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Cardenal Karol Wojtyla

Se transcribe La evangelización y el hombre interior según la exposición del Cardenal Karol Wojtyla en su conferencia en el CRIS (Centro Romano di Incontri Sacerdotale) de octubre de 1974, en Roma, en tiempos del IV Sínodo de los Obispos sobre ‘Evangelización en el mundo contemporáneo’. Ha sido publicado en: La fe de la Iglesia. Textos del cardenal Karol Wojtyla, EUNSA, 1979.

Estamos en tiempos de ‘una nueva evangelización’ y en la puerta del ‘Año de la Fe’. La conferencia del Cardenal Karol Wojtyla sigue siendo aún vigente. Ha hecho su reflexión desde la Palabra de Dios, siempre actual y verdadera. Se dirige al hombre interior, a todo el hombre y al de todas las épocas. Su visión antropológica se interna en lo permanente, cuando medita sobre el medio y el fin de la comunicación del Evangelio.

Se parte de una constatación de hecho: el hombre moderno, después de haber declarado la presunta muerte de Dios, ha olvidado su condición de criatura y ha elaborado unos ‘humanismos’ sustitutivos de la fe, que reconducen a las ideologías –de signo opuesto, pero igualmente ateas– del marxismo y del progresismo liberal-tecnocrático. En la base de éstos existe un antropologismo que usa ‘un rostro humano’ como máscara del actual ateísmo para hacerse aceptar sin desconfianza por hombres de buena voluntad, pero descuidados de las manipulaciones subyacentes. Nunca como hoy se ha instrumentalizado tan ampliamente la piedad humana, la piedad del hombre por el hombre, al servicio de ideologías o de intereses que encierran a la persona en una existencia sin perspectivas.

El Cardenal Wojtyla toma como punto de partida el pasaje de la primera Carta a los Corintios en el que San Pablo contrapone el ‘hombre carnal’ al ‘hombre espiritual,’[1] para afirmar que la modernización del ‘hombre carnal’ consiste en la creciente instrumentalización a la que el hombre se ve sometido, tanto en Oriente como en Occidente. En efecto, el concepto marxista de ‘alienación’ –en el que subyace el primado de la esfera económica– y el consumismo permisivista de la civilización atlántica convergen en hacer duro el ‘combate por el hombre espiritual’ –que el Concilio Vaticano II ha denominado ‘acción a favor de un incondicionado deseo de dignidad’–. La línea de este combate pasa por el interior de cada hombre y, a través de la múltiple dimensión social y económica, afecta a las instituciones humanas, a los sistemas económicos y políticos, a la civilización y a la cultura.

La conferencia concluye subrayando la lógica relación entre la evangelización, centrada en la necesidad de fortalecer al hombre interior, y los Sacramentos, instituidos por Jesucristo precisamente para dar al hombre la nueva vida de los hijos de Dios. Asimismo, la nueva evangelización puede llegar a considerar la utilización de todos los medios técnicos que proveen las ciencias de la organización y de la comunicación, en un mundo cada vez más tecnificado y globalizado. Son esfuerzos provechosos si se los reconocen como ‘medios’; pueden colaborar, en el deseo de llegar –con su planificación y estrategias, sus proyectos y programas– a los hombres de hoy. Pero también puede olvidarse que éstos son poco críticos de la seducción o de la instrumentación con que son tratados por el manejo ‘interesado’ de las ciencias empíricas: son enfoques que pueden parecer convenientes y necesarios pero que no son nunca suficientes.

Permanecer en lo esencial ha sido un punto central de la búsqueda de la verdad, en las exposiciones sobre la persona humana. El hombre, imagen y semejanza de Dios, se vuelve, también hoy, el eje de la tarea de evangelización dirigida a todo el hombre, unidad indisoluble de cuerpo y espíritu. La antropología filosófico-teológica de Juan Pablo II, manifestada durante todo su pontificado, ya tiene, en el momento de esta reflexión, la impronta de las melodías propias de toda su ‘sinfonía de pensamiento y acción’, desarrollada en tantos campos de la vida de la Iglesia.

Ec. Rafael Menéndez

El hombre carnal y el hombre espiritual

Las consideraciones que deseo proponer consisten esencialmente en un comentario a la primera epístola de San Pablo a los Corintios, y concretamente a los versículos 9 al 16 del capítulo segundo.

“Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre, lo que Dios ha preparado para los que le aman. Pues Dios nos ha revelado por su Espíritu, que el Espíritu todo lo escudriña, hasta las profundidades de Dios. Pues, ¿qué hombre conoce lo que hay en el interior del hombre, sino el espíritu del hombre que en él está? Así también, las cosas de Dios nadie las conoce sino el Espíritu de Dios. Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu de Dios, para que conozcamos los dones que Dios nos ha concedido.

De éstos os hemos hablado, y no con estudiadas palabras de humana sabiduría, sino con palabras aprendidas del Espíritu, adaptando a los espirituales las palabras espirituales, pues el hombre animal no percibe las cosas del Espíritu de Dios; son para él locura y no puede entenderlas, porque hay que juzgarlas espiritualmente. Al contrario, el espiritual juzga de todo, pero a él nadie puede juzgarlo. Porque, ¿quién conoció la mente del Señor para poder enseñarle? Más nosotros tenemos el pensamiento de Cristo…”

La epístola de San Pablo constituye sin duda un magnífico documento sobre la evangelización en los primeros tiempos, como también lo son, por lo demás, sus otras epístolas o las de los otros apóstoles.

En el período en que se celebra el Sínodo de Obispos dedicado a la evangelización del mundo, todas estas epístolas, que nos acercan a los comienzos de la evangelización, se llenan de un significado particular y de una poderosa fuerza de convicción. Las leemos, pues, no sólo como fuentes escritas en las que se transmite la Palabra de Dios, sino también porque encontramos en ellas un contenido particularmente próximo y actual.

Actual, porque es verdaderamente eterno e inmutable y también porque el mensaje divino vuelve con toda su fuerza expresiva en las sucesivas épocas de la historia. En efecto, aunque este mensaje tenga expresiones variadas o se revista de un lenguaje diferente, no es difícil descubrir la identidad fundamental de los documentos sagrados y, a la vez, una cierta similitud con las situaciones que vivimos actualmente, más en concreto con las que vive la Iglesia al difundir el Evangelio entre los hombres de nuestro tiempo.

Reflexiones similares nos vienen a la mente cuando, en la epístola de San Pablo, encontramos la contraposición entre el hombre espiritual y el hombre animal (que en 1 Corintios 3,3 es llamado también carnal). ¿No resulta siempre actual esta contraposición? El Apóstol es muy preciso en su definición, especificando cuándo merece el hombre cristiano la primera o segunda definición. ¿Cómo podríamos formularla en nuestro tiempo? La cuestión es, sin duda, importante para la evangelización del mundo contemporáneo.

El texto de 1 Corintios 2,9-16 tiene un significado capital para la antropología teológica, para el conocimiento de la interioridad del espíritu humano. Basta detenerse en la frase en que el autor pregunta: “¿Qué hombre conoce lo que hay en el hombre, sino el espíritu del hombre que en él está?”

Sin embargo, la epístola no quiere ser una lección de antropología, aunque de ella podemos deducir algunos temas fundamentales, de extraordinaria profundidad y densidad. En efecto, esta epístola, como por otro lado todo el Evangelio, manifiesta en toda su trama la verdad sobre la vida, una enseñanza sobre la vida misma: la enseñanza que el Apóstol imparte a sus destinatarios (a los de entonces, pero también a nosotros mismos) no con estudiadas palabras de humana sabiduría, sino con palabras aprendidas del Espíritu.

A la luz de la consideración sobre el carácter de toda la predicación de San Pablo, se refuerza la certeza de que nos encontramos ante uno de los fragmentos del Nuevo Testamento en los que más claramente se manifiesta la fuerza, tan propia del Evangelio, de descubrir la realidad espiritual del hombre, la plena dimensión de las profundidades del espíritu humano. Y este descubrimiento, aunque fragmentario, es mucho más agudo e incisivo que un conocimiento meramente racional del alma humana. En efecto, el hombre espiritual, en la definición de San Pablo, es al mismo tiempo, el hombre interior y el hombre completo.

El descubrimiento del espíritu humano en el pensamiento actual

El hombre, de modo especial en nuestra época, ocupa el centro de muchas declaraciones, programas o manifiestos, y también de numerosas ciencias y filosofías. Nuestro conocimiento del hombre, es cierto, ha progresado en muchos aspectos desde los tiempos de San Pablo, de Santo Tomás o San Buenaventura; conocemos de modo más preciso el cuerpo humano, el metabolismo y el sistema nervioso, los procesos psíquicos y del subconsciente; también se ha desarrollado enormemente la ciencia que estudia las influencias y los condicionamientos sobre la vida del hombre.

Pero ni la ciencia ni la filosofía tienen la audacia de tomar el espíritu humano como objeto de su investigación y de hablar, por tanto, directamente, del alma, como hacían aquellos pensadores de hace siete siglos, o los filósofos antiguos a quienes éstos tanto deben.

La filosofía de la conciencia, sobre todo en su versión fenomenológica, ha enriquecido ciertamente nuestro conocimiento de los ‘fenómenos’ empíricos de la espiritualidad humana, pero no se ha decidido a dar aquel paso metafísico desde los síntomas al fundamento o, como diría Santo Tomás, de los efectos a la causa.

El pensamiento contemporáneo se muestra, en efecto, más propenso a ampliar el campo de la intuición directa, que a sacar conclusiones metafísicas a posteriori.

Y esto, en cierto sentido, tiene su lado bueno: es decir, en la medida en que permite que se vea más inmediatamente la riqueza del espíritu humano, mostrándolo como una realidad accesible a nuestra experiencia, más aun, enraizada en ella de un modo inmanente. En efecto, la experiencia, entendida como el conjunto de lo concretamente vivido por el hombre, nos traslada inmediatamente a la subjetividad del hombre y nos permite, de alguna manera, entrar en contacto directo con lo que en él hay de espiritual. De esta manera pasamos a ser testigos de la espiritualidad del hombre, aun antes de haber demostrado previamente la especificidad fundamental y absoluta del espíritu en oposición a la materia, del alma respecto al cuerpo.

También el magnífico tratado sobre el hombre que nos ofrece el magisterio del Concilio Vaticano II sigue esta orientación. Así, en el capítulo de la Constitución PastoralGaudium et Spes dedicado a la dignidad de la persona humana, después de la concisa afirmación de que el hombre está constituido como ‘unidad de alma y cuerpo’, leemos palabras muy convincentes sobre la dignidad de la inteligencia, sobre la verdad y la sabiduría, sobre la dignidad de la conciencia moral y, en fin, sobre la excelencia de la libertad.[2]

Éstas son precisamente las manifestaciones a través de las cuales se hace visible el espíritu humano y, al mismo tiempo, en las que se expresan su yo interior y su subjetividad personal. Por tanto, la Constitución Pastoral, sin hacer un análisis propiamente metafísico, puede afirmar, basándose en estos signos visibles, que ‘no se equivoca el hombre al afirmar su superioridad sobre el universo material y al considerarse no ya como una partícula de la naturaleza o como elemento anónimos de la ciudad humana. Por su interioridad es, en efecto, superior al Universo entero.’[3]

La Constitución Pastoral habla con un lenguaje comprensible y próximo al hombre de hoy, también al no cristiano o al no creyente. Pero ello no quiere decir que renuncie a la tradición filosófica, que, incluso en el patrimonio precristiano, contiene claras pruebas de la especificidad espiritual del alma humana y de su inmortalidad.

Parece más bien que, sobre el trasfondo de la mentalidad actual, tan ‘empírica’, la Constitución tiende a descubrir la espiritualidad humana y su interioridad en el complejo de la experiencia humana, más bien que a demostrar metafísicamente la sustancia espiritual del alma. Pero es evidente que la primera aproximación no nos exime de la segunda. La Constitución Pastoral no pretende sólo exponer la verdad acerca de la espiritualidad e inmortalidad del alma, que por lo demás puede fácilmente rastrearse en la enseñanza milenaria de la Iglesia.

Además, este modo de ‘desvelar’ la espiritualidad humana a un lector moderno puede decirle más que una prueba rigurosa de carácter filosófico. En efecto, es posible que el pensamiento empírico y matemático de nuestro tipo de cultura y de civilización reconozca mejor el límite de sus lagunas y pueda completarlas más fácilmente si éstas vienen como demostradas desde el interior de sus posiciones y hábitos mentales.

También en la Declaración sobre la libertad religiosa ha expuesto el Concilio verdades muy fundamentales y vinculantes, siguiendo una visión del hombre accesible a la cultura moderna. El marco de la trascendencia propia del hombre, que se realiza en el acto religioso, y a la vez que el hombre tiene derecho en su vida privada y social, emerge en esa exposición de modo no menos convincente al que resultaría de un lenguaje metafísico.

Sin embargo queda claro que, si se examina la cuestión en profundidad, se advierte la necesidad de una metafísica para sostener afirmaciones tan densas como las siguientes: ‘En razón de su dignidad –leemos en la citada Declaración– todo hombre, por ser persona, es decir por estar dotado de inteligencia y de voluntad libre, y por tanto provisto de responsabilidad personal, es impulsado por su misma naturaleza y está moralmente obligado a buscar la verdad, sobre todo en lo tocante a la religión. Está asimismo obligado a abrazar la verdad conocida y a ordenar toda su vida según las exigencias de la verdad.’[4]

‘Las acciones religiosas, por las que el hombre se ordena a Dios, privada y públicamente en virtud de una decisión del espíritu, por su naturaleza quedan por encima del orden terreno y temporal.’[5]

‘La práctica de la religión, por su misma naturaleza, consiste ante todo en actos internos voluntarios y libres, por medio de los cuales el hombre se ordena directamente hacia Dios; estos actos no puede mandarlos ni prohibirlos poder alguno meramente humano.’[6]

Plena dimensión del hombre interior

La primera epístola a los Corintios, de la que hemos partido, no tiene carácter jurídico ni filosófico; esta epístola expresa el Evangelio de Jesucristo, el mismo que ha revelado al espíritu humano, a través de las acciones y de las palabras del Maestro, sus justas dimensiones. Son muchísimas las palabras que Él nos ha legado, pero no en forma de teorema sistemático: como se ha dicho, también están incluidas en la enseñanza de la nueva vida las que se refieren a la antropología teológica.

En este contexto, es necesario descubrir su expresión precisa, su significado exacto, que puede así ser resumido: la realidad del espíritu humano se manifiesta de modo más profundo en el amor y por el amor. El amor influye en el conocimiento: ‘El que recibe mis preceptos y los guarda, ése es el que me ama; el que me ama a Mí será amado de mi Padre, y Yo lo amaré y me manifestaré a él.’[7] Pero la forma del amor va todavía más lejos: ‘Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y en él haremos morada.’[8]

Pero la psicología y la filosofía contemporánea analizan a fondo las manifestaciones del espíritu humano y sus facultades, el conocimiento y la voluntad. En cambio el Evangelio afirma que el espíritu humano es morada, tabernáculo, lugar de encuentro. No es posible reducirlo a sus solas manifestaciones, a los actos de conciencia, de elección, de decisión. El espíritu humano constituye un ‘lugar’, una sustancia totalmente particular, diferente del cuerpo y de la materia que, siendo determinada y dimensional, no puede ser sujeto de morada de persona en persona –Dios en el hombre– de la que habla Jesucristo.

Este habitar –inhabitar– exige una dimensión existencial completamente diferente de la de cualquier cuerpo, una naturaleza distinta por completo, no sometida a las leyes del espacio y del tiempo que gobiernan la materia: en efecto, la naturaleza espiritual, gracias a su energía cognoscitiva y, sobre todo, a su capacidad de amar, tiene como propiedad la apertura a la compenetración.

Mediante la revelación del don del Espíritu Santo, el Evangelio manifiesta de modo particular la profundidad del espíritu humano: ‘No hemos recibido el espíritu del mundo –escribe San Pablo a los de Corinto– sino el Espíritu de Dios, para que conozcamos los dones que Dios nos ha concedido’ (1Corintios 2,12). Precisamente en esta donación se revela el espíritu humano como una morada en la que habita Dios: Padre e Hijo.

Por otro lado, el conocimiento del espíritu humano en su diversidad del cuerpo, en su irreductibilidad a la materia y a sus leyes, que conocemos por el Evangelio y que vivimos en la fe, en la esperanza y en la caridad, se explica y es inteligible sólo en esta integridad personal del hombre, entendiendo por integridad la estructura de la naturaleza individual y, al mismo tiempo, también las relaciones que se dan sólo entre personas y que caracterizan un orden de coexistencia y de colaboración del que sólo las personas son capaces. Se trata, pues, de la integridad en su significado ontológico y ético.

El Concilio Vaticano II recuerda esta verdad en el capítulo de laGaudium et Spes dedicado a la comunidad humana. ‘Más aún, el Señor, cuando ruega al Padre que ‘todos sean uno, como nosotros también somos uno,’[9] abriendo perspectivas cerradas a la razón humana, sugiere una cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad y en la caridad. Esta semejanza demuestra que el hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí misma, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás.’[10]

El Evangelio revela la realidad del espíritu humano no de un modo fragmentario, sino en todo el complejo personal y concreto de ser, de conocimiento y de acciones de que se compone el hombre, necesitado de salvación. El Evangelio contiene una plena revelación del mundo personal y del orden personal del mundo. Existe una estrecha relación entre este mundo, este orden y el hombre espiritual, del que habla San Pablo en la I epístola a los Corintios. Debemos tener ante los ojos este vínculo cuando, con el Sínodo de los Obispos, queremos resolver el problema de la evangelización del mundo contemporáneo. Porque lo que allí debemos afrontar es precisamente el fundamental, y al mismo tiempo eterno, problema de la evangelización.

La aplicación de la enseñanza paulina al contexto contemporáneo

El Evangelio es, siempre, en todos los tiempos, la revelación del Dios vivo en su ‘apertura’ al hombre, en su aproximación a él… ‘Vendremos a él y en él haremos morada’: son palabras de Cristo, pronunciadas en nombre del Padre para expresar Su amor. Al mismo tiempo, el Evangelio es, en cada época, también la revelación del hombre. Frente a la dignidad de la inteligencia, de la verdad y de la sabiduría, frente a la dignidad de la conciencia moral y de la excelencia de la libertad[11] y frente al ‘misterio del destino humano’, que se hace patente sobre todo de cara a la muerte,[12] en toda la amplísima esfera de las expresiones y de los hechos que configuran el complejo de la existencia humana sobre la tierra, ‘Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación.’[13]

El Evangelio revela no sólo ‘el hombre al hombre mismo’ en Cristo, sino que constituye también un mensaje directo a cada hombre y a toda la humanidad. Este mensaje, con palabras de San Pablo en su epístola a los Corintios, llama a la lucha por el hombre espiritual’.

El frente de esta batalla pasa a través de cada uno de nosotros, a través de la interioridad humana y, a través de las múltiples dimensiones sociales e históricas, alcanza a las instituciones humanas, a los sistemas económicos y políticos, a la civilización y a la cultura.

Muchos textos del Nuevo Testamento lo confirman. Los más significativos son los que hablan de la liberación y de la ‘libertad con la que Cristo nos ha liberado.’[14] Puesto que la lucha, como el amor, procede del dominio de la voluntad, la liberación –como superación de la esclavitud, de la asfixia o de la limitación del espíritu– indica su objetivo más fundamental y principal. Una lucha semejante, un combate tal, se convierte en constitutivo indispensable del amor. El mismo Cristo es el primer protagonista de esta lucha, y San Pablo, un excelente discípulo y apóstol de Jesús.

Prosiguiendo nuestras reflexiones desde otro elemento del pensamiento contemporáneo, traigamos a examen el concepto de alienación, que fue creado por la filosofía del siglo XIX y se convirtió de alguna manera en el punto central de la antropología marxista. Con ayuda de este concepto, Marx y sus seguidores iniciaron la lucha contra todo lo que, según ellos, deshumanizaba al hombre al privarle de su propia autenticidad.

Como sabemos, a su juicio, la alienación procede no sólo de las estructuras socioeconómicas, basadas en la propiedad privada de los medios de producción; no sólo del Estado, que como organización protege esta estructura (en último término, el concepto se extiende al Estado y al poder en cuanto tal), sino también de cualquier forma de religión. Y de esto debemos apercibirnos bien cuando, por nuestra parte, afirmamos que el Evangelio constituye una lucha por el hombre, por su liberación.

Debemos tenerlo en cuenta precisamente porque lo hacemos con la plena convicción de la verdad y de la justicia, con las que la Iglesia conduce la evangelización. En la base de esta convicción se encuentra, entre otras cosas, la contraposición entre ‘hombre espiritual’ y ‘hombre carnal’ hecha por San Pablo. Tratemos de leer esta contraposición en el contexto de nuestro tiempo.

El hombre de nuestra época parece aceptar ante todo –también aunque no sea creyente– este único mandamiento del Creador, promulgado en los comienzos de la historia: ‘Someted la tierra’ (Génesis 1,28). Parece también que, en este campo, el hombre moderno ha obtenido grandes resultados. La ciencia y la técnica han aportado triunfos. Tal estado de cosas se refleja igualmente en la Constitución Pastoral, sobre todo en su discurso introductorio, que presenta de modo realista y objetivo la situación del hombre en el mundo contemporáneo.[15]

Esta presentación servirá de trasfondo a nuestro intento –aunque fragmentario—de vislumbrar ‘el hombre carnal’ como contrapuesto al ‘hombre espiritual’, en las condiciones y tendencias de la civilización contemporánea y particularmente en la llamada civilización atlántica.

Es difícil resistirse a la convicción de que el hombre que vive en esta civilización está amenazado de graves peligros; peligros vinculados al incontestable primado del orden económico y del proceso económico. Si este orden y este proceso se inician con el hecho de la producción y terminan con el hecho del consumo, su aceptación unilateral y su promoción en la vida real comportan lo que ha sido denominado ‘sociedad de consumo’.

El hombre carnal de la epístola a los Corintios, ¿no será entonces el hombre que se aprovecha indiscriminadamente de los privilegios ofrecidos por la sociedad consumista y acepta su jerarquía de valores?

Volviendo del punto de llegada al de partida –es decir, del consumo a la producción– y considerando cómo se desarrolla el ciclo productivo en las estructuras socioeconómicas en las que se encuentra ‘implicado’ el hombre de nuestra civilización, ¿no se vislumbra fácilmente otro peligro que amenaza al hombre por la aceptación unilateral del primado de la economía y de la producción? Este peligro es la instrumentalización siempre creciente del hombre.

No se trata sólo del peligro de considerar y valorar al hombre únicamente como instrumento de producción. Se trata más bien del peligro de que el hombre mismo comience, más o menos conscientemente, a considerarse ‘un instrumento’, un elemento pasivo de los distintos procesos sujeto a las más disparatadas manipulaciones (conducido, por lo demás, con la ayuda de los mass media), con la inclinación a reducir los problemas humanos más profundos a unas ‘dimensiones técnicas’ (como ocurre, por ejemplo, en los problemas de la vida sexual).

La instrumentalización del hombre contribuye, sin duda alguna, a la moderna edición del hombre carnal, del que escribía San Pablo. Y si este hombre se orienta hacia la ‘sociedad de consumo, con su enorme poder de sugestión, entonces la ‘sociedad de consumo’ se convierte inevitablemente en sociedad permisiva’, como diagnosticaba el Cardenal Höffner en un ciclo precedente del CRIS (1972).

Es precisamente en este punto en donde se dan cita el utilitarismo y el liberalismo. La actitud hedonista expresa un concepto de libertad del hombre que, por sí mismo, la empuja ya hacia el abuso; y viceversa, el abuso de la libertad se manifiesta en la vida social en la tendencia de asegurar al máximo las posturas hedonistas.

Nuestras consideraciones pueden parecer excesivamente esquemáticas, e incluso simplistas. No pretendemos con ellas, de ninguna manera, dar la impresión de que la Iglesia sea contraria al desarrollo económico, o que juzgue negativamente el progreso civil; sólo pretendemos sostener que la Iglesia y el cristianismo tienen sus propios criterios para juzgar el progreso y el desarrollo. Estos criterios están profundamente enraizados en la visión integral de la verdad sobre el hombre. Se trata, por tanto, de criterios fundamentales.

La lucha por el hombre espiritual, del que habla San Pablo en su primera epístola a los Corintios, y al mismo tiempo su contraposición con el hombre carnal, no es otra cosa que la acción en favor de la ‘irreprimible exigencia de dignidad’, en la que insisten los documentos del Vaticano II.[16] Sólo esta acción a favor del hombre conseguirá ‘convertir al mundo en más humano’, utilizando nuevamente las palabras del Magisterio conciliar (Gaudium et Spes n. 15). Pero si el progreso contemporáneo, exigido de muy distintos modos, debe tener un rostro verdaderamente humano, entonces deberá tratar no sólo de ofrecer al hombre el máximo de medios para que tenga más, sino darle la posibilidad de ser más hombre.[17] Sin esto, el progreso no hará otra cosa que aumentar las dimensiones de alienación.

Por tanto, el concepto de ‘alineación’, aunque nacido en una época diferente y enraizado en otros sistemas filosóficos y en otra antropología, debe ser seriamente confrontado con la contraposición paulina entre hombre espiritual y hombre carnal. De lo contrario, este concepto quedaría impreciso; podría incluso favorecer lo que pretende combatir. El concepto de ‘alienación’, en efecto, no es neutral: esto es lo que constituye su verdadera fuerza y alcance. Por ello, si lo confrontamos con la contraposición entre ‘hombre espiritual’ y ‘hombre carnal’, llegaremos a la conclusión de que ninguna tendencia, ningún programa de inspiración materialista puede garantizar el desarrollo del hombre espiritual. En efecto, la inspiración materialista conduce, también con tendencias y premisas más humanísticas, al desarrollo del ‘hombre carnal’. ¿No estará haciéndole el juego a la alienación? ¿No contribuirá a privar al hombre de su verdadera identidad, de aquello que lo hace verdaderamente hombre?

En el mismo plano que la alienación habría que considerar aquel tipo de socialización que, a pesar de las declaraciones de principios, no concede espacio a la persona humana en su completa verdad interior: en ella, el hombre queda unilateralmente subordinado, convertido en un elemento de la masa anónima, o incluso reducido a las tareas de un robot de la producción. La Iglesia, como comunidad consciente reunida en torno a la Eucaristía, asume en este punto una enorme significación, como también en la consiguiente realización y defensa de la libertad espiritual del hombre –libertad religiosa y de la conciencia moral– según el Magisterio del Concilio.

Fortalecer al ‘hombre interior’

El texto de San Pablo que estamos comentando permite además identificar la problemática humana que se encuentra en la base de la obra de la evangelización. Cuando el Apóstol contrapone el hombre espiritual al hombre carnal nos indica que la evangelización está ligada de modo particular a las manifestaciones sociales y civiles de la lucha para la formación del ‘hombre espiritual’ que tiene lugar en cada uno de nosotros. Cuando el Apóstol escribe: ‘nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu de Dios, para que conozcamos los dones que Dios gratuitamente nos ha otorgado,’[18] advertimos, a una distancia de veinte siglos, que ha tocado los puntos neurálgicos de la evangelización, de la perenne misión de la Iglesia en el mundo contemporáneo. Y estos puntos se refieren siempre al hombre como persona. Como en los tiempos de San Pablo, el hombre puede hoy aceptar el ‘espíritu del mundo’ o bien ‘recibir el Espíritu que viene de Dios, para que conozca las cosas que Dios gratuitamente nos ha concedido’.

Las magníficas intuiciones apostólicas de Pablo de Tarso son hoy ampliamente recogidas y comentadas. Y así –dicen los estudiosos de este problema– frente a la evangelización se halla, no la ‘secularización’ –porque ésta, rectamente entendida, puede revelar a su modo la realidad del Espíritu, el auténtico dominio de Dios, la trascendencia de la Verdad y del Amor que no deben ser nunca instrumentalizados–, sino el ‘secularismo’, es decir, la verdadera y propia religión del mundo. Según el concepto secularista, el mundo debería condicionar y satisfacer por completo al hombre. Toda la humanidad, todo el ‘yo’ humano, pertenecería al mundo y estaría en función de él. Vemos pues, con qué presentimiento de contemporaneidad escribía San Pablo: ‘Nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu de Dios’. Aquí se ve cómo el secularismo constituye el eterno problema del hombre, que hoy necesita ser situado, con renovada conciencia, en el contexto de la evangelización del mundo.

Aquí aparece de nuevo el problema del antropocentrismo. El Apóstol escribe: ‘Hemos recibido el Espíritu de Dios, para que conozcamos las cosas que Dios gratuitamente nos ha donado…’ El hombre de hoy, a la hora de la interpretación del mundo y de la humanidad, tiene –quizá más que nunca– la tentación de rechazar la categoría de don gratuito, y especialmente de don de Dios. Esta tentación es mayor a medida que el hombre, de modo cada vez más eficaz, ‘somete la tierra’, convencido de que ésta es de su exclusivo dominio, y viendo en el mundo el ámbito de su propia afirmación. Por el contrario, el Evangelio está totalmente penetrado de la categoría del don, de la revelación del don. El Evangelio proclama el misterio de la Creación, en el que está contenido el don de cada existencia, y el de la Redención, donde el hombre viene admirablemente gratificado con el amor del Padre en Cristo (el fruto de este don es lo que decide acerca de la plenitud de la humanidad y de la salvación).

Somos testigos, sin duda, de la resistencia que el hombre y el mundo oponen a la obra de la evangelización. Con todo, ésta no es la resistencia del mundo entendido en su verdadera y profunda estructura, ni tampoco la resistencia del hombre en lo más profundo de su naturaleza.

En efecto, sabemos por Revelación que la fuente de esta resistencia es el pecado del hombre y del mundo, que es alimentado por el ‘príncipe de este mundo’[19] el cual es también ‘padre de la mentira.’[20] Precisamente por esto la resistencia se disfraza frecuentemente de ideas, ideales y deseos, que en parte son justos. También debe decirse que esta resistencia se desarrolla en la superficie de la existencia humana, no en su profundidad, y no siempre tiene una dirección única ni posee el mismo significado: dispone de varios puntos de concepción, de diferentes aspectos con los que presentarse; se acumula en las rutas de la Iglesia y del mundo contemporáneo, y cuenta con varios centros de decisión.

No podemos asombrarnos de esto. Si leemos cuidadosamente la Palabra de Dios, comenzando por el Génesis (especialmente Génesis 3), y penetrando en las enseñanzas del mismo Jesucristo y de sus apóstoles, debemos convencernos de que la evangelización querida por la Revelación para que se realice la plena verdad y el más grande amor del hombre y del mundo, no puede cumplirse si no es superando la resistencia del hombre y del mundo. Así ha sido siempre, y ésta es su realidad propia.

Por tanto, cuando hablamos de evangelización del mundo contemporáneo, debemos tener ante los ojos todos los problemas reales de su desarrollo. Y éstos están llenos de dificultades y tendencias. La Constitución Pastoral del Vaticano II los ha descrito con gran moderación y objetividad, procurando no exagerar en nada. Citemos solamente la última frase: ‘De esta forma, el mundo moderno aparece a la vez poderoso y débil, capaz de lo mejor y de lo peor, pues tiene abierto el camino para optar entre la libertad o la esclavitud, entre el progreso o el retroceso, entre la fraternidad o el odio. El hombre sabe muy bien que está en su mano el dirigir correctamente las fuerzas que él ha desencadenado y que pueden aplastarle o servirle. Por ello se interroga a sí mismo.’[21]

El apóstol de Jesucristo es consciente de que el desarrollo del mundo, esa etapa concreta que llamamos ‘el mundo contemporáneo’, esconde en sí el único e irrepetible Kairós de Dios: el aproximarse, eternamente previsto, de este reino por el cual todos los días rezamos con la palabra: ‘venga’. La evangelización está siempre orientada al Reino que no es de este mundo, y que al mismo tiempo, da el sentido definitivo al desarrollo del mundo y a la historia del hombre.

Cuando el hombre contemporáneo –como leemos en la Constitución Pastoral del Vaticano II– se plantea interrogantes, y sabemos que estas cuestiones son con frecuencia profundamente drásticas, debería recordar la respuesta del Apóstol de Jesucristo, Pablo de Tarso, el cual, plenamente consciente de la tensión creativa que surge entre el progreso del mundo y la aproximación del Reino, dice: ‘Por esto, yo doblo mis rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra, para que, según la riqueza de su gloria, os conceda ser poderosamente fortalecidos en el hombre interior por su Espíritu.’[22] El mismo Pablo de Tarso que enseña, que aconseja, que ordena, que castiga y lucha, esta vez ‘dobla las rodillas’ pidiendo ‘que sea fortalecido el hombre interior’. E inmediatamente después añade: ‘que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, y arraigados y fundados en la caridad, podáis comprender, en unión con todo los santos, cuál es la anchura, la longitud, la altura y la profundidad de la caridad de Cristo, y conocer su inefable caridad, que supera toda ciencia, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios.’[23]

Nos encontramos en el verdadero centro de la evangelización: fortalecer el hombre interior por medio de la fe y del amor de Cristo. En este punto, es obligado ponerse de rodillas porque nos encontramos ante la realidad de la acción del mismo Dios en el alma humana.

De tal fortalecimiento del hombre interior están necesitados, sin duda, los hombres, los cristianos de diversas orientaciones y actitudes, que, en el contexto de la civilización consumista y de la sociedad permisiva, tienen la obligación de superar las presiones a favor del hombre carnal, el cual, manteniendo la apariencia de una completa libertad, en realidad abusa de ella, destruyendo en sí mismo el verdadero perfil del hombre espiritual, en el cual está pensando el autor de la I epístola a los Corintios.

De este fortalecimiento están necesitados también los hombres –cristianos o no creyentes– que viven en unas circunstancias de persecución, de opresión espiritual, de limitada libertad religiosa, y de otras consecuencias más o menos inhumanas parecidas por la confesión de un credo; y todo ello bajo la apariencia de la liberación del hombre, de su progreso y de la justicia social.

De tal fortalecimiento del hombre interior, están necesitados igualmente los hombres –cristianos y no cristianos– que pertenecen a las sociedades jóvenes que reúnen un gran recurso de fuerzas, hasta el momento explotadas por otros, y que se encuentran en vías de desarrollo y de progreso.

De este fortalecimiento interior del hombre están necesitados, pues, los hombres de los diversos pueblos, razas y continentes, de toda edad, civilización y cultura.

El Sínodo de los Obispos, y la Iglesia contemporánea en todas las partes del mundo, deben saber leer bien los signos de nuestro tiempo y aplicarlos de manera justa a la misión que le ha sido señalada a la Iglesia sobre la Tierra, que no es otra sino ‘aproximar el Reino’. La Iglesia no puede someterse a la presión de las potencias externas, porque la evangelización y toda actividad de la Iglesia tiene su inicio y se desarrolla sobre la base de esta declaración que el mismo Jesucristo ha hecho a los Apóstoles después de la Resurrección: ‘Me ha sido dado todo el poder en el Cielo y en la Tierra. Id, pues, y haced discípulos míos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándolos a observar todas las cosas que yo os mando. He aquí, que yo estoy con vosotros todos los días, hasta la consumación del mundo.’[24]

San Pablo era plenamente consciente de ello cuando, con magnífica sensibilidad, no sólo de su tiempo sino también del nuestro, escribió: ‘Y nosotros hablamos de esto no con palabras sacadas de la sabiduría humana, sino aprendidas del Espíritu, adaptando a hombres espirituales doctrinas espirituales… El hombre espiritual juzga de todo y no es juzgado por nadie. Porque ¿quién ha conocido el pensamiento del Señor para poder instruirle? Nosotros, en cambio, poseemos el pensamiento de Cristo’[25]

En la época en que vivimos, frente a la llamada ‘tercera aceleración’ –que mira sobre todo el progreso de los medios técnicos y de las estructuras organizativas–, debemos plantearnos con mayor urgencia, mirando al futuro de nuestra civilización, esta pregunta: el verdadero desarrollo del hombre –es decir, su progreso personal, su madurez espiritual y su personalidad moral–, ¿tendrá lugar al mismo ritmo que el progreso de los medios técnicos disponibles? ¿De qué manera, en definitiva, dominando la faz de la Tierra, podrá el hombre plasmar en ella su rostro espiritual?

Podremos responder a esta pregunta con la expresión –tan feliz y tan familiar a gentes de todo el mundo—que Mons. Escrivá de Balaguer ha difundido hace tantos años: santificando cada uno su propio trabajo, santificándose en el trabajo y santificando a los otros con el trabajo.[26]

Este esfuerzo por corroborar el hombre interior en cada circunstancia de la vida social –que, como en tiempos de San Pablo, es el núcleo de la evangelización– es, a la vez, condición indispensable para ofrecer un futuro verdaderamente humano a nuestra civilización. Y el hombre interior alcanzará su propio desarrollo a través de esos canales por los que la vida de Jesucristo –verdadero Dios y verdadero hombre– se transmite a nuestra vida: por medio de los Sacramentos. He aquí por qué la evangelización, que se centra en la necesidad de fortalecer el hombre interior, muestra su conexión lógica con los Sacramentos, instituidos por Cristo precisamente para dar al hombre la vida nueva de los hijos de Dios.


[1] 1Corintios 2,9-16

[2] Gaudium et Spes nn. 15-17.

[3] Gaudium et Spes n. 14b.

[4] Declaración Dignitatis Humanae, n. 2b.

[5] Ibidem n. 3e.

[6] Ibidem n. 3c.

[7] Juan 14,21.

[8] Juan 14,23.

[9] Juan 17,21-22.

[10] Gaudium et Spes n. 24c.

[11] Gaudium et Spes nn. 15-17.

[12] Gaudium et Spes n. 18

[13] Gaudium et Spes n. 22a.

[14] Gálatas 5,1.

[15] Gaudium et Spes nn. 4-10.

[16] Gaudium et Spes n. 26.

[17] Gaudium et Spes n. 35.

[18] 1Corintios 2,12.

[19] Juan 12,31.

[20] Juan 8,44.

[21] Gaudium et Spes n. 9d.

[22] Efesios 3,14-16.

[23] Efesios 3,17-19.

[24] Mateo 28, 18-20.

[25] 1Corintios 2,13-16.

[26] J. Escrivá de Balaguer: Es Cristo que pasa, Madrid 1973, pp. 107 y ss.