la-verdad

San Juan XXIII

La causa y raíz de todos los males que, por decirlo así, envenenan a los individuos, a los pueblos y a las naciones, y perturban las mentes de muchos, es la ignorancia de la verdad. Y no sólo su ignorancia, sino a veces hasta el desprecio y la temeraria aversión a ella. De aquí proceden los errores de todo género que penetran como peste en lo profundo de las almas y se infiltran en las estructuras sociales, tergiversándolo todo; con peligro de los individuos y de la convivencia humana. Sin, embargo, Dios nos ha dado una razón capaz de conocer la verdad natural. Si seguimos la razón, seguimos a Dios mismo, que es su autor y a la vez legislador y guía de nuestra vida; si al contrario, o por ignorancia, o por negligencia, o – lo que es peor – por mala voluntad, nos apartamos del recto uso de la razón, nos alejamos, por lo mismo, del sumo bien y de la recta norma de vivir.

Ahora bien: aunque podemos alcanzar, como dijimos, la verdad natural con la sola luz de la razón, sucede, sin embargo, con frecuencia, que no todos la logran fácilmente y sin mezcla de error, principalmente en lo tocante a la religión y a la moral. Y, además, a las verdades que superan la capacidad natural de la razón no podemos en modo alguno llegar sin la ayuda de la luz sobrenatural. Por esto, el Verbo de Dios, que “habita una luz inaccesible” [1] con inmensa caridad y compasión hacia el género humano, “se hizo carne y habitó entre nosotros” [2] para iluminar “viniendo a este mundo a todos los hombres” [3] y conducirlos a todos no sólo a la plenitud de la verdad, sino también a la virtud y eterna bienaventuranza. Todos, por tanto, están obligados a abrazar la doctrina del Evangelio. Si se la rechaza, vacilan los mismos fundamentos de la verdad, de la honestidad y de la civilización.

La verdad del Evangelio conduce a la vida eterna

Se trata, como es evidente, de una cuestión gravísima, estrechamente ligada a nuestra salvación eterna. Los que, como dice el Apóstol de las gentes, “siempre están aprendiendo sin lograr jamás llegar al conocimiento de la verdad”;[4] los que niegan a la humana razón la posibilidad de llegar al conocimiento de cualquier verdad cierta y segura y repudian aun las verdades reveladas por Dios, necesarias para la salvación eterna, se alejan, sin duda, miserablemente de la doctrina de Cristo y del pensamiento del mismo Apóstol de las gentes, el cual nos exhorta: “… Hasta que todos alcancemos la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios… para que ya no seamos niños, que fluctúan y se dejan llevar de todo viento de doctrina por el engaño de los hombres que para engañar emplean astutamente los artificios del error, sino que, al contrario, abrazados a la verdad, en todo crezcamos en caridad, llegándonos a aquel que es nuestra cabeza, Cristo, de quien todo el cuerpo, trabado y unido por todos los ligamentos que lo unen y nutren para la operación propia de cada miembro, crece y se perfecciona en la caridad”.[5]

Los deberes de la prensa en orden a la verdad

Los que empero, de propósito y temerariamente, impugnan la verdad conocida, y con la palabra, la pluma o la obra usan las armas de la mentira para ganarse la aprobación del pueblo sencillo y modelar, según su doctrina, las mentes inexpertas y blandas de los adolescentes, esos tales cometen, sin duda, un abuso contra la ignorancia y la inocencia ajenas y llevan a cabo una obra absolutamente reprobable.

No podemos, pues, menos de exhortar a presentar la verdad con diligencia, cautela y prudencia a todos los que, principalmente a través de los libros, revistas y diarios, hoy tan abundantes, ejercen marcado influjo en la mente de los lectores, sobre todo de los jóvenes, y en la formación de sus opiniones y costumbres. Por Su misma profesión tienen ellos el deber gravísimo de propagar no la mentira, el error, la obscenidad, sino solamente lo verdadero y todo lo que principalmente conduce no al vicio, sino a la práctica del bien y la virtud.

Con gran tristeza vemos, como ya deploraba nuestro predecesor León XIII, de feliz memoria, “serpentear audazmente la mentira… en gruesos volúmenes y en pequeños libros, en las páginas de los diarios y en la publicidad teatral”;[6] vemos “libros y revistas que se imprimen para ridiculizar la virtud y cohonestar el vicio”.[7]

La radio, el cine y la televisión

A todo esto tenemos hoy que añadir, como vosotros bien lo sabéis, venerables hermanos y queridos hijos, las audiciones radiofónicas y las funciones de cine y de televisión, espectáculos estos últimos que fácilmente se tienen en casa. Todos estos medios pueden servir de invitación y estímulo para el bien, la honestidad y aun la práctica de las virtudes cristianas; sin embargo, no raras veces, por desgracia, sirven, principalmente a los jóvenes, de incentivo a las malas costumbres, al error y a una vida viciosa.

Para neutralizar, por tanto, con todo empeño y diligencia este gran mal, que se difunde cada día más, es necesario oponer a estas armas nocivas las armas de la verdad y honestidad. A la prensa mala y mentirosa se debe resistir con la prensa recta y sincera; a las audiciones de radio y a los espectáculos de cine y televisión que fomentan el error y el vicio hay que oponer otros que defiendan la verdad y guarden incólume la integridad de las costumbres. Así, estos recientes inventos, que tanto pueden para fomentar el mal, se convertirán para el hombre en instrumentos de bien y salvación y al mismo tiempo en medios de honesto esparcimiento, con lo que vendrá el remedio de la misma fuente de donde frecuentemente brota el veneno.

El indiferentismo religioso

Tampoco faltan los que, si bien no impugnan de propósito la verdad, adoptan, sin embargo, ante ella una actitud de negligencia y sumo descuido, como si Dios no les hubiera dado la razón para buscarla y encontrarla. Tan reprobable modo de actuar conduce, como por espontáneo proceso, a esta absurda afirmación: todas las religiones tienen igual valor, sin diferencia alguna entre lo verdadero y lo falso. “Este principio – para usar las palabras de nuestro mismo predecesor – lleva necesariamente a la ruina todas las religiones, particularmente la católica, la cual, siendo entre todas la única verdadera, no puede ser puesta al mismo nivel de las demás sin grande injuria”.[8] Por lo demás, negar la diferencia que existe entre cosas tan contradictorias entre sí, derechamente conduce a la nefasta conclusión de no admitir ni practicar religión alguna. ¿Cómo podría Dios, que es la verdad, aprobar o tolerar la indiferencia, el descuido, la ignorancia de quienes, tratándose de cuestiones de las cuales depende nuestra eterna salvación, no se preocupan lo más mínimo de buscar y encontrar las verdades necesarias ni de rendir a Dios el culto debido solamente a Él?

Hoy día se trabaja tanto y se cultiva con tanta diligencia la ciencia y el progreso humano, que bien puede gloriarse nuestra época de sus admirables conquistas en este campo. ¿Por qué entonces no se ha de poner igual, y aún mayor, entusiasmo, empeño y diligencia para asegurar la conquista de aquella sabiduría que pertenece, no ya a esta vida terrena y mortal, sino a la celestial, que nunca pasará? Sólo cuando hayamos llegado a la verdad que brota del Evangelio, y que debe reducirse a la práctica en la vida, sólo entonces – repetimos – nuestra alma poseerá tranquilamente la paz y el gozo; gozo inmensamente superior a la alegría que puede nacer de los descubrimientos de la ciencia y de los maravillosos inventos actuales que continuamente se pregonan y exaltan.

Papa Juan XXIII, Carta Encíclica Ad Petri Cathedram, 29 de junio de 1959, Primera Parte.


 

[1] 1Timoteo 6, 16.

[2] Juan 1, 14.

[3] Juan 1, 9.

[4] 2Timoteo 3, 7.

[5] Efesios 4, 13-16.

[6] Epístola Saepenumero considerantes; A.L., vol. III, 1833, p. 262.

[7] Epístola Exeunte iam anno; A.L., vol. VIII, 1888, p. 396.

[8] Encíclica Humanum genus; A.L., vol. IV, 1884, p. 53.