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Antonio Bonzani Adorna

Primeramente notamos que el CICA no usa, oportunamente, el término escatología, que aparece sólo como adjetivo en la reflexión acerca de la oración en el n. 2771, que indica habitualmente este capítulo de la doctrina cristiana. En los Sermones de San Agustín leemos: “Aún no veo la hermosura del Creador, sino la ínfima hermosura de las criaturas. Pero creo lo que no veo, y creyendo amo, y amando veo…”.[1]

El Papa Benedicto XVI hace un llamando apremiante en orden a la Verdad escatológica:

“Nosotros hoy con frecuencia tenemos un poco de miedo a hablar de la vida eterna. Hablamos de las cosas que son útiles para el mundo, mostramos que el cristianismo ayuda también a mejorar el mundo, pero no nos atrevemos a decir que su meta es la vida eterna y que de esa meta vienen luego los criterios de la vida. Debemos reconocer de nuevo que sólo en la gran perspectiva de la vida eterna el cristianismo revela todo su sentido. Debemos tener la valentía, la alegría, la gran esperanza de que la vida eterna existe, es la verdadera vida, y de esta verdadera vida viene la luz que ilumina también a este mundo […] La voluntad de vivir según la verdad y según el amor también debe abrir a toda la amplitud del proyecto de Dios para nosotros, a la valentía de tener ya la alegría en la espera de la vida eterna.”[2]

Es más, hoy se tiende no sólo a callar la fe en la Vida Eterna sino que peligra la fe misma, según reconocía el Papa Benedicto XVI en distintas oportunidades: “En nuestro tiempo, cuando en vastas regiones de la tierra la fe corre el riesgo de apagarse como una llama que se extingue, la prioridad más importante de todas es hacer presente a Dios en este mundo y facilitar a los hombres el acceso a Dios”. [3]

En esta perspectiva, el Papa Benedicto XVI, con la lucidez característica de todo su pontificado, señala con total claridad la celebración de un Año de la fe con el “Deseo que el Año de la fe contribuya […] a abrir a los hombres el acceso a la fe”.

Afirmaba en la Carta Apostólica Porta Fidei del 11 de octubre de 2011:

“Deseamos que este Año suscite en todo creyente la aspiración a confesar la fe con plenitud y renovada convicción, con confianza y esperanza. Será también una ocasión propicia para […] redescubrir los contenidos de la fe profesada, celebrada, vivida y rezada.”[4]

“Para comprender de manera más profunda no sólo los contenidos de la fe sino, juntamente también con eso, el acto con el que decidimos entregarnos totalmente y con plena libertad a Dios. En efecto, existe una unidad profunda entre el acto con el que se cree y los contenidos a los que prestamos nuestro asentimiento […]” Reafirmando que: “el conocimiento de los contenidos de la fe es esencial para dar el propio asentimiento, es decir, para adherirse plenamente con la inteligencia y la voluntad a lo que propone la Iglesia […]” y sin “olvidar que muchas personas en nuestro contexto cultural, aun no reconociendo en ellos el don de la fe, buscan con sinceridad el sentido último y la verdad definitiva de su existencia y del mundo […]”[5] manifestaba que:

“Para acceder a un conocimiento sistemático del contenido de la fe, todos pueden encontrar en el Catecismo de la Iglesia Católica un subsidio precioso e indispensable. Es uno de los frutos más importantes del Concilio Vaticano II: […] regla segura para la enseñanza de la fe y como instrumento válido y legítimo al servicio de la comunión eclesial.[6] […] El Año de la fe deberá expresar un compromiso unánime para redescubrir y estudiar los contenidos fundamentales de la fe, sintetizados sistemática y orgánicamente en el Catecismo de la Iglesia Católica. En efecto, en él se pone de manifiesto la riqueza de la enseñanza que la Iglesia ha recibido, custodiado y ofrecido en sus dos mil años de historia. Desde la Sagrada Escritura a los Padres de la Iglesia, de los Maestros de teología a los Santos de todos los siglos, […] el Catecismo ofrece una memoria permanente de los diferentes modos en que la Iglesia ha meditado sobre la fe y ha progresado en la doctrina, para dar certeza a los creyentes en su vida de fe.

En su misma estructura, el Catecismo de la Iglesia Católica presenta el desarrollo de la fe hasta abordar los grandes temas de la vida cotidiana. A través de sus páginas se descubre que todo lo que se presenta no es una teoría, sino el encuentro con una Persona que vive en la Iglesia. […] la enseñanza del Catecismo sobre la vida moral adquiere su pleno sentido cuando se pone en relación con la fe, la liturgia y la oración”.

“Así, pues, el Catecismo de la Iglesia Católica podrá ser en este Año un verdadero instrumento de apoyo a la fe, especialmente para quienes se preocupan por la formación de los cristianos, tan importante en nuestro contexto cultural.”[7]

Las dos dimensiones de la fe

El Papa remite implícitamente a San Agustín, quien ha operado, a propósito de la fe, una distinción que permanece clásica: la distinción entre las verdades creídas y el acto de creerlas: “Aliud sunt ea quae creduntur, aliud fides qua creduntur (‘una cosa es lo que se cree, y otra la fe por la cual se cree,)”[8] la fides quae y la fides qua, como se dice en teología. La primera se dice también fe objetiva, la segunda fe subjetiva. Toda la reflexión cristiana sobre la fe se desarrolla entre estos dos polos. Se perfilan así dos orientaciones.[9]

Por una parte, están los que acentúan la importancia del intelecto en el creer y por tanto la fe objetiva, como asentimiento a las verdades reveladas,

por otra parte, están los que acentúan la importancia de la voluntad y del afecto, por ende la fe subjetiva, el creer en alguien (credere in), más que creer algo (credere aliquid); en fin,

  • por una parte los que acentúan las razones de la mente y,
  • por otra parte, los que, como Pascal, acentúan “las razones del corazón”.

En formas diversas esta oscilación reaparece a menudo en la historia de la teología:

  • en la Edad Media, en la distinta acentuación entre la teología de santo Tomás y la de San Buenaventura;
  • en el tiempo de la reforma entre la fe fiducial (análoga a la mano que tiende el mendigo para recibir la limosna) de Lutero en Dios Salvador, que es fiel a sus promesas) y la fe católica unida a la caridad (fe y obras); en efecto, “La fe sin la caridad no da fruto, y la caridad sin fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda. La fe y el amor se necesitan mutuamente…”[10]
  • más tarde entre la fe en los límites de la simple razón de Kant y la fe fundada en el sentimiento de Schleiermacher y del romanticismo en general;
  • más cerca de nosotros entre la fe de la teología liberal y la existencial de Bultmann, prácticamente privada de todo contenido objetivo.

La teología católica contemporánea se esfuerza, como otras veces en el pasado, por encontrar el justo equilibrio entre las dos dimensiones de la fe. Se ha superado la fase en la que, por razones polémicas contingentes, toda la atención en los manuales de teología terminaba por concentrarse en la fe objetiva (fides quae), es decir en el conjunto de las verdades a creer. “El acto de fe – se lee en un autorizado diccionario crítico de teología – en la corriente dominante de todas las confesiones cristianas, aparece hoy como el descubrirse de un Tú divino. La apologética de la prueba tiende así a colocarse detrás de una pedagogía de la experiencia espiritual que tiende a iniciar a una experiencia cristiana, de la que se reconoce la posibilidad inscripta a priori en todo ser humano.”[11]

El Magisterio contemporáneo nos invita a pensar “en la mujer que toca sus vestiduras con la esperanza de ser salvada;[12] confía totalmente en él y el Señor dice: “Tu fe te ha salvado.”[13] También a los leprosos, al único que vuelve, dice: “Tu fe te ha salvado.”[14]

Así pues, la fe inicialmente es sobre todo un encuentro personal, estar en contacto con Cristo, confiar en el Señor, encontrar el amor de Cristo y, en el amor de Cristo, encontrar también la llave de la verdad. Pero precisamente por esto, esa fe no es sólo un acto personal de confianza, sino también un acto que tiene un contenido.

La fides qua exige la fides quae, el contenido de la fe, y el Bautismo expresa este contenido: la fórmula trinitaria es el elemento sustancial del credo de los cristianos. Es un “sí” a Cristo, y de este modo al Dios Trinitario, con esta realidad, con este contenido que me une a este Señor, a este Dios, que tiene este Rostro: vive como Hijo del Padre en la unidad del Espíritu Santo y en la comunión del Cuerpo de Cristo”.[15]

En otras palabras, más que apoyarse sobre la fuerza de argumentaciones externas a la persona, se busca ayudarla a encontrar en sí misma la confirmación de la fe, buscando despertar aquella chispa que hay en el “corazón inquieto” de cada hombre por el hecho de ser creado “a imagen de Dios”.

Los Padres de la Iglesia son modelos insuperados de una fe que es objetiva y subjetiva a la vez, preocupada del contenido de la fe, es decir la ortodoxia, pero al mismo tiempo creída y vivida con todo el ardor del corazón… El Apóstol había proclamado: corde creditur,[16] con el corazón se cree, y sabemos que con la palabra corazón la Biblia entiende ambas dimensiones espirituales del hombre, su inteligencia y su voluntad, el lugar simbólico del conocimiento y del amor. En este sentido, los Padres son indispensables para reencontrar la fe como la entiende la Escritura.

Una catequesis que ilumine con la certeza de la fe el más allá de la vida presente

La verdad sobre el destino último del cosmos, de la historia, de la Iglesia y de la persona humana se considera parte integrante-esencial de la ‘fides quae’, teniendo presente cuanto afirmaba el arzobispo San Anselmo, OSB insistiendo ya en su época (siglo XI) en que no hay que ‘disputare’ acerca de las verdades de la fe quomodo non sint, sino hay que disputare quomodo sint, donde disputare significa no tanto poner en duda el dogma cristiano o cuestionarlo, sino buscar las razones (‘rationes’) del mismo, es decir, buscar de qué modo la verdad dogmática se imponga a la comprensión de la inteligencia.

En este sentido leemos: “Si el cristiano puede comprender (intelligere) lo que la Iglesia cree, que dé gracias a Dios, si no puede, agache la cabeza para venerarle (sumittat caput ad venerandum)”.[17]

También Santo Tomás afirmaba: “fides est eorum quae sunt supra rationem. Unde incipit articulus fidei, ibi deficit ratio.”[18]

En orden al contenido de la catequesis, el Beato Juan Pablo II proclamaba:

“La Iglesia no puede omitir, sin grave mutilación de su men­saje esencial, una catequesis constante sobre lo que el lenguaje cristiano señala como las cuatro postrimerías del hombre: muerte, juicio (particular y universal), in­fierno y gloria. En una cultura que tiende a encerrar el hombre en su vicisitud terrena más o menos lograda, se pide a los pastores de la Iglesia una catequesis que abra e ilumine con la certeza de la fe el más allá de la vida presente; más allá de las misteriosas puertas de la muerte se perfila una eternidad – de gozo en la comunión con Dios o – de pena lejos de Él. Solamente en esta visión escatológica se puede tener una medida exacta del pecado y sentirse impulsados decididamente a la penitencia y a la reconciliación”.[19]

Se trata de realidades que se comprenden como per­tenecientes al patrimonio de la fides quae–es decir, al contenido mismo de la fe católica–y por tanto no sólo vinculan el consentimiento de fe, sino que animan la esperanza hasta llegar a proclamar:

“Alabado seas, mi Señor,
por nuestra hermana la muerte corporal,
de la cual ningún hombre viviente puede escapar…”[20]

El Catecismo de la Iglesia Católica
Con el Catecismo de la Iglesia Católica[21] de 1992 se cumple la sentida necesidad de llegar a un catecismo único y normativo para toda la Iglesia que “sirva de texto de referencia seguro y auténtico para la enseñanza de la doctrina católica, y muy particularmente para la composición de los catecismos locales […] que tengan en cuenta las diversas situaciones y culturas, pero que guarden cuidadosamente la unidad de la fe y la fidelidad a la doctrina católica”.[22]

Con motivo del X aniversario de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica, se celebró en el Vaticano del 8 al 11 de octubre de 2002 un congreso catequístico internacional[23], y el mismo Papa Juan Pablo II se dirigió a los participantes recordando, entre otras afirmaciones, que el Catecismo “en cuanto exposición completa e íntegra de la verdad católica, de la doctrina “tam de fide quam de moribus” válida siempre y para todos, con sus contenidos esenciales y fundamentales permite conocer y profundizar, de modo positivo y sereno, lo que la Iglesia católica cree, celebra, vive y ora. El Catecismo, al presentar la doctrina católica de modo auténtico y sistemático, a pesar de su carácter sintético (‘non omnia sed totum’), remite todo el contenido de la catequesis a su centro vital, que es la persona de nuestro Señor Jesucristo. […] No conviene olvidar tampoco su índole de texto magisterial colegial […] destinado a convertirse cada vez más en un instrumento válido y legítimo al servicio de la comunión eclesial, con el grado de autoridad, autenticidad y veracidad propio del Magisterio ordinario pontificio”.[24]

El 2 de febrero de 2003, el Papa reconocía “cuán amplia y profunda es la exigencia de un compendio breve, que contenga todos los elementos fundamentales de la fe y de la moral católica, formulados de manera sencilla y clara. Sin embargo, la experiencia demuestra que no es fácil, en estas síntesis, salvaguardar siempre y plenamente la totalidad y la integridad del contenido de la fe católica.”[25]

Con la convocación del Año de la Fe el 11 de octubre de 2011 y su solemne apertura el 11 de octubre de 2012,[26] el Papa Benedicto XVI vuelve a insistir en la importancia del Catecismo: “No es casualidad que el beato Juan Pablo II quisiera que el Catecismo de la Iglesia Católica, norma segura para la enseñanza de la fe y fuente cierta para una catequesis renovada, se asentara sobre el Credo. Se trató de confirmar y custodiar este núcleo central de las verdades de la fe, expresándolo en un lenguaje más inteligible a los hombres de nuestro tiempo […] También hoy necesitamos que el Credo sea mejor conocido, comprendido y orado. Sobre todo es importante que el Credo sea, por así decirlo, ‘reconocido’”. [27]

Ante “un analfabetismo religioso que se difunde en medio de nuestra sociedad tan inteligente” –reafirmaba– “Los elementos fundamentales de la fe cada vez menos conocidos”, convencido que: “… para poder vivir y amar nuestra fe, para poder amar a Dios y llegar por tanto a ser capaces de escucharlo del modo justo, debemos saber qué es lo que Dios nos ha dicho; nuestra razón y nuestro corazón han de ser interpelados por su palabra. El Año de la Fe, el recuerdo de la apertura del Concilio Vaticano II hace 50 años, debe ser para nosotros una ocasión para anunciar el mensaje de la fe con un nuevo celo y con una nueva alegría. Naturalmente, este mensaje lo encontramos primaria y fundamentalmente en la Sagrada Escritura, que nunca leeremos y meditaremos suficientemente. Pero todos tenemos experiencia de que necesitamos ayuda para transmitirla rectamente en el presente, de manera que mueva verdaderamente nuestro corazón.

Esta ayuda la encontramos en primer lugar en la palabra de la Iglesia docente: los Textos del Concilio Vaticano II y el Catecismo de la Iglesia Católica son los instrumentos esenciales que nos indican de modo auténtico lo que la Iglesia cree a partir de la Palabra de Dios. Y, naturalmente, también forma parte de ellos todo el tesoro de documentos que el Papa Juan Pablo II nos ha dejado y que todavía están lejos de ser aprovechados plenamente.

Todo anuncio nuestro debe confrontarse con la palabra de Jesucristo: “Mi doctrina no es mía.”[28] No anunciamos teorías y opiniones privadas, sino la fe de la Iglesia, de la cual somos servidores. Pero esto, naturalmente, en modo alguno significa que yo no sostenga esta doctrina con todo mi ser y no esté firmemente anclado en ella”.[29]

Las verdades escatológicas

El Símbolo de los Apóstoles, presentado por el Catecismo de la Iglesia Católica en la primera parte, “culmina en la proclamación de la resurrección de los muertos al final de los tiempos y en la vida eterna.”[30] Por consiguiente, el Catecismo de la Iglesia Católica presenta la doctrina acerca del destino último del hombre en dos artículos:

  • el undécimo: “Creo en la Resurrección de la carne;”[31] considera la muerte y la resurrección;
  • el duodécimo: “Creo en la Vida eterna;”[32] presenta el juicio particular, el cielo, el purgatorio, el infierno, el juicio final, y la esperanza de los cielos nuevos y de la tierra nueva.

Artículo 11. “Creo en la resurrección del carne”

El Catecismo de la Iglesia Católica ubica la fe en la resurrección de los muertos como elemento esencial del credo cristiano desde sus comienzos[33] ya que “si no resucitó Cristo, vacía es nuestra predicación, vacía también vuestra fe… ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron.”[34]

Podemos sintetizar aquí la doctrina acerca de la resurrección de la carne, en dos partes fundamentales:

  • La relación entre la resurrección de Cristo y nuestra resurrección.[35]
  • El misterio de la muerte como “separación del alma y el cuerpo”, en la espera de la reunificación en el día de la resurrección de los muertos.[36]

Se trata de dos elementos esenciales de la doctrina de la Iglesia acerca de la ‘carne’, en la perspectiva de Tertuliano, citado en el n. 1015.

La relación entre la resurrección de Cristo y nuestra resurrección[37] encuentra su fundamento bíblico sobre todo en la teología de Juan: “Nosotros resucitaremos como Él, con Él, por Él.”[38] Acerca de la resurrección, se ofrecen unas clarificaciones que el Catecismo de la Iglesia Católica expresa en estos puntos:

  • La resurrección es la restitución de la vida incorruptible a nuestros cuerpos, reuniéndolos a nuestras almas por la virtud de la resurrección de Jesús.[39]
  • Todo hombre resucitará: para la vida si sus obras fueron buenas, para la condenación si sus obras fueron malas.[40]
  • El cómo de la resurrección “sobrepasa nuestra imaginación y nuestro entendimiento, no es accesible más que por la fe;”[41] la única descripción atendible consiste en el proponer las comparaciones bíblicas de la siembra en el cuerpo corruptible y de la resurrección en un cuerpo incorruptible;[42]
  • el cuándo de la resurrección es un misterio íntimamente asociado a la venida gloriosa de Cristo al final de los tiempos;[43] la vida cristiana en la Tierra es, desde ahora, una participación en la muerte y en la resurrección de Cristo por medio de las obras con que, dejando el hombre viejo, se vive como resucitados.[44]

El segundo aspecto que el Catecismo de la Iglesia Católica trata[45] es el misterio de la muerte[46] la cual “en un sentido es natural, pero por la fe sabemos que realmente es “salario del pecado.”[47]

Los aspectos que el Catecismo de la Iglesia Católica presenta con respecto a la muerte son, fundamentalmente, los siguientes:

  • La muerte es “separación del alma y el cuerpo.”[48] En este sentido hay que precisar que la Iglesia, hablando de alma y cuerpo, no pretende presentar una antropología dualista de tipo platónico. Basta pensar en la carta Recentiores de la Congregación para la Doctrina de la Fe del 17 de mayo de 1979. La muerte está considerada antropológicamente como el fin del hombre “entero”, quedando a salvo el hecho que el ‘yo humano’ (o alma) subsiste más allá de la muerte, en espera de reunirse con su cuerpo transfigurado al final de los tiempos.
  • La muerte es el final de la vida terrena: es decir que está cargada de un significado antropológico de limitación y de finitud del hombre, que se abre a una necesidad de eternidad, a la que sólo Dios puede dar respuesta en Cristo Jesús.[49]
  • La muerte entró en el mundo a causa del pecado.[50] Aunque el hombre poseyera una naturaleza mortal, Dios lo destinaba a no morir. La naturaleza humana cayó en la mortalidad a causa del pecado. Sólo la victoria de Cristo ha transformado la condición de miseria en la que el hombre había caído.[51] Además es importante la Lex orandi, es decir, la Liturgia: “Las exequias cristianas.”[52]
  • Sólo en y por Cristo la dramaticidad antropológica de la muerte se transforma en “una ganancia.”[53] Por el bautismo, el cristiano está ya sacramentalmente ‘muerto con Cristo’, se une plenamente a la Pascua del Señor con la muerte física.[54]

Esta experiencia es para el creyente un llamado de Dios, ya que en la muerte, Dios llama al hombre hacia Sí. Es el fin de la peregrinación terrena, en el que la vida ‘no termina, se transforma’, al que hay que prepararse espiritualmente con la oración y una vida santa.[55]

Coherentemente con la antropología utilizada,[56] el Catecismo de la Iglesia Católica explica nuestra resurrección como la reunión de nuestros cuerpos con las almas “por la virtud de la resurrección de Jesús.”[57] Resucitar es llegar a la forma definitiva de vida que en Cristo nos ha sido indicada: su presente es nuestro futuro.

Podemos resumir así la doctrina de la resurrección de la carne según el Catecismo de la Iglesia Católica: la resurrección de la carne es una restitución de la vida al hombre entero, alma y cuerpo, o también ‘espíritu encarnado’ (dimensión antropológica); los hombres resucitan, a imagen y como miembros de Cristo resucitado (dimensión cristológica); todo hombre en la resurrección de la carne tendrá su cuerpo,[58] resucitando con su identidad y reunificando alma y cuerpo (identidad corpórea).

Podemos destacar el rechazo de toda postura reencarnacionista: “La muerte es el fin de la peregrinación terrena del hombre, del tiempo de gracia y de misericordia que Dios le ofrece para realizar su vida terrena según el designio divino y para decidir su último destino. Cuando ha tenido fin ‘el único curso de nuestra vida terrena’[59] ya no volveremos a otras vidas terrenas. ‘Está establecido que los hombres mueran una sola vez.’[60] No hay reencarnación después de la muerte.”[61]

Retoma la enseñanza el Papa Juan Pablo II: “La revelación cristiana excluye la reencarnación, y habla de un cumplimiento que el hombre está llamado a realizar en el curso de una única existencia sobre la tierra […] Por tanto, el hombre halla en Dios la plena realización de sí: ésta es la verdad revelada por Cristo”.[62]

También: “Podemos admitir que la idea de una reencarnación brota del intenso deseo de inmortalidad y de la percepción de la existencia humana como ‘prueba’ con miras a un fin último, así como de la necesidad de una purificación completa para llegar a la comunión con Dios. Sin embargo, la reencarnación no garantiza la identidad única y singular de cada criatura humana como objeto del amor personal de Dios, ni la integridad del ser humano como ‘espíritu encarnado’”.[63]

La reflexión del Catecismo de la Iglesia Católica acerca de la muerte y de la resurrección de la carne se abre hacia el ‘puerto final’ donde todos son llamados (por parte de Dios) a desembarcar (vocación universal a la santidad) para la vida eterna, como gozosa y agradecida celebración del triunfo de la Vida.

Artículo 12. “Creo en la vida eterna”

“El cristiano que une su propia muerte a la de Jesús ve la muerte como una ida hacia Él y la entrada en la vida eterna.”[64] Llegamos al último capítulo de la reflexión de la Iglesia sobre ‘sí misma’: la meta final, la vida eterna.[65] Se trata del artículo del Credo que concierne el estado final de los creyentes, las realidades últimas.

Se habla, por tanto, del “Juicio particular,”[66] del “Cielo”[67] de “la Purificación final o Purgatorio,”[68] del “Infierno”[69] y, finalmente, del “Juicio final”[70] con los “Cielos nuevos y la tierra nueva.”[71]

Vamos a presentar cada uno de los ‘novísimos’ para destacar la perspectiva emergente del Catecismo de la Iglesia Católica, que retoma algunas líneas de fondo de la Tradición viva de la Iglesia, intentando una expresión renovada con un lenguaje bíblico y esencial.

El Juicio Particular

El Nuevo Testamento habla del juicio principalmente en la perspectiva del “encuentro final con Cristo en su segunda venida; pero también asegura reiteradamente la existencia de la retribución inmediata después de la muerte de cada uno como consecuencia de sus obras y de su fe.”[72]

Notamos que el Catecismo supone la antropología ‘dual’,[73] ya que vuelve a hablar del alma separada a propósito del juicio particular: “Cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo,

  • bien a través de una purificación, Concilio de Lyon[74]; Concilio de Florencia;[75] Concilio de Trento,[76]
  • bien para entrar inmediatamente en la bienaventuranza del cielo,[77]
  • bien para condenarse inmediatamente para siempre.[78]

El Cielo

El Catecismo de la Iglesia Católica habla del premio eterno, en los términos de un “estar con Cristo”, donde “los elegidos viven ‘en Él’, aún más, tienen allí, o mejor, encuentran allí, su verdadera identidad, su propio nombre;”[79] “el cielo es la comunidad bienaventurada de todos los que están perfectamente incorporados a Él (el Cristo.)”[80]

La perspectiva cristológica del Catecismo de la Iglesia Católica tiende a subrayar la relación de los bienaventurados con Cristo, evitando formas de despersonalización, de confusión o de pérdida de identidad.

La visión beatífica de los elegidos es también ella un don de Dios, posible sólo cuando y porque “Él mismo abre su misterio a la contemplación inmediata del hombre y le da la capacidad para ello” como manifestación gratuita de su misterio trascendente e infinito.[81]

“Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con Ella, con la Virgen María, los Ángeles y todos los bienaventurados se llama ‘el cielo.’”[82] En este sentido “Por cielo se entiende el estado de felicidad suprema y definitiva.”[83]

El Purgatorio

Los hombres “que mueren en la gracia y en la amistad con Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del Cielo”[84] Esta purificación es llamada por la Iglesia Purgatorio o ‘fuego purificador’[85] todo centrado en el amor-caridad y es algo completamente distinto, ya que no tiene nada que ver, con el castigo de los condenados.

La ‘verdad’ y doctrina del Purgatorio, que tiene sus raíces en algunos textos de la Escritura, en la Tradición y en la práctica de las oraciones de sufragio por los difuntos, tiene su definición magisterial en los Concilios de Florencia[86] y de Trento.[87]

El Infierno

“No podemos estar unidos con Dios” salvo que elijamos libremente amarlo.[88] También en este caso la perspectiva con que el Catecismo de la Iglesia Católica toma en consideración el estado de los condenados es la de una relación con Cristo, en este caso de rechazo. El Catecismo de la Iglesia Católica reafirma decididamente la fe de la Iglesia en la existencia del infierno y de su eternidad,[89] que encuentra su motivación en los reiterados discursos de Jesús acerca de la posibilidad real de condenación.[90] Supone la verdad de ‘la posibilidad real de la salvación en Cristo para todos los hombres;’[91] mientras que la condenación eterna es una posibilidad real basada en la libertad humana de optar por el bien o por el mal.[92] Por tanto, reafirmará el Papa Juan Pablo II: “La condenación sigue siendo una posibilidad real, pero no nos es dado conocer, sin especial revelación divina, si los seres humanos, y cuáles,[93] han quedado implicados efectivamente en ella […] El pensamiento del infierno […] representa una exhortación necesaria y saludable a la libertad, dentro del anuncio de que Jesús Resucitado ha vencido a Satanás, dándonos el Espíritu de Dios, que nos hace invocar ‘Abba, Padre.’”[94]

 “La existencia del infierno quiere ser también llamado a la responsabilidad, a la conversión y a las obras de justicia y caridad. Apela a la total y libre responsabilidad del hombre para evitar una eventual condenación, como consecuencia del pecado mortal, en el cual el hombre quiera persistir hasta el final. Benedicto XVI nos recuerda: “Jesús vino para decirnos que quiere que todos vayamos al paraíso, y que el infierno, del que se habla poco en nuestro tiempo, existe y es eterno para los que cierran el corazón a su amor”.[95] La voluntad misericordiosa de Dios, en efecto, no quiere “que nadie perezca, sino que todos lleguen a la conversión.[96]

La verdad del infierno eterno supone la existencia y la acción del maligno: “El maligno intenta siempre arruinar la obra de Dios, sembrando división en el corazón humano, entre cuerpo y alma, entre el hombre y Dios, en las relaciones interpersonales, sociales, internacionales, y también entre el hombre y la creación. El maligno siembra guerra; Dios crea paz.”[97]

El Juicio Final y el cosmos renovado

El Juicio Final es, según la doctrina católica, la manifestación del “bien que cada uno haya hecho o haya dejado de hacer durante su vida terrena.”[98] Dicho juicio acontecerá en coincidencia con la venida gloriosa de Nuestro Señor Jesucristo.[99] Siempre en esta perspectiva, se trata esta verdad de fe en la parte cristológica del Catecismo de la Iglesia Católica: “Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y a muertos.”[100]

Es un misterio cuándo sucederá, pero hará comprender el sentido de toda la historia y los caminos admirables por los que la Providencia habrá conducido los acontecimientos; será el triunfo de la justicia de Dios sobre todas las injusticias cometidas por sus criaturas. Esto llama a los hombres a la conversión cotidiana, al santo temor de Dios, a las obras de justicia y de caridad.[101]

Después del Juicio final, los justos reinarán para siempre con Cristo, glorificados en cuerpo y alma y el mismo universo será renovado.[102] Se realizará plenamente la comunión de todos los hombres en unidad, sin las heridas del egoísmo, del pecado y de las pasiones.[103] El cosmos, el universo visible será transformado, participando en la glorificación de Jesucristo resucitado.[104]

Podemos así resumir la doctrina de la Iglesia concerniente a la Vida eterna.

La escatología es vista como una relación del hombre con Cristo. Cada “novísimo” es presentado por el Catecismo de la Iglesia Católica como una particular relación del hombre con Cristo, quien juzga, purifica, salva a quien ‘se deja’ salvar.

Los ‘novísimos’ tienen un carácter cósmico-comunitario, por lo cual la salvación, la purificación o la condenación no van consideradas como experiencias individuales, sino como dimensiones que involucran a todos los hombres y el entero universo, llamado a transfigurarse en una ‘nueva creación’. Se puede notar que, de acuerdo con el Vaticano II, la verdad escatológica viene asumida por el Catecismo como horizonte esencial del hecho cristiano, superando la ubicación sectorial de la escatología, a menudo marginada en apéndice de los distintos tratados de la teología preconciliar.

Eligiendo el misterio pascual como núcleo generador de la propia escatología, el Catecismo de la Iglesia Católica

  • por un lado abre al horizonte escatológico todos los contenidos dogmáticos (escatologización de la teología),
  • por el otro vuelve a centrar cristológicamente todos los datos de lo escatológico cristiano (cristologización de la escatología).

En el Catecismo de la Iglesia Católica no se habla del “limbo”, mientras se afirma explícitamente que “la gran misericordia de Dios, que quiere que todos los hombres se salven[105] y la ternura de Jesús con los niños[106] nos permiten confiar en que haya un camino de salvación para los niños que mueren sin bautismo.”[107]

Afirmaciones liberadoras se leen con relación al “fin del mundo”: en el n. 1047 se habla no de aniquilación, sino de transformación del universo visible. El n. 1048 transcribe Gaudium et Spes, n. 39 hablando de la consumación de la Tierra y de la humanidad, donde el verbo latino consummare no significa terminar o tener fin, consumir (en latín el verbo sería consumere), sino “llevar ad summum”, es decir llevar a plenitud, a la máxima perfección.[108]

Recordamos aquí los textos principales del Concilio Vaticano II:

Lumen Gentium,[109] presta más atención a la meta trascendente y definitiva de la vida personal y de la historia humana misma, tal como Dios nos la ha revelado: la Iglesia del Cielo;[110] para la Iglesia y la humanidad peregrina se trata de la plenitud “todavía no” alcanzada. Gaudium et Spes,[111] que nos presenta el camino de la humanidad por el mundo y la historia.[112] Parece acentuar más el “ya”, el camino, con la recuperación de la continuidad en la discontinuidad entre el compromiso por el progreso humano temporal y el Reino de Dios.

A nivel de Iglesia universal

Como conclusión del presente aporte hacemos referencia:

  • al Papa Benedicto XVI, quien reafirma en muchas oportunidades el patrimonio de fe ‘escatológica’ del Catecismo de la Iglesia Católica, remitiendo en su Encíclica Spe Salvi[113] a los numerales del mismo Catecismo.[114]
  • al Papa Francisco: “Ser cristianos significa creer que Cristo ha resucitado verdaderamente de entre los muertos. Toda nuestra fe se basa en esta verdad fundamental, que no es una idea sino un acontecimiento. También el misterio de la Asunción de María en cuerpo y alma se inscribe completamente en la resurrección de Cristo. La humanidad de la Madre ha sido “atraída” por el Hijo en su paso a través de la muerte. Jesús entró definitivamente en la vida eterna con toda su humanidad, la que había tomado de María; así ella, la Madre, que lo ha seguido fielmente durante toda su vida, lo ha seguido con el corazón, ha entrado con Él en la vida eterna, que llamamos también Cielo, Paraíso, Casa del Padre”.[115]

A nivel de Iglesia en América Latina

A algunas pautas eclesiológicas ofrecidas por el Papa Francisco al CELAM el 9 de julio de 2013 en Rio de Janeiro:

“5.1. El discipulado-misionero que Aparecida propuso a las Iglesias de América Latina y el Caribe es el camino que Dios quiere para este ‘Hoy’. […] Dios es real y se manifiesta en el ‘hoy’. Hacia el pasado su presencia se nos da como ‘memoria’ de la gesta de salvación sea en su pueblo sea en cada uno de nosotros; hacia el futuro se nos da como ‘promesa’ y esperanza […] El ‘hoy’ es lo más parecido a la eternidad; más aún: el ‘hoy’ es chispa de eternidad. En el ‘hoy’ se juega la vida eterna […] el discípulo-misionero vive tensionado hacia las periferias… y la eternidad en el encuentro con Jesucristo”.[116]

La escatología en el Catecismo de la Iglesia Católica parece oscilar entre la simbología tradicional y la visión gozosa “de la tierra nueva y de los cielos nuevos” en los que los anhelos de la humanidad serán perfectamente saciados y el designio paterno de Dios tendrá su cumplimento. Mientras tanto, alentando nuestra esperanza, la Iglesia nos hace rezar: “Te pedimos, oh Señor Dios nuestro, prepara nuestros corazones con tu poder divino, para que, cuando venga Jesucristo tu Hijo, seamos encontrados dignos del Banquete de la Vida eterna y merezcamos, sirviéndonos Él mismo, recibir el alimento celestial.”[117]

Dado en el Aula Magna de la Facultad de Teología del Uruguay Monseñor Mariano Soler el Jueves 13 de junio de 2013.

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Mons. Antonio Bonzani Adorna

[1] San Agustín, “Nondum video pulchritudinem Creatoris, sed extremam pulchritutidem creaturarum. Quod non video credo, credendo amo, et amando video” idem, Sermón 65 A, 4, en idem, Obras Completas de San Agustín, Sermones; 2º; pp51-116), BAC, Madrid, 1983, tomo X, pp. 248-261, aquí p. 251.

[2] Miembro do Comité Científico del II Simposio sobre el Pensamento de Joseph Ratzinger, de Rio de Janeiro, 2012. Capellán de Su Santidad, profesor ordinario de teología dogmática y rector de la Facultad de Teología del Uruguay en Montevideo.

[3] Benedicto XVI, Discurso en la bendición de las antorchas, explanada del Santuario de Fátima, 12 de mayo de 2010. también: “Como sabemos, en vastas zonas de la tierra la fe corre peligro de apagarse como una llama que ya no encuentra alimento. Estamos ante una profunda crisis de fe, ante una pérdida del sentido religioso, que constituye el mayor desafío para la Iglesia de hoy. Por lo tanto, la renovación de la fe debe ser la prioridad en el compromiso de toda la Iglesia en nuestros días. Deseo que el Año de la fe contribuya, con la colaboración cordial de todos los miembros del pueblo de Dios, a hacer que Dios esté nuevamente presente en este mundo y a abrir a los hombres el acceso a la fe, a confiar en ese Dios que nos ha amado hasta el extremo (cf. Juan 13,1), en Jesucristo crucificado y resucitado” (Benedicto XVI, Discurso a los participantes en la plenaria de la Congregación para la Doctrina de la Fe, 27 de enero de 2012). Anteriormente había expresado con las mismas palabras la misma preocupación: “En nuestro tiempo, en el que en amplias zonas de la tierra la fe está en peligro de apagarse como una llama que no encuentra ya su alimento, la prioridad que está por encima de todas es hacer presente a Dios en este mundo y abrir a los hombres el acceso a Dios”. (Benedicto XVI, “Carta a los obispos de la Iglesia Católica sobre la remisión de la Excomunión de los cuatro obispos consagrados por el arzobispo Lefevre”, el 10 de marzo de 2009).

[4] Porta Fidei, n. 9 || Juan Pablo II, Fidei Depositum, Constitución Apostólica en forma de motu proprio, 11 octubre de 1992.

[5] Porta Fidei, n. 10.

[6] Juan Pablo II, Fidei Depositum, Constitución Apostólica del 11 octubre de 1992 en: Actae Apostolicae Sedis 86 ; 1994; pp. 115 y 117.

[7] Benedicto XVI, Porta Fidei, Carta Apostólica del 11 de octubre de 2011, n. 11-12.

[8] San Agustín, De Trinitate XIII, 2, 5.

[9] Creer viene de credere que significa cor dare, es decir “dar el corazón”.

[10] Porta Fidei, 14. || también Benedicto XVI, Justificado por la fe: la centralidad de Cristo, Catequesis del Miércoles 8 de noviembre de 2006: “San Pablo nos ayuda a comprender el valor fundamental e insustituible de la fe. En la carta a los Romanos escribe: “Pensamos que el hombre es justificado por la fe, sin las obras de la ley? (Romanos 3,28). Y también en la carta a los Gálatas: “El hombre no se justifica por las obras de la ley sino sólo por la fe en Jesucristo; por eso nosotros hemos creído en Cristo Jesús a fin de conseguir la justificación por la fe en Cristo, y no por las obras de la ley, pues por las obras de la ley nadie será justificado? (Romanos 2,16). “Ser justificados” significa ser hechos justos, es decir, ser acogidos por la justicia misericordiosa de Dios y entrar en comunión con él; en consecuencia, poder entablar una relación mucho más auténtica con todos nuestros hermanos: y esto sobre la base de un perdón total de nuestros pecados. Pues bien, San Pablo dice con toda claridad que esta condición de vida no depende de nuestras posibles buenas obras, sino solamente de la gracia de Dios: “”Somos justificados gratuitamente por su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús” (Romanos 3, 24)”. también idem, La doctrina de la justificación. De las obras a la fe, Catequesis del miércoles 19 de noviembre de 2008; idem, La doctrina de la justificación. De la fe a las obras, Catequesis del miércoles 26 de noviembre de 2008.

[11] Jean-Yves Lacoste – Nicolas Lossky, en: Dictionnaire critique de Théologie, Presses Universitaires de France, 1998, p. 479. El Papa Benedicto XVI en Porta Fidei afirma: “a fe es decidirse a estar con el Señor para vivir con Él”(n. 10) y “es el encuentro con una Persona que vive en la Iglesia” (n. 11).

[12] Mateo 9, 20-21.

[13] Mateo 9, 22.

[14] Lucas 17, 19.

[15] Benedicto XVI, Lectio Divina, durante el encuentro con el clero de Roma por el inicio de la cuaresma el jueves 23 de febrero de 2012.

[16] Romanos 10,10.

[17] por ejemplo, San Anselmo, Epistola de Incarnatione Verbi, I.

[18] In com. 1Corintios 15.

[19] Juan Pablo II, Reconciliatio et Paenitentia. Exhortación Apostólica Post-Sinodal sobre la Reconciliación y la Penitencia en la Misión de la Iglesia hoy, del domingo 2 de diciembre de 1984, n. 26.

[20] Ver: San Francisco de Asís, Cántico de las Criaturas, Fuentes Franciscanas, p. 263. Recordamos la visita pastoral del Papa Benedicto XVI a Asís el domingo 17 de junio de 2007, en L’Osservatore Romano es del 29 de junio de 2007.

[21] La auto-comprensión explícita del Magisterio Pontificio acerca del valor doctrinal del Catecismo de la Iglesia Católica, aprobado el 25 de junio de 1992 por el Papa Juan Pablo II, se manifiesta de manera inequívoca cuando él mismo lo entrega a toda la Iglesia declarando “cuya publicación ordeno hoy en virtud de la autoridad apostólica, es una exposición de la fe de la Iglesia y de la doctrina católica, atestiguadas o iluminadas por la Sagrada Escritura, la Tradición apostólica y el Magisterio eclesiástico. Lo reconozco como un instrumento válido y autorizado al servicio de la comunión eclesial y como norma segura para la enseñanza de la fe […] que (pastores de la Iglesia y fieles) lo utilicen constantemente cuando realizan su misión de anunciar la fe y llamar a la vida evangélica […] La aprobación y la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica constituyen un servicio que el sucesor de Pedro quiere prestar a la Santa Iglesia Católica […] el de sostener y confirmar la fe de todos los discípulos del Señor Jesús (Lucas 22,23)…”, Juan Pablo II, Fidei Depositum, Constitución Apostólica para la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica escrito en orden a la aplicación del Concilio Ecuménico Vaticano II, del 11 de octubre de 1992, n. 4. también Juan Pablo II, Laetamur magnopere, Carta Apostólica del 15 de agosto de 1997 con la que promulga la edición típica en latín del Catecismo de la Iglesia Católica (la edición original del 1992 era en francés). En dicha Carta el Papa Beato ofrece el Catecismo de la Iglesia Católica “como una exposición completa e integra de la doctrina católica, que permite que todos conozcan lo que la Iglesia misma profesa, celebra, vive y ora en su vida diaria”. En efecto, comprende el Catecismo como “nueva exposición autorizada de la única y perenne fe apostólica,” también idem, Discurso en la ceremonia de presentación del nuevo texto, el 8 de setiembre de 1997: “encomiendo ahora este texto definitivo y normativo a toda la Iglesia, en particular a los Pastores de las distintas diócesis esparcidas en el mundo: en efecto son ellos los principales destinatarios de este Catecismo […] Los teólogos podrán encontrar en el Catecismo una autorizada referencia doctrinal para su incansable investigación” (n. 1. 2).

[22] Ver Juan Pablo II, Fidei Depositum. Constitución Apostólica para la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica escrito en orden a la aplicación del Concilio Ecuménico Vaticano II, del 11 de octubre de 1992, n. 4, en: Catecismo de la Iglesia Católica , Montevideo, 1992, Ed. Lumen, p. 13. En esta edición de Montevideo destacamos la importancia de la carta de la Conferencia Episcopal del Uruguay que presenta el Catecismo, firmada el 11 de noviembre e 1992; pp. 3-8.

[23] Ver, por ejemplo, en L’Osservatore Romano es del 18 de octubre de 2002, p. 19, también Redazione, Il Catechismo dieci anni dopo, en Regno-Doc, Bologna, (2002) 19, pp. 600-611.

[24] Juan Pablo II, Discurso del 11 de octubre de 2002, en L’Osservatore Romano es del 18 de octubre de 2002, p. 18 s.

[25] Ver en L’Osservatore Romano es del 21 de marzo de 2003, p. 3. En la misma Carta el Papa nombraba al Card. Joseph Ratzinger presidente de la Comisión especial para la preparación del Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, que se termina el 20 de marzo de 2005, Domingo de Ramos y que el Papa Benedicto XVI entrega a la Iglesia el martes 28 de junio de 2005 como una síntesis fiel y segura del Catecismo de la Iglesia Católica ya que contiene, en modo conciso, todos los elementos esenciales y fundamentales de la fe de la Iglesia?. Benedicto XVI, Motu Proprio del 28 de junio de 2005.

[26] Cf, por ejemplo, la afirmación de Santo Tomás: “fides est eorum quae sunt supra rationem. Unde incipit articulus fidei, ibi deficit ratio (La fe concierne atiende lo que trasciende la razón. Donde comienza el artículo de la fe, allí la razón se queda.” (In com. Comentario de 1Corintios 15).

[27] Benedicto XVI, Porta Fidei, Carta Apostólica del 11 de octubre de 2011, nn. 11-12.

[28] Juan 7,16.

[29] Benedicto XVI, Homilía en la Misa crismal del Jueves Santo, 5 de abril de 2012. También afirma: “Podríamos decir que la nueva evangelización inició precisamente con el Concilio, que el beato Juan XXIII veía como un nuevo Pentecostés que haría florecer a la Iglesia en su riqueza interior y extenderse maternalmente hacia todos los campos de la actividad humana”. idem. Discurso a los nuevos obispos, jueves 20 de setiembre de 2012, en L’Osservatore Romano es del 30 de setiembre de 2012, p.5. Con referencia al Concilio recordamos: “que los textos dejados en herencia por los Padres conciliares, según las palabras del beato Juan Pablo II, no pierden su valor ni su esplendor. Es necesario leerlos de manera apropiada y que sean conocidos y asimilados como textos cualificados y normativos del Magisterio, dentro de la Tradición de la Iglesia. Siento más que nunca el deber de indicar el Concilio como la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX. Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza?. Si lo leemos y acogemos guiados por una hermenéutica correcta, puede ser y llegar a ser cada vez más una gran fuerza para la renovación siempre necesaria de la Iglesia”. idem, Porta Fidei, Carta Apostólica del 11 de octubre de 2011, n. 5.

[30] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 988.

[31] Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 988-1019; Compendio, nn. 202-206.

[32] Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1020-1060; Compendio, nn. 207-216)

[33] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 911.

[34] 1Corintios 15,14.20.

[35] Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 992-1004.

[36] Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1005-1014.

[37] Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 204.

[38] Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 995.

[39] Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 997.

[40] Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 998.

[41] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Directorio sobre la piedad popular y la liturgia, Colección CELAM 164, Bogotá, 2002. Capítulo VII: Los Sufreagios de los Difuntos (pp. 235-247), aquí n. 255. “La Iglesia ofrece el sacrificio eucarístico por los difuntos con ocasión, no sólo de la celebración de los funerales, sino también en los días tercero, séptimo y trigésimo, así como en el aniversario de la muerte; la celebración de la Misa en sufragio de las almas de los propios difuntos es el modo cristiano de recordar y prolongar, en el Señor, la comunión con cuantos han cruzado ya el umbral de la muerte. El 2 de Noviembre, además, la Iglesia ofrece repetidamente el santo sacrificio por todos los fieles difuntos, por los que celebra también la Liturgia de las Horas”.

[42] 1Corintios 15.

[43] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1001.

[44] Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1002-1004; Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 125-131.

[45] Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1005-1014.

[46] Compendio nn. 205-206.

[47] Romanos 6,23; Génesis 2,17. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1006.

[48] Catecismo de la Iglesia Católica, n. nn. 997-1005.

[49] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1007.

[50] Génesis 2,17; 3,3.19; Sabiduría 1,13; Romanos 5,12; 6,23.

[51] Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1008-1009.

[52] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1000, nn. 1680-1690; Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica nn. 354-356. Ritual de los Sacramentos, Textos litúrgicos oficiales, BAC, Madrid, 1983, pp. 461 ss.

[53] Filemón 1,21.

[54] En esta perspectiva, el Catecismo de la Iglesia Católica habla de “la Pascua definitiva del cristiano, es decir, la que a través de la muerte hace entrar al creyente en la vida del Reino” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1680), dentro del tema de Las Exequias Cristianas (Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1680-1690), recordando oportunamente que “La muerte de un miembro de la comunidad (o el aniversario, el séptimo o el trigésimo día) es un acontecimiento que debe hacer superar las perspectivas de este mundo y atraer a los fieles a las verdaderas perspectivas de la fe en Cristo resucitado” (n. 1687).

[55] Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1010-1014).

[56]alma significa el principio espiritual del hombre” (Catecismo de la Iglesia Católica n. 363) y “La Iglesia enseña que cada alma espiritual es directamente creada por Dios” (Pío XII, enc. Humani Generis, 195: Enchiridion Symbolorum n. 3896; Pablo VI, El Credo del Pueblo de Dios, 8) “no es producida por los padres y que es inmortal” (Concilio de Letrán V, año 1513: Enchiridion Symbolorum 1440): “no perece cuando se separa del cuerpo en la muerte, y se unirá de nuevo al cuerpo en la resurrección final” (Catecismo de la Iglesia Católica n. 366). Santiago del Cura Elena, Reencarnación y fe cristiana, de varios autores., Pluralismo religioso en España, Sociedad de Educación Atenas, S.A., Madrid, 1997, pp. 513-564.

[57] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 997.

[58] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1016.

[59] Lumen Gentium, 48.

[60] Hebreos 9,27.

[61] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1013.

[62] Juan Pablo II, Tertio Millennio Adveniente, 9.

[63]Juan Pablo II, El Espíritu y el cuerpo espiritual resucitado. Catequesis del 4 de noviembre de 1998, en idem, Catequesis sobre el Credo (VI), Ed. Palabra, Madrid, 2000, p. 151.

[64] Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 207, n. 1020.

[65] El Catecismo de la Iglesia Católica A trata específicamente de “Nuestra Vocación a la Bienaventuranza” (nn. 1716-1729)

[66] Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1021-1022; Compendio, n. 208.

[67] Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1023-1029; Compendio, n. 209.

[68] Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1030-1032; Compendio, n. 210-211.

[69] Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1033-1037; Compendio, nn. 212-213.

[70] Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1038-1041; Compendio, nn. 214-215)

[71] Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1042-1050; Compendio, n. 216.

[72] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1021.

[73] Antonio Bonzani Adorna, Un Aporte del Teólogo Joseph Ratzinger/Benedicto XVI a “lo que hace el ser humano, humano”: la verdad del homo corpore et anima unus (Gaudium et Spes, 14, 1). Comunicación del jueves 8 de noviembre 2012 en el II Simposio sobre el Pensamento de Joseph Ratzinger Rio de Janeiro, 2012 de próxima publicación. “el alma pertenece al cuerpo como forma pero eso que es forma del cuerpo es espíritu, convirtiendo al hombre en persona y abriéndolo de cara a la inmortalidad. Este concepto de alma es algo radicalmente nuevo frente a todas las antiguas ideas sobre la psyché. Ese concepto es producto de la fe cristiana y de las exigencias que plantea el pensamiento”. también Catecismo de la Iglesia Católica n. 365 (Compendio , n.   69-70). El Prof. Ratzinger insiste aclarando: “puesto que se trata de algo central, vamos a repetirlo de otra manera: el concepto de alma tal como lo hemos utilizado en la liturgia y la teología hasta el Vaticano II tiene tan poco que ver con la Antigüedad como la idea de resurrección. Se trata de un concepto estrictamente cristiano, y sólo ha podido formularse de ese modo sobre el terreno de la fe cristiana, cuya visión de Dios, del mundo y del hombre es expresada por dicho concepto en el ámbito de la antropología”. Joseph Ratzinger, Escatología, Barcelona, Herder, 2007, p. 167.

[74] Concilio de Lyon: Enchiridion symbolorum nn. 857-858. || El Enchiridion Symbolorum, cuyo título completo es “Enchiridion symbolorum, definitionum et declarationum de rebus fidei et morum”, es una recopilación católica del magisterio de la Iglesia, elaborada y publicada inicialmente por el jesuita Heinrich Joseph Dominicus Denzinger en 1854. Es la principal referencia teológica en lo que se refiere al Magisterio eclesiástico, donde están recopiladas las verdades dogmáticas. La primera edición del Denzinger —abreviado con la letra D— (Würzburg, 1854) era un manual que contenía una colección de 128 documentos dogmáticos, que incluía los decretos principales y definiciones de concilios, lista de proposiciones condenadas, etc. Se inicia con las formas más antiguas del Credo de los Apóstoles. La sexta edición, el última que ocupó a Denzinger, incluyó 202 documentos. Después de la muerte de Denzinger el 19 junio de 1883, otros autores acometieron la tarea de actualizar la obra, que ha sido revisada y reeditada más de treinta veces.En 1963, tras requisitos adicionales por las editoriales con la 32ª edición, el padre jesuíta Adolf Schönmetzer realizó una nueva edición del Enquiridio de los Símbolos. Amplió el número y el orden de los documentos.La última edición (38ª) incorpora los documentos del Concilio Vaticano II y otros, incluidas las encíclicas papales, hasta 1995. El contenido de la obra se organiza cronológicamente, relacionado con los reinados de los sucesivos papas. El último en acometer tal tarea es Peter Hünermann (Denziger-Hünermann), cuyo trabajo ha levantado cierta polémica por la laxitud de sus opiniones como teólogo y su crítica por la decisión de Benedicto XVI con la FSSPX. El Enchiridion Symbolorum suele citarse con la abreviatura Denz.3 o, para la edición de 1963, DS (de Denzinger-Schönmetzer, por A. Schönmetzer, su editor). La Comisión Teológica Internacional en 1990 expresa la convicción que los conceptos expresados por los términos alma y cuerpo no pueden ser considerados como préstamos helenísticos, en cuanto se encuentran ya en algunos pasajes del Nuevo Testamento y en el uso judeo-cristiano, sino que dichos términos son elementos clave para la expresión de la fe y para su anuncio, así como para la comprensión del destino del hombre después de la muerte, en la espera de la resurrección’. La misma Comisión pidió la recuperación de la terminología tradicional como elemento precioso para la enseñanza de la fe al Pueblo de Dios. Es así que la nueva editio typica tertia del Missale Romanum del 2002 retomó el términ ‘alma’ en 30 oraciones. Maurizio Barba, Il ritorno del’anima nell’eucologia delle Missae Defunctorum, en Ecclesia Orans, Roma, 20 (2003) pp. 209-233, aquí p. 216.

[75] Enchiridion symbolorum, nn. 1304-1306.

[76] Enchiridion symbolorum, n. 1820.

[77] Benedicto XII: Enchiridion symbolorum nn. 1000-1001; Juan XXII: Enchiridion symbolorum n. 990.

[78] Benedicto XII: Enchiridion symbolorum, n. 1002, Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1022.

[79] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1025.

[80] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1026.

[81] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1028.

[82] Catecismo de la Iglesia Católica n. 1024.

[83] Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 209.

[84] Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1030.

[85] Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1031.

[86] Dignitatis Humanae, n. 1304.

[87] Dignitatis Humanae, nn. 1580 y 1820.

[88] Dignitatis Humanae, n. 1033.

[89] Dignitatis Humanae, n. 1035.

[90] Dignitatis Humanae, n. 1034.

[91] Redemptoris Missio n. 9.

[92] El aporte de Erio Castellucci, Le realtà future, en Sacra Doctrina, Bologna, 43;1998; 3-4, p. 289.

[93] Si es posible saber sólo por especial revelación divina, no puede ser por una Revelación pública (DV 4: “no hay que esperar otra revelación pública antes de la gloriosa manifestación de Jesucristo nuestro Señor”), por tanto, no podrá ser más que privada. Pero el Papa no dice que ya se dio alguna vez, como en el caso de Fátima o de Santa Faustina Kowalska (m. 1938), según la cual el infierno es poblado por tantos que no creían que existiera; o Santa Margarita María Alacoque (m. 1690) que lamenta la damnación de muchos religiosos. Manfred Hauke, Sperare per tutti? Il ricorso all’esperienza dei santi nell’ultima grande controversia di Hans Urs von Balthasar, en Rivista Teologica di Lugano, Lugano, VI (2001), pp. 195-220, aquí p. 211. Una buena guía a la bibliografía clásica y reciente acerca de los criterios de la autenticidad de revelaciones proféticas se encuentra en Pierre Adnes, Révélatios privées, en Dictionnaire de Spiritualité, n. 13 (1987) pp. 482-492; Jean Galot, SJ, Le apparizioni private nella vita della Chiesa, La Civiltà Cattolica, Roma, p,136;1985; c 3235, pp. 19-33. Más reciente Giandomenico Mucci, Rivelazioni private e apparizioni, LDC-La Civiltà Cattolica, Roma, 2000. también Congregación para la Doctrina de la Fe a las Normas sobre el modo de proceder en el discernimiento de presuntas apariciones y revelaciones, aprobado por el Siervo de Dios, el Papa Paulo VI el 24 de febrero de 1978 y emanado por el Dicasterio el día 25 de febrero de 1978. Ciudad del Vaticano, 14 de diciembre de 2011. Gianpaolo Salvini SJ, Il discernimento di presunte apparizioni, en La Civiltà Cattolica, Roma, 164; 2013; 3902, pp. 160-166.

[94] Romanos 8,15; Gálatas 4,6 || Juan Pablo II, “Catequesis sobre el Infierno”, Miércoles 28 de julio 1999, n. 4. La terminología: Posibilidad real de la condenación eterna, la encontramos en Comisión Teológica Internacional, Problemas actuales de escatología, n. 10. 3. también Congregación para la Doctrina de la Fe, “El Mensaje de Fátima,” del 13 de mayo de 2000.

[95] Benedicto XVI, “Homilía del domingo 25 de marzo” en L’Osservatore Romano es del 30 de marzo de 2007, pp. 8-10, p. 10.

[96] 2Pedro 3,9; (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1037) Acerca del infierno Juam Pablo II, El Infierno como rechazo definitivo de Dios, “Catequesis del miércoles 28 de julio” en L’Osservatore Romano esp. del 30 de julio de 1999, p. 3. “No se trata de un castigo de Dios infligido desde el exterior […] es la situación en que se sitúa definitivamente quien rechaza la misericordia del Padre incluso en el último instante de su vida. La redención sigue siendo un ofrecimiento de salvación que corresponde al hombre acoger con libertad. […] Por eso, la condenación no se ha de atribuir a la iniciativa de Dios, dado que en su amor misericordioso Él no puede querer sino la salvación de los seres que ha creado. En realidad, es la criatura la que se cierra a su amor. La condenación consiste precisamente en que el hombre se aleja definitivamente de Dios, por elección libre y confirmada con la muerte, que sella para siempre esa opción. La sentencia de Dios ratifica ese estado”. Anteriormente había afirmado: “Solo quien haya rechazado la salvación, ofrecida por Dios con una misericordia ilimitada, se encontrará condenado, porque se habrá condenado a sí mismo”. idem, “Juicio y misericordia”, Catequesis del 7 de julio de 1999.

[97] Benedicto XVI, “Angelus del domingo 22 de julio de 2012”, en L’Osservatore Romano es del 29 de julio de 2012, p. 1.

[98] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1039)

[99] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1046.

[100] Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 668-682.

[101] Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1040-1041.

[102] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1042.

[103] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1045.

[104] Romanos 8,19-23; Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1046-1047.

[105] 1Timoteo 2, 4.

[106] Marcos 10,14.

[107] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1261. Para el texto en original y castellano, ver la sección de la Comisión Teológica Internacional en el sitio web de la Santa Sede de Roma y también, La esperanza de salvación para los niños que mueren sin Bautismo; del 19 de abril de 2007, BAC, Madrid, 2007. El documento, reconociendo que “la teoría del limbo… continúa siendo una opinión teológica posible”, afirma que “puede haber otros caminos que integren y salvaguarden los principios de fe fundados en la Escritura: (a) la creación del ser humano en Cristo y su vocación a la comunión con Dios; (b) la voluntad salvífica universal de Dios; (c) la transmisión y las consecuencias del pecado original; (d) la necesidad de la gracia para entrar en el Reino de Dios y alcanzar la visión de Dios; (e) la unicidad y la universalidad de la mediación salvífica de Jesucristo; la necesidad del Bautismo para la salvación. No se llega a estos otros caminos modificando los principios de la fe o elaborando teorías hipotéticas; más bien buscan una integración y una reconciliación coherente de los principios de la fe bajo la guía del Magisterio de la Iglesia, atribuyendo un peso mayor a la voluntad salvífica universal de Dios y a la solidaridad en Cristo (Gaudium et Spes 22), para motivar la esperanza de que los niños que mueren sin el Bautismo pueden gozar de la vida eterna en la visión beatífica. ibidem, n. 41.

[108] Temáticas escatológicas aparecen, también, en otros contextos doctrinales significativos, como, por ejemplo, tratando de la Eucaristía (nn. 1402-1405, n. 1419); de las exequias cristianas (nn. 1680-1690); del Padre Nuestro: “Venga tu Reino” (nn. 2816-2821, n. 2859).

[109] Lumen Gentium, VII nn. 48-51.

[110] Ecclesia Coelestis es el título real de todo el capítulo VII de Lumen Gentium.

[111] Gaudium et Spes, III 33-39; también Apostolicam Actositatem, 5,7.

[112] Sobre la necesidad de leer en la GS los “pasajes que tratan de mostrar con todo el realismo de la fe la situación del pecado en el mundo contemporáneo y explicar también su esencia partiendo de diversos puntos de vista”, Juan Pablo II, Dominum et Vivificantem, Carta Encíclica del 18 de mayo de 1986; en el n. 29 indica los nn. 10, 13, 27, 37, 63, 73, 79, 80 de la Gaudium et Spes.

[113] Benedicto XVI, Spe Salvi, Carta Encíclica del 30 de noviembre de 2007. Acerca de la Encíclica, cf, por ejemplo, Guzmán Carriquiry Lecour, América, el Continente de la Esperanza, bajo la luz de la Spe Salvi, en publ. Soleriana, Montevideo pp. 35-36 (2010-2011) nn. 31-32, pp. 23-42. también, Santiago del Cura Elena, Spe Salvi y la Escatología cristiana, en Santiago Madrigal (ed.), El pensamiento de Joseph Ratzinger, teólogo y Papa, EP, Madrid, 2009, pp. 149-193; también Pablo Blanco Sarto, La teología de Joseph Ratzinger. Una introducción, publ. Palabra, Madrid, 2011, en particular: ‘El más allá’, pp. 263-285.

[114] Ver por ejemplo, en la II Parte (nn. 32-48): n. 32 la nota 25 remite al Catecismo de la Iglesia Católica n. 2657: El Espíritu Santo nos educa para orar en la esperanza; n. 43: la nota 33 remite explícitamente al Catecismo de la Iglesia Católica nn. 988-1004 (Creo en la resurrección de la carne); n. 43: la nota 34 remite al n. 1040: El Juicio Final; n. 45, la nota 37 a los nn. 1033-1037: el Infierno; n. 45 la nota 38 a losnn. 1023-1029: el Cielo; n. 47 la nota 39 a los n. 1030-1032: la Purificación Final o Purgatorio; n. 48 la nota 40 a n. 1032: La Purificación Final o Purgatorio.

[115] Francisco, Homilía del 15 de agosto de 2013. Recordamos algunas catequesis del mismo Papa Francisco, especialmente la Catequesis del miércoles 27 de noviembre de 2013, sobre la muerte: “prepararse bien a la muerte, estando cerca de Jesús”; la Catequesis del miércoles 4 de diciembre de 2013, cuando explicaba: “¿qué significa resucitar? La resurrección de todos nosotros tendrá lugar el último día, al final del mundo, por obra de la omnipotencia de Dios, quien restituirá la vida a nuestro cuerpo reuniéndolo con el alma, en virtud de la resurrección de Jesús. Ésta es la explicación fundamental: porque Jesús resucitó, nosotros resucitaremos”; también la Catequesis del 11 de diciembre de 2013, explicando la afirmación “Creo en la vida eterna”, aclara “en especial me detengo en el juicio final. No debemos tener miedo. Pero si nos cerramos al amor de Jesús, somos nosotros mismos quienes nos condenamos. La salvación es abrirse a Jesús, y Él nos salva”.

[116] Francisco, Discurso a los obispos del CELAM, Rio de Janeiro, domingo 28 de julio de 2013. L’Osservatore Romano es del 2 de agosto p. 15s

[117] Liturgia Horarum, Editio Typica, TPV, Roma, 1977, Tomo I, p. 142: Oratio de la I semana de Adviento, Feria IV: “Praepara, quaesumus, Domine Deus noster, corda nostra divina tua virtute, ut veniente Christo Filio tuo, digni inveniamur aeternae vitae convivio, et cibum caelestem, Ipso ministrante, percipere mereamur”. Lucas 12,36s: “Dichosos los siervos, que el Señor al venir encuentre despiertos, yo os aseguro que […] los hará ponerse a la mesa y, yendo de uno a otro, les servirá”.