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Ricardo Pou-Ferrari

El Uruguay puede enorgullecerse de ciertos logros legales, algunos de los cuales datan de largo tiempo. Entre ellos, la abolición de la esclavitud y la de la pena de muerte. Los mismos traducen la importancia concedida al respeto por la vida humana. Igual propósito anima la profusa legislación tendente a promover la salud de la mujer (en especial de la embarazada), del niño y el adolescente (en particular aquellos en situación de abandono), de los discapacitados, de los carentes de recursos materiales, etc. En estos, como en tantos otros ejemplos, la sociedad, representada por el Estado, toma la responsabilidad de amparar la vida y optimizar las condiciones para el desarrollo integral de los más desamparados.

Nos enfrentamos hoy, nuevamente, a un proyecto de Ley para la despenalización del aborto voluntario, provocado, contra natura o, como se lo llamaba en épocas ya pretéritas, quizás con menos hipocresía que hoy, “aborto criminal”.

Los ginecólogos tenemos el privilegio, que a la vez implica una grave responsabilidad, de ser testigos del comienzo de la vida humana.

En los últimos decenios, la tecnología (aplicada a la medicina) ha permitido adentrarse, cada vez con mayor precisión, en el fascinante proceso del desarrollo del embrionario y fetal a lo largo de la gestación. Medio siglo atrás, sólo era posible comprobar el embarazo al segundo o tercer mes, a través de signos clínicos indirectos (atraso menstrual, síntomas subjetivos evocadores), por signos de probabilidad (modificaciones del tamaño y de las características físicas del útero y de otros órganos femeninos) y, más tarde, por signos de certeza (percepción de movimientos, palpación del feto, auscultación de sus latidos). En años siguientes se dispuso, sucesivamente, de pruebas indirectas (“del sapo” o de Galli Mainini) y directas (determinaciones bioquímicas en orina o en sangre), que demuestran la presencia de hormonas segregadas por el embrión (hormona coriónica gonadotrófica). Por último, la ecografía ha hecho posible observar, a partir de pocos días del inicio de la gestación, la presencia y el desarrollo del saco embrionario, la aparición del embrión, de su actividad cardíaca, sus movimientos, etc.

El avance del conocimiento científico básico y aplicado permitió conocer con exactitud los sucesivos fenómenos relacionados al inicio del embarazo: ovulación, fecundación, formación del cuerpo amarillo gravídico, implantación, formación de la placenta, así como el progresivo desarrollo de los distintos aparatos y sistemas del nuevo ser en desarrollo.

Este “poderío” de la medicina no ha permitido, sin embargo, por lo que se desprende de las discusiones parlamentarias, aclarar en la mente de los involucrados, el asunto del comienzo de la vida humana y por consiguiente, el momento a partir del cual ésta es digna del mismo respeto que en cualquiera de las otras situaciones mencionadas al inicio.

Sin embargo, basta un razonamiento no muy complicado ni apartado de los hechos perceptibles, para llegar a la conclusión de que, una vez fusionados los materiales genéticos procedentes de los gametos progenitores (óvulo y espermatozoide), surge una célula viva, con caracteres absolutamente nuevos, originales, únicos y distintos de sus precursoras, poseedora de un potencial de desarrollo que le es propio. Obviamente, esa célula viva es humana (no es porcina, ni bovina, ni canina…) y en virtud de la programación contenida en sus genes, tiene la capacidad de comenzar a dividirse y proseguir haciéndolo, formándose así, a partir del “zigote” inicial, series de células o “blastómeras”, que progresivamente se van “especializando”, para dar origen a las tres capas iniciales y, a partir de ellas, a los distintos órganos del nuevo ser, con sus respectivas funciones.

Desde la fecundación (que ocurre en la trompa de Falopio) en adelante, el desarrollo embrionario es un continuum, que sólo se divide en etapas para su mejor estudio y comprensión. Ese nuevo ser humano individual sólo requiere las condiciones que le brinda el útero materno y, luego del nacimiento, el cuidado y la alimentación (importancia del amamantamiento o sus equivalentes), habida cuenta de la inmadurez con que nace.

Con la exposición hecha hasta aquí pretendemos dejar establecido:

(1) que la vida humana comienza con la fecundación;

(2) que el desarrollo embrionario y fetal es un proceso, del que el nacimiento es tan sólo un “mojón” que señala el comienzo de la vida extrauterina (y que festejamos en cada cumpleaños);

(3) que ese nuevo ser es frágil y dependiente, tanto antes como después del nacimiento; 4) que no existen momentos “clave” que indiquen que el feto es más o menos humano.

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Otro hecho referente al tema del aborto que nos ha tocado vivir en el plazo relativamente corto de cuarenta años es el cambio progresivo en el concepto de viabilidad” fetal, o sea el momento a partir del cual es posible, con la asistencia debida, que el feto nacido sobreviva. De la definición anterior surgen las de “aborto” y “parto prematuro”, según que el producto carezca o tenga –respectivamente– probabilidad de vivir fuera del útero materno.

No muy lejos están los tiempos en que este límite entre ambos terrenos era un peso fetal de 1.500 gramos. Poco a poco, casi sin advertirlo, los obstetras fuimos haciéndonos a la idea de que a consecuencia de los avances progresivos en el cuidado del recién nacido, cuando las circunstancias obligaban, podíamos interrumpir el embarazo, aún con fetos muy pequeños y relativamente inmaduros, los que, sin embargo, era posible que sobrevivieran normalmente con los debidos cuidados.

Este hecho demuestra la relatividad y especialmente el riesgo de establecer plazos, que son siempre arbitrarios, a la hora de catalogar un feto como viable o no. Progresivamente, fue tomando cuerpo la pediatría intrauterina, cuyo paciente es el feto, al que es posible controlar y medicar. En forma paralela, la neonatología se fue imbricando a la anterior, para formar la perinatología, que agrega, a las ya citadas, las medidas de reanimación y cuidado postnatal.

Como en otras áreas de la medicina, los mejores resultados derivan de la prevención, en este caso, del control de la embarazada. La óptima “incubadora” es el útero materno, pero cuando las condiciones se vuelven adversas allí, es preferible –por razones de salud materna y/o fetal– la interrupción del embarazo. Aun cuando ésta se realice en etapas consideradas hasta hace no mucho tiempo como de no viabilidad, puede lograrse hoy un recién nacido prematuro pero sano.

Estas consideraciones pretenden poner en evidencia:

(1) el escaso valor de los plazos de respeto” por nuestro paciente intrauterino; y

(2) subrayar la total arbitrariedad e injusticia de establecer por ley las doce semanas de gestación como una “fecha mágica”, antes de la cual se puede sacrificar esa vida, como si tuviera menos valor y su supresión fuese menos execrable que si se realizara más adelante (¿por qué no, después del parto?).

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Otro hecho que sorprende es ver que esos mismos legisladores que hoy promueven la despenalización del aborto, estudian concienzudamente las precauciones que deben establecerse para con los embriones resultantes de la fertilización in vitro. En otros términos, que por un lado aceptan la interrupción del embarazo antes de las doce semanas, privando –como es obvio– de su vida a un ser humano, y por otro admiten –más o menos tácitamente– el valor de la vida de los embriones de unas pocas células (que evidentemente también merecen ser resguardados).

Finalmente, haré unas breves consideraciones sobre el ambiente conductual, por no decir moral, en que crece la idea, el proyecto de la despenalización del aborto.

Las coordenadas culturales han banalizado la sexualidad, reduciéndola, poco a poco, a uno de sus aspectos, el placer coital. En el último medio siglo ha aumentado, en todos los aspectos de la vida, el hedonismo (búsqueda del placer por el placer mismo, librarse de las complicaciones, de lo costoso, de lo que requiere esfuerzo). Como parte de esta manera de pensar, la sexualidad se ha convertido en una necesidad impostergable y urgente en la relación entre hombre y mujer; no hay verdadero “amor” entre ambos si éste no “pasa por la cama”. Se ha ridiculizado la continencia y –¡casi da vergüenza pronunciar la palabra!– la virginidad. Indirectamente, el ambiente presiona a los jóvenes, apurando su iniciación sexual. Como corolario, hay relaciones “apresuradas”, a veces sólo para cumplir con los cánones sociales, sin el esperado mutuo compromiso, las que tienen por consecuencia el cambio de compañero “como de camisa” y el notable incremento en las enfermedades de transmisión sexual.

Todo está dado para hacerlo fácil y sin consecuencias. Especialmente el varón se ha liberado de “ataduras”, de “temores”, se ha desbocado su deseo por satisfacer sin medida el apetito sexual, cuando bien se sabe que éste no está entre los imprescindibles e impostergables a riesgo de comprometer la salud y la vida (como comer, beber, dormir, etc.). Las mujeres, por ignorancia o llevadas por lo que dicta la norma, se adaptan e incluso promueven tales conductas. No dudan en utilizar los anticonceptivos hormonales (que no sólo no requieren prescripción como ocurre con otros medicamentos, sino que se ofrecen gratuitamente o a bajo precio); de este modo, las que creen estar “liberadas” se convierten en “objeto sexual”; están prontas ante cualquier circunstancia eventual.

Podemos decir que hemos asistido a una deshumanización de la sexualidad. Ésta en general se saltea la etapa del discernimiento, que debería ser previa en este caso como en toda otra conducta humana, habida cuenta del desarrollo y omnímoda influencia del cerebro (telencefalización). Sólo vale el principio del placer; domina, omnipotente, la pulsión, la pasión.

La sexualidad ha sido, además, reducida a la genitalidad; las manifestaciones de mutua atracción, si no pasan por esta etapa (que es una de ellas, pero no la única ni la primera), son descartables… La información en la materia es pésima; la educación, que debería darse en el hogar, brilla por su ausencia, en una época donde se habla sobre todo con apertura, pero muchas veces no hay hogar o con quién hablar….

Si se ha degradado el valor de la sexualidad a tal extremo, ¿cómo no va a resultar una derivación previsible rechazar su principal consecuencia, el embarazo, que requiere un compromiso existencial serio? Tan fácil como copular irresponsablemente es eliminar el producto, ahora con el visto bueno de la ley, sin pensar siquiera que se está sacrificando un ser humano vivo e indefenso. “Si no se actúa como se piensa, se termina pensando como se actúa”. Todo se justifica, todo se trivializa, todo se acepta; campea el egoísmo, el falso concepto de hacer el amor”, como si el amor no fuera, más que recibir, dar y darse, respetar y proteger.

Los conceptos de bueno y malo, incluso en cuanto a las consecuencias alejadas que un aborto provocado suele tener para la mujer, se han borrado. Se pretende que la legislación suprima definitivamente la línea divisoria y avale todo. Se hace del asunto, por parte del legislador, una cuestión de proselitismo: cuanto más permisivo sea, mejor; el libertinaje toma el lugar de la libertad; tanto mejores serán los gobernantes cuanto más favorezcan lo que le gusta y hace la mayoría, por más que sea incorrecto e inclusive criminal. Todos “se lavan las manos”.

Y para colmo de todo esto resulta lamentable, además, la situación a que se ven enfrentados los ginecólogos; formados para defender y conservar la vida, son ellos quienes deberán ser los “ejecutores” y cuya conciencia (¡que algunos discuten!) quedará teñida de sangre inocente, todo a causa de la irresponsabilidad de terceros, tanto de quienes solicitan la ejecución de un aborto como de quienes votan la ley que lo permite.


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[1] El Dr. Ricardo Pou Ferrari es médico ginecólogo.