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Equipo de Dirección

Recordemos el relato de la primera aparición de Cristo resucitado a sus discípulos en el Evangelio de Juan: “Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz con vosotros.” Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: “‘La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío.’ Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: ‘Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.’”[1]

El domingo. La resurrección de Cristo ocurrió en “el primer día de la semana”. Por eso ese día se transformó en “el día del Señor”, el domingo cristiano. En el Evangelio de Juan las primeras dos apariciones de Jesús resucitado tienen lugar en domingo. La primera aparición se produce el mismo día de la resurrección de Cristo. La segunda aparición se produce “ocho días después”, es decir (según el modo hebreo de contar los días), el domingo siguiente. Este detalle no es una mera casualidad. Los primeros cristianos celebraban la eucaristía sólo los domingos. Juan destaca la importancia de la celebración eucarística del domingo como lugar de encuentro de los cristianos con Jesús resucitado.

La paz. Jesús resucitado dirige tres veces a sus discípulos el saludo de paz. La palabra hebrea “shalom” (trad. paz) significaba la integridad del cuerpo, la liberación aportada por el Mesías y la felicidad perfecta. El triple saludo de paz de Jesús resucitado a sus discípulos no es mera cortesía, sino un signo eficaz mediante el cual Jesús les reitera el don de su paz, otorgado ya en la Última Cena. Jesús posee la paz y la comunica como un regalo suyo. La paz de Cristo es distinta de la que da el mundo; excluye la turbación y el miedo y va ligada a la esperanza de un encuentro definitivo con Cristo.

La alegría. Jesús motiva el reconocimiento de sus discípulos presentándose en medio de ellos y mostrando las manos y el costado. El encuentro con Jesús resucitado hace pasar a los discípulos del miedo a la alegría, parte integrante de la paz de Cristo. Los discípulos pasan del encierro por miedo a los judíos a la alegría de haber visto al Señor.

La misión. El don de la paz es seguido por el envío o misión. El encuentro con Jesús resucitado conlleva una misión. Jesús, el enviado del Padre, envía a sus discípulos a dar testimonio de Él. La misión de los discípulos manifiesta que la resurrección de Jesús es para todos los hombres una fuente inagotable de alegría y paz. Los discípulos obedecieron inmediatamente el mandato misionero, anunciando al Apóstol Tomás la resurrección de Jesús.

Jesús, modelo de sus discípulos. “Como el Padre me envió, también yo os envío”. Jesús, el enviado del Padre, es el modelo de los discípulos enviados por Jesús. El Evangelio nos invita a ser enviados de Jesucristo, testigos de su resurrección. Para ser un enviado de Jesucristo, el discípulo debe recibir el Espíritu Santo, el cual lo capacita para vivir en la paz de Cristo y para amar y perdonar como Jesús ama y perdona.

El Espíritu Santo. A fin de fortalecer a los discípulos para su misión, Jesús resucitado les comunica el Espíritu Santo. Éste capacita a los discípulos para hacer lo mismo que hace Jesús. El don del Espíritu Santo es simbolizado por el soplo de Jesús sobre los discípulos. En los dos momentos de su glorificación (muerte y resurrección), Jesús entregó su Espíritu, cumpliendo la Promesa de la Última Cena. El Evangelio de Juan, al unir el día de Pentecostés con el día de Pascua, subraya la relación de la misión de la Iglesia con la resurrección de Cristo. El Espíritu Santo Consolador da a los discípulos la paz, la alegría y la fuerza para realizar la misión que Jesús les encomienda. El Espíritu Santo, enviado por el Padre en nombre del Hijo, recuerda a los discípulos las palabras de Jesucristo, Palabra del Padre y luz verdadera, está siempre con ellos y mora en ellos, en unión con el Padre y el Hijo.

La reconciliación. Como Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, la misión de sus discípulos incluye el ministerio del perdón de los pecados. La reconciliación con Dios y con los hermanos es necesaria para alcanzar la paz y la alegría que los discípulos han recibido en su encuentro con el Resucitado.

 Dios todopoderoso y eterno, te rogamos que en la gran fiesta de la Pascua de tu Hijo, Nuestro Señor, nos concedas, por medio de tu Santo Espíritu, llegar a ser testigos fieles de Cristo resucitado, y agentes de verdadera reconciliación, alegría y paz.


[1] Juan 20,19-23.