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Néstor Martínez Valls

El sacerdote jesuita José Ignacio González Faus ha publicado en el blog de Cristianisme i justicia un artículo titulado “Abortar el aborto” del que extraemos y comentamos los siguientes párrafos, en los que entre otras cosas sostiene que el recién nacido no es persona:

“b. Límites oscuros.- Es sabido que San Agustín (en el De anima) y Santo Tomás (I, 118, 2 ad 2) sostenían que el feto sólo es un ser humano a partir de los 45 días de la gestación, porque antes la materia no está preparada para recibir el alma racional. Esta opinión podrá ser discutida hoy porque además está formulada con categorías filosóficas anticuadas (cuerpo, y alma infundida desde fuera). Pero pone de relieve una nueva complejidad en el tema del aborto.

Se acusa a la Iglesia de sostener que el embrión es una persona. La acusación suena rotunda, pero sólo lo es en parte. El embrión no es todavía una persona. Como el recién nacido tampoco es aún una persona. Pero ambos están programados para serlo: la vida que hay en el embrión no es exclusivamente vegetativa aunque en aquellos momentos sólo funcione como una planta. Y la vida que hay en el recién nacido (o en el feto cuando ya da patadas) no es exclusivamente sensitiva aunque en aquellos momentos aún no sea vida racional; pero está programada y en camino de serlo. Y las cosas se definen más por su futuro que por su presente. Esto parece ser lo que quiso decir Tomás, aunque se enredó con su idea de diversas almas que van eliminando a la anterior (la sensitiva a la vegetativa y la racional a la sensitiva).

El hecho es que, en nuestra trayectoria vital, pasamos todos por la “constitución” humana, el “individuo” humano y la “persona” humana. El problema está en que los límites entre ellas son tan imposibles de señalar con precisión como la separación entre la noche y el día. Esto obliga a la sociedad a decretarlos artificialmente, como se hace con las luces públicas: señalando una hora concreta (aunque unos días habrá más luz y otros menos). Quien sostenga que sólo la persona humana tiene derecho a la vida habría de aceptar que matar a un recién nacido no es un crimen, cosa que nadie hace porque la frontera del nacimiento pesa en cualquier sensibilidad. Pero estas reflexiones permiten comprender que no es lo mismo matar a un embrión reciente que a un ser humano ya constituido.

Yo personalmente comparto y admiro la postura de la Iglesia que defiende la vida del embrión desde el principio, más por su futuro y su destino humano que por su mero presente en el que, además, esa vida no puede defenderse. Pero, a la vez, comprendo que no puedo obligar a toda la sociedad a que comparta esa postura. Como no se me puede pedir a mí que comparta la postura extrema del budista cuyo respeto a la vida le llevará a no matar ni al mosquito que me está picando. Esto es lo que daba cierta racionalidad a una ley de plazos que sólo pretenda despenalizar algunos abortos, sin declararlos por ello ni morales ni derechos humanos.”

* * *

Nos interesa comentar este texto desde el punto de vista de la fe católica, es decir sin limitarnos a los argumentos puramente filosóficos, sino basándonos también en la doctrina de la fe.

Ante todo, es notable que para González Faus el recién nacido no sea persona. ¿Qué concepto de “persona” es el suyo para poder afirmar algo así? Y él saca las consecuencias lógicas: si es por ser persona que el ser humano no puede ser eliminado, entonces se puede eliminar al recién nacido. Con este argumento en realidad González Faus no está justificando solamente el aborto, sino también el infanticidio.

En efecto, el hecho de que “la frontera del nacimiento pesa en cualquier sensibilidad” es claro que no es argumento suficiente para decir que matar a un recién nacido es inmoral. Y si “no es lo mismo matar a un embrión reciente que a un ser humano ya constituido”, o bien ese ser humano ya constituido es persona, o no. En el primer caso, ése es el caso del recién nacido, o no. En el segundo caso, tampoco será lo mismo matar a un recién nacido que a una “persona”. E igualmente, si el “ser humano ya constituido” no es todavía “persona”, entonces tampoco será lo mismo matar a un “ser humano ya constituido” que matar a una “persona”.

Además, González Faus se equivoca al decir que nadie acepta que matar a un recién nacido no es un crimen. El “filósofo” australiano Peter Singer lo hace, y hay que reconocer que en esto se muestra simplemente como un abortista consecuente. Y lo hacen también los ginecólogos británicos que pidieron al gobierno la legalización del infanticidio en ciertos casos, seguidos en esto por otros matarifes italianos, creo, hace relativamente poco tiempo.

Como se ve, no todas las “sensibilidades” se detienen ante la frontera del nacimiento, porque una vez que se aceptan principios falsos, la lógica es más implacable que cualquier “sensibilidad”.

González Faus reconoce que hay en el cigoto, que según él no es aún persona ni de naturaleza racional, una “programación” hacia la naturaleza racional. ¡Pero esa “programación” es justamente la naturaleza racional! ¿Cómo una naturaleza distinta de la racional estaría “programada” hacia la naturaleza racional? Sería como decir que la naturaleza del gato está “programada” hacia la del perro.

Dice además que los límites entre el embrión no personal y la persona son difíciles de señalar, y que por eso la ley debe establecerlos arbitrariamente. Pero el caso es que esos límites son difíciles de señalar precisamente porque no existen, y que si fuese así, o sea si fuera difícil señalar el límite entre lo que no es persona y lo que lo es, una vez dada la fecundación, entonces lo único que la ley podría hacer moralmente sería prohibir todo atentado contra el producto de la fecundación, precisamente para no correr el riesgo de estar asesinando a un ser humano.

González Faus dice que no puede obligar a toda la sociedad a que comparta su postura. Sin duda, pero felizmente no es necesario.

Nada impide que existan por ahí filosofías que no vean nada malo en el homicidio, la violación, etc. De hecho, nada impide que en una sociedad dada haya musulmanes que practican la ablación del clítoris a las mujeres, o que sostengan que, como sucede al parecer en Afganistán, la violación no debe ser penada por la ley. A nivel jurídico, no se trata de hacer que esas personas renieguen de sus creencias o compartan las nuestras. Se trata simplemente de asegurarnos de que en nuestro sistema legal esas cosas se tipifican como delitos y se penalizan del modo debido, porque atentan contra los derechos de otras personas.

Por lo mismo, sin duda tampoco se puede obligar a González Faus a que comparta la creencia del budista en la santidad de la vida del mosquito. Pero sí me costaría a mí creer que en alguna sociedad se pueda considerar delito castigado por la ley matar a un mosquito. Y sobre todo, si alguna sociedad humana incurre en esa locura, ¿quién no ve que se trataría de una ley injusta, que no obligaría en conciencia a nadie, y que lo único que cabría hacer sería buscar cuanto antes su derogación?

En todo caso, aquí tal vez tocamos el problema de fondo de la antropología fausiana, que le impide juzgar como es debido el tema del aborto y su despenalización: la insuficiente delimitación entre el mosquito y el ser humano.

Por su parte, la existencia del alma humana inmaterial, capaz de existir separada del cuerpo, es parte de la fe católica. González Faus parece oponerse a esta verdad de fe cuando habla de “categorías filosóficas anticuadas (cuerpo, y alma infundida desde fuera)”. En efecto, un alma humana “no infundida desde fuera”, si es que existe, parece ser un alma que es fruto de la evolución de la materia, y por tanto, material.

El alma es el “primer principio vital”, o sea, la última razón interna de la vida del viviente. Es propio del alma (anima) el “animar”, es decir hacer vivir al cuerpo. La presencia o ausencia del alma, principio vital, es lo que hace la diferencia entre un cuerpo animado, o sea viviente, y un cuerpo inanimado. En el caso del ser humano, el alma o principio vital es espiritual, o sea dotado de un ser propio, independiente de la materia y por eso mismo capaz de existir separado de la materia.

Sobre esta base, sólo puede haber “vida humana”, en el sentido propio del término, cuando está presente el alma humana espiritual. En el tomismo, la materia es lo que es gracias a la forma sustancial. La materia prima, último sustrato de los seres corpóreos, es de suyo pura potencialidad e indeterminación. Lo que la hace existir en acto y la determina a tener una naturaleza específica es la forma sustancial, que, en los seres vivos, como dijimos, se llama “alma”. Lo que distingue a la materia de un gato de la materia de un perro es la forma sustancial, o sea, en este caso, el alma del gato o del perro. De hecho, parece claro que los mismos elementos químicos integran al gato, al perro y al hombre, de modo que la diferencia esencial y no meramente accidental entre ellos debe asignarse a un elemento de orden inteligible y metafísico como es el alma.

“Persona” (al menos en el ámbito de lo creado) es el individuo de naturaleza racional. “Individuo” quiere decir algo que existe, no como parte de otra cosa, ni tampoco como conjunto de cosas, ni como propiedad de una cosa, sino como un todo unitario e independiente, sujeto de propiedades. “De naturaleza racional” quiere decir que por naturaleza tiene o puede llegar a tener inteligencia y voluntad.

Nos podemos preguntar en efecto qué le faltaría a un individuo de naturaleza racional para ser persona. Ya es una sustancia, algo que existe en sí mismo y no en otro, algo que es sujeto de propiedades y no propiedad de algún otro sujeto. Ya es un organismo viviente de la especie humana con su código genético específico. Ya tiene, por su naturaleza racional, al menos radicalmente, la inteligencia y la voluntad que son las facultades operativas propias de la persona. Sobre esto último, ver más abajo.

El óvulo y el espermatozoide, cada uno por su lado, no son “individuos”, sino partes de un individuo: de la mujer y del varón respectivamente. Además, ni siquiera tienen los 46 cromosomas propios de la especie humana, sino solamente 23 de ellos cada uno. En cambio, el fruto de la concepción, llámesele cigoto, es un individuo. No es parte del cuerpo de la madre, pues no cumple ninguna función propia del organismo materno y, además, puede ser de sexo masculino, cosa que evidentemente no puede corresponderle a una parte del cuerpo de una mujer.

Y además, llega a ser claramente un individuo humano por un mero proceso de desarrollo. El desarrollo no puede producir un individuo que antes no existía, porque es siempre el desarrollo de algo y su resultado por tanto es ese mismo algo, más desarrollado. La cuestión entonces está en saber si ese individuo cigótico es o no de naturaleza racional. En caso afirmativo, es persona, en caso negativo, no lo es.

En la persona hay que distinguir el ser sustancial de la persona, sus facultades operativas específicas (la inteligencia y la voluntad) y los actos de esas facultades. El acto de pensar es distinto de la facultad o capacidad de pensar, porque no siempre estoy pensando actualmente, pero siempre tengo la capacidad de hacerlo. Esa misma capacidad también puede entenderse en un sentido próximo o remoto: una es la capacidad de pensar que tengo estando despierto, y otra la que tengo estando dormido, donde de todos modos conservo la capacidad de pensar una vez que me despierte. Pero la capacidad o facultad misma también se distingue del ser sustancial de la persona, a la vez que se fundamenta en él. Yo no soy ni mi inteligencia ni mi voluntad, sino que las tengo a ambas. No puedo identificarme con ellas, porque ellas a su vez se distinguen realmente entre sí. Además, no es mi inteligencia la que piensa, sino que soy yo el que piensa mediante mi inteligencia; no es mi voluntad la que quiere, sino que soy yo el que quiero, mediante mi voluntad.

Por eso mismo, no me identifico ni con mi inteligencia ni con mi voluntad, que son las facultades específicamente “personales”.

Por otra parte, el hecho de que esas facultades personales específicas no estén actualmente en el cigoto no quiere decir que no estén en él radicalmente. En efecto, las facultades sí que no le vienen “de fuera” al sujeto sustancial, sino que sus capacidades operativas son como una emanación de su esencia, de su propia naturaleza. El ser humano no es racional porque tiene inteligencia y voluntad, sino que tiene inteligencia y voluntad porque su naturaleza, la de su ser sustancial, es una naturaleza racional, al estar determinada por una forma sustancial que es el alma espiritual. Por tanto, desde que existe la persona están en ella, al menos radicalmente, las facultades personales específicas, aunque no estén en ella actualmente debido a su temprano estado de desarrollo.

Por tanto, así como pueden faltar los actos de las facultades personales sin que falten las facultades mismas, así también pueden faltar esas mismas facultades, sin que falte el ser personal. Y eso es lo que sucede en el desarrollo embrionario, donde primero se da ante todo el ser sustancial de la persona, y luego, en algún momento, surgen las facultades personales específicas de inteligencia y voluntad, y luego, en algún otro momento, se produce la primera actuación de esas facultades. Esto vale también para la “conciencia de sí mismo”, que es un acto particular de la facultad intelectiva.

Pero, por lo que dijimos arriba, “vida humana” en sentido propio sólo puede haber si está presente el alma espiritual. Y eso es justamente la naturaleza racional, un alma espiritual animando un cuerpo. Por tanto, si después de la concepción hay vida humana en el sentido propio del término, es por la presencia del alma espiritual, y entonces hay un individuo de naturaleza racional, y entonces hay una persona, al menos en cuanto a su ser sustancial, aunque no estén presentes actualmente las facultades operativas correspondientes, ni menos aún los actos propios de esas facultades. No tenemos ahí ni vida humana en potencia, ni ser humano en potencia, ni persona en potencia, sino vida humana, ser humano y persona humana en acto, porque está en acto el ser sustancial de la persona compuesto de alma espiritual y materia. Lo que está en potencia en todo caso son las facultades personales y los actos de esas facultades, pero, como vimos, eso no es lo definitorio del ser de la persona.

Para evitar esa conclusión hay que decir que lo que surge de la concepción no es vida humana propiamente dicha. Eso tiene dos inconvenientes: por un lado, lo propio de la transmisión de la vida en los seres vivos es que todo ser vivo engendra a otro ser vivo de su misma especie. Mientras que aquí habría que decir que el cigoto no es, al principio al menos, de la misma especie que sus padres, pues no es humano. ¿De qué otra especie sería? ¿Sería un individuo de especie no humana? ¿No sería aún un “individuo”, hasta recibir el alma espiritual? Pero biológicamente el cigoto es un organismo, es decir, una totalidad unitaria que consta de partes diferentes dotadas de funciones diferentes. Y el proceso de diferenciación que comienza con la misma fecundación y continúa incluso después del nacimiento no tiene cortes, es un proceso unitario en el cual sería totalmente arbitrario señalar un punto cualquiera como aquel en el que, con la introducción del alma espiritual, se daría el cambio sustancial que convertiría a un conjunto de células individuales en un solo individuo, y de naturaleza humana y personal.

Y, en segundo lugar, que eso que no sería humano, tendría sin embargo la composición genética, los 46 cromosomas, propios de la especie humana y de ninguna otra especie.

Por lo tanto, a la luz de la fe cristiana es por lo menos más probable que su contraria la tesis que dice que la persona humana existe desde la concepción.

Esto es importante, porque si admitimos todos que la presencia o ausencia del alma espiritual desde la fecundación no puede probarse apodícticamente ni por argumentos empíricos ni por argumentos filosóficos ni por argumentos teológicos basados en la Revelación, entonces la cuestión tiene que decidirse con base en lo que resulte más probable. Y parece claro que, por lo arriba dicho, en una antropología cristiana y católica es más probable que su contraria la tesis que dice que el alma espiritual está presente en el hombre desde la fecundación.

En la tesis de González Faus, el ser persona se convierte en algo accidental, algo que surge como fruto del desarrollo en un ser sustancial ya preexistente. Es decir, se trata de una modificación, de un perfeccionamiento, pero no de un cambio sustancial, pues González Faus no parece admitir la existencia de un alma espiritual que sea infundida por Dios “desde fuera”. Y entonces, en forma paradójica, el surgimiento del ser personal no transforma sustancialmente al ser impersonal que existía antes. Tendríamos la paradójica consecuencia de un ser sustancialmente impersonal y accidentalmente personal, a no ser que a falta del alma espiritual González Faus sí admita la existencia del “hada madrina” que con su varita mágica obra la transmutación.

Se suele objetar con el caso de los gemelos monocigóticos: la posibilidad de división del cigoto para dar lugar a dos individuos distintos estaría mostrando que ahí no había aún un individuo de la especie humana. Pero, lógicamente hablando, la incompatibilidad entre un solo individuo y dos o más individuos existe solamente tomándolos en el mismo instante temporal, no tomándolos sucesivamente. Es claro que un individuo no puede ser dos o más individuos, pero de ahí no se sigue que no pueda devenir dos o más individuos. De hecho hay seres vivos, como algunos gusanos y estrellas de mar, a los cuales se les puede cortar una parte que luego se desarrolla y sigue viviendo como otro individuo autónomo de la misma especie. ¿No era por eso un individuo aquel al que le fue cortada esa parte?

¿Qué pasa en ese caso con el alma espiritual, se preguntará? Pues que si Dios se ha “comprometido” a crear una nueva alma individual cada vez que es fecundado un nuevo cigoto de la especie humana, también se ha comprometido a hacerlo cada vez que un cigoto ya fecundado se divide. De hecho, no hay otra opción que ésa, desde la fe católica, para el caso de los gemelos monocigóticos, pues una vez que han nacido es claro que ambos son personas humanas y tienen alma espiritual, y no han podido recibirla ambos en el momento de la fecundación, a no ser que admitamos la existencia de un cigoto con dos almas.

Por lo que toca a la tesis materialista que dice que no existe un alma humana inmaterial y espiritual, es contraria a la fe católica, y por tanto falsa. Pero si se la profesa, entonces no hay lugar a dudar si el alma espiritual estará presente o no. En esta hipótesis, “vida humana” quiere decir simplemente tener los 46 cromosomas propios de la especie. El cigoto los tiene, y sigue siendo, obviamente, un individuo. Y la “naturaleza racional”, en clave materialista, habrá que explicarla en definitiva por los 46 cromosomas, de modo que lo lógico sería reconocer que desde la fecundación el cigoto es un individuo de naturaleza racional, o sea una persona.