martirio-de-san-eulogio-de-cordoba

José María Iraburu

Los innumerables mártires de nuestro tiempo. El Señor “decía a todos:… Quien quiera salvar su vida [en el mundo presente], la perderá [para el mundo futuro]; y quien perdiere su vida por mi causa, la salvará.”[1]

Jesús, ciertamente, perdió su vida para dárnosla a nosotros, que estábamos muertos por la mentira; en efecto, para sustraernos de la cautividad del Padre de la Mentira, para decir la verdad que había de hacernos libres, no temió enfrentarse con sacerdotes, letrados y potentados, aún sabiendo que ellos lo conducirían a la muerte más ignominiosa.[2]

La Iglesia, esposa fiel del Crucificado, en todos los tiempos, ha seguido el ejemplo del Señor, y sus hijos, por dar al mundo la verdad divina que lo salva, no han temido afrontar persecuciones terribles, exilios, deportaciones, expolios, calumnias y la misma muerte.[3]

También la Iglesia de nuestro tiempo ha tenido innumerables mártires. De los 40 millones de mártires habidos en toda la historia de la Iglesia, cerca de 27 millones son del siglo XX, según se informó en un Symposium del Jubileo celebrado en Roma el año 2000. Juan Pablo II, en la celebración jubilar de “los testigos de la fe en el siglo XX”, dijo:

“La experiencia de los mártires y de los testigos de la fe no es característica sólo de la Iglesia de los primeros tiempos, sino que marca también todas las épocas de su historia. En el siglo XX, tal vez más que en el primer período del cristianismo, son muchos los que dieron testimonio de la fe con sufrimientos a menudo heroicos. Cuántos cristianos, en todos los continentes, a lo largo del siglo XX, pagaron su amor a Cristo también derramando su sangre. Sufrieron formas de persecución antiguas y recientes, experimentaron el odio y la exclusión, la violencia y el asesinato. Muchos países de antigua tradición cristiana volvieron a ser tierras donde la fidelidad al Evangelio se pagó con un precio muy alto…

¡Y son tantos!… Bajo terribles sistemas opresores, que desfiguraban al hombre, en los lugares de dolor, entre durísimas privaciones, a lo largo de marchas insensatas, expuestos al frío, al hambre, torturados, sufriendo de tantos modos, ellos manifestaron admirablemente su adhesión a Cristo muerto y resucitado…

Que permanezca viva la memoria de estos hermanos y hermanas nuestros a lo largo del siglo y del milenio recién comenzados. Más aún ¡que crezca!”[4]

Los mártires cristianos antiguos y actuales, como Cristo, aceptan “perder su vida” en este mundo por causa del Reino de Dios. No buscan “salvar su vida” a toda costa, menos aún pretenden situarse confortablemente en el siglo presente, aceptando para ello las complicidades que sean precisas en pensamientos y costumbres. Entienden bien que, siendo luz en medio de tinieblas, han de ser distintos del mundo. Entienden claramente que no es posible ser discípulo de Jesús sin tomar cada día la cruz. No piensan, ni de lejos, evaluar el cristianismo considerando su eventual éxito o fracaso en este mundo. Tampoco se les pasa por la mente despreciar a la Iglesia cuando la ven rechazada y perseguida por los paganos. No sueñan siquiera que pueda ser lícito omitir o negar aquellas doctrinas o conductas que vienen exigidas por el Evangelio, pero que traen consigo marginación, penalidades y muerte. Y están dispuestos a perder prestigio, familia, situación social y económica o la misma vida con tal de seguir unidos a Cristo, colaborando así con Él en la salvación del mundo.

Los innumerables apóstatas de nuestro tiempo 

En todos los siglos, sin embargo, ha habido cristianos que han rechazado el martirio, avergonzándose de la Cruz de Cristo y quebrantando así el seguimiento del Redentor. Según tiempos y circunstancias, han sido llamados lapsi, caídos, apóstatas, cristianos infieles. En todos los tiempos los ha habido, y siempre los habrá, hasta que Cristo vuelva. Pero por lo que se refiere al rechazo del martirio en nuestra época, hay que hacer notar varias características propias:

Primera. No se halla en la historia de la Iglesia un período en el que la apostasía haya sido tan numerosa como en nuestro tiempo. Son incontables los cristianos de nuestra época que han apostatado de la fe, que han despreciado los mandamientos de Jesús, que han aceptado el sello de la Bestia mundana en la frente y en la mano, en el pensamiento y la acción, y que se han alejado masivamente de la Penitencia y de la Eucaristía, es decir, que se han desconectado de la Pasión y Resurrección del Señor, abandonando así la vida de la gracia y de la Iglesia.

Y estos innumerables cristianos lapsi (caídos), al menos en muchos países ricos de antigua filiación cristiana, se han alejado de Cristo no tanto perseguidos por el mundo, sino más bien seducidos por él, es decir, engañados por el Padre de la Mentira. He tratado de este tema con cierta amplitud en el libro De Cristo o del mundo.[5]

En efecto, hoy, especialmente en los países más ricos, ha crecido tanto el pecado del mundo que ya los cristianos, para guardar la fidelidad a Jesucristo, se ven en la necesidad de ser mártires, es decir, se ven obligados a desmundanizarse, a distinguirse netamente del mundo en que viven. Y son realmente muchos los bautizados que, antes que ser mártires, han preferido ser apóstatas. Han dejado de seguir a Cristo, porque la cruz necesaria para ello se les hacía demasiado pesada. Muchas veces, incluso, como veremos, se han sentido con derecho a evitar el martirio; más aún, con la obligación de eludirlo. No sólo para evitar grandes males, sino por el mismo bien de la Iglesia.

Segunda. Es de notar que muchos de los apóstatas de nuestro tiempo han ido perdiendo su fe sin darse cuenta, sin renegar de ella conscientemente. La han ido perdiendo, en la mayoría de los casos, poco a poco, en una gradualidad casi imperceptible. Simplemente, se han mundanizado de tal modo en sus pensamientos y costumbres que, sin apenas notarlo, han dejado los sacramentos, los mandamientos, finalmente la fe, y han abandonado así, sin apenas trauma alguno, la Iglesia de Cristo. Viviendo según el espíritu del mundo, se han cerrado al Espíritu Santo. Y rechazando ser mártires, han venido a ser apóstatas; irremediablemente.

Ya dice el Apóstol que es preciso “sostener el buen combate con fe y buena conciencia; y algunos que perdieron ésta, naufragaron en la fe”. Son cristianos que no supieron “guardar el misterio de la fe en una conciencia pura.”[6]

Tercera. El gran crecimiento del pelagianismo y del semipelagianismo entre los católicos actuales ha dado a éstos una aparente “justificación” doctrinal y moral para evitar el martirio. Esta justificación ideológica del anti-martirio es relativamente nueva en la historia de la Iglesia, y por eso habremos de estudiarla con particular atención. En otros siglos, la negación del martirio era captada normalmente como un gran pecado de traición a Cristo y de abandono de la Iglesia. Hoy, por el contrario, el deber principal del cristiano y de la Iglesia es, al parecer, evitar el martirio. Y antes, por supuesto, evitar la misma persecución. Que ésta no se de.

Causas hoy principales del rechazo del martirio

Muchas causas pueden llevar al cristiano a rechazar el martirio. Aquí señalaré brevemente las que estimo principales. Unas han estado presentes en todos los siglos; otras, en cambio, han obrado más especialmente en un tiempo y lugar determinados. Y por otro lado, las causas de siempre son captadas con matices muy peculiares en cada época. A mi juicio, en  nuestro tiempo, la fuga masiva del martirio entre los cristianos se debe principalmente: (1) a la falta de devoción a la cruz y pasión de Cristo, (2) al aumento acelerado de las riquezas, (3) al auge del pelagianismo y del semipelagianismo, y (4) al relativismo cultural generalizado por el liberalismo.

El horror a la cruz

La devoción a la Pasión de Cristo ha sido tradicionalmente el centro de la devoción cristiana. Entre los primeros cristianos, concretamente, la conciencia de ser discípulos del Crucificado les daba facilidad para entender el misterio del martirio y para recibirlo, llegada la hora, con fidelidad. Es cierto que la terrible dureza del martirio ocasionó a veces entre ellos no pocas deserciones. Pero normalmente los desertores (lapsi), lo mismo que sus pastores, familiares y amigos, eran conscientes de que tal deserción era un gran pecado; se daban, pues, cuenta de que, rechazando la cruz en la hora de la persecución, habían roto culpablemente el seguimiento del Crucificado. Por eso, reconociendo su grave culpa, llegaban muchas veces a la conversión y volvían a la Iglesia.

Estos cristianos, al aceptar la fe y bautizarse, ya sabían que si Cristo fue perseguido, ellos también iban a serlo.[7] La persecución y la muerte les hacía sufrir, pero no les causaba perplejidad alguna: ya sabían lo que hacían al decidirse a ser discípulos del Crucificado, Salvador del mundo. La deserción, pues, del martirio era vivida como un grave pecado.

En cambio, muchos cristianos modernos de tal modo ignoran el misterio de la Cruz de Cristo, que no quieren saber nada de ella, pensando que también ellos, como los hombres mundanos, tienen derecho a evitarla como sea. Ellos quieren realizarse plenamente en este mundo, sin obstáculos o limitaciones, y estiman que si aceptan ciertas cruces echarían a perder sus vidas. Eso de “perder la propia vida”, “tomar la cruz y seguir” a Jesús, etc., les parece una locura, o bien modos semíticos de hablar, que deben ser interpretados negando su sentido verdadero. No aceptan de ningún modo y en ninguna circunstancia, si llega el caso, “arrancarse” un ojo, una mano, un pie. Jamás puede darse en la vida cristiana una circunstancia en la que esas pérdidas vengan a ser una obligación moral grave. Ellos, en fin, de ningún modo están dispuestos a sufrir por Cristo y por su propia salvación. Ni siquiera un poquito.

Y lo peor, lo más decisivo, es que estos apóstatas actuales tienen no pocos maestros espirituales que no sólo justifican, sino que recomiendan positivamente su actitud. Son los teólogos y pastores que les enseñan trucos morales para poder cometer graves pecados con buena conciencia. “Guías ciegos que guían a otros ciegos.”[8] Para estos maestros, un cristianismo signado por la cruz y el martirio viene a ser un cristianismo fanático e impracticable. O solamente viable para unos pocos elegidos.

Estos maestros del error “no sirven a nuestro Señor Cristo, sino a su vientre, y con discursos suaves y engañosos seducen los corazones de los incautos.”[9] “Son enemigos de la cruz de Cristo. El término de éstos será la perdición, su Dios es el vientre, y la confusión será la gloria de los que tienen el corazón puesto en las cosas terrenas.”[10]

Aquellos martirios, por ejemplo, que en ocasiones son necesarios para guardar heroicamente la santidad de la vida conyugal, han sido eludidos por muchos cristianos con buena conciencia, gracias a las falsas enseñanzas de no pocos moralistas actuales, que les han enseñado a “guardar la propia vida” por encima de todo, es decir, a realizar con buena conciencia actos que son grave e intrínsecamente malos: “Dios no puede exigiros eso”, “el Señor quiere que seáis felices”, “podéis hacerlo en buena conciencia, como un mal menor”, “la encíclica del Papa no es infalible, y vosotros, en todo caso, debéis regiros por vuestra conciencia”, etc.

La seducción de un mundo lleno de riqueza

Hemos de tener hoy muy en cuenta, sin olvidarlo nunca, que el mundo jamás ha tenido una época de riqueza económica tan grande y tan generalizada como la que en nuestro tiempo se ha dado en un tercio o un cuarto de la humanidad.

Pues bien, especialmente en esos países ricos de nuestro tiempo es donde más cuantiosa ha sido la apostasía. Muchos cristianos en esos pueblos, teniendo que elegir necesariamente entre dar culto a Dios o dar culto a las Riquezas, han elegido a éstas. No hay apenas vocaciones, pues los fieles no están dispuestos a “dejarlo todo” para seguir a Cristo.[11] No hay fidelidad a los mandamientos divinos, porque los bautizados de ningún modo aceptan “perder la propia vida” por causa de su Nombre.[12] En este sentido, a muchos cristianos de nuestro tiempo les ha pasado lo mismo que a aquel joven rico que se negó a seguir a Cristo: “se fue triste, porque tenía muchos bienes.”[13]

El pelagianismo y el semipelagianismo

El voluntarismo, en cualquiera de sus formas –pelagianismo, semipelagianismo– es otro gran condicionante del rechazo actual del martirio.

Los católicos, como discípulos humildes de Jesús, saben que todo el bien es causado por la gracia de Dios, y que el hombre colabora en la producción de ese bien dejándose mover libremente por la moción de la gracia, es decir, dejando que su energía sea activada por la energía de la gracia divina. Dios y el hombre se unen en la producción de la obra buena como causas subordinadas, en la que la principal es Dios y la instrumental y secundaria el hombre.

Por eso, al combatir el mal y al promover el bien bajo la acción de la gracia, no temen verse marginados, encarcelados o muertos. Llegada la persecución –que en uno u otro modo es continua en el mundo–, ni se les pasa por la mente pensar que aquella fidelidad martirial, que puede traerles desprecios, marginaciones, empobrecimientos, desprestigios y disminuciones sociales o incluso la pérdida de sus vidas, va a frenar la causa del Reino en este mundo. Están ciertos de que la docilidad incondicional a la gracia de Dios es lo más fecundo para la evangelización del mundo, aunque eventualmente pueda traer consigo proscripciones sociales, penalidades y muerte. Están, pues, prontos para el martirio.

El voluntarismo antropocéntrico, por el contrario, en los últimos siglos ha producido un falso cristianismo, que ignora la primacía de la gracia, y que hace pensar a muchos cristianos que la obra buena, en definitiva, procede sólo de la fuerza del hombre (pelagianismo), o a lo más procede “en parte” de Dios y “en parte” del hombre (semipelagianismo). En este último caso, Dios y el hombre se unen como causas coordinadas para producir la obra buena, la cual procede en parte de Dios y en parte del hombre.

Y lógicamente, en esta perspectiva voluntarista, los cristianos, tratando de proteger la parte suya humana, no quieren perder la propia vida o ver disminuida su fuerza y prestigio; más aún, estiman imposible que Dios quiera hacer unos bienes que puedan exigir en los fieles marginación, persecución o muerte. Dios “no puede querer” en ninguna circunstancia que el hombre se arranque el ojo, la mano o el pie, pues esta disminución de la parte humana debilitaría necesariamente la obra de Dios.

En consecuencia, rehuyen el martirio como sea, en principio, en cualquiera de sus formas. Y lo hacen con buena conciencia. Es decir, pelagianos y semipelagianos, y tantos otros que les son próximos, rehuyen sistemáticamente el martirio: tratan por todos los medios de estar bien situados y considerados en el mundo; procuran, haciéndose cómplices al menos pasivos de tantas abominaciones mundanas, estar a bien con los poderosos del mundo presente. Así, de este modo, podrán servir mejor a Dios en la vida presente. “Salvando su vida” en este mundo, esperan conseguir que la “parte” humana que les corresponde colabore mejor y más eficazmente con la “parte” de Dios en la salvación del mundo.

Igualmente la Iglesia, en su conjunto, debe evitar cualquier enfrentamiento con el mundo, debe eludir cuidadosamente toda actitud que pueda desprestigiarla o marginarla ante los mundanos, o dar ocasión a persecuciones, pues una Iglesia debilitada y mártir no podrá en modo alguno servir en el siglo presente la causa del Reino. Esto es lo que muchos piensan con una ceguera que está influida por el Padre de la Mentira.

La Iglesia, y cada cristiano, según esto, deben evitar por todos los medios las trágicas miserias y disminuciones que trae consigo el martirio en este mundo. Deben evitarlas por amor a Cristo, por amor a los hombres. El martirio de un cristiano o de la Iglesia es algo pésimo: es una pérdida de influjo social, de posibilidad de acción, de imagen atrayente; es una miseria, no tiene ninguna gracia. El martirio es malo incluso para la salud…

En el libro mío que antes he citado describo este lamentable proceso:

“La Iglesia voluntarista,  puesta en el mundo en el trance del Bautista, “se dice a sí misma: “no le diré la verdad al rey, pues si lo hago, me cortará la cabeza, y no podré seguir evangelizando”. Por el contrario, sabiendo que la salvación del mundo la obra Dios, la Iglesia [la Iglesia verdadera de Cristo] dice y hace la verdad, sin miedo a verse pobre y marginada. Y entonces es cuando, sufriendo persecución, evangeliza al mundo.

El cristianismo semipelagiano [y más aún el pelagiano] entiende que la introducción del Reino en el mundo se hace en parte por la fuerza de Dios y en parte por la fuerza del hombre. Y así estima que los cristianos, lógicamente, habrán de evitar por todos los medios aquellas actitudes ante el mundo que pudieran debilitar o suprimir su parte humana –marginación o desprestigio social, cárcel o muerte–.

Y por este camino tan razonable se va llegando poco a poco, casi insensiblemente, a silencios y complicidades con el mundo cada vez mayores, de tal modo que cesa por completo la evangelización de las personas y de los pueblos, de las instituciones y de la cultura. ¡Y así actúan quienes decían estar empeñados en impregnar de Evangelio todas las realidades temporales!

No será raro así que al abuelo, piadoso semipelagiano conservador, le haya salido un hijo pelagiano progresista; y es incluso probable que el nieto baje otro peldaño, y llegue a la apostasía.”[14]

En fin, únicamente los católicos, “perdiendo la propia vida”, se inscriben en el glorioso gremio de los mártires; uniéndose al Crucificado, se configuran al Resucitado, y así dan fruto y transforman el mundo con la fuerza de Dios, que llega al máximo en la suprema debilitación del hombre mártir. Los pelagianos o semipelagianos, por el contrario, evitan decididamente el martirio con buena conciencia –conflicto de valores, moral de actitudes, opción por el mal menor, situacionismo, consecuencialismo, etc.–, porque así, “guardando la propia vida”, conservan fuerte la parte humana, que por sí sola (pelagianismo) o unida a la parte de la acción de la gracia de Dios (semipelagianismo) introduce en el mundo los bienes del Reino.

El liberalismo

En el siglo XIX, como consecuencia de la Ilustración, se generaliza el liberalismo, que afirma la libertad humana en sí misma, sin sujeción alguna a la verdad objetiva, al orden natural y a la ley divina. Viene a ser, pues, un naturalismo militante, un ateísmo práctico, una rebelión contra Dios: “seréis como dioses.”[15] León XIII pone bien de manifiesto la irreligiosidad congénita del liberalismo.[16] Y Pío XI demuestra que socialismo y comunismo son hijos naturales del liberalismo.[17]

Pues bien, cuando el pensamiento filosófico y religioso del liberalismo alcanza a difundirse ampliamente en el mundo de antigua filiación cristiana por medio de las democracias liberales, el martirio va eliminándose de la vida del pueblo cristiano, porque habiéndose éste mundanizado, asimila unos marcos mentales –muchas veces inconscientes– que lo hacen prácticamente imposible. He aquí algunos:

La aversión al héroe y la veneración consecuente del hombre normal –se entiende: estadísticamente normal; que está lejos, sin embargo, de ser conforme a la norma–. Este culto a la normalidad, en sus formas más radicales, llega incluso a promover la admiración del anti-héroe. En esta perspectiva liberal e igualitaria, el mártir, que no se doblega a la ortodoxia vigente del mundo, es un fanático, un raro, un inadaptado. Asumiendo esta perspectiva, para los cristianos mundanizados, el cristiano fiel al Evangelio, y por tanto muy distinto del mundo en pensamientos y costumbres, es un mal cristiano.

El relativismo doctrinal y moral. Ya se comprende que si nadie tiene la verdad, si existen en la mentalidad liberal muchas “verdades” contradictorias entre sí, igualmente válidas, queda eliminada la posibilidad del martirio. En efecto, el mártir, entregando su vida para afirmar la verdad inmutable y universal de una doctrina y la unicidad de un Salvador, no es más que un pobre iluso, un fanático. ¿Qué se ha creído, para dar su vida por la verdad? ¿Acaso estima, pobre ignorante, que tiene el monopolio de ella frente a todos?

La estimación mercantil de la persona humana. Erich Fromm analizaba cómo, con frecuencia, el hombre moderno se estima y se aprecia a sí mismo “como una mercancía, y al propio valor como un valor de cambio.”[18] El cristiano que asume –muchas veces sin saberlo– esta actitud mundana actual, se prohíbe en absoluto hacer todo aquello que el mundo desprecia, persigue y condena, porque si lo hiciera se sentiría devaluado e inútil.

Pero adviértase bien que eso no lo hace necesariamente por cobardía o por oportunismo –aunque a veces también pueda hacerlo por eso–. Hay más en su desvío del Evangelio. Y es que, experimentándose a sí mismo “como vendedor y, al mismo tiempo, como mercancía, su autoestima depende de condiciones fuera de su control. Si tiene éxito, es valioso; si no lo tiene, carece de valor.”[19] Es decir, si sus pensamientos y caminos difieren de los de la inmensa mayoría y son, pues, rechazados, deja de creer en ellos, o al menos vacila mucho en su convicción, y desde luego no está dispuesto a sacrificar su prosperidad mundana, y menos su vida, por esas verdades.

Cuando el bien y el mal son dictados por la mayoría, trátese de una mayoría real o ficticia, inducida por los poderes mediáticos y políticos, el martirio aparece como una opción morbosa, excéntrica, opuesta al bien común, insolidaria con la sociedad general.

Según esta visión –insisto, muchas veces inconsciente– el obispo, el rector de una escuela o de una universidad católica, el político cristiano, el párroco en su comunidad, el teólogo moralista en sus escritos, es un cristiano impresentable, que no está a la altura de su misión, si por lo que dice o lo que hace ocasiona grandes persecuciones del mundo. Con sus palabras y obras, es evidente, desprestigia a la Iglesia, le ocasiona odios y desprecios del mundo, dificulta, pues, las conversiones, y es causa de divisiones entre los cristianos. Debe, por tanto, ser silenciado, marginado o retirado por la misma Iglesia. Aunque lo que diga y haga sea la verdad y el bien, aunque sea el más puro Evangelio, aunque guarde perfecta fidelidad a la tradición católica, aunque diga o haga lo que dijeron e hicieron todos los santos. Fuera con él: no queremos mártires. En la vida de la Iglesia los mártires son un lastre, una vergüenza, un desprestigio. No deben ser tolerados, sino eficazmente reprimidos por la misma Iglesia.

Si el martirio implica un fracaso total –la cruz del Calvario–, si es un rechazo absoluto del mundo, está claro que el martirio es algo sumamente malo, algo que debe evitarse como sea. Por el mismo bien de la Iglesia.

La fuga del martirio es muy triste

Podría pensarse que la Iglesia evitadora del martirio, la que “guarda su vida” en este mundo, sería una Iglesia próspera y alegre en la vida presente. Pero eso es como suponer que la esposa infiel, que se entrega al adulterio, será una mujer alegre. No, es todo lo contrario; es una mujer muy triste. Lo que alegra el corazón humano es el amor, la fidelidad, la abnegación, la entrega en el amor. Por el contrario, la infidelidad es traición al amor, y sólo puede traer tristeza.

“En verdad, en verdad os digo que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, quedará solo; pero si muere, llevará mucho fruto. El que ama su vida, la pierde; pero el que aborrece su alma en este mundo la guardará para la vida eterna.”[20] Es así. No puede ser de otro modo. Lo vemos comprobado cada día en la vida de los obispos o sacerdotes mártires, que son testigos fieles y veraces, en los matrimonios verdaderamente católicos, en los religiosos realmente coherentes a su profesión evangélica…

Es así y no puede ser de otro modo. Los mártires son alegres y los apóstatas son tristes. Esto ha sido así siempre. Recordemos, por ejemplo, cómo esta realidad es claramente consignada en las actas de los mártires de Lyon y Vienne (177). Pero lo comprobamos también hoy cada día. El cristianismo que silencia la cruz y se avergüenza de ella es el más triste e infecundo, es el más débil en el amor y en las obras…

Qué Iglesia tan triste y languideciente aquella en la que los pastores predican “prudentemente”, procurando “guardar su vida” y su consideración ante el mundo, evitando en absoluto todo lo que pudiera producir un choque frontal con él, un estrellamiento martirial. De otro modo podría el mundo ridiculizarles, marginarles, cortarles incluso la cabeza, como a Juan Bautista, ¿y quién cuidaría entonces en este tiempo presente, tan hostil, de la Iglesia de Dios? Son pastores, por otra parte, que, del mismo modo que guardan su propia vida con toda solicitud, tienen buen cuidado en “guardar la vida de la Iglesia” en este mundo, evitando toda afirmación de la verdad y, sobre todo, toda denuncia de los pecados del mundo que a éste pueda molestarle. Ésa estiman que es la moderación pastoral prudente, que deben seguir en conciencia, por el bien de la Iglesia.

Qué Iglesia tan triste y languideciente aquella  en la que los políticos cristianos siguen el “prudente” ejemplo de aquellos pastores, de tal modo que ya en nada se nota que son políticos cristianos: en nada le son molestos al mundo. Y lo mismo los periodistas y los teólogos, los maestros y profesores. Y los padres de familia. Unos y otros, todos, aunque difieran en muchas otras cuestiones, coinciden de forma unánime en esta convicción: el deber principal del cristiano y de la Iglesia en este mundo es evitar como sea el martirio… “guardar la vida” cuidadosamente, para gloria de Dios, por supuesto, y para bien de los hombres.

Cristianismo sin Cruz o con Cruz

El Cristianismo sin Cruz, que se avergüenza del martirio, es una caricatura tristísima del Cristianismo. No hay en él conversiones, ni hay mártires; no puede haberlos. Los matrimonios no tienen hijos, ni surgen vocaciones para la vida sacerdotal, religiosa o misionera. No hay fuerza de amor para perseverar en el amor célibe o en el amor conyugal, desfallece la generosidad y la entrega, falta impulso para obras grandes, se ve imposible la profesión de unos votos religiosos perpetuos… Todo se hace en formas cuidadosamente medidas y tasadas, oportunistas y moderadas, sin el impulso crucificado del amor de Cristo, que es entrega apasionada, “locura y escándalo.”[21]

El Cristianismo sin Cruz, evitando el martirio, espera ser más fuerte y atrayente. Pero eso es como si a un hombre se le quita el esqueleto, alegando que el esqueleto es feo y triste. Queda entonces privado sin duda de toda belleza, fuerza y armonía; queda reducido a un saco informe de grasa.

Ésta es la perspectiva miserable de ciertos moralistas tenidos por católicos, para los cuales una doctrina moral no puede ser verdadera si en ocasiones implica cruz. Ellos enseñan trucos –conflictos de valores o de bienes, males menores, etc.– para rechazar en estos casos la cruz con buena conciencia.

Aplican esto, p. ej., a la moral conyugal, a la anticoncepción, a la práctica de la homosexualidad, a la posibilidad de divorcio o de acceso de los divorciados a la comunión eucarística, etc. Y el mismo criterio aplicarán para resolver sin cruz casos extremos, como el de un joven casado que se ve abandonado por su esposa. Es previsible que le digan: “a un casado joven como tú, abandonado por su esposa, Dios no le puede pedir que se mantenga célibe desde los treinta años hasta la muerte. Vete, pues, buscando arreglar tu vida con una buena esposa. Tienes derecho a rehacer tu vida. El Señor es bueno y misericordioso, te ama y quiere que seas feliz”, etc. Con una asesoría moral como ésta, podrá el joven casado establecer una relación adúltera con buena conciencia.

Esos nuevos moralistas –y tan “nuevos”–, en una situación extrema, en la que no es posible ser cristiano sin ser mártir, no ven el martirio como un excelso don de Dios, que se ha de recibir con fidelidad y gratitud: en efecto, por don de Dios, el hombre, en esa situación límite dispuesta por la Providencia con todo amor, va a ser asistido por la gracia para realizar unos actos intensos y heroicos de virtud, que de otro modo nunca hubiera realizado. No, ellos, como buenos pelagianos, no ven en esa situación tan dura sino la exigencia de un esfuerzo del hombre, de un esfuerzo tan arduo que Dios no puede exigirlo al hombre. No entienden nada: “alardeando de sabios, se hicieron necios.”[22]

Ya hemos visto que el pelagianismo y el semipelagianismo son una de las causas fundamentales de la actual evitación sistemática –en conciencia– del martirio.

Los que así piensan, consideran dura, sin misericordia y, por tanto, falsa la doctrina moral católica. No tienen la menor idea de que los cristianos, como “corderos en el Cordero pascual”, estamos llamados a completar en nuestra carne lo que falta a la pasión de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia.[23] Por eso, “con lágrimas os digo que éstos son enemigos de la Cruz de Cristo. El término suyo será la perdición.”[24]

El Cristianismo con Cruz. Nosotros, por el contrario, predicamos “a Cristo Crucificado, escándalo para los judíos, locura para los gentiles, pero fuerza y sabiduría de Dios para los llamados, ya judíos, ya griegos.”[25] Es decir, nosotros predicamos el martirio.

Y sabemos ciertamente, a priori y también a posteriori, que el cristianismo centrado en la Cruz de Cristo es un cristianismo alegre, fuerte, fecundo, expansivo, coherente, luminoso, atrayente.

En él los pastores dicen la verdad siempre y en todo, sin miedo a nada; no se ven afectados ante el mundo ni por temores ni por complejos, luchan fuertemente contra los lobos que acechan a sus ovejas, muestran siempre el camino de la salvación, que es el mismo Cristo, y avisan inmediatamente de los peligros, en cuanto se produce alguna desviación. En él los teólogos y predicadores son fuentes inagotables, que manan la doctrina bíblica y tradicional de la Iglesia. Hay en ese cristianismo matrimonios unidos y estables, matrimonios que tienen hijos y que respetan la santidad de la unión conyugal consagrada, hay castidad en el celibato y entre los esposos, hay vocaciones numerosas…

En fin, es una gracia de Dios muy grande entender y vivir que toda la vida cristiana es una participación continua en la pasión y la resurrección de Cristo, y que todo lo que la integra –el bautismo, la penitencia, la eucaristía, el hacer el bien y el padecer el mal, el martirio en cualquiera de sus modos–, todo forma una unidad armoniosa, en la que unas partes completan las otras, y se potencian mutuamente. Y que el centro, la fuente, la cima de toda la vida cristiana es el Sacrificio eucarístico, el memorial perenne de la pasión y resurrección de Cristo.[26]


[1] Lucas 9,24; Mateo 16,25; Marcos 8,35.

[2] José María Iraburu, El martirio de Cristo y de los cristianos, Fundación Gratis Date, Pamplona, cap. 1 y 2.

[3] Ibid. cap. 3 y 4.

[4] 7 de mayo de 2000.

[5] Fundación Gratis Date, Pamplona 1997.

[6] 1Timoteo 1,19; 3,9.

[7] Juan 15,18ss.

[8] Mateo 15,14.

[9] Romanos 16,18.

[10] Filipenses 3,18-19.

[11] Lucas 14,26-27.33; 18,28-29.

[12] Lucas 9,24.

[13] Mateo 19,22.

[14] De Cristo o del mundo, 137.

[15] Génesis 3,5.

[16] Libertas, 1888.

[17] Divini Redemptoris, 1937.

[18] Ética y psicoanálisis, México 1969, 82.

[19] Ibid., 86.

[20] Juan 12, 24, 25.

[21] 1 Corintios 1,23.

[22] Romanos 1,12.

[23] Colosenses 1,24.

[24] Filipenses 3,18.

[25] 1Corintios 1,23-24.

[26] Concilio Vaticano II: Sacra Congregatio, 5-6. || La Cruz se alza en el centro del jardín del Señor, y es el árbol que da frutos más dulces y abundantes. José María Iraburu, El martirio de Cristo y de los cristianos, Fundación Gratis Date, Pamplona, Cap. 7, pp. 104-112.