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Equipo de Dirección

 

Conferencia de Mons. Juan Claudio Sanahuja en Montevideo

Con alegría anunciamos que el martes 18 de noviembre de 2014, de 19:00 a 21:00 hs., en la Facultad de Teología del Uruguay Monseñor Mariano Soler, tendrá lugar una conferencia de Mons. Dr. Juan Claudio Sanahuja sobre el tema Los nuevos paradigmas éticos. Dicha conferencia es organizada por el Centro Cultural Católico Fe y Razón y apoyada por la citada Facultad de Teología y por Kolping Uruguay. La entrada a la conferencia será libre y gratuita.

Juan Claudio Sanahuja nació en Buenos Aires en 1947. Estudió Ciencias de la Información en la Universidad de Navarra. Cursó estudios de Teología en Roma, y obtuvo el grado de Doctor en Teología en la Universidad de Navarra en 1973. Fue ordenado sacerdote en 1972 y pertenece al clero de la Prelatura del Opus Dei. Es profesor del Studium Generale de la Prelatura del Opus Dei en Argentina.

En 2011, el Papa Benedicto XVI le otorgó el título de Capellán de Su Santidad, por su trabajo a favor de la vida y la familia, al que se dedica desde hace más de treinta años.

Es autor de El Gran Desafío: la Cultura de la Vida contra la Cultura de la Muerte; El Desarrollo Sustentable. La nueva ética internacional y Poder Global y religión universal, y de otros cinco libros en colaboración con varios autores.

Desde 1998 edita por correo electrónico el boletín Noticias Globales, que provee material de investigación sobre políticas relacionadas con la vida humana y la familia, y desde 2001 comenzó por el mismo medio el servicio Notivida, dedicado a los mismos temas, pero enfocado a Argentina.

Fue miembro correspondiente de la Pontificia Academia Pro-Vida (1998-2011). Es Asesor Eclesiástico de la Fundación Nueva Cristiandad y Vice-asesor del Consorcio de Médicos Católicos de Buenos Aires. Ha colaborado en distintos emprendimientos del Pontificio Consejo para la Familia.

Más aportes para un voto ético

En este artículo editorial pretendemos profundizar nuestro anterior aporte al discernimiento moral del voto de cara a las próximas elecciones nacionales en la República Oriental del Uruguay.

El católico uruguayo la tiene difícil en las elecciones presidenciales y legislativas que se avecinan. Partimos de la base de que es un católico que toma en serio los principios no negociables enunciados por el Papa Benedicto XVI, de los cuales presentamos aquí una versión resumida:

  • Vida: El ser humano tiene derecho a la vida desde la concepción hasta la muerte natural.
  • Familia: La familia es la base de la sociedad y tiene como núcleo el matrimonio de un varón y una mujer, abierto a la transmisión de la vida.
  • Libertad de enseñanza: Los padres tienen el derecho y el deber de educar a sus hijos. Son ellos —no el Estado, ni los empresarios educativos, ni los docentes— los titulares de ese derecho.
  • Bien común: El Estado está al servicio de la sociedad y no al revés. El papel de la autoridad es ordenar la comunidad política no según la voluntad del partido mayoritario sino atendiendo a los fines de la misma, buscando la perfección de cada persona, aplicando el principio de subsidiariedad y protegiendo al más débil del más fuerte.

Sobre esta base, es claro que la dificultad no la plantea el actual partido de gobierno, que se ha dedicado a violar sistemáticamente estos principios y que (todo lo hace pensar) seguirá haciéndolo por todo el tiempo en que siga en el poder. Algo muy similar podemos decir de los partidos pequeños. Algunos aparentemente son más radicales que el mismo partido de gobierno en la adhesión a ideologías materialistas y ateas destructoras de la persona, la familia y la sociedad; y otro ha tenido una lamentable actuación en cuanto a hacer posible, por ejemplo, la legalización del aborto en el país, con su voto parlamentario y con su colaboración a la redacción de un proyecto de ley suficientemente disfrazado como para que pudiese ser votado por cierto legislador católico.

No. La dificultad angustiosa la plantean los partidos llamados tradicionales, ahora en la oposición, porque con frecuencia (la principal excepción fue la votación contraria a la ley de aborto) secundaron las violaciones legislativas a los derechos de la vida humana y de la familia que promovió principalmente el partido de gobierno. Estamos hablando, por ejemplo, de la legalización de la fecundación in vitro, del mal llamado matrimonio homosexual y de las uniones concubinarias, de la ley de cambio de sexo registral, de la ley de voluntad anticipada, que a menudo es un anticipo de eutanasia pasiva, del apoyo acrítico a los postulados de la perspectiva de género, etc. Estos partidos tradicionales en muchos casos han decepcionado profundamente al electorado católico, o deberían haberlo hecho, si no fuese por la excepcional insensibilidad que ese mismo electorado católico muestra en muchas ocasiones ante los principios no negociables, que deberían ser el primer criterio para emitir el voto, cuando el votante se considera un fiel hijo de la Iglesia. He ahí el dilema para el católico que siente verdaderamente el peso y el valor de esos principios no negociables. Sin duda votar en blanco es atractivo para quien no quiere tener que reprocharse una colaboración indebida con el mal. Pero cabe preguntarse si existe una alternativa mejor desde el punto de vista ético.

Desde el punto de vista moral lo esencial es si votar en las próximas elecciones por los partidos llamados tradicionales es o no una acción intrínsecamente mala por su objeto. Es decir si, más allá de la intención del votante y más allá de las consecuencias que pueda tener votar o no votar, votar esto o aquello, el votar hoy por los partidos tradicionales es o no en sí mismo una acción mala, teniendo en cuenta su historia reciente de claudicaciones en materia de derechos básicos de la persona y la familia. En efecto, supuesta la bondad o indiferencia moral de ese voto, no quedaría campo para la duda, en nuestra opinión. Sentiríamos como un deber hacer lo que esté de nuestra parte para tratar de revertir la desastrosa política llevada a cabo en los últimos años, y como una falta el no cumplir con ese deber.

La cuestión merece mucho estudio, reflexión, oración, asesoramiento con consejeros capacitados e idóneos. Aquí solamente apuntamos a dar algunas pistas que tal vez ayuden a tomar en conciencia una resolución.

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El acto humano es moralmente bueno o malo por el objeto o tipo de acción que es en sí mismo, por el fin o intención del agente y por las circunstancias, por ejemplo las consecuencias que tiene o puede tener. El acto malo por su objeto no puede ser hecho bueno ni por la intención buena del agente ni por las consecuencias buenas que pueda tener ese acto. En cambio, el acto bueno por su objeto se vuelve malo por la intención mala del agente.

El objeto del acto humano es el fin objetivo que ese acto tiene en sí mismo (finis operis), independientemente de la intención particular del agente (finis operantis). Esta independencia respecto de la intención del agente hay que entenderla en el sentido de que el fin no justifica los medios, o sea cuando la intención del agente es distinta del fin objetivo de la acción. En efecto, la intención del agente puede ser idéntica al finis operis, por ejemplo cuando se prende fuego a una casa sabiendo que su ocupante se encuentra en ella y con la finalidad de matarlo. En esos casos, el finis operis es matar a esa persona; pero no lo sería si el acto de prender fuego a la casa tuviese como finalidad solamente perjudicar al dueño en sus posesiones, al no saber el incendiario que el dueño estaba presente. Es decir, al elegir una acción que de suyo tiende a un efecto determinado, estamos eligiendo ese efecto, a condición, claro, de que sepamos que la acción tiende a tal efecto. No es que en caso contrario no podamos ser culpables, sino que en todo caso seremos culpables por las consecuencias de nuestra acción y no por el objeto de la acción misma.

El acto con que se coopera al mal puede ser intrínsecamente malo, o no. El que coopera con el mal puede tener la intención de cooperar con el mal, o no. En el caso en que el acto no es intrínsecamente malo, la cooperación puede ser mala o por la intención o por las circunstancias.

Votar en unas elecciones no es un acto intrínsecamente malo. El objeto inmediato de la acción es sumar un voto a la cantidad de votos que llevarían al poder al candidato y su partido en caso de ser suficientes. En segundo lugar se apunta a que el programa de gobierno del candidato se aplique. Esto lo decimos porque, en caso de ser suficientes los votos, lo primero se sigue con más certeza que lo segundo.

Un candidato puede presentarse a las elecciones con un programa político cuyo centro es intrínsecamente malo, por ejemplo, un partido político creado para legitimar la pedofilia. En esos casos, el voto está de suyo directamente orientado a algo intrínsecamente malo.

Consideremos ahora el caso del candidato que en su programa político apunta principalmente a dar algún tipo de solución, discutible como toda solución política, a problemas económicos, sociales, etc., incurriendo en algunos casos en propuestas que no son acordes con la ley moral natural. En esos casos puede pensarse que el voto va de suyo orientado, ante todo, a que el candidato acceda al poder, y luego a lo que es principal en la propuesta de este candidato. Parece evidente, en efecto, que la mayor o menor centralidad de los aspectos negativos en un programa de gobierno puede cambiar la especie moral del acto de votar por ese programa. Lo contrario podría ser una especie de purismo electoral que estaría reñido con la realidad. También es cierto que forman parte del objeto moral del acto todas las consecuencias necesarias o muy frecuentes del mismo, previstas o previsibles, que tengan relevancia moral. Las consecuencias necesarias del acto son efectos per se de ese acto. Hay quienes sostienen que cuando el efecto malo se sigue de la voluntad de un tercero, aunque lo haga en la mayoría de los casos, es siempre per accidens. Lo que es per accidens no forma parte de la esencia de la cosa y por tanto en este caso esas consecuencias no serían parte del objeto moral del acto. Podrían con todo ser imputables al agente, de no mediar causa justa de su parte para obrar así.

Si en estos casos el objeto del acto de votar no es intrínsecamente malo, el voto será posible como aplicación del principio del doble efecto. Se quiere los efectos buenos esperables del programa del candidato en cuestión y se prevé y tolera, sin quererlos ni como fin ni como medio, los efectos malos. Por el  contrario, si en esos casos en que el voto no es intrínsecamente malo, el acto de votar por un candidato es malo de todos modos, lo será o bien por la intención, o bien por las circunstancias.

Tanto cuando el acto mismo de cooperar es algo intrínsecamente malo como cuando, sin serlo, hay intención de ayudar al otro a pecar, se habla de cooperación formal con el mal, la cual es siempre mala. Si no hay intención de cooperar con el mal que probablemente hará este candidato y el acto de votarlo es malo, sin serlo por su objeto, o sea intrínsecamente, lo será por las circunstancias, o sea, en este caso, por las consecuencias del voto, es decir, por el mal uso que el elegido eventualmente hará del poder que se le ha concedido. En ese caso podemos hablar entonces de cooperación material con el mal.

La cooperación material puede ser próxima o remota, inmediata o mediata. Es inmediata o directa cuando se participa en la acción mala misma, por ejemplo, ayudando a la persona a cometerla. Es mediata o indirecta cuando solamente se le da algo a la persona que ella luego puede usar mal. La cooperación material puede ser también próxima o remota, según la distancia, por así decir, que haya entre el acto de cooperar y la mala acción del otro. La cooperación inmediata es siempre próxima, la mediata puede ser próxima o remota. Por ejemplo, una cosa es vender una escopeta a un conocido asesino a sueldo sabiendo que muy probablemente la usará para matar a alguien, y otra cosa es hacerlo sin saberlo o, sabiendo lo que quiere hacer, cambiarle en el banco el cheque con cuyo efectivo comprará el arma. Para valorar si una cooperación es remota o próxima sirve tener en cuenta el grado de certeza que podemos tener de que el otro hará mal uso del recurso que le damos. Cabe preguntarse si la cooperación inmediata puede ser material, pero en todo caso es mala. La cooperación material mediata próxima parece que también lo es.

En el caso de un candidato que apunta en su programa a soluciones buenas o indiferentes en lo principal, y que en algunos casos propone o tolera cosas malas, el voto sería lícito si se pudiera entender válidamente como cooperación material remota, y por tanto mediata. Los requisitos son:

  • Que no queramos ni aprobemos, ni como fin ni como medio, el eventual mal uso que el candidato hará de nuestro voto.
  • Que dicho uso malo no se siga necesaria o inmediatamente del hecho de que el candidato acceda al poder. Esto depende de lo más o menos centrales que sean los aspectos malos del programa del candidato, en ese programa mismo.
  • Que haya razones proporcionadas para votar a ese candidato. Una de esas razones, en este contexto que estamos suponiendo, sería evitar el acceso al poder o la permanencia en el mismo de otra opción cuyas propuestas contrarias a la ley moral natural tengan un lugar mucho más central en su programa de gobierno.

En 2004, el entonces Cardenal Joseph Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, envió a la Conferencia Episcopal de los Estados Unidos una nota sobre el problema de si dar o no la comunión a los políticos abortistas. En ella el Cardenal Ratzinger agrega al final una nota en la que dice:

“A Catholic would be guilty of formal cooperation in evil, and so unworthy to present himself for Holy Communion, if he were to deliberately vote for a candidate precisely because of the candidate’s permissive stand on abortion and/or euthanasia. When a Catholic does not share a candidate’s stand in favour of abortion and/or euthanasia, but votes for that candidate for other reasons, it is considered remote material cooperation, which can be permitted in the presence of proportionate reasons.”[1]

Un católico sería culpable de cooperación formal al mal, y por lo tanto indigno de presentarse a la Sagrada Comunión, si votara deliberadamente por un candidato precisamente debido a la postura permisiva del candidato sobre el aborto y/o la eutanasia. Cuando un católico no comparte la postura del candidato a favor del aborto y/o la eutanasia, pero vota por ese candidato por otras razones, se considera cooperación material remota, lo que puede permitirse en presencia de razones proporcionadas (traducción de Fe y Razón).

El Cardenal Ratzinger distingue aquí entre cooperación formal al mal y cooperación material al mal, y también entre cooperación próxima y cooperación remota al mal.  Sostiene que la cooperación material y remota con el mal puede ser lícita en algunos casos, y afirma que es posible que, en algunos casos, el voto de un católico a un candidato que no guarda los principios innegociables en lo que tiene que ver con el derecho a la vida sea sólo una cooperación material y remota, moralmente lícita, con el mal.

En el Uruguay de hoy, entendemos que los aspectos contrarios a la ley moral natural son mucho más centrales en el programa del partido de gobierno que en los programas de los partidos llamados tradicionales que están en la oposición, de modo que sería lícito votar por estos últimos, siempre que se guarden las condiciones arriba señaladas. Está ante todo la cuestión de los programas de los partidos de oposición. Si en ellos no figura nada contrario a la ley moral natural, entonces nos parece entendible que esa consideración prime sobre la de la actuación previa de los encargados de llevar a cabo ese programa. Después de todo, no estamos votando directamente acerca de las leyes injustas que ya fueron aprobadas, de las cuales debemos buscar cuanto antes su derogación, exigiéndola a los que accedan al poder, sino que el voto mira esencialmente al futuro.

Por otra parte, pensamos que, en cualquier hipótesis, es necesario que surja en nuestro país una alternativa política que realmente encarne en forma decidida los principios no negociables, que son la base de cualquier convivencia política humana digna de ese nombre.


[1] Ver el memorandum enviado por el entonces Cardenal Ratzinger al Cardenal McCarrick que fuera hecho público en la primera semana de julio de 2004. Worthiness to Receive Holy Communion. General Principles. (Trad. “Recepción digna de la Sagrada Comunión.”)