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Miguel Antonio Barriola

Este año desde el 11 de noviembre de 2012 hasta 24 de octubre de 2013, promete ser muy fructuoso y renovador, ya que se propone, según el Motu Proprio de Benedicto XVI, celebrar el quincuagésimo aniversario del Concilio Vaticano II y el vigésimo de uno de sus frutos más acabados: el Catecismo de la Iglesia Católica.[1]

Ahora bien, nadie ignora las convulsiones de todo tipo que se siguieron a las sesiones de dicha magna asamblea, que reunió al entero episcopado católico. Hay quien ve a todo lo anterior como definitivamente superado, por un lado, y quien, por el otro, lamenta el tembladeral a que ha sido sometida la más auténtica tradición de la Iglesia. Representa la primera tendencia la “Escuela de Bologna”, bajo la guía de G. Alberigo, mientras que la segunda tiene en los “lefebvristas” a sus más conocidos adalides.

Si bien no puede ser tachado de cerrado conservadurismo, y sintiéndome de acuerdo en muchas de sus críticas al desarrollo postconciliar, con todo, creo que se merecen más de un reparo las tomas de posición de un autor que no ha sido muy publicitado, pero que últimamente está tomando cierta mayor notoriedad. Me refiero a Romano Amerio.[2]

Iota unum

De entrada parece emblemático el título mismo escogido por el autor en cuestión para su nutrido análisis crítico de la situación eclesial posterior al Vaticano II: Iota unum – Estudio sobre las variaciones de la Iglesia católica en el siglo XX.[3] Porque, ya desde el mismo frontispicio, contrapone lo que (según él) el mismo Cristo ha declarado inmutable[4] y las “traiciones “variantes”“ que contra tal principio estaría cometiendo la Iglesia católica después del último concilio ecuménico.

Ahora bien, en el mismo Sermón del Monte[5] es claro cuánto y hasta qué punto Jesús “cambió” el sentido de la antigua ley, profundizándolo hacia el interior del corazón y hasta “variando” notablemente sus prescripciones. Baste dar una ojeada a sus “oposiciones”: “Habéis oído… pero yo os digo.”[6]

¿En qué quedamos? se podría preguntar cándidamente. ¿No se cambia nada –”ni una iota”– o es posible aceptar modificaciones que corrigen a la misma ley de Moisés?[7]

Orientando la respuesta, hemos de recordar qué era el Antiguo Testamento respecto al Nuevo y qué las disposiciones temporarias y preparatorias de la primera alianza respecto a la última y definitiva. La ley y los profetas estaban en movimiento, eran rudimentarias en más de un aspecto en relación a la disposición final, que tendría su culminación en Jesucristo.

Si nos guiáramos por los supuestos que parecen estar subyacentes en la hermenéutica de Amerio, tendríamos los cristianos que ofrecer todavía holocaustos de bueyes y terneros, establecidos por la ley de Dios a su pueblo elegido. Pero, además de ese punto cultual…, ¿no cambió también, y hasta qué punto, la obligación “divina” de circuncidar a todo hijo varón, la celebración del “shabbat” por la “kyriaké heméra” y tantos otros aspectos?

“El educador religioso que transformase en hombre santo un niño santo no habría “destruido” su personalidad, sino que le habría “dado plenitud” (la destruiría, por el contrario, quien se empeñase en mantenerlo niño toda la vida). El Evangelio significa la mayor edad de la Ley (la comparación es sugerida por San Pablo; Gal 4,1ss.). Estas palabras de Jesús en el “Sermòn de la Montaña” nos dicen ahora a los cristianos que la grandeza del hombre en orden al Reino de los cielos está vinculada a la fidelidad hasta en los mínimos detalles, a la “Ley – plenitud”, que es de hecho toda la Revelación o Palabra de Dios, hecha espíritu, vida e “institución” en su Iglesia”.[8]

A mi modesto entender, por lo tanto, y para mayor precisión, habría que haber afinado más los matices ya desde el comienzo, proponiendo un estudio que distinguiese entre “las variaciones aceptables y las incorrectas” de la Iglesia en el Siglo XX. Porque, es innegable (y en esto coincidimos con Amerio), que ha habido garrafales, erróneas interpretaciones y aplicaciones del etéreo “espíritu” del Concilio, tantas veces contrario a su más que explícita “letra”, que nunca “mata”, con tal que sea leída con una hermenéutica de continuidad y progreso, en lugar de la rupturista.[9] Pero no menos se sostendrá, en lo sucesivo de este estudio, que también se han dado progresos procurados por el Vaticano II, que han de ser bienvenidos y no sumergidos en una espesa capa de silencio, especializándonos en coleccionar sólo sus fallas.

Partiendo de la base que la de R. Amerio es una obra muy seria, que comparto en sus muchas y variadas críticas (teología de la liberación, feminismo, decadencia sacerdotal, etc.) así y todo encuentro ciertas apreciaciones injustas, exageradas y hasta preciosistas.

Manejo la edición italiana, lo cual podrá dificultar la confrontación de mis comentarios con la traducción castellana, pero espero que, el lector sabrá orientarse por los datos que se brindan. Confieso igualmente que podría haberse distribuido el material en secciones temáticas que unificaran mejor los enfoques aquí ofrecidos. Pero se irá comentando aquellos párrafos que me han suscitado más objeciones. De modo que reinará un cierto desorden, pero que no afectará a la comprensión de la revisión de Amerio que iré presentando.

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Cap. 3, nro. 34, p. 56: “Aquí se ve una sombra de subjetivismo. En realidad no importa lo que la Iglesia piensa de sí, cuanto más bien lo que ella es.” Me pregunto si podremos llegar al “ser” sin “pensar” en él. Y, si es verdad que hay pensamientos y pensamientos y muchos no suelen coincidir con la verdad,[10] un cristiano ha de suponer que el “pensamiento de la Iglesia” sobre cualquier tema (Cristo, María, la Iglesia misma) está asistido por el Espíritu Santo, como Jesús prometió. Admito, no menos, que muchas veces en la historia el magisterio (pensamiento de la Iglesia) ha ido balbuceando en su indagación de las verdades reveladas, pero hay una instancia infalible, que se expresa por medio de ese mismo “pensamiento de la Iglesia”, sobre “lo que es” la Trinidad, Cristo, los sacramentos, la Iglesia, etc. Durante siglos, por ejemplo, grandes doctores y santos “pensaron” que no debían admitir la Inmaculada Concepción de María (San Bernardo, Santo Tomás, San Buenaventura), hasta que fue definida por el Beato Pío IX, en 1854. En todos aquellos siglos “el pensamiento de la Iglesia” anduvo fluctuante, pero no fue menos “pensamiento de la Iglesia”—y no “Palabra de Dios”, como la Biblia—la definición dogmática infalible. Estuvo “asistido” por el Espíritu Santo, quien daba toda su certeza y seguridad al “pensamiento de la Iglesia”.

Cap. 5, nro. 49, p. 89: “También la transposición semántica es un gran vehículo de novedad. Así, por ejemplo, llamar operador pastoral al párroco, Cena a la Misa, servicio a la autoridad o toda función, autenticidad a la naturaleza aunque sea deshonesta, arguye novedad en las cosas, significadas antes con aquellos vocablos puestos en segundo lugar”.

Coincido en que es algo secularizante y oficinesco el primero de los cambios apuntados. Pero, ¿qué de malo tiene volver al significado original que se da en los Evangelios y 1Corintios 11,17-34 a la Última Cena?

Al respecto, parece que Amerio, innegablemente tan erudito, no tiene noción de la obra clásica sobre la historia de la liturgia eucarística, de Joseph Jungmann: Missarum Sollemnia.[11] De hecho nunca acude a este autor. Ahora bien, cuando Jungmann enumera los nombres que se han ido dando a la Eucaristía[12] ss. sigue este orden: “Fracción del pan”, “Cena Dominical”, “Eucaristía”, “Oblatio” , “Sacrificium”, (continúa con 6 nombres orientales)… y finalmente “Missa”, que significa “despedida”. Ahora bien, al respecto, comenta Jungmann: “Difícil, sin embargo, por no decir imposible, nos resulta el que haya prevalecido el nombre que indica una acción contraria: la de separarse o dispersarse… Hoy no puede ponerse en duda el que ésta sea la significación primitiva de la palabra missa”.

Posteriormente se le brindaron significados más altos: Bendición, Mesa. Pero, no me explico por qué insistir en un término muy “tradicional”, qué duda cabe, pero que no ofrece la riqueza que tenían otros anteriores.

Tradición no es solamente conservar lo que viene de siglos pasados, porque también hubo sostenidas deformaciones a lo largo de la historia, que desdibujaron la fuerza original de signos, vocabulario, costumbres. Por ejemplo, fue inveterada costumbre de siglos, celebrar la “Vigilia pascual” el sábado por la mañana, cosa que significó una pérdida grande del sentido de esa solemnísima ceremonia, por naturaleza “nocturna”. Y esto duró siglos y siglos.

También: ¿qué de desaconsejable tiene el llamar “servicio” a la autoridad, cuando quien detenta la potestad máxima en la Iglesia suele designarse a sí mismo: “servus servorum Dei”? ¿Y no nos repitió una y mil veces Cristo, que no vino a “ser servido sino a servir”? Creo yo, al contrario, que es un logro muy de celebrar, una muy apta llamada de atención a más de un clérigo (diácono, sacerdote, obispo), que mucho se han valido de sus prerrogativas, más para aprovecharse de ellas, que para ponerlas al servicio de sus ovejas.

En cuanto a censurar el uso de “autenticidad” también para naturalezas deshonestas, Amerio tendría que aducir textos, porque me parece que afirma demasiado.

En el párrafo siguiente,[13] sostiene: “El neologismo, por lo común filológicamente monstruoso, a veces está destinado a significar ideas nuevas, como por ejemplo, concientizar,[14] pero más frecuentemente nace del ansia por lo nuevo, como se ve al decir presbítero en lugar de prete,[15] diaconía en lugar de servicio o eucaristía en lugar de Misa. También en esta sustitución de neologismos a los términos antiguos se esconde siempre, con todo, una variación de conceptos o por lo menos una coloración diversa”.

Francamente, no veo tanto drama. Sobre “Cena” y “Misa”, ya me expresé en lo tocante al párrafo anterior. En cuanto a “concientizar” ¿qué hay de malo en el neologismo? Que se pueda decir más castiza o itálicamente –“prendere coscienza” o “tomar conciencia”– de acuerdo. Pero el término nuevo nada tiene de torcido y se ha vuelto ya común. ¡Tantas palabras comenzaron en una época determinada, hasta que se aclimataron en un idioma (bus, Power Point, etc…)! ¿Y qué hay de desaconsejable en usar palabras empleadas por la misma Biblia: “presbíteros”, “diaconía”? Y, que se den “coloraciones diversas”, tampoco es contraproducente, con tal que sean genuinas y concordes con la doctrina de la Iglesia. Realmente, no comprendo esta reacción del autor en cuestión.

Sigue: “El más notable es el vocablo diálogo, antes desconocido en la Iglesia. El Vaticano II, en cambio, lo empleó 28 veces y acuñó la fórmula celebérrima que indica el eje y la comprensión primaria del Concilio: “diálogo con el mundo” y “mutuo diálogo entre Iglesia y mundo.”[16]

Pero… también hasta el siglo IV era desconocido en la Iglesia el término “homooúsios” (consusbstancial) aplicado a Cristo en Nicea. En ningún pasaje del Nuevo Testamento se aplica a María el título de “Madre de Dios”, que se le dio sólo en el Concilio de Éfeso.

Con todo, es inexacto decir que antes no se usó la palabra “diálogo”. ¿Se olvidó de San Justino (+ 165) y su “Dialogus cum Triphone”?

Por todo esto, daría la impresión de que Amerio entendiera por “tradición” lo que viene desde el Tridentino en adelante, no siglos y siglos previos. Ahora bien, el Vaticano II ha recuperado del lejano pasado ricas costumbres que habían quedado sepultadas en épocas posteriores, como la concelebración, la oración de los fieles en la Misa y tantas otras cosas.

Por otra parte, esto es un paso interesante, siempre que no se entienda por “diálogo” su desfiguración en meras relaciones de simpatía, encubriendo la propia verdad católica. Ya sobre esto se expidió magníficamente Pablo VI en Ecclesiam Suam, a la que, si bien recuerdo, nunca se refiere Amerio.

Además, si hemos de evangelizar a todas las gentes, hemos de dialogar necesariamente con el mundo. Obviamente, sin mimetizarnos con él; pero el cristiano ha de estar dispuesto a terciar en intercambios con Kant, con Nietzsche y con quien sea. Ya para refutar sus errores, ya para apreciar posibles aportes, como lo hizo Tomás de Aquino con un pagano: Aristóteles.

En una nota,[17] a mi entender por demás quisquillosa, Amerio comenta: “Mutuo, en realidad aparece superfluo, ya que si habla solamente la Iglesia, no hay diálogo, sino monólogo”.

En primer lugar, debería indicar con mayor precisión “dónde” se encuentra ese giro redundante –“diálogo mutuo”– porque en el único número que cita de Gaudium et Spes no aparece semejante expresión. El pasaje que más se le acercaría, en dicho lugar, reza así: “Procuren siempre hacerse luz mutuamente con un diálogo sincero, guardando la mutua caridad y la solicitud primordial por el bien común.”[18]

Pero, además, ¿hay redundancia cuando se habla, por ejemplo, de “convenio mutuo”? Porque, ya “cum-venire”[19] supone que se trata de “dos”, que coinciden “mutuamente”. ¿No solemos hablar de: “ambos a dos”,[20] sin censurar de “superfluidad”?

Termina su consideración al respecto, de este modo: “Todo se vuelve diálogo y la verdad in facto esse se diluye en su propio fieri como diálogo”

A lo que se me ocurre comentar que ciertas distorsiones no merecen propiamente el nombre de diálogo, como ya lo advirtió egregiamente Pablo VI en la encíclica arriba mencionada.

Por lo demás, la verdad en sí no logra ser captada por todos de inmediato y se la ha de hacer asequible por medio de intercambios de ideas, explicaciones, etc. Así, los primeros misioneros en Alaska no podían predicar directamente a los esquimales que debían hacerse “prudentes como serpientes,”[21] ya que por aquellos glaciares y hielos jamás reptaron semejantes ofidios. Seguramente “dialogaron”, adaptándose a la cultura de los iglúes, proponiendo que fueran “prudentes como las focas”.

Premisa

Me excuso por volver atrás, pero no había notado un reparo bastante grueso, según mis alcances, que “Iota unum” trae en el cap. 5, nro. 47, p. 86. Allí, haciendo un recuento de los abusos[22] postconciliares, Amerio afirma lo siguiente: “Los excesos son particularmente patentes en el orden litúrgico, donde la Misa se encontró cambiada de totalmente otra a totalmente otra.”[23]

¿Se puede admitir semejante corrupción en el corazón mismo de la vida de la Iglesia? ¿Entonces, Pablo VI, Juan Pablo I, Juan Pablo II y el Papa actual cayeron en deformaciones litúrgicas, que desfiguraron del todo al Santo Sacrificio de la Misa, al celebrar de acuerdo con la reforma litúrgica propuesta por el Vaticano II? Sinceramente, me parece tremendista, falta de matices, sin pruebas que documenten semejante afirmación.

Por eso, estoy de acuerdo con G. E. Possedoni, que hace la presentación de un simposio, que se tuvo en Ancona,[24] justamente sobre el pensamiento de R. Amerio: “Es francamente difícil adherir al juicio complexivamente negativo que Romano Amerio parece pronunciar en su obra sobre el concilio ecuménico Vaticano II, que, al contrario, en su hermenéutica de continuidad con la Tradición, presenta múltiples logros fructuosos…

Pero, sobre todo es arduo compartir su visión de una Iglesia menoscabada por variaciones tales que desnaturalizan su esencia, porque, participar con él en esta convicción querría decir, para un creyente, titubear, al menos, de la promesa hecha por su Fundador; porque, si es verdad que la Iglesia se encuentra constantemente bajo amenaza por parte de quien propugna para ella cambios descabellados –y, por lo tanto, es deber imperioso evidenciar y denunciar implacablemente los peligros y las distorsiones demasiado graves, a las que daría lugar el laxismo hacia estos ataques– es también verdad, más aún, absolutamente cierto, que la Iglesia jamás variará esencialmente, porque “portae inferi non praevalebunt adversus eam”[25]

También me parece justa y acertada la visión que ofrece el sacerdote Pietro Cantoni en el mismo congreso:[26] “Nos encontramos, por lo tanto, ante una quaestio[27] en estilo medieval: Videtur quod sic.[28] La Iglesia profesa hoy sobre puntos para nada secundarios la exacta contradicción de lo que profesaba ayer. Videtur quod non:[29] es imposible que la Iglesia se contradiga sobre puntos de doctrina fundamentales, porque esto destruiría su esencia, su mismo ser, y la Iglesia de Cristo es indefectible.

El autor, Romano Amerio, no propone una solución teológica. Falta un verdadero y propio Respondeo dicendum quod…”[30]

Volviendo a un tema tocado ya más arriba, según lo veo, Amerio trata con demasiada dureza la gestión pontificia de Pablo VI,[31] olvidando que se introdujeron cambios de administración con los cuales se quiso dar lugar a que los autores en conflicto revisaran sus posturas ante obispos o conferencias episcopales de sus respectivos países.[32]

Así, en el cap. 6, nro. 64, p. 125, expone lo que sigue: “Para responder “al deseo de muchos que preguntaban cuál fuese la actitud de la Santa Sede respecto al Concilio Holandés” L’Osservatore Romano del 13 de enero de 1970 publicó la carta autógrafa de Pablo VI al episcopado holandés. Se ve en la carta el carácter propio de aquel pontificado: el ojo ve el daño y el error, pero la mano ni con la medicina, ni con el cauterio, ni con el cuchillo se acerca al mal para combatirlo y sanarlo”.

Me parece injusto, si se recuerda cómo se condenó el Catecismo Holandés, que justamente después pasó a un bien merecido olvido.

Igual apreciación surge en el número siguiente:[33] “Esta breviatio manus tiene su origen por cierto en el discurso inaugural del Concilio, que anunció la renuncia al método de la condena del error[34] y fue practicado por Pablo VI en todo su pontificado. Él, como doctor, se atuvo a las fórmulas tradicionales que contienen la ortodoxia, pero como pastor no impidió que corriesen fórmulas heterodoxas, pensando que por sí mismas se reducirían a fórmulas ortodoxas conformes a la verdad. Los errores fueron denunciados por él y la fe católica mantenida, pero la deformación dogmática no fue condenada en los que erraban y la situación cismática de la Iglesia fue disimulada y tolerada”.

Francamente, se me hace un dictamen inexacto, porque justamente se dio mayor espacio a que los mismos obispos locales ejercieran su magisterio respecto a los teólogos díscolos. Baste recordar las más que tortuosas negociaciones de la Conferencia Episcopal Alemana en el “caso Küng”, donde carta iba, carta venía, en las que este por entonces incipiente heresiarca prometía revisar sus puntos de vista, postergando una y otra vez su retractación.[35] Por otro lado el documento Mysterium Ecclesiae de la Congregación para la Doctrina de la Fe, sin citar expresamente a Küng, era una palmaria condena de sus tesis erróneas sobre la Iglesia y su negación de la infalibilidad del magisterio.

Amerio olvida también o, cuando no lo hace, no valora suficientemente la Humanae Vitae,[36] la Mysterium fidei,[37] la Sacerdotalis Coelibatus, El Credo del pueblo de Dios.[38] Tampoco menciona el significativo frenazo que este Papa opuso a ciertos “teólogos de la violencia” en la Conferencia del CELAM en Medellín (1968).

Después, propone frases sin indicar la fuente, sin lo cual no se puede ir a refrendarlas, cosa que no es muy honesta, porque un texto fuera de contexto se vuelve pretexto. Así, por ejemplo:[39] “Tal vez las palabras de una carta de juventud de Montini revelan los síntomas primerizos de esta tal prevalencia de la facultad ideativa sobre la percepción de lo concreto; “estoy convencido de que un pensamiento mío, un pensamiento de mi alma, vale para mí más que cualquier cosa”“ .

¿No se puede hacer el esfuerzo de “salvar la proposición el prójimo” (y ¡qué prójimo!, en el caso), como aconsejaba San Ignacio de Loyola, interpretando que es justamente el pensamiento, ya que no bastan los sentidos, el que coloca al hombre en cuanto hombre con las cosas mismas?

Por otro lado, así sea excelsa y sublime “la cosa”, como, por ejemplo el mismo Cristo, su presencia en la Eucaristía, “para mí”, como subraya la frase del “joven Montini”, no tendría sentido si no me pusiera en relación con la misma. Y esto, el hombre lo hace primariamente por el pensamiento.

Así como se reporta la frase desnuda, se podría pensar que el joven Montini era un kantiano cualquiera. Pero… ¿es posible pensar eso de quien, como Papa, publicó la Lumen Ecclesiae de 1974, en valiente defensa de la validez perenne de la doctrina tomista?

Y aún admitiendo un sesgo intimista en el dicho, ¿no se puede pensar en un cambio posterior, en quien sería el Pastor Supremo de la grey católica?

En el mismo número[40] recién mencionado, nos encontramos con lo siguiente: “Hasta en las vísceras de los errores dogmáticos, que sin embargo impugna vigorosamente en la encíclica Mysterium fidei, el Papa ve razones de relativo aplauso, ya que, dentro de la misma herejía negadora de la presencia real, le aparece “el laudable deseo de escrutar tan grande misterio y explorar sus inagotables riquezas”“.

No atiende Amerio al axioma “Error absolutus non datur,” [41] o sea, que aun los desvíos más estridentes son llevados por alguna chispa de verdad. Ahora bien, en el caso de la Eucaristía, por aquella época se planteaban nuevos problemas sobre la “sustancia material”, a raíz de los aportes científicos sobre la constitución atómica más recóndita de los cuerpos, etc. La solución ofrecida no era acorde con la fe de la Iglesia, pero el intento de indagar más, a la luz de nuevas perspectivas, no era repudiable.

En el cap. 10, nro. 102, p. 207 criticando otro discurso de Pablo VI, con ocasión de las XX Olimpíadas en Munich, se afirma lo que sigue: “Ni se puede ver en el progreso del sport un progreso humano, sino a lo más –según la distinción de Santo Tomás– un progreso del hombre. Ni el sport, al superarse, puede alcanzar niveles trascendentes, ya que no puede salir de su esencia propia y no se encuentra en la línea del desarrollo espiritual del hombre”.

Tiene en cuenta nuestro autor la diferencia que hace Santo Tomás entre “actus hominis” y “actus humani”. Los primeros son acciones (comer, dormir) que el hombre puede tener en común hasta con animales, pero que son no menos “del hombre” que otros propios y exclusivos de su naturaleza superior (en los cuales se requiere inteligencia: como asaltar un banco), que igualmente “provienen del hombre”. Pero tales actos, si deshonestos, no son “humanos” en cuanto no condicen con lo más propio de su ser, que radica en ser una creatura, que se ha de someter a la ley moral.

Así y todo, ¿por qué el deporte no podrá ser materia de mucho ejercicio virtuoso, de superación tanto física como moral y, por ende, de “progreso humano”? En efecto, parece que no en vano San Pablo compara el ejercicio ascético[42] con el esfuerzo deportivo.[43] Ve el Apóstol múltiples analogías (privaciones, premios a obtener) entre el entrenamiento gimnástico y el de la vida cristiana. Sin pensar en cuánto se puede sanear esta disciplina, proponiendo ideales de superación y no de mero lucro o ensañamiento con los adversarios (“barras bravas”, por ejemplo). Creo que no por nada los ingleses usan el giro “sportsman” para indicar también a un “caballero”, o sea, a alguien que sabe ser dueño de sí mismo, que no se comporta destempladamente. Todo lo cual implica el “ejercicio” de variadas virtudes. (Continuará).


[1] Porta Fidei, 2011, nro. 4.

[2] “Por decenios los únicos católicos que han citado y valorizado la gran obra del filósofo de Lugano han sido los sacerdotes y fieles ligados a los grupos así llamados “tradicionalistas”, como, en particular, la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, fundada por Mons. Marcel Lefèbvre”. (M. D’Amico, “Romano Amerio, interprete della crisi della teologia post-conciliare” en: AA.VV., Passione della Chiesa – Amerio ed altre sentinelle, Bologna (2011) 30.

[3] Iota unum, Milano-Napoli (1989). Es muy significativa la explicación del subtítulo, que ofrece al final de toda la obra: “Nuestro libro se cierra volviendo a su comienzo y retomando el motivo de sus primeros parágrafos: si el fenómeno examinado es variación de fondo o de superficie, desarrollo o corrupción, evolución o transmutación catastrófica. Bossuet en la célebre Histoire des variations des Églises protestantes ponía de relieve como síntoma de error la variabilidad y novedad de la doctrina…” (nro. 317, p. 591). La lectura de la obra lo deja a uno perplejo, ya que Amerio pareciera endilgar a la Iglesia conciliar y postconciliar “variaciones” tales, que habrían cambiado su esencia. No negaremos que en muchos de los paladines postconciliares se ha llegado a semejantes excesos, muy compenetrados de ideas protestantes. Pero no menos compartimos con los posibles lectores la sospecha de que, para Amerio, también muchos en la Iglesia oficial (hasta Papas), han dado pasos desviados.

[4] “Ni una “iota” pasará de la ley”: Mateo 5,18.

[5] ¿O “del llano”, según Lucas 6,17? ¿Habría ya entre los mismos evangelistas una “variación” y falta de respeto a la “tradición” genuina?

[6] Mateo 5,21-48.

[7] Ibid.: 5,31-32.38-42.43-48.

[8] I. Gomá, El Evangelio según San Mateo, Madrid (1976) I, 261-262.

[9] Benedicto XVI, Discurso a la Curia Romana; 22 de diciembre de 2005. En: L’Osservatore Romano, nro. 52, ed. Española: 30 de noviembre de 2005.

[10] “Adaequatio intellectus cum re.”

[11] Trad. El Sacrificio de la Misa – Tratado histórico-litúrgico, publ. BAC, Madrid, 1951.

[12] ibid., 231.

[13] Al ya citado número 49.

[14] Se ve que le tiene especial inquina a esta palabra, ya que en el nro. 263, p. 494, se referirá a ella como “sconcio neologismo” (trad. neologismo asqueroso). Se ha de notar que el mismo Amerio no se queda atrás con sus numerosos “neologismos”: neotérico, ipocorismo, teotropico, circiterismo, filauzia, y un prolongado etc…

[15] En castellano no tenemos equivalente a: “Prete” (italiano), “Prêtre” (francés) o “Priester” (alemán).

[16] Gaudium et Spes, 43.

[17] 84, p. 90.

[18] “Semper autem colloquio sincero se invicem illuminare satagant, mutuam caritatem servantes et boni communis imprimis solliciti.”

[19] Trad. “venir conjuntamente”.

[20] “Ambedue” también en italiano.

[21] Mateo 10,16.

[22] “Oltrepassamenti”.

[23] “Si trovò mutata da tutt’ altra in tutt’ altra”.

[24] 2 de noviembre de 2007.

[25] Mateo 16,18. || “Presentazione” en: Centro Studi Oriente Occidente, Autori Vari, Romano Amerio, Il Vaticano II e le variazioni nella Chiesa Cattolica del XX Secolo, Fede e Cultura, Verona (2008) 16.

[26] Este autor fue lefebvrista. Habiendo conocido personalmente a Mons. Lefebvre, se separó de Ecône, volviendo a la obediencia del Papa. En su contribución anota varias vacilaciones en los juicios de Amerio. A veces acusa y con vehemencia, otras vuelve sobre sus pasos.

[27] Cuestión, pregunta.

[28] Trad. “parece ser así”.

[29] Trad. “parece que no”.

[30] Trad. “respondo que se ha de decir”. || Presentazione, 112. Después de exponer dos meras conjeturas sobre el futuro, por parte de Amerio (sucederá un cambio sustancial del cristianismo o permanecerá un pequeño resto), inclinándose por el segundo, concluye Cantoni: “Pero estamos en el campo de la conjetura humana de lo que está enteramente en la disponibilidad y conocimiento de Dios” (ibid.).

[31] Pareciera que Pablo VI le causara a Amerio especial tirria, ya que sólo a su pontificado dedica un capítulo entero, exclusivo y casi el más extenso, el 6º: “La Iglesia postconciliar. Pablo VI”. Más todavía, en el “Índice de los argumentos” (diferente del que sigue: “Índice de las personas”), la única persona que se destaca es: “Pablo VI”, escogiendo como guía estas indicaciones (algunas nada halagüeñas): “Carácter – paralelo con Pío IX – abdicación – autorretrato – irrealismo indeterminante” (p. 643).

[32] Otra cosa ha sido, evidentemente, la incuria con que muchísimos obispos desistieron de ejercer ese ministerio, abandonando todo lo odioso a Roma. Pero, no siempre sucedió así, como se expondrá.

[33] 65, p. 129.

[34] Se refiere al discurso inaugural de todo el Concilio, pronunciado por Juan XXIII. Con esta crítica de tal actitud coincide también el Card. G. Biffi, Memorie e Disgressioni di un Italiano Cardinale, Ed. Cantagalli, Siena (2007) 179. Pero el asunto aquí es si Pablo VI fue tan negligente en condenar los errores.

[35] Se lo puede documentar en: Le Dossier Küng – Faits et Documents, Fayard, Paris (1980).

[36] La tiene en cuenta al referirse al rechazo abierto o encubierto de que fue objeto por parte de varios episcopados (cap. 6, nn. 62-63), así como al tratar la postura del desviado moralista Ch. E. Curran (N° 68). Y, si bien más adelante la califica como “el documento sobresaliente del Pontificado de Pablo VI” y “el acto más glorioso de (su) pontificado” (nro. 297), no pone de relieve el heroísmo y valentía que significó aquella encíclica, promulgada en completa soledad, ya que Pablo VIº tuvo que oponerse a mayorías de consejeros y a “vacas sagradas” de la teología, como B. Häring y con posterioridad a H. Küng, con su infame panfleto: Unfehlbar? Eine Anfrage, Einsiedeln (1970). Amerio se referirá más ampliamente al escritor suizo en las pp. 461 a 463, pero sólo para criticar la leve reacción que con él se tuvo por parte del Magisterio central. A mi ver, haber declarado que no es más “teólogo católico” fue un paso muy significativo. Además, omite Amerio la reacción de grandes teólogos ante los despropósitos de Küng. Ratzinger, Congar, Grelot y muchos más criticaron de inmediato los extremismos del publicista helvético. Para lo cual me permito remitir a: M. A. Barriola, Cristo amó a la Iglesia (Efesios 5, 25) – Reflexiones sobre la Cristología de J. L. Segundo y la Eclesiología de H. Küng, Centro Cultural Católico Fe y Razón, Montevideo (2010).

[37] Donde no citaba expresamente a Schillebeeckx, pero era más claro que la luz que a él se refería. “Intelligenti pauca” (trad. basta poco para el inteligente).

[38] 30 de abril de 1968.

[39] Cap. 6, nro. 78, p. 155.

[40] p. 156.

[41] Trad. no se da el error absoluto.

[42] O sea: “askéseis”, en griego, significa “ejercicios físicos”.

[43] 1Corintios 9,24-27.

 

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