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Néstor Martínez Valls

Leyendo las intervenciones de los grupos que fueron a la Comisión Especial de la Cámara de Diputados que trata la legalización del aborto, y constatando con gran alegría que la inmensa mayoría de las delegaciones se opusieron a esa iniciativa, y lo hicieron realmente con excelentes argumentos, veo una intervención que me ha llamado la atención y que quiero comentar.

Básicamente, desde un punto de vista sociológico, el expositor, que entendí que se presentaba como cristiano, constata que con la posmodernidad la sociedad se ha vuelto “líquida”, es decir, se han debilitado los elementos cohesionantes y eso tiene como consecuencia que en vez de la búsqueda de los consensos, se planteen oposiciones cada vez más radicalizadas. En EE.UU., por ejemplo, la legalización del aborto, lejos de poner fin a la controversia, ha hecho que ésta haya aumentado cada vez más con los años; y en este momento, agregamos nosotros, la voz cantante la lleva el bando pro-vida.

Ante esto, el expositor se pregunta qué ha pasado con la enseñanza de amor de Jesús y cómo es que los diversos grupos enfrentados en este tema no nos sentamos a dialogar buscando ante todo lo que tenemos en común. En vez de eso, dice, se ve una actividad que busca imponer el propio punto de vista en un juego de poder y de lobby que termina viendo al otro como un enemigo.

Realmente, no entendemos cuál es finalmente la posición de quien emite esos conceptos. ¿Acepta él que en algunos casos la mujer pueda disponer de la vida de su hijo, o no? Si se responde por la negativa, está en el bando pro-vida; si responde por la afirmativa, está en el otro bando. No hay otra posibilidad, lógicamente hablando.

El principio de tercero excluido, que es un principio lógico elemental, nos dice que entre las proposiciones “En algunos casos se puede matar al inocente” y “Nunca se puede matar al inocente”, no hay tercera posibilidad. Hay que adherir necesariamente a una de ellas, lo que lleva a rechazar la otra.

Nuestro Señor Jesucristo no nos dio el mandamiento del amor para que por medio de él pudiésemos situarnos por encima del principio de tercero excluido. Es evidente que para el no nacido no hay tercera posibilidad entre que lo maten o lo dejen seguir viviendo. Y tampoco hay otra posibilidad entre que la ley proteja su derecho a la vida, o no lo haga.

Sin duda, partidarios y adversarios del derecho a la vida desde la concepción podemos tener valores comunes, pero no en este tema. Porque lo que nos opone no es la cuestión de la dignidad de la persona humana, el valor de la democracia, o el respeto “en general” del derecho a la vida, sino la precisa cuestión de si en algún caso se puede reconocer a la madre el derecho de quitar la vida a su hijo, o no. Y en este punto es claro que no hay conciliación posible.

¿Qué diálogo es posible en esas condiciones? ¿Cuál puede ser el resultado final? Hay dos formas solamente de “hacer la paz” al final de un diálogo así: o todos pro-vida o todos en la opción contraria. El gran G. K. Chesterton vio lo flojo de estas “conciliaciones” de lo inconciliable cuando dijo que había leído un libro que demostraba que el Cristianismo y el Budismo eran básicamente lo mismo, especialmente el Budismo.

A algunas personas el ejercicio del pensamiento lógico les suena a “fundamentalismo”. Ellos quisieran que en la sociedad reinase siempre la paz universal y la armonía. Obviamente, también lo quisiéramos nosotros. No fuimos nosotros los que suscitamos la cuestión de la legalización del aborto. Pero el detalle es que la cuestión está propuesta, y como dijimos, no hay más remedio que tomar partido por la afirmativa o la negativa respecto del derecho a la vida del no nacido.

En cuanto al lobby y los juegos de poder, resulta que en la sociedad humana es desde el poder, precisamente, que se toman las decisiones. Si se plantea la desprotección legal del no nacido, puedo oponerme a ello, o no. Pero en el primer caso, es claro que voy a querer influir en el poder político y en la decisión que éste vaya a tomar.

O bien, alguien podría decir que se va a oponer solamente desde la oración, el ayuno y la penitencia. Perfecto. Pero a lo que nos referimos nosotros es a oponerse en el plano temporal, social, legal y político, o no hacerlo. ¿Está mal hacerlo? ¿Debemos los cristianos dejar que sean solamente los abortistas los que actúen en ese nivel? ¿Debemos hacerlo en nombre del amor y la caridad, precisamente? ¿Dónde estaría allí el amor al inocente injustamente sacrificado? ¿Debemos escandalizarnos solamente cuando un pro-vida habla fuerte en ese plano, y no decir ni pío cuando del otro lado proponen alegremente arrasar con los derechos más básicos de las personas?

Yo puedo decir, si quiero, que no me gusta que la realidad sea ésa, y que prefiero soñar en una sociedad en que dicha cuestión no está planteada, de modo tal que todos podamos ser felices. Pero entonces, tengo que reconocer que no tengo nada que decir a las personas que sí deciden enfrentar la realidad y dar la lucha que hay que dar para que algún día pueda ser así nuestra sociedad en la realidad de las cosas y no solamente en el país de los sueños.

Porque si nos duele tanto que haya batalla en torno al derecho a la vida, me imagino que nos dolería mucho más una “paz” en la que todos aceptásemos resignadamente el espectáculo de los bidones llenos de restos humanos saliendo regularmente de los centros de salud, y en la que las generaciones futuras crecieran sabiendo, desde que tienen uso de razón, que el Estado permite legalmente el homicidio del inocente.

¿O es que eso no nos dolería tanto como ver que la gente discute y toma posiciones “radicales” acerca de este tema? Si así fuese, pienso que deberíamos revisar nuestra escala de valores.

No creo que a alguien pueda dolerle más el hecho de que la gente discuta y se enfrente, que el hecho de que la gente sea asesinada, y sobre todo, que sea el Estado mismo el que permita ese asesinato. Lo que sucede entonces es que la persona que así piensa no cree que el aborto sea asesinato, y entonces, una de dos, o no cree que el ser humano comience a existir con la fecundación, o no cree que el ser humano inocente deba tener siempre y en todos los casos derecho inviolable a la vida.

En ambas hipótesis, informamos a esa persona que ya eligió: está en el bando contrario al derecho a la vida del no nacido.

No le negamos su derecho a hacerlo, pero solamente le pedimos que tenga la honestidad de reconocer su opción y que no venga a querer oscurecer lo claro con sermones desplazados acerca de la fraternidad universal.

A nosotros, que tal vez somos algo primitivos en esto, nos parece que la fraternidad universal no se compadece con la desprotección legal del derecho a la vida. Y que la caridad implica también la capacidad de decir “no” ante el atentado contra los más débiles e indefensos, y de seguirlo diciendo aunque eso lleve al conflicto.

Especialmente entre cristianos, es bueno evocar en estos momentos la imagen de uno que para evitar el conflicto terminó enviando al patíbulo al Inocente por excelencia. Cada vez que en la sociedad se plantea la lucha encarnizada por la defensa de algún elemento básico de nuestra humanidad, se puede escuchar el lamento de los nostálgicos de la paz universal y, en cada una de esas ocasiones, detrás de esos lamentos se yergue la figura lamentable de Poncio Pilatos.