san-pablo

Miguel Antonio Barriola

Verba volant, scripta manent

La correspondencia epistolar paulina no tiene el objetivo de un intercambio meramente individual con algún conocido o por motivos personales. Es la continuación de su predicación apostólica de la Buena Nueva de Cristo, poniendo de relieve, las más de las veces, puntualizaciones y corrección de interpretaciones torcidas de lo previamente anunciado en alguna de las comunidades cristianas por él fundadas. Hasta tal punto carecen de un carácter puramente privado, que están destinadas a ser leídas públicamente e intercambiadas entre diferentes Iglesias.[1] Más todavía, una misiva dirigida a una persona singular, Filemón, destaca, desde el principio a “la Iglesia que se reúne en tu casa.”[2]

Este medio de comunicación, entonces, prolonga la misión apostólica en relación con sus fieles, abarcando la vida toda del enviado, que es entrega sin reservas a expandir un tesoro, del que no es dueño, ni puede ser manejado por conveniencia propia. “Nada podemos contra la verdad; sino a favor de ella.” [3]

En la Iglesia de Cristo es a Pablo a quien debemos el más primitivo uso de este recurso, que mantiene vigente la evangelización primera,[4] alentando, profundizando, aclarando, actualizando, en fin, un contacto originario entre Cristo los creyentes: “Lo que somos en nuestras cartas, cuando estamos ausentes, también lo seremos con nuestros actos, cuando estemos presentes.” [5]

En consecuencia, esa “verdad”, a la que Pablo se ve obligado, no aparecerá en su epistolario de forma ordenada y académica, sino que surgirá de escritos ocasionales, nacidos de imprevistos vitales, dignos de alabanza[6] o de reparos frente a falsas interpretaciones teóricas o prácticas.[7] Pero, de este hecho innegable no es lícito concluir, que en la producción literaria del Apóstol nos encontraremos con un hacinamiento desordenado de datos y noticias. En modo alguno, siempre es posible dar con la profunda unidad teológica, que armoniza problemas tan dispersos, surgidos, sea entre diferentes Iglesias particulares o en una misma comunidad, por ejemplo, las diversas temáticas, encaradas en la Primera Carta a los Corintios (capillismos;[8] conducta sexual, matrimonio, virginidad, esclavitud;[9] etc.)[10]

Verdad dinámica y eficaz

Pablo no sólo transmite teoría o filosofía de la religión. Brinda el fruto de un encuentro personal con Cristo, cuya fuerza se incorpora en el mismo Apóstol y se traduce en una verdad, que tiende a encarnarse en la vida. “No cesamos de dar gracias a Dios, porque cuando recibisteis la Palabra que os predicamos, la aceptasteis no como palabra humana, sino como lo es realmente, como Palabra de Dios, que actúa en vosotros.”[11] Es una revelación importante, porque sitúa la predicación apostólica al mismo nivel que las Escrituras Sagradas del Antiguo Testamento: una compenetración de la Palabra de Dios con el anuncio del Evangelio. Él está seguro de “la verdad de Cristo, que está en mí.”[12] Se sabe “embajador de Cristo y [que] es Dios el que exhorta a los hombres, por intermedio nuestro.”[13] Según Romanos 15, 18, es Cristo el que actúa a través del Apóstol, “con palabra y obra”. Y hasta tal punto, que Pablo no es dueño del mensaje divino, sino simplemente su instrumento viviente: “No somos como muchos que trafican con la Palabra de Dios, sino que hablamos con sinceridad en nombre de Cristo, como enviados de Dios y en presencia del mismo Dios.”[14] Es tan fuerte su convicción de pura servicialidad, de que no transmite algo propio, de lo que pudiera disponer a su arbitrio, sino la verdad sin engaño, que confiesa abiertamente: “Nunca hemos callado nada por vergüenza, ni hemos procedido con astucia o falsificando la Palabra de Dios. Por el contrario, manifestando abiertamente la verdad,[15] nos recomendamos a nosotros mismos, delante de Dios, frente a toda conciencia humana…Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús, el Señor, y nosotros no somos más que vuestros servidores,”[16] Ahora bien, es este mismo espíritu, el que sigue haciéndose presente en sus mensajes escritos: “No les escribo esto para aprovecharme ahora … antes preferiría morir … Si anuncio el Evangelio, no lo hago para gloriarme; al contrario es para mí una necesidad imperiosa.”[17] “Si alguien se tiene por profeta … reconozca que les escribo un mandato del Señor.”[18]

Sus cartas reafirman cómo, pese a toda adversidad, la rectitud y potencialidad de su predicación no es sólo producto de su ingenio y voluntad: ”Obramos…con el Espíritu Santo, con un amor sincero, con la palabra de verdad, con el poder de Dios.”[19]

También la sección “parenética” –preferentemente exhortativa y moral– del epistolario paulino va en el sentido de la verdad evangélica, que no puede quedar en mera información, sino que ha de hacerse vida. El final de muchas cartas está dedicado a los consejos prácticos, porque de la noticia salvífica, que se ha oído, se ha de pasar al imperativo, que guía la existencia y el “caminar” en novedad de vida. Buen resumen de la doctrina tratada y la consecuencia práctica de la misma aparece en Gálatas:[20] “Pues ni la circuncisión es algo ni la incircuncisión; lo que vale es la nueva creatura y a todos los que caminen[21] en esta regla, paz y misericordia, lo mismo que al Israel de Dios.”[22]

En síntesis, es posible compendiar, que la predicación paulina, continuada en su siguiente contacto postal, es, no sólo suya,[23] sino ante todo Palabra de Dios, que contiene la plenitud del acontecimiento salvífico y hace presente al mismo tiempo a la persona del Salvador. Por lo mismo, según Pablo, y a diferencia de las manifestaciones divinas del Antiguo Testamento, preparatorias e incompletas, el mensaje, confiado a los apóstoles, propiamente hablando es acabado y definitivo.[24]

Verdad que no admite tergiversaciones

Dadas, pues, las características excepcionales de la predicación apostólica, cuyo origen y sustento es Dios mismo,[25] teniendo como objetivo la salvación eterna del mundo entero[26], no es posible consentir su más mínima distorsión. De ahí otra característica de la correspondencia paulina: su constante vigilancia contra todo lo que contradiga la verdad anunciada. “Me sorprendo de que hayáis abandonado tan pronto al que os llamó por la gracia de Cristo, para seguir el Evangelio… Si nosotros mismos o un ángel del cielo os anuncia un evangelio distinto del que os hemos anunciado ¡que sea anatema!”[27] Ni la gran autoridad, reconocida a Cefas en la Iglesia primera, detiene la necesaria corrección, cuando Pablo comprueba que está en peligro la pureza del Evangelio: “Cuando vi que no caminaban decididamente[28] según la verdad del Evangelio, dije a Cefas delante de todos: “Si tú, que eres judío, vives como los paganos y no como los judíos, ¿por qué obligas a los paganos a que vivan como los judíos?”[29] Así, puede reprochar a los gálatas por no “obedecer más a la verdad.”[30] Tampoco han de ceder a que tales fraudes se presenten en cartas espurias: “No os dejéis perturbar fácilmente… por palabras o cartas atribuidas a nosotros…”[31]

Compendia bien este aspecto del epistolario paulino G. Segalla: “Ante todo, el Evangelio de Pablo aparece contrastado, rechazado, sustituido con otro[32] y, junto con el Evangelio, también Pablo, porque Evangelio y Pablo son una sola cosa.[33] Se perfila un choque en el interior de las comunidades paulinas: rechazo del Evangelio por parte de los hebreos;[34] en las comunidades de Galacia los judaizantes quieren introducir el evangelio de la circuncisión y de la observancia de la ley para los cristianos que provienen de los gentiles como los Gálatas;[35] corrientes de pensamiento helenístico desfiguran el evangelio de Pablo en Corinto: la libertad mal entendida y la negación de la resurrección; en 2 Corintios se tiene todavía una confrontación polémica con la sinagoga.[36] El peligro de “otro Jesús”, “otro Espíritu” y “otro evangelio” amenaza también sobre la comunidad de la Segunda a los Corintios. Aquí aparece claro que el Evangelio es el mismo Jesús y su Espíritu. La identidad del evangelio que es la identidad del cristiano, llega a ser un fuerte criterio de distinción y diversidad respecto al ambiente judaico, que rechaza a Jesús o bien lo acepta aprisionándolo en las categorías de la circuncisión y de la Ley, así como también de parte del mundo greco-romano, donde domina la exaltación del hombre y de su libertad respecto a los demás, pero en función de la propia autonomía, mientras la antropología está marcada por la dicotomía de cuerpoalma, donde el cuerpo ha de ser abandonado como sepulcro del alma”[37]. Ahora bien, si no fuera por sus escritos, ignoraríamos esta vigorosa defensa paulina de la verdad evangélica, que superando las circunstancias de una determinada época, llegan a las generaciones futuras, preparando la eternidad misma, “conforme a mi evangelio y…la revelación del misterio…hoy manifestado y por las Escrituras que lo predicen, según la orden del Dios eterno, llevada al conocimiento de todas las naciones.”[38]

Verdad compartida con toda la Iglesia

Muy consciente de la singular y extraordinaria comunicación, que recibiera personalmente de la verdad acabada del Evangelio en Cristo,[39] no menos experimenta Pablo la necesidad de entroncarla con toda la comunidad cristiana. Porque la relación del ex fariseo de Tarso con la Iglesia no es sólo de paternidad,[40] sino también y sobre todo de deuda u obligación: “Os transmití lo que a mi vez recibí.”[41] Entre Jesús y Pablo hay veinte años de vida eclesial que se desarrolló en Jerusalén, Samaría, Damasco y Antioquía de Siria. Es en estos años cuando Jesús se arraiga cada vez más a fondo en la mente y corazón de los primeros cristianos, delineándose enseguida, si bien no todo de golpe, en su original identidad. Pablo también es deudor de este período y de aquellas Iglesias.

De ahí que, después de haber defendido vigorosamente, cómo el llamado vertical, que Cristo le dirigiera, alcanza para autenticar su prédica, sin tener que acudir al “placet” de los anteriores apóstoles,[42] no menos siente la urgencia de enlazar horizontalmente, con el acervo común de la Iglesia, la revelación por él recibida, “visitando a Pedro”[43] y confrontando su predicación, para asegurarse “de que no corría en vano.”[44] Seguramente, debido a todo lo que estaba en juego, en aquella comunidad, es que Pablo acentúa: “Vean con qué grandes letras les escribí con mi mano,”[45] ya que van acompañadas de breves líneas de ulterior polémica.[46]

Asimismo, aún poniendo de relieve la supremacía de su trabajo apostólico,[47] se apresura a declarar acto seguido: “Tanto ellos como yo predicamos lo mismo, y esto es lo que vosotros habéis creído.” [48]

Por eso su repulsa a todo “localismo”, que se aísla de la totalidad de las Iglesias. ”¿Acaso la Palabra de Dios ha salido de vosotros o sois los únicos que la han recibido?”[49] Corregir tales desvíos es lo que explica su recurso a esta carta: “Si alguno se tiene por profeta o se cree inspirado por el Espíritu, reconozca en esto que les escribo un mandato del Señor.”[50] La situación tan segmentada de la Iglesia de Corinto,[51] explica el alcance universalista del saludo epistolar al comienzo: “A la Iglesia de Dios que reside en Corinto…llamados a ser santos, junto con todos aquellos que en cualquier parte invocan el nombre de Jesucristo, nuestro Señor, Señor de ellos y nuestro.”[52] Porque, si bien Israel conserva su lugar preeminente en el plan de salvación,[53] se ha quebrado cierto elitismo del pueblo elegido. Así confesará: “Yo no me avergüenzo del Evangelio, porque es el poder de Dios para la salvación de todo el que cree: del judío primeramente y del griego.”[54] Y alabará a los tesalonicenses, porque ”os habéis vuelto imitadores de las iglesias de Dios que están en Judea.”[55]

Conclusión

Las cartas paulinas son testimonio perenne de la verdad de la Palabra de Dios que, esbozada en el Antiguo Testamento , llegó a su plenitud en Cristo y es vivida en la Iglesia hasta el fin de la historia. Prosiguen lo iniciado en la predicación primera, que no fue sólo propuesta entusiasta de un exaltado, sino la Palabra misma de Dios. Tales escritos atestiguan la vitalidad de dicha verdad, que no puede quedar en mera teoría. Vinculan a las diferentes comunidades con la Iglesia toda, corrigen las amenazas que oscurecen y confunden la luz del evangelio y, hasta tal punto obraron desde su origen como faros potentes de revelación, que, por el aviso de otro autor inspirado, fueron vistas en el mismo nivel de las Escrituras Sagradas, teniendo asimismo que ser protegidas de lecturas deformantes: “Como les ha escrito nuestro hermano Pablo, conforme a la sabiduría que le ha sido dada y lo repite en todas sus cartas…En ellas hay pasajes difíciles de entender, que algunas personas ignorantes e inestables interpretan torcidamente, como, por otra parte, lo hacen con el resto de la Escritura, para su propia perdición.”[56]


[1] 1 Tesalonicenses 5, 27; Colosenses 4, 16-17.

[2] Filemón 2

[3] 2 Corintios 13, 8.

[4] 1 Tesalonicenses.

[5] 2 Corintios 10, 11.

[6] 1 Tesalonicenses 1, 2-10.

[7] Gálatas; 1-2 Corintios.

[8] En 1 Corintios caps 1-4.

[9] En 1 Corintios caps 6-7.

[10] “Jesucristo es la luz que esclarece las diversas exposiciones, el centro en el que hay que hacer que todas converjan. San Pablo no enseña cosa alguna sin referirse a Él. Condena todo espíritu de división en la comunidad, porque Cristo es uno. La sabiduría de Dios, que él opone a la sabiduría del siglo, está encarnada en Cristo, manifestada en su cruz. En el cuadro que traza del ministerio apostólico presenta a los apóstoles como cooperadores de Dios y servidores de Cristo. La pureza moral que exige de los fieles viene requerida por su condición de miembros de Cristo…Amor de Jesucristo y unión de todos los fieles en Él, mediante la caridad, serán los últimos saludos del Apóstol (1 Corintios 16, 21-24), porque a lo largo de toda la carta esos pensamientos y esos deseos han llenado su corazón” (J. Huby, Première Épître aux Corinthiens, Paris, (1946) p. 23). Por lo que venimos exponiendo, el presente estudio no se referirá expresamente a los “contenidos de verdad doctrinal” del Apóstol (Dios uno y trino, creador, redentor, vida eclesial, sacramentos, etc,), sino a sus principales actitudes ante la verdad, que el Señor le encargó predicar.

[11] 1 Tesalonicenses 2, 13.

[12] 2 Corintios 12, 10.

[13] 2 Corintios 5, 20.

[14] 2 Corintios 2, 17.

[15] Gr. “fanerósei tés alethéias”.

[16] 1 Corintios 4, 2 . 5.

[17] 1 Corintios 9, 15-16.

[18] 1 Corintios 14, 37.

[19] 2 Corintios 6, 6-7; ver también: 1 Corintios 1, 23; 2, 1-5; Efesios 1, 13; Colosenses 1, 5.

[20] Gálatas 6, 15.

[21] Gr. “stoijésousin”.

[22] Filipenses 4, 8-9.

[23] Que también lo es: “mi Evangelio”: 1 Tesalonicenses 1, 5; 2 Tesalonicenses 2, 14; 1 Corintios 2, 4; 2 Corintios 4, 3; Romanos 2, 16.

[24] Efesios 1, 9-13: “para que se cumpliera en la plenitud de los tiempos…” Efesios 1, 10 … “en Él vosotros, que escuchasteis la palabra de la verdad, el evangelio de vuestra salvación.” Efesios 1, 13. || “Es del todo erróneo sugerir que Pablo apoyó su comprensión del Antiguo Testamento sobre Cristo; fue Cristo quien le dio una nueva comprensión del Antiguo Testamento y el mismo Antiguo Testamento ganó su nueva vitalidad y relevancia por haber sido cumplido” (C. K. Barrett, “The Bible in the New Testament Period” en: The Church’s use of the Bible – Past and Present, edited by D. E. Nineham, London (1963) p. 15).

[25] Gálatas 1, 11-12.15.

[26] Efesios 3, 3-7.

[27] Gálatas 1,6.8.

[28] Gr. “orthopodoúsin”.

[29] Gálatas 2, 14.

[30] Gálatas 5, 7.

[31] 2 Tesalonicenses 2, 1.2.

[32] Gálatas 1,6; 1 Corintios 15, 1ss; 2 Corintios 4, 3-4; 11,4; Romanos 3,8; 10, 16; 11,28.

[33] 1 Corintios 9, 1-2; 2 Corintios 10-13; Romanos 3,8.

[34] Romanos 10,16; 11, 28.

[35] Gálatas 1, 6ss.

[36] 2 Corintios 4, 3-4

[37] G. Segalla, Teologia Biblica del Nuovo Testamento, Torino (2005) p. 431.

[38] Romanos 16, 25-26.

[39] Gálatas 1,11-17; 1 Corintios 15, 8; Efesios 3, 8.

[40] 1 Corintios 4, 15; Gálatas 4, 19.

[41] 1 Corintios 15, 3.

[42] Gálatas 1, 11-17.

[43] Gálatas 1, 18.

[44] Gálatas 1, 2.

[45] Gálatas 6, 11.

[46] Gálatas 6, 12-13.

[47] Afirma: “trabajé más que todos ellos” en 1 Corintios 15, 10.

[48] 1 Corintios 15, 11.

[49] 1 Corintios 14,36.

[50] 1 Corintios 14, 37.

[51] Corrillos en torno a personalidades en 1 Corintios caps. 1-4; celebraciones con tono “clasista” de la misma Eucaristía: 1 Corintios 10, 14-22; 11, 17-34; emulaciones en pos los carismas más vistosos: caps. 12-14.

[52] 1 Corintios , 1, 2.

[53] Romanos 9-11.

[54] Romanos 1, 16.

[55] 1 Tesalonicenses 2, 14.

[56] 2 Pedro 3, 15-16.