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Milton Iglesias Fascetto

Hay una condición que es básica en toda religión sincera y que es punto de partida de renovación religiosa: la penitencia. Es un instrumento que renueva al mundo, una corriente de gracia que refresca. Es arrepentirse, pedir perdón de los pecados, cambiar yo para cambiar al mundo. No hay religión sincera sin conversión interior.

Parecería que en la actualidad la penitencia ha desaparecido del vocabulario general. Esto debe preocuparnos. ¿Tenemos conciencia de que todos nosotros somos pecadores? Le echamos la culpa a Dios de todo cuanto nos sucede, de lo que nos desilusiona, de lo que nos falla. Muchas veces nos parecemos a esas familias que se hablan por interés pero no se aman. ¿Tenemos confianza en Dios, amor, alegría? ¿Sabemos qué es la cruz? ¡Tenemos que cambiar! Salir del pecado, dejar la desconfianza, la testarudez, las negativas a aceptar la voluntad de Dios. El perdón nos devuelve el amor que nosotros rechazamos antes y nos inunda de él.

Cuando se acerca la Navidad rezamos, pero ¿esperamos algo de Dios? ¿Qué esperamos? Hagamos una verdadera conversión, una sincera penitencia y recibiremos el don de Dios que Él nos tiene prometido.

Digamos con recogimiento: “Padre, perdóname porque he pecado. No sabía lo que hacía; tampoco sabía lo que Tú hacías y querías. Padre, no soy digno de Ti; soy un pecador, pero una palabra tuya bastará para sanarme.” Y Cristo vendrá entonces hasta nosotros en medio de la seguridad, del amor y de la alegría.