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Daniel Iglesias Grèzes

Hace unos dos meses, el diario de mayor tiraje de Montevideo dedicó toda la última página de uno de sus suplementos a reproducir un texto de un libro recién editado: Buscando a Dios en el siglo XXI.[1] Me refiero a: José Arocena, “El hambre y sed de justicia en los cristianos.”[2] El autor es un filósofo y sociólogo uruguayo, ex Vicerrector de la Universidad Católica del Uruguay.

A mi juicio, el texto en cuestión, aunque contiene muchas cosas compartibles, tiende hacia una teología política afín a la corriente principal de la llamada “teología de la liberación”, rechazada por sus graves errores por el Magisterio de la Iglesia Católica. Para ilustrar esto analizaré el comentario de Arocena a la cuarta bienaventuranza, según el primer Evangelio: “Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.”[3]

Arocena comenta: “Jesús termina esta bienaventuranza diciendo “porque serán saciados”. Frecuentemente se ha interpretado esta parte de la frase, afirmando que el hambre y la sed serán saciadas en la otra vida. Esta manera de entender las palabras del Maestro conduce directamente al conformismo y a la tranquilización de las conciencias. Da lugar a un razonamiento que justifica cualquier orden social por injusto que sea. La justicia deja de ser nuestro problema, el hambre y la sed se convierten en indiferencia, en esa actitud cómoda de mirar para el costado.”

Pienso que este comentario de Arocena es muy desacertado, por dos razones.

En primer lugar, ninguna exégesis de las nueve bienaventuranzas de Mateo 5, 3-12 puede dejar de lado los siguientes datos básicos:

  • Cada una de las bienaventuranzas tiene dos partes: en la primera parte Jesús declara “felices” a una categoría de personas y en la segunda Él indica la razón que justifica esa declaración.
  • En siete de las nueve bienaventuranzas, esa razón tiene la forma de una promesa explícita (“porque recibirán la tierra en herencia”, “porque serán consolados”, etc.).
  • Dos de esas promesas son tales que, muy claramente, sólo se pueden cumplir en la vida eterna, el futuro absoluto y trascendente: “Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios. (…) Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí. Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo…”[4]

El evidente paralelismo entre las nueve bienaventuranzas obliga a pensar que todas ellas (no sólo las dos recién citadas) deben interpretarse como promesas que, aunque de algún modo comienzan a cumplirse parcialmente en la vida terrena, sólo se cumplirán plenamente más allá de la muerte, cuando se manifieste en todo su esplendor la perfecta justicia de Dios, que supera infinitamente a toda justicia terrena.

En segundo lugar, es falso que el carácter trascendente de la esperanza cristiana, tal como brilla en las bienaventuranzas, tanto en su formulación original como en la reflexión cristiana posterior, conduzca directamente al conformismo. Al contrario, esa esperanza, rectamente entendida, ha conducido siempre a una alta valoración de la vida terrena. Ésta tiene un valor importantísimo para el hombre, porque en ella él se juega su destino eterno. Con respecto a la doctrina cristiana tradicional, pues, no hay razón para reeditar la tesis marxista de la religión como “opio de los pueblos”. En cambio, cabe sostener que el ateísmo materialista y el panteísmo oriental operan hoy como verdaderos “opios de los pueblos”. Tanto el primero, con su negación de la libertad espiritual (el hombre y el mundo como meros manojos de átomos), como el segundo, con su negación de la realidad del mundo visible (el mundo y las otras personas como meras ilusiones), “conducen directamente”, en buena lógica, a un conformismo mucho más firme y desarrollado que cualquier interpretación desequilibrada de la doctrina cristiana sobre la relación entre el tiempo y la eternidad, o entre las esperanzas intramundanas y la esperanza teologal.

La extensa e intensa práctica cristiana de la caridad a lo largo de los siglos demuestra que la comprensión cristiana de esa doctrina bíblica y tradicional no se ha limitado al nivel teórico, sino que ha sido muy fecunda en obras de justicia.


[1] José Arocena, Buscando a Dios en el siglo XXI . Editorial Trilce, Montevideo 2014.

[2] Publicado en: El País, Sábado 2 de agosto de 2014, Suplemento “Qué Pasa”, p. 16.

[3] Mateo 5, 6.

[4] Mateo 5, 8.11-12.