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Daniel Iglesias Grèzes

Sobre la ciencia de la evolución molecular. El autor se pregunta lo siguiente: si los sistemas bioquímicos complejos, como los ejemplos analizados en los Capítulos 3-7, no han sido explicados por nadie, ¿qué tipos de trabajos bioquímicos han sido publicados bajo el rótulo de “evolución”? En el Capítulo 8 (“Publica o perece”), Behe muestra qué ha sido estudiado en esta área y qué no.

El autor comienza su relevamiento por una revista especializada de mucho prestigio, el Journal of Molecular Evolution, dedicada exclusivamente a la investigación orientada a explicar el origen de la vida en el nivel molecular. Durante la década anterior, el Journal of Molecular Evolution había publicado alrededor de mil artículos científicos.

Esos artículos pueden ser clasificados fácilmente de la siguiente manera:

  • Más del 80% corresponde a comparaciones de secuencias de ADN o de proteínas.
  • Alrededor del 10% corresponde a la síntesis química de moléculas consideradas necesarias para el origen de la vida.
  • Alrededor del 5% corresponde a modelos matemáticos de la evolución molecular o métodos matemáticos para comparar e interpretar datos de secuencias.

Una comparación de secuencias es una comparación de dos proteínas diferentes, aminoácido por aminoácido; o una comparación de dos porciones diferentes de ADN, nucleótido por nucleótido. Aunque útil para determinar posibles líneas de descendencia, lo cual es una cuestión interesante por sí misma, comparar secuencias no puede mostrarnos cómo un sistema bioquímico complejo logró su función, la cuestión principal tratada en este libro. Behe explica esto con una analogía: los manuales de dos modelos diferentes de computadoras producidos por la misma compañía pueden tener muchas palabras, frases o incluso párrafos idénticos, sugiriendo un origen común (quizás el mismo autor escribió los dos manuales), pero comparar las secuencias de letras de los manuales nunca nos dirá si una computadora puede ser producida paso a paso comenzando con una máquina de escribir (y, agrego yo, cambiando piezas en forma aleatoria).

Por otra parte, los modelos matemáticos de la evolución molecular, aunque útiles para entender cómo los procesos graduales se comportan en el tiempo, asumen como hipótesis que la evolución en el mundo real es un proceso gradual y aleatorio; no lo demuestran ni pueden demostrarlo.

En cuanto a la investigación sobre el origen de la vida, se ha desvanecido el optimismo prevalente en los años 1950 después de los famosos experimentos de Stanley Miller. Behe cita la siguiente evaluación global de Klaus Dose, un científico prominente en esta área: “Más de 30 años de experimentación sobre el origen de la vida en los campos de la evolución química y molecular han conducido a una mejor percepción de la inmensidad del problema del origen de la vida en la Tierra más que a su solución. En la actualidad todas las discusiones sobre las teorías y experimentos principales en este campo terminan en un estancamiento o en una confesión de ignorancia.”[1]

Behe sostiene que los artículos publicados en el Journal of Molecular Evolution incluyen muchos artículos valiosos e interesantes, pero ninguno que contradiga el mensaje de su libro. Este mensaje no consiste en negar la existencia de la evolución por mutaciones aleatorias y selección natural, sino en negar que esa clase de evolución pueda explicar todo en el ámbito de la biología. Behe se pronuncia así: “Como los analistas de secuencias, yo creo que la evidencia apoya fuertemente el origen común. Pero la pregunta radical sigue sin respuesta: ¿Qué ha causado la formación de los sistemas complejos? Nadie ha explicado jamás de un modo detallado y científico cómo la mutación y la selección natural podrían construir las estructuras complejas e intrincadas discutidas en este libro.”[2]

A continuación Behe presenta los resultados de su relevamiento de los 400 artículos sobre evolución molecular publicados entre 1984 y 1994 por otra revista prestigiosa: Proceedings of the Nacional Academy of Sciences (PNAS). Este relevamiento arroja un resultado muy similar al del Journal of Molecular Evolution. Luego el autor recurre a los libros y a las reuniones científicas. Behe afirma: “La búsqueda puede ser extendida, pero los resultados son los mismos. Nunca ha habido una reunión, ni un libro, ni un artículo sobre detalles de la evolución de sistemas bioquímicos complejos.”[3]

Finalmente, Behe presenta un relevamiento de treinta libros de texto de bioquímica publicados entre 1970 y 1995 y usados en universidades importantes. Este relevamiento muestra que muchos libros de texto ignoran completamente la evolución, mientras que el resto le dedica muy poca atención. Por ejemplo, uno de esos libros de texto (Conn et al., 1987, John Wiley & Sons) tiene una sola referencia a la evolución en su índice temático, que tiene en total unas 2.500 referencias. Se refiere a una frase de la página 4: “Los organismos han evolucionado y se han adaptado a las condiciones cambiantes en una escala de tiempo geológica y continúan haciéndolo.” No dice nada más. (p. 183).

Behe concluye: ““Publica o perece” es un proverbio que los académicos toman en serio… La teoría de la evolución molecular darwinista no ha publicado, y por lo tanto debería perecer.”[4]

El diseño inteligente

Tras haber demostrado la impotencia de la teoría darwinista para dar cuenta de la base molecular de la vida, el autor se pregunta lo siguiente: si los sistemas bioquímicos complejos contenidos en las plantas y animales no surgieron de un modo darwinista, ¿entonces cómo surgieron? En el Capítulo 9 (“Diseño inteligente”), Behe analiza tres posibles respuestas: la teoría de la simbiosis (propuesta por Lynn Margulis), la teoría de la complejidad (propuesta por Stuart Kauffman) y el diseño inteligente.

En lugar de la visión darwinista del progreso por medio de la competencia y la lucha, Margulis propuso el avance por medio de la cooperación y la simbiosis. Su teoría sobre el origen bacteriano de las mitocondrias de las células eucariotas, inicialmente ridiculizada, fue ganando aceptación a regañadientes y actualmente goza de amplia aceptación. Margulis y otros científicos han propuesto que también otros componentes de la célula son el resultado de simbiosis. Estas otras propuestas son más discutidas. No obstante, supongamos que la simbiosis hubiera ocurrido con frecuencia a través de la historia de la vida. Aun así, la simbiosis no podría explicar el origen de sistemas bioquímicos complejos, por una razón muy sencilla: la simbiosis es la unión de dos células o sistemas separados, tales que ambos estaban funcionando antes de esa unión. La simbiosis requiere la preexistencia de sistemas bioquímicos complejos funcionales.

La teoría de la complejidad afirma que los sistemas con un gran número de componentes interactivos se auto-organizan espontáneamente en patrones ordenados. Kauffman propuso que las sustancias químicas de la sopa prebiótica se auto-organizaron en caminos metabólicos complejos y que también el cambio entre distintos tipos de células es un resultado de la auto-organización. La teoría de la complejidad comenzó como un concepto matemático para describir el comportamiento de algunos programas de computadora. Sus proponentes aún no han logrado conectarla a la vida real. Kauffman sostiene que su teoría podría explicar no sólo el origen de la vida y el metabolismo, sino también las formas corporales, las relaciones ecológicas, la psicología, los patrones culturales y la economía. La vaguedad de la teoría de la complejidad ha comenzado a decepcionar a algunos de sus defensores. El número de junio de 1995 de la revista Scientific American preguntó en su portada: “¿La complejidad es un engaño?” Adentro estaba un artículo titulado “De la complejidad a la perplejidad” que hacía la siguiente observación irónica: “La vida artificial, un sub-campo importante de los estudios de la complejidad, es una “ciencia libre de hechos”, de acuerdo con un crítico. Pero sobresale en la generación de gráficos de computadoras.”[5]

Sin embargo, supongamos que la teoría de la complejidad fuera verdadera. Aun así, esa teoría no explicaría los sistemas bioquímicos complejos discutidos en este libro. Behe lo explica así: “La esencia de la vida celular es la regulación: la célula controla cuánto y qué tipos de sustancias químicas produce; cuando pierde el control, muere. Un ambiente celular controlado no permite las interacciones casuales entre sustancias químicas (nunca especificadas) que Kauffman necesita.”[6] Behe concluye: “La teoría de la complejidad puede todavía hacer contribuciones importantes a la matemática e incluso modestas contribuciones a la bioquímica. Pero no puede explicar el origen de las estructuras bioquímicas complejas que apuntalan la vida. Ni siquiera lo intenta.”[7]

Para una persona que no se siente obligada a restringir su búsqueda a causas no inteligentes, la sencilla conclusión es que muchos sistemas bioquímicos fueron diseñados, es decir planificados. La conclusión del diseño inteligente fluye naturalmente de los datos mismos, no de libros sagrados ni de creencias religiosas, del mismo modo en que deducimos el diseño en la vida cotidiana.

El autor define “diseño” como ordenamiento de partes con un propósito. Con esta definición amplia, en principio todo podría haber sido diseñado. Behe sostiene que no podemos demostrar que algo no ha sido diseñado. Concuerdo con esta afirmación si se le da un alcance metafísico, que Behe no explicita; y subrayo que, dentro del ámbito empírico, con frecuencia podemos demostrar que un hecho dado no fue causado intencionalmente por nadie. Pero la cuestión fundamental aquí es esta otra: ¿Cómo podemos detectar el diseño? ¿Cuándo es razonable concluir que algo ha sido diseñado? Behe responde lo siguiente: “Para sistemas físicos discretos –si no hay una ruta gradual para su producción– el diseño es evidente cuando una cantidad de componentes separados e interactivos están ordenados de modo tal de lograr una función más allá de los componentes individuales. Cuanto mayor es la especificidad de los componentes interactivos requeridos para producir la función, mayor es nuestra confianza en la conclusión de diseño.”[8] A continuación el autor presenta unos cuantos ejemplos (las efigies del Monte Rushmore, posters de Elvis Presley, ratoneras, mensajes en el juego de Scrabble, etc.) que muestran cómo aplicamos un criterio de este tipo para inferir con certeza el diseño en la vida cotidiana. Behe admite que este criterio de detección de diseño no es fácil de cuantificar, pero señala que los aportes del matemático William Dembski en esta materia son muy importantes y merecen ser profundizados por otros científicos.

Generalmente el diseño es aprehendido antes de que podamos plantearnos la pregunta acerca de la identidad del diseñador. La inferencia de diseño puede ser sostenida con toda la firmeza posible incluso sin saber nada acerca del diseñador.

El autor pasa luego a considerar la siguiente cuestión: ¿Los sistemas bioquímicos vivientes pueden ser inteligentemente diseñados? Su respuesta es “sí”. Los avances recientes de la bioquímica permiten a los científicos diseñar cambios en organismos vivos. El diseño inteligente de sistemas bioquímicos a través de la ingeniería genética es bastante común hoy en día. Todos los científicos, incluso Richard Dawkins, admiten el hecho de que los sistemas bioquímicos pueden ser diseñados por agentes inteligentes para sus propios propósitos y que este diseño puede ser detectado por otras personas. Por lo tanto, la cuestión de si un sistema bioquímico dado fue diseñado se reduce simplemente a aducir la evidencia que apoya el diseño. Aplicando el criterio antes expuesto, podemos inferir con certeza el diseño de algunos sistemas bioquímicos complejos.

Ninguna de las teorías basadas en causas no inteligentes (darwinismo, simbiosis, complejidad) puede explicar los sistemas bioquímicos fundamentales de los seres vivos. ¿Podría haber un proceso natural aún no descubierto que explicara la complejidad bioquímica? Si existe ese proceso, nadie tiene la menor idea sobre cómo funciona. Además, esto iría contra toda la experiencia humana, como postular que un proceso natural podría explicar la existencia de computadoras. No es lógico ignorar la masiva evidencia del diseño de los sistemas bioquímicos complejos en nombre de un proceso fantasmagórico. El diseño humano de los productos de la ingeniería genética es análogo al trabajo hecho para causar el primer cilio.

Behe no sostiene que podamos demostrar con certeza que todos los sistemas bioquímicos fueron diseñados. En cambio él afirma lo siguiente: “Dado que todo podría haber sido diseñado y que necesitamos aducir evidencia para mostrar el diseño, no es sorprendente que podamos tener más éxito en demostrar el diseño con un sistema bioquímico que con otro. Algunas características de la célula parecen ser el resultado de simples procesos naturales, otras probablemente lo sean. Sin embargo, otras características fueron casi seguramente diseñadas. Y con otras características, podemos estar tan seguros de que han sido diseñadas como que algunas cosas lo fueron.”[9]

El debate sobre el diseño inteligente

En el Capítulo 10 (“Cuestiones acerca del diseño”) el autor presenta el debate sobre el diseño inteligente, siguiendo un enfoque histórico. Hasta el tiempo de Darwin, el argumento de que el mundo era diseñado era un lugar común tanto en filosofía como en ciencia. En el ámbito anglosajón, el argumento del diseño alcanzó su punto más alto de influencia a través del libro “Teología Natural” del clérigo anglicano William Paley, publicado en 1802. Behe reproduce el párrafo introductorio de ese libro, donde Paley ofrece su ejemplo más famoso de inferencia de diseño: si un caminante encontrara un reloj en el suelo y lo examinara, llegaría fácilmente y con certeza a la conclusión de que fue diseñado y fabricado por un agente inteligente, un relojero.

Behe sostiene que, como suele suceder, el argumento de Paley habría sido más fuerte si él hubiera escrito menos, porque en su libro, junto a algunos buenos ejemplos de diseño, incluye también muchos ejemplos mediocres o malos. Paley cayó en descrédito por sus malos ejemplos y sus discusiones teológicas fuera de tema. “Pero exactamente dónde –pregunta Behe– ha sido refutado Paley? ¿Quién ha respondido su argumento? ¿Cómo fue producido el reloj sin un diseñador inteligente? Es sorprendente pero verdadero que el argumento principal del desacreditado Paley no ha sido nunca refutado realmente. Ni Darwin ni Dawkins, ni la ciencia ni la filosofía, han explicado cómo un sistema irreduciblemente complejo como un reloj podría ser producido sin un diseñador.”[10] “Pobre Paley. Sus oponentes modernos se sienten justificados en asumir puntos de partida enormemente complejos (tales como un reloj o una retina) si piensan que entonces pueden explicar una simple mejora (tales como una cobertura de reloj o la curvatura del ojo). No se argumenta nada más; no se da ninguna explicación de la complejidad real, la complejidad irreducible. Incluso los que deberían saber más afirman que la refutación de las extralimitaciones de Paley son una refutación de su punto principal.”[11]

A continuación el autor analiza dos argumentos del filósofo David Hume contra el diseño inteligente. En su primer argumento, Hume sostiene que los relojes y los organismos son muy diferentes entre sí, por lo que es absurdo inferir que los organismos tienen una propiedad determinada porque los relojes la tienen. Sin embargo, el argumento de diseño basado en la analogía es válido. Este argumento no dice que los organismos son diseñados porque los relojes son diseñados, sino que ambos (relojes y organismos) son diseñados porque comparten una propiedad determinada (la complejidad irreducible) que exige un diseño inteligente.

En su segundo argumento, Hume sostiene que para tener una buena razón para pensar que los organismos de nuestro mundo son productos de un diseño inteligente, tendríamos que haber visitado muchos otros mundos y haber observado allí a diseñadores inteligentes produciendo organismos. Hume critica aquí el diseño como un argumento inductivo; pero en realidad el argumento de diseño no es una inducción, sino una inferencia basada en la mejor explicación. Es decir que si se consideran el diseño inteligente y la evolución “ciega” (en honor a la verdad y por respeto a los ciegos, sería mejor decir “evolución sin inteligencia”) como explicaciones que compiten entre sí, el diseño inteligente es por lejos la explicación más probable. Además, añade Behe, hoy tenemos experiencia directa de miles de diseños inteligentes de sistemas bioquímicos, a través de la ingeniería genética.

Luego el autor refuta una analogía de Richard Dawkins que, a pesar de ser patentemente falsa, ha convencido a filósofos de la ciencia como Michael Ruse, Daniel Dennett y Elliott Sober. Behe la presenta según la versión de Sober. Imaginen una cerradura de combinación compuesta de 19 discos. En el borde de cada disco figuran las 26 letras del idioma inglés. Los discos pueden girar separadamente de forma que en una ventana aparecen secuencias de 19 letras. La probabilidad de que aparezca una secuencia determinada es bajísima: uno en 26^19. Pero ahora imaginen que un disco se bloquea si en la ventana sale una letra que coincide con el mensaje elegido como blanco. Repitiendo este proceso, el mensaje elegido aparecerá al cabo de un número sorprendentemente pequeño de pasos (del orden de 13×19). Dawkins establece esta analogía con la evolución darwinista: los giros de los discos representan a las mutaciones aleatorias, pero la selección natural entre las variantes (representada por el bloqueo de los discos) no es aleatoria.

La falla garrafal de esta analogía es evidente: ¿Cómo la selección natural decide cuáles letras bloquear? ¿Por qué la selección natural habría de seleccionar una combinación errónea? Si tu vida dependiera de que una combinación aleatoria de letras abriera la cerradura, no te serviría de nada acertar la primera letra. Aunque acertaras 18 de las 19 letras, pronto estarías mirando a las flores desde abajo. La analogía de Dawkins es en realidad un excelente ejemplo de diseño inteligente. El agente inteligente “tiene la frase deseada en mente y guía el resultado en esa dirección tan seguramente como un adivino guía una tabla ouija. Esto difícilmente parece un fundamento firme sobre el cual construir una filosofía de la biología.”[12]

Hacia el final del Capítulo 10 el autor analiza la objeción más frecuente contra el diseño inteligente: el argumento basado en la imperfección. Este argumento tiene usualmente la siguiente forma silogística (que expresaré de un modo más general que Behe):

  • Premisa mayor: Ningún diseñador habría hecho la especie X con la característica Y.
  • Premisa menor: La especie X tiene la característica Y.
  • Conclusión: La evolución darwinista produjo la especie X con la característica Y.

Podemos hacer dos objeciones a este razonamiento. La objeción menos importante es que este silogismo es una falacia lógica conocida como non sequitur, porque la conclusión no se deduce de las premisas. La conclusión correcta sería: “La especie X con la característica Y no fue hecha por un diseñador”.

La objeción principal consiste en cuestionar la premisa mayor. Ésta no es un hecho (como la premisa menor), ni una verdad evidente por sí misma, sino una mera opinión subjetiva. Hay argumentos a favor del diseño inteligente que son débiles precisamente por la misma razón que hace ineficaces a los argumentos contra el diseño inteligente basados en las imperfecciones: es decir, porque se basan en meras opiniones o sentimientos sobre cómo deberían ser las cosas.

El silogismo en cuestión asume dos cosas que podemos cuestionar: 1) Que la característica Y de la especie X es una imperfección técnica. 2) Que ningún diseñador produce diseños con imperfecciones técnicas.

Acerca del primer punto, citaré parte de un discurso pronunciado por el filósofo darwinista Daniel Dennett en marzo de 2006:

“Francis Crick lo llamó la Segunda Regla de Orgel. “La evolución es más lista que tú.” Una y otra vez evolucionistas, biólogos moleculares, biólogos en general, ven algún aspecto de la naturaleza que les parece inútil o tonto o que no tiene demasiado sentido –y luego descubren que es de hecho un diseño exquisitamente ingenioso, es una brillante pieza de diseño– eso es lo que Francis Crick quería decir con la Segunda Regla de Orgel.”[13]

El segundo punto es el principal, por lo que me detendré más en él, formulando dos objeciones.

(i) La objeción menor es ésta: es un hecho que a veces los diseñadores cometen errores. Los darwinistas no suelen tomar en cuenta este hecho obvio porque generalmente consideran sólo a Dios (un Ser omnisciente y omnipotente) como posible diseñador de los seres vivos. Pero desde un punto de vista lógico no se puede descartar a priori otros posibles diseñadores (por ejemplo, seres extraterrestres).

(ii) La objeción principal es ésta: es un hecho que a menudo los diseñadores no buscan la perfección técnica. Behe cita dos ejemplos. En primer lugar, la “obsolescencia incorporada” en muchos productos industriales. Y en segundo lugar, él da un ejemplo personal: “No doy a mis hijos los juguetes mejores y más elegantes porque no quiero echarlos a perder y porque quiero que aprenden el valor de un dólar.” (p. 223). El argumento de la imperfección pasa por alto que el diseñador podría tener múltiples motivos, y que a menudo la excelencia ingenieril queda relegada a un rol secundario. El problema básico de este argumento es que “depende críticamente de un psicoanálisis del diseñador no identificado. Sin embargo las razones por las que un diseñador haría o no haría algo son virtualmente imposibles de conocer a menos que el diseñador te diga específicamente cuáles son esas razones.”[14]

En este punto yo agrego que es muy curioso e ilógico que los darwinistas pretendan conocer mejor la psicología de Dios (el Ser infinito, inabarcable para nuestra inteligencia finita) que la psicología de los demás diseñadores reales o posibles (seres humanos o extraterrestres). Pienso que esto es un ejemplo de su fuerte tendencia a refugiarse en una mala teología para ocultar las debilidades científicas de su teoría.

Luego el autor analiza una subcategoría del argumento de la imperfección: el argumento basado en los órganos llamados “vestigiales”, que aparentan ser residuos inútiles de una función perdida a lo largo de la evolución. Behe dice que ese argumento no es convincente, por tres razones:

(1) Que no hayamos descubierto una utilidad para una estructura no significa que esa utilidad no exista. Se ha descubierto la utilidad de muchos órganos antes considerados vestigiales.

(2) Incluso si alguna estructura (como por ejemplo los llamados “pseudo-genes”) no tuviera ninguna función, la teoría darwinista no ha explicado realmente cómo esa estructura surgió, con todos los detalles bioquímicos que una explicación científica requiere.

(3) Este argumento confunde la teoría del diseño inteligente con el creacionismo fijista o el creacionismo de la “Tierra joven”. El diseño inteligente es perfectamente compatible con la evolución en general, e incluso con alguna medida de evolución basada en mutación y selección natural, en particular.

En la sección final del capítulo, el autor plantea algunos de los temas que debería abordar un programa de investigación científica basado en la teoría del diseño inteligente. Por ejemplo, se debería investigar si es posible que la primera célula contuviera ya la información genética de todas las especies que han existido, de tal modo que activando o desactivando determinadas porciones de esa información se hayan generado las diferentes especies.

Behe concluye lo siguiente: “La teoría del diseño inteligente promete revigorizar un campo de la ciencia que se ha estancado por falta de soluciones viables a callejones sin salida. La competencia intelectual creada por el descubrimiento del diseño traerá un análisis más agudo a la literatura científica profesional y requerirá que las afirmaciones estén respaldadas por datos duros. La teoría provocará enfoques experimentales y nuevas hipótesis que de otro modo no habrían sido considerados. Una teoría rigurosa del diseño inteligente será una herramienta útil para el avance de la ciencia en un área que ha estado moribunda durante décadas.”[15]

Ciencia, filosofía y religión

En el Capítulo 11 (“Ciencia, filosofía y religión”) el autor se plantea la siguiente cuestión: después de 40 años de grandes esfuerzos acumulados para investigar la vida en el nivel molecular, el resultado es un grito fuerte y claro de “¡diseño!” Este resultado debería ser considerado como uno de los mayores logros de la historia de la ciencia. Sin embargo, en lugar de la gran celebración colectiva que cabría esperar, un silencio embarazoso rodea la espantosa complejidad de la célula. ¿Por qué la mayoría de la comunidad científica se resiste a admitir una teoría bien fundada (el diseño inteligente) con posibles consecuencias teológicas? Behe analiza cuatro razones.

La primera razón es de orden sociológico: una especie de patrioterismo científico que se manifiesta en una lealtad exagerada o desordenada hacia las ideas predominantes en el ámbito científico.

La segunda razón es de orden histórico. Algunos científicos y algunos teólogos o creyentes se han enfrentado acerca de la teoría de la evolución de Darwin, y de allí muchos han sacado la errónea conclusión de que existe o debe existir una guerra entre la ciencia y la religión.

Los sentimientos o emociones relacionados con estos dos primeros factores no tienen en sí mismos un valor intelectual y no deberían interferir con el debate científico sobre el diseño inteligente. En cambio los dos factores filosóficos que examinaremos a continuación afectan directamente a la cuestión en el nivel intelectual.

La tercera razón es la concepción naturalista de la ciencia. El autor ofrece una cita de Richard Dickerson, un prominente bioquímico, que es representativa de esta concepción: “La ciencia, fundamentalmente, es un juego. Es un juego con una regla primordial y definitoria: Regla número   1: veamos cuán lejos y hasta dónde podemos explicar el comportamiento del universo físico y material en términos de causas puramente físicas y materiales, sin invocar lo sobrenatural.”[16] Behe subraya que esta regla no es científica sino filosófica y responde que la ciencia no es un juego, sino un vigoroso intento de hacer afirmaciones verdaderas acerca del mundo físico, por lo que la ciencia debería seguir la evidencia física a dondequiera que ella conduzca, sin restricciones artificiales. Behe responde a algunas objeciones, afirmando que el temor a una proliferación de lo sobrenatural en la ciencia es una pomposa exageración, y destacando que, aunque el diseñador inteligente no puede ser objeto de observación o experimentación directa, podemos estudiar sus efectos, de forma análoga al caso del meteorito que destruyó a los dinosaurios hace millones de años.

La cuarta razón es la más poderosa: muchas personas, incluyendo a muchos científicos importantes, simplemente no quieren que haya nada más allá de la naturaleza. Esto se puso de manifiesto claramente en la discusión en torno al Big Bang, una teoría científica muy bien fundada con posibles implicaciones teológicas. El autor ofrece una cita muy ilustrativa del célebre astrofísico Arthur S. Eddington: “Filosóficamente, la noción de un comienzo abrupto del presente orden de la Naturaleza es repugnante para mí, como creo que debe ser para la mayoría.”[17] Sentimientos de este tipo movieron a Albert Einstein a cometer un error grave (la inserción de la “constante cosmológica” en sus ecuaciones para evitar un universo inestable) y a Fred Hoyle a proponer la absurda teoría del universo en estado estacionario, que postulaba la continua creación de materia de la nada, sin causa y a un ritmo constante. A pesar de que algunas teorías alternativas al Big Bang han sido descartadas, los científicos comprometidos con el ateísmo (como Stephen Hawking) continúan ideando nuevas teorías alternativas. De aquí se puede inferir que los científicos ateos no tienen por qué temer que una admisión del valor científico del diseño inteligente los obligue a adherirse a una cosmovisión religiosa. Ellos siempre tendrán a mano vías de escape (si razonables o no es otra cuestión), como por ejemplo la panspermia dirigida, postulada por Francis Crick (co-descubridor de la estructura de doble hélice del ADN) y el químico Leslie Orgel.

El autor sostiene que hay que vivir y dejar vivir. “La negativa a dar a otros una amplia latitud para sus creencias definitorias ha conducido una y otra vez al desastre. La intolerancia no surge cuando yo creo que he encontrado la verdad. Más bien surge sólo cuando yo pienso que, porque la he encontrado, todos los demás deberían estar de acuerdo conmigo. Richard Dawkins ha escrito que cualquiera que niegue la evolución es “ignorante, estúpido o demente (o malvado –pero prefiero no considerar eso)”. No hay mucha distancia entre llamar a alguien malvado y tomar medidas de fuerza para poner fin a su maldad. John Maddox, el editor de Nature, ha escrito en su revista que “puede que no falte mucho para que la práctica de la religión deba ser vista como anti-ciencia”. En su reciente libro La peligrosa idea de Darwin, el filósofo Daniel Dennett compara a los creyentes en la religión –90% de la población– con animales salvajes que podrían tener que ser enjaulados, y dice que se debería impedir (presumiblemente por coerción) que los padres desinformen a sus hijos sobre la verdad de la evolución, que es tan evidente para él.”[18]

La conclusión del diseño inteligente puede parecer muy curiosa, pero en cierto modo el progreso de la ciencia en los últimos siglos ha sido una marcha continua hacia lo extraño. Behe concluye su libro así: “La resultante comprensión de que la vida fue diseñada por una inteligencia es una conmoción para aquellos de nosotros del siglo XX que nos hemos acostumbrado a pensar que la vida es el resultado de simples leyes naturales. Pero otros siglos tuvieron sus conmociones, y no hay razón para suponer que nosotros deberíamos escapar a ello. La humanidad ha soportado mientras el centro de los cielos se movió de la Tierra a más allá del Sol, mientras la historia de la vida se expandió para abarcar a reptiles muertos hace mucho tiempo, mientras el universo eterno probó ser mortal. Nosotros soportaremos la apertura de la caja negra de Darwin.”[19]

Consideraciones finales

La edición del décimo aniversario de La Caja Negra de Darwin (del año 2006) contiene un nuevo Epílogo, titulado “Diez años después”. Al comienzo de ese epílogo, el autor sostiene que, a pesar del gran progreso de la bioquímica en los diez años transcurridos, de cientos de comentarios críticos a su libro y de la oposición implacable de algunos científicos muy influyentes, hay muy pocas cosas del texto original que cambiaría si lo volviera a escribir. En cambio hay mucho que podría agregar. A medida que la ciencia avanza, el fundamento molecular de la vida se está revelando exponencialmente más complejo; y así el argumento del diseño inteligente de la vida se vuelve exponencialmente más fuerte.

A continuación el autor analiza las principales críticas a su libro. Sostiene que las mayores fuentes de confusión son los malentendidos sobre el concepto de complejidad irreducible y sobre la naturaleza del argumento a favor del diseño. Con respecto al primero de estos dos puntos, Behe refuta detalladamente las críticas de tres autores: el filósofo de la ciencia Robert Pennock, el bioquímico Ken Miller y el biólogo Allen Orr. En pocas palabras, Pennock y Miller tergiversan la definición de complejidad irreducible, volviendo la tesis de Behe lo más frágil posible para poder refutarla fácilmente. Por su parte, Orr pretende resolver el problema de la evolución darwinista de los sistemas irreduciblemente complejos de un modo abstracto, con una explicación vaga e hipotética, sin ninguna referencia concreta a los problemas bioquímicos reales.

El argumento a favor del diseño ha sido caricaturizado por muchos críticos como un “argumento basado en la ignorancia”. Behe responde que los sistemas bioquímicos irreduciblemente complejos permiten desarrollar dos argumentos, uno negativo y otro positivo. El argumento negativo muestra que tales sistemas resisten una explicación darwinista (que requeriría una evolución mediante pasos pequeños). El argumento positivo es que sus partes aparecen ordenadas para cumplir un propósito, lo cual es exactamente la forma en que detectamos un diseño. Según Richard Dawkins, esta apariencia de diseño forma parte de la mismísima definición de la biología: “La biología es el estudio de cosas complicadas que dan la apariencia de haber sido diseñadas para un propósito.”[20] Más aún, Dawkins admite que esa apariencia de diseño es abrumadora: “Los resultados vivientes de la selección natural nos impresionan abrumadoramente con la apariencia de diseño como por un maestro relojero, nos impresionan con la ilusión de diseño y planificación.”[21]

A continuación el autor afirma que, después de diez años, el darwinismo sigue siendo tan especulativo como siempre. “Todas las ciencias comienzan con la especulación; sólo el darwinismo termina rutinariamente en ella.”[22] Behe revisa las críticas a sus capítulos de ejemplos de sistemas bioquímicos complejos y muestra la invalidez de esas críticas. En 1996 el microbiólogo James Shapiro declaró: “No hay explicaciones darwinistas detalladas de la evolución de ningún sistema bioquímico o celular fundamental, sólo una variedad de especulaciones ilusionadas.”[23] Behe agrega: “Diez años después, nada ha cambiado. Llámenlas especulaciones ilusionadas o escenarios plausibles –ambos sólo significan una falta de respuestas reales.”[24]

Behe concluye el epílogo afirmando que las perspectivas futuras para la hipótesis del diseño inteligente son excelentes y que estudiantes avanzados y destacados de disciplinas científicas demuestran mucho interés en el diseño inteligente.

El libro termina con un Apéndice (“La química de la vida”) que es una breve introducción a la bioquímica.

En mi opinión, La Caja Negra de Darwin es un libro muy importante y recomendable. A través de la noción de complejidad irreducible, Behe ha hecho un aporte fundamental al debate entre el darwinismo y el diseño inteligente. La Caja Negra de Darwin demuestra sobradamente que los abundantes sistemas bioquímicos irreduciblemente complejos representan un obstáculo formidable para la teoría darwinista de la evolución; un obstáculo tal que no hay razón para suponer que ésta pueda superarlo algún día.

En cuanto al argumento positivo de Behe a favor del diseño, pienso que, aunque es esencialmente correcto, necesita ser reforzado por medio de una formulación matemática. En este sentido, los aportes de los dos principales exponentes del movimiento del diseño inteligente, Michael Behe y William Dembski, se complementan entre sí: la teoría matemática de Dembski sobre la información con complejidad especificada da una forma más rigurosa a la inferencia de diseño.[25]


[1] p. 168.

[2] p. 176.

[3] p. 179.

[4] p. 186.

[5] p. 191.

[6] p. 191.

[7] p. 192.

[8] p. 194.

[9] p. 208.

[10] p. 213.

[11] p. 216.

[12] p. 221.

[13] Comentario tomado de Idinet.

[14] p. 223.

[15] p. 231.

[16] p. 238.

[17] p. 244.

[18] p. 250.

[19] pp. 252-253.

[20] p. 264.

[21] p. 264.

[22] p. 268.

[23] p. 271.

[24] p. 271.

[25] Comentario de: Michael J. Behe, Darwin’s Black Box: the Biochemical Challenge to Evolution, publ. Free Press, New York 2006; edición del 10mo aniversario con un nuevo epílogo.