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El Libro del Pueblo de Dios

Omnipotente y sempiterno Dios, que en tu amado Hijo, Rey universal, quisiste instaurarlo todo: concédenos propicio que todos los pueblos, disgregados por la herida del pecado, se sometan a su suavísimo imperio: que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.

 ¿Por qué se agitan las naciones,
y los pueblos mascullan planes vanos?
Se yerguen los reyes de la tierra,
los caudillos conspiran aliados
contra Yahveh y contra su Ungido:
“¡Rompamos sus coyundas,
sacudámonos su yugo!”
El que se sienta en los cielos se sonríe,
Yahveh se burla de ellos.
Luego en su cólera les habla,
en su furor los aterra:
“Ya tengo yo consagrado a mi rey
en Sión mi monte santo.”
Voy a anunciar el decreto de Yahveh:
Él me ha dicho: “Tú eres mi hijo;
yo te he engendrado hoy.
Pídeme, y te daré en herencia las naciones,
en propiedad los confines de la tierra.
Con cetro de hierro, los quebrantarás,
los quebrarás como vaso de alfarero.”
Y ahora, reyes, comprended,
corregíos, jueces de la tierra.
Servid a Yahveh con temor,
con temblor besad sus pies;
no se irrite y perezcáis en el camino,
pues su cólera se inflama de repente.
¡Venturosos los que a Él se acogen!