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Graham Greene

El poder y la gloria es probablemente la novela más famosa de Graham Greene. En la persecución mexicana, el último sacerdote en uno de los Estados de México es un alcohólico que tiene una hija y que elude a la policía mientras celebra Misa en forma clandestina y escucha confesiones, sintiéndose continuamente en pecado mortal. Finalmente lo atrapan y lo fusilan. Contra todas las reglas de la urbanidad literaria, transcribimos aquí el final de la novela. Hay por ahí un muchacho que se aburre con las lecturas piadosas que su madre le hace de la vida de un joven mártir, y que se había sentido muy halagado en su momento cuando el teniente que finalmente ha dado el tiro de gracia al sacerdote le había permitido jugar con su revólver en la plaza. El teniente quería un mundo mejor para los muchachos como él, y mataba para conseguirlo. Más allá de alguna exageración teológica que otra, un grande, sin duda, Graham Greene.

Lic. Néstor Martínez Valls

 

Y ahora –la voz de la mujer engreíase triunfal, y las dos niñas con ojos como abalorios contenían la respiración– el gran día de la prueba había llegado.

Incluso el muchacho demostraba interés, de pie junto a la ventana, mirando a la oscura calle, desierta desde el toque de queda. Aquél era el último capítulo, y en el último capítulo las cosas siempre ocurren con violencia. Acaso toda la vida era como aquélla: tedio y al final una ráfaga heroica.

Cuando el jefe de Policía llegó a la celda de Juan, le halla de rodillas orando. No había dormido en absoluto, sino que había empleado su última noche en prepararse para el martirio. Se sentía tranquilo y dichoso, sonriendo al jefe de Policía, le preguntó si venía para conducirle al festín. Incluso aquel hombre malvado, que había perseguido a tanta gente inocente, se hallaba visiblemente emocionado.

“Si al menos aquello condujera al fusilamiento”, pensaba el muchacho; el fusilamiento siempre le excitaba y le hacía esperar con ansiedad el coup de grâce.

Le condujeron al patio de la cárcel. No hubo necesidad de atar aquellas manos ocupadas con el rosario. En el pequeño recorrido hasta el muro de ejecución, ¿reflexionó el joven Juan en aquellos cortos y felices años que había empleado con tanta valentía? ¿Recordó los días del seminario, las cariñosas reprimendas de los mayores, la disciplina formadora; los días, además, de frivolidad en que representó el papel de Nerón en presencia del anciano obispo? Nerón estaba allí a su lado, y aquél era el anfiteatro romano.

La voz de la madre se enronqueció un poco; manoseaba las páginas restantes con rapidez; el relato no merecía ser interrumpido, y lo apresuraba más y más.

Llegado a la pared, Juan dio media vuelta y empezó a rezar, no por él, sino por sus enemigos, por el piquete de soldados indios, pobres inocentes, que tenía enfrente, y hasta por el mismo jefe de Policía. Levantó la cruz que pendía de su rosario y pidió que Dios los perdonara, iluminara su ignorancia y al fin les llevara, como a Saulo el perseguidor, al reino eterno.

–¿Habían cargado? –preguntó el muchacho.

–¿Qué quieres decir con eso de si habían cargado?

–¿Por qué no disparaban y le hacían callar?

–Porque Dios decidió de otro modo.

Tosió y continuó:

El oficial dio orden de preparar armas. En aquel momento una sonrisa de felicidad y adoración completas cruzó la cara de Juan. Fue como si viera los brazos de Dios abiertos para recibirlo. Siempre había dicho a su madre, la buena y hacendosa ama de casa, lo tendré todo limpio allá arriba para cuando llegue usted. El momento había llegado, el oficial dio la voz de fuego y…

Había leído demasiado de prisa, porque la hora de acostar a las niñas había pasado ya, y sentíase contrariada por un acceso de hipo.

Fuego –repitió–, y…

Las dos niñas permanecían, muy plácidas, una junto a otra; parecían casi dormidas; aquélla era la parte del libro que nunca les importó gran cosa; lo soportaban a cuenta de la función de teatro de aficionados y de la primera comunión, y también por la hermana que se hace monja y dirige una despedida emocionante a su familia en el tercer capítulo.

Fuego –volvió a ensayar la madre–, y Juan, levantando los dos brazos por encima de su cabeza, gritó con voz intrépida a los soldados y a los apuntados fusiles. ¡Viva Cristo Rey! Un instante después cayó acribillado por doce balas, y el oficial, inclinándose sobre su cuerpo, le puso el revólver junto al oído y apretó el gatillo.

Llegó un largo suspiro desde la ventana.

No era necesario este último tiro. El alma del joven héroe había dejado ya su terrena mansión, y la sonrisa feliz del rostro inanimado decía, incluso a los ignorantes aquellos, dónde podrían encontrar a Juan desde entonces. Uno de los presentes sintióse tan conmovido por su comportamiento, que secretamente empapó su pañuelo en la sangre del mártir, y aquella reliquia, cortada en cientos de pedazos, fue repartida en muchos honores piadosos.

–Y ahora –la madre cambió de tono con rapidez–, a la cama.

–Ése que han fusilado hoy –inquirió lentamente el muchacho–, ¿era un héroe también?

–Sí.

–¿Es el que estuvo con nosotros aquella vez?

–Sí. Es uno de los mártires de la Iglesia.

–Echaba un tufillo muy raro –observó una de las niñas.

–No debes de volver a decir eso jamás –le reconvino la madre–. Acaso sea un santo.

–¿Debemos rezarle entonces?

La madre vaciló.

–No haría ningún daño. Desde luego, antes de “conocer” que es un santo, tendrán que ocurrir milagros…

–¿Gritó “Viva Cristo Rey”? –preguntó el muchacho.

–Sí. Fue uno de los héroes de la fe.

–¿Y empapó alguien un pañuelo en su sangre? –continuó el muchacho.

La madre dijo, reflexionando:

–Tengo motivos para creer… la señora Jiménez me dijo… creo que si vuestro padre quiere darme dinero, me arreglaré para obtener una reliquia.

–¿Eso cuesta dinero?

–¿Cómo iba de otro modo a distribuirse? No puede tener un pedazo todo el mundo.

–¿No?

Se acurrucó junto a la ventana mirando al exterior. A su espalda se oía el ruido apagado de las niñas acostándose. Aquello le hacía comprender a uno que habían tenido un héroe en la casa, aunque sólo fuera por veinticuatro horas. Y era el último. No quedaban más curas ni más héroes. Escuchó con resentimiento el ruido de unas botas subiendo por el adoquinado. La vida cotidiana le rodeaba y le oprimía. Bajó del asiento de la ventana y cogió su bujía. Zapata, Villa, Madero y todos los demás habían muerto, y quienes los habían matado eran gente como el hombre que pasaba por la calle. Sentíase defraudado.

El teniente llegaba pisando el empedrado. En su andar había algo vivaz y obstinado, como si a cada paso dijera: “hice lo que hice”. Miró al chico que sostenía la bujía, sin reconocerle del todo. Dijo para sí: “Yo quisiera hacer mucho más por él y por ellos, mucho más; la vida nunca volverá a ser para ellos lo que fue para mí”. Pero el amor dinámico que solía mover el disparador de su revólver sentíase aplastado y muerto. “Por supuesto, volverá”, pensaba él. Era como el amor de una mujer que iba por rachas. Aquella mañana se había satisfecho: eso era todo. Un hartazgo. Sonrió penosamente al chico de la ventana y le dijo:

–Buenas noches.

El muchacho le miraba la pistolera y él se acordó de un incidente en la plaza, durante el cual había permitido a un chico tocar su revólver, tal vez era el mismo. Volvió a sonreír y lo tocó también para demostrarle que se acordaba, pero el muchacho arrugó la cara y escupió entre los barrotes de la ventana, con precisión, de modo que una burbuja pequeña de saliva cayó en la culata del revólver.

El muchacho atravesó el patio para acostarse. Tenía un cuartito oscuro con una cama de hierro que compartía con su padre. Dormía junto a la pared y su padre en el lado exterior, de modo que podía meterse en cama sin despertar a su hijo. Se quitó los zapatos y se desnudó, displicente, a la luz de la bujía. Del otro cuarto llegaba el susurro de los rezos. Sentíase chasqueado y desilusionado por haber perdido algo. Acostado boca arriba, acalorado, miraba al techo. Le parecía que no había en el mundo más que la tienda, la lectura de su madre y juegos sosos en la plaza.

Pero se durmió muy pronto. Soñó que el cura fusilado por la mañana estaba de nuevo en su casa vestido con la ropa que su padre le dejara: tendido, rígido, preparado para el entierro. Él estaba sentado junto a la cama y su madre leía en un libro muy largo lo relativo a la representación del cura en su papel de Nerón ante el obispo. A los pies de la madre había una cesta de pescado el cual sangraba, envuelto en un pañuelo. Él estaba muy aburrido y cansado y alguien martillaba en el pasillo poniendo clavos a un ataúd. De pronto el cura muerto le hizo un guiño, una fluctuación evidente del párpado, ni más ni menos que eso.

Se despertó y oyó el taptap del aldabón en la puerta exterior. Su padre no estaba en la cama y en el otro cuarto reinaba un silencio absoluto. Habrían pasado algunas horas. Yacía escuchando; estaba asustado, pero al poco rato se repitió la llamada, y nadie se movió en parte alguna de la casa. De mala gana puso los pies en el suelo. Pudiera ser que su padre hubiese hallado la puerta cerrada.

Encendió la bujía y se envolvió en una colcha volviendo a escuchar. Su madre podía oírlo e ir a abrir, pero él comprendía muy bien que su deber era ir él. Era el único hombre en la casa. Lentamente atravesó el patio hacia la puerta de la calle. Acaso sería el teniente que volvía para vengarse del salivazo… Abrió la pesada puerta férrea y la hizo girar. Un forastero estaba en la calle: un hombre alto, delgado, pálido, con la boca un tanto amarga, el cual llevaba un pequeño maletín. Nombró a la madre del muchacho y preguntó si aquélla era la casa de dicha señora.

–Sí –contestó el chico–, pero está durmiendo.

Empezó a cerrar la puerta, pero la punta de un zapato se interpuso.

–Acabo de desembarcar. He llegado por el río esta noche. Creí que acaso… tengo una carta de presentación para la señora de un gran amigo suyo.

–Está durmiendo –repitió el muchacho.

–Si me dejara usted entrar –rogó el hombre con una extraña sonrisa temerosa; y, de pronto, bajando la voz, declaró–: Soy un sacerdote.

–¿Usted? –exclamó el chico.

–Sí –repuso él con suavidad–. Mi nombre es Padre…

Pero el muchacho tenía ya la puerta del todo abierta y ponía los labios en su mano antes de que pudiera darse a sí mismo un nombre.