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Néstor Martínez Valls

La Cámara de Diputados dio media sanción al proyecto de ley de “reproducción asistida”, es decir, fecundación in vitro. Y lo hizo por unanimidad…

¿Cómo en nuestros tiempos de salvaje diversidad no hubo una sola voz que se levantara en defensa nada menos que del derecho del ser humano a la vida, y a no ser producido y manipulado como una cosa? La democracia se desprestigia cada vez más cuando todo su aparataje legal sólo sirve para legitimar el genocidio y el atentado contra los derechos humanos más básicos y elementales.

Es inevitable que todo aparezca como una gran farsa, donde las eventuales apelaciones a la sinceridad, la honestidad y la falta de tabúes no pueden sonar sino como una broma de mal gusto. ¿De qué sinceridad se puede hablar cuando no es posible oír luego de cinco o seis discursos una sola referencia a las vidas humanas que se crean artificialmente para ser en su inmensa mayoría sacrificadas mediante estas técnicas? ¿Por qué se tiene pudor de nombrar lo que no se tiene pudor de condenar a muerte con el voto? ¿No merecen los no nacidos que serán manipulados para la muerte en forma legal, gracias a los votos de los señores legisladores, al menos el reconocimiento de su existencia?

Es terrible la banalización de la vida humana que está siendo perpetrada un día sí y otro también en la casa de las leyes. Sin pestañar se vota a favor de la producción artificial y posterior eliminación de miles de seres humanos.

Como siempre, se insistió en el argumento de que “estas cosas se hacen y se van a seguir haciendo, no puede ser que no se regulen por ley”. Este argumento sólo lo vamos a aceptar el día que se lo sostenga coherentemente, y se lo aplique en todos los ámbitos en que es aplicable. El contrabando, por ejemplo, es algo consuetudinario, si lo hay, en algunas regiones de nuestro país. Tenemos incluso canciones vinculadas con el tema. Es una realidad que desafía toda norma, y sin duda la ley que prohíbe el contrabando ha fracasado en toda la línea. La actividad que desarrolla el contrabandista, además, es altamente riesgosa. En esas mismas canciones oímos zumbar las balas y somos testigos del lamentable fallecimiento de alguno de los conciudadanos que recurren a estas prácticas. Es evidente el contenido discriminatorio de la situación, desde que obviamente quienes se dedican a estas actividades integran preferentemente las clases bajas. Y hasta el día de hoy la actividad del contrabando transcurre en el más ignominioso vacío legal. No hay regulación alguna del contrabando, salvo su obsoleta, injusta e ineficaz penalización.

Pero no hace falta irnos tan al norte. Tenemos otro caso clamoroso: el de la pasta base. ¿Alguien piensa que este flagelo social va a disminuir por el hecho de estar penalizada la distribución de esta droga? Sólo la legalización pondrá punto final a la discriminación que sufren los traficantes de barrio o de cuadra respecto de los peces gordos del narcotráfico.

No nos quedemos tampoco ahí. Pensemos por ejemplo en una de las más antiguas y venerables instituciones de la sociedad uruguaya: la corrupción, la coima. ¿Alguien tiene alguna duda de que es una realidad que está entre nosotros para quedarse? Y sin embargo, ¿qué encontramos respecto de ella, sino nuevamente, el vacío legal? Por supuesto que ni vale la pena mencionar las ridículas sanciones legales en que deberían incurrir los coimeros. Pero por otro lado ¿va a estar totalmente desregulada esa importante parcela de la actividad nacional?

Ya cansa, sin embargo, oír una y otra vez el argumento de las terribles situaciones personales y familiares que sólo podrán solucionarse aprobando el genocidio silencioso e invisible de miles de seres humanos ya concebidos. Es cruel y sarcástico el contraste entre la tierna consideración por los sentimientos íntimos de los adultos y la total ausencia de sensibilidad para con el asesinato de los no nacidos.

Tampoco ayuda a purificar el ambiente la repetición regular del mantra que dice que todas las opiniones y opciones son respetables. Asfixia tanto respeto cuando no se están respetando los derechos humanos básicos de las personas. ¿Qué tiene de respetable la opinión del que está a favor de autorizar por ley el asesinato del inocente?

¡Ni un discurso a favor del derecho a la vida del ser humano ya concebido en medio de sartas de discursos radical y esencialmente insinceros! ¿No tienen miedo los señores legisladores de terminar padeciendo esquizofrenia de tanto ignorar la realidad?

Con genial intuición Dante colocó en lo más bajo del Infierno no las llamas, sino el hielo eterno. A una triste parodia de esos glaciares infernales se condena por este proyecto de ley a muchos semejantes nuestros, que serán congelados antes de que hayan podido cometer otra culpa distinta de la de haber sido fabricados por inescrupulosos.

Éste fue un proyecto de ley muy poco publicitado y su media sanción se votó en forma rápida y silenciosa, del mismo modo en que van a ser desechados, es decir, asesinados, muchos seres humanos, que lo serán legalmente, si se aprueba dicho proyecto en forma definitiva.

La pregunta básica es la misma de siempre: ¿puede alguien tener derecho de quitar la vida a un ser humano inocente? La respuesta afirmativa o negativa marca dos formas radicalmente distintas e incompatibles de entender la vida humana.