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Daniel Iglesias Grèzes

Hasta hace unos 50 años, “Salva tu alma” era un lema bastante común en la Iglesia Católica. Sin embargo, poco después esa frase cayó casi totalmente en desuso. Críticos post-conciliares la acusaron de contener tres herejías en tan sólo tres palabras:

  • “Salva” sería un indicio de pelagianismo. Nadie puede salvarse a sí mismo. Sólo Dios salva.
  • “Tu” sería un indicio de individualismo. Nadie se salva solo, sino en comunión con otros.
  • “Alma” sería un indicio de espiritualismo. El alma no se salva sola. Se salva el hombre entero, en cuerpo y alma.

A mi juicio, esas tres críticas son exageradas y es posible refutarlas, dando al lema en cuestión un sentido ortodoxo. También creo que esas críticas revelan tres tendencias erróneas de la teología católica “progresista” post-conciliar.

Como escribió San Agustín, “Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti.” La obra de la salvación pertenece enteramente a Dios y enteramente al hombre, pero en planos distintos. Dios es la fuente de toda salvación, el único Salvador en sentido primario u originario. El hombre, cooperando libremente con la gracia salvífica de Dios, se convierte en salvador en un sentido secundario o derivado. Por eso es posible entender rectamente la doctrina de la corredención. Si queremos y ponemos los medios, podemos ser corredentores con Cristo; y la Virgen María es corredentora en un sentido especialísimo, por su puesto único en la historia de la salvación. Quizás la teología “progresista” es proclive a olvidar estas verdades por su tendencia a identificar la voluntad salvífica universal de Dios con la redención subjetiva universal (en el sentido de la apocatástasis). No habría condenados, o incluso no habría infierno.

Así como el ser humano es a la vez un ser individual y un ser social, la salvación del hombre tiene a la vez una dimensión individual y una dimensión colectiva. Al principio, el pueblo de Israel tuvo más conciencia de su responsabilidad colectiva. A lo largo de un desarrollo histórico gradual, Dios reveló a Israel a través de los profetas la gran verdad de la responsabilidad moral individual. Ésta fue desde el principio y sigue siendo una de las certezas capitales del cristiano. Al final de su vida, cada ser humano será juzgado individualmente, según su fe y sus obras, y recibirá una retribución adecuada, en función del resultado positivo o negativo de ese juicio particular. En la teología “progresista” parece haber cierta tendencia colectivista, quizás en correspondencia con su tendencia política.

La doctrina católica tradicional, que se mantiene plenamente vigente, defiende el primado del espíritu sobre la materia y enseña que en la muerte el alma humana (espiritual e inmortal) se separa del cuerpo y que, después del juicio particular, hay una retribución inmediata, yendo el alma al Cielo, el Purgatorio o el Infierno. Al final de los tiempos se producirá la resurrección de la carne y el juicio universal. Sólo en ese momento el cuerpo resucitado volverá a unirse con el alma y los bienaventurados gozarán plenamente, en su recuperada unidad de cuerpo y alma. Entonces el Purgatorio, antesala del Cielo (no Infierno temporal) cesará de existir. La teología “progresista” tiende a negar esa “escatología intermedia”, poniendo en entredicho incluso la existencia del Purgatorio, que es dogma de fe. Algunos teólogos (como Karl Rahner) sostienen la doctrina de la “resurrección en la muerte”. Otros (como Edward Schillebeeckx) sostienen la doctrina de la aniquilación total del ser humano en la muerte (la inmortalidad del alma sería una falsa “añadidura” de la filosofía griega) y de la recreación en la resurrección. Ambas doctrinas han sido rechazadas por el Magisterio de la Iglesia Católica.

Podemos pues seguir diciendo, con toda convicción y tranquilidad: “Salva tu alma”.