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Pablo VI

Tratad de poner vuestra mente, vuestro espíritu, de hecho vuestra conciencia de vivir, delante del cúmulo de las cuestiones principales, aquellas que se refieren al origen del universo, el sentido de la vida, el ansia de conocer el destino de la humanidad, el fenómeno religioso que pretende responder a estos problemas, absorbiendo y superando lo que la ciencia y la filosofía nos pueden decir al respecto; y tratad de colocar el hecho cristiano en medio y por encima de tales interrogantes, que reconocidos en sus exigencias ilimitadas llamamos tinieblas, pero que en el encuentro con el hecho cristiano mismo se iluminan, y dejan entrever su misteriosa profundidad y a la vez cierta nueva maravillosa belleza, y sentiréis resonar dentro de vosotros, como si fuesen pronunciadas en este mismo instante, las conocidas palabras del Evangelio de Juan: “La luz brilla en las tinieblas;”[1] el panorama del cosmos se ha iluminado como si en la noche hubiese salido el sol, las cosas muestran su orden encantador y todavía explorable; y el hombre casi riendo y temblando de alegría llega a conocerse a sí mismo, y se descubre como el viandante privilegiado que camina, mínimo y supremo, en la escena del mundo, con la simultánea conciencia de tener derecho y capacidad de dominarlo, y de tener a la vez el deber y la posibilidad de trascenderlo en la fascinación de una nueva relación que lo supera: el diálogo con Dios; un diálogo que comienza así: “Padre nuestro, que estás en el cielo…”.

No es un sueño, no es una fantasía, no es una alucinación. Es simplemente el efecto primero y normal del Evangelio, de su luz sobre la pantalla de un alma, que se ha abierto a sus rayos. ¿Cómo se llama esta proyección de luz? Se llama la Revelación. ¿Y cómo se llama esta apertura del alma? Se llama la fe.

Cosas estupendas, que recogemos en aquel libro sublime de teología y de mística que se llama el catecismo, es decir el libro religioso de las verdades fundamentales. Pero esta introducción quiere hoy referirse a cuanto escuchamos sobre una cuestión sucesiva, que Nos consideramos de máxima importancia con respecto a la condición ideológica en que hoy se encuentra el hombre pensante religiosamente; a saber: el contacto con Dios, resultante del Evangelio, ¿es un momento inscrito en una natural evolución del espíritu humano, la cual todavía continúa mutando y superándose, o bien es un momento único y definitivo, del cual debemos nutrirnos sin fin, pero siempre reconociendo inalterable el contenido esencial? La respuesta es clara: ese momento es único y definitivo. O sea, la Revelación está inserta en el tiempo, en la historia, en una fecha precisa, en un acontecimiento determinado, que con la muerte de los Apóstoles se debe considerar concluido y para nosotros completo.[2] La Revelación es un hecho, un acontecimiento, y al mismo tiempo un misterio, que no nace del espíritu humano, sino que viene de una iniciativa divina, que ha tenido muchas manifestaciones progresivas, distribuidas en una larga historia, el Antiguo Testamento; y ha culminado en Jesucristo.[3] La Palabra de Dios es así finalmente para nosotros el Verbo Encarnado, el Cristo histórico y luego viviente en la comunidad unida a Él mediante la fe y el Espíritu Santo, en la Iglesia, es decir su Cuerpo místico.

Así es, hijos queridísimos; y afirmando esto, nuestra doctrina se separa de los errores que han circulado y todavía afloran en la cultura de nuestro tiempo, y que podrían arruinar totalmente nuestra concepción cristiana de la vida y de la historia. El modernismo representó la expresión característica de estos errores, y bajo otros nombres es todavía de actualidad.[4] Podemos entonces comprender por qué la Iglesia católica, ayer y hoy, da tanta importancia a la rigurosa conservación de la Revelación auténtica, y la considera como un tesoro inviolable, y tiene una conciencia tan severa de su deber fundamental de defender y de transmitir en términos inequívocos la doctrina de la fe; la ortodoxia es su primera preocupación; el magisterio pastoral su función primaria y providencial; la enseñanza apostólica fija de hecho los cánones de su predicación; y la consigna del Apóstol Pablo, Depositum Custodi,[5] constituye para ella un compromiso tal, que sería una traición violar. La Iglesia maestra no inventa su doctrina; ella es testigo, es custodia, es intérprete, es medio; y, para cuanto se refiere a las verdades propias del mensaje cristiano, ella se puede decir conservadora, intransigente; y a quien le solicita que vuelva su fe más fácil, más relativa a los gustos de la cambiante mentalidad de los tiempos, responde con los Apóstoles: Non possumus, no podemos.[6]

Esta demasiado sumaria lección no ha terminado aquí, porque faltaría mencionar cómo esta revelación originaria se transmite a través de la palabra, el estudio, la interpretación, la aplicación; es decir cómo ella genera una tradición, que el magisterio de la Iglesia acoge y controla, a veces con autoridad decisiva e infalible. Falta también recordar cómo el conocimiento de la fe y la enseñanza que la expone, o sea la teología, pueden expresarse en medidas, en lenguajes y en formas diversas; es decir cómo es legítimo un “pluralismo” teológico, cuando se mantiene en el ámbito de la fe y del magisterio confiado por Cristo a los Apóstoles y a quienes los suceden.

Y faltará todavía explicar cómo la Palabra de Dios, custodiada en su autenticidad, no es, por eso mismo, árida y estéril, sino fecunda y viva, y destinada no sólo a ser escuchada pasivamente, sino vivida, siempre renovada y también originalmente encarnada en las almas individuales, en las comunidades individuales, en las Iglesias individuales, según las dotes humanas y según los carismas del Espíritu Santo, de los que dispone cualquiera que se hace discípulo fiel de la Palabra viva y penetrante de Dios.[7]

Quizás volvamos a hablar de ello, si Dios quiere. Pero mientras tanto basten estos fragmentos de la doctrina católica para dejarnos pensativos, fervorosos y felices. Con nuestra Bendición Apostólica.[8]

Dado en la Audiencia General del Miércoles 19 de enero de 1972


[1] Juan 1,5

[2] Denzinger-Schönmetzer, 3421.

[3] Hebreos 1,1; 1 Juan 1,2-3; Dei Verbum, 1.

[4] Pío X, Lamentabili 1907, y su Encíclica Pascendi. Denzinger-Schönmetzer, 3401 ss.

[5] Custodia el depósito. 1 Timoteo 6,20; 2 Timoteo 1,14.

[6] Hechos de los Apóstoles 4,20.

[7] Hebreos 4,12.

[8] Traducido del italiano por Daniel Iglesias Grèzes.