adulterio-redefinicion

Néstor Martínez Valls

A raíz de mi intervención en el blog de Infocatólica, Espada de doble filo, acerca de la propuesta del Cardenal Kasper sobre el tema de la comunión y los divorciados vueltos a casar, el Director me sugirió que la publicara en mi propio blog, lo cual me ha llevado a leer los textos disponibles del Cardenal, para ir a la fuente y reordenar un poco mi exposición, al punto de que he debido hacer una nueva, esperando conservar lo sustancial de la otra e idealmente mejorarla un poco.

Los textos del Card. Kasper a los que me voy a referir son los que vienen a continuación. El primero es una traducción de un extracto de su discurso en el Consistorio; el segundo es la traducción de Google y mía de la entrevista en inglés concedida por el Cardenal a la revista Commonweal.

El Papa ha llamado a una discusión sobre este tema. Demás está decir que este humilde aporte apenas apunta a poner un poco de orden en algunos conceptos básicos de la discusión.

Kasper cambia el paradigma, Bergoglio aplaude

“A un divorciado vuelto a casar: 1. si se arrepiente de su fracaso en el primer matrimonio, 2. si ha aclarado las obligaciones del primer matrimonio y si ha excluido de manera definitiva volver atrás, 3. si no puede abandonar sin otras culpas los compromisos asumidos con el nuevo matrimonio civil, 4. si se esfuerza en vivir al máximo de sus posibilidades el segundo matrimonio a partir de la fe y educar a sus hijos en la fe, 5. si desea los sacramentos como fuente de fuerza en su situación, ¿debemos o podemos negarle, después de un tiempo de nueva orientación, de metanoia, el sacramento de la penitencia y después el de la comunión?”

Dios Misericordioso, Iglesia Misericordiosa—Una Entrevista con el Cardenal Walter Kasper.

En inglés, de la revista Commonweal.

CWL: Hasta hace poco Ud. fue presidente del Consejo Pontificio sobre la Promoción de la Unidad de los Cristianos. ¿Cómo puede este problema encajar en las relaciones ecuménicas en curso con los ortodoxos orientales? Si hubiera un cambio en la forma en que la Iglesia Católica Romana trata a los católicos divorciados y vueltos a casar, ¿haría las cosas mucho más fáciles, o al menos un poco más fáciles, para el acercamiento entre Oriente y Occidente? ¿O no lo haría más fácil en absoluto?

Kasper: Lo haría más fácil. Ellos tienen esta antigua tradición, y su tradición nunca fue condenada por un Concilio Ecuménico. El Concilio de Trento condenó la posición de Lutero, pero no discutió la posición ortodoxa. El Concilio formuló el problema de la indisolubilidad de una manera muy prudente, porque Venecia tenía algunas islas que eran ortodoxas, pero bajo la jerarquía latina. Ellos no querían perder esas islas. Así que no hablaron de este problema. Tuvimos problemas más fundamentales con los ortodoxos. Pero si pudiéramos encontrar una nueva solución sobre la base de nuestra propia tradición occidental, yo creo que sería más fácil encontrar una solución concreta a nuestro problema con los ortodoxos.

CWL: Cuando se trata de la cuestión de la comunión a los católicos divorciados vueltos a casar, Ud. tiene sus críticos, algunos de los cuales han encontrado sitio en la prensa italiana. El cardenal Carlo Caffarra, arzobispo de Bolonia, obtuvo una gran cantidad de espacio en Il Foglio para criticar su propuesta. Él tiene una pregunta para usted: ”¿Qué pasa con el primer matrimonio?”

Kasper: El primer matrimonio es indisoluble porque el matrimonio no es sólo una promesa entre dos personas; es la promesa de Dios también, y lo que Dios hace, lo hace para siempre. Por lo tanto el vínculo del matrimonio permanece. Por supuesto, los cristianos que abandonan su primer matrimonio han fracasado. Eso está claro. El problema es cuando no hay manera de salir de esa situación. Si miramos a la actividad de Dios en la historia de la salvación, vemos que Dios da a su pueblo una nueva oportunidad. Ésa es la misericordia. El amor de Dios no termina porque un ser humano ha fracasado – si se arrepiente. Dios provee una nueva oportunidad – no mediante la cancelación de las exigencias de la justicia: Dios no justifica el pecado. Pero Él justifica al pecador. Muchos de mis críticos no entienden esa distinción. Ellos piensan, bueno, queremos justificar su pecado. No, nadie quiere eso. Pero Dios justifica al pecador que se convierte. Esta distinción aparece ya en Agustín. […]

El segundo matrimonio, por supuesto, no es un matrimonio en el sentido cristiano. Y yo estaría en contra de celebrarlo en la Iglesia. Pero hay elementos de un matrimonio. Yo lo compararía con la forma en que la Iglesia Católica considera a las otras Iglesias. La Iglesia Católica es la verdadera Iglesia de Cristo, pero hay otras Iglesias que tienen elementos de la verdadera Iglesia, y reconocemos esos elementos. De manera similar, se puede decir: el verdadero matrimonio es el matrimonio sacramental. Y el segundo no es un matrimonio en el mismo sentido, pero hay elementos del mismo – los que así conviven se ocupan de los otros, están dedicados exclusivamente el uno al otro, hay una intención de permanencia, se cuida de los niños, se lleva una vida de oración, y así sucesivamente. No es la mejor situación. Es la mejor situación posible. Siendo realistas, debemos respetar este tipo de situaciones, como lo hacemos con los protestantes. Los reconocemos como cristianos. Rezamos con ellos.

CWL: Y sabemos que ellos no consideran sus matrimonios como un sacramento católico.

Kasper: Hay otros problemas. Consideramos el matrimonio civil de los protestantes como matrimonios válidos, indisolubles. Ellos no creen en la sacramentalidad. También hay problemas internos en la actual ley canónica. ¿Cómo se explica esto a un protestante – que “es un matrimonio válido para usted, pero para un católico no es”? Así que debemos en cierto grado reconsiderar las reglas canónicas.

CWL: ¿Es justo decir que los críticos piensan que esto es un desacuerdo sobre la indisolubilidad del matrimonio, pero que Ud. está diciendo que el desacuerdo, tal como es, es sobre el propósito de los sacramentos de la Reconciliación y de la Eucaristía?

Kasper: De ninguna manera puedo negar la indisolubilidad del matrimonio sacramental. Eso sería una estupidez. Tenemos que enseñarlo, y ayudar a las personas a comprenderlo y llevarlo a cabo. Esa es una tarea para la Iglesia. Pero tenemos que reconocer que los cristianos pueden fallar, y entonces tenemos que ayudarlos. A los que dicen: “Bueno, ellos están en una situación de pecado”, yo diría: el Papa Benedicto XVI ya ha dicho que esos católicos pueden recibir la comunión espiritual. La comunión espiritual es ser uno con Cristo. Pero si yo soy uno con Cristo, no puedo estar en una situación de pecado grave. Así que si pueden recibir la comunión espiritual, ¿por qué no también la Comunión sacramental? Creo que también hay problemas en la posición tradicional, y el Papa Benedicto reflexionó mucho sobre esto, y él dijo que deben tener los medios de salvación y comunión espiritual. Pero la comunión espiritual va muy lejos: esto es ser uno con Cristo. ¿Por qué estas personas deberían estar excluidas de la otra Comunión? Estar en comunión espiritual con Cristo significa que Dios ha perdonado a esta persona. Así que la Iglesia, a través del sacramento del perdón, también debe ser capaz de perdonar si Dios lo hace. De lo contrario, existe una oposición entre Dios y la Iglesia – y eso sería un gran problema.”

Tratemos de empezar por los principios. El matrimonio es ante todo una realidad natural, que depende de la Creación, que por tanto es en esencia la misma para todos los hombres, que vale por ley natural aún independientemente de la fe religiosa o de la fe en la Revelación cristiana. En efecto, la familia es parte de la naturaleza humana y es la base de toda sociedad humana, y por lo mismo no puede ser algo que dependa exclusivamente de la fe en la Revelación, y el matrimonio es la base de la familia.

La indisolubilidad es una propiedad del matrimonio como tal, no solamente del matrimonio sacramental. Cuando Jesús afirma la indisolubilidad del matrimonio en los Evangelios no se refiere a la Nueva Alianza, sino a la Creación, que es el origen común de todos los hombres. Hace referencia por tanto a la naturaleza humana, que recibimos precisamente de Dios Creador.

Es cierto que hay casos, como los que dan en el privilegio paulino o el privilegio petrino, en los que el matrimonio natural puede ser disuelto, para hacer posible la vida de fe del bautizado y eventualmente su matrimonio sacramental. Pero eso mira justamente a los casos en que se encuentran, por así decir, el orden meramente natural y el orden sobrenatural. Dentro del orden meramente natural, que es el que le corresponde de suyo, el matrimonio no sacramental es indisoluble.

Para el bautizado, el único matrimonio válido es el sacramental. Son situaciones distintas, ontológicamente, la del no bautizado y la del bautizado. Aquél se rige por el orden de la Creación y la ley natural; éste, sin negar esos órdenes básicos sino presuponiéndolos, a partir del bautismo se rige por la Nueva Alianza en Jesucristo. En su caso, el matrimonio es sacramento, es signo de la unión indisoluble entre Cristo y la Iglesia.

Para el no bautizado, el matrimonio civil es válido e indisoluble, en principio, sin entrar en el análisis de legislaciones concretas. Para el bautizado es algo totalmente sin sentido, que allí donde es obligatorio para bautizados sólo lo tolera la Iglesia como imposición tiránica de gobiernos secularistas que hacen que el cristiano tenga que realizar dos veces un ritual llamado “matrimonio” que en realidad sólo es tal, en su caso, cuando es sacramental.

La propuesta del Card. Kasper, en principio, apunta a sostener la indisolubilidad del matrimonio sacramental, y por tanto, a habilitar la posibilidad de una confesión sacramental al bautizado divorciado de un matrimonio válido, que se ha unido civilmente con otra persona, que le permita comulgar sin deshacer esa nueva unión y sin dejar de tener en ella vida marital con su nueva pareja, y sin poder celebrar un nuevo matrimonio sacramental dada la vigencia indisoluble del primero. Por lo tanto, al menos desde este punto de vista, hay que decir que efectivamente la propuesta del Card. Kasper lleva a legitimar la poligamia en la Iglesia, porque la esencia de la poligamia está justamente en negar la unidad del matrimonio sosteniendo que es posible estar válidamente casado con más de una persona al mismo tiempo.

Esto solo ya es más que suficiente para que dicha propuesta no pueda ser seriamente considerada. Pero de hecho, la propuesta es ambigua, en realidad, contradictoria, porque como vemos en el texto, en otras partes el Cardenal parece reconocer que esta nueva unión no sería matrimonio propiamente dicho, sino que solamente tendría alguna de las notas de la institución matrimonial.

En realidad, es insostenible la idea de que el bautizado pueda tener dos matrimonios válidos. Obviamente que no puede tratarse de dos matrimonios sacramentales. Y en cuanto a que el primero sea sacramental y el segundo no sacramental, eso va frontalmente contra la doctrina de los Papas recogida en el Código de Derecho Canónico, canon 1055 inciso 2: entre bautizados no hay matrimonio válido que no sea por eso mismo sacramento.

Bajo este nuevo punto de vista, lo que en definitiva se podría estar proponiendo, tal vez, es una especie de “concubinato no pecaminoso”. En realidad, la definición de “adulterio” es tener relaciones con una persona estando válidamente casado con otra, y la definición de “fornicación” es tener relaciones sexuales con una persona con la que no se está válidamente casado. Se ve por esto que el adulterio es una forma especial de fornicación, que agrega la injusticia cometida contra el cónyuge legítimo.

La propuesta del Card. Kasper, entonces, si abandona la calificación de “matrimonio” para la segunda unión, debe llevar a una redefinición del adulterio y de la fornicación, que no se ve en qué términos se podrían expresar para que estas segundas uniones no fuesen ni adulterinas ni fornicatorias.

De ahí tal vez la ambigüedad de la propuesta, pues en realidad no puede establecerse en ninguna de las cuatro únicas alternativas que tiene: o negar la indisolubilidad del matrimonio, o legitimar la poligamia, o decir que en ciertos casos el adulterio y la fornicación no son pecaminosos, o dar una nueva definición del adulterio y la fornicación contraria a la de siempre. Por tanto solamente puede oscilar continuamente entre ellas.

Un argumento muy utilizado por el Card. Kasper en los textos expuestos es que el divorcio es un fracaso, y que el bautizado debe estar dispuesto a reconocerlo y a arrepentirse, con lo cual ya podría confesarse y comulgar.

Pero ahí se hace un uso del concepto de “arrepentimiento” que está fuera de lugar en la discusión. Cuando se habla de la imposibilidad de comulgar del divorciado vuelto a casar, no es por haber cometido el pecado de separarse de su legítimo cónyuge y no haberse aún arrepentido de ello. Sin duda que en toda separación hay pecado de por medio de al menos una de las partes, y que ese pecado requiere arrepentimiento y confesión. Pero nadie está impedido de comulgar solamente por haberse separado de su legítimo cónyuge, en lo cual sin duda se deberá distinguir una cantidad de situaciones diversas y de diverso juicio moral.

Lo que está en discusión es la comunión de los divorciados vueltos a casar en vida del primer cónyuge. La situación de pecado que les impide recibir la Comunión no es el haberse separado, sino el convivir maritalmente en forma adúltera con otra persona. El arrepentimiento que es necesario ante todo es el arrepentimiento de ese pecado, y es ese arrepentimiento el que no es posible, como no lo es el arrepentimiento en general, sin propósito de enmienda, y por tanto, en este caso, sin la decisión previa de abandonar la relación adulterina al menos en cuanto a la posibilidad de tener relaciones sexuales con la nueva pareja.

El Cardenal sostiene que la necesidad de propósito de enmienda en el arrepentimiento y la confesión, en el tema del que hablamos al menos, sería en todo caso lo mejor y lo ideal, pero no algo exigible.

¿En qué queda entonces convertido el “arrepentimiento”, sin propósito de enmienda? ¿Con qué lógica se va a exigir luego al que se confiesa de haber robado que restituya lo que robó, o al que se confiesa de haber difamado a alguien que haga lo posible por restaurar la fama de esa persona, etc.? ¿Cómo se va a impedir que las personas adopten esta vez en forma aparentemente sancionada por la misma Iglesia el punto de vista de ”igual después me confieso y listo”, implicando que para nada ello exigiría plantearse un cambio de conducta de ahí en adelante? ¿Es ésa la razón del planteo ambiguo en torno al arrepentimiento, del cual no tiene sentido hablar sin propósito de enmienda y que por eso se da a entender ilógicamente que se trata del arrepentimiento por la separación y no por la convivencia adúltera?

Por otra parte, el uso de las categorías de lo “ideal” y lo “mejor” aquí está fuera de lugar. Cuando hablamos de adulterio o de fornicación estamos hablando de acciones intrínsecamente malas, cuya maldad moral no depende de las circunstancias ni de las intenciones ni de las consecuencias, y que por tanto bajo ninguna hipótesis se puede realizar.

No estamos hablando por tanto del “ideal”, sino de mínimo moral posible. Los mandamientos prohibitivos del Decálogo tienen que ver con ese mínimo moral exigible en la relación con Dios, y por eso prohíben las acciones intrínsecamente malas. Declarar a eso un “ideal” que no siempre se puede alcanzar, de modo que muchas veces habrá que conformarse con “lo posible” por debajo de esa norma, es negar que existan acciones intrínsecamente malas, o bien negar que el adulterio y la fornicación sean acciones intrínsecamente malas.

En el primer caso caemos en el relativismo total de una ética de la situación o consecuencialista o utilitarista. Si no hay acciones intrínsecamente malas, entonces el fin justifica los medios y ya podemos ir bajando la cortina de la teología moral. Todo lo que la mente humana pueda imaginar podrá ser justificado en determinadas circunstancias, con determinadas intenciones y esperando determinadas consecuencias.

En el segundo caso, podemos mandar a archivar el sexto mandamiento, por no decir nada del noveno. Si el adulterio y la fornicación no son intrínsecamente malos, habría que ver qué cosa sería intrínsecamente mala en materia sexual, siguiendo la mentalidad actual, como no ser la violación, por ahora al menos, y la pedofilia, también por ahora al menos.

El hecho es que la doctrina católica estaría legitimando el “todo vale” sexual y por supuesto que el matrimonio quedaría convertido en un recuerdo pintoresco del pasado, y con él la familia que en él se basa.

El Card. Kasper afirma que la nueva relación, sancionada con un matrimonio civil, no puede ser rota sin injusticia, sin pecado, dado que se ha comprometido la palabra propia y está afectado el interés de los hijos que hayan nacido de esa nueva unión. Y sostiene que tampoco es posible pedir al común de las personas que se encuentran en esta situación el acto heroico de convivir con su nueva pareja como “hermano y hermana”.

Ante todo, hay que señalar que, obviamente, esa convivencia como “hermano y hermana” no es algo que se le exija al divorciado vuelto a casar. Puede simplemente romper totalmente la relación. Más bien, esto último es lógicamente la salida normal. Lo otro es una situación bastante especial, que se puede aceptar en ciertos casos en que haya graves argumentos a favor de ello, y que ciertamente exige un equilibrio humano y un fortaleza cristiana no comunes. El periodista presenta el asunto como si lo que la Iglesia le exige al divorciado vuelto a casar es que conviva con su nueva pareja “como hermano y hermana”, lo cual no es así. La otra opción clara es romper la relación totalmente, sin dejar de atender las exigencias de justicia para con los hijos, obviamente.

Pero, ante la tesis de “indisolubilidad” que el Card. Kasper parece sostener para la “nueva unión”, es inevitable preguntarse por qué la palabra dada en una ceremonia civil que para el bautizado no significa estrictamente nada debería tener más peso que el compromiso asumido ante Dios en la celebración del matrimonio sacramental. Siguiendo esa lógica, también el mero compromiso verbal y privado entre dos concubinos divorciados de matrimonios válidos previos debería respetarse a toda costa luego de haber podido faltar al compromiso sacramental ante Dios y la Iglesia.

Obviamente, hay responsabilidades que atender ante todo hijo engendrado fuera del matrimonio, pero ése es otro tema que no tiene nada que ver con convertir en indisoluble una relación adulterina sancionada por una ley civil que en este punto no tiene validez alguna para el bautizado.

La pregunta surge inevitable también: ¿qué pasa si la nueva unión también “fracasa”, es decir, si aparece una tercera persona con la cual el bautizado divorciado de un matrimonio válido y unido en matrimonio civil con una segunda persona, cree ver que podría realizar mejor su proyecto de vida que con su segunda pareja? Fácilmente conseguirá el divorcio civil, y obviamente celebrará una nueva unión civil con esta nueva persona. ¿Qué pasará allí con la palabra dada, la responsabilidad para con los hijos, y todo lo demás que el Card. arguye para impedir la disolución de la unión adulterina por parte del bautizado?

Podemos suponer, según la lógica del planteo del Card. Kasper, que el segundo matrimonio también seguirá siendo válido luego de esta tercera unión, a lo cual habrá que agregar ahora la validez de ese tercer matrimonio. Esto implica que esta tercera unión no podrá ser rota por la persona, como tampoco la segunda, y ahora sí tendríamos la poligamia en todo su esplendor, no solamente como unión matrimonial simultánea válida con dos personas distintas, sino agregando la nota de la convivencia obligatoria del bautizado con ambos núcleos familiares. Es lógico pensar que lo más práctico de todo sería que todo eso tuviese lugar bajo el mismo techo.

Porque claro, después de haber permitido la “nueva unión”, con comunión sacramental y todo, no obstante el matrimonio sacramental previo, ¿iría la Iglesia ahora a prohibir la tercera unión?

¿Con qué argumentos se lograría más respeto para el matrimonio civil con posibilidad de divorcio incluida que para el sacramento instituido por Cristo? ¿Y sería la Iglesia la encargada de hacer respetar eso?

Es por eso tal vez que la misma tesis del Card. se presenta ambiguamente, pues al final no se habla, parece, de “matrimonio” en sentido propio, sino de algo que “participaría” de la naturaleza del matrimonio sin ser matrimonio propiamente dicho.

Pero ahí el principio de tercero excluido vuelve a prestar sus servicios inapreciables. La nueva unión es matrimonio o no lo es. Si es matrimonio, vale todo lo dicho hasta aquí. Si no es matrimonio, entonces estamos hablando o de una forma moralmente válida de adulterio y de fornicación, o de una redefinición del adulterio y la fornicación que permita eximir de ese rótulo a este tipo de uniones.

De nada sirve argumentar como hace el Card. Kasper, que en esas uniones hay muchos elementos del matrimonio. Sin duda, siempre se supo que el adulterio incluía o podía incluir la casi totalidad de los elementos del matrimonio. Un varón y una mujer, la atracción mutua, la amistad, la vida sexual compartida, los eventuales hijos, la convivencia, etc. El único elemento que falta, y que hace que se trate precisamente de adulterio, es el vínculo matrimonial válido entre los dos, y la ausencia en ambos de vínculo matrimonial válido con otra persona. Obviamente, dichas carencias están indicando una actitud contraria a la ley natural y la falta de las disposiciones necesarias para la vida conyugal, la cual reclama intrínsecamente, por su misma naturaleza, el matrimonio indisoluble.

De nuevo, es como en el robo: el acto por el cual el dueño de un auto se lo lleva a su casa y el acto por el cual el ladrón se lo lleva a la suya tienen la gran mayoría de sus características en común. Lo único que falta, en el caso del robo, es la propiedad legítima del objeto.

Por eso Santo Tomás de Aquino hace suyo el antiguo adagio: “Bonum ex integra causa, malum ex quodcumque deffectu”: el bien procede de una causa íntegra, el mal, de cualquier defecto. Eso es la acción intrínsecamente mala: aquella a la cual le falta al menos una de las características intrínsecamente necesarias para que sea moralmente lícita. Por eso, precisamente, son necesarias: porque sin una cualquiera de ellas el acto es malo.

Yendo entonces a las tres posibilidades ya señaladas, es claro que legitimar una unión extramatrimonial para los ya casados implicaría la eliminación de las acciones intrínsecamente malas, con el relativismo generalizado consiguiente, o la negación del carácter intrínsecamente malo de la fornicación y el adulterio, con las consecuencias ya señaladas, o bien, la redefinición del adulterio y la fornicación para hacer lugar a que estas uniones no sean ni fornicarias ni adulterinas.

De todos modos habría que decir que la unión sexual fuera del matrimonio, con o sin vínculo matrimonial previo con otra persona, no es intrínsecamente mala. Y una vez dicho esto ¿cuál será el objeto intrínsecamente malo, distinto de éste, que pueda asignarse al adulterio y a la fornicación, para poder seguir diciendo que son intrínsecamente malos, si éste no lo es? El resultado final de esta propuesta, por diversos caminos, es el mismo: ni el adulterio ni la fornicación son intrínsecamente malos, el matrimonio deja de ser moralmente obligatorio como marco de la vida sexual y por tanto deja de existir, y con él la familia que en él se basa.

Sobre esa base decir que se mantiene la indisolubilidad del matrimonio parece una broma. En realidad, la única forma de sostenerlo es aceptando implícitamente la poligamia, o el adulterio ético, pero ni eso siquiera, porque indisolubilidad, fidelidad y unidad del matrimonio están íntimamente unidas. Las tres se basan en ese “una sola carne” que Nuestro Señor señala “al principio”, en el orden de la Creación. Una sola carne, por eso no puede ninguno de los dos unirse con otra persona, ni al mismo tiempo que está unido con su cónyuge ni después de haber roto el vínculo con él, que no lo puede romper; ni para establecer otro vínculo matrimonial, ni para vivir otra vida sexual fuera de todo matrimonio legítimo.

Desde este nuevo punto de vista, entonces, la propuesta del Card. Kasper en realidad apunta, al menos en la práctica, a la negación de la indisolubilidad del matrimonio y a la aceptación del divorcio en la Iglesia, pues en la práctica queda invalidada la primera unión, la sacramental única válida para el bautizado, y convalidada la segunda, la civil, que en el caso del bautizado no tiene ningún valor. El “Una sola carne” aquí desaparece totalmente.

Respecto del Concilio de Trento, al que el Card. hace referencia en su argumentación sobre la “economía” en las Iglesias orientales separadas, diciendo que el Concilio no quiso pronunciarse sobre esa práctica, veamos este canon:

Canon VII. Si alguno dijere, que la Iglesia yerra cuando ha enseñado y enseña, según la doctrina del Evangelio y de los Apóstoles,que no se puede disolver el vínculo del Matrimonio por el adulterio de uno de los dos consortes; y cuando enseña que ninguno de los dos, ni aun el inocente que no dio motivo al adulterio, puede contraer otro Matrimonio viviendo el otro consorte; y que cae en fornicación el que se casare con otra dejada la primera por adúltera, o la que, dejando al adúltero, se casare con otro; sea excomulgado.”

El verbo que aquí se traduce como “fornicación” es “moechari,” que suele tener esa traducción, otras traducciones al castellano del Concilio ponen que la persona “adultera,” lo que parece más lógico dado el contexto. Se puede decir que aquí se define que es verdad que el que se une maritalmente a una persona estando casado con otra, fornica y comete adulterio, pero no se define que sea verdad revelada por Dios, o sea, no se hace de ello dogma de fe.

En efecto, lo que se define es que está excomulgado el que sostenga que la Iglesia yerra al enseñar eso. Parece definir entonces que la Iglesia no yerra en este punto, lo cual equivale a definir que el punto es verdadero, pero no que sea dogma de fe. De todos modos, quien sostenga que el que está casado válidamente con A puede unirse maritalmente con B, en vida de A, sin cometer adulterio ni fornicación, implícitamente dice que la Iglesia yerra al enseñar lo contrario.

No sirve de nada agregar que cuando nacen hijos deja de haber fornicación o adulterio. En primer lugar, eso no se compadece con la definición de “fornicación” como “tener relaciones sexuales fuera del matrimonio” ni con la de “adulterio”, que a ello agrega, como vimos, el estar válidamente casado con otra persona. Esas relaciones siguen siendo extramatrimoniales, y el que las practica sigue estando casado válidamente con otra persona, por más que de esas relaciones hayan nacido hijos.

En segundo lugar, porque lo que está definido que la Iglesia enseña sin error es justamente que en esos casos hay “fornicación” o “adulterio”. La frase no dice ”si comete fornicación o adulterio, entonces tal cosa”, en cuyo caso se podría alegar que se niega que en tales casos haya fornicación o adulterio, sino que dice que ”si hace tal cosa, es fornicación o adulterio”, y de esa enseñanza se define que carece de error.

En tanto esa afirmación de que la Iglesia yerra sea implícita solamente y no explícita, se trataría entonces de un “error en teología” y no parece que estuviese contenido bajo el decreto de excomunión. En efecto, ”herejía” es negar lo que la Iglesia define como dogma de fe; ”error en teología” es afirmar algo de lo cual se sigue lo contrario a algo que la Iglesia define como dogma de fe. Lo que sí se puede decir con toda seguridad, basado en ese canon de Trento, es que la afirmación que sostiene que quien está casado válidamente con A puede unirse maritalmente con B, en vida de A, sin cometer adulterio ni fornicación, es falsa.

Así que eso eliminaría la opción de “redefinir” el adulterio y la fornicación, y le dejaría al Card. Kasper solamente la opción de decir que hay casos en que el adulterio y la fornicación no son intrínsecamente malos, cosa igualmente insostenible como ya se dijo.

El hecho es que, según dice el Enchiridion Symbolorum (Denzinger) en nota al pie, los orientales no condenaban la doctrina católica, a pesar de seguir una práctica diferente, de ahí que, para no ofenderlos, se optó por esa formulación que entonces no los alcanza directamente.

Suponiendo que es correcta la explicación histórica que aporta el Card. Kasper, el hecho es que el Concilio tampoco definió que no sea adulterio, en algunas circunstancias, la unión con una persona A estando casado con otra persona B. Es decir, si por la razón que sea el Concilio prefirió restringir el peso de la condena de la tesis, eso no equivale a una negación, mucho menos dogmáticamente definida, de que la condena pueda tener más peso, y deja abierta la puerta a que así suceda eventualmente en el futuro.

El tenor del canon es absolutamente general y nada indica que se lo pueda restringir a la condenación de alguna tesis luterana, que por otra parte si era errónea no era por ser luterana sino por sostener lo contrario de lo que aquí se dice.

Sin duda, todos los pronunciamientos magisteriales tienen historia, pero el interés del Magisterio está precisamente en que dictamina sobre cuestiones doctrinales universales que trascienden la historia puntual de su formulación. La condenación de los errores vale para toda la Iglesia y no solamente para Alemania o para Occidente. Ése es el sentido de un Concilio Ecuménico, es decir, dirigido a la Iglesia universal. Bueno fuera que la tesis que era por lo menos errónea en boca de Lutero no lo fuese en boca de alguien situado más al Oriente.

Véase de paso la absoluta actualidad del Magisterio eclesial de siempre, y cómo en el siglo XVI las discusiones y los argumentos eran básicamente los mismos que ahora: por causa de adulterio, parte inocente, la Iglesia se equivoca, etc.

En cuanto al matrimonio entre protestantes, el canon 1055 del Código de Derecho Canónico, en su inciso 2 dice que entre bautizados no hay contrato matrimonial válido que no sea por ello mismo sacramento. De ahí se infiere la sacramentalidad del matrimonio válido entre protestantes, pues son bautizados. Es decir, por más que celebrasen solamente por civil, el hecho es que si su matrimonio es válido, es sacramento.

El Cardenal Kasper utiliza el argumento de que si el divorciado vuelto a casar puede recibir la comunión espiritual, entonces ya ha sido perdonado por Dios y puede por tanto comulgar sacramentalmente. Insiste en que la comunión espiritual es nada menos que la unión con Cristo Resucitado y Glorioso que evidentemente no puede darse en alguien que está en pecado mortal. Este punto como otros ha sido ya tratado en forma excelente en el blog de Bruno, pero de todos modos diremos algo aquí para completar nuestro análisis del texto.

Se argumenta entonces: de hecho se puede comulgar espiritualmente sin confesarse antes; ahora bien, no se puede recibir al Señor en pecado mortal, luego, se supone que en esos casos el pecado ya está perdonado.

Contra esto, las gracias actuales pueden darse antes de la justificación y como camino hacia ella. Nadie niega que estando en pecado mortal se puede rezar, se puede pedir la gracia del arrepentimiento, se puede formular el propósito de confesarse y dirigirse efectivamente al confesionario, y que la gracia de Dios puede actuar y actúa en ese momento en el pecador que lucha por salir de su pecado, sin que eso quiera decir que ya ha sido perdonado necesariamente.

Por tanto, la gracia de Dios no actúa solamente en el que ya ha sido perdonado, o para producir inmediatamente el perdón, sino también en el que se encamina hacia el perdón sin haberlo recibido todavía, y entonces, bien puede haber dos clases muy distintas de comunión espiritual; es decir, el gesto interior que realizamos puede tener según el caso dos sentidos muy distintos: uno que no implica el perdón del pecado ni tampoco la unión con Cristo, pero sí la acción del Espíritu Santo en el alma para moverla al arrepentimiento y la conversión, y otro que sí implica esa unión con Cristo, aunque siempre de modo diferente respecto de la comunión sacramental.

Ahora bien, lo que en todo caso hay que decir de esta última comunión espiritual es que es incompatible con la presencia del pecado mortal en el alma, como bien dice el Card. Kasper, y que por tanto no puede darse allí donde no ha habido arrepentimiento, y por tanto, donde no hay propósito de enmienda, y por tanto, donde se planea continuar con una situación de adulterio. En esos casos sólo será posible la otra clase, por así decir, de comunión espiritual, la que consiste en pedir al Señor que venga a nuestra alma y que para eso primero nos dé las gracias necesarias para lograr el arrepentimiento, la conversión, y la liberación del pecado mediante una confesión bien hecha que implique la renuncia a la relación sexual ilícita.

La prueba del nueve de esta afirmación la proporciona la misma pregunta del Card. Kasper: “si los divorciados vueltos a casar pueden recibir la comunión espiritual ¿por qué no la sacramental?”

Completemos la pregunta en forma totalmente lógica con el planteo: si pueden recibir la comunión espiritual sin confesarse, y esencialmente se trata de lo mismo que se da en la comunión sacramental ¿por qué no pueden igualmente recibir la comunión sacramental sin pasar por el sacramento de la reconciliación? ¿Qué necesidad habría de una confesión sacramental que de todos modos va a estar mal hecha, va ser en el fondo sacrílega, pues va a carecer deliberadamente de propósito de enmienda?

¿Hay una diferencia esencial tan grande entre ambas comuniones, la espiritual y la sacramental? Sin duda que sí, al menos en este sentido: la comunión espiritual, por los diversos sentidos en que puede darse, no implica necesariamente el perdón de los pecados como se dijo arriba, por eso no se exige para ella la confesión sacramental previa. Y como la contrición, la gracia y la caridad no pueden conocerse con certeza sin revelación divina especial, aún en el caso que de hecho hayamos tenido una comunión espiritual que haga presente a Cristo en nuestra alma y nos una a Él debemos acercarnos al sacramento de la reconciliación antes de poder recibir, esta vez sí con toda certeza, al Señor sustancialmente presente en el Sacramento del Altar.