cruz-cielo-azul.png

Daniel Iglesias Grèzes

Según la práctica tradicional de la Iglesia Católica, la catequesis presupone la fe. Dicho de otro modo: no se da catequesis a los no creyentes, sino a quienes ya han hecho un primer acto de fe cristiana y quieren prepararse para recibir el Bautismo: los catecúmenos, o bien a los bautizados que se preparan para recibir otro sacramento —por ejemplo, la Confirmación o la Primera Comunión. A los no creyentes se les dirige un primer anuncio del Evangelio que incluye una invitación a la conversión y al Bautismo. Sólo si el destinatario de este anuncio lo recibe positivamente aceptándolo, puede convertirse en catecúmeno. La catequesis es pues siempre una “segunda etapa” del proceso evangelizador.

A esto se suma otro hecho notable: casi todos los catecismos antiguos y modernos—incluso el actual Catecismo de la Iglesia Católica—tienen un estilo marcadamente enunciativo, no tanto argumentativo. Es decir, en general los catecismos dicen qué es lo que los cristianos deben creer, pero pocas veces explican, al menos de forma detallada, por qué deben creerlo. Se esfuerzan mucho más en presentar las verdades de la fe católica que en justificarlas o defenderlas.

La secularización experimentada durante los últimos siglos y agravada en las últimas décadas, sobre todo en las naciones de Occidente, ha planteado problemas muy serios a la catequesis. En la Cristiandad por lo común la fe católica se transmitía sin mayores dificultades de padres a hijos, con la ayuda del influjo de un sinnúmero de tradiciones o costumbres cristianas, que impregnaban los distintos aspectos y estamentos de la sociedad. La crisis espiritual y moral causada por la secularización ha cambiado radicalmente el panorama socio-cultural en los últimos 50 años. Hoy muchos de nuestros catequizandos provienen de familias más o menos alejadas de la Iglesia Católica, con conocimientos religiosos muy pobres, una práctica sacramental escasa o nula y un estilo de vida poco cristiano. Además, la sociedad secularizada tiende a influir fuertemente en sentido contrario a la labor catequética. En resumen, y con perdón de la franqueza brutal, muchos de nuestros catequizandos son casi paganos con algún barniz cristiano. En estas condiciones, no es extraño que su fe cristiana sea con frecuencia muy frágil. Todo esto ayuda a explicar, por ejemplo, la falta de perseverancia en la vida cristiana de muchos niños católicos después de recibir la Primera Comunión, tras varios años de catequesis.

La reflexión realizada en todos los niveles de la Iglesia acerca de estos problemas ha arrojado ya algunos resultados importantes. Uno de los principales es la extendida convicción de la necesidad de una “catequesis kerygmática”, o sea una catequesis que incluya en sí misma el kerygma o primer anuncio del Evangelio. El Papa Francisco, en los números 164-165 de la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, lo expresa de la siguiente manera:

“Hemos redescubierto que también en la catequesis tiene un rol fundamental el primer anuncio o kerygma, que debe ocupar el centro de la actividad evangelizadora y de todo intento de renovación eclesial. El kerygma es trinitario. Es el fuego del Espíritu que se dona en forma de lenguas y nos hace creer en Jesucristo, que con su muerte y resurrección nos revela y nos comunica la misericordia infinita del Padre. En la boca del catequista vuelve a resonar siempre el primer anuncio: “Jesucristo te ama, dio su vida para salvarte, y ahora está vivo a tu lado cada día, para iluminarte, para fortalecerte, para liberarte”. Cuando a este primer anuncio se le llama “primero”, eso no significa que está al comienzo y después se olvida o se reemplaza por otros contenidos que lo superan. Es el primero en un sentido cualitativo, porque es el anuncio principal, ese que siempre hay que volver a escuchar de diversas maneras y ese que siempre hay que volver a anunciar de una forma o de otra a lo largo de la catequesis, en todas sus etapas y momentos. Por ello, también “el sacerdote, como la Iglesia, debe crecer en la conciencia de su permanente necesidad de ser evangelizado.”

No hay que pensar que en la catequesis el kerygma es abandonado en pos de una formación supuestamente más “sólida”. Nada hay más sólido, más profundo, más seguro, más denso y más sabio que ese anuncio. Toda formación cristiana es ante todo la profundización del kerygma que se va haciendo carne cada vez más y mejor, que nunca deja de iluminar la tarea catequística, y que permite comprender adecuadamente el sentido de cualquier tema que se desarrolle en la catequesis. Es el anuncio que responde al anhelo de infinito que hay en todo corazón humano. La centralidad del kerygma demanda ciertas características del anuncio que hoy son necesarias en todas partes: que exprese el amor salvífico de Dios previo a la obligación moral y religiosa, que no imponga la verdad y que apele a la libertad, que posea unas notas de alegría, estímulo, vitalidad, y una integralidad armoniosa que no reduzca la predicación a unas pocas doctrinas a veces más filosóficas que evangélicas. Esto exige al evangelizador ciertas actitudes que ayudan a acoger mejor el anuncio: cercanía, apertura al diálogo, paciencia, acogida cordial que no condena.”

Partiendo de esta enseñanza del Papa, quisiera aportar dos ideas o reflexiones, con la esperanza de que personas más competentes en la materia puedan profundizarlas y desarrollarlas.

Mi primer aporte consiste en señalar que la catequesis kerygmática puede o no ser una gran contribución a la solución del problema antes expuesto, dependiendo de cuál sea el contenido transmitido en ese primer anuncio del Evangelio que, con toda razón, se pretende ahora incluir en la catequesis. Me parece advertir—no hablo ahora del Papa Francisco, sino de la Iglesia en general—una tendencia a reducir el kerygma al anuncio de la resurrección de Cristo. Muchos razonan así: el kerygma es el anuncio de la Buena Noticia. ¿Y cuál es la Buena Noticia? Que Cristo resucitó.

Esto es verdad, obviamente, pero no es toda la verdad. Opino que esta tendencia reduccionista puede llegar a frustrar buena parte de las esperanzas puestas en la catequesis kerygmática, porque la resurrección de Cristo, aunque es la verdad central de nuestra fe, no es su verdad primera, ni lógica ni cronológicamente. En otras palabras, hoy el primer anuncio del Evangelio no debe ser simplemente igual al discurso de San Pedro en Pentecostés,[1] cuyo centro fue éste: ese Jesús, a quien ustedes conocieron y vieron morir en la cruz, ha resucitado; y nosotros somos testigos de ello. Ese discurso de Pedro fue muy eficaz porque sus oyentes eran judíos religiosos, que ya creían en Dios, en la creación y en la caída, ya creían en la Biblia hebrea (el Antiguo Testamento) y ya esperaban un Salvador. Hoy nuestro primer anuncio del Evangelio debe partir “de mucho más atrás”. Debe parecerse más al discurso de San Pablo en el Areópago de Atenas:[2] dirigiéndose a un grupo de paganos, Pablo, antes de hablarles de Jesús y de la resurrección, les habló de un Dios al que ellos adoraban sin conocer, el Dios que ha hecho el mundo y todo lo que hay en él.

Un excelente ejemplo de lo que hoy podría funcionar bien como primer anuncio del Evangelio es el numeral 1 del Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica: “¿Cuál es el designio de Dios para el hombre? Dios, infinitamente perfecto y bienaventurado en Sí mismo, en un designio de pura bondad ha creado libremente al hombre para hacerlo partícipe de su vida bienaventurada. En la plenitud de los tiempos, Dios Padre envió a su Hijo como Redentor y Salvador de los hombres caídos en el pecado, convocándolos en su Iglesia, y haciéndolos hijos suyos de adopción por obra del Espíritu Santo y herederos de su eterna bienaventuranza.”

En otras palabras, el primer anuncio del Evangelio debe ser global. Cuando nos limitamos a anunciar la resurrección de Cristo, muchos de nuestros oyentes la consideran como un simple hecho histórico del pasado, sin mucha relación con ellos. No valoran la Redención porque no tienen un sentido del pecado. No comprenden de qué ni por qué tenemos que ser salvados. Opino que, como en el último texto citado, la Buena Noticia de Jesús hoy comienza así: “Soy amado, luego existo”. Nuestra existencia no es absurda, no carece de un sentido absoluto. No somos hijos no deseados de la fría y caótica Madre Naturaleza. Dios existe y hemos sido creados por Él, que es Amor, por amor y para el amor. Dentro de este marco luminoso y feliz se puede desarrollar luego toda la historia de salvación, centrada en Cristo y en su resurrección.

Mi segundo aporte consiste en señalar que hoy no basta que la catequesis sea kerygmática; debe ser también apologética, puesto que no sólo debe transmitir los contenidos de la fe católica, sino también ayudar a fortalecer esa fe mostrando su razonabilidad y defendiéndola de las críticas que se le hacen. Así los catequizandos podrán estar mejor preparados para enfrentar las tentaciones de la increencia, de las sectas, de las supersticiones y de las nuevas formas de religiosidad no cristiana, tentaciones que pululan en el Occidente actual.

Por lo tanto, la catequesis debería prestar especial atención a los “preámbulos de la fe”, las verdades de fe accesibles a la sola razón natural: la existencia y cognoscibilidad de la verdad y la bondad, la existencia, unidad y unicidad de Dios, la espiritualidad e inmortalidad del alma humana, etc. También debería exponer con algún detenimiento las razones por las que creemos en Jesucristo y en la Iglesia Católica y la refutación de los principales argumentos anticristianos y anticatólicos. Por último, debería insistir mucho en la estructura fundamental de la fe católica: creemos en todo lo que la Iglesia Católica propone a sus fieles para ser creído porque (con buenas razones) creemos que esta Iglesia ha sido fundada por Cristo (la Palabra de Dios hecha carne) y que, gracias a la asistencia del Espíritu Santo, ella es indefectible en la fe y transmite sin error la verdad revelada por Dios en Cristo para nuestra salvación.

Por lo tanto opino que sería muy provechoso elaborar un “Catecismo Apologético”, que complemente los excelentes catecismos actuales, de estilo enunciativo, con una exposición mucho más argumentativa de las principales verdades de la fe católica.

Brecha entre la teología académica y la cultura popular

Lamentablemente, hoy parece existir en la Iglesia Católica una gran brecha entre la teología académica y la cultura popular. Muchos teólogos, encerrados en una “torre de marfil intelectual”, se ocupan mayormente de cuestiones muy especializadas que sólo muy indirectamente se relacionan con las preocupaciones vitales de la gran mayoría de los fieles cristianos. Así la carrera académica de los teólogos a menudo tiende a perjudicar su servicio pastoral a todo el Pueblo de Dios. Una señal clara (pero no única) de este fenómeno es la escasa presencia de los teólogos católicos en Internet, ese formidable “nuevo areópago” que permite establecer un diálogo evangelizador en ámbitos amplísimos, con interlocutores muy diversos en todo sentido.

En la vida cristiana, todo (también la cultura) debe tener como objetivo la gloria de Dios y el bien de los hombres. Superando la tendencia a un academicismo estéril, la cultura católica debe tener siempre muy presentes los interrogantes, dudas, carencias, objeciones, necesidades e intereses de las mayorías, tendiendo muchos puentes entre la vida intelectual y las actividades prácticas (pastorales, caritativas, políticas, etc.) de los católicos.

La controversia de la “teología kerygmática”

En este contexto resulta interesante recordar la controversia ocurrida a mediados del siglo XX sobre la “teología kerygmática”. Lo haré mediante dos citas.

“[En 1936] J. A. Jungmann. denuncia una separación entre la teología escolástica y la predicación. A este prestigioso historiador de la liturgia se unieron otros profesores de la Facultad teológica de Innsbruck. Algunos (de ellos) querían añadir, a la teología “científica” o escolástica, otra teología de carácter vital o catequético, centrada en el anuncio (kerigma) de Cristo. La propuesta no fue plenamente aceptada porque se llegó a la conclusión de que la teología tiene intrínsecamente dimensión Cristológica y misionera. Pero dejó su huella en la conciencia teológica e influyó notablemente en la renovación catequética.”[3]

“Los teólogos llamados kerigmáticos (de kerigma, trad. proclamar) han propuesto también una sistematización cristocéntrica, e incluso una doble Teología con un doble objeto. El contexto histórico en que apareció esta Teología kerigmática es el siguiente: Conmovidos por las quejas de los pastores de almas sobre la ignorancia y la mediocridad de vida de sus feligreses, cierto número de teólogos creyeron que la razón de ello estaba en una presentación deficiente del cristianismo y en una enseñanza poco adecuada de la Teología.

Para corregir este problema, los kerigmáticos propusieron que se diese prioridad a la proclamación del mensaje cristiano sobre la Teología científica, y que se procurase que la predicación se inspirara en Cristo y en la historia de la salvación. Algunos de sus teólogos exageraron aún más las necesidades del apostolado, al proponer construir al lado de la Teología tradicional otra llamada Teología kerigmática. La primera de las dos sería científica, sistemática, estaría preocupada por la investigación y se impartiría en las universidades; la segunda tendría por objeto a Cristo y se encaminaría a la predicación, se preocuparía de la Psicología y de la Pedagogía en la presentación del mensaje cristiano, y sería la Teología de los seminarios. La primera de estas dos Teologías se ocuparía de comprobar la veracidad del dato revelado, mientras que la segunda lo estudiaría bajo los aspectos del bien y del valor; la primera se expresaría en lenguaje técnico, pero la segunda lo haría en términos sencillos; la primera sería una Teología del intelecto mientras que la segunda estaría destinada a ser acogida en el corazón.

La proposición kerigmática de una doble Teología fue atacada desde su presentación, y finalmente rechazada por la Iglesia al considerar que no podría ser fiel a su objeto una ciencia teológica que en lugar de ocuparse de la comprensión del mensaje revelado se dedicara a promover la piedad de sus partidarios; y no porque esto último fuera indeseable, sino porque no es la materia que corresponde a la Teología.”[4]

Una reflexión sobre esa controversia

En mi opinión, el mismo cariz que tomó la controversia de la “teología kerygmática” es un reflejo del problema que preocupaba a sus propulsores (y no sólo a ellos). Se teorizó demasiado sobre un problema esencialmente práctico, cuya solución no está en cambiar el objeto de la teología sino, como insinuábamos antes, en tender puentes (teológicamente bien fundados y construidos) entre la teología científica y académica y la predicación (en las homilías, la catequesis, etc.).

Obviamente, esta solución práctica requiere también una formación específica (por ejemplo de los seminaristas) que puede concretarse de diversas maneras (por ejemplo, dentro de la enseñanza de la teología pastoral). También requiere unos recursos específicos: por ejemplo, libros de divulgación teológica, escritos por teólogos competentes en un lenguaje accesible para el gran público, de un nivel cultural medio o bajo. En todas las disciplinas científicas se admite pacíficamente la legitimidad y conveniencia de una literatura de divulgación. No se ve por qué, con las precauciones del caso, la teología debiera ser una excepción a esta regla.

En suma, más allá de las exageraciones y errores señalados en el punto anterior, resulta clara la necesidad actual de algo parecido a lo que se proponía originalmente la “teología kerygmática”: no como disciplina separada de la teología científica, ni (menos aún) como contrapuesta a ella, sino como su necesaria extensión en forma de divulgación.

El problema de la divulgación teológica no debe ser confundido con otro problema práctico importante: el de cuál deba ser el nivel exigible de conocimientos teológicos para los seminaristas de hoy en cada país (o en un determinado país).

Algunas ideas prácticas

En lo que respecta a la formación de los catequistas y predicadores en general, creo que hay dos errores importantes a evitar.

Un primer error es el de dar más importancia a las formas de transmisión del contenido que al contenido mismo; por ejemplo, insistir mucho más en la metodología catequética que en la doctrina que el catequista debe enseñar. También este error puede provenir de una especialización excesiva. El experto en pedagogía o en comunicación puede fácilmente sobrevalorar el aporte de su propia disciplina, convirtiendo a la parte auxiliar en el centro del todo.

Un segundo error (que podríamos llamar tal vez “pedagogitis”) es el de sobrestimar la pedagogía y subestimar la didáctica. Lo explicaré con un ejemplo tomado de la formación docente, un tema análogo al analizado aquí: este error se da, por ejemplo, cuando se insiste mucho más en la enseñanza de teorías pedagógicas muy abstractas y complejas que en las formas más didácticas de enseñar a leer y escribir o a realizar las operaciones aritméticas.

En lo que respecta a la formación teológica, pienso que sería muy importante retomar la costumbre escolástica de la disputatio. Ésta era un método de enseñanza y de adiestramiento intelectual ampliamente practicado en las universidades medievales. Consistía en la discusión de una tesis filosófica o teológica, claramente definida, entre los alumnos que afirmaban la tesis y los que la negaban. La discusión debía ceñirse a los principios y al método de la ciencia respectiva (filosofía o teología, según el caso). Al final el maestro decidía la cuestión disputada, dando sus argumentos y rechazando los argumentos contrarios.

Esta forma de enseñanza (que exigía un buen dominio de la lógica) se refleja por ejemplo en la Summa Teologiæ de Santo Tomás de Aquino, que tiene una naturaleza profundamente dialogal. La Summa es un conjunto ordenado de discusiones sobre unas tesis relevantes y bien definidas. Una obra así no es el resultado de un rapto de inspiración, sino el producto destilado de muchas lecciones y disputas escolásticas y de la asimilación del contenido de muchos libros de autores de todas las tendencias.

Esto contrasta con el carácter poco dialogal de gran parte de la teología contemporánea, sobre todo en la corriente “progresista”. Paradójicamente, quienes más hablan del diálogo suelen ser los que menos lo practican en serio. Una de las razones de este fenómeno es el temor de los teólogos progresistas a una discusión leal, a fondo y metodológicamente correcta (es decir, acorde a los principios y reglas de la teología católica) de sus tesis principales. Ellos temen que una discusión así ponga claramente de manifiesto el carácter herético (o al menos contrario al Magisterio de la Iglesia) de algunas de sus posturas.

Debido a la escasez de verdadero diálogo teológico, tanto en la etapa de formación como en la etapa de ejercicio del oficio teológico, muchas obras teológicas contemporáneas son largos monólogos que adolecen de un excesivo individualismo. Un ejemplo notable de esto es la obra de Pierre Teilhard de Chardin, un pensador tan original como intelectualmente aislado, ensimismado en sus concepciones personales, expresadas además en un lenguaje propio, inventado por él. ¡Cuánto bien le podría haber hecho la discusión escolástica en regla de sus teorías!

Por último, opino que, por lo general, a los teólogos católicos de hoy fieles al Magisterio, sea cual sea la formación que recibieron, les vendría muy bien una mayor comunicación (también en el nivel intelectual) con gente “común y corriente”. Esto sería muy útil tanto para ellos mismos como para su ministerio teológico, que es un servicio eclesial. Por ejemplo (y esto vale también para los sacerdotes en general), no deberían cometer el error de transmitir en las homilías apenas unas migajas del sabroso pan de su teología, subestimando la inteligencia o los conocimientos de sus oyentes, o su amor a la sabiduría.


[1] Hechos 2,14-41.

[2] Hechos 17,16-34.

[3] “Evolución del concepto ‘teologia pastoral’ – Itinerario y estatuto de una Teología de la acción eclesial.” Scripta Theologica, nro. 32; 2000/2; pp. 433-470

[4] René Latourelle, La Teología, Ciencia de la Salvación, texto condensado, Cap. 2.

Anuncios