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Daniel Iglesias Grèzes

Hay quienes piensan que, en materia religiosa, la fe es compatible con la duda. Es una postura absurda, porque viola el principio metafísico de no contradicción: algo no puede ser y no ser al mismo tiempo y en el mismo sentido. El asentimiento es un acto de la inteligencia. Es tener una proposición por verdadera. El que cree en una afirmación religiosa asiente a ella, mientras que el que duda de esa misma afirmación no asiente a ella, ni tampoco a la afirmación contraria; y simplemente no es posible asentir y no asentir al mismo tiempo y en el mismo sentido a la misma afirmación. Es lógicamente posible: (1) creer en Cristo y dudar de los ángeles custodios; (2) creer en Dios hoy y dudar de Él mañana; (3) creer que el quinto mandamiento es una tradición cultural benéfica y dudar de que sea un mandamiento divino. Lo que es lógicamente imposible es creer y dudar (no creer) en la misma verdad de fe, al mismo tiempo y en el mismo sentido.

Más aún, el Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que la duda es un pecado contra la fe:

“El primer mandamiento (“Amarás a Dios sobre todas las cosas”) nos pide que alimentemos y guardemos con prudencia y vigilancia nuestra fe y que rechacemos todo lo que se opone a ella. Hay diversas maneras de pecar contra la fe:

La duda voluntaria respecto a la fe descuida o rechaza tener por verdadero lo que Dios ha revelado y la Iglesia propone creer. La duda involuntaria designa la vacilación en creer, la dificultad de superar las objeciones con respecto a la fe o también la ansiedad suscitada por la oscuridad de ésta. Si la duda se fomenta deliberadamente, puede conducir a la ceguera del espíritu.”[1]

¿Qué clase de duda es pecado? La duda en sentido estricto, que implica dejar de creer, aunque sea momentáneamente. En ese sentido, la fe sana y madura es la de quien nunca duda de la verdad de la misma fe. La “noche oscura del alma” por la que pasaron algunos santos no tiene relación con dudas de fe, sino con la aridez en la oración, con la atenuación o desaparición de sentimientos religiosos, etc. La fe de un santo, por la gracia de Dios y su libre cooperación, se mantiene firme aun en lo más hondo de esa “noche oscura”. Sólo así se puede superar esa gran prueba.

La tentación de la duda es algo distinto a la duda misma, al igual que, más en general, tentación y pecado son cosas diferentes. Por supuesto, es posible sufrir la tentación de dudar acerca de una o varias verdades de fe sin caer en esa tentación. En sí misma, la tentación no es pecado. En el Padrenuestro pedimos a Dios Padre que no nos deje caer (que nos sostenga) en la tentación. La duda puede estar presente en el creyente como tentación (por ejemplo, la tentación de convertir las dificultades en dudas); pero si cae en esa tentación, no cree, al menos mientras duda. Podemos sentir la tentación de la duda y podemos caer en la tentación de dudar, pero también, con la ayuda de Dios y de los hermanos en la fe, podemos levantarnos y volver a creer. Y a la inversa, la fe puede estar presente en el no creyente como “tentación” (veleidad, anhelo ineficaz) de creer; pero si “cae” (o más bien se eleva) en esa “tentación” buena, aceptando el don de la fe, entonces no duda, al menos mientras cree.

La fe es certeza y confianza firmes. Es una forma de conocimiento, y por tanto de convicción. Si creo de verdad en algo, estoy convencido de que es verdad. Ahora bien, si creo en algo porque he llegado a conocerlo directamente por mis propios medios (razón, experiencia, sentidos), eso no es fe. Se trata de fe cuando conozco algo por medio de mi confianza en un testimonio ajeno fidedigno. Es fe humana cuando se trata de un testimonio humano; y fe divina cuando se trata de un testimonio divino (la Palabra de Dios).

La fe firme es certeza, pero no es una de “nuestras certezas” en el sentido de que la hayamos alcanzado por nuestro propio esfuerzo (como la certeza que tengo de la verdad de tantos teoremas matemáticos). Es certeza que nos viene dada gratuitamente por Dios, cuando le damos toda nuestra confianza, como debe ser. Confiar en la certeza de la fe no es falta de humildad, sino todo lo contrario.

No es lo mismo dudar de una verdad de fe que sentir el peso de una dificultad intelectual relacionada con esa misma verdad. Zacarías fue castigado por haber dudado de la revelación del Ángel. En cambio la Virgen María creyó en el Anuncio del Ángel, a pesar de su dificultad para entender cómo podría cumplirse ese anuncio. Un cristiano, sin dejar de creer firmemente en el dogma trinitario, puede tener muchas dificultades para entender qué quiere decir que Dios es uno en naturaleza y trino en personas y cómo compaginar ambas cosas. El Beato John Henry Newman, quizás el mayor teólogo del siglo XIX, lo expresó muy bien (lo cito aproximadamente, de memoria): “Dificultad y duda son dos magnitudes inconmensurables entre sí. Diez mil dificultades no hacen una sola duda”.

No se debe extender la certeza de la fe más allá de su alcance legítimo. El creyente cristiano no tiene respuestas a todas las preguntas, pero sí tiene las respuestas reveladas por Dios en Cristo a las preguntas más hondas del ser humano. A estas últimas respuestas, él asiente firmemente por fe divina y católica. La duda legítima no se refiere a esas respuestas sino a otras cosas conexas; por ejemplo: creo firmemente que Dios me llama a ser santo, pero ¿cómo he de vivir yo concretamente mi vocación cristiana a la santidad? Con respecto a esta última pregunta pueden surgir muchas dudas legítimas, que he de intentar aclarar por medio de la oración, la reflexión, el consejo, etc.

Aunque la fe es un asentimiento firme, no colma totalmente nuestra ansia de verdad. A partir del punto firme de la fe, nuestras mentes siguen moviéndose esforzadamente en busca de una verdad más plena, más total. Esta búsqueda es la tarea de la teología, “fides quaerens intellectum” (la fe en busca de comprensión). El cristiano cree firmemente en toda verdad revelada por Dios aunque a menudo dude sobre cuál es la mejor manera de insertar una determinada verdad de fe en el conjunto de todas las verdades conocidas por él; o sobre cómo profundizar esa verdad coordinándola con las demás.

Hoy en día muchos abusan de una de las “siete palabras” de Jesús Crucificado – “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”[2] – argumentando que en su agonía Jesús dudó del amor de Dios Padre hacia Él. Esa interpretación es totalmente errónea y hasta blasfema. Jesús estaba rezando un salmo que expresa la confianza en Dios del inocente perseguido. Citaré algunos fragmentos de una hermosa catequesis del Papa Benedicto XVI que explica esto muy bien:

“Es el Salmo 22, según la tradición judía, 21 según la tradición greco-latina, una oración triste y conmovedora, de una profundidad humana y una riqueza teológica que hacen que sea uno de los Salmos más rezados y estudiados de todo el Salterio. […]

Este Salmo presenta la figura de un inocente perseguido y circundado por los adversarios que quieren su muerte; y él recurre a Dios en un lamento doloroso que, en la certeza de la fe, se abre misteriosamente a la alabanza. En su oración se alternan la realidad angustiosa del presente y la memoria consoladora del pasado, en una sufrida toma de conciencia de la propia situación desesperada que, sin embargo, no quiere renunciar a la esperanza. […]

Como es sabido, el grito inicial del Salmo, “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, es citado por los evangelios de san Mateo y de san Marcos como el grito lanzado por Jesús moribundo en la cruz.[3] Ello expresa toda la desolación del Mesías, Hijo de Dios, que está afrontando el drama de la muerte, una realidad totalmente contrapuesta al Señor de la vida. Abandonado por casi todos los suyos, traicionado y negado por los discípulos, circundado por quien lo insulta, Jesús está bajo el peso aplastante de una misión que debe pasar por la humillación y la aniquilación. Por ello grita al Padre, y su sufrimiento asume las sufridas palabras del Salmo. Pero su grito no es un grito desesperado, como no lo era el grito del salmista, en cuya súplica recorre un camino atormentado, desembocando al final en una perspectiva de alabanza, en la confianza de la victoria divina. Puesto que en la costumbre judía citar el comienzo de un Salmo implicaba una referencia a todo el poema, la oración desgarradora de Jesús, incluso manteniendo su tono de sufrimiento indecible, se abre a la certeza de la gloria. “¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?”, dirá el Resucitado a los discípulos de Emaús.[4] En su Pasión, en obediencia al Padre, el Señor Jesús pasa por el abandono y la muerte para alcanzar la vida y donarla a todos los creyentes.”[5]

*

En este tramo final del artículo recordaremos algunos pasajes evangélicos en los que Jesús reprocha la incredulidad o la poca fe.

Mateo 6,30: “Pues si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios así la viste, ¿no lo hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe?”

Mateo 8,26: “Díceles: “¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?” Entonces se levantó, increpó a los vientos y al mar, y sobrevino una gran bonanza.”

Mateo 13,58: “Y no hizo allí muchos milagros, a causa de su falta de fe.”

Mateo 14,30-31: “Pero, viendo la violencia del viento, le entró miedo y, como comenzara a hundirse, gritó: “¡Señor, sálvame!” Al punto Jesús, tendiendo la mano, le agarró y le dice: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”“

Mateo 16,8: “Mas Jesús, dándose cuenta, dijo: “Hombres de poca fe, ¿por qué estáis hablando entre vosotros de que no tenéis panes?”

Mateo 17,19-20: “Entonces los discípulos se acercaron a Jesús, en privado, y le dijeron: “¿Por qué nosotros no pudimos expulsarle? Díceles: “Por vuestra poca fe. Porque yo os aseguro: si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: “Desplázate de aquí allá”, y se desplazará, y nada os será imposible.”“

Marcos 6,6: “Y se maravilló de su falta de fe. Y recorría los pueblos del contorno enseñando.”

Marcos 9,21-24: “Entonces él preguntó a su padre: “¿Cuánto tiempo hace que le viene sucediendo esto?” Le dijo: “Desde niño. Y muchas veces le ha arrojado al fuego y al agua para acabar con él; pero, si algo puedes, ayúdanos, compadécete de nosotros.” Jesús le dijo: “¡Qué es eso de si puedes! ¡Todo es posible para quien cree!” Al instante, gritó el padre del muchacho: “¡Creo, ayuda a mi poca fe!”“

Marcos 16,14: “Por último, estando a la mesa los once discípulos, se les apareció y les echó en cara su incredulidad y su dureza de corazón, por no haber creído a quienes le habían visto resucitado.”

Lucas 12,28: “Pues si a la hierba que hoy está en el campo y mañana se echa al horno, Dios así la viste ¡cuánto más a vosotros, hombres de poca fe!”

Juan 20,27: “Luego dice a Tomás: “Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente.”


[1] Catecismo de la Iglesia Católica, 2088.

[2] Mateo 27,46.

[3] Mateo 27,46; Marcos 15,34.

[4] Lucas 24,26.

[5] Papa Benedicto XVI, Audiencia General del Miércoles 14 de septiembre de 2011.