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Néstor Martínez Valls

Respecto de la ley de aborto, aportamos nuestro punto de vista y las razones en que se apoya.

El aborto es malo, pero el aborto legalizado es peor. Que se cometa el mal es malo; que se lo convierta en un derecho y se niegue por ley el verdadero derecho, que es atropellado, es abominable.

La legalización del aborto no afecta solamente a la vida de los no nacidos que son asesinados, ni sólo a las madres que cargan para siempre con ese peso en sus vidas, sino a la sociedad toda, a la cual se obliga a presenciar cotidianamente el espectáculo de la violación jurídicamente consentida del más básico y elemental de los derechos humanos, y a convivir con ello. Eso afecta los valores en general, la educación y formación de las nuevas generaciones, en definitiva, el bien común de la sociedad.

El terrible mal cotidiano que significa el aborto legalizado no desaparece por razones electorales ni de coyuntura estratégica. A los que no se les permite nacer no les importan los resultados de los referéndums o de los llamados a referéndum, ni la mayor o menor vigencia que el tema de su eliminación tenga en la opinión pública. Cada nuevo homicidio es tan fresco y sangrante como el primero.

La única actitud que imaginamos ante una situación así es la denuncia permanente de la misma y la búsqueda continua de su superación. Lo peor que le puede pasar a una sociedad es acostumbrarse a tener legalizado el crimen del no nacido, y eso puede muy bien ocurrir si se callan las voces que denuncian esa aberración. Sin duda que en algunas ocasiones la derogación de la ley de aborto será más probable y factible que en otras, pero eso no cambia el hecho de que el mal está instalado y no queda otra alternativa que denunciarlo y exigir que esa “norma” injusta sea derogada, hasta que efectivamente lo sea.

A los que el Estado injustamente impide que vivan, se les debe conservar el derecho a la memoria y a la denuncia de la terrible injusticia que se comete con ellos, y no condenarlos por segunda vez al silencio y a ser un “tabú” social inmencionable. No se puede permitir que el silencio generalizado termine por crear en la mentalidad común una especie de “prescripción del derecho a la vida de los no nacidos”.