identidad ni esté ni deje de estar, sino, como ya se vio en el caso del Dr. Gallo, todo lo contrario.

Las resonancias más bien filosóficas de la argumentación no deben engañar al verdadero experto en cuestiones científicas. El Senador no dudó en sacar la consecuencia inevitable de su tesis, señalando que el origen de la vida humana podría muy bien extenderse incluso a etapas anteriores a la concepción. En la lógica de su exposición, algunos avizoramos por un instante la turbadora perspectiva de tener que discutir la despenalización de todo intento de abortar el Big Bang.

Pero así como en su momento el Poeta de la Patria hubo de recibir un premio especial fuera de concurso, debido a la excesiva extensión de su inspirada obra, de modo análogo se ha de hacer justicia a la intervención del Senador Michelini.

Hay que reconocer que aquí se llegó a rozar lo sublime. Munido de despiadada lógica, el Senador acorraló a los pro-vida a partir de la afirmación de estos últimos, según la cual el embrión humano tiene derecho a la vida y todo atentado en su contra debe ser penalizado por la ley.

Primero atacó por el lado de la llamada “reproducción asistida”, es decir, la fecundación “in vitro”. ¿Vamos a decir que en esos casos se está cometiendo homicidio contra todos los embriones sobrantes que luego de ser artificialmente producidos se desechan para poder lograr un solo embarazo capaz de llegar a término?, preguntó desafiante.

Posiblemente algo en la impavidez y extrañeza con que lo contemplaban los defensores de la vida humana lo hizo presentir que la respuesta de éstos iba a ser un “sí” sin dudas ni problemas. De hecho, ha habido importantes gestiones de diversos grupos ante la Comisión de Salud Pública de la Cámara de Representantes que trata el proyecto de ley de “reproducción asistida” que han argumentado contra el mismo precisamente, entre otras cosas, por el carácter homicida del procedimiento que se quiere, también, legalizar.

Frente a esto, Michelini decidió profundizar su argumentación. ¿Vamos a penalizar entonces la actitud de la mujer embarazada que, por ejemplo, hace ejercicio en forma desconsiderada, pudiendo con ello llegar a perjudicar la salud o incluso la vida de su hijo?

“Llevemos la lógica al extremo”, decía el Senador. Siguiendo ese mismo lema, pensemos nosotros en una mujer que lleva a su hijo ya nacido al supermercado, sabiendo que en cualquier momento un automóvil fuera de control puede subirse a la vereda y atropellarlo.

¿No es evidente la identidad esencial entre este caso y el de la mujer que decide realizarse un aborto? ¿Cómo dice, que no lo es? Bueno, tal vez llevamos la lógica demasiado al extremo. Como en todas las cosas, nunca es bueno exagerar.

¿Hemos agotado, hemos siquiera rasguñado la superficie del tesoro inagotable que se aloja en la reproducción taquigráfica de la sesión? Obviamente no. Legiones de investigadores de la historia del disparate tendrán cita obligada con esas páginas en las que se testimonia la capacidad casi infinita del intelecto humano para huir de las verdades más obvias y evidentes.

Lo único triste de todo este hilarante episodio es la sangre que mancha ahora las manos de quienes nos han hecho pasar tan buenos ratos en medio de tanta tristeza. Los 17 Senadores que levantaron la mano para aprobar la muerte legal del inocente han quedado marcados para siempre, entre nosotros, por ese gesto. Dios puede siempre perdonarlos, la Patria no.


[1] Mateo 22,15-21.