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Melchior Poisson

El budismo ha logrado hacerse un lugar en Europa en las últimas décadas. Cuenta con unos 2,5 millones de adeptos y se ha implantado particularmente en los países de lavieja Europa”. El país europeo con más budistas es Francia, con unos quinientos mil adeptos. Cada semana la cadena de televisión nacional, France 2, les dedica un programa que ven regularmente un promedio de 220 mil telespectadores. ¿Cómo explicar el creciente y repentino interés por estasabiduría milenariaque contrasta en muchos aspectos con la cultura occidental?

El budismo en Europa se ha implantado como una espiritualidad en la cual se busca, ante todo, el bienestar personal. Sin embargo, existe un abismo entre el budismo que se predica en Europa y el budismo oriental, tanto el mahayana como el theravāda. Los mismos budistas orientales no se identifican de hecho con la aplicación occidental del budismo. Por otra parte, pocos de los que se dicen budistas en Occidente estarían dispuestos a admitir la vida y las enseñanzas de los monjes budistas orientales.

Pasando del Oriente al Occidente, el budismo ha tomado la forma de un sucedáneo para hacer frente a la inopia espiritual sufrida por Europa. Es interesante descubrir e individuar las características que atraen al budismo porque son síntomas de las carencias de nuestra sociedad y, a veces también, del modo de proponer su propia fe.

Por una parte notamos en la sociedad un cierto cansancio del materialismo y consumismo a ultranza. La experiencia personal muestra que la carrera hacia el placer nunca alcanza su fin: la felicidad. El budismo propone una respuesta original a este malestar basada en la supresión del deseo para aniquilar el sufrimiento. Esta respuesta está expresada explícitamente en las cuatro noblesverdadesde Buda.

El mundo contemporáneo se caracteriza igualmente por un rechazo del dogma y de la afirmación de la verdad en general. El budismo no propone un contenido doctrinal sino unas simples vías para huir del sufrimiento y encontrar la paz. El budista no puede afirmar nada sobre Dios porque el absoluto es concebido como algo tan trascendente que el hombre no lo puede ni conocer, ni afirmar.

Finalmente la evolución moral y social de los últimos siglos ha permitido destacar la importancia del hombre en cuanto individuo. Aquí se presenta una interesante paradoja. El cristianismo es sin duda la religión que más valor da a la persona humana, llegando a reconocer en Cristo al Hijo de Dios. Sin embargo, el budismo, a pesar de proponer una antropología que desemboca en la extinción del individuo en el Nirvana, atrae por su carácter egocéntrico. La salvación no viene dada por ninguna realidad superior sino por el propio esfuerzo ascético. Lo que cuenta no es tanto alcanzar alguna verdad o felicidad futura, sino más bien suprimir el dolor ya desde ahora, en el presente.

Cada una de estas realidades que atraen hacia el budismo es una pregunta para la sociedad occidental, heredera del cristianismo. ¿Cuáles son las respuestas que ofrece nuestra cultura a la sed de espiritualidad, a la huída y negación de la verdad, a la dignidad del hombre? ¿Cómo las presenta y propone? No hay culturas eternas y, cuando caen los fundamentos, lo demás se viene abajo. La oportunidad de redescubrir y transmitir estas bases que fundaron la civilización de la libertad, de la búsqueda apasionada de la verdad y de Dios, del respeto de la dignidad de cada hombre, está en las manos de cada uno. No se trata ciertamente de ignorar, despreciar ni rechazar las demás culturas; más bien, confrontándose con ellas, aprovechando todo lo bueno que puedan aportar, se puede elevar, y no renegar, la propia riqueza.[1]


[1] Análisis y Actualidad 28, año VI, 2012.