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Centro Cultural Católico Fe y Razón

Pregunta previa: ¿La descripción de la realidad de la familia presente en la Relatio Synodi corresponde a lo que se encuentra en la Iglesia y en la sociedad de hoy? ¿Cuáles aspectos faltantes pueden ser integrados?[1]

La Relatio Synodi, pese a su extensión de unas 13 páginas, no se refiere explícitamente a los siguientes aspectos de gran importancia con respecto al tema central del último Sínodo de los Obispos:

1 – La gran caída de los matrimonios sacramentales en muchos países de antigua tradición católica.
2 – La frecuente infidelidad a la doctrina católica sobre el matrimonio y la sexualidad en la catequesis y en la pastoral.
3 – El fin esencial procreador del matrimonio y del acto conyugal.
4 – La bioética: anticoncepción, esterilización, aborto, reproducción artificial, etc.
5 – La nefasta influencia cultural y política de la ideología de género.
6 – Las familias numerosas.
7 – La virginidad.
8 – Dios Padre.Además, hay varios puntos importantes que son apenas aludidos, sin mayores desarrollos; por ejemplo: la paternidad/maternidad, la castidad, la pornografía, la escatología, la Virgen María, la Sagrada Familia, etc. A continuación propondremos una reflexión sobre esos aspectos faltantes o descuidados en la Relatio Synodi.

La Relatio Synodi afirma la existencia de una crisis del matrimonio y de la familia.[2] También afirma que están aumentando los divorcios, los concubinatos y los nacimientos fuera del matrimonio.[3] Sin embargo, no menciona un dato fundamental: en las últimas décadas, en muchos países de antigua tradición católica, se ha producido una caída estrepitosa del número de matrimonios sacramentales. Por ejemplo, en la Arquidiócesis de Montevideo (Uruguay), el número de matrimonios sacramentales descendió un 75% en 24 años de 3.562 en 1989 a 889 en 2013. De continuar esa aguda tendencia decreciente, dentro de veinte años el matrimonio sacramental prácticamente habrá desaparecido en esa Iglesia local. Lamentablemente, no se trata de un caso aislado. En muchas otras Iglesias locales se da una situación similar. Por ejemplo, en toda la República Argentina los matrimonios sacramentales cayeron un 62% en 22 años, de 155.194 en 1990 a 58.629 en 2012. Consideramos necesario que el próximo Sínodo de los Obispos se plantee de forma directa y explícita este problema dramático y lo sitúe en el centro de su atención y de sus reflexiones.

¿Cuáles son las causas de este fenómeno? En este punto, tratado por la Relatio Synodi sólo de forma indirecta o implícita, ésta oscila entre dos explicaciones, una adecuada y otra inadecuada—a nuestro juicio. En los numerales 5 y 32, la Relatio Synodi da una indicación acertada y fundamental, que luego no profundiza mayormente: la causa principal de la crisis del matrimonio y de la familia es la crisis de fe. En el numeral 42, en cambio, se sostiene una tesis de sabor materialista: en algunos países las uniones de hecho son muy numerosas “sobre todo por el hecho de que casarse es percibido como un lujo, por las condiciones sociales, de modo que la miseria material empuja a vivir uniones de hecho”. Consideramos que el próximo Sínodo debería profundizar la reflexión sobre el nexo entre la crisis de fe y la crisis de la familia, prestando atención sobre todo al fenómeno de la descristianización y la secularización masivas en muchas Iglesias locales.

Pasando a las consecuencias, cabe decir que la gran caída de los matrimonios sacramentales potencia todos los demás aspectos de la crisis de la familia: el aumento de las uniones libres, de los matrimonios sólo civiles, de los divorcios, de los nacimientos fuera del matrimonio, etc.

En cuanto a las soluciones de este problema (y también de todos los otros aspectos de la crisis de la familia), nuestra posición se puede resumir en el siguiente argumento:

1 – Debe haber sintonía entre la doctrina católica y la praxis o conducta de los católicos.

2 – Pero es bastante claro que en general o en promedio existe una gran distancia entre una y otra en lo referente a la moral sexual y matrimonial.

3 – Ahora bien, la doctrina católica no puede cambiar sustancialmente, aunque puede desarrollarse de un modo homogéneo (o sea, crecer en su misma línea, manteniendo la identidad esencial consigo misma).

4 – Por lo tanto, el cambio fundamental que se requiere hoy en la Iglesia Católica en esta materia es un ajuste masivo de la praxis a la doctrina.

5 – Por supuesto, sólo puede darse ese ajuste si los fieles católicos conocen la doctrina católica y creen en ella. Pero ¿cómo la conocerán y creerán si se predica tan poco, al menos en algunos aspectos fundamentales? En esto los pastores tienen una gran responsabilidad.

Por otra parte, si bien apoyamos las ansias de renovación pastoral, nos parece sumamente necesario despejar algunos posibles equívocos o ambigüedades: la renovación pastoral debe seguir ante todo la línea de un nuevo ardor evangélico y misionero, en fidelidad a toda la doctrina cristiana, bíblica y tradicional, lo que implica, entre otras cosas, denunciar el pecado con un lenguaje claro y hacer un fuerte llamado a la conversión. La “nueva evangelización” ha de ser “nueva en su ardor, en sus métodos y en su expresión”, no en su contenido esencial. El Evangelio de Cristo es el mismo ayer, hoy y siempre.

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La causa principal de la crisis de la familia cristiana es la crisis de fe. Entonces, si se desea buscar las raíces profundas de la crisis de la familia cristiana, se debe buscar las causas de la crisis de fe. Por eso nos parece imprescindible que el próximo Sínodo reflexione a fondo sobre otro hecho capital omitido en la Relatio Synodi: la frecuente infidelidad a la doctrina católica sobre el matrimonio en la catequesis y en la pastoral. Este hecho se inscribe dentro de la crisis del post-concilio.

Desgraciadamente, desmintiendo las previsiones más optimistas, después del Concilio Vaticano II (pero no a causa de éste), se produjo una grave crisis en la Iglesia Católica. Durante esa crisis, que persiste aún hoy, florecieron y se desarrollaron dentro de la Iglesia muchos errores, herejías y abusos, que afectaron a todos los aspectos de la vida cristiana (doctrina, moral, culto, etc.).

“Hay que lamentar que de diversas partes han llegado noticias desagradables acerca de abusos cometidos en la interpretación de la doctrina del Concilio, así como de opiniones extrañas y atrevidas, que aparecen aquí y allá y que perturban no poco el espíritu de muchos fieles. […] En no pocas sentencias parece que se han traspasado los límites de una simple opinión o hipótesis y en cierto modo ha quedado afectado el dogma y los fundamentos de la fe. […]

El Magisterio ordinario de la Iglesia, sobre todo el del Romano Pontífice, a veces hasta tal punto se olvida y desprecia, que prácticamente se relega al ámbito de lo opinable.

Algunos casi no reconocen la verdad objetiva, absoluta, firme e inmutable, y someten todo a cierto relativismo, y esto conforme a esa razón entenebrecida según la cual la verdad sigue necesariamente el ritmo de la evolución de la conciencia y de la historia.”[4]

En 1968 el fenómeno de la disidencia teológica intracatólica se agravó con el rechazo teórico y práctico de la lúcida y valiente encíclica Humanae Vitae del Papa Beato Pablo VI en amplios sectores de la Iglesia Católica. La “revolución del 68” también se produjo, a su modo, en el mundo católico. En los discursos y homilías de Pablo VI hay muchas referencias a esa crisis de la Iglesia. Para no alargarnos, recordaremos sólo dos de ellas: “La Iglesia se encuentra en una hora inquieta de autocrítica o, mejor dicho, de auto-demolición. La Iglesia está prácticamente golpeándose a sí misma.”[5] “La apertura al mundo fue una verdadera invasión del pensamiento mundano en la Iglesia.”[6]

El Papa San Juan Pablo II reforzó ese diagnóstico: “Es necesario admitir con realismo, y con profunda y atormentada sensibilidad, que los cristianos hoy, en gran parte, se sienten extraviados, confusos, perplejos e incluso desilusionados; se han esparcido a manos llenas ideas contrastantes con la verdad revelada y enseñada desde siempre; se han propalado verdaderas y propias herejías en el campo dogmático y moral, creando dudas, confusiones, rebeliones; se ha manipulado incluso la liturgia; inmersos en el “relativismo” intelectual y moral y, por esto, en el permisivismo, los cristianos se ven tentados por el ateísmo, el agnosticismo, el iluminismo vagamente moralista, por un cristianismo sociológico, sin dogmas definidos y sin moral objetiva.”[7]

El Cardenal Joseph Ratzinger, en su Informe sobre la fe, de 1984, hizo un diagnóstico muy semejante de las causas de la crisis eclesial: se ha producido un “confuso período en el que todo tipo de desviación herética parece agolparse a las puertas de la auténtica fe católica.”[8]

Ciertamente, los errores más ruidosos son aquellos referidos a cuestiones de moral sexual o matrimonial (aceptación de la anticoncepción, el aborto, la homosexualidad activa, el nuevo “matrimonio” de los divorciados, etc.), pero en realidad éstos derivan de errores doctrinales aún más básicos y más graves.

La colegialidad episcopal implica, entre otras cosas, que los propios Obispos, dentro de sus respectivos territorios, deben no sólo velar por la sana doctrina, sino también condenar los errores doctrinales graves y sancionar a los culpables de difundirlos, sin dejar esas dos tareas poco agradables casi exclusivamente a Roma.

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La doctrina católica tradicional enseña que el matrimonio tiene un fin esencial primario (la procreación y educación de los hijos) y fines esenciales secundarios: la ayuda mutua de los esposos, el fomento del amor recíproco y la sedación de la concupiscencia.[9] Los tres fines esenciales secundarios pueden agruparse en uno solo: el bien de los cónyuges. El Concilio Vaticano II recordó ambos fines esenciales y complementarios del matrimonio, pero no explicitó su orden jerárquico.[10] Algo similar ocurre en el canon 1055, 1 del actual Código de Derecho Canónico y el número 1601 del Catecismo de la Iglesia Católica, que además mencionan en primer lugar el fin secundario (“el bien de los cónyuges”) y en segundo lugar el fin primario (“la generación y educación de la prole”). Contrariando la doctrina católica tradicional, hoy muchos sostienen alguno de los siguientes errores, que enumeraremos en orden de gravedad creciente:

1 – La procreación y educación de los hijos no es el fin primario del matrimonio, sino sólo uno de sus dos fines esenciales, de igual rango.

2 – El bien de los esposos es el fin primario del matrimonio y la procreación es su fin secundario.

3 – La procreación no es un fin esencial del matrimonio.

Estos errores, en mayor o menor medida, tienen consecuencias ruinosas para la doctrina católica del matrimonio. La distorsionan y dificultan la comprensión del rechazo católico del concubinato, las relaciones sexuales prematrimoniales, las uniones homosexuales, el adulterio, la anticoncepción, etc. Por ejemplo, si el fin primario del matrimonio es el bien, la unión o el amor de los esposos, ¿en qué se diferencia el matrimonio de otras sociedades? ¿Y por qué el matrimonio debería estar siempre abierto a la procreación?

Aplicando la “hermenéutica de la continuidad” auspiciada por el Papa Benedicto XVI, reconocemos que el Concilio Vaticano II no pretendió derogar la doctrina católica tradicional sobre el matrimonio, sino sólo continuarla, explicarla y desarrollarla. La forma más fácil de demostrar esto es notar que el capítulo de la Gaudium et Spes dedicado al tema del matrimonio y la familia[11] cita cinco veces la encíclica Casti Connubii de Pío XI (1930), principal expresión de esa doctrina, avalándola de un modo implícito pero innegable.[12] Además, precisamente al hablar sobre los fines del matrimonio, Gaudium et Spes   n. 48 cita también otros textos que afirman la doctrina tradicional.

Por lo tanto, consideramos que sería muy conveniente y oportuno que el próximo Sínodo rechace los tres errores sobre los fines del matrimonio expuestos más arriba, o al menos los dos últimos.

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La bioética es un importantísimo campo de batalla entre la cosmovisión cristiana y la cosmovisión “moderna” (relativista, liberal, secularista, utilitarista, individualista) que hoy prevalece en la sociedad. Un campo de batalla en el que, cada día más, pese a tener la razón de su lado, los cristianos llevan en general las de perder en los ámbitos cultural, político y económico. Tan es así que hoy la aceptación de la anticoncepción y de la reproducción artificial es ampliamente mayoritaria hasta entre los católicos. Además, incluso la mayoría de los que rechazan esos pecados graves han dejado de luchar contra ellos en el plano social. En esos temas, se contentan con el combate moral individual o, a lo sumo, familiar.

La mentalidad antinatalista (puesta en práctica mediante la trilogía anticoncepción-esterilización-aborto) es impulsada por varias poderosas corrientes ideológicas. Entre ellas cabe mencionar el neomaltusianismo (instrumento preferido de una suerte de “imperialismo demográfico”), el ecologismo radical (que a menudo tiene tintes de misantropía) y el simple individualismo (los hijos, tanto más cuanto más numerosos, ponen en riesgo la “auto-realización” y el consumismo de los padres egoístas). Es verdad que Relatio Synodi n. 10 se refiere a la mentalidad antinatalista, pero sus críticas a esa mentalidad apuntan más bien a sus consecuencias sociales negativas que a su maldad intrínseca.

Por otra parte, pese a que hoy la biotecnología, tal como es practicada, plantea gravísimas amenazas éticas y sociales, al punto que tiende a convertir al ser humano en un producto industrial más, comprable por catálogo, la única referencia de la Relatio Synodi al respecto parece ser positiva: “También el desarrollo de la biotecnología ha tenido un fuerte impacto sobre la natalidad.”[13]

Pensamos que es necesario que el próximo Sínodo sobre la familia reafirme explícitamente la doctrina católica sobre las principales cuestiones bioéticas y que busque formas eficaces de mejorar la formación de los fieles sobre esas cuestiones, utilizando agentes e instrumentos pastorales plenamente fieles a dicha doctrina.

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Una nueva ideología prospera hoy en gran parte del mundo y se impone cada vez más como doctrina oficial en muchos Estados aconfesionales, contrariando el principio de laicidad, es decir la supuesta neutralidad filosófica del Estado acerca de temas controvertidos. Nos referimos a la ideología de “género”, vinculada al feminismo radical y a una especie de neomarxismo que traslada la dialéctica de la lucha de clases al interior de la familia. Esta ideología es un dualismo extremo, pues disocia completamente, en el ser humano, la naturaleza de la cultura, el sexo del “género”, lo corporal de lo espiritual o psicológico. Es utilizada para impulsar un proyecto de reingeniería social radical que viola la “ecología humana”, nuestra propia naturaleza humana. Es paradójico que los impulsores de ese proyecto sean a menudo personas sensibles al respeto de la ecología y la naturaleza.

La ideología (o perspectiva) de género es uno de los motores fundamentales del actual embate contra la familia y la vida. Al respecto el Documento conclusivo de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe advirtió lo siguiente:

“Entre los presupuestos que debilitan y menoscaban la vida familiar, encontramos la ideología de género, según la cual cada uno puede escoger su orientación sexual, sin tomar en cuenta las diferencias dadas por la naturaleza humana. Esto ha provocado modificaciones legales que hieren gravemente la dignidad del matrimonio, el respeto al derecho a la vida y la identidad de la familia.”[14]

Hasta hace unos treinta años, en el idioma español la palabra “género” designaba por lo común una propiedad gramatical (las palabras tienen género; las personas tienen sexo, no género) o una clase de seres (como en la expresión “género humano”). Poco a poco se ha difundido y puesto de moda una nueva acepción de esa palabra, promovida por la ideología de género y ligada a ella. Algunos cristianos utilizan la palabra “género” como un simple (y aparentemente inofensivo) sinónimo de “sexo”. Otros se sienten perplejos e incómodos ante expresiones como “perspectiva de género” o “equidad de género”. Sospechan que esas palabras están cargadas de significados filosóficos cuestionables, pero no pueden identificarlos con precisión.

Para evitar el grave peligro de engaño a través de la manipulación del lenguaje, sería muy conveniente que el próximo Sínodo sobre la familia aclare conceptos y explique en qué consiste realmente la ideología de género, dentro del marco de un esfuerzo más amplio para mejorar la formación doctrinal de los fieles. Con la gracia de Dios, y fortalecidos por una mejor formación, los católicos estarán en mejores condiciones de defender y promover los valores éticos fundamentales que están en juego en los actuales debates sobre la vida humana, el matrimonio y la familia. Así, no solamente se opondrán a las iniciativas contrarias a la familia y la vida, sino que procurarán proponer alternativas positivas, que apunten a sostener los valores familiares y a apoyar a las familias en dificultades. Siempre abiertos al diálogo y a la sana cooperación, plantearán los ideales cristianos con pleno respeto por las posiciones discrepantes y también con una firme convicción sustentada en sólidas razones científicas, racionales, éticas y jurídicas, sin abandonar nunca los principios que son irrenunciables para un católico.

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La Iglesia Católica siempre ha manifestado su aprecio por las familias numerosas. A nuestro juicio sería muy bueno que el próximo Sínodo tuviera algunas palabras de aliento dirigidas especialmente a los padres que, en contra de la fuerte corriente de la mentalidad antinatalista y ejerciendo prudentemente una paternidad responsable, reciben de Dios, con coraje y generosidad, el gran don de una cantidad numerosa de hijos, y se esfuerzan por mantenerlos y darles una buena educación cristiana. También convendría agregar una exhortación para que más matrimonios católicos se animen a emprender la magnífica aventura de formar una familia numerosa—o al menos más numerosa que el promedio.

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La Relatio Synodi se refiere una sola vez especialmente a los padres varones, y se trata de una crítica a los “padres ausentes”, que no asumen debidamente sus responsabilidades familiares.[15] También tiene una sola referencia explícita a la maternidad.[16] Pensamos que sería conveniente que el próximo Sínodo reflexione más ampliamente sobre los hombres padres por una parte y las mujeres madres por otra parte. Más aún, opinamos que debería prestarse una especial atención a la evangelización de los varones, porque éste es el “sector” donde se da con mayor intensidad la actual crisis de fe.

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La Relatio Synodi contiene una sola referencia a la castidad:

“La compleja realidad social y los desafíos que la familia está llamada a afrontar hoy requieren un empeño mayor de toda la comunidad cristiana para la preparación de los novios al matrimonio. Es necesario recordar la importancia de las virtudes. Entre ellas la castidad resulta una condición preciosa para el crecimiento genuino del amor interpersonal.”[17]

Dada la gran importancia de este tema con respecto al matrimonio y la familia, opinamos que convendría que el próximo Sínodo lo presente de un modo más amplio—ncluyendo, entre otras cosas, un rechazo explícito de los pecados contra la castidad—y que profundice la reflexión sobre cómo promover más y mejor la castidad de los fieles cristianos en todas las etapas de su vida, y por lo tanto también la virginidad de las personas solteras.

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La Relatio Synodi contiene una sola y débil referencia a la pornografía:

“En el mundo actual no faltan tendencias culturales que parecen imponer una afectividad sin límites de la cual se quieren explorar todas las vertientes, incluso las más complejas. De hecho, la cuestión de la fragilidad afectiva es de gran actualidad: una afectividad narcisista, inestable y cambiante que no siempre ayuda a las personas a alcanzar una mayor madurez. Preocupa cierta difusión de la pornografía y de la comercialización del cuerpo, favorecida también por un uso distorsionado de Internet, y debe ser denunciada la situación de las personas que son obligadas a practicar la prostitución. En este contexto, a veces las parejas están inseguras y vacilantes, y luchan para encontrar las maneras de crecer. Muchas son las que tienden a permanecer en los estadios primarios de la vida emocional y sexual.”[18]

Opinamos que el próximo Sínodo debería: (1) efectuar una fuerte denuncia de la industria pornográfica y de su repugnante explotación de las fragilidades humanas, y de los grandes males que la pornografía causa, en distintos órdenes, a las personas, las familias y las sociedades; (2) impulsar a toda la Iglesia Católica a buscar nuevos caminos pastorales para ayudar a las personas adictas a la pornografía y para luchar a distintos niveles contra esa gran lacra social.

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La Relatio Synodi no menciona explícitamente ni una sola vez a Dios Padre, “de quien procede toda paternidad en el cielo y en la tierra,”[19] menciona brevemente una vez a María,[20] Madre de Dios, y dos veces a la Sagrada Familia.[21]

Otro aspecto importante que casi no aparece en la Relatio Synodi es la dimensión escatológica de la vida del hombre y de la familia: apenas se encuentra una referencia a “las palabras de vida eterna” de Jesús[22] y otra “al cumplimiento del misterio de la Alianza en Cristo al fin de los tiempos con las bodas del Cordero.”[23] No hay ninguna mención directa de realidades últimas tales como la muerte, el juicio particular o final, el purgatorio, la resurrección de los muertos, el infierno, el Cielo. Esperamos que el próximo Sínodo preste mayor atención a todos estos aspectos teológicos.

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Primera parte – La escucha: el contexto y los desafíos sobre la familia

Antes de reproducir las preguntas 1-6 del cuestionario y de proponer nuestras respuestas, comentaremos el último párrafo del texto introductorio.

“Las preguntas que se proponen a continuación, con referencia expresa a los aspectos de la primera parte de la Relatio Synodi, intentan facilitar el debido realismo en la reflexión de los episcopados individuales, evitando que sus respuestas puedan ser provistas según esquemas y perspectivas propias de una pastoral meramente aplicativa de la doctrina, que no respetaría las conclusiones de la Asamblea sinodal extraordinaria, y alejaría su reflexión del camino ya trazado.”

Según el Art. 23 n. 2 del Reglamento del Sínodo de los Obispos, cada Episcopado es libre de expresar su opinión sobre los temas a tratar en el próximo Sínodo, “según los modos que considere más oportunos”. Por lo tanto, el texto citado puede ser considerado como un intento inadmisible de limitar esa libertad de los Episcopados y de orientar sus aportes en una dirección cuestionable. Por otra parte, la relación esencial entre doctrina y pastoral en la Iglesia Católica no puede ser otra que la que el texto citado al parecer pretende evitar y calificar como “no realista”: la doctrina católica ha de ser siempre respetada y aplicada en la práctica pastoral.

Preguntas y respuestas

1 – ¿Cuáles son las iniciativas en curso y cuáles las programadas respecto a los desafíos que plantean a la familia las contradicciones culturales:[24] cuáles las orientadas al despertar de la presencia de Dios en la vida de la familia; cuáles las destinadas a educar y establecer sólidas relaciones interpersonales; cuáles las destinadas a favorecer políticas sociales y económicas útiles a la familia; cuáles para aliviar las dificultades asociadas a la atención de los niños, ancianos y familiares enfermos; cuáles para afrontar el contexto cultural más específico en el que está implicada la Iglesia local?

Se trata de una pregunta muy compleja y que sólo puede ser respondida adecuadamente por quienes tienen una visión bastante completa de las iniciativas eclesiales en un área determinada. Por lo tanto no intentaremos dar una respuesta exhaustiva, sino que sólo haremos dos comentarios de orden general.

Hay muchas iniciativas en curso o programadas, pero la gran mayoría de ellas son “sectoriales”, por así decir: algunas organizaciones católicas se ocupan de la militancia pro-vida y pro-familia, otras de la ayuda (sobre todo material) a las familias pobres, otras a la defensa y promoción de la doctrina católica, incluyendo la doctrina sobre la familia, etc.; pero a menudo esas organizaciones son débiles, en más de un sentido, y sus iniciativas están poco coordinadas entre sí. Quizás haría falta crear o fomentar comunidades cristianas más grandes que aborden todos estos aspectos de un modo más integral.

Por otra parte, todas esas iniciativas eclesiales se dan en el contexto de una gran crisis eclesial que, como ya hemos dicho, es en sus raíces una crisis de fe. En términos generales, las iniciativas particulares no podrán tener mucho éxito si no se supera la subyacente crisis de fe, o sea si no se combate eficazmente contra la descristianización y secularización. Es necesario que muchos más católicos comprendan el contexto más amplio (social) de la crisis eclesial, tomando conciencia de que los mayores poderes de este mundo están promoviendo activamente una revolución social anticristiana, que incluye una fuerte embestida contra el matrimonio y la familia.

2 – ¿Cuáles instrumentos de análisis se están empleando, y cuáles son los resultados más relevantes acerca de los aspectos (positivos y negativos) del cambio antropológico-cultural?[25] ¿Entre los resultados se percibe la posibilidad de encontrar elementos comunes en el pluralismo cultural?

Entre dos sistemas de pensamiento cualesquiera siempre hay algunos “elementos comunes”, pero no siempre esos elementos son los más importantes. Por ejemplo, las diferencias entre la cosmovisión católica y la cosmovisión “moderna” (agnóstica, secularista, etc.) son muy profundas e irreconciliables. Es decir, no se trata de simples malentendidos superables a través del diálogo, la buena voluntad o la diplomacia. Sólo se pueden superar de dos maneras: mediante la apostasía del católico o la conversión del no creyente. Para esto último sí se precisa un diálogo, pero un diálogo evangelizador que, sin falsos “respetos humanos”, anuncie todas las verdades de la fe católica y denuncie todos los errores del pensamiento moderno anticristiano. Debemos perder el miedo a las controversias filosóficas o teológicas y dejar de lado la obsesión por no confrontar ideas con los demás, buscando sólo lo que nos une y no lo que nos separa. La doctrina de la fe debe ser predicada en su integridad, sin ampararse en un gradualismo pedagógico para postergar indefinidamente el tratamiento de los puntos difíciles.

Opinamos que la post-conciliar “apertura al mundo” se practicó a menudo de un modo imprudente o indiscriminado, “abatiendo bastiones” que eran muy necesarios para la defensa de la fe católica (considérese, por ejemplo, la crisis de la apologética). A nuestro juicio es urgente que todos los católicos tomemos conciencia de que: “A través de toda la historia humana existe una dura batalla contra el poder de las tinieblas, que, iniciada en los orígenes del mundo, durará, como dice el Señor, hasta el día final;”[26] y de que en esa “dura batalla” los cristianos somos “soldados de Cristo,”[27] empeñados en un combate moral y espiritual.

3 – Más allá del anuncio y de la denuncia, ¿cuáles son las modalidades elegidas para estar presentes como Iglesia junto a las familias en situaciones extremas?[28] ¿Cuáles son las estrategias educativas para prevenirlas? ¿Qué se puede hacer para sostener y reforzar a las familias creyentes, fieles al vínculo?

Pensamos que la mayor pobreza es no conocer a Cristo y que lo más importante que los católicos podemos hacer por las familias pobres es darles un testimonio explícito de Cristo, con palabras y obras. Conviene subrayar un hecho que, pese a su obviedad, no suele ser destacado: la crisis de la familia es una de las causas principales de la pobreza. La desintegración de una familia implica una pérdida de “capital social” que afecta gravemente a sus integrantes (por ejemplo: si en una familia de clase media-baja el esposo abandona a su esposa y a sus tres hijos, éstos podrán caer fácilmente en la pobreza). Y si, como hemos dicho antes, la causa principal de la crisis de la familia es la crisis de fe, de ambas afirmaciones se deduce una doctrina social católica no muy repetida en estos días: no hay solución a la cuestión social fuera del Evangelio. Por lo tanto, lo más importante que la Iglesia puede hacer por las familias pobres es ser plenamente fiel a su identidad y a su misión, resistiendo a las tendencias que pretenden convertirla en una gran ONG, con fines meramente intramundanos.

4 – ¿Cómo reacciona la acción pastoral de la Iglesia a la difusión del relativismo cultural en la sociedad secularizada y al consiguiente rechazo de parte de muchos del modelo de familia formado por el hombre y la mujer en el vínculo matrimonial y abierto a la procreación?

En los hechos hay tres tipos diferentes de reacciones: (a) una minoría defiende y propone de forma íntegra y coherente la doctrina católica sobre el matrimonio y la familia, rechaza explícitamente los errores que se le oponen y combate a quienes los favorecen dentro de la Iglesia; (b) otra minoría (que goza del apoyo de los mayores poderes mundanos) procura cambiar esa doctrina católica para que la Iglesia se conforme con el relativismo dominante en la cultura actual; (c) la mayoría no es muy consciente de la existencia o la importancia de la lucha entre esas dos tendencias contrarias, o bien no quiere comprometerse a fondo tomando realmente partido en esa lucha; en la práctica, suele predicar la doctrina ortodoxa sin denunciar los errores contrarios ni mucho menos combatir a quienes los impulsan; otras veces busca un compromiso imposible entre las dos tendencias mencionadas.

5 – ¿De qué modo, con cuáles actividades están involucradas las familias cristianas en el testimoniar a las nuevas generaciones el progreso en la maduración afectiva?[29] ¿Cómo se podría ayudar a la formación de los ministros ordenados respecto a estos temas? ¿Cuáles figuras de agentes pastorales específicamente calificados se sienten como más urgentes?

Consideramos que lo más urgente es contar con un número mucho mayor de agentes pastorales con una fe católica firme y una formación doctrinal plenamente ortodoxa, deseosos de alcanzar la santidad, empeñados en una vida de oración personal y litúrgica, llenos de celo por la difusión de la religión verdadera y de la doctrina católica sobre el matrimonio y la familia. En cuanto a la formación para la maduración afectiva, se debe rechazar claramente la concepción romántica o sentimentalista del amor, que hoy está muy difundida y contribuye mucho a la crisis del matrimonio. El amor (incluso el amor conyugal) es ante todo un acto de voluntad: querer el bien de la persona amada.

6 – ¿En qué proporción, y a través de cuáles medios, la pastoral familiar ordinaria está dirigida a las personas lejanas?[30] ¿Cuáles son las líneas operativas predispuestas para suscitar y valorizar el “deseo de familia” sembrado por el Creador en el corazón de toda persona, y presente especialmente en los jóvenes, incluso en los que están involucrados en situaciones de familias que no corresponden a la visión cristiana? ¿Cuál es la respuesta efectiva entre ellos a la misión a ellos dirigida? Entre los no bautizados, ¿cuán fuerte es la presencia de matrimonios naturales, incluso en relación al deseo de familia de los jóvenes?

La misión de la Iglesia debe dirigirse a todas las personas, pero en la práctica es importante que esa misión siga un cierto orden, “en círculos concéntricos”, por así decir. Nos explicamos: en un sentido importante los católicos que no van a Misa regularmente están más “alejados” de la Iglesia que los que van a Misa todos los domingos. Sin embargo, esto no implica necesariamente que estos últimos no estén más alejados de la Iglesia que los primeros en otros sentidos, también importantes. A menudo los católicos “practicantes” no aceptan ni viven toda la doctrina católica sobre el matrimonio. El caso más frecuente (pero por cierto no el único) de disidencia es el de la anticoncepción. Entonces la primera prioridad de la pastoral familiar debería ser la de evangelizar a fondo a los que materialmente (o sea, aparentemente) están cerca de la Iglesia, pero en realidad están espiritualmente lejos de la fe de la Iglesia.

En el Uruguay, entre los no bautizados la práctica del matrimonio civil (que correspondería al matrimonio natural) está disminuyendo rápidamente y a la vez crece de forma acelerada la práctica del concubinato. Pese a los graves defectos de nuestro matrimonio civil (posibilidad de divorcio, “matrimonio homosexual”, etc.), esta transformación es muy negativa para las familias involucradas y para toda la sociedad.

Segunda parte – La mirada en Cristo: el Evangelio de la familia

7 – La mirada vuelta hacia Cristo abre nuevas posibilidades. “De hecho, cada vez que volvemos a la fuente de la experiencia cristiana se abren caminos nuevos y posibilidades impensadas”[31] ¿Cómo es utilizada la enseñanza de la Sagrada Escritura en la acción pastoral hacia las familias? ¿En qué medida tal mirada alimenta una pastoral familiar valiente y fiel?

En el uso pastoral de la Biblia crece el peligro de una protestantización de la mentalidad de los fieles. La Biblia no se entiende al margen de la Tradición y el Magisterio de la Iglesia. Sin duda, con la “sola Escritura” podrá pensarse en muchas supuestas “novedades” ruinosas, que en el fondo ni siquiera serán nuevas.

Al procurar hoy “una pastoral familiar valiente y fiel”, sería un serio error pensar que “valiente” y “fiel” son dos adjetivos que están “en tensión dialéctica”. Una pastoral familiar valiente es la que es plenamente fiel al Evangelio de la familia revelado por Dios en Cristo, transmitido en la Sagrada Escritura y la Sagrada Tradición, e interpretado auténticamente por el Magisterio de la Iglesia. Los “nuevos caminos” y las “posibilidades impensadas” que se abren al volver la mirada a Cristo no pueden contradecir jamás el depósito de la fe custodiado por la Iglesia. “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.”[32]

8 – ¿Cuáles valores del matrimonio y de la familia ven realizados en su vida los jóvenes y los cónyuges? ¿Y en qué forma? ¿Hay valores que puedan ser puestos de relieve?[33] ¿Cuáles son las dimensiones de pecado a evitar y superar?

Los pecados contra la castidad son muy frecuentes entre los jóvenes y los cónyuges, pero a pesar de eso prácticamente nunca se habla de eso en las homilías, las cartas pastorales, etc. Es urgente que los pastores y los agentes pastorales se empeñen en anunciar íntegramente la doctrina moral católica, en particular la moral sexual y matrimonial. Especialmente, es urgente tomar en serio la enseñanza de la encíclica Humanae Vitae, para evitar que muchos matrimonios cristianos profanen habitualmente la alianza conyugal mediante la anticoncepción.

También son frecuentes hoy la mentalidad divorcista y la mentalidad antinatalista. Es preciso contrarrestarlas mediante el anuncio gozoso de la doctrina católica sobre el matrimonio: su naturaleza, sus fines y propiedades esenciales, etc.

Por último, destacamos que es necesario evitar el error que ha sido llamado “gradualismo de la ley”. Aunque el crecimiento en la virtud sea gradual, la ruptura con las situaciones de pecado grave debe ser abrupta, para que haya verdadera conversión.

9 – ¿Qué pedagogía humana es preciso considerar –en sintonía con la pedagogía divina– para comprender mejor qué se le pide a la pastoral de la Iglesia frente a la maduración de la vida de pareja, hacia el futuro matrimonio?[34]

Ante todo es necesario un testimonio coherente (en obras y palabras) de los fieles cristianos, especialmente de los novios y los esposos cristianos. Ese testimonio coherente requiere una fe firme y buena formación doctrinal de los fieles, lo que a su vez requiere que los pastores y los agentes pastorales acepten y prediquen sin respetos humanos toda la doctrina católica. Esto último exige una profunda conversión y una amplia superación de la “secularización interna” que se da en muchos ámbitos eclesiales.

Más concretamente, a la pastoral de la Iglesia se le pide que no tolere (ni mucho menos bendiga) la fornicación, el concubinato, el adulterio, etc., sino que llame insistentemente a todos los pecadores a la conversión, anunciando con convicción y alegría la verdad, el bien y la belleza de la castidad y del matrimonio cristiano.

10 – ¿Qué hacer para mostrar la grandeza y belleza del don de la indisolubilidad, de modo de suscitar el deseo de vivirla y de construirla cada vez más?[35]

Esto es imposible si no se está convencido de la grandeza y belleza de la Verdad. El reconocimiento de cualquier obligación moral supone ante todo el reconocimiento del primado de la Verdad. El moralismo kantiano del “imperativo categórico” (el deber por el deber mismo, o sea la moral basada en la pura obligación, sin referencia previa a la Verdad y al Bien) es un fundamento inconsistente de la moral. No se puede captar la belleza de la indisolubilidad matrimonial con una mentalidad nominalista o empirista, pues en ese caso el criterio ético imperante es el utilitarismo, y a esa luz la indisolubilidad matrimonial no tiene sentido.

En el fondo de la crisis del matrimonio (y de la crisis eclesial) está la crisis metafísica, es decir, la corrupción de la inteligencia humana, naturalmente abierta al ser y a la verdad, por la influencia de la filosofía nominalista imperante en la modernidad. La fe católica tiene, entre otras cosas, la inmensa virtud de restaurar, con la ayuda de la gracia, la salud natural de la inteligencia humana, pero a condición de que sea la verdadera fe católica la que se predica y no su versión herética corrompida por esa misma mentalidad nominalista.

En particular, conviene mostrar que la indisolubilidad es uno de los aspectos esenciales de la alianza íntima de vida y de amor entre los esposos, y que esa alianza o comunión crece continuamente “a través de la fidelidad cotidiana a la promesa matrimonial de la recíproca donación total.”[36]

11 – ¿De qué modo se podría ayudar a comprender que la relación con Dios permite vencer las fragilidades inscritas también en las relaciones conyugales?[37] ¿Cómo testimoniar que la bendición de Dios acompaña a todo verdadero matrimonio? ¿Cómo manifestar que la gracia del sacramento sostiene a los esposos en todo el camino de su vida?

En este punto tiene un rol fundamental el sacramento de la Reconciliación, que supone el reconocimiento del pecado, el arrepentimiento, la conversión y la confianza en la misericordia de Dios para el que se arrepiente de verdad y hace un sincero propósito de enmienda. “Entre los actos del penitente, la contrición aparece en primer lugar. Es “un dolor del alma y una detestación del pecado cometido, con la resolución de no volver a pecar.”[38] El perdón de los pecados es una parte esencial del mensaje del Evangelio.

El testimonio de los convertidos (especialmente los casados) puede ayudar en este sentido; también el testimonio de los esposos cristianos que se han mantenido mutuamente fieles a lo largo de toda la vida.

12 – ¿Cómo se podría hacer comprender que el matrimonio cristiano corresponde a la disposición originaria de Dios y por lo tanto es una experiencia de plenitud, y no de un límite?[39]

Ante todo convendría presentar insistentemente las siguientes verdades de fe (entre otras): (a) el ser humano ha sido creado por Dios para vivir eternamente en comunión de amor con Él y con los demás; (b) el amor verdadero no es un mero sentimiento romántico, sino un acto de voluntad: querer el bien de la persona amada; (c) es bueno todo lo que conduce al ser humano hacia su fin último (la comunión con Dios) y es malo todo lo que lo aparta de ese fin; (d) el amor implica una actitud de servicio, de perdón y de renuncia o sacrificio: “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos;”[40] (e) la felicidad (que toda persona busca) no está en el egoísmo, sino en el don de uno mismo a los demás; es la consecuencia de una vida de amor verdadero: “Entonces Jesús dijo a sus discípulos: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará.”[41] (f) el matrimonio es una alianza íntima de vida y de amor orientada por su propia índole a la procreación y educación de los hijos y al bien de los cónyuges; (g) el matrimonio cristiano es un sacramento y una vocación particular (a la que la mayor parte de las personas es llamada), inscrita dentro de la vocación universal a la santidad.

Por otra parte, es necesario refutar insistentemente la falsa concepción individualista de la libertad, o sea la identificación de la libertad con la ausencia de vínculos y de límites. También se debe denunciar la mentalidad utilitarista (unida al individualismo), que lleva a cosificar y utilizar a las demás personas. Además conviene mostrar una y otra vez que las alternativas al mal llamado “matrimonio tradicional”, engañosamente propagandeadas por las fuerzas predominantes en la cultura actual, son fuentes permanentes de frustración y de angustia.

La libertad es la capacidad de comprometerse, la capacidad para el bien. La fidelidad da sentido a la libertad, porque implica reconocer al otro como persona y sin este reconocimiento la vida humana no tiene sentido. La persona es un misterio ante el cual la primera actitud tiene que ser el reconocimiento humilde, el respeto. Eso va en contra de la mentalidad manipuladora e instrumentalista de la modernidad, y de la mano de una apertura a la realidad metafísica (Dios, el alma humana espiritual, etc.).

13 – ¿Cómo concebir la familia como “Iglesia doméstica,”[42] sujeto y objeto de la acción evangelizadora al servicio del Reino de Dios?

La “Iglesia doméstica” es una familia de esposos bautizados en la Iglesia católica, basada en el matrimonio sacramental (indisoluble) de un varón y una mujer, abiertos a la trasmisión de la vida según lo indica la ley moral natural, que vive su fe en comunión con toda la Iglesia, aceptando todas las enseñanzas del Magisterio eclesial y esforzándose por ponerlas en práctica con la ayuda de la gracia de Dios y especialmente los Sacramentos de la Reconciliación y la Eucaristía, celebrada en cumplimiento del precepto dominical, sintiéndose corresponsable de la misión evangelizadora, ante todo respecto de los miembros de esa misma familia.

14 – ¿Cómo promover la conciencia del compromiso misionero de la familia?

El compromiso misionero de la familia es una consecuencia del compromiso misionero de cada uno de sus integrantes, el cual a su vez deriva de la adhesión de fe viva a la Palabra de Dios. Sin familiares católicos no hay familias católicas. También en toda la pastoral eclesial es válido el dicho evangélico: “Busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura.”[43] Para el que vive realmente la fe católica, las exigencias propias de la misma se desprenden naturalmente. Quizás la multiplicación de los enfoques, los documentos y los organismos pastorales sea en parte consecuencia de estar fallando en lo principal, que es la predicación y la vivencia del Evangelio.

15 – La familia cristiana vive ante la mirada amorosa del Señor y en la relación con Él crece como verdadera comunidad de vida y de amor. ¿Cómo desarrollar la espiritualidad de la familia, y cómo ayudar a las familias a ser lugares de vida nueva en Cristo?[44]

La reforma de la pastoral eclesial debe consistir en buena medida en un retorno a lo esencial. En ese sentido, nos parecen prioritarias las siguientes medidas, entre otras muchas semejantes: (1) que gran parte de los sacerdotes dedique unas cuantas horas semanales al sacramento de la reconciliación, de modo que haya siempre un confesor disponible por lo menos durante la hora previa a la celebración de la Eucaristía, y que sea relativamente fácil para el fiel encontrar a su párroco para confesarse; (2) que muchos sacerdotes, debidamente preparados, se dediquen al ministerio de la dirección espiritual; (3) que en lo posible los templos estén abiertos durante varias horas por día, con las debidas precauciones de seguridad; (4) que se asegure eficazmente la identidad católica de las escuelas católicas, las universidades católicas y los medios de comunicación católicos, impidiendo que en ellos se transmitan enseñanzas o se toleren situaciones contrarias a la doctrina católica; (5) que se sancione prontamente a los ministros ordenados que se pronuncian públicamente contra la doctrina católica, o que promuevan aberraciones tales como la bendición de uniones homosexuales.

Difícilmente podrá haber una reforma espiritual de las familias católicas sin una previa o simultánea reforma espiritual del clero católico.

16 – ¿Cómo desarrollar y promover iniciativas de catequesis que den a conocer y ayuden a vivir la enseñanza de la Iglesia sobre la familia, favoreciendo la superación de la distancia posible entre lo que se vive y lo que se profesa, y promoviendo caminos de conversión?

Sin duda, que haya distancia entre lo que se vive y lo que se profesa es en sí mismo algo malo, pero puede ser un gran avance frente a situaciones (desgraciadamente frecuentes), en las que no hay distancia alguna entre lo que se profesa y lo que se vive porque lo que se profesa no es la fe católica, sino la doctrina relativista y subjetivista, que luego se pone en práctica con coherencia, y eso diciéndose católicos.

También la catequesis debe ser reformada mediante un retorno a lo esencial: una iniciación cristiana pura y simple, plenamente conforme con la doctrina católica expresada, por ejemplo, en el Catecismo de la Iglesia Católica. Toda la labor catequética (incluyendo la homilía de la Misa dominical, la formación religiosa impartida en los grupos parroquiales, etc.) debe insistir en los principales dogmas de la fe católica (Trinidad, Encarnación, Gracia, etc.) y también, y muy especialmente, en sus fundamentos: la apertura del hombre a Dios, Creador y Redentor, la Divina Revelación, el milagro, la profecía, la función de la Iglesia y su Magisterio en la transmisión de la Palabra de Dios, el orden sobrenatural, etc. Sin esto no se puede entender nada de la doctrina católica sobre el matrimonio y la familia. Es un serio error dar por supuesto el conocimiento de las verdades de fe, incluso las más simples, por parte del católico medio.

17 – ¿Cuáles son las iniciativas para hacer comprender el valor del matrimonio indisoluble y fecundo como camino de plena realización personal?[45]

A lo ya dicho en nuestra respuesta a la pregunta anterior, agregamos aquí que sería muy positivo difundir los testimonios de matrimonios que han logrado vivir de un modo ejemplar (o incluso heroico) los desafíos del matrimonio cristiano; en otras palabras, los matrimonios santos, pero no sólo los canonizados.

18 – ¿Cómo proponer la familia como lugar, único en muchos aspectos, para realizar la alegría de los seres humanos?

Recordando la doctrina católica sobre la vocación universal a la santidad y sobre la vocación al matrimonio como camino particular dentro de esa vocación universal (camino particular, pero al que la gran mayoría de los cristianos son llamados); y también la doctrina católica sobre el matrimonio como sacramento al servicio de la comunión y de la misión. Todo esto ha de situarse en el contexto de una sólida presentación de toda la doctrina católica y de un serio empeño personal y comunitario por comprenderla y vivirla con fidelidad.

19 – El Concilio Vaticano II expresó su aprecio por el matrimonio natural, renovando una antigua tradición eclesial. ¿En qué medida las pastorales diocesanas saben valorizar también esta sabiduría de los pueblos, como algo fundamental para la cultura y la sociedad común?[46]

Nos parece bastante problemática la conexión que la pregunta establece entre “el matrimonio natural” (el matrimonio acorde con la naturaleza humana, es decir el matrimonio monogámico, fiel, indisoluble y abierto a la transmisión de la vida) y la “sabiduría de los pueblos”, puesto que en las culturas de los pueblos no cristianos con frecuencia prevalecieron y prevalecen diversas desviaciones graves con respecto al matrimonio natural (por ejemplo: la poligamia, el repudio, etc.).

Por otra parte, no tenemos conocimiento de que el Concilio Vaticano II haya aportado algún cambio con respecto a la doctrina católica tradicional sobre el matrimonio natural, salvo el punto ya discutido de la no explicitación del orden jerárquico entre los dos fines esenciales del matrimonio, punto que interpretamos según la “hermenéutica de la continuidad”.

En Uruguay, exceptuando a las religiones minoritarias, el único matrimonio que hay aparte del matrimonio sacramental es el matrimonio civil, que en la práctica está bastante dejado de lado por las nuevas generaciones, que a menudo prefieren simplemente “juntarse” (a modo de “unión libre” o concubinato). Subrayamos que el matrimonio civil, además de la ya tradicional tara del divorcio, sufre ahora aberraciones nuevas, tales como el “matrimonio igualitario” (o sea, el “matrimonio homosexual”). Por lo tanto, sería falsa la simple identificación entre matrimonio civil y matrimonio natural.

* * *

Antes de pasar a responder las preguntas 20-22, conviene comentar parte del texto de los Lineamenta que las introduce, texto titulado “Verdad y belleza de la familia y misericordia hacia las familias heridas y frágiles.”[47] La parte que ahora nos interesa dice lo siguiente:

“[…] Los pastores reunidos en el Sínodo se preguntaron –de modo abierto y valiente, no sin preocupación y cautela– qué mirada debe tener la Iglesia hacia los católicos que están unidos sólo con vínculo civil, para los que todavía conviven y para aquellos que, después de un válido matrimonio, se han divorciado y vuelto a casar civilmente. Conscientes de los límites evidentes y de las imperfecciones presentes en situaciones tan distintas, los Padres asumieron positivamente la perspectiva indicada por el Papa Francisco, según la cual “sin disminuir el valor del ideal evangélico, hay que acompañar con misericordia y paciencia las posibles etapas de crecimiento de las personas que se van construyendo día a día.”[48]

Más que de “límites evidentes” y de “imperfecciones”, las tres situaciones mencionadas en el texto citado son situaciones objetivas de pecado grave. Mientras en la Iglesia no tengamos la voluntad de llamar a las cosas por su nombre, va a ser difícil que podamos proponer algo pastoralmente útil. Todas las familias son más o menos frágiles y sufren distintos tipos de heridas, pero las aquí mentadas sufren de un tipo específico de heridas, de orden moral y espiritual.

Sería muy conveniente no utilizar la expresión “ideal evangélico”. Los ideales se suelen concebir como “desiderátums”, cosas óptimas que sería muy bueno tener, pero que por lo general son muy difíciles de alcanzar, de modo que en la práctica se puede prescindir de ellos en mayor o menor medida. Por eso, se suele contraponer a las personas idealistas y las personas realistas. Según el Diccionario de la Real Academia Española, “idealista” significa “que propende a representarse las cosas de una manera ideal” y “realista” significa “que actúa con sentido práctico o trata de ajustarse a la realidad”. El Evangelio no es un simple “ideal”, sino que contiene también normas morales válidas siempre y en todo lugar. Estrictamente hablando, no hay “gradualidad” en la ley evangélica. Concretamente, en cuanto al matrimonio entre bautizados, el matrimonio sacramental no es ningún “ideal”, sino el único matrimonio válido. Fuera de él no hay matrimonio sino sólo concubinato. Evitar el concubinato no es un “ideal”, sino sencillamente la norma. Y la norma no es un “ideal”, sino precisamente la ley.

Por último, llama la atención el adverbio “todavía” en la expresión “los que todavía conviven”. Parece estar de más. El problema son “los que conviven” (sin estar casados), o sea los concubinos, no “los que todavía (¿?) conviven”.

20 – ¿Cómo ayudar a entender que nadie está excluido de la misericordia de Dios y cómo expresar esta verdad en la acción pastoral de la Iglesia hacia las familias, en particular las heridas y frágiles?[49]

Eso es lo que la Iglesia Católica viene trasmitiendo desde hace veinte siglos y lo que la cultura actual se obstina en rechazar porque no comparte las premisas ontológicas y epistemológicas del mensaje católico. No se trata sólo o en primer lugar de que muchas personas no comprendan el mensaje; muchas veces lo comprenden pero no lo aceptan, porque es objetivamente incompatible con la filosofía fundamental de la modernidad que esas personas tienen profundamente asumida, incluso de forma inconsciente. Y eso no sucede por casualidad o por las fuerzas ciegas del Destino, sino porque hay poderosos grupos de interés que disponen de gran parte del aparato cultural de la sociedad para imbuir en las mentes de las personas esa filosofía inmanentista.

Como señala Relatio Synodi n. 28, es fundamental la invitación a la conversión: “Así entendemos la enseñanza del Señor, que no condena a la mujer adúltera, pero le pide [mejor dicho, le manda] que no peque más.” Y también es fundamental la relación entre conversión y gracia. Es preciso orar de forma perseverante al Señor para que nos conceda y conceda a los demás la gracia de una conversión cada vez mayor.

21 – ¿Cómo pueden los fieles mostrar, frente a las personas que todavía no han llegado a una plena comprensión del don de amor de Cristo, una actitud de acogida y acompañamiento confiado, sin renunciar nunca al anuncio de las exigencias del Evangelio?[50]

Podría existir un nivel pastoral pre-sacramental (y penitencial), en el cual se pueda dialogar sin prisa y con la máxima franqueza, comprensión y verdad acerca de estos temas, trazando muy bien la línea que separa a este nivel de aquel en el que se puede recibir los sacramentos de la Reconciliación y la Eucaristía. De lo contrario sucederá con frecuencia que estas personas, admitidas sin más aviso a la celebración eucarística o meramente integradas a algún grupo parroquial, querrán luego comulgar y entonces se plantearán situaciones tensas y difíciles, o bien, lo que es peor pero es de temer que sea muy frecuente, se dejará hacer y pasar, aumentando así la confusión dentro de la Iglesia, además del perjuicio a la salvación de las almas.

Se deberá recordar la doctrina sobre los actos intrínsecamente malos, es decir, malos por su objeto, que no es lícito realizar en ninguna circunstancia. Y también el hecho de que la intención buena no hace bueno el acto intrínsecamente malo, o sea que el fin no justifica los medios.

La persona que está en una situación de pecado grave no sale de esa situación por el hecho de realizar algún acto moralmente bueno desde el punto de vista natural. No se puede estar a la vez en pecado mortal y en gracia de Dios. Por tanto, no se puede ser agradable a Dios por el hecho de limitar más o menos las ocurrencias de los pecados o las consecuencias dañinas de una situación de pecado grave en la que se permanece voluntariamente (por ejemplo: un asesino a sueldo que decide usar anestésicos para que sus víctimas no sufran). Es cierto que en esos casos puede haber influjo de la gracia actual, pero no puede darse la gracia habitual o santificante hasta que no se produzca la conversión y el arrepentimiento de todos los pecados graves.

22 – ¿Qué se puede hacer para que en las diversas formas de unión –en las cuales se puede encontrar valores humanos– el hombre y la mujer adviertan el respeto, la confianza y el estímulo a crecer en el bien de parte de la Iglesia y sean ayudados a alcanzar la plenitud del matrimonio cristiano?[51]

La Iglesia no puede ayudar a los adúlteros o concubinos a vivir su adulterio o concubinato de forma más humana y personalizante, porque el adulterio y el concubinato (y el pecado en general) deshumanizan, despersonalizan. De lo contrario llegaremos al absurdo de un crecimiento humano progresivo y sin límites en medio del pecado mortal, con lo cual la reconciliación final no sería más que un adorno agregado al quitar una pequeña molestia o imperfección a una persona que ya prácticamente habría alcanzado la santidad al estilo luterano: “simul iustus et peccator”.

Lo que puede personalizar y humanizar a estas personas es nada menos que el anuncio del Evangelio con especial acento en su llamada al arrepentimiento y la conversión, que es lo que salva al ser humano pecador bajo la modalidad del signo de contradicción, y en la promesa de la misericordia infinita del Padre que llama continuamente al perdón a los que se arrepientan y hagan propósito de enmienda.

En general es imposible plantear una pastoral cualquiera prescindiendo del concepto del “pecado”. Es urgente disponer de una forma de hablar del pecado que sea explícita, que no sea eufemística ni “buenista”, y que al mismo tiempo haga presente la oferta de la misericordia de Dios sin convertirla en “gracia barata.”

Continúa en Respuestas a las preguntas de los Lineamenta para la recepción y la profundización de la Relatio Synodi. II .


[1] Este documento se publicó con el título: “XIV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos. La vocación y la misión de la familia en la Iglesia y en el mundo contemporáneo. Respuestas a las preguntas de los Lineamenta para la recepción y la profundización de la Relatio Synodi. I” que debió ser reducido por razones de formato editorial. NOTA DEL REDACTOR. || Sinodo dei Vescovi – “Lineamenta” per la XIV Assemblea Generale Ordinaria: La vocazione e la missione della famiglia nella Chiesa e nel mondo contemporaneo (4 al 25 de octubre de 2015), 9 de diciembre de 2014.

[2] Relatio Synodi, cf. nn. 2, 5, 32.

[3] Relatio Synodi, cf. nn. 8, 42.

[4] Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta a los Presidentes de las Conferencias Episcopales sobre los abusos en la interpretación de los decretos del Concilio Vaticano II, 1966; publicada en 2012.

[5] 7 de diciembre de 1968.

[6] 23 de noviembre de 1973.

[7] Discurso a los participantes en el Congreso Nacional Italiano sobre el tema “Misiones al pueblo para los años 80”, 6 de febrero de1981, n. 2.

[8] Informe sobre la fe, p. 114.

[9] cf. Papa Pío XI, encíclica Casti Connubii, n. 22.

[10] cf. constitución pastoral Gaudium et Spes, nn. 47-52.

[11] Gaudium et Spes, nn. 47-52.

[12] Casti Connubii, cf. notas 1, 2, 7, 11 y 14 de ese capítulo.

[13] Relatio Synodi, n. 10.

[14] Documento de Aparecida, n. 40.

[15] Relatio Synodi, cf. n. 8.

[16] Relatio Synodi, cf. n. 8.

[17] Relatio Synodi, n. 39.

[18] Relatio Synodi, n. 10.

[19] Efesios 3,15.

[20] Relatio Synodi, n. 61.

[21] Relatio Synodi, nn. 23 y 62.

[22] Relatio Synodi, n. 15.

[23] Relatio Synodi, n. 16.

[24] Relatio Synodi, nn. 6-7.

[25] Relatio Synodi, n. 5.

[26] Gaudium et Spes, 37.

[27] cf. 2 Timoteo 2,3.

[28] cf. Relatio Synodi, n. 8.

[29] cf. Relatio Synodi, nn. 9-10.

[30] cf. Relatio Synodi, n. 11.

[31] cf. Relatio Synodi, n. 12.

[32] Mateo 24,35.

[33] cf. Relatio Synodi, n. 13.

[34] cf. Relatio Synodi, 13.

[35] cf. Relatio Synodi, n. 14.

[36] Familiaris Consortio, 19.

[37] cf. Relatio Synodi, n. 14.

[38] Concilio de Trento: Denzinger-Schönmetzer n. 1676. Catecismo de la Iglesia Católica, n.1451.

[39] cf. Relatio Synodi, n. 13.

[40] Juan 15,13.

[41] Mateo 16,24-25.

[42] cf. Lumen Gentium, 11.

[43] Mateo 6,33.

[44] cf. Relatio Synodi, n. 21.

[45] cf. Relatio Synodi, n. 21.

[46] cf. Relatio Synodi, n. 22.

[47] Relatio Synodi, nn. 23-28.

[48] Evangelii Gaudium, 44.

[49] cf. Relatio Synodi, n. 28.

[50] cf. Relatio Synodi, n. 24.

[51] cf. Relatio Synodi, n. 25.