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Daniel Iglesias Grèzes

En la República Oriental del Uruguay se está produciendo una ofensiva sin precedentes contra el derecho a la vida – primero de los derechos humanos – y contra los derechos de la familia, pilar fundamental de la sociedad. En los últimos diez años han sido legalizados el aborto voluntario, las uniones concubinarias, el mal llamado “matrimonio homosexual”, las técnicas de reproducción humana artificial (íntimamente ligadas a prácticas abortivas y eugenésicas) algunas formas de eutanasia pasiva (mediante el “testamento vital”) la producción, distribución y comercialización de marihuana, etc. Además, las nuevas leyes sobre esos asuntos representan sólo la punta del iceberg. Un muy amplio conjunto de decretos, ordenanzas, proyectos e iniciativas apunta en la misma dirección.

Este ataque contra la vida humana, el matrimonio y la familia no es exclusivo de nuestro país, sino que afecta a casi todo el mundo – sobre todo a la civilización occidental – y se viene gestando desde hace mucho tiempo. En este artículo no analizaré detalladamente las causas de este complejo fenómeno. Baste decir que hoy asistimos a la eclosión de una mentalidad individualista que concibe al hombre como un ser que se realiza satisfaciendo todos sus deseos y viviendo libre de todo compromiso permanente con los demás; libre de toda vinculación que implique sacrificios o renuncias. Esta mentalidad está bien representada en aquel slogan del “mayo francés” de 1968: “Vivir sin obligaciones y gozar sin trabas”. Despreciando la sabiduría cristiana, que enseña que la felicidad no está en el egoísmo sino en el don de uno mismo a los demás, el individualista concibe los derechos humanos, no como una realidad intrínseca a la naturaleza humana, sino como el resultado de un contrato o consenso social. Por medio de ese consenso, necesariamente cambiante, los hombres, para evitar la guerra abierta de todos contra todos, cederían una parte (mayor o menor) de su libertad a cambio de más seguridad. En esta errónea perspectiva, el matrimonio es un mero contrato, la vida en sociedad no es un bien, sino un mal necesario, y el hombre en sociedad no busca el bien común, sino exclusiva o primordialmente su propio interés.

No es sorprendente que en este contexto esté prosperando una nueva ideología: la ideología de “género”, vinculada al feminismo radical y a una especie de neomarxismo que traslada la dialéctica de la lucha de clases al interior de la familia. Esta ideología representa una forma muy curiosa de dualismo, pues disocia completamente, en el ser humano, la naturaleza de la cultura, el sexo del “género”, lo corporal de lo espiritual o psicológico. Es utilizada para impulsar un proyecto de reingeniería social radical que viola la “ecología humana”, nuestra propia naturaleza humana. Es paradójico que los impulsores de ese proyecto sean a menudo personas muy sensibles al respeto de la ecología y la naturaleza.

Recordemos que la Ley de Defensa del Derecho a la Salud Sexual y Reproductiva (promulgada por el Dr. Tabaré Vázquez en 2008) impuso la “perspectiva de género” como una ideología oficial del Estado uruguayo, contrariando el principio de laicidad, es decir la supuesta neutralidad filosófica del Estado acerca de temas controvertidos.

La ideología (o perspectiva) de género es uno de los motores fundamentales del actual embate contra la familia y la vida. Al respecto el Documento conclusivo de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe advirtió lo siguiente: “Entre los presupuestos que debilitan y menoscaban la vida familiar, encontramos la ideología de género, según la cual cada uno puede escoger su orientación sexual, sin tomar en cuenta las diferencias dadas por la naturaleza humana. Esto ha provocado modificaciones legales que hieren gravemente la dignidad del matrimonio, el respeto al derecho a la vida y la identidad de la familia.”[1]

Hasta hace unos treinta años, en el idioma español el término “género” designaba por lo común una propiedad gramatical (las palabras tienen género; las personas tienen sexo, no género) o una clase de seres (como en la expresión “género humano”). Poco a poco se ha difundido y puesto de moda una nueva acepción de la palabra “género”, promovida por la ideología de género y ligada a ella. Algunos cristianos la utilizan como un simple y aparentemente inofensivo sinónimo de “sexo”. Otros se sienten algo perplejos o incómodos ante expresiones como “perspectiva de género” o “equidad de género”. Sospechan que esas palabras están cargadas de significados filosóficos cuestionables, pero no pueden identificarlos con precisión.

Para evitar el grave peligro de engaño a través de la manipulación del lenguaje, es necesario aclarar conceptos y explicar en qué consiste realmente la ideología de género. Los católicos deberíamos hacerlo dentro del marco de un esfuerzo más amplio para mejorar la formación doctrinal de los fieles. Con la gracia de Dios, y fortalecidos por una mejor formación, los católicos estarán en mejores condiciones de defender y promover los valores éticos fundamentales que están en juego en los actuales debates sobre la vida humana, el matrimonio y la familia. Así, no solamente se opondrán a las iniciativas contrarias a la familia y la vida, sino que procurarán proponer alternativas positivas, que apunten a sostener los valores familiares y a apoyar a las familias en dificultades. Siempre abiertos al diálogo y a la sana cooperación, plantearán los ideales cristianos con pleno respeto por las posiciones discrepantes y también con una firme convicción sustentada en sólidas razones científicas, racionales, éticas y jurídicas, sin abandonar nunca los principios que son irrenunciables para un católico.

Hermanos, tomemos conciencia de que en los asuntos referidos está en juego la esencia misma de nuestra comunidad política. Por lo tanto, hemos de organizarnos y movilizarnos para defender y promover la familia y la vida en el Uruguay. Según la sabia disposición del Creador, la ley moral, a diferencia de las leyes físicas, requiere la libre cooperación del ser humano. Como no aceptamos el determinismo histórico, sabemos que la actual crisis de la familia en Uruguay, en América Latina y en el mundo no tiene por qué seguir agravándose necesariamente hasta la virtual desaparición del orden natural. Con el constante auxilio de la gracia divina, podemos y debemos cambiar la historia, liberándonos de un futuro deshumanizante y construyendo una sociedad más solidaria, responsable y fraterna.


[1] Documento de Aparecida, n. 40.