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Néstor Martínez Valls

Triste y lamentable jornada en el Palacio Legislativo: la Cámara de Diputados aprobó el texto de legalización del aborto por un solo voto. Falta, es cierto, la instancia del Senado. Pero de todos modos es suficiente ya con lo visto para concluir que hay algo que no funciona.

Mirando las barras llenas de jóvenes, casi la totalidad de ellos a favor del derecho a la vida y en contra de la legalización del aborto, uno se pregunta si esos jóvenes no se habrán ido ayer del Palacio de las Leyes con la impresión de que la democracia sirve para pisotear legalmente los derechos humanos. No hay más remedio que preguntarse: ¿qué dignidad le quedaría a una casa que a la postre mostrase que sirve para dar estatuto legal al homicidio?

Muchos discursos elocuentes, muchos testimonios muy sentidos, pero el hecho es que se aprobó desproteger legalmente la vida humana. Muchos elogios a la altura, la corrección y la tolerancia en general del debate. Eso es precisamente lo triste: que hagan falta tantas y tan grandes cualidades para abrir la puerta al genocidio. Nunca vamos a poder tener el punto de vista sobre el nivel de las intervenciones y el tono general de la discusión de los que eventualmente serán abortados legalmente si se termina de aprobar este texto.

Hay límites; no todo es relativo. En la visión menos pretenciosa posible, el derecho a la vida de todo ser humano inocente es justamente uno de esos “mínimos” que algunos legisladores partidarios de la legalización del aborto invocaron también en sus discursos. El derecho a la vida es un mínimo, no es un máximo ni un extremo. Que no se me pueda matar excepto en legítima defensa ante alguna injusta agresión por mi parte no es exquisitez ética, no es rebuscamiento moral, no es maximalismo ni rigorismo, no es “moralina”, como increíblemente se dio a entender también varias veces en la lamentable jornada vivida hoy. Si se puede llegar a legislador pensando que eso no es un “mínimo”, es que estamos mal, muy mal, ante todo como país, como sociedad, como cultura.

Con la aprobación de este texto hoy en Diputados se dio un paso importante, por lo menos, hacia la creación de un nuevo Uruguay, un país distinto de aquel en el que todos nosotros crecimos. Crecimos en un país en que se consideraba delito disponer de la vida de un ser humano inocente. Si este texto termina de aprobarse, ese país no va a existir más.

Es cierto que la ley de 1938 tiene sus incoherencias. Buena parte del discurso pro-legalización del aborto consistió en atacar esas incoherencias. Pero se omitió decir algo muy importante: cualquier ley sobre el aborto va a tener siempre grandes incoherencias. Cuando una madre decide matar a su hijo o a su hija, hace rato que ya no estamos en las condiciones normales en las que cabe esperar soluciones óptimas y absolutamente satisfactorias. Si vamos a esperar que la realidad humana esté libre de contradicciones y de incoherencias, para recién ahí defender por ley los derechos humanos básicos y fundamentales, de la única forma en que la ley puede hacerlo, es decir, penalizando las violaciones de esos derechos, entonces nunca vamos a poder tener leyes en la sociedad humana que defiendan los derechos de las personas.

¿Es duro, difícil de tragar, que una madre que quita la vida a su hijo vaya presa? ¿Es absurdo o inconsistente que la ley diga que tiene que ir presa y que ninguna de las madres que abortan vaya presa? Pues bien, mucho más duro, mucho más absurdo y mucho más inconsistente es que en una democracia republicana que pretende gozar del Estado de Derecho y que se pretende respetuosa de los Derechos Humanos una ley establezca que se puede quitar la vida impunemente al ser humano inocente. Esto es precisamente lo que votaron los que votaron a favor de la legalización del aborto hoy en Diputados.

Hay situaciones reales que no admiten soluciones perfectas. Pero también es verdad que una situación imperfecta siempre puede ser empeorada. Se insistió mucho, en efecto, en la ineficacia de la ley actualmente vigente para impedir los abortos. Se dieron cifras de abortos clandestinos, como han sido todos en Uruguay desde 1938, sin especificar cuál es el registro oficial de abortos clandestinos de donde se extrajeron esos datos. Se supuso además que la cifra de abortos evitados desde 1938 hasta aquí debido al carácter ilegal del aborto es nula. Tampoco se especificó la fuente registral de abortos no realizados de donde procedería esa cifra.

Cansa y fatiga tener que volver a decir, una y otra vez, que la ley tampoco ha podido impedir el robo, la rapiña, el asalto a mano armada, el copamiento, el fraude, la estafa, la violación, el homicidio, etc. No se debe comparar los resultados de una ley que penaliza atentados contra los derechos humanos básicos y fundamentales con los resultados que nosotros querríamos, sino con lo que sería la realidad si no existiese ni siquiera esa prohibición legal. En el mar embravecido de las pasiones, los egoísmos y las violencias humanas, la ley no es un cómodo transatlántico, sino el pedazo de madera del cual se agarra el náufrago humano para no hundirse del todo. Las rugosidades, nudos, rajaduras o agujeros que pueda presentar el madero se deben comparar, no con el mueble ideal, sino con lo que sucedería si ese madero no existiese.

Pero la ley de 1938, dicen, no ha podido impedir los abortos. ¿Qué es lo que va a pasar entonces si se aprueba definitivamente este texto aprobado hoy en Diputados? Obviamente, van a aumentar los abortos. Se va a banalizar aún más el valor de la vida humana. Se va a extender aún más la irresponsabilidad en materia sexual. Va a ocurrir exactamente lo contrario de todo aquello que adujeron como justificación los que votaron a favor de este texto. Se insistió hasta la saciedad en que el aborto es una realidad que no se puede ignorar. Lamentablemente, si al final se aprueba este engendro, vamos a ser testigos, en el futuro próximo, de los esfuerzos de sus partidarios por no ver, por ocultar, por ignorar y hacer ignorar la realidad del aumento constante y sostenido, a través de los años, de la cantidad de abortos legales, ante todo en relación con la cantidad de concebidos, y eventualmente también en términos absolutos. Así ha ocurrido nada menos que en Estados Unidos, Gran Bretaña, España, Suecia, Nueva Zelanda y otros países. Y además es lógico que así ocurra, porque aquí no se ha tenido en cuenta la función educativa de la ley y su influencia en la formación de opiniones y de criterios para distinguir lo bueno de lo malo.

¿Y cuando eso ocurra, cuando ya no se pueda negar que el efecto del cambio legal ha sido aumentar la cantidad de abortos, y eventualmente, por tanto, de muertes maternas por abortos provocados, qué van a decir los que votaron a favor de este texto, si todavía se encuentran en este mundo? ¿Cuántas excusas, cuántas explicaciones, cuántas justificaciones o pedidos de perdón serán necesarios y suficientes ante las nuevas generaciones, a las cuales se les habrá entregado gentilmente la tarea de resolver ese problema así agravado?

Quién sabe, quizás también nosotros tengamos nuestros Nathansons, nuestros abortistas convertidos en defensores del derecho a la vida. Así lo quiera Dios. Pero en todo caso, eso ocurrirá en el nuevo Uruguay al que quieren dar a luz los que votaron a favor de este texto. Un nuevo Uruguay en el que, como decíamos, el derecho a la vida del ser humano inocente ya no sería algo inviolable.

No hay más remedio que constatar la realidad objetiva: sería un nuevo Uruguay mucho más cercano espiritualmente que el antiguo a aquel régimen que floreció en Alemania en tiempos de Hitler. Y la asociación no es caprichosa, porque en la votación de hoy se llegó a hablar de “eugenesia”, es decir, de aquella palabra que había sido una de las banderas principales del nazismo y que, tras su derrota, en la post-guerra debió ser sustituida por “planificación familiar”, bajo el entendido, en los que operaron esa maniobra, de que con ese rótulo se estaría practicando la “criptoeugenesia” o eugenesia escondida. Hoy parece que hemos “progresado” lo suficiente como para que ya no sean necesarios estos tapujos. Estamos volviendo, entonces, a los tiempos de Hitler. “Eugenesia”, es decir buena reproducción, o sea la mejora de la raza humana mediante la reproducción selectiva de solamente los “aptos”, impidiendo la reproducción de los “no aptos”. Será por eso, piensa uno, que los defensores de la legalización del aborto se muestran tan preocupados por las dificultades para abortar que tienen las mujeres pobres.

Estuvieron también representados los mesurados defensores del justo medio, la áurea medianía enemiga de todo extremismo. Hay que concluir que el principal adversario “fundamentalista” de estos pensadores equilibrados es el mismo no nacido, que hasta ahora no ha encontrado la forma de no estar ni vivo ni muerto. No ha podido salir de la alternativa “en blanco y negro” de que su derecho a la vida sea respetado o no. Se podría por tanto hablar de un persistente maniqueísmo en el planteo existencial de todo ser humano no nacido, que no parece capaz de situarse más allá de las posturas extremas de la vida y la muerte.

Y, por lo visto, sigue avanzando la nueva doctrina metafísica ya esbozada en el Senado, según la cual es, de nuevo, tan extremista y fundamentalista decir que la madre y el no nacido son dos seres distintos, como decir que se trata de un solo ser, a saber, la madre. Parece que la evolución de la especie ha podido producir mentes lo suficientemente sutiles como para escapar a ese dilema, que uno diría de hierro. Sólo que al final, el resultado es decepcionantemente extremista y hasta, se podría decir, fundamentalista: se concluye que la madre tiene derecho a matar al hijo. No a matarlo y no matarlo, o a matarlo sólo un poco, o en parte, o a irlo matando, como cabría esperar, sino que de nuevo los maniqueísmos terminan por prevalecer.

Pero lo más triste de todo, es que este texto fue aprobado en Diputados gracias al voto de algunos Diputados católicos. El derecho a la vida (siempre lo hemos dicho) no es una verdad específicamente cristiana ni católica. No es una verdad que sólo se pueda conocer por la fe en la Revelación divina. Es una verdad natural, que se puede conocer con la sola razón natural del ser humano. Pero, así como la fe supone la razón, también la ilumina y la capacita para conocer la verdad. Si alguien no tiene excusa en este mundo para no valorar y defender el derecho del ser humano a la vida, es el cristiano, y el cristiano católico. Pues bien, ha sido con votos de católicos, y de católicos practicantes, volvemos a decir, que se aprobó este texto en Diputados.

Es claro que eso abre todo un nuevo espacio de reflexión. ¿Qué ha pasado para que estos católicos no hayan sabido o podido votar de acuerdo con su fe en un tema tan esencial? ¿De dónde han recibido estos hermanos nuestros esas formas de pensar tan contrarias a lo más básico y esencial del humanismo cristiano? ¿Cómo es que una vida vivida en comunión con la Iglesia no los ha capacitado ni sensibilizado para la defensa del derecho de todo ser humano a la vida? ¿Qué formación han recibido? ¿Dónde? ¿De quiénes?

Pues bien, un comienzo de respuesta, sin duda parcial e incompleto, un simple balbuceo, digamos, podemos verlo en otro hecho lamentable que ocurrió hoy en el Parlamento: una, dos, tres, cuatro veces, por lo menos, los partidarios de la legalización del aborto usaron como argumento las desafortunadas expresiones escritas en su momento por el fallecido R. P. Luis Pérez Aguirre SJ, “Perico”, para sus allegados. Según este sacerdote en su tristemente famoso artículo, la penalización del aborto es injusta, inmoral, ineficaz. Han sido en parte, entonces, las palabras de un sacerdote, de un consagrado, de un ministro de Cristo en su Iglesia, las que han servido de excusa a los que quisieron privar del derecho a la vida al ser humano no nacido, y lograron dar un paso muy importante en ese sentido, en la Cámara de Representantes.

Finalmente, y en consonancia en parte con lo anterior, hay que constatar la estremecedora ignorancia con que no es raro, lamentablemente, que el legislador aborde los temas relacionados con la defensa del derecho a la vida del ser humano. Es inevitable concluir que una de las principales tareas futuras del movimiento pro-vida es la tarea formativa.