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José María Iraburu

Los Obispos, y en su medida los presbíteros, han recibido de Cristo autoridad para enseñar, para santificar y para regir pastoralmente la Iglesia.[1] Y para dar el “testimonio de la verdad”, los tres ministerios apostólicos, no sólo el primero, son necesarios y han de ejercitarse unidos, potenciándose mutuamente.

La enseñanza de la verdad y la refutación de los errores no libran completamente de la mentira al pueblo cristiano si, junto con ello, no se ejercita suficientemente el gobierno pastoral, que reprueba a tiempo un libro, retira a un profesor de su cátedra, promueve a un maestro de la verdad católica, frena a una editorial religiosa que difunde errores, clausura un centro que ha perdido irremediablemente la ortodoxia, y apoya valientemente a las personas y las obras que realmente “dan testimonio de la verdad”.

Es muy sencillo: la verdad católica –la ortodoxia y la ortopraxis– no puede mantenerse donde la autoridad apostólica pastoral no se ejercita en forma suficiente. Y esta insuficiencia del ejercicio autoritativo del ministerio pastoral puede tener diversas causas, externas e internas.

Causas externas (mundo)

Es cierto que quizá nunca como hoy ha sido tan arduo el ejercicio de la autoridad apostólica. Nunca, en efecto, el mundo católico se había visto tan aquejado de las alergias a la ley y a la autoridad que comenzaron a afectar la Cristiandad a partir del “libre examen” de los protestantes, y que se difundieron en todo el Occidente, hasta constituir una forma mentis propia de nuestra época, desde la ilustración y el liberalismo, con sus ilimitados dogmas cívicos de “la libertad de pensamiento” y “la libertad de expresión”.

Es cierto, sí, que en un marco mundano como el presente la autoridad pastoral apostólica apenas puede ejercitarse en muchas ocasiones si no es pasando verdaderos martirios. Pero tendrá que pasarlos. Lo exige el bien común del pueblo cristiano. Por otra parte, los Pastores habrán de sufrir de todos modos: tanto si ejercen la autoridad de su ministerio pastoral, pues viene la persecución, como si no la ejercitan, y se impone la rebeldía y la anarquía. Pero mejor es sufrir haciendo el bien que haciendo el mal; mejor es padecer en el cumplimiento de lo debido que en el incumplimiento de la propia misión.

“Agrada a Dios que por amor suyo soporte uno las ofensas injustamente inferidas… Que si por haber hecho el bien padecéis y lo lleváis con paciencia, esto es lo grato a Dios. Pues para esto fuiste llamados, ya que también Cristo padeció por vosotros y os dejó ejemplo para que sigáis sus pasos.”[2]

El Pastor que ejerza hoy la autoridad apostólica, siguiendo el ejemplo de Cristo y de todos los Pastores santos, habrá de sufrir una muy dura persecución no sólo de parte del mundo, sino sobre todo en el mismo interior de la Iglesia. Será perseguido y descalificado por todos los cristianos que desobedecen la ortodoxia y la ortopraxis de la Iglesia, que son muchos, y también por aquellos Pastores que no se atreven a ejercer su autoridad pastoral, sancionando, promoviendo, quitando o poniendo, y que se ven implícitamente denunciados por los Pastores que sí la ejercen.

Causas internas (carne)

Un Pastor puede frenar el ejercicio de su autoridad pastoral por otras muchas causas internas. Quizá las principales sean: –por temor al sufrimiento, es decir, por miedo al martirio; –por deseos de agradar y de ser estimado; –por una errónea apreciación del mal menor en la Iglesia; –por no fiarse del todo de la doctrina y disciplina católicas; –por no tener una fe segura en el misterio de la autoridad apostólica.

Un Obispo, por ejemplo, que, ejercitando su autoridad pastoral, no se atreve a retirar de su Seminario a un brillante profesor de moral que en graves cuestiones lleva años enseñando contra el Magisterio católico, se niega a ser mártir, no da el testimonio de la verdad de modo completo, aun en el supuesto de que en su magisterio episcopal enseñe la verdad moral de la Iglesia y combata los errores contrarios. Teme la reacción de quienes en la diócesis apoyan a ese sacerdote, que quizá sean muchos e influyentes, y teme verse descalificado en las publicaciones progresistas católicas y en los medios mundanos.

Pero quizá no obre así por temor o por oportunismo, sino porque cree erróneamente que “por el bien de la Iglesia”, “por guardar en ella la paz y la unidad”, conviene, como mal menor, mantener en el Seminario a ese profesor que enseña a despreciar el Magisterio apostólico o a interpretarlo fraudulentamente.

En fin, también puede paralizar su acción autoritativa la debilidad de su fe en la doctrina y disciplina de la Iglesia: “¿y si resulta después que la Iglesia reconoce que lleva razón éste que ahora se le opone?”

El apóstol Pablo hubo de tomar a veces decisiones pastorales muy enérgicas, y en ocasiones abiertamente impopulares. Por eso, a la luz del Espíritu Santo, pero también por experiencia propia, decía: “¿Acaso yo ando buscando la aprobación de los hombres o la de Dios? ¿Pensáis que quiero congraciarme con los hombres? Si quisiera quedar bien con los hombres, no sería servidor de Cristo.”[3] “Yo de muy buena gana me gastaré y me desgastaré hasta agotarme por vuestro bien, aunque, amándoos con mayor amor, sea menos amado.”[4]

Él sabía bien que, en determinadas situaciones –que en un lugar y época pueden ser habituales y generalizadas– no puede ejercitarse el ministerio apostólico sin martirio. O apostolado y martirio, o mundo, carne y, por supuesto, demonio.

La crisis de la autoridad

Antes he dicho que un Pastor puede frenar el ejercicio de su autoridad pastoral por muy diversas causas, sean éstas internas o externas. La más decisiva, sin duda, es por la falta de una fe firme en el misterio de la autoridad apostólica. Ésta es una causa interna, falta de fe, pero también externa, mentalidad generalizada en la sociedad civil y, en su medida, también en la sociedad eclesial.

La doctrina de la Iglesia acerca de la autoridad en general y de la autoridad pastoral, tal como se propone en las encíclicas sacerdotales, en el concilio Vaticano II o en el Catecismo es la que siempre ha sido enseñada por la Biblia y la Tradición: el poder espiritual de toda autoridad legítima viene de Dios, no de la soberanía del pueblo. La autoridad pastoral procede de Cristo, el Señor, el Buen Pastor, y es recibida por vía sacramental, en el sacramento del Orden.

Pero siendo en esta cuestión tan extremadamente diverso el pensamiento del Evangelio y el pensamiento del mundo, solamente “el justo, que vive de la fe,”[5] podrá entender y vivir la autoridad según Cristo y los santos pastores, porque sólo la luz de la fe le libra de las tinieblas del pensamiento mundano del siglo. La crisis actual de la autoridad pastoral es ante todo una crisis de fe.

Cuántos son hoy los Obispos, párrocos, superiores religiosos, padres de familia, maestros y profesores que, aunque mantengan teóricamente la fe verdadera sobre la autoridad –en el mejor de los casos, la ejercen prácticamente según aquella falsa doctrina igualitaria de la autoridad, que fundamenta las democracias liberales. La democracia en sí es buena; pero la democracia liberal adolece de todos los errores y las perversidades de aquel liberalismo que la Iglesia ha condenado muchas veces. Son por eso incapaces –en conciencia– de tomar decisiones impopulares, pretenden ante todo hacerse con una votación favorable mayoritaria, toleran lo absolutamente intolerable, no combaten a veces herejías, cuando han arraigado en una mayoría, ni impiden eficazmente sacrilegios, y buscan equilibrios centristas entre los mantenedores de la verdad y los seguidores del error –centristas en el mejor de los casos, porque no pocas veces son duramente autoritarios con los hijos de la luz y liberalmente permisivos con los hijos de las tinieblas.

Y esta dimisión de la autoridad se produce muchas veces no por temor o por oportunismo, es decir, por rechazo de la Cruz y del martirio, sino, insisto, en conciencia, entendiendo que si ellos frenan las decisiones autoritativas o las eliminan totalmente es por humildad personal, por abnegación y benignidad, y sin buscar otra cosa que “el bien de la Iglesia”, “la paz de la Iglesia”: de otro modo estallarían guerras terribles en la comunidad cristiana, que por encima de todo han de ser evitadas. Hay que guardar la paz.

No entienden que con esa actitud su gobierno pastoral se distancia inmensamente del ejemplo y de la enseñanza de Cristo, de Pablo y de toda la tradición de Pastores santos.

“Yo he venido a echar fuego en la tierra, ¿y qué he de querer sino que se encienda?… ¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? Os digo que no, sino la división.”[6]

La cosa es clara: sin darse cuenta, esos Pastores pacifistas han asimilado el pensamiento mundano sobre la autoridad. Basta leer la grandes encíclicas de la Iglesia sobre la autoridad,[7] y las que impugnaron la devaluación de la autoridad iniciada en la Reforma protestante y consumada en el liberalismo, para advertir que, tanto los errores, como los pésimos efectos en el pueblo, descritos en esos documentos, son justamente los que hoy se han generalizado.

Primero se niega la fe en la autoridad, en cuanto dada por nuestro Señor Jesucristo, y enseguida se debilita su ejercicio. Y entonces, “herido el pastor”, o paralizado al menos, “se dispersan las ovejas del rebaño.”[8]

La Viña devastada

Sin la parresía necesaria en los Pastores, la Viña del Señor es devastada, son derribadas sus cercas, es saqueada por los viandantes, pisoteada por los jabalíes y arrasada por las alimañas.[9] […]

En el volumen IX del Manual de Historia de la Iglesia dirigido por Hubert Jedin y Konrad Repgen, dedicado al siglo XX, el Padre Joahnnes Bots SJ describe en un capítulo la profunda crisis sufrida después del Concilio Vaticano II por la Iglesia en los Países Bajos.

Desaparece prácticamente la confesión individual; en el decenio de 1965-1975 la secularización de sacerdotes fue tres veces superior a la media mundial; en 1960-1976 las ordenaciones disminuyeron un noventa por ciento; en 1961-1976 se perdió una mitad de la asistencia a la misa dominical, pasó del 70 al 34 por ciento…

Estos cambios y otros muchos tan extremadamente negativos son dirigidos por intelectuales y teólogos. “A partir de entonces la provincia eclesiástica de Holanda es un ejemplo gráfico de la suerte que espera a una Iglesia cuando sustituye el poder de dirección de los legítimos portadores de los ministerios por el de unas cuantas personalidades que dominan los medios de opinión.”[10]

En la misma obra el Padre Ludwig Volk SJ describe y analiza la crisis, también grave, sufrida en esos mismos años por la Iglesia en Alemania, y al señalar las causas indica sobre todo el mal uso de la autoridad pastoral.

“El pasivo dejar hacer en unos casos y la resolutiva actuación en otros han forzado la inevitable sospecha de que las decisiones del ministerio pastoral no han sido dictadas en primer término por consideraciones objetivas, sino por la medida de obediencia que podía esperarse de cada uno de los grupos. Ahora bien, si el uso de la autoridad episcopal se guía demasiado por consideraciones pragmáticas, que cederían a la tentación de tratar a los progresistas con talante liberal y a los conservadores, en cambio, de forma autoritaria o –para decirlo con fórmula más punzante– si se pretende salir al encuentro de los unos con el amor sin autoridad de la Iglesia y al de los otros con autoridad sin amor, el resultado final sólo puede ser un creciente distanciamiento.”[11]

El pueblo cristiano, cuando en doctrina, disciplina y vida no está suficientemente regido y protegido por sus Pastores sagrados, se parece a la Viña devastada, saqueada por los viandantes y arrasada por las alimañas. El Rebaño de Cristo, que ha sido congregado en la unidad al precio de Su sangre,[12] inhibida la autoridad pastoral, la única que puede guardarlo en la unidad, no tiene ya “un solo corazón y un alma sola,”[13] no tiene ya “el mismo pensar, la misma caridad, el mismo ánimo, el mismo sentir,”[14] sino que, contagiado por los errores de la época, pierde vitalidad, alegría y fecundidad, se divide en grupos contrapuestos, y finalmente se disgrega, es decir, se dispersa, se muere.

Un pueblo que aguanta impertérrito la difusión de graves herejías y la multiplicación habitual de ciertos sacrilegios; un pueblo en el que los matrimonios cristianos evitan los hijos habitualmente, por modos gravemente ilícitos, porque le han dicho que pueden emplearlos; un pueblo en el que la inmensa mayoría de los bautizados no va a Misa, porque le han dicho que propiamente no es obligatorio, sino que la asistencia ha de ser voluntaria; un pueblo en el que los fieles hace años que no se confiesan o que sólo reciben alguna vez una absolución colectiva, porque le han dicho… está agonizante.

Pobres cristianos: están perdidos por malos pastores, que no han sabido proteger sus ovejas de los lobos, que no han sabido asegurarles los buenos pastos y las aguas puras, que les han entregado a la guía de falsos profetas. Pobres bautizados, que han dejado así “la fuente de aguas vivas, para excavarse cisternas agrietadas, incapaces de contener el agua.”[15]

El resultado es terrible: oscurecimiento de las mentes, debilitación de las voluntades, desorden de los sentidos, desquiciamiento de la sociedad, de la cultura, de las costumbres, amor conyugal habitualmente profanado, incapacidad para la oración, para la abnegación, para la buena educación de los hijos, falta de alegría por falta de cruz en el seguimiento fiel de Cristo, profundas divisiones dentro de la comunidad cristiana, carencia casi total de vocaciones sacerdotales y religiosas, divorcios, drogas, abortos, apostasías innumerables…

Un horror. Pero ¿quién se compadecerá de esta pobre gente? ¿quién le hará pasar de la oscuridad a la luz, de la cizaña al trigo, de la muerte a la vida, de la tristeza a la alegría?

“Jesús vio una gran muchedumbre, y se compadeció de ella, pues estaban como ovejas sin pastor.”[16]

Es cierto que los pecados cometidos sin conocimiento suficiente, con una ignorancia invencible, bajo un engaño no superable, son pecados solamente materiales, no formales. Pero los pecados, aunque sólo sean materiales, producen efectos objetivos terriblemente malos, privan además de muchos bienes y disponen a las personas para los pecados formales, debilitándolas, enfermándolas espiritualmente.

¿Quién desengañará a esos pobres cristianos engañados por las malas doctrinas? ¿Quién les dará “el testimonio de la verdad”, de la verdad que les haga libres, y que les permita crecer y florecer bajo la acción del Espíritu Santo?… El pastor bueno que un día el Buen Pastor les envíe, para que puedan volver al camino del Evangelio, será sin duda un pastor mártir.

Consideremos humildemente ante el Señor –que dentro de poco ha de ser finalmente nuestro Juez– si estos diagnósticos son hoy verdaderos y en qué medida nos afectan personalmente, pues todos los cristianos –cada uno en su lugar y ministerio propio: párrocos, padres de familia, profesores, Obispos, teólogos, dirigentes laicos–, todos participamos de la autoridad pastoral del Señor y de los apóstoles. Nadie puede decir como Caín: “¿acaso soy yo el guardián de mi hermano?”[17] […]

San Juan de Ávila

Reformados los Pastores, se enmendarán los fieles. Es la idea central de los Tratados de reforma compuestos en la época del concilio de Trento por el santo Maestro Juan de Ávila (1500-1569).

Cuando hoy leemos el Memorial Primero al Concilio de Trento (1551), sobre “la reformación del estado eclesiástico”, y sobre “lo que se debe avisar a los Obispos”, y el Memorial Segundo (1561), acerca de las “causas y remedios de las herejías”, tenemos la certeza de que todo lo que allí se dice es la verdad. El Maestro Ávila escribe con su sangre, con una veracidad sangrante, confesando así su amor a Jesucristo y su dolor por los males de la Iglesia, desgarrada por la herejía y el cisma de la rebelión de Lutero (1517).

“Juntóse con la negligencia de los pastores, el engaño de falsos profetas,”[18] pues “así como, por la bondad divinal, nunca en la Iglesia han faltado prelados que, con mérito propio y mucho provecho de las ovejas, hayan ejercitado su oficio, así también, permitiéndolo su justicia por nuestros pecados, ha habido, y en mayor número, pastores negligentes, y hase seguido la perdición de las ovejas.”[19]

“No nos maravillemos, pues, que tanta gente haya perdido la fe en nuestros tiempos, pues que, faltando diligentes pastores y legítimos ministros de Dios que apacentasen el pueblo con tal doctrina que fuese luz… y fuese mantenimiento de mucha substancia, y le fuese armas para pelear, y en fin, que lo fundase bien en la fe y encendiese con fuego de amor divinal, aun hasta poner la vida por la confesión de la fe y obediencia de la ley de Dios”, han entrado tantos males, y “así muchos se han pasado a los reales del perverso Lutero, haciendo desde allí guerra descubierta al pueblo de Dios para engañarlo acerca de la fe.”[20]

¿Cómo pudieron entrar en el pueblo cristiano tantos errores y males sino a causa de los falsos profetas, tolerados por unos pastores negligentes? ¿Cómo no se dio la alarma a su tiempo para prevenir tan grandes pérdidas?

“Cosa es de dolor cómo no hubo en la Iglesia atalayas, ahora sesenta o cincuenta años [hacia 1517], que diesen voces y avisasen al pueblo de Dios este terrible castigo… para que se apercibiesen con penitencia y enmienda, y evitasen tan grandísimo mal.”[21]

En realidad, ya hubo quienes en su momento dieron voces de alarma; pero no fueron escuchados.

Y recuerda San Juan de Ávila, por ejemplo, el tratado de Juan Gersón, De signis ruinæ Ecclesiæ, publicado en París en 1521.[22]

En estos Memoriales de San Juan de Ávila al Concilio, o en otras cartas y conferencias suyas, no hay retórica, no hay ideología: sólo se halla la luminosidad de la Biblia y de la mejor Tradición católica. Estos escritos, tan llenos de luz y de vida, claros, objetivos, directos, prácticos, tan diferentes del “lenguaje eclesiástico” centrista y políticamente correcto, hacen patente que el autor, entre tantos pastores y teólogos solícitos de sus propios intereses, busca sólo “los intereses de Jesucristo,”[23] el bien del pueblo cristiano. Se capta en ellos la fuerza divina, sobrehumana, del Espíritu Santo, el único que puede reformar la Iglesia y renovar la faz de la tierra.

San Carlos Borromeo

Entre aquellos Obispos que sirven martirialmente a la verdad de Cristo con sobrehumana parresía en el ejercicio de su autoridad apostólica es preciso recordar al arzobispo San Carlos Borromeo (1538-1584). A él le encomienda el Señor la dificilísima misión de aplicar la reforma del concilio de Trento en la enorme y maleada diócesis de Milán.

Muchas horas pasa San Carlos de rodillas ante el Santísimo Sacramento, es decir, ante Cristo mismo, el Buen Pastor; la devoción eucarística es su devoción predilecta. Muchas son, incontables, sus predicaciones y visitas pastorales, enseñando la verdad y combatiendo el error. Pero también son no pocas las acciones enérgicas de su autoridad pastoral, como podemos comprobar con algunos ejemplos. […]

Cuando San Carlos Borromeo asumió la diócesis de Milán en 1566, “había encontrado muchas cosas y personas en un lamentable estado de abandono e inmoralidad. De los noventa conventos de religiosos existentes en la Diócesis tuvieron que ser suprimidos veinte, y algunos de los que quedaron estuvieron al principio en abierta rebeldía”.

San Carlos estimaba que la santidad de la Iglesia no podía permitir ni en el clero ni en los religiosos graves infracciones habituales de leyes fundamentales. Por eso él llamaba con toda caridad y paciencia a la conversión, y cuando ésta no se producía, ejercitaba su autoridad apostólica para sancionar, suspender o suprimir. No dejaba que se pudrieran los males durante decenios o que se extinguieran por sí mismos, por la mera muerte de las personas.

Los ejemplos aducidos de la vida de San Carlos se refieren a errores morales, más bien que a desviaciones doctrinales. Pero viene a ser lo mismo: la autoridad pastoral, recibida de Cristo y de los apóstoles, debe ser ejercitada en el pueblo cristiano para combatir juntamente pecados y herejías. Y todos los santos Pastores la han empleado para procurar el bien de su pueblo y guardarlo de malas doctrinas o de malas costumbres.

La autoridad pastoral en la tradición doctrinal y práctica de la Iglesia

La autoridad de Dios es la fuerza providencial amorosa e inteligente que todo lo acrecienta con su dirección e impulso. La misma palabra auctoritas deriva de auctor, creador, promotor, y de augere, acrecentar, suscitar un progreso. Dios, evidentemente, es el Autor por excelencia, porque es el creador y dinamizador del universo, y de Él proceden todas las autoridades creadas –padres, maestros, gobernantes civiles o pastores de la Iglesia, y hasta los jefes de manadas en el mundo animal–. La autoridad, pues, en principio, es una fuerza espiritual sana, necesaria, acrecentadora, estimulante, unificadora. La autoridad es, pues, fuente de inmensos bienes, y su inhibición causa enormes males.

Según esta disposición de Dios, que afecta tanto al orden de la naturaleza como al de la gracia, si no hay un ejercicio suficiente de la autoridad y una asimilación suficiente de la misma por la obediencia, no puede lograrse ni el bien de las personas, ni el bien de las comunidades.[24]

Por eso en la Iglesia el ejercicio de la autoridad apostólica de los Pastores sagrados es una mediación de suma importancia en la economía divina de la gracia. Y en cuanto a sus modos de ejercicio, convendrá recordar una vez más que la verdad de la Iglesia es bíblica y tradicional. En efecto, si queremos conocer cómo debe ser el ejercicio de la autoridad pastoral en la Iglesia debemos mirar a Cristo, a Pablo, al Crisóstomo, a Borromeo, a Mogrovejo y a tantos otros pastores santos que Dios nos propone como ejemplos.

Sin embargo, envueltos en el presente que nos ciega y encarcela, no podemos a veces ni siquiera imaginar otros modos de ejercicio pastoral que aquellos que hoy son más comunes. Pero la historia, dándonos a conocer el pasado, nos libera del presente y nos abre a un futuro distinto del tiempo actual. El pasado fue diverso del presente, y también el futuro, ciertamente, lo será. […]

Podrán cambiar, y así conviene, los modos de la autoridad apostólica según tiempos y culturas, pero el ejercicio del ministerio pastoral, un ejercicio solícito y abnegado, paciente y eficaz, ha sido tradición unánime de la Iglesia en los santos pastores de todos los tiempos.

Mundanización de la autoridad pastoral

Ahora bien, esa línea unánime que hemos comprobado en la tradición de la Iglesia puede quebrarse si los Pastores sagrados se consideran más obligados al mundo actual que a la tradición cristiana. Entonces es cuando los modelos bíblicos y tradicionales pierden todo su vigor estimulante.

En otro libro he escrito que el catolicismo mundano –liberal, so­cialista, liberacionista, etc.– considera “que la Iglesia tanto más se renueva cuanto más se mundaniza; y tanto más atrayente resulta al mundo, cuanto más se seculariza y más lastre suelta de tradición católica.

Sólo un ejemplo. El cristianismo mundanizado estima hoy que los Obispos deben asemejar sus modos de gobierno pastoral lo más posible a los usos democráticos vigentes –en Occidente–. El cristianismo tradicio­nal, por el contrario, estima que los Obispos, en todo, también en los modos de ejercitar su autoridad sagrada, deben imitar fielmente y sin miedo a Jesucristo, el Buen Pastor, a los apóstoles y a los pastores santos, canonizados y puestos para ejemplo perenne.

En efecto, los Obispos que, en tiempos de autoritarismo civil, se ase­mejan a los prín­cipes absolutos, se alejan tanto del ideal evangélico como aquellos otros Obispos que, en tiem­pos de demo­cratismo igualitario, se asemejan a los políticos permisivos y oportunistas. Unos y otros Pastores, al mundani­zarse, son escasamente cristianos. Falsifican lamentablemente la originalidad formidable de la auto­ridad pasto­ral entendida al modo evangélico. En un caso y en otro, el principio mundano, configurando una realidad cristiana, la desvirtúa y falsifica.”[25]

La tentación principal de los Pastores sagrados de hoy no es precisamente el autoritarismo excesivo, sino el laisser faire oportunista de los políticos demagógicos de nuestro tiempo, más pendientes de los votos que de la verdad y el bien común. Por eso, cuando hoy vemos en no pocas Iglesias males graves y habituales –herejías y sacrilegios–, que vienen a tolerarse como un mal menor y que se consideran irremediables, no podemos menos de pensar: “efectivamente, son males irremediables, si se da por supuesto que no conviene ejercitar con eficaz vigor sobre ellos la autoridad apostólica”.

Los Obispos, párrocos y superiores religiosos que, ante graves abusos doctrinales o disciplinares, desisten de ejercer su autoridad pastoral, suelen declarar: “es inútil, no obedecen”. Y lo mismo dicen los padres que dejan a sus hijos abandonados a sí mismos, renunciando a ejercer sobre ellos la autoridad familiar que necesitan absolutamente. Pero es éste un círculo vicioso –no mandan porque no obedecen y no obedecen porque no mandan– que solamente puede quebrarse por la predicación de la autoridad, tal como es conocida por la razón y la fe, y por el ejercicio caritativo, y sin duda martirial, de la misma autoridad.

Grandes males exigen grandes remedios. Un cáncer no puede ser vencido con tisanas, sino que requiere radiaciones, quimioterapias fuertes o intervenciones quirúrgicas. Pero si no es vencido, irá matando el cuerpo lentamente.

El Apóstol anima a su colaborador episcopal: “yo te conjuro en la presencia de Dios y de Cristo Jesús, que va a juzgar a vivos y muertos, por su manifestación y su reino: predica la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, corrige, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina, pues vendrá un tiempo en que no sufrirán la sana doctrina, sino que, deseosos de novedades, se amontonarán maestros conformes a sus pasiones, y apartarán los oídos de la verdad para volverlos a las fábulas. Pero tú mantente vigilante en todo, soporta padecimientos, haz obra de evangelizador, cumple tu ministerio”[26]

La gran batalla de los mártires

“A través de toda la historia humana existe una dura batalla contra el poder de las tinieblas, que, iniciada en los orígenes del mundo, durará, como dice el Señor, hasta el día final.”[27] En esa formidable y continua guerra, los hijos de la luz, siguiendo a Cristo, combatimos ante todo dando el testimonio de la verdad. “La armadura de Dios” que revestimos tiene en la verdad su arma principal.[28]

En todas las batallas se ve el hombre en la necesidad de optar por una u otra de las partes en contienda. El Evangelio, los Apóstoles, muy especialmente el Apocalipsis, nos revelan claramente que los cristianos estamos llamados a ser mártires en este mundo, testigos veraces del Testigo veraz, que es Cristo. Y la Revelación nos muestra que nuestra lucha no es simplemente contra la carne y la sangre, sino contra los demonios.[29]

Por tanto, la lucha en la que los discípulos de Cristo nos vemos gloriosamente empeñados no es una Guerra Floral, en la que podamos combatir a nuestros enemigos arrojándoles versos amables y pétalos de flores: es una guerra sangrienta, a vida o muerte, en la que nosotros y nuestros hermanos nos jugamos la vida eterna. En esa batalla, la que libran los mártires de Cristo, según describe el Apocalipsis, hemos de combatir con todas nuestras fuerzas, arriesgándolo todo y con todas las armas posibles,[30] hasta la muerte, buscando en la victoria nuestra salvación y la de los demás hombres.

A lo largo de estas páginas, que ya se terminan, hemos podido contemplar el martirio continuo de Cristo y de todos sus santos, pues todos han llevado en este mundo y en esta Iglesia una vida martirial. Conviene, pues, que ante Dios reafirmemos nuestra “determinada determinación” de ser mártires con Cristo en este mundo –y en esta Iglesia–.

Y al renovar hoy esta determinación no pensemos tanto en posibles persecuciones sangrientas del mundo, sino más bien –pues son mucho más frecuentes– en las persecuciones insidiosas del desprecio y la marginación. Como observa Juan Pablo II, “sabemos que el perseguidor no asume siempre el rostro violento y macabro del opresor, sino que con frecuencia se complace en aislar al justo con el sarcasmo y la ironía.”[31]

La urgente renovación de la Iglesia

“Los lastimeros males que en nuestros tiempos han venido sobre nuestro pueblo cristiano, es mucha razón que despierten nuestro profundo y peligroso adormecimiento que del servicio de nuestro Señor y del bien general de la Iglesia y de nuestra particular salvación todos o casi todos tenemos, para que con ojos abiertos sepamos considerar la grandeza del mal que nos ha venido y el peligro que nos amenaza, y pongamos remedio, con el favor divinal, en lo que tanto nos cumple.”[32]

Es duro decir estas cosas, pero es necesario decirlas y repetirlas, pues están sistemáticamente silenciadas, y mientras no se digan lo bastante no podrán ser remediadas. La inmensa mayoría de los bautizados vive alejada de la Eucaristía y del sacramento de la Penitencia. No uno o dos errores de época, aún no vencidos, sino numerosos errores contra la fe entenebrecen la vida de muchos cristianos, sin que esto produzca especial alarma. De hecho, en filosofía, en exégesis, en temas dogmáticos y morales, en el mismo entendimiento de la historia, falsificada en claves marxistas o liberales, se siguen difundiendo graves errores en no pocos seminarios y facultades, editoriales y librerías católicas. La conciencia moral de muchos, deformada por nuevas morales, ha perdido la rectitud objetiva de la doctrina católica. Son innumerables los matrimonios que, ignorantes o engañados, profanan la castidad conyugal, y que apenas tienen hijos. Es ya notorio que reina entre los cristianos la lujuria y el impudor,[33] y que en todos los estamentos del Cuerpo eclesial abunda también la desobediencia, hasta el punto de que graves rebeldías habituales a leyes de la Iglesia ya apenas escandalizan, al estar generalizadas. Una gran mayoría de los fieles, una vez confirmados, abandona los sacramentos. Muchas Iglesias no tienen apenas vocaciones sacerdotales y religiosas. No pocas comunidades religiosas viven clara y pacíficamente alejadas de la Regla de vida que han profesado, alegando que “siguen otra línea”… “La misión específica ad gentes parece que se va deteniendo… El número de los que aún no conocen a Cristo ni forman parte de la Iglesia aumenta constantemente; más aún, desde el final del Concilio casi se ha duplicado.”[34]

¿Qué pensarían de esta situación Atanasio, Bernardo, Catalina, Juan de Ávila?… ¿Y qué dirían?… Y sin embargo, lo eclesiásticamente correcto es hoy el optimismo sereno y confiado. Toda otra actitud, se estima, es pesimismo, alarmismo, y en definitiva, falta de esperanza en Dios y en su providencia.

“Todo está ciego y sin lumbre.”[35] “Hondas están nuestras llagas, envejecidas y peligrosas, y no se pueden curar con cualesquier remedio.”[36] Y lo más grave es que las campanas de la cristiandad todavía no resuenan tocando a rebato, no llaman urgentemente, como en épocas de más humildad, a conversión, a renovación, a reforma. Falta humildad, fortaleza y esperanza para reconocer los males y para atreverse a averiguar sus causas reales. Falta esperanza, fe en el poder salvador de Cristo, para atreverse a ver esos males y para intentar con buen ánimo su remedio. No falta, no, la esperanza en quienes reconocen los graves males actuales de la Iglesia; falta en quienes no quieren conocerlos y reconocerlos.

“Inquiramos qué raíz ha sido ésta de la cual tan pestilenciales frutos han salido, que quien los ha comido ha perdido la fe y puesto en turbación y peligro a la Iglesia católica.”[37]

Cuando en un combate desmaya un ejército y comienza a huir, dice el Maestro Ávila, “suelen los señores, y el mismo rey, echar mano a las armas y meterse en el peligro, persuadiendo con palabras y obras a su ejército que cobre esfuerzo y torne a la guerra… En tiempo de tanta flaqueza como ha mostrado el pueblo cristiano, echen mano a las armas sus capitanes, que son los Prelados, y esfuercen al pueblo, y autoricen la palabra y los caminos de Dios, pues por falta de esto ha venido el mal que ha venido… Y de otra manera será lo que ha sido.”[38]

“Yo os he dado el ejemplo, para que vosotros hagáis también como yo he hecho.”

Hemos recordado palabras y acciones de una parresía que podríamos decir suicida, en el mejor sentido evangélico que da el Señor a la expresión “entregar”, “perder” la vida, por salvar la vida propia y la de los demás. Es cierto que cambia mucho la significación de las realidades humanas al paso de los siglos, y que palabras o acciones que hace unos siglos pudieron ser expresivas de la caridad pastoral, mudada hoy su significación, resultarían objetivamente imprudentes y escandalosas. […] No es preciso que discutamos de teología con el talante de San Buenaventura… o de San Pablo (“¡ojalá se castraran del todo los que os perturban!”[39] Tampoco resulta hoy viable multiplicar las excomuniones, que tantas veces fueron realizadas por los más santos Pastores, siguiendo la norma de Cristo y de los Apóstolesn.[40] La ex-comunión sólo tiene sentido y eficacia donde hay una comunión eclesial fuerte y clara. Pero hoy son frecuentes las situaciones de la Iglesia en donde esa comunión está sumamente difusa, ya que la inmensa mayoría de los bautizados vive habitualmente lejos de la Eucaristía y ha perdido casi totalmente la fe católica.

Todo eso se entiende fácilmente

Pero lo que está claro es que nosotros estamos llamados a imitar al mártir Jesucristo y a sus santos, mártires todos ellos en el mundo, y no pocas veces en la Iglesia, es decir, en la parte mundana de la Iglesia. El modo en el que demos al mundo nuestro personal “testimonio de la verdad” habrá de ser el que Dios quiera para cada uno de nosotros. Pero de un modo o de otro habremos de prestarlo: “Yo os he dado el ejemplo, para que vosotros hagáis también como yo he hecho.”[41]

Lo que está claro es que sin espíritu de martirio no puede haber renovación de los cristianos y de la Iglesia. Sólo tomando la Cruz es posible seguir a Cristo resucitado.

Lo que está claro es que el Espíritu Santo, con modos nuevos, sin duda, quiere actuar hoy en nosotros con la misma parresía de Cristo, de Esteban, de Pablo,… de todos los santos…

¿Para qué celebramos en el Año Litúrgico los ejemplos de Cristo y de sus santos, si nosotros debemos evitar imitarlos en todas aquellas palabras y acciones en las que ellos “perdían su vida” en este mundo, o la disminuían o la arriesgaban por la causa de Dios y de los hombres? ¿Queremos de verdad “confesar a Cristo” entre los hombres con todas nuestras fuerzas? ¿Pensamos que será eso posible sin sufrir grandes martirios? ¿Esperamos que puedan hoy renovarse las históricas victorias formidables de la Iglesia sobre el mundo si rehuimos combatirlo, por estimarlo eclesiásticamente incorrecto?

“En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: Yo he vencido al mundo.”[42]

Fundación Gratis Date

[1] Christus Dominus 2. Concilio Vaticano II, Decreto Presbyterorum Ordinis; 7 de diciembre de 1965; 4-6.

[2] 1Pedro 2,19-21.

[3] Gálatas 1,10.

[4] 2Corintios 12,15.

[5] Habacuc 2,4; Romanos 1,17; Gálatas 3,11; Hebreos 10,38.

[6] Lucas 12,49.51.

[7] Por ejemplo, de León XIII, Diuturnum illud 1881, Immortale Dei 1885, Libertas 1888),

[8] Zacarías 13,7; Mateo 26,31.

[9] Salmo 79

[10] Herder, Barcelona 1984, pp. 826-827.

[11] ibid. p. 810.

[12] Juan 11,52.

[13] Hechos 4,32.

[14] Filipenses 2,2.

[15] Jeremías 2,13.

[16] Marcos 6,34.

[17] Génesis 4,9.

[18] Memorias II, 9.

[19] ibid. 10.

[20] ibid. 17.

[21] ibid. 34.

[22] Sermo de tribulationibus ex defectuoso ecclesiasticorum regimine adhuc ecclesiæ proventuris et de signis earumdem; “Acerca de las tribulaciones que todavía más han de sobrevenir por las deficiencias del régimen eclesiástico, y acerca de sus signos.”

[23] Filipenses 2,21.

[24] Cf. J. Rivera-J. M. Iraburu, Síntesis de Espiritualidad Católica, Fundación Gratis Date, Pamplona 1995, pp. 361-389.

[25] De Cristo o del mundo, Fundación Gratis Date, Pamplona 1997, p. 135.

[26] 2Timoteo 4,1-5.

[27] Vat. II, Gaudium et Spes 37.

[28] Cf. Efesios 6,13-15.

[29] Efesios 6,12.

[30] Lícitas, obviamente. Nota de Fe y Razón.

[31] Aud. gral. 19 de febrero de 2003.

[32] San Juan de Ávila, II Memorial 1.

[33] 1Corintios 5,1.

[34] Juan Pablo II, Redemptoris missio 1990, 2-3…

[35] San Juan de Ávila, II Memorial 43.

[36] Ibid. 41.

[37] Ibid. 3.

[38] Ibid. 43.

[39] Gálatas 5,12 …

[40] Mateo 18,17; 1Corintios 5,11; etc.

[41] Juan 13,15.

[42] Juan 16,33.