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José María Iraburu

–¿Y usted cree que una Iglesia que en su conjunto se ha torcido a un lado, supongamos, al lado izquierdo, podrá recuperar la verticalidad de la verdad católica?

–Por supuesto que sí. Y lo confieso con la fe de la Iglesia: creo “en el Espíritu Santo… y en la Iglesia una, santa, católica y apostólica”.

Decálogo para las reformas de la Iglesia

Pero tanto en Israel como en la Iglesia, así lo comprobamos en su historia, solamente se producen las verdaderas reformas necesarias cuando, por obra del Espíritu Santo, se dan al mismo tiempo varias condiciones fundamentales.

El reconocimiento de los males. Los falsos profetas y los Pastores sagrados que van con ellos no reconocen los errores y desviaciones del pueblo, o los subestiman en su gravedad, en buena parte porque ellos son, por acción u omisión, los responsables principales de esos males. Por eso dicen con aparente piedad: “vamos bien; paz, paz, confianza en el Señor; calamidades como las actuales, o peores, siempre las ha habido”. Éstos no se asustan por nada: ni por la difusión de gravísimos errores contra la fe, ni por la falta extrema de vocaciones, ni por el absentismo masivo en la Misa dominical, ni por la difusión generalizada de la anticoncepción, etc. Y así se tienen por “hombres de esperanza”.

Pero los Pastores y profetas verdaderos ven las cosas de otro modo: “Vamos mal, y es urgente la conversión y la reforma. De otro modo, se arruinará el Templo de Dios y su Pueblo se dispersará entre los infieles.”[1] A estos Pastores, profetas y creyentes, que permanecen fieles, se refiere el Señor cuando le ordena a su ángel: “recorre la ciudad [de Dios] y pon por señal una tau en la frente de los que gimen afligidos por las abominaciones que en ella se cometen.”[2]

El reconocimiento de las propias culpas, que han traído todos esos males, es igualmente necesario para la reforma. “Eres justo, Señor, en cuanto has hecho con nosotros, porque hemos pecado y cometido iniquidad en todo, apartándonos en todo de tus preceptos… Nos entregaste por eso en poder de enemigos injustos e incircuncisos apóstatas…”[3] No tiene posible reforma una Iglesia local mientras no reconoce que sus pecados son la causa de todos los males que le afligen. Atribuir a la secularización creciente del mundo la apostasía creciente del pueblo cristiano viene a ser como si la luz echara a las tinieblas la culpa de la oscuridad reinante en un lugar. Un lugar se queda a oscuras cuando disminuye o se apaga la luz. Evidente.

Los males que nos abruman son castigos medicinales. “Todas las cosas colaboran al bien de los que aman a Dios.”[4] Estos males tan grandes que Dios permite en el mundo y también, en otro grado, en su Iglesia deberían ser aún mayores si estuvieran exactamente proporcionados a la gravedad de nuestras culpas. Pero la Providencia divina suaviza la justicia con la misericordia, a causa del amor inmenso que Dios tiene a su Iglesia. “No nos trata como merecen nuestros pecados, ni nos paga según nuestras culpas.”[5] Los males que nos afligen son, pues, medicinales, humillantes, motivos fuertes para la conversión y la reforma.

No hay remedio humano para nuestros males. Ésta es una convicción de fe absolutamente necesaria para la reforma. Por eso aquellos Pastores, profetas y fieles que no reconocen la gravedad de las miserias que abruman al pueblo, ni su raíz diabólica, aunque alcancen a verlas en alguna medida, y que no asumen tampoco la gravedad de sus propias culpas, mantienen –si es que la mantienen– la “esperanza”, una falsa esperanza de superar los males con remedios humanos, con sus propias fuerzas, sin reafirmación de las verdades negadas o silenciadas, sin verdadera conversión, penitencia y expiación, sin cambiar sus pensamientos y caminos, sin entender tampoco la absoluta necesidad de la oración de súplica, que pida al Señor una salvación en modo alguno merecida. Y así van de mal en peor.

“Son necios, no ven”[6] “Pretenden curar el mal de mi pueblo como cosa leve, y dicen ¡paz, paz!, cuando no ha de haber paz. Serán confundidos por haber obrado abominablemente”[7] “Maldito el hombre que en el hombre pone su confianza, y de la carne hace su apoyo, y aleja su corazón de Yavé.”[8]

La verdadera reforma, por el contrario, es suscitada por aquellos que nada esperan de nuevas fórmulas catequéticas, pastorales, teológicas, litúrgicas, organizativas, de presunta eficacia mágica; aunque sepan reconocer en medio de esa efervescencia de iniciativas todo lo que en ellas haya de bueno, positivo y bienintencionado, que no es poco. En todo caso, los que piden-procuran-esperan las reformas necesarias tienen muy claro que nuestros males tienen raíz diabólica y que no son sanables por remedios humanos. “Levanto mis ojos a los montes: ¿de dónde me vendrá el auxilio?… El auxilio me vendrá del Señor, que hizo el cielo y la tierra.”[9]

Hay remedios divinos sobreabundantes. Las reformas no se dan, por urgentes que sean, cuando en Pastores y fieles falta la verdadera esperanza en el amor y en el poder de Dios. Lo dan entonces todo por perdido, ven el proceso de la descristianización siempre creciente como una dinámica histórica irreversible, sin que a ellos, por lo demás, les importe gran cosa. Se resignan —ellos creen que piadosamente— a que la Iglesia sea entre los pueblos un conjunto insignificante de comunidades mínimas, sin fuerza real alguna para iluminar el pensamiento, las instituciones, el arte, las leyes, la cultura, las costumbres del mundo de su tiempo. Citan, pobrecitos, el Evangelio de Cristo: pusillux grex,[10] y se quedan tan tranquilos. Habrá que decirles: “Estáis en un error, y no conocéis las Escrituras ni el poder de Dios.”[11]

Los sagrados Concilios de reforma, lo mismo que los santos especialmente movidos por Dios para realizar ciertas reformas, nunca se han amilanado ante la gravedad de los males del mundo y de la Iglesia de su tiempo, por muy difundidos que estuvieran, o aunque parecieran insuperables al estar tan arraigados. Siempre han tenido una fe y una esperanza firmes en el poder del amor del Señor para purificar a su Iglesia de los males que la afligen, por grandes que sean.

Pongo un ejemplo histórico. La simonía, la compra de altos cargos eclesiásticos, puede en una cierta época y región de la Iglesia estar tan extendida y arraigada, que muchos la ven como algo normal en la vida eclesial, y otros, que alcanzan a conocer su maldad gravísima, la consideran sin embargo como un mal irremediable. Unos y otros no intentan la reforma. Y no la consiguen, por supuesto. Con lo que se ven confirmados en su convicción inicial: “no hay nada que hacer”. Y así es como males muy graves, gracias a moderados y deformadores, “hombres de poca fe,”[12] pueden durar largamente en una Iglesia. Por el contrario, todo movimiento reformista parte de una fe firmísima en el poder del amor de Dios para sacar de las piedras hijos de Abraham,[13] para transformar la roca en un manantial de agua viva,[14] para hacer florecer los más áridos desiertos (Isaías 35,1), para hacer abundar su gracia donde abundó el pecado.[15]

Los que ignoran el amor del Señor por su Esposa, los que desconocen el poder del Salvador para salvar, no creen posibles las reformas necesarias de la Iglesia, tampoco creen posible que se difunda en el mundo el Reino de Cristo por el apostolado y las misiones, y estiman irreversible el acrecentamiento continuo de la apostasía. Lo dan todo por perdido. Pero a ellos ese proceso siniestro no les importa gran cosa, y no faltan tampoco algunos locos que lo consideran un progreso histórico.

En fin, es una gran vergüenza que tantos Pastores, religiosos y laicos vean hoy en la Iglesia como insuperable una multiplicación desbordante de errores doctrinales y de abusos morales, litúrgicos y disciplinares, y en consecuencia limiten sus aspiraciones apostólicas al cuidado de unos pequeños grupos y movimientos, en los que osan estimar a veces “la esperanza de la Iglesia” (sic). Esos grupos y movimientos serán de verdad la esperanza de la Iglesia sólo si se empeñan en su verdadera reforma, bien unidos a los Pastores y fieles, convencidos de que “para los hombres es imposible, pero para Dios todo es posible.”[16]

La oración de súplica es el medio principal para las reformas de la Iglesia, y nace de la fe en el poder de Dios y en el gran amor fiel que tiene a la Esposa de Cristo. “Levántate, Señor, no tardes, extiende tu brazo poderoso, acuérdate de nosotros, no nos desampares, no nos dejes sujetos al poder de tus enemigos, no permitas que tu gloria sea burlada y blasfemada, ten piedad de nosotros”… Está muy bien que se promuevan concentraciones multitudinarias, que se fomenten a favor de graves causas numerosas campañas en grupos laicales y religiosos, que se muevan los movimientos, que se acuda incluso a la elocuencia de los medios publicitarios, en vallas, camisetas, diarios y mochilas, pancartas y globitos.

Todo eso está muy bien y, en su medida, es necesario, pues quiere Dios servirse de esas modestas mediaciones –”cinco panes y dos peces”[17] – para realizar sus obras de salvación. Pero todos los empeñados en esas santas empresas apostólicas deben saber con toda certeza que la oración de súplica ha de ir siempre por delante, como la proa de un barco. “Ora et labora”, pero el ora por delante. Sí, es cierto, “a Dios rogando y con el mazo dando”; pero a Dios rogando por delante. (Puede verse mi escrito “Oraciones de la Iglesia en tiempos de aflicción”). Sólo intentan y consiguen reformas en la Iglesia aquellos que creen en la promesa de Cristo: “pedid y recibiréis.”[18]

Decálogo para las reformas de la Iglesia

–¡Increíble!… Aplicando el Decálogo 1-6, se ha enderezado la imagen de la Iglesia.

–No, señor. Aplicando el Decálogo 1-10.

El ejercicio de la Autoridad apostólica es condición imprescindible para las reformas de la Iglesia. Y ese ejercicio se realiza de dos modos:

Por el ejercicio de la autoridad personal de los Pastores apostólicos. Fácilmente se comprende, pues, que si se debilita el ejercicio de la Autoridad apostólica, por influjos culturales de origen protestante y liberal –y por temor a la Cruz–, se multiplican indefinidamente en la Iglesia los errores doctrinales y los abusos morales, litúrgicos y disciplinares. “Herido el pastor”, o al menos debilitado, “se dispersan las ovejas del rebaño.”[19] Las reformas necesarias de la Iglesia requieren hoy sin duda una gran parresía en los Pastores sagrados que las pretendan; una fuerza apostólica como aquella de San Pablo: los Apóstoles, “aunque vivimos en la carne, no militamos según la carne; porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas por Dios para derribar fortalezas, destruyendo consejos, y toda altanería que se levante contra la ciencia de Dios y doblegando todo pensamiento a la obediencia de Cristo, prontos a castigar toda desobediencia y a reduciros a perfecta obediencia.”[20]

Por la aplicación de la ley canónica o por la creación de nuevas normas se ejercita también la Autoridad apostólica, que tiene gracia de estado para guardar la Iglesia en la verdad y la rectitud. La historia nos enseña que ciertas grandes epidemias doctrinales o disciplinares sufridas en la Iglesia nunca han sido vencidas sin la aplicación firme de las leyes canónicas, o incluso a veces sin la creación de otras normas nuevas, que se estimen necesarias.

Sólo un ejemplo. Hacia el año 306, reunidos los Obispos en el Concilio Regional de Elvira (Iliberis, cerca de la actual Granada), celebran el primer concilio de la Hispania bética, y en uno de los cánones enfrentan el absentismo de algunos fieles a la Misa dominical. Pues bien, no se limitan entonces los Pastores sagrados a reafirmar que la Eucaristía es el centro y el culmen de toda la vida cristiana, etc. Afirmar ese convencimiento de la fe es lo principal, sin duda. Pero ellos no se limitan a eso, sino que formulan un canon conciliar por el que debe sacarse por un breve tiempo de la comunidad eclesial, para reproche público, a quien, viviendo en la ciudad, es decir, pudiendo asistir a la Misa, no lo hace durante tres domingos seguidos. Es una medida disciplinar –canónica, conciliar–, que manifiesta en los Obispos una voluntad eficaz y cierta de reforma. Por lo demás, se sobrentiende que quien durante años no va a la Misa dominical, queda ipso facto excomulgado: “Si quis in civitate positus tres dominicas ad ecclesiam non accederit, pauco tempore abstineat, ut correptus esse videatur.”[21]

Buscando la gloria de Dios. El amor a Dios, el primero y más importante de los mandamientos cristianos, lleva a procurar en la Iglesia las reformas necesarias; da fuerzas eficaces para suscitar en la comunidad cristiana una fidelidad de amor plena y santa, una tal santidad que los hombres, “viendo vuestras buenas obras, glorifiquen al Padre que está en el cielo.”[22] Este amor infunde en Pastores y fieles “un celo, un celo de Dios”, que reforma en la Iglesia todo lo que hay en ella de falso o de malo, para que pueda presentarse ante Cristo y ante la humanidad “como una casta virgen.”[23] Es un amor al Señor que, por encima de todas las cosas, busca que entre los hombres “no sea deshonrado el nombre de Dios ni su doctrina.”[24] Sin ese amor, sin ese celo doxológico, no hay reformas en la Iglesia, por muy necesarias que sean.

Procurando la salvación de los hombres. El amor a los hermanos, el segundo de los mandamientos evangélicos, semejante al primero, busca de todo corazón su bien temporal y su salvación eterna. Y por eso procura con todas sus fuerzas aquellas reformas que la Iglesia necesita para manifestarse más santa y pura entre los hombres, como “sacramento universal de salvación”. Sin ese amor, sin ese celo soteriológico, no hay reformas en la Iglesia. Y entonces Pastores y fieles ven con fría indiferencia –si es que lo ven– que “es ancha la puerta y espaciosa la senda que lleva a la perdición, y que son muchos los que entran por ella.”[25] Pero esto a ellos no les afecta especialmente, porque son cainitas: “¿acaso soy yo el guardián de mi hermano?”[26]

El amor a la Cruz, la vocación al martirio, es, en fin, la condición principal para que puedan darse en la Iglesia las reformas que ella necesita. Ésta es, pues, sin duda la causa más importante de que las necesarias reformas ni se hagan ni se intenten, por obvia que sea su necesidad. Por el contrario, los Obispos, los fieles cristianos, los teólogos, los Sínodos y Concilios regionales, las congregaciones religiosas, que de verdad propugnan las reformas que en conciencia estiman necesarias, aquellas que ciertamente son queridas por Dios, saben bien que sufrirán persecuciones durísimas por parte de los deformadores y de los moderados, que de ningún modo quieren enfrentar los males ampliamente vigentes en la Iglesia de su tiempo.

Los moderados, en concreto, conocen perfectamente que, si de verdad intentan superar con la gracia de Dios ciertos males de la Iglesia, van a arriesgar muy gravemente sus favorables posiciones en la comunidad eclesial, y con toda probabilidad van a ser perseguidos, depuestos o marginados. Por eso, no lo intentan, e incluso frenan con extremo celo atento a quienes lo procuran. Por su horror a la Cruz, los moderados se obstinan con pertinacia en su moderación, rechazan con todo cuidado el martirio, y no mueven ni un dedo, ni se arriesgan en nada por las reformas necesarias, pues si temen las persecuciones del mundo, aún temen más –y con mucha razón– las persecuciones internas de la Iglesia. Así las cosas, en el mejor de los casos, combatirán los males tímidamente, con algunas palabras bien medidas, que a nadie molesten, y fomentarán quizá algunas reuniones y manifestaciones. Poco más. Es decir, nada.

Habrá que recordar de nuevo aquella advertencia de San Juan de Ávila: “Si se nos ha de dar lo que nuestro mal pide, muy a costa ha de ser de los médicos que nos han de curar.”[27]

La hermosa cabecera de este blog expresa bien que sólo por la cruz se pasa de la apostasía a la reforma, de las tinieblas de la mentira y del pecado a la luz de la verdad y de la santidad. Hemos de comprobarlo sobradamente cuando más adelante estudiemos en concreto algunas personas y Concilios especialmente suscitados por Dios para la reforma de la Iglesia. Todos ellos verificaron aquellas palabras de San Pablo: “todos los que aspiran a vivir piadosamente en Cristo Jesús sufrirán persecuciones.”[28]

Reformadores, moderados y deformadores. Para terminar este Decálogo para la reforma, y a modo de síntesis, ilustro lo dicho mirando una grave cuestión actual: la aceptación o el rechazo de la encíclica Humanæ vitæ.

–Los reformadores quieren que su doctrina sobre la moral conyugal se enseñe con más firmeza y urgencia en la predicación, en los cursillos prematrimoniales, en la confesión sacramental, y que sean públicamente reprobados dentro de la Iglesia tantos maestros del error que hoy la impugnan. Están por la reforma.

–Los moderados quieren que la doctrina de la Iglesia afirmada en la encíclica se mantenga, pero que normalmente se silencie, dejando que los matrimonios se atengan sin más a su “conciencia”, y cuidando de que, por supuesto, no se contradiga ni se sancione a los innumerables autores católicos que hoy la impugnan abiertamente. Ante todo y sobre todo, la libertad de expresión. La verdad acaba imponiéndose por sí misma. Éstos son los culpables principales de que no se produzcan las reformas necesarias, porque estando ellos en la luz de la verdad, la apagan.

–Los deformadores, que se parecen mucho a los protestantes, y aún más a los modernistas, son menos ambiguos, son bastante más claros. Ellos quieren sencillamente que la Iglesia cambie y rectifique la enseñanza de esa encíclica, que tan “gran perjuicio” ha ocasionado a la relación de la Iglesia con el mundo moderno.[29] Ellos están por la reforma, pero entendiéndola al revés, como cambio, es decir, como falsificación mundanizada de la doctrina católica.

Los laicos y las reformas en la Iglesia

–¿Y qué podemos hacer nosotros, los laicos, sin autoridad alguna en la Iglesia, para colaborar en las reformas que necesita, tanto en lo doctrinal como en lo disciplinar? Nada. Nada de nada.

–Está usted muy equivocado.

Los buenos laicos cristianos colaboran de mil modos a las reformas de la Iglesia. Es cierto que son los Pastores sagrados quienes encabezan las acciones más específicamente orientadas a las reformas necesarias. Pero es muy importante que en esa tarea sobre-humana se vean ayudados por todo el pueblo cristiano: en primer lugar por las personas especialmente consagradas, sacerdotes y religiosos, pero también por los padres de familia, profesores, artistas, escritores, administrativos, empresarios y obreros, sanos y enfermos, cultos e ignorantes, trabajadores y jubilados.

Estamos en guerra. Los cristianos han de tener siempre presente la enseñanza de Cristo, recordada por el concilio Vaticano II: “toda la vida humana, la individual y la colectiva, se presenta como lucha, y ciertamente dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas” [30] “A través de toda la historia humana existe una dura batalla contra el poder de las tinieblas, que, iniciada en los orígenes del mundo, durará, como dice el Señor, hasta el día final.”[31] Estamos en guerra, y la guerra la hace todo el pueblo, encabezado por sus generales y capitanes. Dentro de este campo bélico, Pastores y fieles, bien unidos, han de “vigilar en todo tiempo y orar,”[32] para no ser engañados y vencidos en el combate. Todos ellos, unos y otros, están gloriosamente llamados a luchar en esta gran batalla, cada uno a su modo, “según el don y la vocación que el Señor les dio.”[33]

Pastores y fieles han de luchar juntos contra la mentira y el pecado. Los laicos cristianos, muy especialmente los padres de familia, colaboran en las reformas necesarias guardando fidelidad a la doctrina y disciplina de la Iglesia, lo que supondrá para ellos no pocas veces actitudes heroicas, colaboran teniendo hijos, educándolos bien en el Evangelio, dándoles buen ejemplo, vacunándoles contra las herejías del tiempo, ayudándoles a liberarse de tantas ocasiones próximas de pecado (modas, TV, playas, internet, viajes peligrosos, etc.), que muchas familias cristianas aceptan sin lucha, cuidando bien su oración y su catequesis, su escolarización, los grupos en que se integran, sus lecturas y actividades, procurando que todo lo vayan configurando a la luz del Evangelio, y no según el mundo: los horarios, los modos de vestir, los trabajos y las vacaciones, las celebraciones, etc.

En todo eso y en tantas cosas más, los laicos están colaborando con Cristo y con sus mejores capitanes en la lucha contra los deformadores y también contra los moderados –lo que a veces será más difícil, pues éstos pasan por buenos, y lo son en muchos aspectos de sus vidas y acciones–. Y así están contribuyendo muy eficazmente a las reformas que la Iglesia necesita. Si hubiéramos de expresar en dos palabras su contribución principal a la obra de reforma, nos limitaríamos a las dos palabras elegidas por la Virgen María en La Salette, Lourdes, Fátima y en tantos otros lugares: oración y penitencia.

Pero aquí me detendré un poco más indicando otro medio también importante que tienen los laicos para contribuir a las reformas que la Iglesia necesita:

Los laicos han de denunciar los errores doctrinales y los abusos morales y disciplinares. Dentro de la Iglesia, en parroquias, catequesis, colegios, publicaciones, Universidades, congregaciones religiosas, hay ciertos males que, por su naturaleza, difícilmente pueden ser combatidos directamente por los laicos. Y esto es así por diversas causas: porque carecen para ello de misión específica, porque no se les tendrá en cuenta, porque no tienen los medios de acción precisos, porque les faltan a veces conocimientos teológicos y canónicos para argumentar, y por otras causas. Pero, sin embargo, la denuncia de esos errores y abusos siempre está al alcance, o casi siempre, de los fieles.

Jesucristo. El Maestro enseñó a los discípulos que los errores y males internos en la comunidad eclesial deben ser denunciados, y que la corrección fraterna ha de hacerse con una discreta gradualidad, llena de humildad, caridad y prudencia. La corrección se hará primero en privado, advirtiendo de sus errores y abusos a la persona o al grupo desviados. Si esto no basta, convendrá reiterar el intento en compañía de otros fieles. Y “si los desoyere, comunícalo a la Iglesia, y si a la Iglesia desoye, sea para ti como gentil o publicano.”[34]

Vaticano II. La Iglesia quiere que todos sus hijos sean verdaderos confesores activos de la fe católica, y que no soporten pasivamente la presencia impune de herejías y sacrilegios dentro de la comunidad eclesial. Con eso ellos, unidos a sus Pastores, están procurando ciertamente las reformas en la Iglesia.

“Los laicos, como todos los fieles cristianos, tienen el derecho de recibir con abundancia de los sagrados Pastores los auxilios de los bienes espirituales de la Iglesia, en particular la palabra de Dios y los sacramentos. Manifiéstenles [a sus Pastores] sus necesidades y sus deseos con la libertad y confianza que conviene a los hijos de Dios y a los hermanos en Cristo. Conforme a la ciencia, la competencia y el prestigio que poseen, tienen la facultad, más aún, a veces el deber, de exponer su parecer acerca de los asuntos concernientes al bien de la Iglesia. Hágase esto, si las circunstancias lo requieren, a través de instituciones establecidas para ello por la Iglesia, y siempre con veracidad, fortaleza y prudencia, con reverencia y caridad hacia aquellos que, por razón de su sagrado ministerio, personifican a Cristo.”[35]

“Por su parte, los sagrados Pastores reconozcan y promuevan la dignidad y responsabilidad de los laicos en la Iglesia. Recurran gustosamente a su prudente consejo […] Consideren atentamente ante Cristo, con paterno amor, las iniciativas, los ruegos y los deseos provenientes de los laicos […] Ayudados por la experiencia de los laicos, están en condiciones de juzgar con más precisión y objetividad tanto los asuntos espirituales como los temporales, de forma que la Iglesia entera, fortalecida por todos sus miembros, cumpla con mayor eficacia su misión en favor de la vida del mundo.”[36]

Y no olvidemos en esto que muchas veces el Padre celestial, también entre los hijos que forman su Iglesia, revela a los más pequeños verdades que quedan ocultas a los más sabios y eruditos.[37]

Código de Derecho Canónico. La Iglesia, en los cánones 211-213, da forma imperativa y disciplinar a esa misma enseñanza del Vaticano II que acabo de citar, empleando sus mismas palabras. Y añade algo importante: “Los fieles tienen derecho a tributar culto a Dios según las normas del propio rito aprobado por los legítimos Pastores de la Iglesia, y a practicar su propia forma de vida espiritual, siempre que sea conforme con la doctrina de la Iglesia.”[38]

Actualmente hay comunidades parroquiales que, sometidas a un párroco modernista, se ven obligadas a sufrir durante años una violencia enorme, mucho mayor, por ejemplo, que si les obligaran a cambiar de rito, pasando del rito latino al maronita –aunque éste sea un rito ortodoxo y unido a Roma–. Ahora bien, si la Autoridad pastoral no puede cambiar de rito a una comunidad parroquial, menos aún puede permitirse atropellarla sometiéndola a un pastor modernista en doctrina, moral y liturgia. Y los fieles católicos, reclamando su derecho, resistiendo este abuso intolerable, contribuyen mucho a la reforma de la Iglesia.

Redemptionis Sacramentum. Esta instrucción de la Congregación para el Culto Divino y la disciplina de los Sacramentos (25 de marzo de 2004), del tiempo de Juan Pablo II, quiere que los fieles laicos contribuyan activamente en la lucha por la dignidad de la liturgia católica. Y perdonen que les ponga un ejemplo: si hace falta, grabando discretamente una Misa sacrílega, para denunciarla a la Autoridad diocesana pertinente.

“Cuantas veces la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos tenga noticia, al menos probable, de un delito o abuso que se refiere a la santísima Eucaristía [o a otra parte esencial de la sagrada Liturgia, obviamente], se lo hará saber al Ordinario, para que investigue el hecho. Cuando resulte un hecho grave, el Ordinario envíe cuanto antes a este Dicasterio un ejemplar de las actas de la investigación realizada y, cuando sea el caso, de la pena impuesta.”[39]

“De forma muy especial, todos procuren, según sus medios, que el santísimo sacramento de la Eucaristía sea defendido de toda irreverencia y deformación, y que todos los abusos sean completamente corregidos. Esto, por lo tanto, es una tarea gravísima para todos y cada uno, y excluida toda acepción de personas, todos están obligados a cumplir esta labor.[40]

“Cualquier católico, sea sacerdote, sea diácono, sea fiel laico, tiene derecho a exponer una queja por un abuso litúrgico [o por una herejía manifiesta] ante el Obispo diocesano o el Ordinario competente, o ante la Sede Apostólica, en virtud del primado del Romano Pontífice.[41] Conviene, sin embargo, que, en cuanto sea posible, la reclamación o queja sea expuesta primero al Obispo diocesano.”[42]

En otras ocasiones, con el favor de Dios, hemos de considerar más detenidamente las armas apostólicas, espirituales y también canónicas que la Iglesia pone en manos de los fieles laicos para afirmar la ortodoxia y para rechazar la heterodoxia.

Blog Reforma o apostasía


[1] Véase Isaías 3; Jeremías 7; Oseas 2;8;14; Joel 2; San Gregorio Magno, San Carlos Borromeo, San Pío V, San Pío X…

[2] Ezequiel 9,4.

[3] cf. Daniel 3,26-45.

[4] Romanos 8,28.

[5] Salmos 102,10.

[6] Jeremías 4,22.

[7] Jeremías 6,14-15; cf. 8,11.

[8] Jeremías 17,5.

[9] Salmos 120,1-2.

[10] Pequeño rebaño, Lucas 12,32.

[11] Mateo 22,29.

[12] Mateo 6,30.

[13] Mateo 3,9.

[14] Números 20.

[15] Romanos 5,20.

[16] Mateo 19,26.

[17] Mateo 14,17.

[18] Juan 16,24.

[19] Zacarías 13,7; Mateo 26, 31.

[20] 2Corintios 10,3-6.

[21] Canon 21.

[22] cf. Mateo 5,16.

[23] 2Corintios 11,2.

[24] 1Timoteo 6,1.

[25] Mateo 7,13.

[26] Génesis 4,9.

[27] Memorial a Trento II,41.

[28] 2Timoteo 3,12.

[29] cf. Card. Martini, Coloquios nocturnos en Jerusalén, 2008, pgs. 141-142.

[30] Gaudium et Spes 13b.

[31] Gaudium et Spes 37b.

[32] Lucas 21,36.

[33] 1Corintios 7,17.

[34] Mateo 18,15-17.

[35] Lumen Gentium 37a.

[36] ibid. 37cd.

[37] Lucas 10,31; 1Corintios 1,26-29.

[38] Código de Derecho Canónico. c. 214.

[39] Redemptionis Sacramentum n. 181.

[40] Redemptionis Sacramentum n. 183.

[41] Código de Derecho Canónico. c. 1417.

[42] Redemptionis Sacramentum n. 184.