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Daniel Iglesias Grèzes

Reseña del libro de Hilaire Belloc, El Estado Servil, publicado por La Espiga de Oro, Buenos Aires, 1945; traducción de la tercera edición del original inglés: The Servile State.

Introducción

La primera edición de The Servile State es de 1912, la segunda de 1913 y la tercera de 1927. El Estado Servil incluye los prefacios de Belloc a las ediciones tercera y segunda, en ese orden. Además de esos dos prefacios, el libro tiene una Introducción, nueve Secciones y una Conclusión. En la Introducción, el autor presenta la tesis del libro: la sociedad industrial, tal como la conocemos, tiende al restablecimiento de la esclavitud.

En la Sección I, Belloc define los términos principales que utilizará para desarrollar su tesis: Riqueza, Trabajo, Tierra, Capital, Medios de Producción, Proletariado, Propiedad, Estado Socialista, Estado Capitalista, Estado Servil. Se detiene sobre todo en una definición minuciosa del Estado Servil. Cito un resumen de esa definición: “El Estado Servil es aquel en que hallamos en número tan considerable familias e individuos diferenciados de los ciudadanos libres por la marca del trabajo obligatorio, que imprimen un sello general sobre la sociedad, la que aparece entonces como impregnada por todos los caracteres principales, malos o buenos, anexos a la institución de la esclavitud, sea que los esclavos estén directa y personalmente anexados a sus amos, o sólo indirectamente por medio del Estado, o bien anexados, en una tercera forma, por su subordinación a corporaciones o a determinadas industrias.” (p. 46).

Una digresión de carácter histórico

Las Secciones II-IV son una digresión de carácter histórico y constituyen a mi juicio la parte más sólida del libro. Allí el autor esboza sumariamente el proceso mediante el cual la Cristiandad transformó la antigua sociedad pagana, basada en la esclavitud, en una sociedad libre.

En la Sección II, Belloc subraya que la antigua sociedad pagana que precedió a la civilización europea fue servil, debido a la importancia fundamental de la esclavitud en dicha sociedad. La institución de la esclavitud fue dada por supuesta en la antigüedad pagana y fue perturbada sólo por el advenimiento de la Iglesia de Cristo.

En la Sección III, Belloc describe la lenta y gradual disolución de la institución servil, por efecto indirecto de la fe cristiana, durante los diez siglos de la Cristiandad medieval. El esclavo agrario se transformó primero en el siervo cristiano y luego en el labriego cristiano. A fines de la Edad Media estaba casi terminada la erección del “Estado Distributivo,” un Estado caracterizado por una distribución muy amplia de los medios de producción entre las familias.

“La institución servil, salvo en fórmulas legales que aparecen aquí y allá, o en escasos rincones aislados y excéntricos, había desaparecido totalmente; pero no debe imaginarse que la sustituyó alguna especie de colectivismo. Había tierras comunes, pero eran tierras celosamente custodiadas por hombres que poseían a la vez otras tierras. La propiedad común en la aldea no fue sino una de las formas de propiedad, y se la usaba más bien como volante destinado a mantener la regularidad del funcionamiento de la máquina cooperativa que como un tipo de posesión de un modo u otro específicamente sagrado. Los Gremios tenían propiedades en común, pero tales propiedades eran las necesarias para su vida cooperativa; nos referimos a sus Sedes, a sus Cajas de Socorro, a sus Fundaciones Religiosas. En cuanto a los instrumentos de sus oficios, eran propiedad individual de sus miembros, y no del Gremio, salvo cuando eran tan costosos que necesitaban un dominio corporativo.” (p. 67).

En la Sección IV, Belloc explica cómo en Inglaterra se malogró el Estado Distributivo, dando lugar al capitalismo. La decadencia de la propiedad distributiva comenzó en el siglo XVI con la confiscación de las propiedades territoriales de los monasterios por parte del Rey Enrique VIII. En general, la tierra así confiscada no fue retenida por la Corona, sino que pasó a engrosar las propiedades de los grandes terratenientes. Hacia 1660, después de varias guerras civiles, “toda la realidad del poder se encontraba en las manos de una clase poderosa de hombres ricos… la gran nota dominante fue que unas cuantas familias ricas se habían apoderado de la mayor parte de los medios de producción de Gran Bretaña, a la vez que ejercían todo el poder administrativo local y constituían además la justicia, la educación superior y la Iglesia… (En 1700), más de la mitad de los ingleses se hallaban desposeídos de capital y de tierra.” (p. 81). Por lo tanto, en contra de una tesis ampliamente extendida, Inglaterra se volvió capitalista mucho antes de la revolución industrial de los siglos XVIII y XIX. La industria moderna, originaria de Inglaterra, se desarrolló en un molde capitalista.

La demostración de la tesis

En las Secciones V-IX, el autor se esfuerza para demostrar la tesis del libro.

En la Sección V, Belloc sostiene que el capitalismo es intrínsecamente inestable, una mera fase de transición entre un estado estable anterior y un estado estable posterior. Para explicar esto, Belloc comienza por recordar su definición del Estado capitalista: “Llamamos capitalista a una sociedad en la cual la posesión de los medios de producción está limitada a cierto número de ciudadanos libres, no lo suficientemente grande como para hacer de la propiedad el carácter general de la misma, mientras que los restantes carecen de tales medios de producción y son, por consiguiente, proletarios.” (p. 93).

El autor sostiene que las dos tensiones internas principales que vuelven inestable al capitalismo son: a) el conflicto entre su realidad social y su base moral y legal; b) la inseguridad y penuria a que condena a los ciudadanos libres.

Acerca de la primera tensión interna, Belloc dice que las leyes se aplican generalmente a los pequeños hurtos, pero muchos grandes fraudes causados por la avaricia desenfrenada de unos pocos poderosos no se castigan o no se pueden castigar. Quizás también convendría mencionar aquí la importancia que en muchos países capitalistas tiene el sector informal de la economía, una fuerte realidad social que opera (casi necesariamente) al margen de la ley.

Acerca de la segunda tensión interna, Belloc subraya que la inseguridad propia del capitalismo afecta también a los capitalistas (porque la competencia desenfrenada puede hacerles perder su capital), pero la sufren sobre todo los proletarios, sobre quienes se cierne constantemente la grave amenaza del desempleo, que casi equivale a una condena a la miseria.

Según el autor, la inestabilidad del capitalismo es tal que le impide proseguir hasta su conclusión lógica (que sería, supongo, la competencia perfecta de la teoría económica liberal) y produce un fuerte impulso reformista que tiende a limitar la inseguridad de los poseedores y de los desposeídos del capital.

En la Sección VI, Belloc sostiene que hay sólo tres ordenaciones sociales estables que pueden sustituir al inestable capitalismo: la solución distributiva, la solución colectivista y la solución servil. Empero, dado que ningún reformador preconizará abiertamente la solución de la servidumbre, sólo quedan dos vías abiertas para los reformadores: la solución distributiva y la solución colectivista.

En la Sección VII, Belloc sostiene que el capitalismo tiende mucho más fácilmente al colectivismo que al distributismo. Los conservadores, que preconizan el Estado distributivo, quieren poner la propiedad de los medios de producción (hoy en manos de una pequeña minoría de capitalistas) en manos de la mayoría de los ciudadanos. En cambio los socialistas, que preconizan el Estado colectivista, quieren poner esa propiedad en manos de los gobernantes, para que la administren en beneficio de todos.

Belloc enfatiza que, de las dos escuelas de reformadores, los conservadores son los más prácticos, porque manejan en mayor medida cosas que tienen o han tenido existencia real; mientras que los socialistas son los menos prácticos, porque su ideal no puede ser localizado en ninguna fase anterior conocida y estudiada de nuestra sociedad. Sin embargo, reformar el capitalismo en un sentido colectivista es mucho más fácil que hacerlo en sentido distributivo. Por ejemplo, es mucho más fácil estatizar una gran compañía privada poseída por pocos capitalistas que distribuir la propiedad de esa empresa entre un gran número de accionistas. El autor resume la situación diciendo que, en la sociedad capitalista, los reformadores distributistas (entre los cuales se cuenta él mismo) trabajan “a contrapelo,” mientras que los reformadores socialistas trabajan “a favor del pelo.” El colectivismo parece ser una consecuencia natural del capitalismo, pero en la sección siguiente Belloc sostendrá que la tentativa colectivista está condenada al fracaso y a engendrar en la práctica algo muy diferente de lo que se proponía: el Estado servil.

En la Sección VIII, Belloc sostiene que la gran mayoría de los reformadores y de los reformados está promoviendo el Estado servil. Dejando de lado a los conservadores, que buscan una reforma de sentido contrario, hay dos tipos de reformadores que trabajan en la línea de menor resistencia. El autor los denomina el Socialista (que a su vez es de dos clases: el Humanista y el Estadígrafo) y el Hombre Práctico. El Socialista Humanista es un idealista que trata de implantar el colectivismo como remedio de los males del Estado capitalista. Pretende eliminar la inseguridad y la penuria de las masas confiscando los medios de producción poseídos por los capitalistas y transformándolos en propiedad estatal. Como esta vía es sumamente difícil de realizar, el Socialista Humanista adopta otro medio para llegar al mismo fin: en lugar de atacar la propiedad privada, limitar gradualmente la libertad económica.

Belloc ilustra este fenómeno con un diálogo imaginario. El reformador socialista idealista dice al capitalista: “Mi deseo es despojar a usted de su propiedad, pero mientras tanto estoy resuelto a que sus empleados tengan un nivel de vida tolerable.” El capitalista responde: “Me niego a ser despojado de mi propiedad, y, a menos que se produzca una catástrofe, tampoco eso es posible. Pero si usted quiere determinar la relación entre mis empleados y yo, tendré que asumir especiales responsabilidades en virtud de mi posición. Sujete al proletario, como proletario y por ser proletario, a leyes especiales. Confiérame a mí, el capitalista, como capitalista y por ser capitalista, especiales obligaciones recíprocas en virtud de las mismas leyes. Yo me ocuparé lealmente de que sean cumplidas; yo obligaré a mis empleados a que las cumplan, y asumiré el nuevo papel que me impone el Estado. Y todavía más, me ocuparé de que, por obra de ese régimen nuevo, mis ganancias sean quizás mayores y ciertamente más seguras” (p. 131).

El autor sostiene que, por esta segunda vía, todas las cosas que en las reivindicaciones socialistas son compatibles con el Estado servil pueden realizarse sin duda alguna. “Al término del proceso, habrá dos clases de hombres: los poseedores económicamente libres y los desposeídos carentes de libertad económica y gobernados por aquéllos en bien de su tranquilidad y garantía de su sustento. Pero con esto estamos ya en el Estado servil” (p. 133). Cuando la transformación del Estado capitalista en el Estado servil se haya consumado, no habrá ya motivo para exigir la propiedad pública de los medios de producción. El reformador socialista idealista habrá conseguido lo que realmente quería: asegurar el sustento mínimo de las masas y eliminar su inseguridad.

La otra clase de reformador socialista (el Estadígrafo) no busca principalmente el bien de la humanidad. El ideal colectivista lo atrae porque representa el orden social llevado al extremo. Lo que él quiere realmente es “manejar” a los hombres como se maneja a una máquina. Mientras pueda manejar y organizar a los pobres, se mostrará enteramente conforme con la marcha hacia el Estado servil.

En cuanto al otro tipo de reformador (el Hombre Práctico), Belloc dice que lo caracterizan “una incapacidad de definir sus propios principios fundamentales y una incapacidad de seguir las consecuencias derivadas de su propia acción. Estas dos incapacidades proceden de una forma sencilla y deplorable de impotencia: la incapacidad de pensar” (p. 137). El autor sostiene que si el socialista, que tiene una doctrina clara, “se ve desviado del socialismo y encaminado hacia el Estado servil, por la fuerza del orden moderno de las cosas en Inglaterra, ¿cuánto más fácilmente no será conducido el “hombre práctico” a ese mismo Estado servil…?” (p. 138). El Hombre Práctico, dejado a sí mismo, no produciría ningún resultado coherente. Pero no está en libertad de obrar, sino que es un simple aliado de grandes fuerzas que lo utilizan con gratitud y desprecio.

En cuanto a la gran muchedumbre (el proletariado) sobre la que trabajan los reformadores, aunque conserva el instinto de la propiedad, ha perdido toda experiencia de ésta y se halla sujeta mucho más a la ley particular de su empresa que a la ley de los tribunales del Estado. Es algo similar a lo sucedido en los comienzos de la Edad Media. Los poseedores recibieron bien los cambios que ratificaban su propiedad y garantizaban todavía más sus rentas. Hoy día los desposeídos recibirán bien cualquier cosa que los mantenga en una condición de clase asalariada pero que también aumente sus salarios y su seguridad.

En un Apéndice de la Sección VIII, Belloc muestra la inutilidad de la propuesta colectivista de “comprar la parte” del capitalista (es decir, la expropiación con justa indemnización) en lugar de la confiscación lisa y llana.

En la Sección IX, Belloc pretende demostrar que la transformación del Estado capitalista en el Estado servil ya estaba en marcha en la Gran Bretaña de su época. Sostiene que la manifestación del Estado servil en las leyes será de dos tipos: a) leyes que obliguen al proletario a trabajar; b) operaciones financieras que remachen con más fuerza el dominio de los capitalistas sobre la sociedad.

Con respecto al punto a), el autor lo encuentra ya actuando en disposiciones tales como la Ley de Seguros, los proyectos de Arbitraje Obligatorio, la imposición de convenios colectivos y el establecimiento de Colonias de Trabajo para los que no pueden conseguir empleo.

Con respecto al punto b), el autor afirma que los experimentos de “socialización” de medios de producción a nivel municipal o nacional han acrecentado ya y siguen acrecentando la subordinación de la sociedad a los capitalistas.

Al final de la Conclusión del libro, Belloc afirma lo siguiente: “Mi convicción de que el restablecimiento del status servil en la sociedad industrial ha entrado a regir ya entre nosotros no me lleva a ningún vaticinio endeble y mecánico de lo que será el futuro de Europa. La fuerza de la que he estado hablando no es la única fuerza en juego. Existe un complicado nudo de fuerzas en el substrato de todas las naciones que fueron cristianas; un rescoldo del fuego antiguo. […]

No afirmo yo que este factor segundo en el desenvolvimiento futuro, vale decir la presencia de sociedades libres, destruirá la tendencia al Estado servil en todas partes; pero creo que la modificará, sin duda, mediante el ejemplo, y quizás atacándola directamente. Y como en general tengo la esperanza de que la Fe recobrará su lugar íntimo y orientador en el corazón de Europa, creo que este retroceso a nuestro paganismo originario (pues no otra cosa es la tendencia al Estado servil) será en su oportunidad contenido y enderezado en sentido contrario. Videat Deus.” (pp. 188-189).

Mi opinión

Habiendo presentado sintéticamente el contenido del libro, me toca ahora dar mi opinión sobre esta original y sorprendente obra de Belloc. Comenzaré indicando algunas de sus fortalezas.

En primer lugar, opino que Belloc corrige la visión marxista de la historia económica, ampliamente difundida incluso hoy. El esquema marxista afirma que las principales etapas sucesivas de esa historia fueron la esclavitud antigua, el feudalismo medieval y el capitalismo moderno y contemporáneo. En cambio, Belloc subraya que las grandes transformaciones económicas y sociales de la Cristiandad Medieval no sólo llevaron a la sustitución del antiguo régimen servil por el régimen feudal, sino que continuaron hasta producir, a fines de la Edad Media, un Estado distributivo, en el que la mayoría de las familias poseían medios de producción. Desde esta perspectiva histórica, el posterior surgimiento y triunfo del capitalismo se ve como una inversión del proceso medieval hacia una mayor distribución de la propiedad.

En segundo lugar, nuestro autor nos ayuda a comprender que el capitalismo y el colectivismo no están tan distantes entre sí como parece a primera vista. Yo lo explicaría de la siguiente forma: el ideal distributista (que es el ideal propio del sentido común de la gente corriente, no ideologizada) es una sociedad en la que el 100% de los ciudadanos adultos o de las familias poseen medios de producción. En cambio, el ideal colectivista es que ese porcentaje sea del 0% y que el Estado monopolice todos los medios de producción. Pues bien, en la realidad de las sociedades capitalistas, ese porcentaje es quizás del orden del 5 o 10%; o sea que, desde este punto de vista de importancia fundamental, la realidad del capitalismo está mucho más cerca del ideal colectivista que del ideal distributista.

Consideremos ahora las principales debilidades de El Estado servil.

En primer lugar, parece claro que Belloc sobreestimó la inestabilidad del capitalismo. 101 años después de la primera edición de The Servile State, el capitalismo continúa “vivo y coleando.” En defensa de la tesis de Belloc se podría argumentar que el capitalismo actual es muy distinto del “capitalismo salvaje” del siglo XIX y principios del siglo XX y que este último era realmente inestable. Sin embargo, es preciso reconocer que las reformas del sistema capitalista no han traído consigo el restablecimiento del Estado servil, sino algo en principio muy diferente: el Estado de bienestar. Con todo, retomando la tesis de Belloc, cabría que nos preguntáramos si el Estado de bienestar podría ser una etapa intermedia de un proceso más largo de regreso a la esclavitud. Se trata de una pregunta inquietante.

Recordemos que la “nueva esclavitud,” tal como la define Belloc, no sería una simple reedición de la esclavitud de la Antigüedad pagana, cuando se consideraba y trataba al esclavo como una cosa, un bien del amo semejante a sus otros bienes (tierras, ganados, herramientas, etc.). La “nueva esclavitud” estaría determinada por la noción de “trabajo legalmente obligatorio.” Un proletario es un esclavo, según Belloc, sólo si la ley positiva lo obliga a trabajar como asalariado de un capitalista.

¿Estamos hoy en esa situación? Considerando estrictamente la noción de “obligación legal,” yo diría que no, porque en general los trabajadores pueden renunciar a su trabajo y… atenerse a las consecuencias. Ahora bien, las consecuencias suelen ser tan duras que muchos trabajadores no podrán o no querrán afrontarlas. En ese sentido menos preciso de “esclavitud” (equivalente a “opresión”), podría decirse que muchos trabajadores viven hoy una especie de esclavitud.

Por otra parte, la tendencia hacia el Estado de bienestar encaja bastante bien en uno de los pronósticos de Belloc: me refiero a la sustitución del objetivo original del reformador socialista (la eliminación de la propiedad privada de los medios de producción) por el de una limitación de la libertad a cambio de mayor seguridad. Esta segunda vía, que se suele caracterizar como “socialdemócrata” (recordemos que la social-democracia tiene orígenes marxistas), ha sido sin embargo apoyada con entusiasmo por muchas otras corrientes de opinión, incluyendo a la democracia cristiana. El problema de esta vía es que, en su afán de construir una sociedad basada en el principio de solidaridad, a menudo descuida o rechaza el otro gran principio de la doctrina social católica: la subsidiariedad. En otras palabras, el Estado de bienestar tiende a convertirse en un gigante hipertrofiado que, con su conjunto siempre creciente de poderes y regulaciones, atenta contra la libertad y la iniciativa de los ciudadanos, las familias, las empresas (sobre todo las pequeñas) y las asociaciones intermedias. No cuesta demasiado descubrir algunos aspectos del “lado oscuro” de esta situación aparentemente tan positiva. Nótese, por ejemplo, la dura persecución de algunos Estados europeos (tan “democráticos” y “avanzados”) contra las familias de homeschoolers. El moderno “Estado de bienestar” (relativista y secularista) es un Leviatán con un cerebro pequeño, que tiende a confundir, por ejemplo, una inofensiva palmada en las nalgas con las peores formas de violencia y de abuso infantil. Se podría multiplicar los ejemplos que muestran que la libertad del actual ciudadano común es bastante más limitada de lo que parece.

La otra debilidad principal de esta obra de Belloc es su subestimación de la factibilidad del Estado colectivista. Belloc escribió estas palabras (comprensibles en la edición de 1913, pero menos justificables en la edición de 1927, diez años después de la Revolución bolchevique en Rusia): “No puedo creer que ese colectivismo teórico que está hoy día fracasando tan manifiestamente haya de informar jamás una sociedad real y viviente” (p. 188). No obstante, el colectivismo se implantó íntegramente en la Unión Soviética y otras naciones comunistas. El lado bueno de este pronóstico erróneo es que el carácter antinatural del colectivismo (que llevó a Belloc a considerarlo inviable) lo volvió tan frágil que lo llevó a su casi desaparición en 1989-1991.

El Estado servil de Belloc ha sido apreciado por autores de tendencias muy disímiles. George Orwell, socialista, autor de la novela distópica 1984 y de la novela satírica Rebelión en la granja, dijo que Belloc había predicho con notable perspicacia los acontecimientos de los años ’30. Kenneth Minogue, conservador, se inspiró en El Estado servil para escribir su obra La mente servil. Friedrich von Hayek, liberal, elogió la verdad de las predicciones de Belloc en su libro Camino de servidumbre.

La escena final de Rebelión en la granja ilustra una posibilidad muy cercana a la tesis de Belloc. Los cerdos (los líderes de la revolución de los animales de la granja) se reúnen con los hombres (los capitalistas). Ambas partes llegan a un acuerdo amistoso, pero perjudicial para los demás animales, que siguen siendo tan explotados como antes de la revolución. Más aún, cerdos y hombres se transforman de tal modo que ya no es posible distinguir entre ambos. La actual alianza entre las grandes empresas y el “gran gobierno,” que conlleva varias consecuencias opresivas para el ciudadano corriente, no parece estar muy lejos de ese resultado final del intento revolucionario.