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Miguel Antonio Barriola

Los pobres …

No ha dado pasos tan claros de revisión (como los que vimos en Gutiérrez, al final de la última entrega) J. L. Segundo. Él siguió siendo resueltamente secularista, blandiendo como único criterio de liberación aquel “vago cristianismo, que es una especie de humanismo”.

Él dice sin términos medios:

“Dios se hace historia. ¿Por qué? Porque volviéndose solidario con la suerte que cada uno de los hombres tiene en la historia,[1] transforma a esta, que a primera vista parece historia profana – ‘Señor, ¿cuándo te hemos visto?’– en el camino por el cual el hombre tiene acceso a la trascendencia y, por ella, a la salvación.” [2]

Acude a la pregunta asombrada que plantean tanto los justos como los condenados[3] para deducir de ella una única historia, que es profana. El único criterio importante para salvarse sería la preocupación por el prójimo y sobre todo por el que se encuentra en necesidad.

La ilación tácita supone que la admiración universal en el juicio se deba al modo incógnito del proceso de salvación (o condenación), en el cual emergería solamente la punta del iceberg, según la buena voluntad y amor que se hubiesen practicado.

Sin embargo (como se ha visto), se trata del juicio de todas las gentes, universal y sin excepciones, donde, por lo tanto, se encontrarán también los cristianos, los cuales explícitamente confesaron y vivieron de Cristo, habiendo leído repetidamente este evangelio, buscando prepararse para tal decisivo momento. ¿Estos cristianos se maravillarán o no? ¿Se comportarán como gente a la que no sorprenderá algo resabido?

Se puede responder que aquella pregunta (“¿Cuándo te hemos dado de comer…?”) será formulada también por los cristianos explícitos, no sólo por los así llamados “anónimos”. Así lo explica Hans Urs von Balthasar:

“Siendo Dios incomprensible (y por tanto también Cristo, manifestación de Dios, y la Iglesia, cuerpo de Cristo, permanecen velados justamente en el misterio) no es necesario ni posible, en fin de cuentas, que el amor cristiano comprenda de dónde viene y adónde va… No se le pedirá que deba descubrir a Cristo, como jugando al escondite, “detrás del hermano desconocido, que ocuparía su lugar”, ni que deba amar a Cristo “allí donde está el hermano”, de modo que entre ambos sujetos se establezca un ir y venir poco claro. Basta que ame a su hermano con Cristo; entonces será amado por el Padre, pero no podrá menos ver cómo brilla en el rostro oscurecido y deformado de su hermano, el prototipo de todo oscurecimiento y de toda deformidad –por amor. ¿Por qué esta extrañeza, esta lejanía, hasta esta inaccesibilidad en su sufrimiento, en su desesperación y en su reprobación? ¿Por qué ha consentido en esto el Creador? ¿Dónde se justifica este hecho incomprensible, dónde es superado y se reposa? ¿Dónde, sino en el Hijo, que desde el comienzo del mundo fue fiduciario de la bondad de la creación y que asume todas nuestras lejanías y dispersiones?”[4]

Todas estas preguntas nos asaltan a cada uno de nosotros, creyentes y no creyentes. La clarificación convergente de la respuesta en Cristo muerto, resucitado y juez universal no dejará de despertar maravilla en todos. Porque, si bien la gracia es el initium gloriae, también es, sin embargo, solamente sombra, que hace sentir su imperfección, hasta en los amores más puros y heroicos (matrimonio, amistad, dedicación social, apostolado). “Ni siquiera yo me juzgo a mí mismo… mi juez es el Señor.”[5] Habrá, entonces, tantísima materia para la sorpresa, hasta para los creyentes convencidos. En consecuencia, la pregunta: “Señor, ¿cuándo te hemos visto…? no la hará sólo el cristiano que Segundo (y también Boff) califican como “anónimo”, sino más bien la humanidad entera: cristianos y no tales. El estupor será universal. Parece, pues, que la sorpresa del juicio no pueda explicarse como el pase de la única historia (que sería profana, dado que en ella también los no creyentes pueden salvarse, con tal que sean buenos trabajadores sociales) a su revelación más profunda y final. El tránsito se hará de la fe (en sus diversos grados, pero en los cuales se da un analogatum prínceps: la fe explícita) a la visión. La fe, todavía tendencial, que no ha alcanzado su plenitud, pero que no ha sido culpablemente bloqueada, tendrá su culminación, llena de estupor, en la percepción de aquello que ni siquiera había soñado. La fe, oscura como toda fe, pero “iluminada” por la revelación acogida y vivida en la Iglesia, desembocará con no menor sorpresa en la contemplación sin velos de lo que admitió sólo “in aenigmate.”[6]

… y los otros

Hasta aquí hemos considerado, en la escena de Mateo 25, a Jesús como juez, que sólo al final de la historia hace la separación nítida, imposible de practicar en la historia, reino de la libertad, donde los justos pueden volverse pecadores y los pecadores santos. Ni siquiera Pablo se atrevía a juzgarse a sí mismo.

Se vio también la importancia que tiene, casi como entramado de la historia, la dedicación de todos los hombres a “los hermanos más pequeños”, o sea los pobres. No por nada declaró Jesús: “Siempre tendréis a los pobres con vosotros,”[7] ante un comentario crítico de aparente preocupación social.

Ahora, vengamos brevemente a la consideración de “los otros”. Porque Jesús, de hecho, llama benditos a aquellos que no sólo poseen lo necesario, sino que, además, lo tienen de tal modo que pueden ofrecer socorro a los más desvalidos.

La segregación final, por lo tanto, no pasa entre pobres beatos y benditos por una parte, y por otra los ricos condenados y malditos. Una vez más las cosas son más complejas. Entre los benditos se encuentra también Abraham, quien era muy rico, como ya hemos considerado.

Según el juicio presentado por Mateo 25, se salvan también las personas acaudaladas y misericordiosas. Mientras que los condenados son los ricos que no hicieron un uso caritativo de sus bienes. No se trata, pues, de división clasista, antes bien de disposiciones de amor y justicia. Los salvados no son necesariamente pobres desde el punto de vista social, sino que entran en la categoría donde se encuentran los pobres “y los otros”: ambos: “justos.”[8]

También los pobres deberán ser juzgados, porque no son sólo objeto pasivo de la caridad de los demás, sino que revisten también la calidad de hombres libres, responsables, capaces de pecado o de virtud.

Prescindiendo de la experiencia accesible a cada uno de nosotros, podemos obtener la prueba de ello también del mismo Evangelio. No por casualidad la Biblia de Jerusalén intitula la parábola de Mateo 18,23-32 con las palabras: “Parábola del siervo inmisericorde”. La injusticia se da entre con-siervos y la conclusión de Jesús advierte: “Así también mi Padre celestial hará con cada uno de vosotros, si no perdonáis de corazón a vuestro hermano.”[9]

Los apóstoles eran pobres que todo lo habían dejado para seguir a Jesús. Sin embargo todos pecaron gravemente, abandonando al Maestro, y especialmente Pedro, que tuvo que llorar amargamente.[10]

La Iglesia de Corinto no estaba compuesta prevalentemente por gente de alta alcurnia. No faltaban, por cierto representantes de esa clase.[11] Pero es evidente la presencia de diferencias sociales, a juzgar por las noticias que nos deja Pablo sobre los litigios originados por la abundancia de unos y la carencia de otros, en las comidas que acompañaban entonces la mismísima celebración de la Cena del Señor.”[12] Pero, es no menos verdad que estas personas acaudaladas no eran los más. Pues, de hecho, Pablo se dirige a los corintios de este modo:

“Considerad quiénes han sido llamados entre vosotros: no hay entre vosotros muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles.”[13] Con todo, Pablo tiene que advertir a estos pobres: “Sois vosotros, en cambio, quienes cometéis injusticias y robáis ¡y esto a hermanos! ¿O no sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No os engañéis: ni los inmorales, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los ebrios, ni los blasfemos, ni los rapaces heredarán el reino de Dios.”[14]

Los pobres, entonces, comparecen en el juicio como regla para medir la caridad de “los otros” respecto a ellos. Pero esto no quiere decir que los mismos necesitados no tengan que cumplir sus deberes de amor hacia los demás, para con todos. En consecuencia, también ellos estarán presentes en la categoría de aquellos que deben ser juzgados, respondiendo por sus acciones: “Los muertos grandes y pequeños… fueron juzgados… cada uno según sus obras.”[15]

Por lo tanto, mientras nos encontramos en este camino hacia la patria definitiva, tenemos la oportunidad de entrenarnos en el amor, que no es perfecto, que encontrará el pecado a lo largo de toda la historia, que deberá ser vivido en circunstancias conflictivas. Pero, simultáneamente, si quiere ser cristiano, jamás deberá dejarse debilitar por las divisiones, tomando partido de tal forma que no deje esperanza a la conversión, la oportunidad del perdón y de la reconciliación, consciente de la soberanía divina, única instancia capaz de establecer la segregación final.

No por casualidad la carta paulina que contiene el sublime himno a la caridad,[16] ha sido dirigida a una comunidad perturbada por facciones opuestas, que todo (hasta la Eucaristía) lo había contaminado con su espíritu partidista.[17] ¿Qué hace Pablo? ¿Opta por un grupo, combatiendo a los otros? Todo lo contrario: relativiza hasta a sus propios “hinchas”: “Cada uno de vosotros dice: Yo soy de Pablo, yo, en cambio de Apolo, y yo de Cefas y yo de Cristo. ¿Cristo ha sido dividido?… ¿Qué es Apolo, qué es Pablo? Servidores, por medio de los cuales llegasteis a la fe y cada uno según que el Señor le ha concedido.”[18]

Vivir el Evangelio sin pobres con los cuales se deberá ejercitar el amor cristiano no es concebible, al menos ateniéndonos a los datos completos de la revelación cristiana. Así como tampoco es cristiano pensar que llegará un tiempo en el que no habrá más enfermedad, ignorancia, injusticia, muerte. En pocas palabras: el pecado.

Ello no obstante, el cristiano debe buscar hacer carne propia la buena noticia del Evangelio en medio de este mundo, lacrimarum vallis, como bien lo sintetiza la célebre antífona mariana (Salve Regina). Ahora bien, uno de estos problemas, complejo, trenzado con tantos otros, fuente no menos de ulteriores desajustes humanos, es la trágica situación de los pobres: individuos, pueblos, culturas. Pero no es el único, ni puede absorber la atención del creyente, si se olvida, sobre todo, el trabajo difícil, pero propio de la Iglesia, de la transformación de los corazones. Lo cual no se obtiene únicamente por medio de reformas exclusivamente externas, socioeconómicas. Habrá que reclamar constantemente tales reajustes, pero sin descuidar la transformación más radical, la que hace sonreír maliciosamente “a los sabios de este mundo”, llevando, sin embargo consigo “la sabiduría de Dios”, que es “locura” para el mundo y no es comprendida por los hombres carnales, porque va unida siempre a la cruz.[19]

Consideraciones conclusivas

Juan Pablo II, al compendiar sus jornadas de oración y estudio junto a eminentes representantes del episcopado brasileño, declaró:

“Purificada de elementos que podrían adulterarla con graves consecuencias para la fe, la teología de la liberación es no sólo ortodoxa, sino necesaria”.[20]

Con la prisa y simplificación acostumbrada, más de un comentario de la prensa llamó la atención sobre los elogios finales, dejando en la oscuridad la seria advertencia precedente.

Que tales rectificaciones preocupan al Papa es posible verlo en su repetido llamado a realizarlas, teniendo en cuenta las dos Instrucciones sobre un tema tan vasto como delicado. Así es cómo lo recordaba en la Carta a la Conferencia Episcopal del Brasil del 9 de abril de 1985:

“Manifestación y prueba de la atención con la que participamos en los recordados esfuerzos son los numerosos documentos publicados, entre los cuales las dos últimas instrucciones de la Congregación para la Doctrina de la Fe, con mi explícita aprobación… La Teología de la liberación, en la medida en que se esfuerza por encontrar aquellas respuestas justas, penetradas de comprensión hacia la rica experiencia de la Iglesia en este país, tan eficaces y constructivas como sea posible y, al mismo tiempo, en armonía y coherencia con las enseñanzas del Evangelio, de la Tradición viva y del perenne magisterio de la Iglesia, estamos convencidos, tanto yo como vosotros, que es no sólo oportuna, sino útil y necesaria. Debe constituir una etapa nueva –en estrecha conexión con las anteriores– de aquella reflexión teológica comenzada con la tradición apostólica y continuada con los grandes Padres y Doctores, con el Magisterio ordinario y extraordinario, y, en épocas más recientes, con el rico patrimonio de la Doctrina social de la Iglesia… La liberación es ante todo soteriológica (un aspecto de la salvación realizada por Jesucristo Hijo de Dios) y después éticosocial (o eticopolítica). Reducir una dimensión a la otra –suprimiendo prácticamente a ambas– o anteponer la segunda a la primera es invertir y desnaturalizar la verdadera liberación cristiana… Dios os ayudará para vigilar incesantemente, a fin de que esta correcta y necesaria Teología de la liberación se desarrolle en el Brasil y en América Latina de modo homogéneo y no heterogéneo respecto a la teología de todos los tiempos, en plena fidelidad a la doctrina de la Iglesia.”

Hablando después en la sede del CELAM del 2 junio de 1986 dijo así: “En este contexto de respeto por la persona humana y de fidelidad a su destino sobrenatural, los obispos latinoamericanos y con ellos todas las comunidades eclesiales, que dignamente presiden, han acogido los documentos Libertatis Nuntius y Libertatis Conscientia, recientemente promulgados por la Sede Apostólica. Dichos documentos en el marco del magisterio pontificio, han contribuido a precisar el auténtico sentido evangélico de conceptos básicos que arbitrariamente eran presentados desde un punto de vista ideológico y clasista.

“La dimensión soteriológica de la liberación no puede ser reducida a la dimensión socio-ética, que es una consecuencia de ella,” afirma la Instrucción sobre la libertad cristiana y la liberación.[21] Por otra parte, reconociendo la utilidad y necesidad de una teología de la liberación, he querido al mismo tiempo recordar que ésta debe desarrollarse en armonía y sin rupturas con la tradición teológica de la Iglesia y de acuerdo con su doctrina social.”[22]

Se comprueba, pues, contra todas las relecturas que se han divulgado, suponiendo una oposición del Papa a la Congregación para la Doctrina de la Fe, hasta qué punto su constante magisterio aprueba las dos Instrucciones, la primera de las cuales advertía en ciertas tendencias de esta teología latinoamericana, “contradicciones ruinosas,”[23] “posiciones incompatibles con la visión cristiana del hombre,”[24] “perversiones del mensaje cristiano.”[25]

Con todo, no faltaron comentarios que intentaron contraponer la segunda Instrucción a la primera. Dado que se presenta en tono positivo, subrayando los elementos rectamente asumibles en una correcta teología de la liberación, muchos interpretaron a este segundo documento como un “triunfo de las bases” sobre las perspectivas “romanas”, supuestamente no muy bien informadas sobre la realidad latinoamericana.

Sin embargo, leemos, precisamente, en esta segunda instrucción:[26]

“Tales aspiraciones (de liberación) revisten a veces, en nivel teórico y práctico, expresiones, que no siempre son conformes a la verdad del hombre, tal como ésta se manifiesta a la luz de la creación y la redención. Por eso la Congregación para la Doctrina de la Fe ha juzgado necesario reclamar la atención “sobre las desviaciones y riesgos de desviación, ruinosas para la fe y la vida cristiana”.[27]

Lejos de estar superadas, las advertencias hechas parecen siempre más oportunas y pertinentes… Entre ambos documentos (el anterior y el presente) hay una relación orgánica. Deben ser leídos el uno a la luz del otro.”

Imposible, pues, ceder a la dialéctica de las oposiciones contraponiendo al Papa a las Instrucciones y la primera contra a la segunda.

Nuestro curso ha querido ser una modesta contribución a fin de “purificar” algunos elementos que pueden adulterar este movimiento, nacido de justísimas preocupaciones pastorales, pero que por el camino se ha dejado manchar por instrumentos de análisis y de lectura de los textos que han deformado profundamente su sentido.

La principal de todas esas distorsiones ha sido “la lucha de clases”, vista como la única salida para los graves problemas que oprimen a América Latina y los pueblos subdesarrollados, antiguas colonias de potencias europeas (también, por tanto: en África y Asia).

El problema principal no reside en la teoría de la dependencia, sino más bien en el modo propuesto para remediar tal situación. Suponiendo, no concediendo, que sea ése el camino más eficaz para que nuestros pueblos llegaran a ser plenamente libres, si se presenta como contradictorio al Evangelio no puede ser adoptado por un cristiano, por la Iglesia.

La compasión, la santa ira, que tantas situaciones infrahumanas despiertan en el corazón, no pueden hacer perder la cabeza. Jamás una tendencia a la praxis que desprecie los derechos de la inteligencia se ha mostrado duradera, fundada sobre la verdad.

Recordemos la trágica escena del libro noveno de la Odisea, cuando el cíclope Polifemo se desayunó tranquilamente con los cuerpos de los compañeros de Odiseo. Éste, encontrando al monstruo yaciente, en letargo, después de haber “llenado el gran vientre, con las carnes humanas devoradas,”[28] experimenta un primer movimiento de venganza, de hacer justicia de inmediato, aprovechando la ocasión:

“Y entonces yo, con corazón magnánimo, tuve el pensamiento de acercármele, sacar la espada afilada del costado y hundírsela en el pecho, sobre el hígado, en medio del diafragma, poniéndole encima la mano.”[29] Pero, el héroe prudente y sagaz no se deja ofuscar por los primeros impulsos del sentimiento, dando paso a una consideración más realista: “Pero otro pensamiento me retuvo: allí mismo también nosotros habríamos perecido de muerte inminente, ya que no habríamos podido remover con los brazos la piedra maciza que había puesto.”[30]

Ésta ha sido la razón por la cual nos hemos detenido bastante, viendo la acentuación dialéctica de lucha que tomaba el pensamiento de estos autores a la hora de ofrecer caminos de salida a la situación opresora que quieren remediar. Se trata de un gesto heroico, lleno de santa indignación, pero… ¿es también otro tanto razonable, compatible con el Evangelio?

Por consiguiente, no nos hemos desviado de nuestro punto de vista exegético, mostrando hasta qué punto la obra primera de Gutiérrez (y hasta el presente las últimas de J. L. Segundo,[31]) se veía bajo el influjo masivo del análisis marxista, en aquello que tiene de menos evangélico.

No es lo mismo comprobar que se dan enfrentamientos en la realidad, que sostener que la historia entera tiene una estructura conflictiva. Tal postura no proviene ya de una observación empírica, basada sobre una real constatación de los hechos. Se pasa así a una afirmación de carácter absoluto, filosóficamente hablando. La historia –se dice– es beligerancia (y ésta sería su “pulso”). No se cuenta simplemente con que “hay conflictos”, sino que se mantiene la tesis de que todo el desarrollo humano es llevado adelante teniendo por alma al combate.

No menos, Gutiérrez ha querido leer la Biblia partiendo de esta convicción: la teología, la Iglesia han de trabajar teniendo en cuenta tal situación, sin eludir el carácter bélico de la historia.

Pero ese punto, justamente, ha sido sentido por el supremo magisterio, por la gran mayoría de los obispos (Puebla) y otros teólogos como incompatible con el sentido de la revelación cristiana culminada en Jesucristo. Asumir sin crítica la categoría del conflicto como columna vertebral de la existencia humana equivale a identificar al hombre con su función en la batalla y, por consiguiente, sostener que el hombre no puede trascender la posición que ocupa en la lucha.

Examinemos cualquier conflicto. Por ejemplo, el que, por desgracia, es cada vez más frecuente entre los hinchas del football. Imaginemos a dos simpatizantes furiosos de equipos adversarios. Se insultan durante el partido, uno no puede sufrir el triunfo del otro, o se goza ruidosamente de la derrota del contrario. Pero… supongamos que se encuentran después en la calle y que uno de ellos caiga a tierra. Es posible que, ante este espectáculo, el otro sienta dentro de sí una sensación de venganza, continuando también en la vida la situación conflictiva vivida en la cancha. Pero, puede también suceder que, haciendo a un lado su ofuscación futbolera, acuda en ayuda de aquel que ha resbalado y lo ayude a ponerse en pie. ¿Qué ha pasado en este último caso? Se ha divisado otro horizonte más allá del deportivo, que pasa por encima del adversario futbolista. El hombre no ha sido medido exclusivamente por su puesto en el campo de batalla.

En pocas palabras: cada persona, cada ser humano es mucho más que la función o posición que ocupa en el seno de los conflictos, en los cuales puede ser que se encuentre inmerso. Es, pues, posible considerar a las personas por sí mismas, teniendo en cuenta aquella realidad más profunda que las constituye y que se revela de mil maneras. Esta consideración hace ver al otro, no sólo como el que es miembro del equipo opuesto (ampliemos: partido, país, clase social), sino también como necesitado de ayuda, capaz de recibir y brindar amor y amistad.

Cada uno de nosotros es infinitamente más que sus funciones o posturas en un momento determinado. El hombre trasciende los acontecimientos que marcan su existencia. El conflicto no lo es todo. Y justamente por eso es posible superarlo y lo hacemos de hecho a lo largo de nuestra vida.

Queda en pie, por tanto, que no sólo los enfrentamientos, sino también y más radicalmente el amor, y un amor que se manifiesta en el perdón, en la misericordia, es la fuerza operante en la historia. Podemos ir más allá del conflicto y amar al otro, hasta cuando se nos opone. Comportándonos así hacemos caminar a la historia hacia su culminación.

Ahora bien, la visión de la historia como una realidad esencialmente combativa es tal que no da razón del amor como fuerza constructiva de los acontecimientos y, por consiguiente, no da cuenta de todo lo que existe en la realidad espiritual del hombre, ni se encuentra en condiciones de dar lugar a la comprensión cristiana de las cosas.

Alguno podría objetar: también está el amor en el análisis marxista. No en vano exhorta él a los obreros a “unirse”.

De acuerdo, pero esa unión es siempre “contra los otros” y la convergencia para la lucha, esperando la utópica unidad (jamás vista a lo largo de los siglos) que reinaría una vez ganada la batalla contra la propiedad privada. Esto no es el amor cristiano. Cristo nos manda amarnos unos a otros, pero sabe también de nuestra debilidad, no desaparecida ni siquiera en los bautizados, ni en el corazón de los santos más grandes, mientras peregrinamos lejos de la Patria definitiva.

De ahí que todo el Nuevo Testamento insista sobre la “rueda de auxilio” para nuestro frágil amor: el perdón, la reconciliación. El himno de la caridad paulino no canta con panoramas rosa de fondo, ni de delicias psicológicas. La primera cualidad, con la que se describe a este amor es “la paciencia” (1Corintios 13,4).

Un trabajo que se podría emprender consistiría en evaluar hasta qué punto está presente el tema del perdón, la reconciliación, la mutua tolerancia en los escritos de los teólogos de la liberación. Me temo que no sería muy fructuoso.

Por lo tanto, como bien lo advierte un estudioso de las preocupaciones sociales de los profetas, “la denuncia profética (en nuestros tiempos) no puede caer en el error de defender los intereses de los sectores más fuertes del proletariado, olvidando los grupos menos importantes y marginados”.[32] Porque hay “pobres interesantes”, al decir de J. Ellul[33], o sea aquellos que son capaces de unir sus músculos y organizarse para la lucha y la protesta.   Pero están también los impedidos, los ancianos, todos cuantos son acogidos en los Cottolengos o por las religiosas de Teresa de Calcuta. Como escribe muy agudamente O. González de Cardedal:

“Proletario y pobre coinciden; pobre y proletario no. Una reducción de este tipo sería el fin de la experiencia cristiana.”[34]

La misión de la Iglesia, recibida de Jesucristo, es universal, más amplia que la organización de un partido, sindicato o nación determinados. Los hombres, judíos y griegos, esclavos y libres, varones y mujeres, todos son “uno” en Cristo Jesús.[35] Todos son llamados a amarse recíprocamente, por encima de las diferencias y enemistades.

Por cierto que esto no quiere decir que no se den confrontaciones, que en ocasiones pueden ser hasta graves. Ni tampoco significa que el cristiano, en medio del conflicto, no pueda ejercitar sus derechos, denunciar las opresiones, salir en defensa de los más desamparados. Se quiere recordar, simplemente, que el conflicto y las oposiciones que nacen en medio de él no son el único motor de la historia. El amor, que lleva a superar dichas reyertas y recurrir a esta capacidad de superación, que se da también en nuestros oponentes, es no menos y más todavía, dinamismo eficaz en gran manera.

Por lo tanto, pretender hacer la síntesis entre dos visiones del mundo, del hombre y de la historia que se excluyen mutuamente significa emprender una tarea que no puede hacer justicia al Evangelio.

El instrumento de la “lucha de clases” es el que ha desnaturalizado muchas lecturas del Nuevo Testamento en diversos representantes de la Teología de la liberación. Por eso elegimos el tema: Jesús, los pobres y los otros, buscando hacer ver que las cosas no son tan simples como para poder dividirlas en dos escuadras claramente separables. Ésta es también la razón por la cual no hemos dicho: Jesús, los pobres y los ricos. Porque tal planteo divide de inmediato la consideración dentro de categorías de oposición, clasistas y de tipo beligerante.

Pero… ¿no ha hablado Jesús bendiciendo a los pobres (Bienaventuranzas de un modo de vida claramente modelado sobre la pobreza) y condenando a los ricos?[36] Se ha de responder que Jesús no ha desahuciado a nadie. Sólo ha advertido a los ricos, así como lo hizo con los fariseos (clase más bien religiosa que económica), con los adúlteros y con todos, si no se convierten.[37] No por nada el Sermón de la Montaña (o de la llanura), tanto en Mateo como en Lucas, concluye con la exhortación a amar a los enemigos.[38]

Hemos considerado fundamentalmente los textos más usados por nuestros teólogos (Bienaventuranzas, Discurso en la Sinagoga de Nazaret, Anuncio del juicio final: Mateo 25). Pero se ha añadido el análisis de una coyuntura dramática, no muy desarrollada por ellos (según lo que he podido leer), a saber: la de Juan Bautista, condenado a muerte injustamente.

Se recordó la actitud de Jesús frente al peligro de las riquezas, especialmente en el Tercer Evangelio. Hemos asistido a su concreto comportamiento con personas adineradas, a las que no ha pedido que se hicieran frailes mendicantes. Por lo mismo también, tanto se ha insistido en las disposiciones morales, espirituales, que para nada son una escapatoria hacia regiones platónicas. Allí, más bien, es donde nos encontramos con la realidad más difícil, aquella que ni las mejores estructuras socio-económico-políticas son capaces de cambiar. Allí sólo puede trabajar eficazmente la gracia de Dios, el único capaz de cambiar los corazones.[39] Era necesario recordar este elemento ineludible, un poco descuidado por ciertas insistencias de Dupont (si bien –como se vio– él advertía que su análisis no era completo), pero que fueron tomadas sin ulterior análisis por Gutiérrez (primer modo) y en años posteriores sostenida todavía por J. L. Segundo, sin que nos conste cambio alguno al respecto en el autor uruguayo.

La actitud moral es la que especifica al hombre. Él puede ser un santo en la peor de las situaciones socioeconómicas y también un pecador en las más sofisticadas conquistas sociales. A su corazón, libre, insondable, va dirigida la palabra de Jesús y la de su Iglesia. Todo tipo de constricción desde el exterior, aun cuando fuera ejercida con las mejores intenciones, no respeta la dignidad humana. Jesús propuso su Evangelio; no lo impuso.

Era necesario, entonces hacer ver también que las cosas se presentan un poco más complicadas, porque el campo de batalla se encuentra en el corazón de cada uno, no es sólo exterior a nosotros. Por eso hay ricos benditos: Abraham, Naamán, Lázaro y sus hermanas: Marta y María, Zaqueo, José de Arimatea, Filemón…; y podemos encontrar pobres rechazados por Jesús: los nazarenos incrédulos, el ladrón blasfemo crucificado a su lado, los nueve leprosos olvidadizos del autor de su liberación.

Despedida

Al finalizar estas lecciones, quisiéramos hacerlo con las palabras de dos grandes maestros de la Iglesia. El primero, Santo Tomás de Aquino:

“Si alguno quiere escribir contra esto, me hará un gran favor. Porque de ningún otro modo resplandece mejor la verdad y es rechazado el error, que resistiendo a los que contradicen.”[40]

Con todo, en caso de réplica a estas consideraciones, ¡qué “liberador” sería escapar de las etiquetas superficiales: de derecha, de izquierda, conservador, progresista. Se demostraría mayor honestidad y caridad, si nos tomáramos la fatiga de evaluar los textos y contextos arriba examinados, mostrando si están bien o mal fundamentados, ofreciendo contrapruebas que convenzan, permaneciendo alejados de los juegos de sensibilidades heridas, de corrillos o cultos de personalidades. La otra autoridad es San Jerónimo:

“Mientras vivimos aquí abajo y nos vemos encerrados en el frágil vaso de nuestro cuerpo, parecen agradables los honores de los amigos y dolorosas las injurias de los émulos. Pero, cuando el fango habrá vuelto a la tierra y la pálida muerte habrá llevado consigo no sólo a nosotros, que escribimos, sino también a los que juzgan nuestras obras; cuando llegue otra generación y, caídas las primeras hojas, se enriquezca el bosque con nuevo follaje; entonces, sin tener cuenta de la fama de los nombres, sólo serán juzgados los ingenios y no se considerará quién sea el autor, sino el valor de aquello que se lee… No se juzgará según la diversidad de los hombres, sino según el mérito de las obras.”[41]

Anécdota final

Así como, al comienzo de ese curso, se me dirigió la “advertencia” un tanto prejuiciada de aquella religiosa brasileña, no menos, en el examen final de aquellas clases, un joven sacerdote italiano me confesó algo por el estilo, según recuerdo: “Io ero sessantottino” (queriendo decir que yo era de los del año 68). Pero me han servido mucho los aportes aclaratorios que nos ha dado”. Se sabe cómo el tristemente célebre maï parisien de 1968 desencadenó toda una serie de rebeliones y de posturas, que se creían que con ellas empezaba la historia.


[1] Gaudium et Spes, 22.

[2] Gaudium, es Spes, 22. || Teología de la liberación – Respuesta al Cardenal Ratzinger, p. 29.

[3] Mateo 25,37-44.

[4] El problema de Dios en el hombre actual, Madrid (1960) pp. 296-297.

[5] 1Corintios 4,3-4

[6] 1Corintios 13,12.

[7] Juan 12,8; Mateo 26,11; Marcos 14,7.

[8] Mateo 25, 46.

[9] Mateo 18, 35.

[10] Lucas 22,61-62.

[11] Así, por ejemplo, Pablo escribirá su carta a los Romanos desde Corinto. Ahora bien, entre los cristianos que saludan a los romanos se recuerda a “Erasto tesorero de la ciudad”. Y todavía antes un tal “Gaio”, que debía encontrarse en buena posición, dado que en su casa “me hospeda a mí y a toda la comunidad” (1Corintios 16,23-24).

[12] 1Corintios 11,18-34.

[13] 1Corintios 1,26.

[14] 1Corintios 6,8-10.

[15] Apocalipsis 20,12.

[16] 1Corintios 13.

[17] No por nada, un congreso de estudios sobre esta carta, llevó el título: Paolo a una Chiesa divisa (Pablo a una Iglesia dividida), Roma (1980).

[18] 1Corintios 1,12-13; 3,5.

[19] Ver 1Corintios 1,18.25; 2,1-5.

[20] En: L’ Osservatore Romano, ed. Española: 30 de marzo de 1986, p. 7.

[21] Instrucción sobre la libertad cristiana y la liberación, n. 7.

[22] Cita aquí la Carta a la Conferencia Episcopal del Brasil, n 5. El texto entero lleva por título: “Problemas, dificultades y esperanzas en América Latina”, en: L’Osservatore Romano, ed. Española, 13 de julio de 1986, p. 4.

[23] Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe – Instrucción Sobre Algunos Aspectos de la “Teología de la Liberación”,VIII, 9.

[24] Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe – Instrucción Sobre Algunos Aspectos de la “Teología de la Liberación”,VIII, 1.

[25] Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe – Instrucción Sobre Algunos Aspectos de la “Teología de la Liberación”, IX, 1.

[26] Libertatis Conscientia, nn. 1 y 2.

[27] Cita aquí: Libertatis Nuntius, Introd. Acta Apostolicae Sedis, LXXVI (1984) pp. 876-877.

[28] Homero, La Odisea, libro IX, verso 204.

[29] Homero, La Odisea, libro IX, versos 296-298.

[30] Homero, La Odisea, libro IX, versos 229-231). || Traducido de la versión de M. Faggella, Bari (1925) pp. 118-119. En efecto, el gigantesco cíclope tenía prisioneros a Odiseo y compañeros en su cueva, cuya entrada había clausurado con una enorme roca. Sólo él, forzudo como era, podía desbloquear aquel impedimento.

[31] Y, que sepamos, aún después de 1988 en adelante.

[32] J. L. Sicré, Con los pobres de la tierra –La justicia social en los profetas de Israel, Madrid (1985) p. 457.

[33] Contre les violents, Paris (1972) pp. 91-92.

[34] Problemas de fondo y método en la Cristología en: Salmanticensis, XXXII (1985) p. 392.

[35] Gálatas 3,28.

[36] Lucas 6,20-26.

[37] Lucas 13,3.5.

[38] Mateo 5,20; Lucas 6,27 ss.

[39] Jeremías 31,31 ss; Ezequiel 36,26; Romanos 8,1-4.

[40] De perfectione vitae spiritualis, c. XXVI, ed. Parma.

[41] In Oseam, prologus; PL VI, pp. 53-54.

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