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Miguel Antonio Barriola

l docto benedictino belga Jacques Dupont, en su encuesta de tipo más bien literario, llegaba a conclusiones que no todos comparten y que, sacadas de su vasto contexto, pueden ser usadas para justificar tesis extremistas. Notando, en efecto, que tanto Mateo como Lucas han orientado los datos primitivos hacia nuevas aplicaciones, [1] Dupont intenta descubrir cuál haya sido el sentido primitivo en los labios del mismo Jesús.

Acentuaciones equívocas de Jacques Dupont

Por tanto lo coloca todo en el sentido mesiánico del εύαγγέλιον (euangelion), conectándolo con los anuncios del Tritoisaías[2], consolando al pueblo oprimido y humillado[3]. De hecho, cuando Jesús anunciará por primera vez el sentido de su misión, en un lugar programático de Lucas, se detendrá muy explícitamente en estos textos mesiánicos.[4]

En consecuencia, Dupont se preguntará, casi página por página, sobre el por qué de esta predilección de Dios y de su Mesías por los pobres, los afligidos, los hambrientos. Su permanente respuesta es que el tenor primitivo de la predicación de Jesús no era para nada moral, insistiendo sobre algún mérito o virtud que podría haber atraído la mirada divina sobre los pobres. La razón, según el exegeta belga, es solamente teológica, o sea, proviene sólo de la compasión que Dios siempre ha mostrado hacia los más pequeños, débiles y marginados. Se trata de un movimiento de “gracia”, de iniciativa puramente divina, no de premio a la piedad o la virtud. Por lo mismo no admite los puntos de vista del libro ya clásico de Albert Gelin, Les pauvres de Yahvé.

Gelin se preguntaba: “¿Se podrá, entonces, creer que Jesús ha beatificado una clase social? ¿Tiene el Evangelio el aire de un manifiesto social? No es canonizada posición sociológica alguna… sólo una situación espiritual puede acoger un don espiritual; sólo la fe confiada abre el hombre a la gracia de Dios. Esta apertura hacia Dios es lo que se llama pobreza espiritual.”[5]

Jacques Dupont se niega a admitir estos puntos de vista y, siempre que puede, critica la tesis de Gelin.[6] A su vez, incansablemente propone su angulación de la motivación netamente “teológica” de la predilección de Dios por los pobres. Lo anuncia en la página 16 del segundo volumen: “Veremos que en cada uno de estos casos (privilegio de los pobres, de los más pequeños y de los pecadores), el motivo del privilegio debe ser buscado, no en las virtudes o las disposiciones de alma de los que son beneficiados, sino más bien en las disposiciones de Dios respecto a ellos.”[7]

Por más que, ya desde el principio, hemos notado cómo el mismo Dupont había tenido el cuidado de advertir que “redacción” y “teología” de cada uno de los evangelistas no quiere decir “traición” del mensaje original de Jesús, sino más bien aplicaciones nuevas en continuidad con su pensamiento, sin embargo, aquí y allá aparecen en su exégesis frases que parecerían admitir una especie de desfasaje entre Jesús y los evangelistas, sobre todo en Mateo.

Así, por ejemplo, en el tercer volumen, página 353: hablando del carácter “discipular” cristiano, que Lucas ha impreso a su modo de presentar las Bienaventuranzas, Dupont comenta: “Por comprensible y normal que sea, esta reinterpretación implica no menos una cierta restricción; las Bienaventuranzas no conciernen más a todos los desheredados, por el solo motivo de sus sufrimientos; no se aplican más que a los cristianos en su actual desgracia.”

Respecto al Primer Evangelio, Dupont comenta: “Mateo no piensa que únicamente por sí solo el abandono de los hambrientos pueda constituir un título para la felicidad futura.”[8] “Si esta imagen espiritualizada e interiorizada del pobre no puede otra cosa sino hacer desviar (fourvoyer) respecto a la inteligencia del significado primero de las Bienaventuranzas, llega a ser, al contrario, muy clarificadora a nivel de la formulación mateana, para explicar la bienaventuranza de los pobres de espíritu.”[9]

Habiendo así destilado la mente de Jesús, distinguiéndola de las nuevas resonancias que le hace tomar la predicación cristiana en Mateo y Lucas, Dupont se empeña también en explicar en qué consiste la recompensa prometida a los pobres, afligidos y hambrientos. Se trata del Reino de Dios (Lucas) o de los cielos (Mateo).

“Jesús –comenta Dupont– nunca se explica sobre la naturaleza del Reino de Dios; no se preocupa por definir su noción. Es del todo evidente que él supone que sus oyentes saben de qué cosa habla. Él se dirige a gentes que “esperan el Reino de Dios.”[10] La fórmula abstracta no los induce a error. Ellos comprenden también que no se trata simplemente de un poder que Dios tiene en modo estático; la expresión evoca su intervención en el mundo, la acción por medio de la cual él ejercita efectivamente su soberanía.”[11]

Otras advertencias equilibrantes de Dupont

Sin embargo, el autor que venimos siguiendo ofrece puntos de contrapeso a su marcada insistencia sobre el sentido (casi meramente) social y material de la pobreza, el único que tendría en su mente Jesús en su anuncio mesiánico (aspecto más visible en Lucas). Escuchémoslo, al respecto: “Estando de acuerdo con Percy en el pensamiento de que Jesús no hace de la pobreza una condición de acceso al Reino, no vemos la necesidad de admitir que, aun así, las Bienaventuranzas no puedan hablar sino de los pobres en general.”[12]

Repetirá lo mismo en la primera página del segundo volumen y quién sabe si no asoma algún sentido de culpa. Da la impresión de una “excusatio non petita, accusatio manifesta.”[13] Escribe en efecto: “Queremos esperar que el lector, impresionado tal vez por el carácter un poco unilateral de las conclusiones del volumen que aquí publicamos, no olvide el complemento indispensable que el tercer volumen se propone ofrecer. El segundo volumen hablará del kerygma, de la proclamación de la buena nueva de la salvación concedida por Dios; es claro que no se podría separar sin peligro el kerygma de la catequesis, instrucción sobre las exigencias religiosas y morales que implica el don que Dios nos hace. El anuncio de salvación es un llamado que pide una respuesta personal, comprometiendo toda la vida del creyente y los deberes de la vida cristiana perderían ellos mismos su significado, si no fueran comprendidos como la consecuencia del don gratuito de Dios. Pero no es posible decirlo todo de una sola vez.”[14]

Con todo, es preciso notar que estos esclarecimientos se encuentran muy dispersos en su obra gigantesca; que impresiona de verdad la insistencia en la proclamación “puramente teológica” de Jesús, de modo que no se ve con nitidez la prometida articulación con la catequesis y las exigencias morales, en el tercer volumen.

Es cierto que tales aspectos morales, espirituales e interiores están egregiamente explicados cuando llega a los puntos de vista de Mateo y Lucas. Pero no aparece muy bien de qué modo se encuentren en continuidad con la predicación primitiva de Jesús y su presentación mesiánica de los macarismos.

Nos parece, en cambio, un discurso sensato el que ofrece L. Sabourin, evaluando la exégesis de Dupont sobre este particular: “Su obra monumental constituye un instrumento de trabajo indispensable para todos los temas conexos más o menos estrechamente con las Bienaventuranzas, y no podemos más que agradecérselo. Nuestra principal reserva concierne a la noción de la basileia (reino) divina, que se encuentra presupuesta en toda la indagación y que condiciona en gran parte la orientación de las conclusiones… A nuestro entender, no es seguro del todo que la basileia se encuentre tan estrechamente conectada con la realeza de Dios como Dupont parece suponer. Es verdad que la predicación a los pobres es un elemento esencial del mensaje evangélico,[15] pero no encontramos en ningún pasaje del Nuevo Testamento una conexión explícita de esto con la manifestación del carácter específico de la realeza divina o mesiánica. La basileia mesiánica tiene un significado mucho más amplio, que no podemos limitar al sentido que se le deriva, partiendo de las concepciones veterotestamentarias. El mensaje del Reino nos remite a toda la economía divina de la era mesiánica, tal como Jesús la proclama y la cumple. Además, como diferentes textos del Evangelio tienden a demostrarlo, no sólo los pobres son las personas disponibles a acoger el Reino. Podemos afirmar, por ejemplo, que el exactor Levi[16] o Mateo[17] no pertenecía a la clase más pobre y, sin embargo fue el primer llamado al discipulado.”[18]

Por lo demás, si tomamos las citas con las que el mismo Dupont quiere referirse a que todos sabían a qué se refería Jesús cuando hablaba del Reino (tanto que el mismo Jesús —según Dupont— no veía razones para tener que explicarse),[19] se observa que aquellos personajes eran todo menos pobres, desde el punto de vista meramente social. Marcos 5,43, de hecho, nos informa sobre “José de Arimatea, miembro autorizado del Sanedrín, que esperaba él también el Reino de Dios.” Ahora bien, según Mateo 27,57, este mismo José es calificado como “un hombre rico de Arimatea.”

La otra cita[20] se refiere al mismo personaje, presentado por Lucas como “miembro del Sanedrín, persona buena y justa.”[21]

“Dupont –sigue Sabourin– es consciente de estas excepciones y en el caso de Zaqueo[22] insiste más bien sobre otro tipo de pobreza, sobre la peor de todas las miserias, la del pecado.”[23]

He aquí el pasaje entero de Dupont: “Conmovido de compasión por el abandono de los pequeños, de los humildes, de los pobres, entregados al arbitrio de gobernantes egoístas y ambiciosos, el Señor mismo tomará en su mano la guía de su grey. Pero se ha hecho camino una trasposición. Diciendo que él había venido para buscar lo que estaba perdido, Jesús piensa en el abandono espiritual de los pecadores, más bien que en el abandono temporal de los hombres oprimidos. La perspectiva es la de las parábolas de Lucas 15: el ministerio de Jesús coincide con la manifestación de la misericordiosa compasión de Dios para con aquellos que se encuentran en la miseria, ante todo hacia aquellos que están en la peor de todas las miserias, la del pecado.”

Se ha de decir, lamentablemente, que párrafos como éste jamás son tenidos en cuenta en las primeras publicaciones de la teología de la liberación.

El Sermón de la Montaña, por lo tanto, no puede ser comprendido sino a partir del sentido completo que tienen sus temas, sea en el Antiguo Testamento – sin excluir, por tanto, el carácter religioso de la pobreza – y sobre todo por la contribución original que el mismo Jesús ha aportado al problema.

Expresa bien esta idea L. Pirot: “En la promulgación de las Bienaventuranzas y el Sermón de la Montaña, Nuestro Señor partió de lo que era más elevado en el Antiguo Testamento; haciendo suya esta doctrina, él indicaba su significado más profundo y mostraba su cumplimiento último. Todo esto lo propone en pocas y breves frases, destinadas a dejar una impresión duradera en la mente y la memoria.”[24]

“Según pensamos –concluye Sabourin– las Bienaventuranzas, desde su origen, fueron expresión de la nueva situación surgida con la llegada del Reino de Dios, en la cual los valores religiosos se invierten respecto a la perspectiva mundana: bendición para los pobres y los humildes, alegría para los afligidos, recompensa para los perseguidos. La redención es tan cercana, la esperanza tan segura, que las bendiciones de la tierra aparecen ya poseídas. Esto es verdad en muchos aspectos, porque estar bajo la especial protección de Dios es la más grande de todas las bendiciones.”[25]

Repercusiones exegéticas en los teólogos de la liberación

Esta insistencia sobre el aspecto de miseria material y sociológica (que, según Dupont, sería el título principal que atrae la misericordia de Dios sobre los pobres) fue muy aprovechada por los más conocidos teólogos de la liberación, con el fin de acentuar el carácter político, y no tanto religioso y moral, de la preferencia hecha por Jesús. Sostendrán que Dios toma partido por unos oponiéndose a los otros.

Así, por ejemplo, Gutiérrez se alinea con Dupont, oponiéndose a las perspectivas de Albert Gelin, el cual indicaría “en la Biblia otras líneas, menos importantes[26] de la interpretación de la pobreza: relación entre pobre y pecador y el ideal de un estadio medio entre riqueza y pobreza.[27] Con todo, el tema dominante es el que se ha recordado recién; sólo él permitirá, por otra parte, interpretar adecuadamente los temas secundarios.”[28]

“Menos importantes” serían, pues, los aspectos morales y los que miran a la realidad no exclusivamente como un campo de guerra (una clase extrema contra su oponente). Porque, de hecho, la sociedad se presenta con más de un estrato social fuera de los únicos tenidos en cuenta por estos teólogos, en un dualismo dialécticamente opuesto.

He aquí de qué modo culmina Gutiérrez su indagación exegética: “En realidad no es posible eludir el sentido concreto y material que tiene, en este evangelista (Lucas), el término pobre. Dicho término indica, en primer lugar, a aquellos que viven una situación social caracterizada por la carencia de bienes de este mundo y hasta por la miseria y la indigencia. Todavía más, se trata de un grupo social marginado, con un matiz de opresión y falta de libertad.”[29]

Para terminar su estudio sobre la pobreza (capítulo que cierra todo el libro), se expresa así: “Bienaventurados los pobres porque vuestro es el Reino de Dios” no quiere decir, nos parece: aceptad vuestra pobreza, porque más tarde esta injusticia os será recompensada en el Reino de Dios. Si creemos que el Reino de Dios es un don que es recibido en la historia, a fin de que ésta sea llevada a su cumplimiento; si pensamos, como nos lo indica el tema de las promesas escatológicas –cargadas con contenido humano e histórico– que el reino de Dios trae necesariamente consigo el restablecimiento de la justicia en este mundo, se ha de pensar que Cristo declara felices a los pobres porque el reino de Dios ha comenzado: El tiempo está cumplido, y el reino de Dios está cerca.[30] Vale decir: se ha comenzado la supresión de la situación de expoliación y de pobreza que os impide ser hombres del todo; ha comenzado un reino de justicia, que va también más allá del que ellos podrían esperar. Son felices, porque la llegada del reino pondrá fin a su pobreza creando un mundo fraterno.”[31]

Nótese, por una parte: la tendencia a una inmanentización del reino (justicia en este mundo; reino que pone fin a la pobreza; creación de un mundo fraterno).

A fin de “salvar la proposición del prójimo” – como nos aconseja hacer San Ignacio de Loyola – se podría ver un sentido de trascendencia en la frase: ”un reino de justicia que también va más allá de lo que ellos podrían esperar.” Pero, en tal caso no se puede decir que el reino “ponga fin a la pobreza”, ya que, como se verá más adelante, ni siquiera el mismo Jesús, con sus milagros, “ha puesto fin a la pobreza” y miserias que lo rodeaban.[32]

Por otra parte, se percibe la devaluación de una escatología que, es verdad, comienza a hacer vislumbrar aproximaciones del reino en esta historia, pero que, al mismo tiempo, sabe que nunca puede considerarse como acabada, “en este mundo, mientras estamos en exilio lejos del Señor.”[33]

El rechazo de la aceptación de la pobreza, “porque más tarde esta injusticia os será recompensada en el reino de Dios”, se asemeja bastante a la crítica marxista de la religión, tenida como “opio del pueblo”, resignación fatalista y renuncia a la lucha.

Justamente a partir de estas consideraciones exegéticas, el pensamiento de Gutiérrez desemboca en la frase ya antes citada: “Optar por el oprimido quiere decir optar contra el opresor.”[34] Esta última conclusión nunca se encuentra en los estudios de Dupont. Ni mucho menos llegan hasta allí los mismos Evangelios.

Juan Luis Segundo, en cambio, no dudará en seguir especialmente la interpretación de las Bienaventuranzas propuesta por André Myre,[35] que saca las conclusiones lógicas “preparadas por Jacques Dupont en su exhaustivo estudio.”[36] Ambos, tanto Gutiérrez como Segundo, cubren bajo un espeso silencio las varias matizaciones que, como hemos visto, se encuentran también en Dupont.

Anticipamos desde ya, reiterando algo ya dicho, algunas aclaraciones sobre los argumentos tratados hasta el presente. Ante todo, no se ve por qué la cercanía de los “hambrientos” deba necesariamente hacer entender que “los pobres” son sólo los indigentes de cosas necesarias para la vida material.

Por ejemplo, Ana, la madre de Samuel, no era para nada “pobre” en el sentido social. Su angustia era de índole moral, motivada por su esterilidad y el desprecio que su situación provocaba de parte de la otra concubina de Elqana.[37] Se sabe que para permitirse una familia polígama se ha de contar con abundantes recursos.[38] De lo cual resulta que la postración de Ana era de tipo espiritual y no por privación material. Ahora bien, Ana se ve a sí misma entre los “hambrientos” y los “miserables,”[39] lo cual significa que su pobreza es ante todo moral, causada por el oprobio de la infecundidad.

Por otra parte, no se trata de un uso aislado en el Antiguo Testamento. Los fieles yahvistas usaban un leguaje análogo, figurativo, para expresar su deseo de Dios, en modo particular los salmistas: “Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo,”[40] Amós[41] profetizó para el futuro un tiempo en el que no serían satisfechas el hambre y la sed de las palabras de Dios – alusión al cese de la profecía en Israel – pero el Deuteroisaías tiene un mensaje más consolador,[42] que recuerda la invitación de la Sabiduría a un banquete.[43] En Cristo se satisfacen finalmente todas las aspiraciones de los sedientos de Dios: “Quien tiene sed venga a mí y beba.”[44]

Finalmente, no porque Marx haya ironizado sobre el más allá como “opio del pueblo”, podemos los cristianos abandonar una verdad que despunta ya hacia fines del Antiguo Testamento[45] y que forma parte de todo el Nuevo Testamento. “Porque no tenemos aquí una morada permanente, sino que estamos buscando la futura.”[46]

No se puede negar que más de una injusticia contra los pobres, los esclavos y trabajadores se cubrió hipócritamente con motivos “evangélicos.” Ahora lloráis y os fatigáis, pero en el cielo tendréis consolación. Sin olvidar que la esperanza del cielo no debe hacer olvidar que no se llega a ella si no es pasando a través de este mundo. El juicio final[47] tendrá como uno de sus principales capítulos de acusación o premio la caridad hacia los más pobres y desheredados.[48]

Por otro lado, el más allá no es solamente un consuelo para “la clase obrera explotada aquí abajo”, concediendo mano libre a sus opresores. La rendición de cuentas de la otra vida les tocará a todos: pobres y ricos, como puede verse en la parábola del rico necio.[49] El horizonte del más allá es un problema de esta vida, no un diversivo o “fuga mundi.” Y sería el “opio de la religión” y de las ansias más profundas de todo hombre, no hablar más de ello, sólo por cortesía con los marxistas. [50]

 


[1] Mateo en perspectiva moral y espiritual; y sociológico Lucas en sentido más discipular Sin los calificativos “espirituales” de Mateo (“pobres de espíritu”) agregado de los “ayes” contra los ricos. || “Vuestro” es el Reino (segunda persona plural, con aspecto más coloquial).

[2] Así se califica a los capítulos 56 a 66 del libro de este profeta.

[3] Ver sobre todo Isaías 61 en adelante.

[4] Lucas 4,18-19 y 7,22, textos de los que nos ocuparemos ampliamente más adelante.

[5] Les pauvres, p. 145.

[6] Les Béatitudes…, (1969) Vol. 2, pp. 13-14; 28, 50, 89, 212, 217.

[7] Se puede comprobar la insistencia con la que propone su exégesis, recorriendo los tres volúmenes de su obra: Vol. 1, pp. 259; 291-293; Vol. 2, pp. 44, 73 y nota 1; pp. 123, 141, 143, 171-172, 203, 212, 213 y nota 1 hasta pp. 218, 229-232, 240, 242, 247, 249, 257, 275-277; Vol. 2, pp. 199, 669-670.

[8] ibid., p. 82.

[9] ibid., p. 459.

[10] Marcos 15,43; Lucas 23,51.

[11] Ibid., Vol. 2, p. 106. “El presupuesto fundamental de estas Bienaventuranzas está en una cierta concepción del Reino de Dios y del modo en que él quiere ejercitar su justicia real en favor de los pobres, de los oprimidos y de todos los que sufren” (ibid., 379).

[12] Ibid., Vol. 2, p. 293. Si bien, mantiene su punto de vista, concede al menos que las “felicitaciones” de Jesús para con los pobres no son exclusivas de los meros marginados sociales.

[13] Trad. “una excusa no pedida es una manifiesta acusación.”

[14] Ibid., Vol. 2, pp. 7-8. Se aparta, pues, de una acentuación meramente sociológica de “los pobres”, incluyendo también para ellos las exigencias de respuesta religiosa y moral. De hecho (como consecuencia de esta unilateralidad) era frecuente, por aquel entonces, pensar que “los desheredados” eran casi santos, por el mero hecho de estado miserable. Así, por ejemplo, en Brasilia (2012, donde fui con ocasión del Año Paulino) le escuché personalmente a Mons. J. E. Marins Terra esta anécdota del tan famoso como discutido Mons. Hélder Câmara. Encontrándose de visita pastoral en una parroquia y notando que casi nadie acudía a la comunión en la Misa, exclamó algo así: “Vengan a comulgar, que los pobres no tienen pecados.”

[15] Lucas 4,18.

[16] Marcos 2,14.

[17] Mateo 9,9.

[18] Il Vangelo di Matteo, Roma (1978) Vol. 1, pp. 370-371.

[19] Les Béatitudes… Vol. 2, p. 106.

[20] Lucas 23,51.

[21] Lucas 23,50.

[22] Lucas 19,2-10.

[23] Les Béatitudes…, Vol. 2, p. 253.

[24] Dictionnaire de la Bible / Supplément, “Béatitudes évangeliques” Vol. 1, c, p. 930.

[25] Il Vangelo di Matteo, Vol. 1, p. 372.

[26] Enfasis por el autor. NOTA DEL EDITOR.

[27] Se refiere a la versión española: Albert Gelin, Los pobres de Yahvé, Barcelona (1965) pp. 24-28.

[28] Teología de la liberación…, p. 375, n. 32. Ver también: 378-379.

[29] Teología de la liberación…, pp. 379-380. En la nota 42, refiriéndose a Dupont, declara: “Por lo demás las tres primeras bienaventuranzas forman en Lucas un bloque, que debe ser interpretado globalmente. Ahora bien, los afligidos, los hambrientos indican realidades muy concretas y no son susceptibles de espiritualización. Jacques Dupont, Les Béatitudes (1969) pp. 49-51 y p. 239.” Nos preguntamos por qué el “bloque” ha de ser ajustado sólo al aspecto “no susceptible de espiritualización”, no quedando claro qué impide el proceso inverso, a saber, que los “afligidos y hambrientos” puedan integrar el ámbito “espiritual” con los “pobres”, primero de todos los macarismos. Justamente, porque integran un conjunto más amplio, “los afligidos y los hambrientos”, la realidad más concretamente material, no ha de ser separada de “los pobres”, primero de los macarismos, teniendo en cuenta la riqueza espiritual que ya envuelve a esta categoría en el Antiguo Testamento. Gutiérrez está proponiendo, sin razón, aislarlos del contexto más inmediato, fijando la atención sólo en ellos.

[30] Marcos 1,15.

[31] Ibid., 380. No puede uno dejar de cuestionar, por qué este autor peruano ve “ahora” la cercanía de ese reino libre ya de opresiones sociales. ¿Por qué no surtió tales efectos paradisíacos ya en los cuatro primeros siglos de la Iglesia, donde el desprecio llevado hasta las más crueles muertes se ensañó contra los “pobres cristianos”?

[32] No olvidar, por otra parte, su advertencia: “A los pobres los tendréis siempre con vosotros” (Juan 12,8).

[33] 2Corintios 5,6.

[34] Teología de la liberación…, p. 385.

[35] En: AA.VV., Cri de Dieu. Espoir des pauvres, Montreal (1977).

[36] El hombre de hoy…, p. 162.

[37] Ver: 1Samuel 1,4 ss.

[38] “Él tenía la costumbre de dar a la mujer Penniná y a todos los hijos e hijas de ella sus partes (para el sacrificio). Pero a Ana le daba una sola parte” (1Samuel 1,4-5).

[39] 1Samuel 2,5-8.

[40] Salmos 42,3; 63,2.

[41] Amós 8,11ss.

[42] Isaías 55,1-2.

[43] Proverbios 9,3-6.

[44] Juan 7,37: ver: 6,35. Completar con: L. Sabourin, ibid., Vol. 1, p. 379.

[45] Completar con: L. Sabourin, ibid., Vol. 1, p. 379.

[46] Hebreos 13,14.

[47] 2Macabeos 7; Sabiduría 3,1-9; 4,7-14; 5. Lugares donde se enseña que la justicia perfecta se dará sólo después de la muerte.

[48] Mateo 25.

[49] Lucas 12,16 ss.

[50] Hoy en día, habiendo decaído tanto el marxismo, no menos sigue flotando en el ambiente secularizado, relativista y hedonista, que reina sobre todo en Europa, ese talante de interés exclusivo por lo inmediato, el prurito del “llame ya”, de disfrutar de cualquier ocasión, sin pensar lo más mínimo en sus consecuencias.

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