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Miguel Antonio Barriola

El autor, miembro de la Pontificia Comisión Bíblica, dictó esta conferencia el 25 de julio de 2013 en la Facultad de Teología del Uruguay Mons. Mariano Soler, en el marco de un Ciclo de Conferencias con Motivo del Año de la Fe, organizado por el Centro Cultural Católico Fe y Razón. Agradecemos el apoyo de Mons. Barriola, quien viajó de La Plata a Montevideo para compartir con nosotros algo de su gran sabiduría, contribuyendo así a cumplir un augurio de Benedicto XVI: el Año de la Fe “será una buena ocasión para introducir a todo el cuerpo eclesial en un tiempo de especial reflexión y redescubrimiento de la fe.”

Ley de la naturaleza

En la vida personal o social nadie puede considerarse autosuficiente. Si tuviéramos que inventar la rueda, la imprenta, la electricidad, las computadoras y tantos adelantos y herencias que ya han descubierto nuestros predecesores, nos encontraríamos todavía en la edad de las cavernas.

Gozamos de tanto adelanto porque generaciones pasadas nos han legado los resultados de sus trabajos, confiándonos la tarea de seguir “dominando la tierra,”[1] según la primera ordenanza del Creador para la humanidad toda.

Es verdad, no menos, que en más de una ocasión o en determinadas épocas, no sólo se progresa, sino que se vuelve atrás, logrando novedades bienvenidas en algún sector científico o tecnológico, pero con retrocesos notables en el ámbito filosófico o moral. Por lo mismo, nunca se ha de olvidar la máxima ciceroniana: “Historia magistra vitae,[2] para no caer en la ilusión de que todo empieza conmigo, con nuestro tiempo, ni volver a reiterar errores préteritos.

Una nueva vida

Pero más allá del ámbito natural, Dios determinó relacionarse con el hombre no sólo en base a lo creado y su desarrollo, sino que quiso entrar en comunicación personal con la humanidad. A tal fin, “no ha dirigido la revelación sobrenatural a cada hombre en particular; esta revelación no está abierta directamente, como la revelación natural, a todo hombre. La revelación sobrenatural es general, es decir, dirigida a todos los hombres, pero a éstos les llega por medio de los órganos elegidos por Dios. “De muchas y diversas maneras habló Dios a los padres en los tiempos anteriores por medio de los profetas. En los últimos tiempos nos ha hablado por medio de su Hijo.”[3]

Ahora bien, ya los profetas y antes Moisés, lo mismo que Cristo, entregaron solemnemente a la posteridad, sobre todo a través de los apóstoles, la misión de anunciar este legado a lo largo del espacio y el tiempo, hasta el fin del mundo.[4]

Para ello, a su vez, los inmediatos emisarios de Cristo, se preocuparon tanto de mantener incontaminado el tesoro recibido, como de encontrar sucesores, que lo fueran entregando de edad en edad. Como bien lo señala V. Proaño Gil: “Supuesto que quien transmite la verdad no es su fuente primera, y que debe transmitirse esta verdad inmutable por hombres llamados a desaparecer, la Tradición adquiere necesariamente el valor de un depósito. Por eso San Pablo advierte a su discípulo Timoteo: “Guarda el depósito;”[5] “Conserva el buen depósito mediante el Espíritu Santo que habita en nosotros.”[6] Este depósito, cuya custodia confía a Timoteo, ha de ser siempre la norma, la base, la sustancia de toda doctrina enseñada en la Iglesia: “Toma como norma las palabras santas que me has oído a mí”[7]… Como la palabra de Dios ha de transmitirse a otras generaciones, el Apóstol encarga a sus inmediatos sucesores que ellos, a su vez, confíen a hombres fieles todo cuanto le han oído, y que éstos a su vez sean capaces de instruir a otros[8] … El puente que une la Iglesia apostólica y posapostólica es la Tradición de los Apóstoles convertida en depósito firme, inalterable”.[9]

Canales de transmisión

Viniendo a los modos en que se fue realizando la difusión de tesoro tan preciado, consta que Jesús nada dejó por escrito y que mandó sólo “anunciar”, “predicar”.

Pero muy pronto acudieron los primeros difusores del Evangelio al recurso de la comunicación epistolar,[10] de modo que Pablo exhortará a los tesalonicenses: “Manténganse firmes y conserven fielmente las tradiciones que aprendieron de nosotros, sea oralmente o por carta.”[11] Finalmente los cuatro evangelistas pondrán también por escrito lo que antes habían transmitido “los servidores de la palabra:”[12] “Yo también he decidido escribir para ti, excelentísimo Teófilo.”[13] “Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatados en este libro. Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre.”[14]

Se puede desde ya vislumbrar que la transmisión oral, acompañada de instituciones, liturgia, costumbres, era más amplia que la meramente escrita, ya que las cartas, por ejemplo, acudían a coyunturas o problemáticas determinadas, sin la pretensión de comunicar la totalidad de la revelación. La Escritura, por lo tanto, es un fruto de la vida y tradición de la Iglesia.

Tesoro divino en manos humanas vivificadas por el Espíritu

Ahora bien, la comunicación de los tesoros que recibió la Iglesia de Jesucristo, no es comparable a un caño de metal, que en nada se beneficia del agua que fluye por su seno. Es más bien semejante a las acequias de tierra, que se empapan y se dejan fecundar, para dar vida.

Así, la Iglesia es un cuerpo espiritual viviente, que goza de la asistencia de su divino fundador. En consecuencia, tampoco se asemeja a un club o partido político, que una vez desaparecidos sus iniciadores, se nutre solamente de las actas o reglamentos que dejaron. El creador de la Iglesia vive y, como ya se ha recordado, le prometió estar con ella hasta la consumación del mundo.[15] La fe de la Iglesia no se limita, pues, a una adhesión puramente exterior. Se trata de una verdad vital, personal, interiorizada. La Iglesia conoce a Cristo y su misterio desde el interior, como aquello que constituye su misma esencia, con un conocimiento rico, realista; como se conoce a una persona con la que se está unido por amor.

El Espíritu prometido por Cristo y dado a la humanidad creyente,[16] es quien garantiza incesantemente esta presencia, que es anterior a toda formulación, más profunda que toda expresión de esa presencia (más honda, por ende, que la Escritura misma, porque es previa y más cercana a la fuente de toda revelación), realidad vital, que finalmente juzgará a todos los intentos de explicarla. De esta forma la Iglesia recibe de Cristo, no sólo el “contenido” de la revelación (noticias, doctrinas, mandamientos, ritos), sino también, indisolublemente, la facultad de reconocer y juzgar ese contenido, ya que el Espíritu Santo no comunicará “nuevas verdades o datos”, porque el Señor ya nos dio a conocer todo lo que oyó de su Padre.[17] El Espíritu Santo, más bien “nos encaminará (hodegései) hacia toda la verdad.”[18]

Por esta razón la prioridad de la Iglesia sobre la Escritura no es de tipo ontológico, sino una antelación de signo indicador. Desempeña el papel del “pre-cursor” (Juan Bautista), que encamina a los propios discípulos hacia aquel “que es más fuerte que yo, del cual no soy digno de llevar las sandalias.”[19] La Iglesia, pues, no juzga a la Palabra de Dios. Es contemporánea y testigo de esa Palabra; pero ha recibido la capacidad para apreciar las interpretaciones que se pueden hacer de ese mensaje, si son rectas o torcidas. Y esto, no por sus solas luces, sino, ante todo, porque goza de la asistencia del Espíritu Santo.

Este testimonio eclesial estuvo despierto y veló siempre ante las posibles distorsiones en la comprensión de la divina revelación. Ya Pablo lo ponía en práctica constantemente: “Si nosotros mismos o un ángel del cielo les anuncia un evangelio distinto del que les hemos anunciado, ¡que sea anatema!”[20] De igual modo reaccionará ante el mal uso que los corintios hacían de un núcleo tan vital como la Eucaristía, remitiéndolos a la correcta celebración del Testamento del Señor: “¿Los voy a alabar? En esto, no puedo alabarlos. Porque lo que yo recibí del Señor, y a mi vez les he transmitido, es lo siguiente…”[21] Por eso, la Iglesia, sus apóstoles y sucesores, tradición y magisterio eclesiales, siendo diferentes de la Escritura, no le son extraños, dado que de la misma vitalidad primitiva ha surgido el recurso a los escritos para mantener, clarificar y difundir el Evangelio. “La Tradición y la Escritura –enseña L. Bouyer– no son dos fuentes independientes que se complementarían desde el exterior. Si nosotros creemos así, es porque no hemos escapado a las desafortunadas separaciones del protestantismo.[22] Al contrario, para los antiguos cristianos la Biblia es tan poco separable de la Tradición, que ella forma parte de ésta: ella es el elemento esencial (de la Tradición), el núcleo, si se quiere. Pero, por otra parte, arrancada del conjunto viviente de los múltiples factores tradicionales guardados y transmitidos por la conciencia de la Iglesia, siempre alerta, siempre activa, la Biblia llegaría a ser incomprensible. En efecto, estaría arrancada de la vida de los objetos de los que ella habla.[23]

La Biblia y la Tradición, para un católico, no es pues, la Biblia más un elemento extraño, a falta del cual ella quedaría incompleta. Es la Biblia situada, o mejor, la Biblia y nada más que la Biblia, pero la Biblia toda entera y no su letra sola; la Biblia con el Espíritu que la dictó y que no cesa de vivificar su lectura. Y, en efecto, ¿dónde se encontrará el Espíritu de Cristo (pregunta San Agustín), sino en el cuerpo de Cristo? Es, pues, en la Iglesia, cuerpo de la Palabra viviente de Dios hecha carne, que la Palabra inspirada antiguamente a los hombres de carne, permanece Espíritu y Vida” .[24]

Si bien, entonces, la tradición antecede a la Biblia entera (con la culminación del Nuevo Testamento), que nace de ella en la Iglesia, con todo, la Escritura aventaja a la Tradición, porque ha sido escrita bajo la inspiración especial del Espíritu Santo, un carisma más excelso que la asistencia divina a la Iglesia en su magisterio. Permanece fija para siempre y de ahí deriva su carácter de norma suprema, no porque nos dé por sí misma el sentido auténtico de su contenido, porque innumerables veces ha tenido que ser aclarado por obispos, teólogos y concilios, sino porque determina la verdad de forma negativa, es decir: todo lo que la contradice no es correcto. De hecho, la Tradición y el Magisterio apostólicos, durante las primeras tres décadas, en que se careció del Nuevo Testamento entero, se han bastado por sí mismos, porque poseían la totalidad de la Palabra. Pero la Escritura es un punto de referencia indispensable, al que nunca pueden oponerse la Tradición o el Magisterio.

Bien subraya estas distinciones, dentro de su estrecha ligazón, D. Hercsik: “Mientras la forma escrita representa la unicidad irrepetible del comienzo (el semel factum), la forma oral de la Tradición reclama la continuidad histórica en la cual la Iglesia se remite constantemente a este origen, aceptando, creyendo y profesando (el semper facturum). Un ejemplo de esta diferencia lo encontramos en el puesto que la liturgia asigna respectivamente al Evangelio y al Credo… Escritura y Tradición difieren la una de la otra a causa de la forma escrita invariable de la Escritura y de la forma de la Tradición, que, al contrario, es sustancialmente no escrita[25] y que en el curso de la Historia se manifiesta en modos diversos… La Escritura expresa en modo humano la palabra de Dios, la Tradición recibe la palabra de Dios, pero la pronuncia como respuesta de la Iglesia apostólica a la palabra de Dios y sobre la palabra de Dios”.[26]

Desarrollo posterior

Siguiendo una ordenada exposición histórica, deberíamos extendernos ahora en las ricas reflexiones que, sobre estos asuntos, nos han dejado los Padres de la Iglesia y los grandes teólogos escolásticos,[27] pero no es nuestro propósito ser exhaustivos, sino ofrecer los puntos que nos parecen más relevantes en el tema bajo consideración. Por ello pasamos a dos etapas neurálgicas sobre esta historia de la trabazón entre Tradición y Escritura: la Reforma luterana- Concilio de Trento, y el Vaticano II.

Reforma luterana

Lutero, en su afán de purificar a la Iglesia,[28] de hecho la descuartizó. Fue como si alguien, para calmar un dolor de cabeza, en vez de acudir a una aspirina, hubiera procedido a la decapitación.

Viendo los excesos con que se practicaban ciertas tradiciones eclesiales, buscó deshacerse de toda esa hojarasca, sosteniendo una conexión directa con Dios, prescindiendo de los medios mismos que el Creador y Redentor había encomendado a su pueblo. Tanto insistió en la “sola gratia”, la “sola fides”, “sola Scriptura”, que terminó en el “solus ego”.[29] Parece que echó al olvido cómo la misma Escritura aconseja no fiarse del “libre examen”, si tenemos en cuenta la sensata respuesta del ministro de la reina de Etiopía. “¿Entiendes lo que lees?”, le había preguntado el diácono Felipe. “Él respondió: ‘¿Cómo lo puedo entender, si nadie me lo explica?’”[30] Y, tomando al epistolario paulino como guía de su empresa, no tuvo Lutero mucho en cuenta la advertencia de otro autor inspirado: “Como les ha enseñado nuestro hermano Pablo, conforme a la sabiduría que le ha sido dada, y lo repite en todas las cartas donde trata este tema. En ellas hay pasajes difíciles de entender, que algunas personas ignorantes e inestables interpretan torcidamente –como, por otra parte, lo hacen con el resto de la Escritura– para su propia perdición.”[31]

“La Biblia, para Lutero, contiene toda la revelación: no se debe añadir ni quitar nada a ella. Todo agregado a la Biblia es agregado humano y viene de Satán.[32] Si Lutero llega a invocar las autoridades de Agustín o Gerson, es únicamente porque estas autoridades confirman lo que él piensa encontrar en la Biblia: todo su valor doctrinal les viene de la Biblia. Por esto Lutero rechaza las usanzas de la Iglesia no consignadas en la Escritura: cuaresma, ayunos, bendición de ramos, lectura de la pasión en latín, misa de los presantificados, etc.”[33]

Trento

El Concilio de Trento se propuso, frente a todo ello, reafirmar los principios que la Iglesia había vivido siempre.

Dado que había una foja muy nutrida de verdades y costumbres en discusión, quisieron los Padres basar sólidamente los siguientes tratados, adoptando los procedimientos que serán más adelante los pasos propios de la teología fundamental. O sea: investigar los cimientos en los que se asienta la fe de la Iglesia. “Entiendan, pues, todos, por qué orden y camino, después de echado el fundamento de la confesión de fe, ha de avanzar el Concilio mismo y de qué testimonios y auxilios se ha de valer principalmente para confirmar los dogmas y restaurar en la Iglesia las costumbres”.[34]

Lo primero que señala el “Decreto sobre la aceptación de los sagrados libros y tradiciones” es la unicidad de la fuente y el pleno valor originante del Evangelio, entendiendo por tal todo el mensaje de Cristo.[35] Enseñó después que este Evangelio ha llegado hasta nosotros por medio de los libros escritos y las tradiciones no escritas, que proceden de la predicación oral. Se patentizan así los dos canales o cauces por medio de los cuales llega hasta nosotros la única fuente de la revelación cristiana.[36]

Puntos controvertidos

Hubo con todo litigios fuertes respecto al modo de comprender estos dos canales, por medio de los cuales nos llega la revelación de Dios. “En el proyecto del Decreto se decía que el Evangelio estaba contenido parte en los libros escritos y parte[37] en las tradiciones no escritas; sin embargo, la víspera misma de su aprobación final, las dos partículas parte-parte fueron sustituidas por la conjunción “y”, y así fue aprobado el texto. ¿A qué se debió este cambio?… Durante las discusiones habidas en el Concilio… los Legados defendieron una y otra vez la existencia de unas tradiciones no escritas con la misma autoridad de los libros sagrados. No obstante el obispo J. Nachianti[38] se opuso a esta doctrina… Esta doctrina tenía, sin duda alguna, sus partidarios, pero también es cierto que escandalizó a no pocos padres y que se la consideró novedosa”.[39]

Sobre el asunto se introdujeron pequeñas modificaciones, que según el Card. M. Cervini, Legado pontificio, no tocaban la sustancia del contenido. Por lo cual, la nueva partícula “y” no habría cambiado sustancialmente el partim-partim. El hecho es que Nachianti, en la votación final dijo simplemente: “obedeceré”, en lugar de “placet”. Cosa que indica cómo él no veía en el texto final una aceptación de su postura acerca de la suficiencia de la Escritura.[40]

Declaración del canon bíblico

El Concilio tridentino, finalmente, definió dogmáticamente una verdad que en modo alguno figura en las Escrituras y que, sin embargo, es básica para la fe cristiana: el canon de la misma Biblia, que durante siglos estuvo oscurecida en la conciencia de la Iglesia, pero que finalmente llegó a esclarecerse.[41]

Suficiencia o no de la Escritura

Por otro lado, como comenta A. Michel, “la historia de la teología muestra que puede haber un sentido, si no aceptable, al menos tolerable, de esta opinión (la de Nachianti y algunos otros). Druffel informa que el obispo de Chioggia se apoyaba en San Agustín. Y posteriormente al concilio, otros teólogos, como Bellarmino,[42] y hasta Newman,[43] admiten que todos los dogmas necesarios para los fieles están contenidos en la Santa Escritura. Pero se notará que este aserto no implica que todos los dogmas estén contenidos explícitamente en la Escritura. Por otra parte estos teólogos afirman al mismo tiempo que, sin la tradición, la Escritura no sería suficiente para darnos la certeza de la revelación de estos dogmas”.[44]

Con todo, después del Tridentino, la mayoría de los teólogos católicos siguió sosteniendo la insuficiencia de la Escritura en cuanto a los contenidos de fe. Se lo puede comprobar en el resto del artículo de A. Michel[45] que venimos usando. Comparecen los nombres y posturas de: J. Driedo (m. 1535); M. Pérez de Ayala (m. 1566); Stapleton (m. 1598); Bossuet (m. 1704).[46]

Entre las tradiciones que no constan en la Escritura, los obispos de Bertino (Tommaso Casello) y de Bitonto (Cornelio Musso) indicaban: el ayuno cuaresmal, la veneración de las imágenes, el bautismo de los niños, rezar mirando al oriente, la validez del bautismo de los herejes, el signo de la cruz, mezclar agua al vino en la celebración de la Eucaristía, la confesión auricular, sustitución del sábado por el domingo. Otras cosas han sido conservadas en Oriente, pero cambiadas en Occidente.[47]

Continuará.


[1] Génesis 1,28.

[2] De oratore, II, 9.

[3] Hebreos 1,1s || A. Lang, Teología Fundamental, Madrid-México-Buenos Aires-Pamplona (1966) p. 243.

[4] Marcos 16,15; Mateo 28,19-20; Lucas 24,47; Juan 17,20; Hechos 1,8 || “En la tradición, en el “transmitir”, se trata… de que el acontecimiento cristiano como acontecimiento, palabra y actuación no se quede en sí mismo como suceso que ocurrió una vez, sino que ha de seguir y comunicarse de persona a persona, de comunidad a comunidad, de generación a generación. Y ello es así, porque el acontecimiento cristiano no ha de quedarse en el pasado, sino que debe ser promesa, instrucción, orientación, vida, luz y salvación para todos los hombres y tiempos, manteniéndose en cierto modo coetáneo a todas las épocas. El acontecimiento revelador es de tal naturaleza que, cumplido una vez, se cumple simultáneamente siempre” (H. Fries, Teología fundamental, Barcelona 1987, pp. 552-553)

[5] 1Timoteo 6,20.

[6] 2Timoteo 1,14.

[7] 2Timoteo 1,13.

[8] 2Timoteo 2,2. || Explicitamos la cita: “Lo que oíste de mí y está corroborado por numerosos testigos, confíalo a hombres responsables que sean capaces de enseñar a otros”.

[9] “Tradición” en: Gran Enciclopedia Rialp, Madrid;1992; T. XXII, 663.

[10] Recordar ya la misiva del Concilio de Jerusalén a los cristianos de Antioquía (Hechos 15,30-31), viniendo enseguida las Cartas de San Pablo y los demás apóstoles.

[11] 2Tesalonicenses 2,15.

[12] Lucas 1,2.

[13] Lucas 1,3.

[14] Juan 20,30-31; ver: Ibid. 21,25; I Juan 1,1-4.

[15] Mateo 28,20. || De ahí el modo de resolución, después de la primera asamblea eclesial, en Jerusalén. No se indica: “La mayoría ha resuelto”, sino que expresan: “El Espíritu Santo y nosotros mismos hemos decidido…” (Hechos 15,28).

[16] Juan 15,15; 16,13.

[17] Juan 15,15.

[18] Juan 16,13.

[19] Mateo 3,11.

[20] Gálatas 1,8.

[21] 1Corintios 11,22-23.

[22] Más adelante nos referiremos brevemente a ellas.

[23] Nos permitimos interrumpir la cita, amplificando la metáfora latente en el texto de Bouyer. Si, para resaltar su belleza, se arranca una rosa, colocándola en un magnífico vaso de Murano, aparecerá espléndida, pero condenada a muerte, ya que se la cercenó de su raíz vital. Así pasa con la Biblia, nacida de la más amplia tradición apostólica. Amputada de la misma, se la sentencia a la aridez.

[24] Bible et Évangile, Paris;1958 , 11-12. Ver también: Dei Verbum, 8-9.

[25] Aclaramos el sentido de “sustancialmente no escrita” porque, si bien nos han llegado también en modo escrito los comentarios de los Padres o decisiones del Magisterio, no tienen el carácter inviolable e inmutable de la Sagrada Escritura, la cual es “Palabra de Dios”. Una definición dogmática de algún Papa o concilio, es infalible, pero sigue siendo “palabra humana”, asistida por Dios. Además, la tradición también se ha expresado por medio de la liturgia, del arte (de las catacumbas, por ejemplo) y otros medios de la vida eclesial.

[26] Elementi di teología fondamentale – Concetti, contenuti, metodi, Bologna;2006; pp. 180-182.

[27] Se puede hallar abundantes datos al respecto en: A. Michel, “Enseignement des Pères”, segunda parte de su artículo: “Tradition”, en: Dictionnaire de Théologie Catholique, Paris;1946; T. XV, pp.1256-1308. Y. Congar, “Les Pères de l’ Église ancienne”; “Le Moyen Age” en su obra: La Tradition et les Traditions – Essai historique, Paris;1960; Vol I, pp.41-121 y pp.123-182. V. Proaño Gil, Ibid., pp.663-665. Resumiendo muy concisamente respecto a uno de los temas que será aquí especialmente encarado, Santo Tomás de Aquino tiene una expresión que pareciera un presagio de la “sola Scriptura” luterana. Con todo un importante adjetivo lo sitúa a infinita distancia del Reformador: “Sola canonica Scriptura est regula fidei” (Super Evangelium Joannis Lectura, 2656). Califica, entonces, a la Biblia con un rasgo obtenido únicamente por Tradición eclesiástica: la lista de libros (canon), que la componen y son Palabra de Dios. Reconoce también el Aquinate muchos datos importantes de la fe y práctica de la Iglesia, que no resultan de la Escritura. Se puede leer, por ejemplo: “En cuanto a los elementos necesarios al sacramento, han sido instituidos por el mismo Cristo… y si no nos son revelados en las Escrituras, la Iglesia con todo los ha recibido de la enseñanza ordinaria de los Apóstoles; es así que San Pablo escribe: “Lo demás lo arreglaré cuando vaya”;1Corintios 11,34.” Summa Theologiae III, q. 64, a. 2 ad 1. Así aclara el lugar el P. A.-M. Roguet: “Se sabe que el Evangelio no ha referido todo lo que ha hecho Jesús (cf. Juan 21, 25) y se debe admitir que la Tradición, la enseñanza oral, “familiaris” de los Apóstoles ha transmitido a las generaciones cristianas muchas instituciones de Cristo, sobre todo en el ámbito de la práctica cotidiana de la vida cristiana” (Saint Thomas d’Aquin – Somme Théologique – Les Sacraments – Ed. De la Revue des Jeunes, Paris-Tournai-Rome, 1951, p. 243). En diferentes lugares se refiere el Angélico a otras prescripciones, legadas por los Apóstoles a la Iglesia, que no fueron consignadas en sus escritos. Por ejemplo: el culto de las imágenes (III Sent. d. 9 q. 1 a. 2 ad 3); la institución por parte de Cristo de los sacramentos de la unción de los enfermos y la confirmación (IV Sent. d. 23 q. 1 a. 1; qª 3 ad 1); la forma de muchos sacramentos, conocida sólo por tradición no escrita (IV Sent. d. 23 a. 4 qª ad 1). Con todo, podemos encontrar esta queja: “En Santo Tomás, es verdad, no se tiene una elaboración “escolástica” de la Traditio Ecclesiae. En consideración de la importancia teológica del argumento, de la mirada enciclopédica con la que él encara los problemas de la fe y de la Iglesia en su impacto con la temporalidad y la historicidad de su “estar allí”… “así como de la religiosa atención que él reserva a los Padres, habría propiamente que dar cuenta y lamentar la ausencia de un estudio sistemático “de Ecclesiae Traditione”. Después que un Ireneo, un Tertuliano y un Agustín habían enfocado tan bien el principio de la traditio como criterio de autenticidad cristiana, y sobre todo después de que el Lerinense había elaborado tan coherentemente dicho criterio, era lógico esperarse algo decisivo al respecto de parte del genio del Aquinate. Lamentablemente esto no se verificó. Pero el lenguaje que el Aquinate usó en contextos dedicados al argumento es tal, que suple, al menos en parte, la laguna indicada” (B. Gherardini, Quod et tradididi vobis – La Tradizione vita e giovinezza della Chiesa, Frigento – 2010 – 151). Se puede equiparar esta carencia tomista con la referente al tema tan trascendental de la Iglesia. No ha dedicado Santo Tomás “quaestiones” especiales al tema “De Ecclesia”. Pero de la riqueza de su vasta doctrina, se pueden extraer los elementos fundamentales para este tratado. Habiendo muchas más referencias tomistas respecto al tema en cuestión, creemos que las recién compendiadas bastan para el objetivo de este trabajo. Se puede ampliar en: Y. Congar: Traditio und Sacra Doctrina bei Thomas von Aquin en: J. Betz-H. Fries, Kirche und Überlieferung, Freiburg, Basel, Wien;1960; pp. 170-210.

[28] Que, en verdad, necesitaba una profunda “reformatio in capite et in membris”, como lo reconocía Adriano VI, papa contemporáneo de Lutero: “Todos nosotros, prelados y eclesiásticos, nos hemos desviado del camino del derecho, y tiempo ha ya que no hay uno solo que obre el bien (Salmo 13:14,3)”. Ver: E. Iserloh-J. Glazik-H. Jedin, Manual de Historia de la Iglesia, Barcelona;1986; T. V, p. 175.

[29] Ya en vida misma de Lutero, habiendo iniciado semejante camino al individualismo, se atomizó por completo el movimiento reformista. Erasmo, que al comienzo fue simpatizante del proyecto luterano, comprobando sus efectos deletéreos al apartarse de la savia nutritiva de la Biblia, que es y será la Tradición de la Iglesia, le planteaba a Lutero este panorama: “Todos tienen la misma Escritura; sin embargo Karlstadt difiere radicalmente de ti (Lutero), disienten Ecolampadio y Capitón” (Hyperaspistés, en: Opera Omnia, Leiden 1706, Vol. X, 1263). Si por sus frutos se conoce el árbol y desde los mismos orígenes hubo tales desgarrones, repasando las contradicciones que se siguieron, es posible calibrar lo descabellado de ese “primus error in principio, qui maximus apparuit in fine”. Así lo patentiza L. Bouyer, quien, como es sabido, fuera anglicano: “Pero, cuando se examina la suerte histórica del principio de la [sola –explicitamos–] autoridad de las Sagradas Escrituras, puede ser que el protestantismo revela mejor su factor congenital de desagregación de sus propias afirmaciones… [La autoridad soberana de la Palabra de Dios] implica…un doble proceso. Por una parte, el elemento humano es descuidado, hasta negado formalmente en la Escritura. Se construyen entonces teorías fantásticas de la inspiración… ¿No se llegará a demostrar la perfección gramatical del Apocalipsis, la precisión científica del Génesis, la exactitud material de las genealogías, aún cuando se encuentran en flagrante contradicción, hasta la perfecta moralidad de las hijas de Lot o la alta espiritualidad de los Proverbios?… La idea que se hacen de la Biblia es la de un aerolito espiritual, caído súbitamente sobre nuestro planeta, al que se quiere ver virgen de todo rastro geológico… [Pero] cuando la humanidad de la Biblia llegará por fin a imponerse a los exegetas protestantes del siglo XVIII, su divinidad se desvanecerá correlativamente de su pensamiento. Todo el desarrollo de la crítica bíblica se desarrollará entonces en el sentido de un historicismo cada vez más radical. Serán incapaces de ver en la Biblia otra cosa que un testimonio del “genio religioso” del pueblo hebreo, un documento de las “variaciones de la experiencia religiosa”” (Du Protestantisme à l’ Église, Paris 1955, pp. 186-187). Con toda razón, pues, el Card. Kurt Koch, actual Presidente del Pontificio Consejo para la unidad de los cristianos, en el reciente Sínodo Luterano, con ocasión de la celebración próxima de los 500 años de la Reforma, declaró: “La separación de las iglesias protestantes no es una expresión de éxito, sino un fracaso de la Reforma. Los reformadores no querían nuevas iglesias, sino más bien la reforma de la Iglesia católica”. Es más que evidente, por otro lado, que el mismísimo Lutero no reconocería hoy en día en muchos “luteranos” sus principios y doctrinas. Admitir el matrimonio gay, promoción de pastoras, sacerdotisas u “obispas”, dudas y críticas corrosivas a la historicidad de los Evangelios, para no hablar del mismo tema en el Antiguo Testamento, y una larga lista de desvíos, que ni soñó el reformador, podría desarrollarse de su letal principio del libre examen.

[30] Hechos 8,30-31.

[31] 2Pedro 3,15-16.

[32] De abroganda Missa, ed. Weimar, t. VIII, p. 418

[33] A. Michel, Ibid., 1309.

[34] Concilio de Trento, Sess. 4ª, Denz-Hün, 1505.

[35] “… Evangelio, que prometido antes por obra de los profetas en las Escrituras Santas… mandó luego que fuera predicado… como fuente de toda saludable verdad y de toda disciplina y costumbre” (Sesión Cuarta, Denz-Hün, 1501).

[36] “…viendo perfectamente que esta verdad y disciplina se contiene en los libros escritos y en las tradiciones no escritas…, con igual afecto de piedad e igual reverencia [el Concilio] recibe y venera todos los libros, así del Antiguo como del Nuevo Testamento, como quiera que un solo Dios es autor de ambos, y también las tradiciones mismas que pertenecen ora a la fe ora a las costumbres, como oralmente por Cristo o por el Espíritu Santo dictadas y por continua sucesión conservadas en la Iglesia católica” (Ibid.). Notemos que ese “igual afecto de piedad e igual reverencia”, con que la Iglesia recibe tanto la Sagrada Escritura, como a la Tradición, se funda en que Dios está en el origen de ambas. Pero no las iguala en su dignidad, dado que la Escritura es “inspirada” por el mismo Dios y, por ende, es su propia palabra. En cambio las tradiciones (fuera de las apostólicas) están sólo “asistidas” y no “inspiradas”. Dos carismas que dimanan del único Dios, pero que difieren entre sí.

[37] Añadimos que tal expresión había sido introducida por los Cardenales F. Del Monte y Marcelo Cervini, futuro Marcelo II.

[38] Amplificamos la noticia con aportes de A. Michel (Ibid., p. 1315): Obispo dominico de Chioggia, que afirmó: “Nadie ignora que en los libros sagrados se contiene todo lo que pertenece a la salvación” (Concilio de Trento, t. V, p.18).

[39] V. Proaño Gil, Ibid., p. 666.

[40] V. Proaño Gil, Ibid., p. 666.

[41] H. Denzinger/P. Hünermann, 1501-1505). || Como se reiterará en la nota 27, su importancia y fatal rechazo de tan fundamental verdad por parte protestante serán estudiados cuando se trate de Dei Verbum, 8.

[42] De verbo Dei, l. IV, c. II, obj. 1 y 14…

[43] Du culte de la sainte Vierge dans l’ Église.

[44] Ibid., 1315. Con esta perspectiva final coincide un teólogo de la actualidad: “Si no hubiéramos tenido otra cosa que la Escritura, probablemente la Iglesia nunca habría llegado a definir estos dogmas marianos [Inmaculada Concepción y Asunción en cuerpo y alma al cielo]”. J. A. Sayés, Compendio de Teología Fundamental, Valencia 2000, 2ª ed., p. 194.

[45] Ibid., pp. 1321-1338.

[46] Del cual cabe señalar la siguiente exposición: “Y como ellos [los Apóstoles] no escribieron en ninguna parte que hayan puesto por escrito todo lo que predicaron de viva voz, creemos que el silencio de la Escritura no es un título suficiente para excluir todas las doctrinas que nos ha dejado la antigüedad cristiana”. “Exposition de la doctrine catholique”, en: Oeuvres complètes, édit. Vives, 1867, t. XIII, pp. 329. Que esto sea así en realidad –comenta Michel– es lo que demuestra Bossuet por la recomendación de Pablo a Timoteo en la segunda carta… y “aunque este Apóstol ya haya dejado escritas cosas admirables, se ve que él no reduce a Timoteo a leer simplemente lo que él mismo o los otros apóstoles hubieran escrito; sino que, sintiendo acercarse su fin, así como había tenido el cuidado de dejar a alguien después de él que pudiera conservar el sagrado depósito de la palabra de vida, quiere que Timoteo siga este ejemplo. Él le enseña de viva voz las verdades cristianas, en presencia de muchos testigos: le ordena, a imitación suya, instruir a hombres fieles, que puedan difundir el Evangelio y hacerlo pasar a futuras edades. Así la tradición a viva voz es uno de los medios elegidos por los apóstoles, para hacer pasar a las edades futuras y sus descendientes las verdades cristianas” (A. Michel, Ibid.)

[47] Se ha confeccionado una selección de ejemplos entre los datos aportados por: J. A. Sayés (Ibid., 191) y J. Ratzinger, “Un tentativo circa il problema del concetto di Tradizione”, en: K. Rahner-J. Ratzinger: Rivelazione e Tradizione, Brescia, 2006; 1ª Ed. Alemana;1965; p. 62. Se podría añadir también que los sacramentos son sólo siete, “nec plura nec pauciora” (Concilio de Trento , Sess. VII, Denz-Hün., 1601); que tres de ellos imprimen carácter [bautismo, confirmación, orden sagrado; la “virginitas in partu”. Si bien estudios de varios y prestigiosos exégetas [sobre todo: I. De la Potterie] ven un fundamento bíblico para este dogma mariano en una antigua lectura de Juan 1:13: “El que no nació de las sangres…” (en singular). Al respecto, nos permitimos remitir a: M. A. Barriola, “Debates actuales en torno a la lectura cristológico-mariológica de Juan 1,13” en: Soleriana, Montevideo; 2010-2011; XXXV-XXXVI, n. 31-32, pp. 51-113. Y, sobre todo, las verdades que más afectan al mismo principio fundamental de la Reforma: ni el carácter inspirado de la Escritura ni su canon constan por el solo testimonio bíblico. De ello trataremos después con mayor detenimiento.

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