lazaro

Néstor Martínez Valls

“Por supuesto, para Pablo, Jesús tiene un “cuerpo glorioso” pero esto no parece implicar necesariamente la revivificación del cuerpo que tenía en el momento de morir. Pablo insiste en que “la carne y la sangre no pueden poseer el reino de los cielos”. Para él, la resurrección de Jesús es una “novedad” radical, sea cual fuere el destino de su cadáver. Dios crea para Jesús un “cuerpo glorioso” en el que se recoge la integridad de su vida histórica. Para esta transformación radical no parece que el Creador necesite de la sustancia bioquímica del despojo depositado en el sepulcro.”[1]

Estas afirmaciones son contrarias a la fe de la Iglesia tal como la trasmite el Catecismo de la Iglesia Católica, como se ve por lo que sigue:

En lo referente a la sepultura de Jesús, dice el Catecismo:

625 La permanencia de Cristo en el sepulcro constituye el vínculo real entre el estado pasible de Cristo antes de Pascua y su actual estado glorioso de resucitado. Es la misma persona de “El que vive” que puede decir: “estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos” (Apocalipsis 1,18): Dios [el Hijo] no impidió a la muerte separar el alma del cuerpo, según el orden necesario de la naturaleza, pero los reunió de nuevo, uno con otro, por medio de la Resurrección, a fin de ser Él mismo en persona el punto de encuentro de la muerte y de la vida deteniendo en Él la descomposición de la naturaleza que produce la muerte y resultando Él mismo el principio de reunión de las partes separadas (S. Gregorio Niceno, or. catech. 16).”

Aquí la muerte aparece como separación del alma y el cuerpo, y la resurrección como su reunión, lo cual supone la identidad numérica del cuerpo que muere y el que resucita, como lo confirma la expresión de San Gregorio Niceno que habla de una detención de la descomposición de la carne y de la reunión de las partes separadas.

“626 Ya que el “Príncipe de la vida que fue llevado a la muerte” (Hechos 3,15) es al mismo tiempo “el Viviente que ha resucitado” (Lucas 24,5-6), era necesario que la persona divina del Hijo de Dios haya continuado asumiendo su alma y su cuerpo separados entre sí por la muerte:

Por el hecho de que en la muerte de Cristo el alma haya sido separada de la carne, la persona única no se encontró dividida en dos personas; porque el cuerpo y el alma de Cristo existieron por la misma razón desde el principio en la persona del Verbo; y en la muerte, aunque separados el uno de la otra, permanecieron cada cual con la misma y única persona del Verbo (S. Juan Damasceno, f.o. 3, 27).”

Aquí se insiste en la misma idea, y da la razón por la cual es totalmente inadecuado, por decir lo menos, hablar de “despojo” en referencia al sacratísimo cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo en el sepulcro, como “piadosamente” hace Umbrales.

“627 La muerte de Cristo fue una verdadera muerte en cuanto que puso fin a su existencia humana terrena. Pero a causa de la unión que la Persona del Hijo conservó con su cuerpo, éste no fue un despojo mortal como los demás porque “no era posible que la muerte lo dominase” (Hechos 2,24) y por eso de Cristo se puede decir a la vez: “Fue arrancado de la tierra de los vivos” (Isaías 53,8); y: “mi carne reposará en la esperanza de que no abandonarás mi alma en el Hades ni permitirás que tu santo experimente la corrupción” (Hechos 2,26-27; Cf. Salmo 16, 9-10). La Resurrección de Jesús “al tercer día” (1 Corintios 15,4; Lucas 24,46; Cf. Mateo 12,40; Jonás 2,1; Oseas 6,2) era el signo de ello, también porque se suponía que la corrupción se manifestaba a partir del cuarto día (Cf. Juan 11,39).”

Es claro que el Catecismo hace suya la Palabra de Dios contenida en el Antiguo Testamento que profetiza que el cuerpo de Cristo no conocerá la corrupción del sepulcro.

Insiste luego el Catecismo en la misma idea:

“630 Durante el tiempo que Cristo permaneció en el sepulcro su Persona divina continuó asumiendo tanto su alma como su cuerpo, separados sin embargo entre sí por causa de la muerte. Por eso el cuerpo muerto de Cristo “no conoció la corrupción” (Hechos 13,37).”

Las mismas expresiones reaparecen en el Catecismo al tratar de la Resurrección de Jesús:

“640 “¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado” (Lucas 24,5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (Cf. Juan 20,13; Mateo 28,11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (Cf. Lucas 24,3.22-23), después de Pedro (Cf. Lucas 24,12). “El discípulo que Jesús amaba” (Juan 20,2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir “las vendas en el suelo” (Juan 20,6) “vio y creyó” (Juan 20,8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (Cf. Juan 20,5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (Cf. Juan 11,44).”

Contra lo que piensa el autor del texto citado al comienzo, el Catecismo, por lo que vemos, sí considera al sepulcro vacío un “signo esencial” y después toda la argumentación del Catecismo se entiende solamente sobre la base de la realidad del sepulcro vacío y de la identidad numérica entre el cuerpo muerto de Jesús y su cuerpo de Resucitado.

643 Ante estos testimonios es imposible interpretar la Resurrección de Cristo fuera del orden físico, y no reconocerlo como un hecho histórico. Sabemos por los hechos que la fe de los discípulos fue sometida a la prueba radical de la pasión y de la muerte en cruz de su Maestro, anunciada por él de antemano (Cf. Lucas 22,31-32). La sacudida provocada por la pasión fue tan grande que los discípulos (por lo menos, algunos de ellos) no creyeron tan pronto en la noticia de la resurrección. Los evangelios, lejos de mostrarnos una comunidad arrobada por una exaltación mística, nos presentan a los discípulos abatidos (“la cara sombría”: Lucas 24,17) y asustados (Cf. Juan 20,19). Por eso no creyeron a las santas mujeres que regresaban del sepulcro y “sus palabras les parecían como desatinos” (Lucas 24,11; Cf. Marcos 16,11.13). Cuando Jesús se manifiesta a los once en la tarde de Pascua “les echó en cara su incredulidad y su dureza de cabeza por no haber creído a quienes le habían visto resucitado” (Marcos 16,14).”

La afirmación destacada es formal y se opone frontalmente a lo que se dice en el citado artículo de la revista “Umbrales”. No pertenece al “orden físico” un “cuerpo glorioso” que es creado después de la muerte por Dios. Permanece “fuera del orden físico” una “resurrección de la carne” que es compatible con la putrefacción del “despojo” que quedaría en el sepulcro.

645 Jesús resucitado establece con sus discípulos relaciones directas mediante el tacto (Cf. Lucas 24,39; Juan 20,27) y el compartir la comida (Cf. Lucas 24,30.41-43; Juan 21,9.13-15). Les invita así a reconocer que Él no es un espíritu (Cf. Lucas 24,39) pero sobre todo a que comprueben que el cuerpo resucitado con el que se presenta ante ellos es el mismo que ha sido martirizado y crucificado ya que sigue llevando las huellas de su pasión (Cf. Lucas 24,40; Juan 20,20.27). Este cuerpo auténtico y real posee sin embargo al mismo tiempo las propiedades nuevas de un cuerpo glorioso: no está situado en el espacio ni en el tiempo, pero puede hacerse presente a su voluntad donde quiere y cuando quiere (Cf. Mateo 28,9.16-17; Lucas 24,15.36; Juan 20,14.19.26; 21,4) porque su humanidad ya no puede ser retenida en la tierra y no pertenece ya más que al dominio divino del Padre (Cf. Juan 20,17). Por esta razón también Jesús resucitado es soberanamente libre de aparecer como quiere: bajo la apariencia de un jardinero (Cf. Juan 20,14-15) o “bajo otra figura” (Marcos 16,12) distinta de la que les era familiar a los discípulos, y eso para suscitar su fe (Cf. Juan 20,14.16; 21,4.7).”

Afirmación categórica en el Catecismo de la identidad numérica entre el cuerpo muerto y el cuerpo resucitado de Nuestro Señor Jesucristo, como decíamos arriba.

650 Los Padres contemplan la Resurrección a partir de la persona divina de Cristo que permaneció unida a su alma y a su cuerpo, separados entre sí por la muerte: “Por la unidad de la naturaleza divina que permanece presente en cada una de las dos partes del hombre, éstas se unen de nuevo. Así la muerte se produce por la separación del compuesto humano, y la Resurrección por la unión de las dos partes separadas” (San Gregorio Niceno, res. 1; Cf. también Denzinger-Schónmetzer, Enchiridion Symbolorum, Definitionum et Declarationum, 325; 359; 369; 539).”

La afirmación de San Gregorio Niceno, que el Catecismo hace suya, supone esa misma identidad entre el cuerpo muerto y el cuerpo resucitado del Señor. No se habla aquí de “creación de un nuevo cuerpo” como hace Umbrales, sino de reunión del alma humana del Señor con el cuerpo del que se había separado por la muerte y que había quedado en el sepulcro.

657 El sepulcro vacío y las vendas en el suelo significan por sí mismas que el cuerpo de Cristo ha escapado por el poder de Dios de las ataduras de la muerte y de la corrupción. Preparan a los discípulos para su encuentro con el Resucitado.

Afirmación formalmente contraria de lo que dice el texto de Umbrales arriba citado.

658 Cristo, ‘el primogénito de entre los muertos’ (Colosenses 1,18), es el principio de nuestra propia resurrección, ya desde ahora por la justificación de nuestra alma (Cf. Romanos 6,4), más tarde por la vivificación de nuestro cuerpo (Cf. Romanos 8,11). Nuestra resurrección futura, participación en la Resurrección de Jesucristo, es presentada aquí como la ‘vivificación del cuerpo’ que actualmente poseemos, lo cual supone la identidad entre el cuerpo que muere y el que resucita. El texto de San Pablo que cita ahí el Catecismo es más claro aún: ‘Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros.’”

San Pablo habla de vivificación de nuestros cuerpos mortales y, por tanto, no habla de ningún cuerpo distinto de este cuerpo mortal, que deba ser “creado” por Dios en la resurrección, como dice Umbrales.

Agrega el Apóstol en 1 Corintios 15,53-54: “Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad. Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria.”

Donde se ve nuevamente que es el mismo cuerpo corruptible y mortal el que “se reviste” como dice San Pablo, de incorrupción y de inmortalidad.

A la luz de estas afirmaciones categóricas del Apóstol es que hay que interpretar otras que pueden parecer oscuras, como la de 1 Corintios 15,37-38: “Y lo que siembras no es el cuerpo que ha de salir, sino el grano desnudo, ya sea de trigo o de otro grano; pero Dios le da el cuerpo como él quiso, y a cada semilla su propio cuerpo.”

El mismo ejemplo del grano y la semilla sigue mostrando la identidad numérica entre el cuerpo muerto y el cuerpo resucitado, dentro de la diversidad de los estados, corruptible y glorioso, en que ambos se encuentran.

El hablar de la “sustancia bioquímica del despojo depositado en el sepulcro” revela una mentalidad dualista y espiritualista que desprecia la carne y niega por eso mismo la Resurrección en su acepción verdaderamente católica.

Revela también una mentalidad racionalista que no puede aceptar la intervención sobrenatural de Dios como hecho auténticamente histórico a la vez que trascendente, como dice el Catecismo.

Una “resurrección” así entendida como nueva creación de un cuerpo glorioso en el cual “se recoge la integridad de la vida histórica” del resucitado niega, por un lado, la verdadera transformación de nuestra humanidad por la gloria de la Resurrección, y con ella todo el contenido salvífico de la fe cristiana, y, por otro lado, supone algo que, a diferencia del milagro de la Resurrección, que es difícil de aceptar pero puede ser creído, es un absurdo imposible de creer.

Según esto, en la resurrección Dios habría tenido que “inventarle” al cuerpo recién creado una historia que en realidad éste no tuvo, con lo cual por otro lado se hace a Dios autor de la mentira, que habría debido tallar en el cuerpo recién creado del Señor los simulacros de las heridas históricamente recibidas por el otro cuerpo, el que quedó como “despojo” en el sepulcro según esta interpretación.

El n. 645 del Catecismo dice que el cuerpo de Cristo Resucitado “sigue llevando las huellas de su pasión” y no que estas huellas le han sido infligidas por Dios en el acto de “crearlo” después de la muerte.

¿Cómo va a ser suya, del cuerpo resucitado, una historia que fue la historia de otro cuerpo numéricamente distinto, que quedó en el sepulcro para corromperse?

Entendemos que de este modo no se clarifica ni ilustra la fe del pueblo de Dios sino que se atenta gravemente contra ella.

[1] Párrafo de la Revista Umbrales, 2012, nro. 225, pp. 26-27.