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Daniel Iglesias Grèzes

En este post compartiré las reflexiones que me suscitó la lectura del siguiente texto:

“¿Qué significa esto para los que tienen que hablar de Dios hoy? Que la Nueva Evangelización es una evangelización más radical. Que se debe anunciar la salvación, y no la salvación de algún hombre ideal y virtuoso, sino de cada fulano tal como es, con su jeta desternillante pero redimida, con sus caídas reincidentes pero que piden perdón… En esta inminencia de la aniquilación completa, la palabra está llamada a desplegarse como un arca, a recuperarse como unos buenos días: esa salvación que nos decimos todos los días, pero que por fin diríamos de veras, haciendo entrar en nuestros días la luz de una mirada divina…

Eso implica principalmente no volver a caer en un moralismo que ya no vale para nada en nuestras circunstancias. Decirle a alguien que lo que hace está mal, que perjudica a su hermano, que se encamina él mismo al suicidio, no tiene mucho peso en un mundo a punto de ser engullido. Siempre nos podrá responder: “Lo que hago me lleva al suicidio, y ¿qué? ¿Acaso no tiene todo que desaparecer? Tarde o temprano, de una manera u otra, ¿qué importa?…”

Su corazón sabe que lo que dice es falso. Pero esa falsedad sólo puede quedar en evidencia a la luz de la esperanza, en la medida en que tenga fe en la Vida.

En esencia, la moral es solamente aquello que nos proporciona los medios para llegar a la bienaventuranza. Si mi interlocutor no cree, más o menos, en la bienaventuranza, mis sermones más persuasivos no lo conmoverán o, peor aún, mis charlas le parecerán tejidas de dogmas fantasiosos y de normas arbitrarias, creerá que intento reclutarlo, cuando lo único que quiero es preservar el misterio de su rostro. Por mucho que yo lo invitara a entrar en el arca, se imaginará que intento meterlo en una cárcel. Por eso, más que nunca, aunque desde el punto de vista temporal la búsqueda de la felicidad parece pasada de moda, hay que predicar la esperanza en vez de fabricar una moral, anunciar la misericordia en vez de denunciar al miserable.

(Lo cual no quiere decir que tengamos que empapar en almíbar nuestras palabras y cambiar la sal por el azúcar. La predicación de la esperanza es terrible, porque supone que primero se predica la desesperanza del mundo. La Buena Noticia de la Misericordia es terrible, porque supone que primero se anuncia nuestra miseria. Eso quiere decir mirar la realidad de frente y, después de lo que se le dijo a Moisés, nadie podría mirarla sin morir…)” [1]

¿Qué decir de semejante texto? Pienso que es posible “salvar” las proposiciones del autor, cosa que, como enseñó San Ignacio de Loyola, siempre hay que intentar, por lo menos. Pero también pienso que Hadjadj debería matizar y explicar más este texto, porque corre el siguiente riesgo: para evitar el error del “moralismo”, da la impresión de impulsar hacia el error contrario, que llamaré “amoralismo”.

En esta cuestión de enorme importancia es necesario mantener un equilibrio y una armonía entre la verdad y el amor, entre la fe y las obras, entre la ortodoxia y la ortopraxis, evitando dos graves errores que son opuestos entre sí: el “moralismo” (la reducción del cristianismo a un sistema moral más, como el confucionismo o el kantismo) y el “amoralismo” (la desestimación o subestimación de las implicaciones morales de la fe cristiana).

Por una parte, este argumento de Hadjadj es clásico: la moral establece la conformidad o no-conformidad de los actos humanos con el fin último del hombre; pero si no se conocen o se rechazan la naturaleza y la vocación del hombre no se puede comprender y aceptar la ley moral. Como decían los escolásticos, “el obrar sigue al ser”. Para poder entender cómo debe obrar el hombre hay que entender primero qué es y qué está llamado a ser el hombre. En ese sentido, la moral viene en segundo lugar, sin ser “secundaria” en el sentido de algo poco valioso.

También la comparación de la Iglesia con el Arca de Noé es muy tradicional. Se entra a la Iglesia por la puerta de la fe y del bautismo, sacramento de la fe. Las pilas bautismales suelen tener base octogonal para simbolizar el Arca de Noé, porque en el Arca se salvaron ocho personas: Noé, su mujer, sus tres hijos (Sem, Cam y Jafet) y las mujeres de sus hijos.[2]

Que estamos viviendo en “los últimos tiempos” forma parte de la Divina Revelación. Que el tiempo restante hasta el día del juicio final sea poco no forma parte de la Revelación pública, pero lo sugieren varias revelaciones privadas y varios pensadores cristianos que han auscultado en profundidad los signos de los tiempos actuales. En todo caso la opinión personal del autor sobre la proximidad del fin de los tiempos es legítima, aunque cuestionable.

Por último, creo que Hadjadj acierta también al subrayar la prioridad de la evangelización en el diálogo con los no cristianos. Después de la conversión del interlocutor (si Dios la concede) se podrá practicar el camino teológico hacia la moral: primero la teología dogmática y después la teología moral. Esto no significa que haya que postergar las cuestiones morales hasta ese momento. La misma conversión implica la conciencia de pecado y la voluntad de cumplir la ley divina.

Por otra parte, algunas de las expresiones citadas de Hadjadj me parecen bastante cuestionables. Dios realmente quiere que todos los hombres se salven y por eso la invitación a entrar al arca de la Iglesia y al banquete del Reino en principio va dirigida a todos. Sin embargo, a la vez se debe subrayar con fuerza que esa invitación universal no es incondicional. Las parábolas sobre el Reino de Dios ilustran muy bien estos dos puntos. Veámoslo con algunos ejemplos.

En la parábola del banquete de bodas del hijo del Rey,[3] después de que los primeros invitados rechazaron ofensiva y violentamente la invitación, el Rey mandó a sus servidores que invitaran indiscriminadamente a todos los que encontraran en los caminos, malos y buenos. No obstante, luego el rey mandó echar afuera a un invitado que no tenía traje de boda. La parábola termina con una frase que resume los dos aspectos de esta cuestión: “Porque muchos son llamados, pero pocos son elegidos”.

En la parábola del sembrador,[4] el sembrador desparrama la semilla generosamente en todas las direcciones, hasta se diría que sin ton ni son; pero luego algunas de esas semillas prosperan y dan fruto y otras no.

¡Y en el Arca de Noé entran todas las especies de animales, pero sólo ocho representantes de la humanidad! Dios castigó a todos los demás seres humanos por sus pecados, porque obraban el mal de continuo. “Cuando el Señor vio qué grande era la maldad del hombre en la tierra y cómo todos los designios que forjaba su mente tendían constantemente al mal, se arrepintió de haber hecho al hombre sobre la tierra, y sintió pesar en su corazón. Por eso el Señor dijo: “Voy a eliminar de la superficie del suelo a los hombres que he creado — y junto con ellos a las bestias, los reptiles y los pájaros del cielo — porque me arrepiento de haberlos hecho”. Pero Noé fue agradable a los ojos del Señor.”[5]

Cierto, la condición para el bautismo es la fe, no la santidad; pero no hay fe sin conversión. Ése es el primer y nuclear mensaje de Jesús: “A partir de ese momento, Jesús comenzó a proclamar: “Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca.”[6] “Después que Juan fue arrestado, Jesús se dirigió a Galilea. Allí proclamaba la Buena Noticia de Dios, diciendo: “El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia.”[7] En definitiva, la ortodoxia y la ortopraxis no son separables. La buena disposición moral influye decisivamente en el acto de fe.

Por último, la prioridad de la evangelización no debe llevarnos a descuidar el camino de la filosofía moral, sobre todo en el diálogo con los no creyentes. Este camino es difícil, sobre todo cuando el interlocutor está muy apartado de los principios básicos de la filosofía cristiana, como el nihilista imaginario con el que dialoga Hadjadj en el texto citado. Pero que ese camino sea difícil no significa que sea siempre impracticable o infructuoso.

Fabrice Hadjhadj es un filósofo suizo y un judío convertido al catolicismo. En 2014 fue nombrado miembro del Pontificio Consejo para los Laicos. El libro citado es una reelaboración de una conferencia dictada por el autor en 2011, durante una Asamblea Plenaria de dicho Consejo.

Me pareció un buen libro, con muchas cosas interesantes. El estilo de Hadjadj es provocativo, pero el contenido me parece bastante tradicional. Por ejemplo, el autor responde con sensatez a los teólogos que dicen que después de Auschwitz ya no se puede creer en un Dios omnipotente. Entre otras cosas les dice que su tesis consagra el triunfo de los verdugos sobre las víctimas.

Como filósofo Hadjadj me parece muy afín al tomismo. Con su estilo fresco y original nos vuelve a hablar de doctrinas de Santo Tomás de Aquino como la analogía del ser, la bondad de todo lo creado, las propiedades trascendentales del ser, el lenguaje analógico sobre Dios, etc.

Pienso que el libro contiene (además de las ya vistas) también otras expresiones que habría que matizar, como la comparación de los cristianos con payasos.

Quizás se podría reprochar a Hadjadj su uso del término “fundamentalista” como una especie de comodín para descalificar muchas formas de religiosidad cristiana que encuentra erróneas o rechazables, un poco a la manera en que los izquierdistas usan hoy la etiqueta de “neoliberal” como descalificación fácil y a veces gratuita. Me parece que Hadjadj tendría que definir bien ese término. Originalmente, la palabra “fundamentalismo” designaba un error de exégesis bíblica: una interpretación “literalista”, atada al sentido aparente del texto, sin ningún estudio histórico-crítico del estilo del autor, la cultura de la época, el género literario, etc. Recientemente se extendió el sentido del término “fundamentalismo”, asimilándolo a fanatismo, con notoria injusticia para la gran mayoría de los cristianos fundamentalistas (en general no violentos), a quienes se equipara falsamente con los “fundamentalistas” (fanáticos) de otras religiones, sobre todo islámicos. Y creo que para Hadjadj “fundamentalista” quiere decir también fideísta, integrista, hipócrita, ultra-tradicionalista, etc. Demasiados sentidos para una sola palabra, que también es utilizada por racionalistas, liberales, relativistas y modernistas para desacreditar a todos los cristianos que, como el propio Hadjadj, siguen tomándose en serio la fe cristiana y los dogmas de la fe divina y católica.


[1] Fabrice Hadjadj, ¿Cómo hablar de Dios hoy? Anti-manual de evangelización, Editorial Nuevo Inicio, Granada 2013, pp. 155-156

[2] Génesis 6, 10-18.

[3] Mateo 22:1-14.

[4] Mateo 13:3-23.

[5] Génesis 6, 5-8.

[6] Mateo 4:17.

[7] Marcos 1:14-15.