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Miguel Antonio Barriola

 

Jesús los pobres y todas las gentes en el juicio final[1] Llegamos, con el estudio de este pasaje, al último de los textos propuestos para alcanzar el objetivo del presente curso. Se ha de recordar el enunciado de la pregunta que se quería clarificar: “El amor de predilección de Jesús por los pobres ¿quiere decir exclusión o hasta lucha contra los otros?”[2] Como guía y resumen del problema se proponía allí mismo: “La respuesta podrá ser buscada en el análisis de los siguientes pasajes evangélicos: El discurso de Jesús en Nazaret;[3] las Bienaventuranzas;[4] La embajada del Bautista;[5] los criterios para el juicio final”[6]

Con el texto presente nos acercamos a un punto de gran síntesis. Tratándose, en efecto, de un “juicio final”, quiere decir que se considerarán asuntos fundamentales, se tendrá el balance, así como todo estudiante, al acercarse los exámenes, trata de hacer el repaso de todo lo que ha estudiado, de obtener la propia visión de problemas y soluciones, preparándose a responder, partiendo de este punto de vista completo.

En esta grandiosa escena encontramos, pues, los principales ingredientes que han hecho parte de nuestra indagación exegética: Jesús como Hijo del hombre y soberano juez del universo; los pobres, que sirven como criterio y prueba de salvación o condenación; y los otros, que serán examinados de acuerdo al ejercicio del amor que habrán efectivamente demostrado (o no) hacia los menesterosos.

Volvemos también a encontrarnos con “la exégesis de los principales teólogos de la liberación” como enunciaba el título del curso.

En tal sentido y haciendo casi una inclusio con el comienzo de estas lecciones y la preocupación principal de la teología de la liberación, Gustavo Gutiérrez escribe muy acertadamente:

“El texto de Mateo 25 se encuentra en perfecta concordancia con el comienzo del Sermón de la Montaña. Felices aquellos que dan de comer al pobre, que le dan de beber, que visitan al prisionero, los que hospedan a los sin techo. El discípulo es aquel que ha de emprender el camino de las obras. Felices, pues, los que se comportan como seguidores de Jesús. Felices aquellos para quienes el pobre debe ser una preferencia para su amor.”[7]

Más adelante, en la obra recién citada, hará este comentario, a propósito de la importancia que ha tenido este texto para el trabajo teológico latinoamericano:

“Un texto clave para la reflexión fue Mateo 25, que ayudó a muchos cristianos. Tan es así que en la década de los 60, en el Perú y en América Latina vi un movimiento en torno a este texto, de compromiso por el pobre.”[8]

Leonardo Boff, así comenta el trozo que nos ocupará dentro de poco:

“En la parábola de los cristianos anónimos,[9] el Juez eterno no pregunta a ninguno según los cánones de la dogmática, ni si en la vida de cada hombre hubo o no una referencia explícita al misterio de Cristo. Pregunta si han hecho algo en favor de los necesitados. Esto lo decide todo… El sacramento del hermano es absolutamente necesario para la salvación.”[10]

Juan Luis Segundo ha hecho de este texto uno de los principales motivos de sus reflexiones, mucho antes de la publicación en 1971 del célebre libro de Gustavo Gutiérrez. Ya había sido usado por él para explicar el concepto de Iglesia característico en todas sus obras.[11] En varias ocasiones recurrirá a Mateo 25 en su Respuesta al Cardenal Ratzinger.[12] Más adelante volveremos sobre su posición al respecto. Pero, antes de continuar, es menester también aquí retomar la advertencia metodológica que hiciéramos ya antes. Como lo hace notar Léopold Sabourin:

“Esta dramática representación del último juicio se encuentra sólo en el primer evangelio y sintetiza muchos elementos que son típicamente mateanos.”[13]

Si, por lo tanto, Mateo vale aquí por la extrema importancia que él da a los pobres, en una escena que sólo él transmite, no es honesto, exegéticamente hablando, relativizar tanto sus enfoques teológicos, en otros momentos de su obra (Bienaventuranzas), llegando casi a considerarlo un falsario. Recordemos hasta qué punto estos escritores latinoamericanos lo trataron de “espiritualizante” (“pobres de espíritu”[14]). Seamos honestos, pues, y tomemos en serio a Mateo, en todo su testimonio, no solamente cuando parece cuadrar con posiciones tomadas de antemano.

“Jesús no está, como Mateo, poniendo las bases para una nueva ‘justicia’, por una moral mínima compatible con el reino”.[15]

Lo mismo dígase de Leonardo Boff, cuando en relación a Mateo 5,17-19—versículos que podrían ir en contra de sus afirmaciones—explica:

“Ya la exégesis católica, ya la protestante han demostrado que no se trata de un logion del Jesús histórico, sino, más bien de una construcción de comunidad primitiva, especialmente de Mateo…”[16] Pero se da el caso que, ocho páginas más adelante en la página 107, no dudará en atribuir a Jesús lo escrito en Mateo 5,19. Escribirá, de hecho: “Jesús permite que sean observadas aquellas tradiciones, mientras no sean nocivas, pero sí favorables al objetivo principal.”[17]

Una vez más: es necesario ser coherentes, evitando cualquier selectividad en el uso que se hace de la Sagrada Escritura, permaneciendo bien lejos de un oportunismo que, cuando es conveniente, apela a ciertos textos, claramente redaccionales y debidos a la orientación teológica de un determinado evangelista; para después minimizar otras perícopas, hasta del mismo hagiógrafo, con la escapatoria de insinuar su proveniencia comunitaria, supuestamente no reconducible al Jesús de la historia.

Algunas premisas exegéticas

Un aviso previo importante, que hay que hacer notar, consiste en tomar cuenta de que, si bien es solemne y grandiosa, no es la de Mateo 25 la única descripción del último juicio que nos ha transmitido la tradición evangélica. Tampoco la materia, sobre la cual se desarrollará la separación entre elegidos y condenados, se agota en el elenco aquí presentado por el primer evangelista.

También en diferentes contextos encontramos diálogos o amonestaciones del Señor relativas a otras buenas obras o virtudes necesarias para ser admitidos y no rechazados por el Señor en el último día. Por ejemplo: Mateo 7,22:

“Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿No hemos profetizado en tu nombre y en tu nombre hemos hecho milagros? Y entonces les declararé: ‘Jamás os he conocido; lejos de mí los que hacéis el mal.’”

Quiere decir que ante aquel supremo tribunal se podrán encontrar tantos que conocían ya al Señor, aunque no se comprometieron a redoblar con las obras aquel conocimiento. Lo mismo sucede con las parábolas que preceden a la escena de la Parousía.[18] En Mateo 25,11, lo que se ignora es el día y la hora, pero se supone que ya los que entran al banquete, ya los que quedaron, conocían el deber de vigilar.

En el mismo capítulo, en Mateo 14-30, el balance tiene como materia la obligación de hacer productivos los talentos recibidos en depósito.

En Mateo 10,33[19] el juez final tendrá como criterio la confesión explícita de Jesucristo:

“Quien, pues, me reconocerá ante los hombres, también yo lo reconoceré ante mi Padre, que está en los cielos; en cambio, quien me renegará antes los hombres, también yo lo renegaré ante mi Padre, que está en los cielos.”

Cuanto precede sirva para recordar que la presentación literaria de Mateo no es una especie de film anticipado del juicio.

“Se trata de figuraciones literarias de aquellas normas de juicio, que no deben ser entendidas a la letra como descripción de lo que efectivamente sucederá.”[20]

“Todas las gentes”

Otro punto que es necesario esclarecer se refiere a los sujetos que serán sometidos a juicio. La expresión aparecía ya en Mateo 24,14:

“Y este evangelio del reino será predicado en todo el mundo, en testimonio para todas las gentes; entonces vendrá el fin.”

El dicho, que se encuentra sólo en Mateo, contiene elementos característicos, que merecen ser comentados. En Mateo 4,43 y 9,35, nuestro evangelista ha usado la fórmula “el evangelio del reino”, mientras que en Mateo 26,13 escribirá: “Por todo el mundo, por todas partes será predicado este evangelio…” En Mateo 24,14, en cambio, aparece una fórmula combinada: “este evangelio del reino,” que es característica también, en comparación con la que usa Marcos: “Pero antes es preciso que el evangelio sea predicado a todas las gentes.”[21] Para Mateo la presentación del Evangelio consiste esencialmente en la predicación del Reino en una perspectiva universal, que es subrayada con las palabras: “en todo el mundo.”

Mientras normalmente ta éthne (las gentes) se refiere a los gentiles, en contraposición a ho laós (el pueblo de Dios) en Mateo — sobre todo después de Mateo 21,43: “se os quitará el reino de Dios y será dado a gente que haga sus frutos” — panta ta éthne (todas las gentes) parece más bien aludir a todos los pueblos, incluido Israel, aunque no más considerado como pueblo elegido. En Mateo 24,14; 25,32; 28,19 panta ta éthne recuerda la soberanía universal de Yavé en el Antiguo Testamento.

Parece, pues, obvio que todas las naciones estarán presentes en el juicio. En particular aparece inconcebible que los responsables de la muerte del Salvador se encuentren ausentes, justamente en el gran día de su manifestación autoritativa. “He aquí que viene sobre las nubes y cada uno lo verá; también aquellos que lo traspasaron y todas las naciones de la tierra se golpearán el pecho.”[22]

Es verdad que en algunos textos de la apocalíptica judía el juicio de los gentiles es presentado separadamente del de Israel, pero no hay razón para suponer que Mateo haya hecho suya esta perspectiva. Al contrario, considerando hasta qué punto es universalista la visión de Mateo, tanto en esta escena como en la de la gran misión del final de su obra[23] es evidente que él no excluye a nadie ni a nación alguna del juicio. Es por lo tanto muy cierto que, en este contexto, Mateo no piensa respecto a éthne con el significado técnico de gentiles, no hebreos.

Se sigue de ello que toda la humanidad será examinada, sea creyentes, cristianos, como aquellos que no han conocido el evangelio. Lo mismo, como se adelantó, vale para Mateo 28,19, al final del evangelio: “Amaestrad a todas las gentes,” sin excepción de ningún pueblo.

Por otra parte, en rigor de términos, no son las gentes, sino los individuos, quienes son evangelizados. Se tiene en cuenta la respuesta libre y personal de cada uno. A esto parece conducirnos el uso del pronombre masculino autoús, que aparece dos veces como objeto de “bautizar” y de “enseñar”. Si Mateo hubiese querido entender a “las gentes” globalmente, habría debido usar el pronombre neutro: autá. Esto vale igualmente para 25,32 donde autoús es el objeto del verbo “separar”. De hecho es evidente que los pueblos no pueden ser divididos en “buenos y malos”, mientras que esto es posible para las personas que los componen, sin excluir ni a los judíos ni a los cristianos.

“Los más pequeños entre estos mis hermanos”

Gustavo Gutiérrez discute sobre este particular con Jean-Claude Ingelaere y Jacques Winandy, para quienes estos “más pequeños” se referirían sólo a los discípulos de Cristo. Las “gentes”, para estos autores, serían juzgadas de acuerdo a la acogida que hayan demostrado a los predicadores del evangelio. Creemos que tiene razón el autor peruano al rechazar esta interpretación.[24] Tal sentencia tiene la ventaja de explicar mejor la sorpresa de aquellos que preguntan, “¿Cuándo te hemos visto hambriento… sediento… etc.?”[25] También es verdad que la identificación de “los más pequeños” con los misioneros cristianos podría encontrar fundamento en otros pasajes.[26] Más aún, Cristo resucitado llama explícitamente a los once discípulos “mis hermanos.” [27]

Sin embargo, veremos que aquella pregunta tiene sentido también en todos aquellos que conocen ya el evangelio. En efecto, pese a toda la argumentación presentada, la mayoría de los exégetas actuales se inclina más bien a ver en “los más pequeños entre estos mis hermanos” de Mateo 25 a los pobres en general.

Esta interpretación hace ver bien cómo el último discurso de Jesús, en Mateo hace una inclusión con el primero,[28] ya que así como empezó congratulándose con los pobres,[29] al terminar, culmina también con los actos de piedad hacia los privilegiados en el reino de los cielos. Los pobres son un importante criterio para el juicio de la historia.

Mateo, por otra parte se ha caracterizado por la insistencia en “hacer obras buenas,”[30] en el “producir frutos”[31] en “hacer la voluntad de Dios.”[32]

En su elenco Mateo se detiene en actos de misericordia visible por su carácter más cuantificable. Pero, obviamente, esto no anula ni invalida lo que se lee en otro lugar, a propósito de la responsabilidad ética de los actos exteriores[33] y del valor de aquellas acciones que sólo el Padre puede ver.[34]

Constando sobre el alcance universal del término “todas las gentes” (incluyendo a Israel y los otros pueblos), se clarifica la extensión también genérica de los otros protagonistas, los pobres, no sólo los discípulos o los misioneros. Es necesario, igualmente (como ya recordado), no omitir los matices necesarios, que provienen de otros lugares mateanos, por ejemplo Mateo 28,19, donde aparece una vez más la expresión “todas las gentes”, que, al fin del evangelio son el objeto del explícito envío de la Iglesia, de la propuesta clara de la buena nueva, ya que deben ser “amaestrados”[35] “bautizados” en el nombre de Dios uno y trino y “enseñados”, para que pongan en práctica lo mandado por Jesús.[36] Tampoco se puede considerar la escena de ese juicio definitivo como un examen de “humanitarismo ecuménico”, donde sólo “el sacramento del hermano” todo lo decide, como escribe Boff. Se debe notar, con Sabourin, que,

“de todos modos… el juicio sigue siendo cristológico, en el sentido de Mateo 10:40-42, “Quien a vosotros recibe a mí me recibe… y al que me ha enviado”. Vale la pena ayudar a los pobres por ellos mismos, por lo que son. Además de la ley divina la misma fraternidad humana lo hace a cualquiera responsable de su condición e impone a todos el deber de socorrerlos. Pero el juicio presentado por Mateo va más allá de este último nivel, como bien lo explica un autor, ‘El juicio en base a las obras no es formulado en nombre de un vago principio ético, que es indiferente respecto al acontecimiento-Cristo. Esto es evidente ya en 25:31-46, donde los justos han acudido al hambre del Hijo del hombre y lo han vestido, sin conocerlo, pero sobre todo en 16:24-26, donde los discípulos son juzgados en base a la imitación de Cristo en el sufrimiento y ofrecimiento de sus vidas.[37] He aquí, pues, otro capítulo de examen final, referido a una actitud muy concreta respecto a Cristo, Mesías crucificado. Cuando un hombre es juzgado “en base a sus obras,” esto significa que se lo interpela acerca de su relación con Cristo, del cual dan testimonio sus obras.”[38]

“Que Cristo se declare solidario con los pobres podría depender del hecho que Él mismo es uno de los pobres de Yahvé de los que habla el Antiguo Testamento… o que Él mismo ha elegido ser pobre. Es más probable que esta identificación deba ser recibida por lo que es, o sea como un acto de la voluntad soberana, revelado por Él a los discípulos y a la Iglesia. Todos los hombres, conscientes o no, a raíz de su actitud para con los pobres están llamados a responder ante un juicio que involucra su relación con Cristo, el cual no sólo es el juez soberano, sino también el criterio decisivo de aquel juicio. Esto es verdad, porque para Cristo y Mateo toda la ley y los profetas dependen del amor a Dios y al prójimo.”[39]

Jesús

Aquí, sólo al final Jesús aparece como juez, separando los opuestos y alejadísimos campos, “los unos de los otros”, los elegidos del Padre de los condenados por la eternidad. En este estadio ultra-histórico se clarifican los puntos oscuros de la historia. Mientras nos encontramos en esta última no es posible un examen que distribuya la limpieza total de una parte y la suciedad absoluta de la otra. A esto se debe que un cristiano no puede preferir de tal modo una categoría de personas, que surja de manera judicial y definitiva contra el resto. En su corazón, hasta el fin del mundo, habrá siempre la esperanza de la penitencia para todos.

Ya el profeta Ezequiel había propuesto la fragilidad de toda elección humana, con la consiguiente posibilidad de cambio (tanto hacia el bien como hacia el mal),

“Si uno es justo y observa el derecho y la justicia… actuando con fidelidad, ése es justo y vivirá. Pero si uno ha engendrado un hijo violento y sanguinario, que comete acciones inicuas, mientras que él no las comete… (ese hijo) no vivirá y deberá a sí mismo la propia muerte. Pero si uno ha engendrado un hijo que, viendo todos los pecados cometidos por su padre y por más que los vea, no los comete… éste no morirá por las iniquidades de su padre, pero por cierto que vivirá. Ha de morir el que ha pecado y no otro; el hijo no descuenta la iniquidad del padre, ni el padre la del hijo. Al justo le será acreditada su justicia y al malvado su malicia… ¿Acaso me agrada la muerte del malvado — dice el Señor Dios — y no más bien que se convierta y viva?”[40]

Si, pues, entre los miembros de una misma familia no hay seguridad absoluta de su fidelidad y traición a la ley de Dios, mucho menos podemos canonizar a una clase y condenar a otra, de modo que se justifique una lucha entre ellas, para extirpar de la historia las causas de la injusticia de modo definitivo y eficaz.

Jesús, juez definitivo, posterga una claridad semejante sólo para el fin del tiempo.

“¿Quieres, entonces, que vayamos a recoger (la cizaña)?” preguntaron los siervos al patrón.[41] Pero éste respondió, “No, no sea que arrancando la cizaña, junto con ella también desarraiguen el trigo. Dejad que la una y el otro crezcan juntos hasta la siega y al momento de la siega diré a los segadores, juntad primero la cizaña y atadla en manojos para quemarla; el grano, en cambio, ponedlo en mi granero.”[42]

También San Pablo da este consejo a los corintios, “Por lo mismo, no queráis juzgar nada antes de tiempo, hasta cuando venga el Señor. Él pondrá a la luz los secretos de las tinieblas y manifestará las intenciones de los corazones; entonces cada uno tendrá su alabanza de parte de Dios.”[43] ¿Quiere decir esto que, hasta que no llegue el juicio definitivo, no nos queda otra cosa que aguardar fatalísticamente el rendimiento de cuentas ultraterreno?

No es ésta la conclusión. Las precedentes consideraciones sólo nos amonestan sobre la precariedad de la justicia obtenible en este mundo, acerca de la ilusión que sería hacer creer que alguna estructura intramundana será capaz de hacer brillar absolutamente la fraternidad, la igualdad, la libertad y los derechos del hombre.

San Agustín, cuyas panorámicas de la historia hacen una poderosa síntesis entre su enorme cultura humanística y su no menos profundo estudio de la Escritura, enseña al respecto,

“Las aflicciones y tribulaciones que a veces sufrimos nos sirven de advertencia y corrección. La Sagrada Escritura, en efecto, no nos promete paz, seguridad y tranquilidad; el Evangelio nos anuncia, más bien, tribulaciones y pruebas, pero el que permanecerá fiel hasta el fin será salvado. ¿Qué ha tenido de bueno esta vida, comenzando desde el primer hombre, a partir del momento en que éste se hizo reo de muerte, desde que recibió la maldición, maldición de la que nos ha librado Cristo, el Señor? No hay que murmurar, por lo tanto, hermanos, como murmuran algunos — son palabras del Apóstol — y perecieron (mordidos) por las serpientes. Los mismos sufrimientos que nosotros soportamos, los debieron soportar también nuestros padres; en esto no hay diferencia… Si ya has sido liberado de la maldición, si ya has creído en el Hijo de Dios, si ya has sido instruido en las Sagradas Escrituras, me asombra que tengas por bueno el tiempo en que vivió Adán… Desde el tiempo de Adán hasta el día de hoy, fatiga, sudor, cardos y espinas.”[44]

Por lo tanto, la liberación que Cristo nos trae es la salvación de la “maldición”, no necesariamente la de las “fatigas, sudor, cardos y espinas”. Aquella final y total libertad ya está obtenida, pero “en esperanza”, “Jesús te ha liberado de la ley del pecado y de la muerte… Yo, de hecho, que los sufrimientos del momento presente no son parangonables a la gloria futura, que deberá ser revelada en nosotros… También nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente, aguardando la adopción de hijos, la redención de nuestro cuerpo. Porque, en esperanza hemos sido salvados.”[45]

La lucha principal, entonces, no tiene lugar entre ricos y pobres. Se combate más bien dentro del corazón de cada uno de los hombres. Los justos pueden caer y los malvados levantarse (como lo anunciaba Ezequiel y continúa a mantener San Pablo),

“De hecho los deseos de la carne se rebelan contra Dios, porque no se someten a su ley y ni siquiera lo podrían.”[46] “La carne, en realidad, tiene deseos contrarios al Espíritu y el Espíritu tiene deseos contrarios a la carne; estas cosas se oponen entre sí, de modo que no hacéis lo que queréis.”[47]

Tampoco esto quiere decir que todo el trabajo del cristiano deberá reducirse al cultivo de una exquisita vida interior. En el hombre no hay interioridad que no sea exteriorizada de algún modo. El alma humana ha de informar un cuerpo y el Espíritu Santo es dado a los hombres, que son espíritu y carne, individuos y sociedad; aspiración eterna, pero que comienza a ser vivida en la historia.

El “corazón”, símbolo y realidad tan usado en la Biblia, no tiene sentido desconectado de todo el flujo sanguíneo, que llega hasta los extremos del cuerpo.

Pero, en caso de obstáculos, anormalidades, ya personales ya sociales, ¿cuál será la forma evangélica para aportarles remedio? No parece que sea la lucha. San Pablo aconseja, “Hermanos, si alguno es sorprendido en alguna culpa, vosotros, que tenéis el Espíritu, corregidlo con dulzura. Y vigila sobre ti mismo, para no caer también tú en tentación. Llevad los pesos los unos de los otros, así cumpliréis la ley de Cristo.”[48]

La parábola del juicio en Mateo 25 es también clara a este respecto. Sólo al final las ovejas son distinguidas de los cabritos. Hasta entonces el Hijo del hombre se comporta como pastor de todos, llegando hasta a dejar las 99 ovejas fieles, para ir a buscar a la extraviada.[49]

Los pobres

Si antes hemos advertido que esta escena escatológica de Mateo no agota los contenidos del juicio final,[50] no es menos verdadero que la conducta de los hombres hacia los pobres tiene un lugar singular e importantísimo entre los criterios de salvación o condenación.

Aquí, como decíamos al comienzo de estas lecciones, con la Libertatis Nuntius[51] reside uno de los méritos de la Teología de la liberación, haber llamado la atención sobre los pobres, con los que se identifica el Salvador.

La parábola es poderosa y demuestra cómo la vida cristiana no puede reducirse a una dimensión pietista e individualista. La preocupación por los pobres no es un accesorio de ornato secundario para una existencia de fe constituida ya en sí misma por otros caminos.

La tradición de la Iglesia se hace eco de la centralidad dada por Jesús en el Evangelio a todos los necesitados. Hace pocos días se leía en el “Oficio de lecturas”[52] este sermón de San León Magno,

“De ninguna otra devoción de los fieles se deleita tanto el Señor, como de ésta, que se dedica a sus pobres y donde encuentra el cuidado de la misericordia, allí reconoce la imagen de su piedad.”[53]

Juan Pablo II en su recentísima encíclica Sollicitudo Rei Socialis de 1987, explica que los pobres están llamados “según la significativa fórmula… ‘los pobres del Señor’, porque el Señor ha querido identificarse con ellos[54] y se toma especial cuidado de ellos.”[55]

Los pobres adquieren así una nobleza y dignidad jamás oídas en la historia. Dios mismo ha querido depositar su imagen en el hombre; por eso todo ser humano, desde el feto más minúsculo al anciano más inútil, es digno de sumo respecto y sujeto de derechos. Pero, todavía, entre los hombres, el Hijo de Dios ha querido llevar a grados altísimos su ternura, ya existente en el Antiguo Testamento, hacia los pobres. Son el mejor espejo para encontrar la semejanza del Señor.

De todos modos, así como el hombre, por encumbrado que sea,[56] no puede ocupar el puesto de Dios, siendo de Él solamente el reflejo, estupendo y maravilloso, pero derivado de la luz plena, así se debe decir que el pobre no es Dios. Si Cristo se identifica con los desheredados, esto no significa que Él mismo se vacíe en ellos. Su persona permanece como el centro de la historia de la salvación y todo el resto, también los pobres, le es relativo y subordinado.

Por eso, no parecen justas algunas frases, si no son explicadas un poco más. Por ejemplo, estas reflexiones de Gustavo Gutiérrez, queremos subrayar en el texto de Mateo, que “no basta decir que el amor para con Dios es inseparable del amor hacia el prójimo. Hay que afirmar todavía que el amor a Dios se expresa inevitablemente en el amor al prójimo. Más todavía, Dios es amado en el prójimo, “si alguno dice: amo a Dios, y odiase a su hermano, es un mentiroso. Quien, en efecto, no ama al propio hermano que ve, no puede amar a Dios, a quien no ve.”[57] Amar al hermano, a todo hombre, es una mediación necesaria e imprescindible del amor a Dios, es amar a Dios: ‘a mí lo habéis hecho.’”[58]

A lo dicho, se puede señalar que, por más que dos cosas o personas estén íntimamente ligadas, mantienen siempre su identidad (ante todo si se trata de personas), que no puede ser sustituida por nada más.

Así, no ha sido raro el fenómeno de estos últimos tiempos, según el cual muchos han pensado más o menos así. ‘Si Dios se encuentra en el prójimo, si Cristo se identifica con el pobre, atendiendo a este último, preocupándome por el trabajo social, me encuentro ya en regla con Dios’. Ha sucedido de este modo que tantos encuentran a Dios por todas partes, menos en la oración, en la Eucaristía o el resto de los sacramentos. Se escuchan por todas partes los conocidos slogans: “Yo encuentro a Dios en el prójimo”; “Para mí todo es oración”; “Nada es profano”; “Hay una sola historia”; “Dios se hace historia”.

Tales actitudes, que querían escapar a los “dualismos”, fueron a parar en no menos extremosos “monismos”, que se siguieron de una superficial exégesis de Mateo 25. Pues, dado que el Hijo del hombre declara que todo el bien que se hace a los pobres está dirigido a El mismo, muchos teólogos acelerados han deducido que inclinándonos al prójimo, nos acercábamos ya a Dios.

Si trasponemos un modo semejante de razonar a otros ámbitos de la teología, se verá a qué absurdos se llega. Así, por ejemplo: es verdad que “quien ve a Jesús, ve al Padre.”[59] Pero… ¿se podrá concluir de este pasaje que la persona del Padre se vuelve así superflua, porque se ha identificada con la del Hijo encarnado, disolviéndose en Él? En modo alguno, si nos atenemos a la revelación íntegra. Ya que el mismo Jesús tiene que volver “hacia el Padre.”[60]

Si, por lo tanto, ni siquiera allí donde la unidad y circumincesión es la más estrecha que se pueda concebir podemos exagerar tanto la unificación que se llegue a cancelar las distinciones personales, cuánto más errado será olvidar las diferencias entre lo divino y lo humano.

Viendo esta negación exagerada de los “dualismos”, Y. Congar advertía: “Se puede y se debe decir Deus est esse, Dios es el existente. El Maestro Eckhart decía: Esse est Deus, la existencia es Dios. No es lo mismo. También se puede y se debe decir: ‘Dios es amor’; pero no se puede decir: ‘el amor es Dios’. Se puede y se debe decir: ‘La salvación es liberación’, pero no se puede decir: ‘la liberación es salvación’. Lo humano no se agota en lo social. El hombre plantea preguntas a las cuales no puede responder la sociedad y siente ansias que apuntan más allá de sus satisfacciones.”[61] Si, pues, amar al hermano es una mediación necesaria del amor para con Dios, ¿se podrá decir igualmente que es lo mismo que amar a Dios?[62] No lo creemos, porque nunca un medio puede tener la misma dignidad que el fin. Los sacramentos son medios (algunos necesarios) de la gracia; no por esto “son” la gracia y mucho menos Dios, autor de la gracia. La misma Eucaristía no es Dios. Porque cesará y Dios no pasará jamás. La Eucaristía es un modo eminente, no hay duda, de la real presencia del cuerpo de Cristo, Hijo de Dios, pero, dado que acabará sus funciones en el mundo futuro, no puede ser Dios, que es inmutable y dura “per saecula saeculorum”.

Después, si se recurre al famoso paso joaneo[63] para hacer notar la ineludible necesidad del amor al prójimo, si se quiere en verdad amar a Dios, no se debe pasar por alto otro pasaje, no menos importante, del capítulo siguiente, donde el ritmo del amor aparece diverso, si bien no contradictorio con el trozo anterior: “En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: si amamos a Dios y observamos los mandamientos.”[64] Uno y otro amor son necesarios, el uno no va sin el otro, pero uno no es el otro; más todavía: el amor de Dios es de mayor jerarquía que el amor hacia el prójimo. Dios ha de ser amado con “todo.”[65] El prójimo “como a ti mismo.”[66] Ahora bien, ninguno puede amarse a sí mismo “con todo”. Sería idolatría, auto-latría. Cada uno se ama con medida, sabiendo de sus límites y así ama al prójimo, consciente también de las carencias del otro. Sería un amor distorsionado dirigirse a un ser humano como si fuese Dios. Hay, entonces, una profundidad del corazón humano que sólo Dios puede llenar y que ningún otro amor es capaz de agotar.

Por lo mismo, da pena encontrar la tremenda distorsión de tomar el criterio supremo del juicio final (las premuras para con los pobres) con orgullo y poca caridad. Se quejaba San Agustín:

“¡Qué numerosos son aquellosque, aunque se encuentren entre los herejes y cismáticos, se llaman mártires! Pero, si diesen la vida por los hermanos no se separarían de la universal comunidad de los hermanos. Además, ¡qué numerosos son los que distribuyen en regalos muchos de sus haberes por ostentación! Ellos no buscan otra cosa que el elogio de los hombres y el aplauso popular, hecho de viento y extremamente inestable. ¿Dónde se encontrará la piedra para descubrir la genuinidad de la caridad fraterna, dado que hay personas semejantes? Juan quiere que la caridad sea sometida a prueba y por ello amonesta: ‘Hijitos, no amemos a palabras ni con la lengua, sino con hechos y en la verdad.’[67] Nos preguntamos: ¿con qué obras, con qué verdad? ¿Puede darse una obra más evidentemente caritativa que socorrer a los pobres? Muchos lo hacen para ser admirados, no por amor… — no queda más que esta conclusión: ama al hermano aquel que ante Dios, allí donde sólo Él ve, asegura su corazón y se pregunta en su intimidad si verdaderamente actúa así por amor del hermano; y aquel ojo que penetra en el corazón, allí donde no puede llegar el hombre, le da testimonio. Así Pablo apóstol, porque estaba dispuesto a morir por los hermanos, decía: ‘Yo me consumiré a mí mismo por vuestras almas;’[68] pero, dado que Dios veía estas disposiciones en su corazón, no ya los hombres, a los que Pablo se dirigía, el Apóstol les asegura: ‘Para mí cuenta poco ser juzgado por vosotros o por un tribunal humano.’”[69]

Hay, pues, una instancia secreta y misteriosa, donde reina solamente Dios, sobre la cual ni siquiera el propio “yo” puede contar, porque es “intimior intimo meo.”[70] Por eso, siguiendo un poco más el último texto citado por Agustín, podemos añadir con San Pablo: “Más aún, ni me juzgo a mí mismo, porque, aunque no son consciente de culpa alguna, no por esto estoy justificado. Quien me juzga es el Señor.”[71] Es preciso, pues, “entrar en la propia habitación y orar al Padre en lo secreto, donde Él solo ve.”[72] Dios es una persona no soluble en las cosas que hacemos, ni en las personas creadas que amamos. Por lo cual, son por lo menos equívocas estas otras sentencias de Gutiérrez:

“El cristiano no ha hecho suficientemente su conversión al prójimo, a la justicia social, a la historia. No ha percibido todavía, con la claridad augurable, que conocer a Dios es obrar la justicia. No vive todavía en un solo gesto (destaca el autor) con Dios y con los hombres.”[73]

Se me hace que está pidiendo imposibles. Porque es verdad que el amor todo lo une bajo su suave dominio. Así, por ejemplo, la esposa y madre, en el hogar, aunque no esté presente su marido o sus hijos, todo lo hace por amor: cocinar, hacer la limpieza, lavar la ropa, etc. Pero, si no se dieran más momentos de diálogo personal, donde todas las otras cosas pasan a segundo lugar, ¿quién no diría que el amor empieza a debilitarse?

No pasa diversamente con Dios. Si no hay gestos secretos, dirigidos explícitamente a la persona de Dios, aquellos que ninguno sino Él puede captar, el amor hacia Dios se vuelve siempre más frágil.

Hay, además, ocasiones donde hay que elegir entre el primer y el segundo mandamiento. Si las asociaciones multinacionales me ofrecieran la solución económica para los países subdesarrollados a cambio de una blasfemia, no podría aceptar. La mártir Perpetua, más que por los tormentos físicos se vio desgarrada por el amor de su anciano padre, quien por tres veces le había pedido abjurar de la fe cristiana, por amor a la familia. Y su esclava Felicitas dejó el bebé que había dado a luz en la cárcel, para ir al encuentro del martirio y al amor superior de Cristo.

Parece, de todos modos, que Gutiérrez, en sucesivas publicaciones, se hubiera desligado de aquellas frases de sabor monista. De hecho, vemos en qué sentido continúa una aclaración, ya citada en parte más arriba:

“Un texto clave en la reflexión fue Mateo 25, que ayudó a muchos cristianos. Tan es así que en la década de los sesenta, en Perú y América Latina hubo un movimiento en torno a este texto, de compromiso con el pobre. Por eso me pareció importante evitar toda posibilidad de reduccionismo (detenernos en la mediación del pobre sin llegar a Dios). Mi idea era reflexionar teológicamente para ayudar a los cristianos, que yo veía en el recto camino, que era el empeño por los pobres, a encontrar el sentido de la fe. Sentía yo que, para muchos de ellos, la fe corría el riesgo de evaporarse. Les quedaba un vago cristianismo, que era una especie de humanismo generoso. La fascinación de la política en forma exclusiva era muy grande para muchos y me ha parecido que era importante pensar teológicamente en la importancia de la fe cristiana para el compromiso liberador”[74]

En torno a las mismas ideas, pero con una expresión de gran claridad, confesará más adelante:

“Este texto[75] inspiró muchas y valiosas empresas. Pero algunos creían encontrar en él la idea que bastase el gesto concreto hacia el pobre para definir la ida cristiana. Se trata, sin duda, de una dimensión indispensable, pero que debe ser enriquecida por otra. Es verdad que el prójimo, y en modo particular el pobre, es mediación para el encuentro con Cristo (‘a mí lo habéis hecho’); pero es también verdad, según el Evangelio, que el ‘pasaje’ para nuestra relación con Cristo nos permite llegar en modo más pleno hasta el prójimo. Cristo es mediador entre nosotros y Dios Padre, mas es también mediador entre los seres humanos. Las dimensión de compromiso y la contemplativa son imprescindibles en la existencia cristiana.”[76]

Enseguida agrega:

“Hemos tenido ocasión de subrayar este punto en varios escritos.”

De acuerdo, pero el primero de todos no fue tan claro y sería necesario corregir, en las sucesivas ediciones, aquel: “único gesto” de convivencia con Dios y el prójimo. Últimamente habla, con toda la claridad deseable, de “una dimensión y de otra”, las cuales no son separables, pero ciertamente diversas, siendo una superior a la otra.


[1] Mateo 25:31-46.

[2] Pontificia Universitas Gregoriana, Facultas Theologiae-Programma studiorum 1987-1988, Romae (1987) 49.

[3] Lucas 4:16-30.

[4] Mateo 5:1-12; Lucas 6:20-46.

[5] Mateo 11:2-6; Lucas 7:18-23.

[6] Mateo 25:31-46.

[7] Evangelización y opción por los pobres…, p. 60.

[8] Ibid., p. 71. Ver asimismo: La verdad…, pp. 53-54, donde repite casi las mismas palabras.

[9] Mateo 25:31-46.

[10] Jesucristo y la liberación del hombre, p. 122. Lo mismo en p. 261.

[11] Función de la Iglesia en la realidad rioplatense, Montevideo (1962). Obra citada por Gutiérrez en su: Teología de la liberación…, 87, n. 9. Se puede sospechar que, en sus elucubraciones previas de Lovaina, aquellos futuros “pioneros de la teología latinoamericana”, ya habían dado con ésta, que, en sus futuras interpretaciones compartidas, significaría una mina de comprobaciones para sus posturas.

[12] Respuesta al Cardenal Ratzinger, pp. 77-78; 82-89.

[13] Il Vangelo di Matteo, 962.

[14] Mateo 5:3.

[15] El hombre de hoy…, 235. Ya antes (184-185) llega a decir que Mateo “tuvo miedo de la inmoralidad de la parábola de los invitados al banquete de bodas” (Mateo 22: 1-14) y por eso habría añadido la última parte sobre el vestido nupcial: vv. 11-14. En las pp. 237-238 contrapone la presentación de Lucas a la de Mateo, escribiendo: “Si rechazamos, con la versión de Lucas, la clave de Mateo, basada sobre la moralidad y sus correspondientes méritos y recurrimos a la única coherente con la versión de Lucas… el significado se vuelve extraordinariamente simple…: procurar el reino es procurar que todos tengan solucionadas sus principales necesidades” (238). Para concluir: “Constatamos que es sólo Mateo en su redacción o en sus materiales propios, quien nos desorienta a propósito del reino” (240-241).

[16] Jesucristo, liberador…, 99, n. 6.

[17] Mateo 5:19-20; 23-24.

[18] Término que aparece sólo en Mateo: 24: 27.37.39. Las otras menciones de tal sustantivo no se dan en el resto de los Sinópticos, ni en Juan, pero sí en el resto de los escritos neotestamentarios.

[19] Ver Marcos 8:38; Lucas 12:8-9; Lucas 9:26.

[20] Léopold Sabourin, ibid., p. 964.

[21] Marcos 13:10.

[22] Apocalipsis 1:7.

[23] Mateo 28:16-20: donde panta ta éthne no puede significar “todos los pueblos menos Israel.”

[24] Teología de la liberación…, 254-256.

[25] Mateo 37,44.

[26] Mateo 10:40-42: “uno de estos pequeños… mi discípulo”; Mateo 18, 6: “los pequeños que creen en mí.”

[27] Mateo 28, 10.

[28] Como es sabido, el primer evangelista ha articulado literariamente su obra en cinco grandes sermones: caps. 5-7: de la Montaña; 10: de la misión; 13: de las parábolas; 18: eclesial; 25: escatológico.

[29] Mateo 5:3.

[30] Mateo 5:16.

[31] Mateo 7:7.

[32] Mateo 12:50.

[33] Mateo 5:28-4.

[34] Mateo 6:4-18.

[35] Mateo 28, 19. || “Mathetéusate” trad. “hacedlos discípulos”.

[36] Mateo 28, 19-20.

[37] “Si alguno quiere venir en pos de mí, reniéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame… El Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, con sus ángeles y retribuirá a cada uno según sus obras”.

[38] Cita a: K. Barth, G. Bornkamm y otros: Tradition and interpretation in Matthew, Philadelphia (1963).

[39] Mateo 22:40. || Il Vangelo di Matteo, 969.

[40] Ezequiel 18, 5-23.

[41] Mateo 13:28.

[42] Mateo 13,29-30.

[43] 1Corintios 4:3.

[44] Sermo Caillou — Saint Yves 2, 92; PLS II, pp. 441-552.

[45] Romanos 8:2, 18, 23 || Reencontramos aquí el tema del primero de esta serie de artículos: “Teología de la liberación y gemidos del Espíritu”, que una vez más subraya la legitimidad de todo esfuerzo por mejorar situaciones de injusticia y de manifestar la preferencia de Cristo por los pobres. Aunque, sin ceder a la presunción de que podremos arreglarlo todo, ya aquí, con la vana esperanza de una lucha de clases, que suprimiría todo obstáculo en este mundo.

[46] Romanos 8:6-7.

[47] Gálatas 5:17.

[48] Gálatas 6:1-2.

[49] Lucas 15:4-7.

[50] Porque hay tantos otros asuntos sobre los que seremos evaluados, y no de menos importancia, como nuestra acogida del Hijo del hombre en la fe: Mateo 10: 32-33.

[51] Libertatis nuntius, IX, 10.

[52] Martes de la cuarta semana de cuaresma.

[53] Sermo 10 in Quadragesima, 3-5; PL 301.

[54] Mateo 25:31-46.

[55] Salmos 12(11):6; Lucas 1:52. Sollicitudo Rei Socialis, nn.43 y 80.

[56] “Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y esplendor” (Salmos 8, 6).

[57] 1Juan 4:20.

[58] Teología de la liberación…, 260.

[59] Juan 14:9.

[60] Juan 13:1; 20:17.

[61] Un pueblo mesiánico, Madrid (1976) 231.

[62] Como se lo afirma en: Teología de la liberación…, p. 260.

[63] 1Juan 4,20.

[64] 1Juan 5,2.

[65] Corazón, alma, mente: Mateo 22,37.

[66] Mateo 22,39.

[67] 1Juan 3,18.

[68] 2Corintios 12,15.

[69] 1Corintios 4:3. || In Primam Epistolam S. Johannis, Tr. 6, 2, ad 1Juan 3, 18.

[70] Confessionum Liber III, 6.11; PL, XXXII, 688.

[71] 1Corintios 4:3-4.

[72] Mateo 6; 5.

[73] Teología de la liberación…, 269.

[74] Evangelización y opción por los pobres, 72.

[75] Mateo 25.

[76] La verdad…, 53-54.

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